Cuando el lector hubo terminado, el Presiden te le dio las gracias y leyó, a su vez, unos versos que el poeta Ment había
escrito para aquel jubileo a quien dedicó algunas palabras de gratitud.
Luego, Katavasov, con su voz fuerte y aguda, leyó su memoria sobre las obras científicas del sabio.
Cuando Katavasov hubo terminado, Levin miró el reloj, vio que era ya la una dada, y pensó que no tendría tiempo de leer a
Metrov su obra antes del concierto, cosa que por otra parte había dejado de ofrecer interés para él. Durante la conferencia
meditó también so bre la conversación que ha bían sostenido. Ahora veía claro que sus ideas eran al me nos tan importantes
como las del sabio, y que los pensamientos de los dos podrían ser aclarados y llegar a algo práctico con la condición de trabajar
cada cual separadamente en la orientación elegida. Comunicarse mutuamente sus ideas y emplearse en discutirlas, le parecía
ahora perfectamente inútil.
Decidió, por lo tanto, rehusar la invitación de Metrov y, al final de la conferencia, se acercó a éste para hacérselo saber.
Metrov le presentó al Presidente, con el cual estaba hablando en aquel momento de las últimas noticias políticas; le repitió lo
mismo que había dicho anteriormente a Levin, y éste formuló las mismas objeciones que había formulado ya por la mañana,
aunque y, para variarlas en algo, expuso una nueva idea que, en aquel momento precisamente, había acudido a su cerebro.
Luego pasaron a hablar de la cuestión universitaria.
Como quiera que Levin había ya oído todo aquello infini dad de veces y no le interesaba, se apresuro a decir a Metrov que
sentía mucho no poder aceptar su invitación, saludó y se dirigió a casa de Lvova.
IV
Casado con Natalia, hermana de Kitty, Lvov había pasado toda su vida en las capitales y en el extranjero, donde se había
educado y había actuado después como diplomático.
El año anterior había dejado el servicio diplomático, no porque le hubiese sucedido nada desagradable (cosa imposi ble en
él), sino para pasar al servicio del ministerio de la Corte, en Moscú, y tener así la posibilidad d e dar una educación superior a
sus dos hijos.
No obstante la diferencia bien marcada entre sus costumbres a ideas, y aunque Lvov era mucho más viejo que Levin, durante
aquel invierno los dos cuñados se habían sentido unidos por una sincera amistad.
Lvov estaba en casa y Levin entró en su gabinete sin anunciarse.
Vestido con una bata, con cinturón y zapatillas de gamuza, Lvov estaba sentado en una butaca y con su pincenez de crista les
azules leía en un libro colocado sobre un pupitre, mientras que, con una mano, entre dos dedos, sostenía con cuidado, a
distancia, un cigarrillo encendido a medio consumir.
Su rostro, joven aún, al cual los cabellos rizados, blancos y brillantes, daban un aire aristocrático, al aparecer Levin se
iluminó con una sonrisa de alegría.
–Ha hecho usted muy bien en venir. Precisamente quería mandarle una carta... ¿Cómo está Kitty? Siéntese aquí, por fa vor.
(Lvov se levantó y acercó a Levin una mecedora.) ¿Ha leído usted la última circular en el Journal de Saint -Petersburg? La
encuentro muy bien –comentó con acento ligeramente afrancesado.
Levin refirió a su cuñado lo que había dicho a Katavasov sobre los rumores que circulaban en San Petersburgo y, des pués de
haber charlado de otras cuestiones políticas, le contó su encuentro co n Metrov y su impresión de la conferencia, cosa que
despertó en el otro un extraordinario interés.
–Le envidio que pueda frecuentar ese mundo tan intere sante de la ciencia –dijo, y animándose, continuó, en francés ahora,
porque en este idioma se explicaba con más comodi dad–. A decir verdad, tampoco tendría tiempo; mi trabajo y mis
ocupaciones con los niños no me lo permitirían y, además (lo confieso sinceramente) no tengo la suficiente preparación.
–No lo pienso así –dijo Levin con una sonrisa y conmo vido como siempre ante las palabras de su cuñado, por saber que
respondían, no a un deseo de aparentar modestia, sino a un sentimiento profundo y sincero.
–Repito que es así, y ahora me doy cuenta de mi escasa cultura. Hasta para enseñar a mis niños tengo que refrescar
frecuentemente mi memoria y aun a veces repasar mis estudios. Porque, para educar a los hijos, no basta procurarles maestros;
hay que ponerles también observadores, tal como en su propiedad tiene usted obreros y capataces. Ahora estoy leyendo e sto –
Lvov indicó la gramática de Buslaev que, por ejemplo, tenía sobre el pupitre–. Se lo exigen a Michka y es tan difícil... ¿Quiere
usted explicarme qué es lo que dice aquí?
Levin le objetó que se trataba de materias que debían ser aprendidas sin intenta r profundizar en ellas, pero Lvov no se dejó
convencer.
–Usted se ríe de mí...
–Al contrario. Usted me sirve de ejemplo para tu porvenir y, viéndole, aprendo a pensar en lo que habré de hacer cuando
tenga que encargarme de la educación de mis hijos.
–Poco podrá usted aprender de mí.
–Sólo puedo decirle una cosa: no he visto niños mejor educados que los suyos y no quisiera más sino que los míos lo fueran
como ellos.
Lvov quiso contenerse para no expresar la satisfacción que le causaban aquellas palabras, per o su rostro se iluminó con una
sonrisa.
–Eso sí; quisiera que fuesen mejores que yo. Es todo lo que deseo. Usted no se figura el trabajo que dan chicos como los
míos, que por nuestra forma de vivir, casi siempre en el extranjero, estaban tan atrasados en sus estudios.
–Ya adelantarán. Son muchachos despiertos a inteligen tes. Lo principal es la educación moral, y en este aspecto he
aprendido mucho viendo a sus hijos.
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–Usted dice «la educación moral»... Es imposible imaginar hasta qué punto es difícil eso. Apenas ha salvado usted una parte,
se enfrenta con otra y de nuevo comienza la lucha. Si no fuera por el apoyo de la religión (se acordará usted de lo que
hablamos sobre este asunto), ningún padre podría, con sus medios solamente, llevar adelante la educación de sus hijos.
Esta conversación, que interesaba siempre a Levin, fue in terrumpida por la bella Natalia Alejandrovna, que entraba ves tida
ya para ir al concierto.
–No sabía que estuviese usted aquí –dijo desviando aquella conversación tan repetida y aburrida para ella. ¿Y cómo está
Kitty? Hoy como en casa de ustedes –dijo a Levin–. ¿Lo sabías, Arseny? Tú tomarás el coche... –se dirigió a su marido.
Los esposos se pusieron a discutir sobre lo que tenían que hacer aquel día. Como el marido, por obligac iones del servicio,
debía ir a la estación a recibir a un personaje y la mujer quería asistir al concierto y luego a una conferencia pública de la
Comisión del Sudeste, tenían que meditar y resolver varias cuestiones relacionadas con todo ello, en las cuales entraba también
Levin como persona de la casa. Decidieron, al fin, que Levin iría al concierto con Natalia Alejandrovna y a la conferencia, y
desde allí mandarían el coche a Arsenio, el cual, a su vez, iría a buscar a su mujer para llevarla a casa de Kitty. En el caso de
que Lvov no terminara a tiempo sus quehaceres, mandaría el coche y Levin acompañaría a Natalia Alejandrovna a su casa.
–Levin quiere halagarme –dijo Lvov–. Me asegura que nuestros niños están muy bien dotados, cuando yo les reco nozco
tantos defectos.
–Arseny exagera, lo digo siempre –comentó la mujer–––. Si buscas la perfección –dijo luego a su marido –, nunca estarás
contento. Eso es imposible. Papá dice, y yo lo pienso también, que cuando nos educaban a nosotros se pecaba en un sen tido,
nos tenían en el entresuelo mientras los padres habi taban en el principal; ahora, por el contrario, los padres viven en la
despensa y los hijos en el principal. Ahora los padres ya no han de vivir, sino sacrificarlo todo por los hijos.
–¿Y por qué n o ha de ser así si es agradable? –dijo Lvov, sonriendo con su hermosa sonrisa y acariciando la mano de su
mujer–––. Quien no lo conozca podría pensar que no eres madre sino madrastra.
–No, la exageración no va bien en ningún caso – insistió Natalia Alejan drovna con tranquilidad, poniendo en su sitio la
plegadera.
–Ahí les tiene usted. ¡Ea, pasen acá los niños perfectos! ––dijo Lvov dirigiéndose a sus dos hermosos hijos, que entra ban en
aquel momento.
Los niños saludaron a Levin y se acercaron a su padre con evidente deseo de decirle algo.
Levin quiso hablarles y oír lo que iban a decir a Lvov, pero en este momento Natalia Alejandrovna se puso a hablar con él y
en seguida entró en la habitación Majotin, compañero de Lvov en el servicio, el cual, vestido con el uniforme de la Corte, venía
a buscarle para ir juntos a recibir al personaje que llegaba. Al punto se entabló entre ellos una conversación, que resultó
interminable, sobre la Herzegovina, la princesa Korinskaya, el Ayuntamiento y sobre la muerte inesperada de la Apraxina.
Levin, con todo esto, se olvidó del encargo que le había dado Kitty para Arsenio, pero, cuando se disponía a salir, lo recordó:
–¡Ah! Kitty me encargó hablarle sobre Oblonsky –dijo ahora, al detenerse Lvov en la escalera, acompañándole s a su esposa
y a él.
–Sí, sí, maman quiere que nosotros, les beaux fréres, le dirijamos una reprimenda –dijo Lvov, poniéndose rojo–. ¿Y por qué
debo hacerlo yo?
–Entonces lo haré yo –repuso, sonriendo, Natalia Alejandrovna, que esperaba el final de la conversación, habiéndose puesto
ya su capa de zorro blanco... Ea, vamos.
V
En el concierto ejecutaban dos piezas interesantes.
Una era El rey Lear en la estepa y otra el cuarteto dedicado a la memoria de Bach.
Las dos obras eran nuevas, compuestas en esti lo moderno, y Levin desaba fomar juicio acerca de ellas. Con esta inten ción,
después de haber acompañado a su cuñada a la butaca, se puso al lado de una columna, decidido a escuchar con toda atención.
Procuró no distraerse, no estropear la impresión de la obra mirando los movimientos del director de orquesta, solemne con su
corbata blanca, lo que entretiene tanto la atención en los conciertos. Tampoco quería mirar a las mujeres, tocadas con
sombreros, cuyas cintas, especialmente destinadas a tales fiestas, ocultaban delicadamente sus lindas orejas, ni a todas aquellas
fisonomías no preocupadas por nada o sólo por las cuestiones más diversas fuera de la música. Quiso sobre todo evitar a los
aficionados, grandes habladores casi todos, y con los ojos fijos en el espacio se puso a escuchar.
Pero cuanto más oía la fantasía de « El rey Lear» tanto más lejos se sentía de poder formar una opinión definida. Juntán dose
las melodías sin cesar, empezaba la expresión musical del sentimiento para en seguida diluírse en l os principios de nuevas
expresiones según el capricho del compositor, dejando como única impresión la de la búsqueda penosa de una difícil
instrumentación. Pero estos trozos que a veces encontraba ex celentes, otras le eran desagradables por inesperados, o bien
provocados sin ninguna preparación. Alegría y tristeza, y de sesperación, y dulzura, y exaltación, se sucedían con la inco -
herencia de las ideas de un loco para desaparecer después de la misma manera.
Durante la audición, Levin experimentaba continuamente la impresión de un sordo contemplando una danza.
Cuando la pieza hubo terminado, se sintió perplejo a invadido de una inmensa fatiga provocada por la tensión nerviosa a que
inútilmente se había sometido.
Desde todas partes se escucharon grandes apla usos. Todos se levantaron, se movieron de una parte a otra y empezaron a
hablar. Queriendo aclarar su desconcierto con la impresión de otros, Levin se dirigió al encuentro de los inteligentes en mú sica
y tuvo la suerte y la alegría de ver a uno de los que gozaban de más crédito hablando con su amigo Peszov.
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–Es pasmoso –decía Peszov, con su profunda voz de bajo. Buenos días, Constantino Dmitrievich... El pasaje más vivo, el
más rico en melodías, es aquel en que aparece Cordelia, en que la mujer, das ewig Weibisgche, entra en lucha con el Destino...
¿No es cierto?
–¿Y qué tiene que ver con esto Cordelia? –preguntó tímidamente Levin, olvidando por completo que aquella fanta sía
presentaba al rey Lear en la estepa.
–Aparece Cordelia... Mire: aquí... –dijo Peszov, dando golpecitos con los dedos al programa satinado que tenía en la mano y
alargándolo a Levin.
Sólo entonces Levin recordó el título de la fantasía y se apresuró a leer, traducidos al ruso en el programa, al dorso de éste,
los versos de Shakespeare.
–Sin esto, es imposible seguir la música –dijo Peszov dirigiéndose a Levin porque su otro interlocutor se había mar chado y
no tenía con quién hablar.
En el intermedio, entre Levin y Peszov se entabló una dis cusión sobre las cualidades y los defectos de las directrices
seguidas por Wagner en su música. Levin decía que el error de Wagner, como el de todos sus seguidores, consiste en que rer
introducir la música en el campo de otro arte, y que yerra también la poesía cuando describe los rasgos de un rost ro, lo que
debe dejarse a la pintura.
Como ejemplo de tal error Levin adujo el del escultor que quiso cincelar en mármol rodeando la figura del poeta en el
pedestal las pretendidas sombras de sus inspiraciones.
–Estas sombras del escultor tienen tan poco de sombras, que se tiene la impresión de que se sostienen merced a la es calera –
–concluyó Levin. Y se sintió satisfecho de su frase.
Pero apenas la había dicho, cuando se dio cuenta de que acaso la había dicho ya en otra ocasión y precisamente al mismo
Peszov, y se sintió turbado.
Peszov, por su parte, demostraba que el arte es único y que puede llegar a su máxima expresión sólo en la unión de todos sus
aspectos.
La segunda obra del concierto, Levin no pudo escucharla. Peszov, a su lado, le habló casi todo el tiempo, criticando esta
composición por su sencillez, demasiado exagerada, azuca rada, artificial, y comparándola con la ingenuidad de los pre -
rrafaelistas en la pintura.
A la salida, Levin encontró muchos conocidos, con los cuales habló de política, de música y de amigos y conocidos
comunes.
Entre otros, encontró al conde Bolh, de la visita al cual se había ya olvidado por completo.
–Bueno, pues, vaya ahora –le indicó Lvova, a la que habló de aquel olvido–. Puede ser que no le reciban, con lo que ganaría
tiempo, y podría ir a buscarme en seguida a la Comisión. Yo estaré todavía allí.
VI
–¿Acaso no reciben hoy? –preguntó Levin a la entrada de la casa de la condesa de Bohl.
Sí, reciben. Haga el favor de pasar –dijo el portero quitando el abrigo a Levin.
«Que lástima», pensó suspirando Levin. Se quitó un guante y, arreglándose el sombrero, se dirigió al primer salón. «¡Para
qué habré venido!», iba diciéndose para sí. «¿Y qué les diré?»
Pasado el primer salón, Levin encontró, a la puerta del siguiente, a la condesa de Bohl, que con el rostro grave y severo daba
órdenes a su criado.
Al ver a Levin, la Condesa sonrió y le rogó que pasara al saloncito contiguo, del cual salían rumores de conversación.
En él estaban sentados, en sendas butacas, los dos hijos de la Condesa y un coronel moscovita que ya conocía Levin. Este se
acercó a ellos, saludó y se sentó con su sombrero sobre las rodillas.
–¿Cómo está su esposa? ¿Estuvo usted en el concierto? Nosotros no hemos podido ir. Mamá tuvo que asistir a un funeral.
–Sí, lo he oído decir. ¡Qué muerte tan inesperada! –dijo con indiferencia Levin.
Vino la Condesa, se sentó en un diván y le preguntó también por su mujer y por el concierto.
Levin repitió su sorpresa por la muerte repentina de la Apraxina.
