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sábado, 26 de mayo de 2007
muy crecida.
–Sí, es ya m uy mayor ––contestó Daria Alejandrovna cor tamente, con frialdad sin saber por qué, al extremo de que ella
misma se extrañaba de hablar así de sus hijos–. Vivimos muy bien en la casa de los Levin –siguió explicando.
–Pues si hubiera sabido –dijo Ana– que no me despreciabais... podíais haber venido todos aquí. Stiva es un buen y viejo
amigo de Alexey.
De repente, algo confusa, se ruborizó.
–Es la alegría de verte la que me hace decir todas estas ne cedades –siguió–. En verdad, queridita, estoy muy contenta de
verte (y besaba a Dolly). No me has dicho todavía lo que piensas de mí y quiero saberlo. Pero estoy contenta de que me veas
así, tal como soy. Lo que principalmente deseo es que no piensen que quiero demostrar algo. No quiero demostrar nada:
solamente quiero vivir. No quiero mal a nadie, excepto a mí misma... A esto tengo derecho, ¿verdad? De todos modos, éste es
tema para una conversación muy larga; luego hablaremos de todo ello. Ahora voy a vestirme. Te mandaré la muchacha.

XIX
Al quedarse sola, Daria Alejandrovna examinó detenidamente la habitación. Tanto ésta como todas las demás de la casa que
había visto daban la impresión de abundancia y de un lujo del cual sólo sabía algo Dolly por las novelas inglesas, pues nunca
lo había visto tal, no ya en e l campo, sino en nin gún otro lugar de Rusia. Todo era nuevo allí, empezando por los papeles
pintados y el tapiz que cubrían las paredes. La cama tenía muelles, colchón y una cabecera especial. Por al mohadas había
pequeños cojines con finísimas fundas. El lavabo era de mármol y había también, en la habitación, tocador, sofá, mesillas de
noche, mesas y mesitas, un reloj de bronce sobre la chimenea, visillos y cortinas, todo nuevo, lujoso, muy caro.
La doncella, muy presumida, que vino a ofrecerle sus ser vicios, estaba peinada y vestida a la moda y con mayor lujo que la
misma Dolly. Su cortesía, limpieza y buena disposición para servirle le eran agradables, pero a Daria Alejandrovna le
molestaba su presencia, pues le producía vergüenza que le viera la blusi ta remendada que había tenido la mala ocurren cia de
ponerse para el viaje. Dolly se avergonzaba ahora de los mismos remiendos y zurcidos por los cuales se vanaglo riaba en su
casa de buena administradora, que calculaba que para su blusita necesitaba veint icinco arquinas de batista, que, a sesenta y
cinco copecks, importaban más de quince rublos, aparte de los adornos y el trabajo, y guardaba este dinero para otras
necesidades.
Daria Alejandrovna se sintió muy aliviada de esta molestia cuando entró en la ha bitación su antigua conocida Anuchka
diciendo que a la presumida doncella la llamaba su señora y que ella se quedaría allí para sustituirla.

Comentario: «Es una
pequeñez.»
Comentario: «Y usted se olvida
de lo que debe.»
Comentario: « Perdón, tengo
los bolsillos llenos.»