–De todos modos, siempre había tenido una salud muy frágil ––comentó.
–¿Estuvo usted ayer en la ópera?
–Sí. La Lucca estuvo soberbia.
–Sí, estuvo muy bien –dijo Levin. Y, sin importarle lo que pudieran pensar de él, se puso a repetir lo que había oído decir
respecto al talento particular de la cantante.
La condesa Bohl fingía escucharle.
Le pareció que había dicho ya bastante, se calló, y entonces el Coronel, que hasta entonces había guardado silencio, comenzó
a hablar a su vez. Habló de la ópera, del nuevo alum brado, y, tras hacer alegres pronósticos acerca de la folle journée que se
preparaba en casa de Tiurnin, rió, recogió su sable con gran ruido, se levantó y se fue.
Levin se levantó también, pero por el gesto que hizo la Condesa, comprendió que aún era pronto para irse, que debía
quedarse un par de minutos más por lo menos. Se sentó, pues, de nuevo, atormentado por la estúpida figura que hacía a incapaz
de encontrar un motivo de conversación.
–¿Usted no va a la conferencia pública de la Comisión del Sudeste? –le preguntó la Condesa–. Dicen que es muy interesante.
–No estaré en la conferencia, pero he prometido a mi cuñada pasar a buscarla allí –contestó Levin.
Hubo otro silencio.
La madre y el hijo cambiaron una mirada.
Comentario: «La eterna
feminidad»
Comentario: Juerga.
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«Bueno, parece que ahora ya es tiempo», pensó Levin. Y se levantó.
La Condesa y los dos hijos le dieron la mano, rogándole que dijera mille choses de su parte a su mujer.
El portero, al ponerle su abrigo, le preguntó: «¿Dónde para el señor en Moscú?». Y en seguida lo anotó en una libreta grande
y elegantemente encuadernada.
«A mí me da igual», pensó Levin, « pero, de todos modos, me molesta y ¡es tan ridículo todo esto!». Se consoló, no
obstante, pensando que todo el mundo hacía visitas como aquélla.
Se dirigió de allí a la conferencia pública donde había de encontrar a su cuñada para ir juntos a su casa una vez termi nado el
acto.
Había allí una numerosa concurrencia, y se veía a casi toda la alta sociedad.
Al llegar él, todavía hacían la exposición general, la cual le aseguraron que era muy interesante.
Cuando se dio fin a la lectura y el Comité se reunió para tratar diversas cuestiones, Levin encontró también a Sviajsky, el
cual le invitó a ir a la Sociedad de Agricultores, donde, se gún él, se daba también aquel día una conferencia de gran in terés.
Encontró, asimismo, a Esteban Arkadievich, que venía de las carreras de caballos y a otros muchos conocidos suyos, con todos
los cuales conversó sobre la conferencia sobre una nueva obra teatral que acababa de estrenarse y sobre un pro ceso que
apasionaba a la gente, y a propósito del cual, segura mente a causa del cansancio que empezaba a experimentar, cometió un
error que, después, tuvo que lamentar. Comentando la pena impuesta a un extranjero juzgado en Rusia y ha blando de que sería
injusto castigarle con la expulsión del país, Levin repitió esta frase, que había oído anteriormente conversación con un
conocido:
«Me parece que mandarle fuera de Rusia es igual que castigar al sollo echándole al río.»
Y luego recordó aun que este pensamiento, que él había presentado como propio, era tomado de una fábula de Krilov, y que
el conocido de quien lo oyera lo había recogido, a su vez, de un artículo publicado en un periódico.
Después de haber ido a su casa, junto con su cuñada, y ha biendo encontrado a Kit ty alegre y en perfecto estado de sa lud,
Levin se fue al Círculo.
VII
Llegó al Círculo a la hora justa, en el momento en que socios a invitados se reunían en él.
Levin no había estado allí desde el tiempo en que, habiendo salido ya de la universidad, v ivía en Moscú y frecuentaba la alta
sociedad. Recordaba con todo detalle el local, y cómo es taban dispuestas todas las dependencias; pero había olvidado por
completo la impresión que antes le producía.
Seguro de sí y sin vacilar, llegó al patio, ancho, se micircular y, dejando el coche de alquiler, subió la escalinata. Cuando le
vio el portero, de flamante uniforme con ancha banda, le abrió la puerta sin hacer ruido y le saludó.
Levin vio en la portería los chanclos y abrigos de los miem bros del Círculo, que, ¡al fin!, habían comprendido que cuesta
menos trabajo despojarse de aquellas prendas y dejarlas abajo, en el guardarropa, que subir con ellas al piso de arriba. En se -
guida oyó el campanillazo misterioso que sonaba siempre al subir la escalera, de pen diente moderada y cubierta con una rica
alfombra. Vio en el rellano la estatua, que recordaba bien, y en la puerta de arriba al tan conocido y ya envejecido tercer
portero, con la librea del Círculo, el cual abría siempre la puerta sin precipitarse pero si n tardanza, examinando detenidamente
al que llegaba. Y Levin sintió de nuevo la sensación de descanso, de tranquilidad, de bienestar que experimentaba siempre
hacía años al entrar en el Círculo.
–Haga el favor de dejarme el sombrero –le dijo el portero, viendo que había olvidado esta costumbre del Círculo de dejar los
sombreros en la porteria–. Hace tiempo que el señor no ha venido por aquí... El Príncipe le inscribió ayer. El príncipe Esteban
Arkadievich no ha llegado todavía.
El portero conocía, no sólo a Levin, sino, también, a todos sus parientes y amigos, y en seguida le fue nombrando, de en tre
epos, a todos los que en aquel momento se encontraban allí.
Después de haber pasado por la primera sala, en la que se veían grandes biombos, y por la habitaci ón de la derecha, donde
estaba sentado el vendedor de frutas, y adelantando a un viejo que iba despacio, entró en el comedor, lleno de ani mación y de
ruido.
Levin pasó por delante de las mesas, casi todas ya ocupa das, mirando a los concurrentes. Aquí y a llá veía las gentes más
diversas, jóvenes y viejos, unos íntimos, otros conocidos. No había ni un rostro enfadado ni preocupado. Parecía que to dos
habían dejado en la portería sus disgustos y preocupacio nes y se habían juntado allí para gozar, sin cuidad os, de los bienes
materiales de la vida. Allí estaban Sviajsky, y Scherbazky, y Neviedovsky, y el viejo príncipe, y Vronsky, y Sergio Ivanovich.
–¡Ah! ¿Por qué has tardado tanto? –le preguntó el viejo Principe dándole una palmadita cariñosa en el hombro–. ¿Cómo está
Kitty? –añadió, arreglando la servilleta y colocándosela en el ojal del chaleco.
–Está bien. Las tres comen en casa.
–¡Ah! « Alinas–Nadinas...» Aquí ya no tenemos sitio para ti... Ve allí, a aquella mesa, y ocupa en seguida el puesto que hay
vacante –dijo el viejo Príncipe volviendo la cabeza. Y, con gran cuidado, tomó de manos del lacayo el plato de sopa de lota.
–Levin, ven aquí –le llamó, de algo lejos, una voz alegre.
Era Turovzin.
Estaba sentado junto a un joven militar desconocido para Levin, y a su lado había dos sillas reservadas inclinadas con tra la
mesa.
Después de las fatigosas conversaciones de aquel día, la vista de aquel amable libertino, por quien había sentido siem pre
simpatía y que le recordaba el día de su declaración a Kit ty, a la que había estado presente, fue para Levin un mo tivo de
particular alegría.
Comentario: Muchos recuerdos.
Comentario: Pescado muy
apreciado para hacer sopa.
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–Son las sillas para usted y Oblonsky, que vendrá ahora mismo –le dijo su antiguo amigo.
El militar, que permanecía sonriente, de pie, era el petersburgués Gagin.
Turovzin les presentó.
–Oblonsky siempre llega tarde –dijo luego–. ¡Ah! Allí viene.
–¿Has llegado ahora? –preguntó Oblonsky acercándose a ellos y dirigiéndose a Levin. ¡Buenas! ¿Has bebido ya vodka?
¿No? Pues vamos...
Levin se levantó y, junto con Oblonsky, se acercó a una gran mesa, donde había bocadillos y garrafas llenas de vodka y otras
bebidas. Parecía que entre dos docenas de bocadillos de diversas clases, ya se podía elegir a gusto; pero Esteban Arkadievich
pidió otra cosa especial, que en seguida le trajo uno de los criados.
Los dos cuñados bebieron unas copitas de vodka, tomaron unos bocadillos y volvieron a su mesa.
En seguida, cuando aún comían la sopa de pescado, a Gagin le sirvieron el champaña y ordenó que llenaran cuatro copas.
Levin no rehusó el vino que le ofrecía su amigo y pidió, por su parte, otra botella.
Tenía apetito y sed y comía y bebía con gran gusto; y con mayor gusto aún, tomaba parte en las conversaciones, senci llas y
alegres, de sus compañeros de mesa.
Bajando la voz, Gagin contó una de las últimas anécdotas de San Petersburgo, la cual, aunque indecente y simple, era tan di-
vertida, que Levin estallo en una fuerte carcajada que atrajo la atención de los que estaban en las mesas, aun los más lejanos.
–Es por el estilo de «esto precisamen te no me gusta...» ¿Conoces ese chiste? –dijo Esteban Arkadievich –. ¡Ah! Es
estupendo. Trae una botella más –ordenó al criado. Y empezó a contar la anécdota.
–De parte de Pedro Illich Vinovsky, quien les ruega que acepten –le interrumpió un criado viejecito, ofreciéndole dos finas
copas llenas de burbujeante champaña.
Esteban Arkadievich tomó una de las copas y, mirando por encima de la mesa, cambió una mirada con un hombre calvo, de
bigotes rubios, que estaba sentado unas mesas más alla, y le hizo, con la cabeza, una señal de agradecimiento y saludo.
–¿Quién es? –preguntó Levin.
–Le encontraste un día en mi casa... ¿No recuerdas? Es un buen mozo.
Levin repitió el gesto de su cuñado y tomó la copa que le ofrecían.
La anécdota de Esteban Arkadievich era tamb ién divertida. Levin contó otra que agradó igualmente. Luego hablaron de
caballos, de las carreras que se habían celebrado aquel día y de la brillante victoria obtenida por el «Atlasny » de Vronsky, que
había ganado el premio. La comida transcurrió con todo ello tan agradablemente para Levin que apenas se dio cuenta de nada.
–¡Ah! ¡Aquí están! –dijo Esteban Arkadievich, ya al final de la comida, alargando su mano, por encima de la silla, a Vronsky
y a un alto coronel de la Guardia Imperial que se dirigían hacia ellos.
La alegría que reinaba en el Círculo se reflejaba también en el rostro de Vronsky, el cual, muy animado, se apoyó en el
hombro de Esteban Arkadievich y le dijo algo al oído. Y con la misma sonrisa alegre adelantó la mano a Levin, que se la
estrechó efusivamente.
–Estoy muy contento de encontrarle de nuevo –dijo Vronsky–. Aquel día, el de las elecciones, estuve buscán dole, pero me
dijeron que ya se había marchado usted.
–Sí, me marché aquel mismo día –contestó Levin–. Ahora mismo hablábamos de su caballo –siguió–. Le felicito.
–Usted también tiene caballos, ¿no?
–No. Mi padre sí tenía, yo no. Pero me acuerdo y entiendo de ellos.
–¿Dónde has comido? –preguntó Esteban Arkadievich a Vronsky.
–Estamos en la segunda mesa. Detrás de las columnas.
–Le han festejado –––dijo el coronel–. Ganó el segundo pre mio del Emperador. Si tuviese yo tanta suerte con las cartas
como él con los caballos... Pero, estoy perdiendo un tiempo precioso. Voy a la «sala infernal» –añadió. Y se alejó de la mesa.
–Es Jachvin –––contestó Vronsky a Turovzin, que le había preguntado quién era aquel jefe militar. Y se sentó al lado de
ellos, en la silla que había vacante.
Habiendo bebido la copa de champaña que le ofrecieron, Vronsky pidió otra botella.
Ya fuera por la impresión que le produjo el Círculo, ya por el vino que había bebido, Levin se sentía feliz. Entabló con
Vronsky una animada conversación sobre caballos y se sintió aún más feliz al comprobar que no experimentaba animosidad
alguna contra él. Hasta le dijo, entre otras cosas, que su mujer le había dicho que le había encontrado en la casa de la prin cesa
María Borisoyna.
–¡Ah! La princesa María Borisovna... ¡Es un encanto! –comentó Esteban Arkadievich. Y contó una anécdota referente a ella
que hizo reír a todos.
Con tanta gana, tan francamente rió Vronsky, que Levin se sintió completamente reconciliado con él.
–¿Qué? ¿Hemos terminado? –preguntó Esteban Arkadievich–. Vamos, pues –añadió sonriente.
VIII
Al dejar la mesa, Levin se dirigió, con Gagin, a la sala de billares. Sentíase extraordinariamente ligero.
En el salón grande encontró a su padre político.
–¿Qué? ¿Cómo encuentras nuestro templo de la ociosi dad? –le preguntó el Príncipe tomándole del brazo –. Vamos.
Echaremos un vistazo... daremos una vuelta y visitaremos el local...
–Sí, también yo tenía esa intención. Me parece muy interesante.
Comentario: «Satinado.»
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–Sí, para ti es interesante. Ahora, yo ya tengo otros intere ses... Cuando miras a aquellos viejecitos, seguro que piensas que
han nacido así, «machacados» –––dijo el Príncipe mostrándole un miembro del Círculo con el labio inferior colgando y que al
andar apenas movía los pies, calzados con zapatos flexibles.
–¿Qué quiere decir «machacado»?
–Es un apodo que damos en el Círculo, ¿sabes? Cuando en las Pascuas se juega con huev os, si éstos chocan fuerte mente,
quedan machacados. Así somos nosotros: a fuerza de frecuentar el Círculo nos vamos «machacando». ¿Conoces al príncipe
Chechensky? A ti esto te hace reír, pero a mí no, porque, mirándoles pienso que muy pronto seré también uno de epos –añadió.
Y Levin comprendió por el rostro de su suegro que éste quería contarle alguna anécdota divertida.
–No, no le conozco.
–¿Cómo? ¿No conoces al famoso príncipe Chechensky? Bien, es igual... Es un hombre que siempre juega al billar. Hac e tres
años no estaba todavía entre los « machacados» y lanzaba bravatas, y llamaba « machacados» a los demás. Pero un día llegó al
Círculo y a nuestro portero, ¿sabes?, Vasili, ese grueso, que gusta tanto de decir palabras chistosas; pues bien: el príncip e
Chechensky, se acerca a él y le pregunta: «¿Qué, Vasili, quién hay en el Círculo? ¿Han llegado ya algunos de los
"machacados"? Y nuestro hombre le contesta: "Usted es el tercero"». ¿Qué te parece?
De este modo, hablando, y saludando a los amigos y cono cidos que encontraban a su paso, Levin, junto con el Príncipe
recorrió todas las salas: la grande, donde ya estaban puestas las mesas, y se habían organizado diversas partidas con los ju -
gadores de siempre; la sala de los divanes, donde se jugaba al ajedrez y donde estaba Sergio Ivanovich, hablando con un
desconocido; la sala de los billares, en cuyo recodo había un diván, en el cual, con alegre compañía y bebiendo champaña,
estaba Gagin. Echaron, también, una ojeada a la « sala infernal», donde rodeando una mesa, sentados o de pie, se halla ban
muchos socios, entre ellos Jachvin, haciendo «apuestas» en el juego de azar o entretenidos mirando el juego.
Procurando no hacer ruido, entraron en la obscura biblioteca, donde, cerca de las lámparas con pantalla, estaban sentados un
señor joven, con el rostro sofocado y leyendo periódico tras periódico, y un general calvo que parecía muy interesado por lo
que estaba leyendo.
Estuvieron también en la sala que el Príncipe llama «de los sabios». En ella había tres seño res que discutían animadamente
las últimas noticias de política.
–Príncipe, haga el favor de venir. Todo está ya dispuesto –le dijo en aquel momento uno de sus compañeros de diver siones.
Y el Príncipe se marchó con su tertulio.
Levin se sentó y se puso a recordar todas las conversaciones que había tenido durante la mañana; pero se sintió aburrido; y,
levantándose precipitadamente, salió en busca de Oblonsky y Turovzin pensando que con ellos hallaría al menos distracción.
Turovzin estaba sentado en un di ván en la sala de los billa res, teniendo cerca de él, en una mesita, un cubilete con un
brebaje.
Esteban Arkadievich y Vronsky hablaban de algo cerca de la puerta, en un rincón de la sala.
–No es que ella se aburra, pero esta posición tan indefinida... –oyó Levin al pasar.
Quiso alejarse, pero Esteban Arkadievich le llamó.
–¡Levin! –le gritó, con los ojos humedecidos, como solía tenerlos siempre que bebía mucho o estaba emocionado. Esta vez
la causa era, sin embargo, otra.
–Levin, no te marches ––dijo y apretó a éste fuertemente el brazo bajo su codo para impedirle que se marchara.
–Es mi amigo más sincero y mejor –dijo luego a Vronsky–. Tú también me eres muy querido. Y deseo que os hagáis buenos
amigos, porque los dos sois excelentes personas.
–¿Por qué no? Sólo nos falta besamos –dijo Vronsky con bondadosa y burlona sonrisa, dando a Levin la mano, que él
estrechó afectuoso, fuertemente, mientras decía:
–Me alegro, me alegro mucho.
–¡Mozo! Trae una botella de champaña ––ordenó Esteban Arkadievich al criado.
–Yo también me alegro mucho –dijo Vronsky.
Pero, a pesar de los deseos de Esteban Arkadievich y de ellos dos mismos, de entablar conversación, no encontraron de qué
hablar y aparecían mustios y aburridos.
–¿Sabes? Levin no conoce a Ana ––dijo Esteban Arkadievich a Vronsky–. Y yo quiero llevarle a tu casa para presen tarles y
que se conozcan.
–¿Es posible? ––dijo Vronsky–. Ana se sentirá muy con tenta... Yo iría con vosotros, también, a casa, pero me preo cupa
Jachvin. Me quedaré aquí hasta que termine su juego.
–¿Y qué, va mal?
–Está perdiendo, como siempre, y soy el único que puede contenerle.
– ¿Qué? ¿Jugamos una partida? –propuso Esteban Arka dievich–. Levin, ¿quieres jugar? Coloca los bolos ––ordenó al
marcador.
–Ya hace rato que están preparados –contestó éste que, en efecto, había ya dispuesto los bolos en triángulo y se entretenía en
rodar la roja.
–Bien; vamos a jugar.
Después de la partida, Vronsky y Levin se sentaron a la mesa, al lado de Gagin, y Levin, aceptando la propuesta de Esteban
Arkadievich, se puso a jugar a las cartas apuntando a los ases.
Vronsky estaba sentado al lado de la mesa, rodeado de conocidos que sin cesar venían a hablarle o iba, de cuando en cuando,
a la «sala infernal» para ver cómo marchaba en su juego Jachvin.
Comentario: Durante las fiestas
de la Pascua de Resurrección, los
niños rusos juegan con huevos
cocidos pintados de vivos colores.
El juego se parece en algo al de los
bolos. Se tira el huevo por una
ranura y éste debe chocar con otro
colocado a alguna distancia. Si lo
rompe, sale vencedor.
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Levin, después de la fatiga cerebral que había sentido por la mañana, experimentaba ahora una sensación agradable de
descanso. El hecho de no sentir ya animosidad alguna contra Vronsky, le hacía sentirse dichoso, y una impresión de tran -
quilidad y de placer invadía continuamente su espíritu.
Terminada la partida, Esteban Arkadievich le tomó por el brazo.
–¿Vamos a ver a Ana? Ahora mismo, ¿no? Ella estará en casa. Hace tiempo que le prometí llevarte. ¿A dónde vas esta
noche?
–A decir verdad, a ninguna parte. He pro metido a Sviajsky ir a la Asociación de Agricultores. Pero es igual. Podemos ir a
ver a Ana.
–¡Estupendo! Vamos. Entérate de si ha llegado mi coche –encargó Esteban Arkadievich al criado.
Levin se acercó a la mesa, pagó la apuesta perdida a los ases ––cuarenta rublos–; pagó, de una manera particularmente mis-
teriosa, el gasto que había hecho en el Club, que el criado vieje cito que había en la puerta conocía, y moviendo mucho los bra-
zos, a través de diversas salas, se dirigió hacia la puerta.
IX
–¡El coche de Oblonsky! –gritó, con voz de bajo profundo, el portero.
El carruaje se adelantó hasta la entrada del Círculo y Levin y Esteban Arkadievich subieron a él y se dirigieron a la casa de
Ana.
Solamente algunos momentos más –en tanto que el coche salía de l zaguán– le duró a Levin la sensación de bienestar que
había experimentado en el Círculo. Apenas el carruaje sa lió a la calle y sintió las sacudidas que daba rodando sobre un
pavimento desigual, y oyó los gritos de un cochero de alquiler con el que se cruzaron, y percibió, a la luz tenue de los faroles la
muestra roja de un café y tienda de comestibles, aquella sensación placentera se le desvaneció.
Reflexionó ahora sobre los hechos de aquel día y se pre guntó si hacía bien yendo a la casa de Ana. ¿Qué ib a a decir de esto
Kitty?
Pero Esteban Arkadievich no le dejó que se preocupara, y, como si hubiese adivinado sus pensamientos, le dijo:
–No sabes lo que me alegra que vayas a ver a Ana. ¿Sa bes? Dolly hacía tiempo que lo deseaba. Lvov estuvo ya en su casa y
ahora la visita de vez en cuando. Aunque es mi hermana, puedo decir que es una mujer inteligente,y agradable, muy
interesante. Su situación, sin embargo, es muy penosa, sobre todo ahora...
–¿Y por qué lo es sobre todo ahora?
–Porque llevamos unas negociaciones con su marido para tramitar el divorcio. Él está conforme, pero hay complicacio nes a
causa del hijo. Y el asunto, que debió quedar terminado en poco tiempo, dura ya más de tres meses. En cuanto se ul time el
divorcio, Ana se casará con Vronsky. ¡Qu é tonta es esta antigua costumbre de andar a vueltas con los cánticos! «Regocíjate,
Isaías.» Nadie cree ya en el divorcio, Ana vive en Moscú. Aquí todos les conocen a él y a ella. Y no sale a ninguna parte, ni ve
a parientes ni amigas, excepto Lvov y Dolly , porque, ¿comprendes?, estas cosas estorban la felici dad de la gente. Entonces,
casada ya con Vronsky, la posición de Ana será tan regular como la tuya y la mía.
–¿Y a qué se deben esas complicaciones? –preguntó Levin.
–¡Ah! Es una historia larga y aburrida. Todo está tan poco claro, indefinido... Lo cierto es que, esperando, Ana no quiere que
la traten sólo por compasión. Hasta esa idiota de la prin cesa Bárbara se ha marchado de la casa considerando inconve niente
permanecer con ella. Otra mujer, en su situación, no habría podido encontrar recursos morales para vivir... Y ya verás cómo ha
arreglado ella su vida con tranquilidad y dignamente. A la izquierda, por la calle pequeña, enfrente de la iglesia –ordenó
Esteban Arkadievich sacando la cabeza por la ventanilla.
–¡Oh, qué calor tengo! –dijo a continuación. Y, no obstante el frío (doce grados bajo cero), echó atrás su pelliza, que llevaba
ya bastante desabrochada.
–Pero Ana tiene, según creo, una hija –dijo Levin–. Esto debe también de ocuparla mucho.
–¿Imaginas que toda mujer ha de ser una hembra, une couveuse –replicó Esteban Arkadievich––– que ha de pasarse el día al
lado de sus hijos? No. Ana cría y educa a su hija, y, a mi parecer, de una manera excelente, pero no es ésta su ocu pación
principal. En primer lugar, Ana escribe. Ya veo que sonríes irónicamente, pero no tienes motivo. Escribe un libro para niños.
No habla a nadie de esto, pero a mí me lo ha leído y yo le he dado a leer el manuscrito a Vorkuev. ¿Sabes a quién me refiero?
El editor ese que me parece que escribe también. Es un hombre que entiende de estas cosas y me ha dicho que la obra es
interesante. No pienses, por esto, que Ana es una escritora. Nada de eso. Antes que nada es una mujer de gran corazón... Ya la
verás... Ahora tiene recogidos en su casa una niña inglesa y una familia entera, de los cuales se ocupa ella personalmente.
–¿Se dedica, pues, a la filantropía?
–Ya quieres ver en ello algo malo, ¿no? No es una cosa al estilo de los «filantrópicos», sino hecha de todo corazón y bien.
Ellos tenían, o mejor dicho, Vronsky tenía un entrenador inglés, un hombre muy entendido en su especialidad pero un
borracho, delirium tremens. Llegó a tal extremo de embrutecimiento, que abandonó a su familia, dejándola en la miseria. Ana
se enteró, se interesó por ellos y ha terminado por encargarse de todos.
No sólo les ayuda con dinero, sino que ella misma enseña a los chicos el ruso para que puedan ingresar en el colegio, y a la
niña la recogió en su casa... Ya la verás.
El coche entró en el patio de la casa de Ana, y Esteban Arkadievich llamó con un fuerte campanillazo.
A la entrada de la casa había un trineo.
Sin preguntar al hombre que les abrió la puerta si estaba en casa o no Ana, Oblonsky entró en el primer vestíbulo. Levin le
seguía, dudando aún si hacía bien en ir allí.
Comentario: Una clueca.
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Al mirarse en el espejo, vio que estaba muy sofocado. Pero seguro de que no estaba ebrio, siguió a Esteban Arkadievich, que
subió por la escalera alfombrada.
Una vez en el piso superior, Oblonsky preguntó al criado, que le saludó como a persona de la casa, que quién estaba de visita
con Ana Arkadievna y aquél le contestó que era el señor Vorkuev.
–¿Dónde están?
–En el despacho.
Tras atravesar el pequeño comedor, de paredes de madera oscura, Esteban Arkadievich y Levin entrar on en una pieza dé -
bilmente iluminada por una lámpara cuya pantalla amortiguaba casi por completo la luz. Otra lámpara con reflector estaba fi -
jada en la pared a iluminaba un retrato de mujer, pintado al óleo y de tamaño natural, que llamó en seguida la at ención de
Levin.
Era el retrato de Ana Arkadievna hecho en Italia por el pintor Mijailov.
Oblonsky continuó hacia donde estaba su hermana y la voz de hombre que se oía se calló.
Entre tanto Levin continuaba junto al cuadro, fascinado, sin poder apartar los ojos de él. Estaba admirado y conmovido hasta
el punto de olvidar dónde se hallaba y de no oír a los que esta ban hablando cerca de él. Lo que tenía ante sí no le parecía un
cuadro, sino una mujer viva, deliciosa, con preciosos cabellos negros rizados; b ellos hombros y brazos descubiertos; ligera y
encantadora sonrisa en sus labios finos, rojos y sombreados por ligero vello; una mujer en fin que parecía mirarle dulce y
dominadora, con ojos ensoñadores que le conturbaban. ¿Era posible que aquella hermosa criatura existiera en realidad?
De repente, oyó tras de sí la voz de aquella misma mujer cuya efigie estaba contemplando.
–Me alegra mucho su visita –le dijó Ana Arkadievna saliendo a su encuentro.
Y Levin vio, a la media luz del gabinete, la misma imagen del retrato con vestido de color azul oscuro alternado con otros
colores.
Su actitud y sus ademanes eran distintos a los que tenía en el retrato, pero sí la misma expresión en el rostro y la misma
belleza que tan bien había sabido captar el pintor.
En la realidad estaba menos brillante que en el retrato, pero, en cambio, había en ella algo nuevo y atrayente que fal taba en
aquél: una alegre y dulce animación.
X
Ana Arkadievna no ocultó a Levin la alegría que experimentaba al verle.
Y en la forma con que ella le dio la mano, en cómo le pre sentó a Vorkuev y le mostró la niña –muy bonita, de cabellos
rojizos– que estaba sentada allí, haciendo labor, llamándola «su pequeña y querida protegida», en todo esto, Levin reco noció
los modales que tanto le admiraban de una mujer de gran mundo, siempre tranquila y natural.
–Me alegra mucho su visita –repitió. Y en sus labios es tas palabras, tan sencillas, adquirieron para él una significa ción
particular.
–Ya le conocía a usted hace tiempo –siguió Ana, dirigiéndose a Levin–y le quiero por su amistad con Stiva y por su mujer de
usted. La traté muy poco tiempo, pero me dejó la impresión de una hermosa flor, precisamente de una flor. ¡Y pronto será
madre!
Ana hablaba con soltura, sin precipitarse, mirando ya a Le vin, ya a su hermano. Levin comprendió que producía en ella una
excelente impresión, se sintió desembarazado y feliz y le habló con naturalidad, agradablemente. Le parecía conocerla desde la
infancia.
–Ivan Petrovich y yo nos hemos quedado aquí en el des pacho de Vronsky para poder fumar –dijo Ana a Esteban Ar -
kadievich, que le preguntó si les estaba permitido fumar. Y, mirando a Levin y sin preguntarle si fumaba o no, cogió una lujosa
pitillera y le alargó un cigarrillo.
–¿Cómo te encuentras hoy? –le preguntó su hermano.
–Nada... Nervios... Como siempre.
–¿No es verdad que este retrato es una obra maestra? –preguntó Esteban Arkadievich a Levin, viéndole contemplar el
cuadro.
–No he visto en mi vida un retrato mejor –contestó Levin.
–Se parece mucho, ¿verdad? –dijo Vorkuev.
Levin comparó el retrato con el original.
El rostro de Ana, en el momento en que Levin la miró, res plandeció con una claridad particular; y éste, al cruzar su mi rada
con la de ella, se sonrojó.
Para ocultar su emoción, quiso preguntar a Ana si hacía mucho tiempo que no había visto a Daria Alejandrovna, pero
precisamente en aquel instante ella le dijo:
–Ahora mismo hablábamos con Ivan Petrovich de los últimos cuadros de Vaschenkov. ¿Usted los ha visto?
–Sí, los he visto –contestó Levin.
–¡Oh! Perdón, le he interrumpido... Usted quería decir..
Levin hizo la pregunta que había pensado respecto a Daria Alejandrovna.
Ana contestó que hacía poco tiempo que Daria Alejandrovna le había visitado.
–Por cierto que cuando estuvo aquí, parecía muy dis gustada de lo que le pasaba a Gricha en el colegio. Al pa recer, el
maestro de latín era poco justo con el muchacho –añadió.
Levin volvió a la conversación sobre los cuadros de Vaschenkov.
–Sí, he visto los cuadros y no me gustaron –dijo.
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Ya no hablaba ahora torturándose continuamente, como lo había hecho aquella mañana. Cada palabra de Ana adquiría para
él una significación particular. Y. si agradable le era hablarle, escucharla le era más agradable todavía.
Ana conversaba con naturalidad y desenvoltura, sin dar importancia alguna a lo que decía, y dándola en cambio grande a lo
que decía su interlocutor.
Hablaron de las directrices que seguía el arte; de la nueva ilustración de la Biblia hecha por un pintor francés. Vorkuev
criticaba a este pintor por su crudo realismo. Levin le objetó que aquel realismo era una reacción natural y beneficiosa contra el
convencionalismo, que los franceses habían llevado en el arte hasta un extremo al que no había llegado ninguna na ción. Y
añadió que los pintores franceses, en el hecho de no mentir, veían ya poesía.
Nunca una idea espiritual expuesta por él había procurado a Levin tanto placer como ésta.
Ana, comprendiéndole, se sintió animada, le aprobó, y, sonriendo, dijo:
–Río, como se ríe cuando se ve un retrato muy par ecido. Lo que usted ha dicho ahora caracteriza completamente el ac tual
arte francés –la pintura y hasta la literatura: Zola, Dau det–. Tal vez haya sido siempre así: Se empieza por realizar sus
conceptions por medio de figuras convencionales, imagi narias; pero, luego, todas las combinaisons artificiales, todas las
figuras imaginarias, acaban por fatigar, y entonces se empiezan a concebir figuras más justas y naturales.