Page No 260

Anuchka parecía sentirse feliz de la llegada de Daria Ale jandrovna y charlaba sin cesar. Dolly observó que la sirvienta ardía
en deseos de dar su opinión respecto a la situación de su señora y, sobre todo, referente al amor del Conde por Ana Ar -
kadievna, y varias veces inició ese tema. Pero Dolly la cortaba, sin vacilar, en seguida.
–He crecido al lado de Ana Arkadie vna; ella es para mí lo más caro del mundo... No somos nosotros quienes debemos
juzgar.. Pero amar, sí que parece que la ama.
–Entrega esto para lavar, si es posible –atajó Daria Alejandrovna.
–Sí, señora. Toda la ropa se lava con máquina, y para los pequ eños lavados tenemos dedicadas dos mujeres... El Conde
mismo lo vigila todo... Es un marido...
La entrada de Ana puso fin a las expansiones de Anuchka con gran satisfacción de Daria Alejandrovna.
Ana se había puesto un vestido sencillo de batista que Dolly examinó con admiración. Sabía lo que significaba en cuanto a
dinero aquella sencillez.
–Tu antigua conocida –dijo Ana a Dolly, señalando a Anuchka.
Ana ahora ya no se turbaba, estaba completamente tranquila. Dolly veía que se había repuesto de la impresión que le produjo
su llegada y se expresaba en aquel tono superficial, indiferente, con el cual creía cerrar el sagrario de sus senti mientos y de sus
pensamientos más íntimos y queridos.
– ¿Y cómo va tu pequeña, Ana? –preguntó Dolly.
–¿Any? –así llamaba Ana a su hija–. Está bien. Se ha puesto mucho mejor. ¿Quieres verla? Vamos y la verás. Hemos tenido
muchos contratiempos con las niñeras. Ahora tenemos una buena ama –una italiana–. Muy buena, sí, pero, ¡tan tonta! que
quisimos volver a mandarla a su país, pero la niña está tan acostumbrada a ella que hemos desistido de hacerlo.
–¿Y cómo lo habéis arreglado... ?
Dolly iba a hablar respecto al apellido de la niña, pero, al ver que se ensombrecía el rostro de Ana, cambió el sentido de la
pregunta.
–¿Cómo lo habéis arreglado para separarla del pecho? –dijo.
–Has querido preguntar otra cosa, ¿no? –dijo Ana, frunciendo el ceño de modo que de sus ojos no se le veían más que las
pestañas pintadas–. Has querido preguntar por su apellido, ¿verdad? Esto atormenta a Al exey. Ella no tiene apellido. Es decir,
tiene uno: Karenina. De todos modos –siguió, esclarecido ya el rostro–––, de esto ya hablaremos luego. Vamos a que veas la
pequeña. Verás qué linda está. Ya anda a gatas.
El lujo que tanto admiraba a Daria Alejandro vna lo advirtió aún más en esta habitación. Allí había cochecitos que habían
hecho enviar de Inglaterra, diversos aparatos para enseñar a andar, un diván especial, mecedoras y bañeras. Todo muy mo -
derno, nuevo, inglés, sólido, excelente y costoso. La habitación era grande, muy alta y clara.
Cuando ellas entraron, la niña, vestida solamente con ca misetita, estaba sentada en una pequeña butaca cerca de la mesa y
tomaba su caldo, con el que se manchaba profusa mente. A su lado se veía a una muchacha rusa que le daba de comer,
comiendo ella al mismo tiempo, y que estaba destinada exclusivamente a la habitación de la niña.
Ni la nodriza ni el aya estaban allí. Las dos se encontraban en la habitación contigua, de donde llegaba el eco de una con -
versación, sostenida en un francés sui géneris, en el cual sólo ellas podían expresarse y comprenderse.
Al oír la voz de Ana, la inglesa, bien vestida, alta, de rostro desagradable, peinada con bucles, entró precipitadamente. Se
apresuró a disculparse ante Ana, a pesar de que ésta no le ha bía hecho observación alguna, y a cada palabra de su dueña,
repetía: Yes, yes, my lady.
La niña tenía cejas y cabellos negros, rostro colorado, con su cuerpecito fuerte, rojizo como la piel de una gallina. No obs -
tante el gesto ceñudo co n que las miró al entrar, la pequeña gustó a Daria Alejandrovna, y hasta envidió su aspecto sano. Le
gustó también la manera cómo se arrastraba. Ninguno de sus niños –comparó– se arrastraron de aquella manera. Cuando se la
ponía sobre la alfombra y se la s ostenía cogiéndole por detrás de su vestidito, estaba verdaderamente encanta dora. Mirando a
Dolly y a su madre, con el vivo mirar de sus ojos negros y grandes, sonriente, visiblemente contenta (sin duda intuía que
estaban admirándola), caminaba por el su elo a cuatro pies, con sus piernecitas muy abiertas y apoyada, tam bién, en sus
bracitos. Lo hacía sin dificultad, moviendo ágilmente y con rapidez sus miembros y todo su cuerpo robusto.
Pero la forma de criar y educar a la niña no gustaron a Da ria Alejandrovna, y menos aún le gustó la inglesa que cuidaba de
ella. Lo único que explicaba que Ana, tan conocedora de la gente, pudiera tener para su niña un aya tan antipática y poco
respetable, era que ninguna buena aya habría querido entrar en una familia tan irregular como aquella.
Daria comprendió, también, que Ana, la nodriza, la niñera y la niña no estaban acostumbradas las unas a las otras, que las
visitas de la madre debían de ser poco corrientes.
Ana quiso dar a la niña un juguete y no lo encontró.
Lo que más extrañó a Dolly fue que, al preguntar cuántos dientes tenía la niña, la madre no lo supo decir, pues no estaba
enterada de los dos dientes que le habían salido últimamente.
–A veces tengo la impresión de que aquí sobra mi presen cia ––dijo Ana saliendo de la habitación y levantando la cola de su
vestido para no tocar los juguetes que había al lado de la puerta–. No estaba así con mi primer niño...
–Y yo pensaba que sería lo contrario –comentó, tímidamente, Dolly.
–¡Oh, no! ¿Sabes? Vi a Sergio –dijo Ana entornando los ojos como si viera en su interior algo lejano. De esto hablare mos
también después –siguió–. Bueno, no vayas a creer... No parezco yo misma. Estoy como una hambrienta a la cual pusieran ante
una comida abundante y no supiera por dónde em pezar. La comida abundante eres tú y las conversaciones que hemos de
cambiar y que no puedo tener con nadie. Pues bien: no sé por cuál empezar. Mais je ne vous ferai grâce de rien . Habrás de
escuchármelo todo. ¡Ah! Además, debo ha certe un bosquejo de la sociedad que encontrarás aquí. Verás. Empecemos por las
señoras. La princesa Bárbara. La conoces y sé la opinión que tenéis de ella tú y Stiva. Tu marido dice que toda su vida se
reduce a demostrar su superioridad sobre la tía Katerina Paulovna. Esto es la pura verdad. Pero es buena y le estoy agradecida.