–Esto es verdad ––dijo Vorkuev.
–Entonces, ¿ustedes estuvieron en el Círculo? –preguntó Ana a su hermano.
«Sí, sí, he aquí una mujer», pensaba Levin, olvidándose de todo y mirando absorto el rostro bello y animado de Ana, el cual
en aquel momento, a inopinadamente, cambió de expresión.
Levin no oyó lo que Ana decía en voz baja a su hermano , al oído, pero el cambio que se había manifestado en su rostro le
impresionó. Aquel rostro antes tan hermoso en su tranquili dad, expresó de pronto una curiosidad extraña y después ira y
orgullo. Pero eso duró sólo un instante. Ana frunció las cejas como recordando algo desagradable,
–Pues, al fin y al cabo, eso no le interesa a nadie –comentó para sí. Y, dirigiéndose a la inglesa, dijo:
–Please order the tea in the drawing–room.
La niña se levantó y salió de la habitación.
–¿Qué tal ha hecho sus exámenes? –preguntó Esteban Arkadievich, señalando a la pequeña.
–Muy bien. Es una niña inteligente y tiene muy buen carácter ––contestó Ana.
–Acabarás queriéndola más que a tu propia hija.
–Se ve bien que eso lo dice un hombre. En el amor no hay más y menos... A mi hija la quiero con un amor y a ésta con otro
diferente.
–Y yo digo a Ana Arkadievna –intervinó Vorkuev– que si ella hubiera puesto una centésima parte de la energía que emplea
para esta inglesa en la obra común de educación de los niños rusos, habría hecho una obra grande y útil.
–Diga usted lo que quiera, yo no puedo hacer eso. El conde Alexey Kirilovich me animaba mucho a ello –y al pronunciar
estas palabras, Ana miró tímidamente y como interrogándole a Levin, que le contestó con una mirada afirmativa y respetuosa–.
El Conde, como digo, me animaba a ocuparme de la escuela del pueblo y he ido varias veces allí... Son muy simpáticos, sí;
pero no pude interesarme por ellos. Usted dice: «energía». La energía se basa en el amor y no es posible ad quirir amor a la
fuerza; no se puede ordenar que se ame. A esta niña le tomé cariño sin saber yo misma porqué.
Ana miró de nuevo a Levin. Y su sonrisa y su mirada le di jeron claramente que hablaba sólo para él, que tenía en mucho su
opinión, y que sabía de antemano que se comprendían.
–La entiendo muy bien –dijo Levin–. En la escuela y en otras instituciones semejantes no es posible poner el cora zón y
pienso que, precisamente por esta razón, todas las instituciones filantrópicas dan tan malos resultados.
Ana sonrió.
–Sí, sí –afirmó después–. Por mi parte, nunca lo pude hacer. Je n'ai pas le coeur assez large como para querer a un asilo
entero de niños, incluyendo los malos. Cela ne m'a jamais réussi! ¡Y, no obstante, hay tantas mujeres que se han creado con
esto una position sociale! Y ahora, precisamente ahora, cuando tan necesaria me sería una ocupación cualquiera, es cuando
puedo menos ––dijo con expresión melancólica y confiada, dirigiéndose a su hermano, pero hablando en realidad para Levin.
De pronto frunció las cejas y cambió de conversación.
Levin comprendió por aquel gesto que Ana estaba descontenta de sí misma, pesarosa de haber hablado de sí.
–¿Y usted qué hace? –dijo dirigiéndose ahora directa mente a Levin –. Pasa usted por ser un mal ciudadano, p ero yo he
tomado siempre su defensa...
–¿Y cómo me defendía usted?
–Según los ataques... Bueno, ¿quieren ustedes tomar el té?
Ana se levantó y cogió un libro encuadernado en tafilete.
–Démelo usted, Ana Arkadievna –dijo Vorkuev indicando el libro–. Es merecedor de...
–¡Oh, no! No está bien terminado...
–Ya le he hablado a Levin de él –dijo Esteban Arkadievich a su hermana.
–No debiste hacerlo. Mis escritos son por el estilo de aquellas cestitas de madera que me vendía Lisa Markalova, hechas por
los presos. A fuerza de paciencia, aquellos desgraciados hacían milagros –dijo, dirigiéndose también ahora a Levin.
Y éste descubrió un rasgo nuevo en aquella mujer que tanta admiración había ya despertado en él. Además de ser inteligente,
espiritual y hermosa, ten ía una sinceridad admirable que le llevaba a no disimular en nada todo lo que de penoso tenía su
situación.
Dicho aquello, Ana suspiró y, de repente, su rostro adquirió una expresión seria y triste, y quedó inmóvil, como petrificada.
Con ese aspecto parecía aún más bella que antes; pero esta expresión era nueva, estaba fuera de aquel círculo de expre siones
que irradiaban alegría y producían felicidad y que el pintor había sabido reproducir tan bien en el retrato.
Comentario: «Haz el favor de
servir el té en el salón.»
Comentario: «No tengo un
corazón tan generoso.»
Comentario: «¡Jamás he sido
capaz de ello!»
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Levin miró una vez más al cuadro, mientras Ana tomaba por el brazo a su hermano, y un sentimiento de ternura y de
compasión, que le sorprendieron a él mismo, se despertó en su alma por aquella mujer.
Ana pidió a Levin y Vorkuev que pasaran al salón y ella se quedó en la habitación a solas con su he rmano para hablar se-
cretamente con él.
«Hablarán ahora del divorcio, de Vronsky, de lo que hace éste en el Círculo, de mí...» , pensó Levin. Y le preocupaba tanto
lo que pudieran estar hablando los dos hermanos, que no atendía a lo que Vorkuev le decía en aquel momento de las cualidades
de la novela para niños escrita por Ana.
Durante el té continuó la conversación, agradable y llena de interés.
No sólo no hubo un momento de silencio, sino que, al contrario, se desenvolvía tan rápida y agradablemente como si hubiera
de faltarles tiempo para decir todo lo que querían exponer.
Y todo lo que decía Ana a Levin le parecía interesante, a in cluso los relatos o comentarios de Vorkuev y Esteban Arkadie -
vich adquirían para él una profunda significación por el interés que ponía en ellos y las atinadas observaciones que hacía.
Mientras seguía la interesante conversación, Levin se extasiaba continuamente ante la belleza, la inteligencia y la cultura y a
la vez la sencillez y sinceridad de Ana.
Él escuchaba o hablaba, pero incluso entonces pensaba constantemente en ella, en su vida interior, y no apartaba de Ana sus
ojos, queriendo, por sus gestos y su mirada, adivinar sus sentimientos. Y él, que antes la juzgaba con severidad, ahora la
justificaba y, al mismo tiempo, la compadecía; y la idea de que Vronsky no llegara a comprenderla completa mente le oprimía
el alma.
Habían dado ya las diez de la noche cuando Esteban Arka dievich se levantó para marcharse. (Vorkuev se había mar chado
ya.) A Levin le había pasado el tiempo tan agradablemente, que le pareció que acababan de llegar y se levantó pesaroso.
–Adiós –dijo Ana, reteniendo la mano de Levin y mirán dole a los ojos con una mirada que le conturbó –. Me siento muy
dichosa de que la glace soit rompue.
Mas, seguidamente, ella retiró su mano y frunció el ceño.
–Dígale a su esposa –encargó a Levin– que la quiero como siempre. Y que si ella no puede perdonarme, le deseo que no me
perdone nunca. Para perdonar es preciso padecer lo que yo he padecido. Y de esto deseo de corazón que la libre Dios.
–Sí, se lo diré... se lo diré... repuso Levin sonrojándose.
XI
«¡Qué mujer tan extraordinaria, tan simpática y digna de compasión!», pensaba Levin mientras salía, acompañado de
Esteban Arkadievich, al aire frío de la calle.
–¿Qué te ha parecido? ¿No te lo dije yo? –preguntó Oblonsky, observando que su cuñado estaba completamente entregado al
recuerdo de Ana.
–Sí –contestó Levin pensativo –. Es una mujer extraor dinaria. No sólo es inteligente sino, también, de una admira ble
cordialidad. La compadezco con toda el alma.
–Ahora, si Dios quiere, todo se arreglará. Y puesto que ves lo que te ha pasado en este caso, en adelante no formes juicios
prematuros sobre la gente –añadió Esteban Arkadievich en tanto que abría la puerta de su carruaje.
–Y adiós –se despidió–, que vamos por caminos diferentes.
Levin se dirigió a su casa, en la que entró sin dejar de pen sar en Ana, en la conversación tan sencilla que con ella había
tenido, en todos los cambios que había observado en su fisonomía, en su situación, que despertaba en él una piedad profunda.
Al entrar en su casa, Kusmá le comunicó que Katerina Ale jandrovna se encontraba bien, que hacía pocos momentos que se
habían marchado de allí las hermanas, y le entregó dos car tas. Una era de su encargado, Sokolov, el cual le decía que no había
vendido el trigo porque ofrecían tan sólo cinco rublos y medio y que no tenía de dónde sacar más dinero; la otra carta era de su
hermana reprochándole el que su asunto no estuviera aún terminado.
Levin, con el ánimo alegre, resolvió en seguida, con extra ordinaria facilidad, la cuestión del trigo, que en otra ocasión le
habría dado mucho que pensar.
«Pues bien: si no dan más, lo venderemos a cinco rublos y medio.»
En cuanto a las quejas de su hermana no despertaron en él más que este pensamiento:
«Es extraordinario lo ocupado que tenemos aquí todo el tiempo».
Se sentía culpable ante su hermana por no haber hecho aún lo que ésta le había pedido, pero encontró fácil disculpa.
«Es verdad que hoy no he ido tamp oco al Juzgado», se acu saba. «Pero es que hoy», se disculpaba luego, « no he tenido,
realmente, tiempo de hacerlo».
Y, después de haber decidido ocuparse de aquel asunto al día siguiente, se dirigió a las habitaciones que ocupaba su esposa.
Mientras se dirigía hacia allí, repasaba mentalmente todo lo que había hecho durante el día; las conversaciones que ha bía
escuchado y aquellas en las que había tomado parte. En todas ellas –se confesaba– habían tratado de cuestiones por las cuales
no se habría interesado en otra ocasión, sobre todo estando solo, en el pueblo, pero ahora, aquí, le habían resultado interesantes.
Tan sólo en dos ocasiones encontraba haber hecho algo que no le satisfacía plenamente: una era su símil del sollo en los
comentarios respecto a la pena impuesta a un extranjero; la otra era «algo no bien definido» que había en aquella dulce
compasión o tierno afecto que se había despertado en él hacia Ana.
Levin encontró a su mujer triste y aburrida.
La comida entre las tres hermanas había result ado animada, pero se habían cansado de esperarle, y la animación fue deca -
yendo hasta no saber qué decirse. Luego las hermanas se marcharon, y Kitty quedó sola con sus pensamientos, preocupada por
la tardanza de su marido.
Comentario: «Que se haya roto
el hielo.»
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–¿Y tú qué has hecho durante tod o el día? –le preguntó Kitty, mirándole a los ojos, en los que advertía cierto brillo
sospechoso. No obstante, y a fin de no contenerle en su efu sión, disimuló y escuchó con dulce sonrisa de aprobación la
referentecia de lo que había hecho aquella noche.
–En el Círculo me encontré con Vronsky –explicó Levin–, y me alegré de verle. Todo sucedió de la manera mas natural. ¿Lo
comprendes, verdad? La tirantez que había entre nosotros ha dejado ya de existir. Era una situación absurda que tenía que
terminar. No vayas a creer por esto que intente ahora buscar su sociedad –y mientras decía estas palabras Levin se puso rojo,
pensando que «por no buscar su sociedad» había ido a visitar a Ana a la salida del Círculo.
–¡Y decimos que el pueblo bebe! –exclamó después–. No sé quién bebe más, si el pueblo o nuestra clase... El pueblo bebe en
los días de fiesta, pero nosotros...
Kitty oía extrañada las incoherencias de su marido. ¿A qué venía aquello de si el pueblo bebía o si los aristócratas be bían?
¿Qué les importaba a ellos? A ella, lo que le interesaba ahora era averiguar por qué causa se había él sonrojado, cosa que había
observado muy bien.
–¿Y luego dónde estuviste?
–Esteban Arkadievich me pidió con gran interés que visitara a su hermana.
Y al decir esto se sonrojó de nuevo y sintió que las dudas sobre si habría hecho bien o mal visitando a Ana se le desvanecían
para dejar paso al convencimiento de que había obrado de una manera inconveniente.
Los ojos de Kitty relampaguearon, pero se contuvo, disimuló su emoción y exclamó sencillamente:
–¡Ah!
–Espero que no te enfades porque haya ido allí. Me lo pidió, como te digo, Esteban Arkadievich, y Dolly también lo deseaba
–continuó Levin.
–¡Oh, no! –dijo ella con una mirada que nada bueno predecía.
–Es una mujer muy sim pática, digna de compasión –dijo Levin tratando de convencer a Kitty –. Me dio para ti un en cargo
conmovedor. –Y le repitió las palabras que le había dicho para su esposa.
–Sí, sí, está claro. Es una mujer digna de compasión –dijo Kitty con voz indiferente. Y, en seguida, le preguntó–: ¿De quién
has recibido carta?
Levin explicó la correspondencia que había recibido, y so segado por el tono tranquilo de su esposa, se marchó al gabi nete
para cambiarse de traje.
Al volver, encontró a su mujer en la misma bu taca, en la misma actitud en que la había dejado. Cuando Levin se le acercó,
ella le miró con tristeza y rompió a sollozar.
–¿Qué es eso? ¿Qué te pasa? –preguntó él, que ya había adivinado lo que «le pasaba».
–Te has enamorado de esa mala mujer –decía Kitty entre sollozos–. Te ha hechizado... Lo he visto en tus ojos... Sí, sí... ¿Qué
puede resultar de eso? Has ido al Círculo... Has bebido... Has bebido... Has jugado a las cartas... Y luego has ido... ¡Adónde has
ido!... ¡No, vámonos de aquí...! ¡Esto no puede durar! ¡Yo me voy mañana mismo!
Durante un largo rato Levin trató inútilmente de calmarla.
No lo consiguió sino prometiéndole no visitar más a Ana, cuya perniciosa influencia junto con el vino que había bebido,
habían perturbado su razón. Lo que más si nceramente reconoció fue, sin embargo, que el vivir tanto tiempo en Moscú, de -
dicado sólo a conversar, a fumar en exceso, a comer abunda mentemente y a beber más abundantemente aún, habían acabado
por hacer de él un estúpido. Y con igual sinceridad le prometió que nada de aquello volvería a suceder.
Así hablaron hasta altas horas de la noche. Cuando se acostaron, ya completamente reconciliados, eran las tres.
XII
Cuando Esteban Arkadievich y Levin se hubieron marchado, Ana se puso a pasear a lo largo de la habitación.
Aunque inconscientemente (como lo hacía todo en los últi mos tiempos), Ana había hecho durante toda la noche cuanto le
había sido posible para enamorar a Levin. Sabía que había logrado su propósito tanto como era posible en una noche y
tratándose de un hombre casado y honesto enamorado de su mujer.
También él le había gustado y, a pesar de la gran diferencia que existía entre Vronsky y Levin, su tacto de mujer le había
permitido descubrir en ambos aquel rasgo común gracias al cual Kitty había podido sentirse atraída por los dos. Y, no obstante,
apenas se hubo despedido, Ana dejó de pensar en él para pensar en Vronsky de nuevo.
Un solo pensamiento la perseguía de una manera obsesiva: «Si tal efecto causo en un hombre casado», se decía, «y en a-
morado de su mujer, ¿por qué sólo él se muestra tan frío conmigo? Yo sé que Alexey me ama», siguió pensando» . «Pero ahora
hay algo nuevo que nos separa. ¿Por qué no ha estado aquí en toda la noche? Encargó a Stiva que me dijera que no podía dejar
a Jachvin en su juego... ¿Es que es un niño ese Jachvin? Supongamos que sea así, puesto que él nunca miente. Sin embargo,
dentro de esta verdad hay alguna otra cosa.
escrito para aquel jubileo a quien dedicó algunas palabras de gratitud.