Comentario: « Pero no le
ocultaré nada.»


Page No 261

En San Petersburgo hubo un momento en que yo necesité una chaperon. En aquel instante llegó ella. Pero te aseguro que es
buena. Facilitó mucho mi situa ción allí, en San Petersburgo. Aquí estoy tranquila, soy com pletamente feliz. De esto
hablaremos también luego. Pero volvamos a nuestros huéspedes. ¿Conoces a Sviajsky? Es el representante de la Nobleza de la
provincia y un hombre muy digno, aunque creo que necesita algo de Alexey. Comprende rás que, dada su fortuna y viviendo
aquí, Alexey puede tener mucha influencia. Luego tenemos a Tuchkevich. Ya le has visto. Estaba con Betsy; ahora le han
dejado y se han venido aquí. Como dice Alexey, Tuchkevich es uno de esos hombres que son agradables si se les toma por lo
que ellos quieren aparentar. Et puis, il est comme il faut , como dice la princesa Bárbara. Tenemos, también, a Veselovsky. A
éste ya le conoces. Es un chico muy agradable –y una sonrisa picaresca frunció los labios de Ana–. ¿Que historia rara tuvo con
Levin? Él nos ha contado algo, pero no le creemos. Il est très gentil et naif –añadió con la misma sonrisa–. Los hombres –si-
guió Ana– necesitan distracciones y Alexey no puede vivir sin tener gente a su lado, y por eso tenemos esta sociedad. Es
preciso que haya en la casa animación y alegría para que Ale xey no desee algo nuevo. Luego verás al encargado de los ne -
gocios de Alexey, un alemán, un hombre muy bueno que co noce bien el asunto. Él le aprecia mucho. Luego el médico, un
hombre joven. No es completamente nihilista; pero, ¿sabes?, es de los que andan en el asunto. Ahora, que es un médico ex -
celente. Luego viene el arquitecto... Une petite cour.

XX
–Aquí tiene, Princesa, a Dolly, a la que tanto quería usted ver –dijo Ana, saliendo, junto con Daria Alejandrovna, a la gran
terraza de piedra donde, sentada ante el bastidor, bor dando un antimacasar para el conde Alexey Kirilovich, estaba la princesa
Bárbara.
–Dice –añadió Ana– que no quiere tomar nada antes de la comida, pero usted ordenará q ue sirvan el desayuno. Mientras, yo
voy a buscar a Alexey y les traeré a todos aquí.
La princesa Bárbara acogió a Dolly cariñosamente y, con tono algo protector, se puso a explicarle en seguida que vivía en la
casa de Ana porque ésta la amaba, de siempre, más que a su hermana, Katerina Paulovna, que la había educado. Ahora, cuando
todos habían abandonado a Ana, ella había considerado un deber ayudarla en este período transitorio, el más penoso de su vida.
–Cuando se ultime el divorcio, volveré de nuevo a mi sociedad, pero ahora, mientras pueda ser útil, cumpliré mi obligación
por más penoso que pueda ser, y no haré como hacen los demás. ¡Y qué buena eres! ¡Qué bien has hecho viniendo! Ellos viven
como los mejores esposos. Dios los juzgará. No vamos a juz garlos nosotros. ¿Y Birinsovsky con Aveneva? ¿Y el mismo
Nicandrov? ¿Y Vasiliev y Mamonova? ¿Y Lisa Neptunova? De ellos nadie dijo nada y todos les recibían. Y, además, c'est un
interieur si joli, si comme il faut. Tout à fait à l'anglaise. On se réunit au matin au breakfast, et puis on se sépare. Todos hacen
lo que quieren hasta la cena. La cena es a las siete. Stiva ha hecho bien en dejarte venir. Es preciso que mantenga relaciones
con ellos. ¿Sabes? Por medio de su madre y hermano, puede hacer mucho . Además, ellos hacen muy buenas obras. ¿No te han
hablado de su hospital? Será admirable. Todo viene de París.
La conversación fue interrumpida por Ana, que encontró a los hombres de la casa en la sala de billar y ahora volvía con
ellos. Hasta la comida aún faltaban dos horas, y se dedicaron a buscar un medio de pasar aquel tiempo. El día era hermoso y en
Vosdvijenskoe había muchos modos de distraerse, todos distintos de los que estaban en use en Pokrovskoe.
–¿Una partida de tenis? –propuso, con su bella sonrisa, Veselovsky –. Nosotros dos jugaremos de compañeros, Ana
Arkadievna.
–No. Hace calor. Sería mejor pasear por el jardín o dar un paseo en la barca para enseñar las orillas a Daria Alejandrovna –
indicó Vronsky.
–Estoy conforme con todo –aprobó Sviajsky.
–Pienso que para Dolly lo más agradable sería pasear por el jardín, ¿no es verdad? Luego ya iremos en la barca –––dijo Ana.
Se decidieron por esto último.
Veselovsky y Tuchkevich se dirigieron a la caseta de baños, prometiendo preparar la barca y esperarles allí.
En parejas –Ana con Sviajsky y Dolly con Vronsky– pasearon por la avenida del jardín.
Dolly estaba algo cohibida y preocupada por aquel am biente completamente nuevo para ella. El principio, teórica mente, no
ya justificaba sino que hasta apro baba lo hecho por Ana. Como sucede a menudo a las mujeres, aun a las comple tamente
honradas y a las más virtuosas, cansadas de la vida normal, Dolly, no solamente perdonaba el amor culpable sino que hasta lo
envidiaba. Pero, en realidad, en aquel medio qu e le era extraño, entre aquella refinada elegancia, desconocida para ella, Daria
Alejandrovna se sentía a disgusto. Sobre todo le era desagradable ver a la princesa Bárbara, que lo perdo naba todo con tal de
disfrutar de las comodidades de que gozaba.
En general, Dolly aprobaba, como decimos, lo hecho por Ana, pero ver al hombre que había sido la causa de todo le
producía un sentimiento de malestar.
Además, Vronsky nunca le había gustado. Le consideraba un orgulloso que no tenía nada de qué enorgullecerse como no
fuera su capital. Pero, contra su voluntad, aquí, en su pro pia casa, se imponía aún más que antes a ella, y Dolly se sen tía a su
lado cohibida, privada de libertad.
Con Vronsky experimentaba un sentimiento parecido a lo que sentía ante la camarer a a causa de su blusita vieja. No era que
se avergonzara ante la doncella, pero sentía que ésta advirtiera sus remiendos. Tampoco con Vronsky se avergon zaba, pero se
sentía molesta por ella misma.
Ahora, confusa, buscaba un tema de conversación. A pesar d e que consideraba que a causa de su orgullo habrían de serle
desagradables los elogios de su casa y del jardín, no encontrando otro tema mejor, le dijo que le había gustado la casa.
–Sí, es una bonita construcción, de buena arquitectura antigua –dijo Vronsky satisfecho por la alabanza.
–Me ha gustado, también, mucho el jardín. ¿Estaba antes así, delante de la casa? –continuó Daria Alejandrovna.

Comentario: Carabina, señora
de compañía.
Comentario: «Y además, de
buen tono.»
Comentario: «Es muy gentil a
ingenuo.»
Comentario: «Una pequeña
corte.»
Comentario: «Es un interior tan
bonito, tan de buen tono.
Completamente a la moda inglesa.
Para reunirse a la hora del
desayuno y separarse después.»