Luego, Katavasov, con su voz fuerte y aguda, leyó su memoria sobre las obras científicas del sabio.
Cuando Katavasov hubo terminado, Levin miró el reloj, vio que era ya la una dada, y pensó que no tendría tiempo de leer a
Metrov su obra antes del concierto, cosa que por otra parte había dejado de ofrecer interés para él. Durante la conferencia
meditó también so bre la conversación que ha bían sostenido. Ahora veía claro que sus ideas eran al me nos tan importantes
como las del sabio, y que los pensamientos de los dos podrían ser aclarados y llegar a algo práctico con la condición de trabajar
cada cual separadamente en la orientación elegida. Comunicarse mutuamente sus ideas y emplearse en discutirlas, le parecía
ahora perfectamente inútil.
Decidió, por lo tanto, rehusar la invitación de Metrov y, al final de la conferencia, se acercó a éste para hacérselo saber.
Metrov le presentó al Presidente, con el cual estaba hablando en aquel momento de las últimas noticias políticas; le repitió lo
mismo que había dicho anteriormente a Levin, y éste formuló las mismas objeciones que había formulado ya por la mañana,
aunque y, para variarlas en algo, expuso una nueva idea que, en aquel momento precisamente, había acudido a su cerebro.
Luego pasaron a hablar de la cuestión universitaria.
Como quiera que Levin había ya oído todo aquello infini dad de veces y no le interesaba, se apresuro a decir a Metrov que
sentía mucho no poder aceptar su invitación, saludó y se dirigió a casa de Lvova.
IV
Casado con Natalia, hermana de Kitty, Lvov había pasado toda su vida en las capitales y en el extranjero, donde se había
educado y había actuado después como diplomático.
El año anterior había dejado el servicio diplomático, no porque le hubiese sucedido nada desagradable (cosa imposi ble en
él), sino para pasar al servicio del ministerio de la Corte, en Moscú, y tener así la posibilidad d e dar una educación superior a
sus dos hijos.
No obstante la diferencia bien marcada entre sus costumbres a ideas, y aunque Lvov era mucho más viejo que Levin, durante
aquel invierno los dos cuñados se habían sentido unidos por una sincera amistad.
Lvov estaba en casa y Levin entró en su gabinete sin anunciarse.
Vestido con una bata, con cinturón y zapatillas de gamuza, Lvov estaba sentado en una butaca y con su pincenez de crista les
azules leía en un libro colocado sobre un pupitre, mientras que, con una mano, entre dos dedos, sostenía con cuidado, a
distancia, un cigarrillo encendido a medio consumir.
Su rostro, joven aún, al cual los cabellos rizados, blancos y brillantes, daban un aire aristocrático, al aparecer Levin se
iluminó con una sonrisa de alegría.
–Ha hecho usted muy bien en venir. Precisamente quería mandarle una carta... ¿Cómo está Kitty? Siéntese aquí, por fa vor.
(Lvov se levantó y acercó a Levin una mecedora.) ¿Ha leído usted la última circular en el Journal de Saint -Petersburg? La
encuentro muy bien –comentó con acento ligeramente afrancesado.
Levin refirió a su cuñado lo que había dicho a Katavasov sobre los rumores que circulaban en San Petersburgo y, des pués de
haber charlado de otras cuestiones políticas, le contó su encuentro co n Metrov y su impresión de la conferencia, cosa que
despertó en el otro un extraordinario interés.
–Le envidio que pueda frecuentar ese mundo tan intere sante de la ciencia –dijo, y animándose, continuó, en francés ahora,
porque en este idioma se explicaba con más comodi dad–. A decir verdad, tampoco tendría tiempo; mi trabajo y mis
ocupaciones con los niños no me lo permitirían y, además (lo confieso sinceramente) no tengo la suficiente preparación.
–No lo pienso así –dijo Levin con una sonrisa y conmo vido como siempre ante las palabras de su cuñado, por saber que
respondían, no a un deseo de aparentar modestia, sino a un sentimiento profundo y sincero.
–Repito que es así, y ahora me doy cuenta de mi escasa cultura. Hasta para enseñar a mis niños tengo que refrescar
frecuentemente mi memoria y aun a veces repasar mis estudios. Porque, para educar a los hijos, no basta procurarles maestros;
hay que ponerles también observadores, tal como en su propiedad tiene usted obreros y capataces. Ahora estoy leyendo e sto –
Lvov indicó la gramática de Buslaev que, por ejemplo, tenía sobre el pupitre–. Se lo exigen a Michka y es tan difícil... ¿Quiere
usted explicarme qué es lo que dice aquí?
Levin le objetó que se trataba de materias que debían ser aprendidas sin intenta r profundizar en ellas, pero Lvov no se dejó
convencer.
–Usted se ríe de mí...
–Al contrario. Usted me sirve de ejemplo para tu porvenir y, viéndole, aprendo a pensar en lo que habré de hacer cuando
tenga que encargarme de la educación de mis hijos.
–Poco podrá usted aprender de mí.
–Sólo puedo decirle una cosa: no he visto niños mejor educados que los suyos y no quisiera más sino que los míos lo fueran
como ellos.
Lvov quiso contenerse para no expresar la satisfacción que le causaban aquellas palabras, per o su rostro se iluminó con una
sonrisa.
–Eso sí; quisiera que fuesen mejores que yo. Es todo lo que deseo. Usted no se figura el trabajo que dan chicos como los
míos, que por nuestra forma de vivir, casi siempre en el extranjero, estaban tan atrasados en sus estudios.
–Ya adelantarán. Son muchachos despiertos a inteligen tes. Lo principal es la educación moral, y en este aspecto he
aprendido mucho viendo a sus hijos.
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–Usted dice «la educación moral»... Es imposible imaginar hasta qué punto es difícil eso. Apenas ha salvado usted una parte,
se enfrenta con otra y de nuevo comienza la lucha. Si no fuera por el apoyo de la religión (se acordará usted de lo que
hablamos sobre este asunto), ningún padre podría, con sus medios solamente, llevar adelante la educación de sus hijos.
Esta conversación, que interesaba siempre a Levin, fue in terrumpida por la bella Natalia Alejandrovna, que entraba ves tida
ya para ir al concierto.
–No sabía que estuviese usted aquí –dijo desviando aquella conversación tan repetida y aburrida para ella. ¿Y cómo está
Kitty? Hoy como en casa de ustedes –dijo a Levin–. ¿Lo sabías, Arseny? Tú tomarás el coche... –se dirigió a su marido.
Los esposos se pusieron a discutir sobre lo que tenían que hacer aquel día. Como el marido, por obligac iones del servicio,
debía ir a la estación a recibir a un personaje y la mujer quería asistir al concierto y luego a una conferencia pública de la
Comisión del Sudeste, tenían que meditar y resolver varias cuestiones relacionadas con todo ello, en las cuales entraba también
Levin como persona de la casa. Decidieron, al fin, que Levin iría al concierto con Natalia Alejandrovna y a la conferencia, y
desde allí mandarían el coche a Arsenio, el cual, a su vez, iría a buscar a su mujer para llevarla a casa de Kitty. En el caso de
que Lvov no terminara a tiempo sus quehaceres, mandaría el coche y Levin acompañaría a Natalia Alejandrovna a su casa.
–Levin quiere halagarme –dijo Lvov–. Me asegura que nuestros niños están muy bien dotados, cuando yo les reco nozco
tantos defectos.
–Arseny exagera, lo digo siempre –comentó la mujer–––. Si buscas la perfección –dijo luego a su marido –, nunca estarás
contento. Eso es imposible. Papá dice, y yo lo pienso también, que cuando nos educaban a nosotros se pecaba en un sen tido,
nos tenían en el entresuelo mientras los padres habi taban en el principal; ahora, por el contrario, los padres viven en la
despensa y los hijos en el principal. Ahora los padres ya no han de vivir, sino sacrificarlo todo por los hijos.
–¿Y por qué n o ha de ser así si es agradable? –dijo Lvov, sonriendo con su hermosa sonrisa y acariciando la mano de su
mujer–––. Quien no lo conozca podría pensar que no eres madre sino madrastra.
–No, la exageración no va bien en ningún caso – insistió Natalia Alejan drovna con tranquilidad, poniendo en su sitio la
plegadera.
–Ahí les tiene usted. ¡Ea, pasen acá los niños perfectos! ––dijo Lvov dirigiéndose a sus dos hermosos hijos, que entra ban en
aquel momento.
Los niños saludaron a Levin y se acercaron a su padre con evidente deseo de decirle algo.
Levin quiso hablarles y oír lo que iban a decir a Lvov, pero en este momento Natalia Alejandrovna se puso a hablar con él y
en seguida entró en la habitación Majotin, compañero de Lvov en el servicio, el cual, vestido con el uniforme de la Corte, venía
a buscarle para ir juntos a recibir al personaje que llegaba. Al punto se entabló entre ellos una conversación, que resultó
interminable, sobre la Herzegovina, la princesa Korinskaya, el Ayuntamiento y sobre la muerte inesperada de la Apraxina.
Levin, con todo esto, se olvidó del encargo que le había dado Kitty para Arsenio, pero, cuando se disponía a salir, lo recordó:
–¡Ah! Kitty me encargó hablarle sobre Oblonsky –dijo ahora, al detenerse Lvov en la escalera, acompañándole s a su esposa
y a él.
–Sí, sí, maman quiere que nosotros, les beaux fréres, le dirijamos una reprimenda –dijo Lvov, poniéndose rojo–. ¿Y por qué
debo hacerlo yo?
–Entonces lo haré yo –repuso, sonriendo, Natalia Alejandrovna, que esperaba el final de la conversación, habiéndose puesto
ya su capa de zorro blanco... Ea, vamos.
V
En el concierto ejecutaban dos piezas interesantes.
Una era El rey Lear en la estepa y otra el cuarteto dedicado a la memoria de Bach.
Las dos obras eran nuevas, compuestas en esti lo moderno, y Levin desaba fomar juicio acerca de ellas. Con esta inten ción,
después de haber acompañado a su cuñada a la butaca, se puso al lado de una columna, decidido a escuchar con toda atención.
Procuró no distraerse, no estropear la impresión de la obra mirando los movimientos del director de orquesta, solemne con su
corbata blanca, lo que entretiene tanto la atención en los conciertos. Tampoco quería mirar a las mujeres, tocadas con
sombreros, cuyas cintas, especialmente destinadas a tales fiestas, ocultaban delicadamente sus lindas orejas, ni a todas aquellas
fisonomías no preocupadas por nada o sólo por las cuestiones más diversas fuera de la música. Quiso sobre todo evitar a los
aficionados, grandes habladores casi todos, y con los ojos fijos en el espacio se puso a escuchar.
Pero cuanto más oía la fantasía de « El rey Lear» tanto más lejos se sentía de poder formar una opinión definida. Juntán dose
las melodías sin cesar, empezaba la expresión musical del sentimiento para en seguida diluírse en l os principios de nuevas
expresiones según el capricho del compositor, dejando como única impresión la de la búsqueda penosa de una difícil
instrumentación. Pero estos trozos que a veces encontraba ex celentes, otras le eran desagradables por inesperados, o bien
provocados sin ninguna preparación. Alegría y tristeza, y de sesperación, y dulzura, y exaltación, se sucedían con la inco -
herencia de las ideas de un loco para desaparecer después de la misma manera.
Durante la audición, Levin experimentaba continuamente la impresión de un sordo contemplando una danza.
Cuando la pieza hubo terminado, se sintió perplejo a invadido de una inmensa fatiga provocada por la tensión nerviosa a que
inútilmente se había sometido.
Desde todas partes se escucharon grandes apla usos. Todos se levantaron, se movieron de una parte a otra y empezaron a
hablar. Queriendo aclarar su desconcierto con la impresión de otros, Levin se dirigió al encuentro de los inteligentes en mú sica
y tuvo la suerte y la alegría de ver a uno de los que gozaban de más crédito hablando con su amigo Peszov.
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–Es pasmoso –decía Peszov, con su profunda voz de bajo. Buenos días, Constantino Dmitrievich... El pasaje más vivo, el
más rico en melodías, es aquel en que aparece Cordelia, en que la mujer, das ewig Weibisgche, entra en lucha con el Destino...
¿No es cierto?
–¿Y qué tiene que ver con esto Cordelia? –preguntó tímidamente Levin, olvidando por completo que aquella fanta sía
presentaba al rey Lear en la estepa.
–Aparece Cordelia... Mire: aquí... –dijo Peszov, dando golpecitos con los dedos al programa satinado que tenía en la mano y
alargándolo a Levin.
Sólo entonces Levin recordó el título de la fantasía y se apresuró a leer, traducidos al ruso en el programa, al dorso de éste,
los versos de Shakespeare.
–Sin esto, es imposible seguir la música –dijo Peszov dirigiéndose a Levin porque su otro interlocutor se había mar chado y
no tenía con quién hablar.
En el intermedio, entre Levin y Peszov se entabló una dis cusión sobre las cualidades y los defectos de las directrices
seguidas por Wagner en su música. Levin decía que el error de Wagner, como el de todos sus seguidores, consiste en que rer
introducir la música en el campo de otro arte, y que yerra también la poesía cuando describe los rasgos de un rost ro, lo que
debe dejarse a la pintura.
Como ejemplo de tal error Levin adujo el del escultor que quiso cincelar en mármol rodeando la figura del poeta en el
pedestal las pretendidas sombras de sus inspiraciones.
–Estas sombras del escultor tienen tan poco de sombras, que se tiene la impresión de que se sostienen merced a la es calera –
–concluyó Levin. Y se sintió satisfecho de su frase.
Pero apenas la había dicho, cuando se dio cuenta de que acaso la había dicho ya en otra ocasión y precisamente al mismo
Peszov, y se sintió turbado.
Peszov, por su parte, demostraba que el arte es único y que puede llegar a su máxima expresión sólo en la unión de todos sus
aspectos.
La segunda obra del concierto, Levin no pudo escucharla. Peszov, a su lado, le habló casi todo el tiempo, criticando esta
composición por su sencillez, demasiado exagerada, azuca rada, artificial, y comparándola con la ingenuidad de los pre -
rrafaelistas en la pintura.
A la salida, Levin encontró muchos conocidos, con los cuales habló de política, de música y de amigos y conocidos
comunes.
Entre otros, encontró al conde Bolh, de la visita al cual se había ya olvidado por completo.
–Bueno, pues, vaya ahora –le indicó Lvova, a la que habló de aquel olvido–. Puede ser que no le reciban, con lo que ganaría
tiempo, y podría ir a buscarme en seguida a la Comisión. Yo estaré todavía allí.
VI
–¿Acaso no reciben hoy? –preguntó Levin a la entrada de la casa de la condesa de Bohl.
Sí, reciben. Haga el favor de pasar –dijo el portero quitando el abrigo a Levin.
«Que lástima», pensó suspirando Levin. Se quitó un guante y, arreglándose el sombrero, se dirigió al primer salón. «¡Para
qué habré venido!», iba diciéndose para sí. «¿Y qué les diré?»
Pasado el primer salón, Levin encontró, a la puerta del siguiente, a la condesa de Bohl, que con el rostro grave y severo daba
órdenes a su criado.
Al ver a Levin, la Condesa sonrió y le rogó que pasara al saloncito contiguo, del cual salían rumores de conversación.
En él estaban sentados, en sendas butacas, los dos hijos de la Condesa y un coronel moscovita que ya conocía Levin. Este se
acercó a ellos, saludó y se sentó con su sombrero sobre las rodillas.
–¿Cómo está su esposa? ¿Estuvo usted en el concierto? Nosotros no hemos podido ir. Mamá tuvo que asistir a un funeral.
–Sí, lo he oído decir. ¡Qué muerte tan inesperada! –dijo con indiferencia Levin.
Vino la Condesa, se sentó en un diván y le preguntó también por su mujer y por el concierto.
Levin repitió su sorpresa por la muerte repentina de la Apraxina.
–De todos modos, siempre había tenido una salud muy frágil ––comentó.
–¿Estuvo usted ayer en la ópera?
–Sí. La Lucca estuvo soberbia.
–Sí, estuvo muy bien –dijo Levin. Y, sin importarle lo que pudieran pensar de él, se puso a repetir lo que había oído decir
respecto al talento particular de la cantante.
La condesa Bohl fingía escucharle.
Le pareció que había dicho ya bastante, se calló, y entonces el Coronel, que hasta entonces había guardado silencio, comenzó
a hablar a su vez. Habló de la ópera, del nuevo alum brado, y, tras hacer alegres pronósticos acerca de la folle journée que se
preparaba en casa de Tiurnin, rió, recogió su sable con gran ruido, se levantó y se fue.
Levin se levantó también, pero por el gesto que hizo la Condesa, comprendió que aún era pronto para irse, que debía
quedarse un par de minutos más por lo menos. Se sentó, pues, de nuevo, atormentado por la estúpida figura que hacía a incapaz
de encontrar un motivo de conversación.
–¿Usted no va a la conferencia pública de la Comisión del Sudeste? –le preguntó la Condesa–. Dicen que es muy interesante.
–No estaré en la conferencia, pero he prometido a mi cuñada pasar a buscarla allí –contestó Levin.
Hubo otro silencio.
La madre y el hijo cambiaron una mirada.
Comentario: «La eterna
feminidad»
Comentario: Juerga.
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«Bueno, parece que ahora ya es tiempo», pensó Levin. Y se levantó.
La Condesa y los dos hijos le dieron la mano, rogándole que dijera mille choses de su parte a su mujer.
El portero, al ponerle su abrigo, le preguntó: «¿Dónde para el señor en Moscú?». Y en seguida lo anotó en una libreta grande
y elegantemente encuadernada.
«A mí me da igual», pensó Levin, « pero, de todos modos, me molesta y ¡es tan ridículo todo esto!». Se consoló, no
obstante, pensando que todo el mundo hacía visitas como aquélla.
Se dirigió de allí a la conferencia pública donde había de encontrar a su cuñada para ir juntos a su casa una vez termi nado el
acto.
Había allí una numerosa concurrencia, y se veía a casi toda la alta sociedad.
Al llegar él, todavía hacían la exposición general, la cual le aseguraron que era muy interesante.
Cuando se dio fin a la lectura y el Comité se reunió para tratar diversas cuestiones, Levin encontró también a Sviajsky, el
cual le invitó a ir a la Sociedad de Agricultores, donde, se gún él, se daba también aquel día una conferencia de gran in terés.
Encontró, asimismo, a Esteban Arkadievich, que venía de las carreras de caballos y a otros muchos conocidos suyos, con todos
los cuales conversó sobre la conferencia sobre una nueva obra teatral que acababa de estrenarse y sobre un pro ceso que
apasionaba a la gente, y a propósito del cual, segura mente a causa del cansancio que empezaba a experimentar, cometió un
error que, después, tuvo que lamentar. Comentando la pena impuesta a un extranjero juzgado en Rusia y ha blando de que sería
injusto castigarle con la expulsión del país, Levin repitió esta frase, que había oído anteriormente conversación con un
conocido:
«Me parece que mandarle fuera de Rusia es igual que castigar al sollo echándole al río.»
Y luego recordó aun que este pensamiento, que él había presentado como propio, era tomado de una fábula de Krilov, y que
el conocido de quien lo oyera lo había recogido, a su vez, de un artículo publicado en un periódico.
Después de haber ido a su casa, junto con su cuñada, y ha biendo encontrado a Kit ty alegre y en perfecto estado de sa lud,
Levin se fue al Círculo.
VII
Llegó al Círculo a la hora justa, en el momento en que socios a invitados se reunían en él.
Levin no había estado allí desde el tiempo en que, habiendo salido ya de la universidad, v ivía en Moscú y frecuentaba la alta
sociedad. Recordaba con todo detalle el local, y cómo es taban dispuestas todas las dependencias; pero había olvidado por
completo la impresión que antes le producía.
Seguro de sí y sin vacilar, llegó al patio, ancho, se micircular y, dejando el coche de alquiler, subió la escalinata. Cuando le
vio el portero, de flamante uniforme con ancha banda, le abrió la puerta sin hacer ruido y le saludó.
Levin vio en la portería los chanclos y abrigos de los miem bros del Círculo, que, ¡al fin!, habían comprendido que cuesta
menos trabajo despojarse de aquellas prendas y dejarlas abajo, en el guardarropa, que subir con ellas al piso de arriba. En se -
guida oyó el campanillazo misterioso que sonaba siempre al subir la escalera, de pen diente moderada y cubierta con una rica
alfombra. Vio en el rellano la estatua, que recordaba bien, y en la puerta de arriba al tan conocido y ya envejecido tercer
portero, con la librea del Círculo, el cual abría siempre la puerta sin precipitarse pero si n tardanza, examinando detenidamente
al que llegaba. Y Levin sintió de nuevo la sensación de descanso, de tranquilidad, de bienestar que experimentaba siempre
hacía años al entrar en el Círculo.
–Haga el favor de dejarme el sombrero –le dijo el portero, viendo que había olvidado esta costumbre del Círculo de dejar los
sombreros en la porteria–. Hace tiempo que el señor no ha venido por aquí... El Príncipe le inscribió ayer. El príncipe Esteban
Arkadievich no ha llegado todavía.
El portero conocía, no sólo a Levin, sino, también, a todos sus parientes y amigos, y en seguida le fue nombrando, de en tre
epos, a todos los que en aquel momento se encontraban allí.
Después de haber pasado por la primera sala, en la que se veían grandes biombos, y por la habitaci ón de la derecha, donde
estaba sentado el vendedor de frutas, y adelantando a un viejo que iba despacio, entró en el comedor, lleno de ani mación y de
ruido.
Levin pasó por delante de las mesas, casi todas ya ocupa das, mirando a los concurrentes. Aquí y a llá veía las gentes más
diversas, jóvenes y viejos, unos íntimos, otros conocidos. No había ni un rostro enfadado ni preocupado. Parecía que to dos
habían dejado en la portería sus disgustos y preocupacio nes y se habían juntado allí para gozar, sin cuidad os, de los bienes
materiales de la vida. Allí estaban Sviajsky, y Scherbazky, y Neviedovsky, y el viejo príncipe, y Vronsky, y Sergio Ivanovich.
–¡Ah! ¿Por qué has tardado tanto? –le preguntó el viejo Principe dándole una palmadita cariñosa en el hombro–. ¿Cómo está
Kitty? –añadió, arreglando la servilleta y colocándosela en el ojal del chaleco.
–Está bien. Las tres comen en casa.
–¡Ah! « Alinas–Nadinas...» Aquí ya no tenemos sitio para ti... Ve allí, a aquella mesa, y ocupa en seguida el puesto que hay
vacante –dijo el viejo Príncipe volviendo la cabeza. Y, con gran cuidado, tomó de manos del lacayo el plato de sopa de lota.
–Levin, ven aquí –le llamó, de algo lejos, una voz alegre.
Era Turovzin.
Estaba sentado junto a un joven militar desconocido para Levin, y a su lado había dos sillas reservadas inclinadas con tra la
mesa.
Después de las fatigosas conversaciones de aquel día, la vista de aquel amable libertino, por quien había sentido siem pre
simpatía y que le recordaba el día de su declaración a Kit ty, a la que había estado presente, fue para Levin un mo tivo de
particular alegría.
Comentario: Muchos recuerdos.
Comentario: Pescado muy
apreciado para hacer sopa.
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–Son las sillas para usted y Oblonsky, que vendrá ahora mismo –le dijo su antiguo amigo.
El militar, que permanecía sonriente, de pie, era el petersburgués Gagin.
Turovzin les presentó.
–Oblonsky siempre llega tarde –dijo luego–. ¡Ah! Allí viene.
–¿Has llegado ahora? –preguntó Oblonsky acercándose a ellos y dirigiéndose a Levin. ¡Buenas! ¿Has bebido ya vodka?
¿No? Pues vamos...
Levin se levantó y, junto con Oblonsky, se acercó a una gran mesa, donde había bocadillos y garrafas llenas de vodka y otras
bebidas. Parecía que entre dos docenas de bocadillos de diversas clases, ya se podía elegir a gusto; pero Esteban Arkadievich
pidió otra cosa especial, que en seguida le trajo uno de los criados.
Los dos cuñados bebieron unas copitas de vodka, tomaron unos bocadillos y volvieron a su mesa.
En seguida, cuando aún comían la sopa de pescado, a Gagin le sirvieron el champaña y ordenó que llenaran cuatro copas.
Levin no rehusó el vino que le ofrecía su amigo y pidió, por su parte, otra botella.
Tenía apetito y sed y comía y bebía con gran gusto; y con mayor gusto aún, tomaba parte en las conversaciones, senci llas y
alegres, de sus compañeros de mesa.
Bajando la voz, Gagin contó una de las últimas anécdotas de San Petersburgo, la cual, aunque indecente y simple, era tan di-
vertida, que Levin estallo en una fuerte carcajada que atrajo la atención de los que estaban en las mesas, aun los más lejanos.
–Es por el estilo de «esto precisamen te no me gusta...» ¿Conoces ese chiste? –dijo Esteban Arkadievich –. ¡Ah! Es
estupendo. Trae una botella más –ordenó al criado. Y empezó a contar la anécdota.
–De parte de Pedro Illich Vinovsky, quien les ruega que acepten –le interrumpió un criado viejecito, ofreciéndole dos finas
copas llenas de burbujeante champaña.
Esteban Arkadievich tomó una de las copas y, mirando por encima de la mesa, cambió una mirada con un hombre calvo, de
bigotes rubios, que estaba sentado unas mesas más alla, y le hizo, con la cabeza, una señal de agradecimiento y saludo.
–¿Quién es? –preguntó Levin.
–Le encontraste un día en mi casa... ¿No recuerdas? Es un buen mozo.
Levin repitió el gesto de su cuñado y tomó la copa que le ofrecían.
La anécdota de Esteban Arkadievich era tamb ién divertida. Levin contó otra que agradó igualmente. Luego hablaron de
caballos, de las carreras que se habían celebrado aquel día y de la brillante victoria obtenida por el «Atlasny » de Vronsky, que
había ganado el premio. La comida transcurrió con todo ello tan agradablemente para Levin que apenas se dio cuenta de nada.
–¡Ah! ¡Aquí están! –dijo Esteban Arkadievich, ya al final de la comida, alargando su mano, por encima de la silla, a Vronsky
y a un alto coronel de la Guardia Imperial que se dirigían hacia ellos.
La alegría que reinaba en el Círculo se reflejaba también en el rostro de Vronsky, el cual, muy animado, se apoyó en el
hombro de Esteban Arkadievich y le dijo algo al oído. Y con la misma sonrisa alegre adelantó la mano a Levin, que se la
estrechó efusivamente.
–Estoy muy contento de encontrarle de nuevo –dijo Vronsky–. Aquel día, el de las elecciones, estuve buscán dole, pero me
dijeron que ya se había marchado usted.
–Sí, me marché aquel mismo día –contestó Levin–. Ahora mismo hablábamos de su caballo –siguió–. Le felicito.
–Usted también tiene caballos, ¿no?
–No. Mi padre sí tenía, yo no. Pero me acuerdo y entiendo de ellos.
–¿Dónde has comido? –preguntó Esteban Arkadievich a Vronsky.
–Estamos en la segunda mesa. Detrás de las columnas.
–Le han festejado –––dijo el coronel–. Ganó el segundo pre mio del Emperador. Si tuviese yo tanta suerte con las cartas
como él con los caballos... Pero, estoy perdiendo un tiempo precioso. Voy a la «sala infernal» –añadió. Y se alejó de la mesa.
–Es Jachvin –––contestó Vronsky a Turovzin, que le había preguntado quién era aquel jefe militar. Y se sentó al lado de
ellos, en la silla que había vacante.
Habiendo bebido la copa de champaña que le ofrecieron, Vronsky pidió otra botella.
Ya fuera por la impresión que le produjo el Círculo, ya por el vino que había bebido, Levin se sentía feliz. Entabló con
Vronsky una animada conversación sobre caballos y se sintió aún más feliz al comprobar que no experimentaba animosidad
alguna contra él. Hasta le dijo, entre otras cosas, que su mujer le había dicho que le había encontrado en la casa de la prin cesa
María Borisoyna.
–¡Ah! La princesa María Borisovna... ¡Es un encanto! –comentó Esteban Arkadievich. Y contó una anécdota referente a ella
que hizo reír a todos.
Con tanta gana, tan francamente rió Vronsky, que Levin se sintió completamente reconciliado con él.
–¿Qué? ¿Hemos terminado? –preguntó Esteban Arkadievich–. Vamos, pues –añadió sonriente.
VIII
Al dejar la mesa, Levin se dirigió, con Gagin, a la sala de billares. Sentíase extraordinariamente ligero.
En el salón grande encontró a su padre político.
–¿Qué? ¿Cómo encuentras nuestro templo de la ociosi dad? –le preguntó el Príncipe tomándole del brazo –. Vamos.
Echaremos un vistazo... daremos una vuelta y visitaremos el local...
–Sí, también yo tenía esa intención. Me parece muy interesante.
Comentario: «Satinado.»
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–Sí, para ti es interesante. Ahora, yo ya tengo otros intere ses... Cuando miras a aquellos viejecitos, seguro que piensas que
han nacido así, «machacados» –––dijo el Príncipe mostrándole un miembro del Círculo con el labio inferior colgando y que al
andar apenas movía los pies, calzados con zapatos flexibles.
–¿Qué quiere decir «machacado»?
–Es un apodo que damos en el Círculo, ¿sabes? Cuando en las Pascuas se juega con huev os, si éstos chocan fuerte mente,
quedan machacados. Así somos nosotros: a fuerza de frecuentar el Círculo nos vamos «machacando». ¿Conoces al príncipe
Chechensky? A ti esto te hace reír, pero a mí no, porque, mirándoles pienso que muy pronto seré también uno de epos –añadió.
Y Levin comprendió por el rostro de su suegro que éste quería contarle alguna anécdota divertida.
–No, no le conozco.
–¿Cómo? ¿No conoces al famoso príncipe Chechensky? Bien, es igual... Es un hombre que siempre juega al billar. Hac e tres
años no estaba todavía entre los « machacados» y lanzaba bravatas, y llamaba « machacados» a los demás. Pero un día llegó al
Círculo y a nuestro portero, ¿sabes?, Vasili, ese grueso, que gusta tanto de decir palabras chistosas; pues bien: el príncip e
Chechensky, se acerca a él y le pregunta: «¿Qué, Vasili, quién hay en el Círculo? ¿Han llegado ya algunos de los
"machacados"? Y nuestro hombre le contesta: "Usted es el tercero"». ¿Qué te parece?
De este modo, hablando, y saludando a los amigos y cono cidos que encontraban a su paso, Levin, junto con el Príncipe
recorrió todas las salas: la grande, donde ya estaban puestas las mesas, y se habían organizado diversas partidas con los ju -
gadores de siempre; la sala de los divanes, donde se jugaba al ajedrez y donde estaba Sergio Ivanovich, hablando con un
desconocido; la sala de los billares, en cuyo recodo había un diván, en el cual, con alegre compañía y bebiendo champaña,
estaba Gagin. Echaron, también, una ojeada a la « sala infernal», donde rodeando una mesa, sentados o de pie, se halla ban
muchos socios, entre ellos Jachvin, haciendo «apuestas» en el juego de azar o entretenidos mirando el juego.
Procurando no hacer ruido, entraron en la obscura biblioteca, donde, cerca de las lámparas con pantalla, estaban sentados un
señor joven, con el rostro sofocado y leyendo periódico tras periódico, y un general calvo que parecía muy interesado por lo
que estaba leyendo.
Estuvieron también en la sala que el Príncipe llama «de los sabios». En ella había tres seño res que discutían animadamente
las últimas noticias de política.
–Príncipe, haga el favor de venir. Todo está ya dispuesto –le dijo en aquel momento uno de sus compañeros de diver siones.
Y el Príncipe se marchó con su tertulio.