Page No 262

–¡Oh, no! –contestó Alexey.
Su rostro se iluminó de placer.
–¡Si hubiese usted visto esto en primavera! –indicó.
Luego atrajo su atención sobre los diferentes detalles que adornaban la casa y el jardín.
Hablaba y mostraba aquello con verdadera emoción.
Se adivinaba que, habiendo consagrado mucho trabajo, tiempo y dinero a arreglar y adornar su finca, Vronsky sentía
necesidad de hablar de ello, y que le alegraban el alma las alabanzas que Daria Alejandrovna le prodigaba.
Si quiere ver el hospital y no está usted cansada... No está lejos... ¿Vamos? –propuso tras mirar el rostro de Dolly y ver que
no denotaba cansancio ni aburrimiento.
Daria Alejandrovna aceptó de buen grado.
–Ana, ¿tú vendrás también? –preguntó Vronsky a Ana.
–Vamos, ¿no? –consultó Ana a Sviajsky –. Pero será ne cesario avisar –añadió– a Veselovsky y Tuchkovich, para que no
estén los pobres preparando inútilmente la barca. Es un monumento –dijo a Dolly con aquella astuta sonrisa con la que antes le
hablara del hospital.
–¡Oh! Es una obra capital –––comentó Sviajsky.
Y, para que no pareciera que adulaba a Vronsky, en seguida hizo una observación que podía contener una ligera censura.
–Sin embargo, Conde –le dijo– me sorprende que ha ciendo tanto por el pueblo en sentido sanitario, se muestre tan
indiferente por las escuelas.
–C'est devenu tellement commun, les écoles ! –replicó Vronsky–. Pero no es sólo po r este motivo, sino porque me he ido
entusiasmando con la idea. Es por aquí –indicó a Daria Alejandrovna indicándole la salida lateral del paseo.
Las señoras abrieron sus sombrillas y, después de unas cuantas vueltas, salieron a un sendero que coma por el límite de la
finca.
Al salir de la puertecilla, Daria Alejandrovna vio ante ella, sobre un altozano, una construcción grande, roja, de forma
caprichosa, casi ya terminada, cuyo tejado, de zinc, sin pintar brillaba todavía al sol.
Al lado de aquella construcción ya acabada se estaba levantando otra.
Subidos sobre los andamios, los obreros vertían masa de los cubos, las alisaban con las paletas o ponían ladrillos.
–¡Qué rápidas van las obras! –dijo Sviajsky. Cuando estuve aquí la última vez no había techo todavía.
–En otoño estará terminado. En el interior está ya listo casi todo –explicó Ana.
–Y esta nueva construcción, ¿qué es?
–Son los locales destinados para el médico y la farmacia ––contestó Vronsky.
Al ver al arquitecto, que se acercaba, con su clásic o abrigo corto, pidió permiso a las señoras, fue a su encuentro y sos tuvo
con él una animada conversación.
–Le digo que el frontis resulta demasiado bajo –dijo Vronsky a Ana, que, aproximándose, le preguntaba de qué trataban.
–Ya le dije yo –comentó– que tenían que levantar los cimientos.
–Sí, está claro que habría sido mejor, Ana Arkadievna; pero ya es tarde. No podemos hacer nada.
–Sí, me interesa mucho esta obra –contestó Ana a Sviajsky, el cual había expresado su sorpresa por sus conoci mientos de
arquitectura–. Hay que obrar de modo que la nueva construcción armonice con la del hospital. Pero ha sido ideada demasiado
tarde y empezada sin plan.
Habiendo terminado la conversación con el arquitecto, Vronsky se unió, de nuevo, a las señoras y las acompañó por el
interior del hospital.
Aunque, por fuera aún se estaban terminando algunos deta lles, como las comisas, y en el piso de abajo pintaban todavía, en
el piso superior casi todo estaba terminado. Subiendo por la ancha escalera de hierro fundido entraron en la primera habitación.
Era una pieza de vastas dimensiones. Las paredes estaban pintadas imitando mármol; las enormes ventanas, de cristal, ya
estaban puestas. únicamente el suelo, que debía ir entarimado, estaba aún sin terminar. Los carpinteros, qu e cepillaban unas
tablas, dejaron su trabajo y, quitándose las cintas que sujetaban sus cabellos, saludaron a las señoras.
–Es el recibidor –explicó Vronsky. Aquí habrá un gran pupitre, una mesa, un armario y nada más.
–Vamos aquí. No os acerquéis a la ventana –dijo Ana.
Luego probó si la pintura estaba fresca, y dijo:
–Alexey, esto ya está seco.
Del recibimento pasaron al corredor, donde Vronsky les enseñó la ventilación, que tenía un sistema modernísimo. Desde de
allí les llevó a ver las bañeras, de már mol; las camas, con magníficos muelles. Después les fue mostrando una tras otra las
diversas salas, la despensa, el ropero, las estufas, de nuevo modelo; las carretillas que, sin producir ruido, ha bían de llevar por
el pasillo los objetos necesarios, y m uchas otras cosas curiosas. Sviajsky lo apreciaba todo como un buen conocedor en cosas
modernas.
Dolly estaba realmente sorprendida de cuanto veía, y que riendo comprenderlo todo no cesaba de hacer preguntas, lo que
procuraba a Vronsky un visible placer.
–Sí. Me parece que su hospital será el único bien organizado en toda Rusia –dijo Sviajsky.
–¿Y no tendrá usted aquí un departamento de maternidad –preguntó Dolly–. Es tan necesario en un pueblo –añadió–.
Cuantas veces yo...
No obstante su cortesía, Vronsky la interrumpió:
–Esto no es una casa de maternidad: es un hospital y está destinado sólo a enfermedades. Eso sí, para todas, excepto las
contagiosas ––explicó luego–. ¿Y esto? Mírelo –siguió, haciendo rodar hacia Daria Alejandrovna una butaca que acabab a de
recibir, para los convalecientes–. Mírelo solamente –insistió. Y se sentó en la butaca y la puso en movi miento–. El enfermo –