Levin se sentó y se puso a recordar todas las conversaciones que había tenido durante la mañana; pero se sintió aburrido; y,
levantándose precipitadamente, salió en busca de Oblonsky y Turovzin pensando que con ellos hallaría al menos distracción.
Turovzin estaba sentado en un di ván en la sala de los billa res, teniendo cerca de él, en una mesita, un cubilete con un
brebaje.
Esteban Arkadievich y Vronsky hablaban de algo cerca de la puerta, en un rincón de la sala.
–No es que ella se aburra, pero esta posición tan indefinida... –oyó Levin al pasar.
Quiso alejarse, pero Esteban Arkadievich le llamó.
–¡Levin! –le gritó, con los ojos humedecidos, como solía tenerlos siempre que bebía mucho o estaba emocionado. Esta vez
la causa era, sin embargo, otra.
–Levin, no te marches ––dijo y apretó a éste fuertemente el brazo bajo su codo para impedirle que se marchara.
–Es mi amigo más sincero y mejor –dijo luego a Vronsky–. Tú también me eres muy querido. Y deseo que os hagáis buenos
amigos, porque los dos sois excelentes personas.
–¿Por qué no? Sólo nos falta besamos –dijo Vronsky con bondadosa y burlona sonrisa, dando a Levin la mano, que él
estrechó afectuoso, fuertemente, mientras decía:
–Me alegro, me alegro mucho.
–¡Mozo! Trae una botella de champaña ––ordenó Esteban Arkadievich al criado.
–Yo también me alegro mucho –dijo Vronsky.
Pero, a pesar de los deseos de Esteban Arkadievich y de ellos dos mismos, de entablar conversación, no encontraron de qué
hablar y aparecían mustios y aburridos.
–¿Sabes? Levin no conoce a Ana ––dijo Esteban Arkadievich a Vronsky–. Y yo quiero llevarle a tu casa para presen tarles y
que se conozcan.
–¿Es posible? ––dijo Vronsky–. Ana se sentirá muy con tenta... Yo iría con vosotros, también, a casa, pero me preo cupa
Jachvin. Me quedaré aquí hasta que termine su juego.
–¿Y qué, va mal?
–Está perdiendo, como siempre, y soy el único que puede contenerle.
– ¿Qué? ¿Jugamos una partida? –propuso Esteban Arka dievich–. Levin, ¿quieres jugar? Coloca los bolos ––ordenó al
marcador.
–Ya hace rato que están preparados –contestó éste que, en efecto, había ya dispuesto los bolos en triángulo y se entretenía en
rodar la roja.
–Bien; vamos a jugar.
Después de la partida, Vronsky y Levin se sentaron a la mesa, al lado de Gagin, y Levin, aceptando la propuesta de Esteban
Arkadievich, se puso a jugar a las cartas apuntando a los ases.
Vronsky estaba sentado al lado de la mesa, rodeado de conocidos que sin cesar venían a hablarle o iba, de cuando en cuando,
a la «sala infernal» para ver cómo marchaba en su juego Jachvin.
Comentario: Durante las fiestas
de la Pascua de Resurrección, los
niños rusos juegan con huevos
cocidos pintados de vivos colores.
El juego se parece en algo al de los
bolos. Se tira el huevo por una
ranura y éste debe chocar con otro
colocado a alguna distancia. Si lo
rompe, sale vencedor.
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Levin, después de la fatiga cerebral que había sentido por la mañana, experimentaba ahora una sensación agradable de
descanso. El hecho de no sentir ya animosidad alguna contra Vronsky, le hacía sentirse dichoso, y una impresión de tran -
quilidad y de placer invadía continuamente su espíritu.
Terminada la partida, Esteban Arkadievich le tomó por el brazo.
–¿Vamos a ver a Ana? Ahora mismo, ¿no? Ella estará en casa. Hace tiempo que le prometí llevarte. ¿A dónde vas esta
noche?
–A decir verdad, a ninguna parte. He pro metido a Sviajsky ir a la Asociación de Agricultores. Pero es igual. Podemos ir a
ver a Ana.
–¡Estupendo! Vamos. Entérate de si ha llegado mi coche –encargó Esteban Arkadievich al criado.
Levin se acercó a la mesa, pagó la apuesta perdida a los ases ––cuarenta rublos–; pagó, de una manera particularmente mis-
teriosa, el gasto que había hecho en el Club, que el criado vieje cito que había en la puerta conocía, y moviendo mucho los bra-
zos, a través de diversas salas, se dirigió hacia la puerta.
IX
–¡El coche de Oblonsky! –gritó, con voz de bajo profundo, el portero.
El carruaje se adelantó hasta la entrada del Círculo y Levin y Esteban Arkadievich subieron a él y se dirigieron a la casa de
Ana.
Solamente algunos momentos más –en tanto que el coche salía de l zaguán– le duró a Levin la sensación de bienestar que
había experimentado en el Círculo. Apenas el carruaje sa lió a la calle y sintió las sacudidas que daba rodando sobre un
pavimento desigual, y oyó los gritos de un cochero de alquiler con el que se cruzaron, y percibió, a la luz tenue de los faroles la
muestra roja de un café y tienda de comestibles, aquella sensación placentera se le desvaneció.
Reflexionó ahora sobre los hechos de aquel día y se pre guntó si hacía bien yendo a la casa de Ana. ¿Qué ib a a decir de esto
Kitty?
Pero Esteban Arkadievich no le dejó que se preocupara, y, como si hubiese adivinado sus pensamientos, le dijo:
–No sabes lo que me alegra que vayas a ver a Ana. ¿Sa bes? Dolly hacía tiempo que lo deseaba. Lvov estuvo ya en su casa y
ahora la visita de vez en cuando. Aunque es mi hermana, puedo decir que es una mujer inteligente,y agradable, muy
interesante. Su situación, sin embargo, es muy penosa, sobre todo ahora...
–¿Y por qué lo es sobre todo ahora?
–Porque llevamos unas negociaciones con su marido para tramitar el divorcio. Él está conforme, pero hay complicacio nes a
causa del hijo. Y el asunto, que debió quedar terminado en poco tiempo, dura ya más de tres meses. En cuanto se ul time el
divorcio, Ana se casará con Vronsky. ¡Qu é tonta es esta antigua costumbre de andar a vueltas con los cánticos! «Regocíjate,
Isaías.» Nadie cree ya en el divorcio, Ana vive en Moscú. Aquí todos les conocen a él y a ella. Y no sale a ninguna parte, ni ve
a parientes ni amigas, excepto Lvov y Dolly , porque, ¿comprendes?, estas cosas estorban la felici dad de la gente. Entonces,
casada ya con Vronsky, la posición de Ana será tan regular como la tuya y la mía.
–¿Y a qué se deben esas complicaciones? –preguntó Levin.
–¡Ah! Es una historia larga y aburrida. Todo está tan poco claro, indefinido... Lo cierto es que, esperando, Ana no quiere que
la traten sólo por compasión. Hasta esa idiota de la prin cesa Bárbara se ha marchado de la casa considerando inconve niente
permanecer con ella. Otra mujer, en su situación, no habría podido encontrar recursos morales para vivir... Y ya verás cómo ha
arreglado ella su vida con tranquilidad y dignamente. A la izquierda, por la calle pequeña, enfrente de la iglesia –ordenó
Esteban Arkadievich sacando la cabeza por la ventanilla.
–¡Oh, qué calor tengo! –dijo a continuación. Y, no obstante el frío (doce grados bajo cero), echó atrás su pelliza, que llevaba
ya bastante desabrochada.
–Pero Ana tiene, según creo, una hija –dijo Levin–. Esto debe también de ocuparla mucho.
–¿Imaginas que toda mujer ha de ser una hembra, une couveuse –replicó Esteban Arkadievich––– que ha de pasarse el día al
lado de sus hijos? No. Ana cría y educa a su hija, y, a mi parecer, de una manera excelente, pero no es ésta su ocu pación
principal. En primer lugar, Ana escribe. Ya veo que sonríes irónicamente, pero no tienes motivo. Escribe un libro para niños.
No habla a nadie de esto, pero a mí me lo ha leído y yo le he dado a leer el manuscrito a Vorkuev. ¿Sabes a quién me refiero?
El editor ese que me parece que escribe también. Es un hombre que entiende de estas cosas y me ha dicho que la obra es
interesante. No pienses, por esto, que Ana es una escritora. Nada de eso. Antes que nada es una mujer de gran corazón... Ya la
verás... Ahora tiene recogidos en su casa una niña inglesa y una familia entera, de los cuales se ocupa ella personalmente.
–¿Se dedica, pues, a la filantropía?
–Ya quieres ver en ello algo malo, ¿no? No es una cosa al estilo de los «filantrópicos», sino hecha de todo corazón y bien.
Ellos tenían, o mejor dicho, Vronsky tenía un entrenador inglés, un hombre muy entendido en su especialidad pero un
borracho, delirium tremens. Llegó a tal extremo de embrutecimiento, que abandonó a su familia, dejándola en la miseria. Ana
se enteró, se interesó por ellos y ha terminado por encargarse de todos.
No sólo les ayuda con dinero, sino que ella misma enseña a los chicos el ruso para que puedan ingresar en el colegio, y a la
niña la recogió en su casa... Ya la verás.
El coche entró en el patio de la casa de Ana, y Esteban Arkadievich llamó con un fuerte campanillazo.
A la entrada de la casa había un trineo.
Sin preguntar al hombre que les abrió la puerta si estaba en casa o no Ana, Oblonsky entró en el primer vestíbulo. Levin le
seguía, dudando aún si hacía bien en ir allí.
Comentario: Una clueca.
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Al mirarse en el espejo, vio que estaba muy sofocado. Pero seguro de que no estaba ebrio, siguió a Esteban Arkadievich, que
subió por la escalera alfombrada.
Una vez en el piso superior, Oblonsky preguntó al criado, que le saludó como a persona de la casa, que quién estaba de visita
con Ana Arkadievna y aquél le contestó que era el señor Vorkuev.
–¿Dónde están?
–En el despacho.
Tras atravesar el pequeño comedor, de paredes de madera oscura, Esteban Arkadievich y Levin entrar on en una pieza dé -
bilmente iluminada por una lámpara cuya pantalla amortiguaba casi por completo la luz. Otra lámpara con reflector estaba fi -
jada en la pared a iluminaba un retrato de mujer, pintado al óleo y de tamaño natural, que llamó en seguida la at ención de
Levin.
Era el retrato de Ana Arkadievna hecho en Italia por el pintor Mijailov.
Oblonsky continuó hacia donde estaba su hermana y la voz de hombre que se oía se calló.
Entre tanto Levin continuaba junto al cuadro, fascinado, sin poder apartar los ojos de él. Estaba admirado y conmovido hasta
el punto de olvidar dónde se hallaba y de no oír a los que esta ban hablando cerca de él. Lo que tenía ante sí no le parecía un
cuadro, sino una mujer viva, deliciosa, con preciosos cabellos negros rizados; b ellos hombros y brazos descubiertos; ligera y
encantadora sonrisa en sus labios finos, rojos y sombreados por ligero vello; una mujer en fin que parecía mirarle dulce y
dominadora, con ojos ensoñadores que le conturbaban. ¿Era posible que aquella hermosa criatura existiera en realidad?
De repente, oyó tras de sí la voz de aquella misma mujer cuya efigie estaba contemplando.
–Me alegra mucho su visita –le dijó Ana Arkadievna saliendo a su encuentro.
Y Levin vio, a la media luz del gabinete, la misma imagen del retrato con vestido de color azul oscuro alternado con otros
colores.
Su actitud y sus ademanes eran distintos a los que tenía en el retrato, pero sí la misma expresión en el rostro y la misma
belleza que tan bien había sabido captar el pintor.
En la realidad estaba menos brillante que en el retrato, pero, en cambio, había en ella algo nuevo y atrayente que fal taba en
aquél: una alegre y dulce animación.
X
Ana Arkadievna no ocultó a Levin la alegría que experimentaba al verle.
Y en la forma con que ella le dio la mano, en cómo le pre sentó a Vorkuev y le mostró la niña –muy bonita, de cabellos
rojizos– que estaba sentada allí, haciendo labor, llamándola «su pequeña y querida protegida», en todo esto, Levin reco noció
los modales que tanto le admiraban de una mujer de gran mundo, siempre tranquila y natural.
–Me alegra mucho su visita –repitió. Y en sus labios es tas palabras, tan sencillas, adquirieron para él una significa ción
particular.
–Ya le conocía a usted hace tiempo –siguió Ana, dirigiéndose a Levin–y le quiero por su amistad con Stiva y por su mujer de
usted. La traté muy poco tiempo, pero me dejó la impresión de una hermosa flor, precisamente de una flor. ¡Y pronto será
madre!
Ana hablaba con soltura, sin precipitarse, mirando ya a Le vin, ya a su hermano. Levin comprendió que producía en ella una
excelente impresión, se sintió desembarazado y feliz y le habló con naturalidad, agradablemente. Le parecía conocerla desde la
infancia.
–Ivan Petrovich y yo nos hemos quedado aquí en el des pacho de Vronsky para poder fumar –dijo Ana a Esteban Ar -
kadievich, que le preguntó si les estaba permitido fumar. Y, mirando a Levin y sin preguntarle si fumaba o no, cogió una lujosa
pitillera y le alargó un cigarrillo.
–¿Cómo te encuentras hoy? –le preguntó su hermano.
–Nada... Nervios... Como siempre.
–¿No es verdad que este retrato es una obra maestra? –preguntó Esteban Arkadievich a Levin, viéndole contemplar el
cuadro.
–No he visto en mi vida un retrato mejor –contestó Levin.
–Se parece mucho, ¿verdad? –dijo Vorkuev.
Levin comparó el retrato con el original.
El rostro de Ana, en el momento en que Levin la miró, res plandeció con una claridad particular; y éste, al cruzar su mi rada
con la de ella, se sonrojó.
Para ocultar su emoción, quiso preguntar a Ana si hacía mucho tiempo que no había visto a Daria Alejandrovna, pero
precisamente en aquel instante ella le dijo:
–Ahora mismo hablábamos con Ivan Petrovich de los últimos cuadros de Vaschenkov. ¿Usted los ha visto?
–Sí, los he visto –contestó Levin.
–¡Oh! Perdón, le he interrumpido... Usted quería decir..
Levin hizo la pregunta que había pensado respecto a Daria Alejandrovna.
Ana contestó que hacía poco tiempo que Daria Alejandrovna le había visitado.
–Por cierto que cuando estuvo aquí, parecía muy dis gustada de lo que le pasaba a Gricha en el colegio. Al pa recer, el
maestro de latín era poco justo con el muchacho –añadió.
Levin volvió a la conversación sobre los cuadros de Vaschenkov.
–Sí, he visto los cuadros y no me gustaron –dijo.
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Ya no hablaba ahora torturándose continuamente, como lo había hecho aquella mañana. Cada palabra de Ana adquiría para
él una significación particular. Y. si agradable le era hablarle, escucharla le era más agradable todavía.
Ana conversaba con naturalidad y desenvoltura, sin dar importancia alguna a lo que decía, y dándola en cambio grande a lo
que decía su interlocutor.
Hablaron de las directrices que seguía el arte; de la nueva ilustración de la Biblia hecha por un pintor francés. Vorkuev
criticaba a este pintor por su crudo realismo. Levin le objetó que aquel realismo era una reacción natural y beneficiosa contra el
convencionalismo, que los franceses habían llevado en el arte hasta un extremo al que no había llegado ninguna na ción. Y
añadió que los pintores franceses, en el hecho de no mentir, veían ya poesía.
Nunca una idea espiritual expuesta por él había procurado a Levin tanto placer como ésta.
Ana, comprendiéndole, se sintió animada, le aprobó, y, sonriendo, dijo:
–Río, como se ríe cuando se ve un retrato muy par ecido. Lo que usted ha dicho ahora caracteriza completamente el ac tual
arte francés –la pintura y hasta la literatura: Zola, Dau det–. Tal vez haya sido siempre así: Se empieza por realizar sus
conceptions por medio de figuras convencionales, imagi narias; pero, luego, todas las combinaisons artificiales, todas las
figuras imaginarias, acaban por fatigar, y entonces se empiezan a concebir figuras más justas y naturales.
–Esto es verdad ––dijo Vorkuev.
–Entonces, ¿ustedes estuvieron en el Círculo? –preguntó Ana a su hermano.
«Sí, sí, he aquí una mujer», pensaba Levin, olvidándose de todo y mirando absorto el rostro bello y animado de Ana, el cual
en aquel momento, a inopinadamente, cambió de expresión.
Levin no oyó lo que Ana decía en voz baja a su hermano , al oído, pero el cambio que se había manifestado en su rostro le
impresionó. Aquel rostro antes tan hermoso en su tranquili dad, expresó de pronto una curiosidad extraña y después ira y
orgullo. Pero eso duró sólo un instante. Ana frunció las cejas como recordando algo desagradable,
–Pues, al fin y al cabo, eso no le interesa a nadie –comentó para sí. Y, dirigiéndose a la inglesa, dijo:
–Please order the tea in the drawing–room.
La niña se levantó y salió de la habitación.
–¿Qué tal ha hecho sus exámenes? –preguntó Esteban Arkadievich, señalando a la pequeña.
–Muy bien. Es una niña inteligente y tiene muy buen carácter ––contestó Ana.
–Acabarás queriéndola más que a tu propia hija.
–Se ve bien que eso lo dice un hombre. En el amor no hay más y menos... A mi hija la quiero con un amor y a ésta con otro
diferente.
–Y yo digo a Ana Arkadievna –intervinó Vorkuev– que si ella hubiera puesto una centésima parte de la energía que emplea
para esta inglesa en la obra común de educación de los niños rusos, habría hecho una obra grande y útil.
–Diga usted lo que quiera, yo no puedo hacer eso. El conde Alexey Kirilovich me animaba mucho a ello –y al pronunciar
estas palabras, Ana miró tímidamente y como interrogándole a Levin, que le contestó con una mirada afirmativa y respetuosa–.
El Conde, como digo, me animaba a ocuparme de la escuela del pueblo y he ido varias veces allí... Son muy simpáticos, sí;
pero no pude interesarme por ellos. Usted dice: «energía». La energía se basa en el amor y no es posible ad quirir amor a la
fuerza; no se puede ordenar que se ame. A esta niña le tomé cariño sin saber yo misma porqué.
Ana miró de nuevo a Levin. Y su sonrisa y su mirada le di jeron claramente que hablaba sólo para él, que tenía en mucho su
opinión, y que sabía de antemano que se comprendían.
–La entiendo muy bien –dijo Levin–. En la escuela y en otras instituciones semejantes no es posible poner el cora zón y
pienso que, precisamente por esta razón, todas las instituciones filantrópicas dan tan malos resultados.
Ana sonrió.
–Sí, sí –afirmó después–. Por mi parte, nunca lo pude hacer. Je n'ai pas le coeur assez large como para querer a un asilo
entero de niños, incluyendo los malos. Cela ne m'a jamais réussi! ¡Y, no obstante, hay tantas mujeres que se han creado con
esto una position sociale! Y ahora, precisamente ahora, cuando tan necesaria me sería una ocupación cualquiera, es cuando
puedo menos ––dijo con expresión melancólica y confiada, dirigiéndose a su hermano, pero hablando en realidad para Levin.
De pronto frunció las cejas y cambió de conversación.
Levin comprendió por aquel gesto que Ana estaba descontenta de sí misma, pesarosa de haber hablado de sí.
–¿Y usted qué hace? –dijo dirigiéndose ahora directa mente a Levin –. Pasa usted por ser un mal ciudadano, p ero yo he
tomado siempre su defensa...
–¿Y cómo me defendía usted?
–Según los ataques... Bueno, ¿quieren ustedes tomar el té?
Ana se levantó y cogió un libro encuadernado en tafilete.
–Démelo usted, Ana Arkadievna –dijo Vorkuev indicando el libro–. Es merecedor de...
–¡Oh, no! No está bien terminado...
–Ya le he hablado a Levin de él –dijo Esteban Arkadievich a su hermana.
–No debiste hacerlo. Mis escritos son por el estilo de aquellas cestitas de madera que me vendía Lisa Markalova, hechas por
los presos. A fuerza de paciencia, aquellos desgraciados hacían milagros –dijo, dirigiéndose también ahora a Levin.
Y éste descubrió un rasgo nuevo en aquella mujer que tanta admiración había ya despertado en él. Además de ser inteligente,
espiritual y hermosa, ten ía una sinceridad admirable que le llevaba a no disimular en nada todo lo que de penoso tenía su
situación.
Dicho aquello, Ana suspiró y, de repente, su rostro adquirió una expresión seria y triste, y quedó inmóvil, como petrificada.
Con ese aspecto parecía aún más bella que antes; pero esta expresión era nueva, estaba fuera de aquel círculo de expre siones
que irradiaban alegría y producían felicidad y que el pintor había sabido reproducir tan bien en el retrato.
Comentario: «Haz el favor de
servir el té en el salón.»
Comentario: «No tengo un
corazón tan generoso.»
Comentario: «¡Jamás he sido
capaz de ello!»
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Levin miró una vez más al cuadro, mientras Ana tomaba por el brazo a su hermano, y un sentimiento de ternura y de
compasión, que le sorprendieron a él mismo, se despertó en su alma por aquella mujer.
Ana pidió a Levin y Vorkuev que pasaran al salón y ella se quedó en la habitación a solas con su he rmano para hablar se-
cretamente con él.
«Hablarán ahora del divorcio, de Vronsky, de lo que hace éste en el Círculo, de mí...» , pensó Levin. Y le preocupaba tanto
lo que pudieran estar hablando los dos hermanos, que no atendía a lo que Vorkuev le decía en aquel momento de las cualidades
de la novela para niños escrita por Ana.
Durante el té continuó la conversación, agradable y llena de interés.
No sólo no hubo un momento de silencio, sino que, al contrario, se desenvolvía tan rápida y agradablemente como si hubiera
de faltarles tiempo para decir todo lo que querían exponer.
Y todo lo que decía Ana a Levin le parecía interesante, a in cluso los relatos o comentarios de Vorkuev y Esteban Arkadie -
vich adquirían para él una profunda significación por el interés que ponía en ellos y las atinadas observaciones que hacía.
Mientras seguía la interesante conversación, Levin se extasiaba continuamente ante la belleza, la inteligencia y la cultura y a
la vez la sencillez y sinceridad de Ana.
Él escuchaba o hablaba, pero incluso entonces pensaba constantemente en ella, en su vida interior, y no apartaba de Ana sus
ojos, queriendo, por sus gestos y su mirada, adivinar sus sentimientos. Y él, que antes la juzgaba con severidad, ahora la
justificaba y, al mismo tiempo, la compadecía; y la idea de que Vronsky no llegara a comprenderla completa mente le oprimía
el alma.
Habían dado ya las diez de la noche cuando Esteban Arka dievich se levantó para marcharse. (Vorkuev se había mar chado
ya.) A Levin le había pasado el tiempo tan agradablemente, que le pareció que acababan de llegar y se levantó pesaroso.
–Adiós –dijo Ana, reteniendo la mano de Levin y mirán dole a los ojos con una mirada que le conturbó –. Me siento muy
dichosa de que la glace soit rompue.
Mas, seguidamente, ella retiró su mano y frunció el ceño.
–Dígale a su esposa –encargó a Levin– que la quiero como siempre. Y que si ella no puede perdonarme, le deseo que no me
perdone nunca. Para perdonar es preciso padecer lo que yo he padecido. Y de esto deseo de corazón que la libre Dios.
–Sí, se lo diré... se lo diré... repuso Levin sonrojándose.
XI
«¡Qué mujer tan extraordinaria, tan simpática y digna de compasión!», pensaba Levin mientras salía, acompañado de
Esteban Arkadievich, al aire frío de la calle.
–¿Qué te ha parecido? ¿No te lo dije yo? –preguntó Oblonsky, observando que su cuñado estaba completamente entregado al
recuerdo de Ana.
–Sí –contestó Levin pensativo –. Es una mujer extraor dinaria. No sólo es inteligente sino, también, de una admira ble
cordialidad. La compadezco con toda el alma.
–Ahora, si Dios quiere, todo se arreglará. Y puesto que ves lo que te ha pasado en este caso, en adelante no formes juicios
prematuros sobre la gente –añadió Esteban Arkadievich en tanto que abría la puerta de su carruaje.
–Y adiós –se despidió–, que vamos por caminos diferentes.
Levin se dirigió a su casa, en la que entró sin dejar de pen sar en Ana, en la conversación tan sencilla que con ella había
tenido, en todos los cambios que había observado en su fisonomía, en su situación, que despertaba en él una piedad profunda.
Al entrar en su casa, Kusmá le comunicó que Katerina Ale jandrovna se encontraba bien, que hacía pocos momentos que se
habían marchado de allí las hermanas, y le entregó dos car tas. Una era de su encargado, Sokolov, el cual le decía que no había
vendido el trigo porque ofrecían tan sólo cinco rublos y medio y que no tenía de dónde sacar más dinero; la otra carta era de su
hermana reprochándole el que su asunto no estuviera aún terminado.
Levin, con el ánimo alegre, resolvió en seguida, con extra ordinaria facilidad, la cuestión del trigo, que en otra ocasión le
habría dado mucho que pensar.
«Pues bien: si no dan más, lo venderemos a cinco rublos y medio.»
En cuanto a las quejas de su hermana no despertaron en él más que este pensamiento:
«Es extraordinario lo ocupado que tenemos aquí todo el tiempo».
Se sentía culpable ante su hermana por no haber hecho aún lo que ésta le había pedido, pero encontró fácil disculpa.
«Es verdad que hoy no he ido tamp oco al Juzgado», se acu saba. «Pero es que hoy», se disculpaba luego, « no he tenido,
realmente, tiempo de hacerlo».
Y, después de haber decidido ocuparse de aquel asunto al día siguiente, se dirigió a las habitaciones que ocupaba su esposa.
Mientras se dirigía hacia allí, repasaba mentalmente todo lo que había hecho durante el día; las conversaciones que ha bía
escuchado y aquellas en las que había tomado parte. En todas ellas –se confesaba– habían tratado de cuestiones por las cuales
no se habría interesado en otra ocasión, sobre todo estando solo, en el pueblo, pero ahora, aquí, le habían resultado interesantes.
Tan sólo en dos ocasiones encontraba haber hecho algo que no le satisfacía plenamente: una era su símil del sollo en los
comentarios respecto a la pena impuesta a un extranjero; la otra era «algo no bien definido» que había en aquella dulce
compasión o tierno afecto que se había despertado en él hacia Ana.
Levin encontró a su mujer triste y aburrida.
La comida entre las tres hermanas había result ado animada, pero se habían cansado de esperarle, y la animación fue deca -
yendo hasta no saber qué decirse. Luego las hermanas se marcharon, y Kitty quedó sola con sus pensamientos, preocupada por
la tardanza de su marido.
Comentario: «Que se haya roto
el hielo.»
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–¿Y tú qué has hecho durante tod o el día? –le preguntó Kitty, mirándole a los ojos, en los que advertía cierto brillo
sospechoso. No obstante, y a fin de no contenerle en su efu sión, disimuló y escuchó con dulce sonrisa de aprobación la
referentecia de lo que había hecho aquella noche.
–En el Círculo me encontré con Vronsky –explicó Levin–, y me alegré de verle. Todo sucedió de la manera mas natural. ¿Lo
comprendes, verdad? La tirantez que había entre nosotros ha dejado ya de existir. Era una situación absurda que tenía que
terminar. No vayas a creer por esto que intente ahora buscar su sociedad –y mientras decía estas palabras Levin se puso rojo,
pensando que «por no buscar su sociedad» había ido a visitar a Ana a la salida del Círculo.
–¡Y decimos que el pueblo bebe! –exclamó después–. No sé quién bebe más, si el pueblo o nuestra clase... El pueblo bebe en
los días de fiesta, pero nosotros...
Kitty oía extrañada las incoherencias de su marido. ¿A qué venía aquello de si el pueblo bebía o si los aristócratas be bían?
¿Qué les importaba a ellos? A ella, lo que le interesaba ahora era averiguar por qué causa se había él sonrojado, cosa que había
observado muy bien.
–¿Y luego dónde estuviste?
–Esteban Arkadievich me pidió con gran interés que visitara a su hermana.
Y al decir esto se sonrojó de nuevo y sintió que las dudas sobre si habría hecho bien o mal visitando a Ana se le desvanecían
para dejar paso al convencimiento de que había obrado de una manera inconveniente.
Los ojos de Kitty relampaguearon, pero se contuvo, disimuló su emoción y exclamó sencillamente:
–¡Ah!
–Espero que no te enfades porque haya ido allí. Me lo pidió, como te digo, Esteban Arkadievich, y Dolly también lo deseaba
–continuó Levin.
–¡Oh, no! –dijo ella con una mirada que nada bueno predecía.
–Es una mujer muy sim pática, digna de compasión –dijo Levin tratando de convencer a Kitty –. Me dio para ti un en cargo
conmovedor. –Y le repitió las palabras que le había dicho para su esposa.
–Sí, sí, está claro. Es una mujer digna de compasión –dijo Kitty con voz indiferente. Y, en seguida, le preguntó–: ¿De quién
has recibido carta?
Levin explicó la correspondencia que había recibido, y so segado por el tono tranquilo de su esposa, se marchó al gabi nete
para cambiarse de traje.
Al volver, encontró a su mujer en la misma bu taca, en la misma actitud en que la había dejado. Cuando Levin se le acercó,
ella le miró con tristeza y rompió a sollozar.
–¿Qué es eso? ¿Qué te pasa? –preguntó él, que ya había adivinado lo que «le pasaba».
–Te has enamorado de esa mala mujer –decía Kitty entre sollozos–. Te ha hechizado... Lo he visto en tus ojos... Sí, sí... ¿Qué
puede resultar de eso? Has ido al Círculo... Has bebido... Has bebido... Has jugado a las cartas... Y luego has ido... ¡Adónde has
ido!... ¡No, vámonos de aquí...! ¡Esto no puede durar! ¡Yo me voy mañana mismo!
Durante un largo rato Levin trató inútilmente de calmarla.
No lo consiguió sino prometiéndole no visitar más a Ana, cuya perniciosa influencia junto con el vino que había bebido,
habían perturbado su razón. Lo que más si nceramente reconoció fue, sin embargo, que el vivir tanto tiempo en Moscú, de -
dicado sólo a conversar, a fumar en exceso, a comer abunda mentemente y a beber más abundantemente aún, habían acabado
por hacer de él un estúpido. Y con igual sinceridad le prometió que nada de aquello volvería a suceder.
Así hablaron hasta altas horas de la noche. Cuando se acostaron, ya completamente reconciliados, eran las tres.
XII
Cuando Esteban Arkadievich y Levin se hubieron marchado, Ana se puso a pasear a lo largo de la habitación.
Aunque inconscientemente (como lo hacía todo en los últi mos tiempos), Ana había hecho durante toda la noche cuanto le
había sido posible para enamorar a Levin. Sabía que había logrado su propósito tanto como era posible en una noche y
tratándose de un hombre casado y honesto enamorado de su mujer.
También él le había gustado y, a pesar de la gran diferencia que existía entre Vronsky y Levin, su tacto de mujer le había
permitido descubrir en ambos aquel rasgo común gracias al cual Kitty había podido sentirse atraída por los dos. Y, no obstante,
apenas se hubo despedido, Ana dejó de pensar en él para pensar en Vronsky de nuevo.
Un solo pensamiento la perseguía de una manera obsesiva: «Si tal efecto causo en un hombre casado», se decía, «y en a-
morado de su mujer, ¿por qué sólo él se muestra tan frío conmigo? Yo sé que Alexey me ama», siguió pensando» . «Pero ahora
hay algo nuevo que nos separa. ¿Por qué no ha estado aquí en toda la noche? Encargó a Stiva que me dijera que no podía dejar
a Jachvin en su juego... ¿Es que es un niño ese Jachvin? Supongamos que sea así, puesto que él nunca miente. Sin embargo,
dentro de esta verdad hay alguna otra cosa.