Comentario: «¡Han llegado a
ser cosa tan corriente en las
escuelas!»


Page No 263

dijo– no puede andar, está débil aún, tiene los pies en cura o simplemente doloridos; pero le es necesario tornar el aire. P ues
bien: con esto puede moverse, pasear, dirigirse a donde quiera.
Daria Alejandrovna se interesaba por todo. Todo le gustaba; y más que nada el propio Vronsky, con su animación tan natural
a ingenua.
«Sí, es un hombre bueno, simpático», pensaba Dolly, a veces sin escucharle, pero mirándole, observando la expresión de su
rostro. Y mentalmente se ponía en el lugar de Ana y comprendía que ésta hubiera podido enamorarse de él.

XXI
–No. Pienso que la Princesa está cansada y que los caba llos no le interesa n ––dijo Vronsky a Ana, que propuso ir a las
cuadras, pues Sviajsky quería ver el nuevo patio allí habili tado–. Vayan ustedes y yo acompañaré a casa a la Princesa. Así
charlaremos por el camino. Digo, si quiere usted –consultó a Dolly.
–No entiendo nada de caballos y con mucho gusto iré con usted –contestó Dolly algo sorprendida porque, por el rostro de
Vronsky y su tono, adivinó que quería algo de ella.
No se equivocó. Apenas entraron en el jardín, después de haber atravesado la verja, Vronsky miró hacia donde se habían ido
Ana y Sviajsky y, seguro de que aquéllos no podían oírle ni verles, le dijo sonriendo y con mirar animado:
–Habrá usted adivinado ya que quería hablarle reservada mente. No creo equivocarme pensando que es usted una ver dadera
amiga de Ana.
Se quitó el sombrero y se secó, con el pañuelo, la incipiente calva.
Daria Alejandrovna no le contestó; tan sólo le miró algo asustada. Ahora que se habían quedado solos, los ojos son rientes y
la expresión decidida del rostro de Vronsky sólo despertaban en ella un sentimiento de temor. Las más diferentes suposiciones
acerca de lo que él quería decirle pasaron rápidas por su mente. «Va a pedirme que venga aquí a pasar el verano, junto con mis
niños, y me veré obligada a negarme... O me dirá que, u na vez en Moscú, abra círculo para Ana... O quizá me hable de
Vaseñka Veselovsky y de sus relaciones con Ana... O de Kitty... ¿De qué se sentirá culpable?...»
Dolly sólo preveía cosas desagradables, pero no adivinaba aquello de que Vronsky quería realmente hablarle.
–Usted tiene mucha influencia con Ana. Ella la quiere entrañablemente –siguió él–. Deseo que me ayude...
Daria Alejandrovna miró interrogativamente y con timi dez el rostro enérgico de Vronsky, el cual en algunos momen tos
aparecía radiante, iluminado, parcial o totalmente, por los rayos de sol que pasaban entre los tilos y, en otros, de nuevo en la
sombra, adquiría tonos duros. Esperaba que el Conde explicara qué era lo que quería de ella, en qué le había de ayudar, pero
éste calló y siguió andando en silencio, mientras jugueteaba con el bastón levantando piedrecitas de las que cubrían el paseo.
Al cabo de largo rato, le dijo:
–Usted ha venido a nuestra casa. Usted es la única de en tre las antiguas amigas de Ana que lo ha hecho. No cuento a la
princesa Bárbara, que lo ha hecho por otros motivos, no: ella ha venido a buscar comodidad, placeres, y usted ha venido, no
porque considere normal nuestra situación actual, sino por que quiere a Ana como siempre y desea ayudarla... ¿Lo he
comprendido bien? Y miraba interrogativamente a Dolly.
–¡Oh, sí! –dijo Daria Alejandrovna cerrando su sombrilla– pero...
–No... –le interrumpió Vronsky, y olvidando que, de aquel modo, dejaba en mala situación a su interlocutora, se detuvo y la
obligó a detenerse también –. Nadie siente mejor que yo ni más profundamente lo terrible de la situación de Ana... Lo
comprenderá usted si me hace el honor de conside rarme hombre de corazón. ¡Soy la causa de esta situación y lo siento en el
alma!
–Lo comprendo –dijo Daria Alejandro vna, admirando con cuánta sinceridad y firmeza había dicho Vronsky aquellas
palabras–. Pero precisamente por ser la causa de todo esto –añadió Dolly– usted exagera sin duda. Temo yo que... Su posición
es muy delicada en el mundo, lo comprendo.
–¡El mundo es un infierno! –dijo Vronsky frunciendo las cejas sombrío–. Imposible imaginarse los sufrimientos morales que
ha tenido ella que pasar en San Petersburgo en dos semanas. Le pido que me crea...
–Sí, pero desde que están ustedes aquí, y mientras ni usted ni Ana sientan la necesidad de la vida mundana...
–¡La vida mundana! –dijo Vronsky con desdén–. ¿Qué necesidad puedo tener yo de esa vida?
–Entre tanto, ustedes son felices y están tranquilos. Y es muy posible que sea siempre así. En cuanto a Ana, es feliz,
completamente feliz. Ha encontrado ya el tiempo de decírmelo.
Y Daria Alejandrovna sonrió involuntariamente porque, al decir aquello, le acudió la duda de si, efectivamente, Ana era
feliz.
Vronsky parecía sin embargo no dudar de ello.
–Sí, sí –dijo–. Yo sé que después de todos esos sufrimientos se ha animado de nuevo y es feliz. Es feliz en el presente. Pero,
¿y yo? Temo lo que nos espera... Perdón, ¿usted quiere ir a algún sitio concreto?
–No... Es igual...
–Entonces, sentémonos aquí.
Daria Alejandrovna se sentó en un banco, en un rincón del paseo. Vronsky se quedó de pie, ante ella.
–Veo que Ana es feliz –dijo–. Pero no sé si podrá continuar así.
La duda de si realmente sería feliz Ana asaltó de nuevo y con más fuerza a Dolly.
Vronsky continuó:
–¿Hemos hecho bien o mal? Ésta es otra cuestión. La suerte está echada –sentenció, hablando parte en ruso y parte en
francés–. Estamos unidos para toda la vida. Sí, estamos unidos inseparablemente por los lazos más sagrados para no sotros –los
del amor–. Tenemos una niña, podemos tener otros hijos, a los cuales la ley y las condiciones de nuestra si tuación reservan


Page No 264

severidades que Ana, ahora, respirando por todos los sufrimientos, de todas las penas pasadas, no ve, no quiere ver. Y se
comprende... Pero, yo no puedo cerrar los ojos. Mi hija no es mi hija según la ley: ¡es una Karenina! Y yo no puedo soportar
este engaño –terminó Vronsky con gesto enérgico y sombrío. Dirigió una mirada interrogativa a Dolly, que le miró a su vez,
pero permaneció callada.
Alexey continuó:
–Mañana podemos tener un hijo. Por la naturaleza será hijo mío; por la ley, será Karenin, y no podrá ser el heredero de mi
fortuna. Ni de mú nombre siquiera. Y con cuantos hijos pudiéra mos tener, resultaría lo mismo: que entre ellos y yo no habría
lazo legal alguno. Ellos serían Karenin. ¡Imagine cuán terrible es esta situación! He probado a exponerle todo esto a Ana, pero
oír hablar de esto la irrita. Ella no comprende y yo no puedo ex plicárselo todo. Ahora no ve más que es feliz. «Soy feliz con tu
amor; lo demás no me importa.» Así piensa, sin duda. Yo tam bién sería feliz así, pero... Yo debo tener mis ocupaciones. He
encontrado una aquí que me gusta y de la que estoy orgulloso, pues considero que mi trabajo es más noble que los empleos de
mis compañeros en la Corte o en el servicio militar. Es indudable que no cambiaría mi trabajo por el de ellos. Con esto estoy
contento y no necesitamos más para nuestra dicha. Me gusta esta actividad. Cela n'est pas un pis–aller; al contrario...
Daría Alejandrovna creyó que en este punto de su explica ción, Vronsky se confundía, se alejaba del tema principal de la
conversación. No comprendía bien el sentido de lo que le decía. Vronsky había empezado a hablar de sus más sagrados
sentimientos y preocupaciones –de Ana, de sus hijos, de la imposibilidad de hablar de todo esto con ella –; ahora trataba de sus
actividades en el pueblo, resultando que esta cuestión formaba parte, también, al igual que las relaciones con Ana, de sus
íntimos pensamientos.
Él, recobrándose, continuó:
–Lo principal, trabajando así, es estar convencido de que la obra no va a morir con uno, que tendrá herederos. Y, preci -
samente, esto es lo que yo no tengo. Imagínese usted la situación del hombre que sabe que los hijos suyos y de la mujer amada
legalmente no serán sus hijos, sino que aparecerán como hijos de otro; y hasta en este caso, precisamente de aquél que les odia,
que no quiere saber... ¡Es terrible!
Vronsky calló de nuevo, visiblemente conmovido.
–Sí... Claro que lo comprendo. Pero, ¿qué puede hacer Ana? –dijo Daria Alejandrovna.
–Bien. Esto precisamente me lleva al fin que persigue esta conversación –contestó Vronsky, calmándose con un es fuerzo–.
Esto depende de Ana. El marido de ella estaba con forme con el divorcio; tanto, que el de us ted casi nos arregló el asunto.
Ahora estoy seguro de que no se negaría, tampoco, a hacerlo. Sólo hace falta que le escriba Ana. En aquel tiempo, él dijo clara
y terminantemente que, si ella le decía que quería el divorcio, él no se opondría. Se comprende –dijo Vronsky, sombrío––: es
una de esas crueldades farisaicas de las cuales sólo es capaz la gente de sus sentimientos. Él sabe lo penoso que es para Ana
todo recuerdo suyo y, conociendo esto, le exige una carta. Comprendo que para ella eso ha de ser muy doloroso. Pero los
motivos son tan importantes que es preciso passer par dessus toutes ces fineses de sentiments. Il y va du bonheur et de
l'existence d’Anne et de ses enfants. No hablo de mí, aunque sufro, sufro mucho –y Vronsky, con los puños crispados, los ojos
centelleantes, hizo un gesto amenazador a alguien causante de tales sufrimientos –. Así, Princesa, me agarro a usted como a un
áncora de salvación. Ayúdeme a convencer a Ana para que escriba esa carta a su marido pidiéndole que acceda al divorcio.
–Sí, lo haré de buen grado –balbuceó Daria Alejan drovna, pensativa, recordando su último encuentro con Alexey
Alejandrovich–. Sí, está claro –añadió con decisión, recordando a Ana.
–Emplee su influencia en ello, convénzala de que escriba esa carta... Yo no quiero ni casi puedo hablarle de ello.
–Bien. Lo haré, le hablaré. Pero, ¿cómo es que ella misma no lo piensa? –preguntó Daria Alejandrovna recordando de
repente la extraña costumbre que había adquirido Ana de fruncir las cejas. Y advirtió que este ge sto lo había hecho
precisamente cuando su conversación tocaba estos temas, tan sagrados para ella. «Dijérase que cierra los ojos», pensó Dolly,
«para no ver su propia vida».
–Le hablaré sin falta –prometió firmemente Daria Alejandrovna.
Vronsky, hondamente conmovido, con mirada significativa y un fuerte apretón de manos, le expresó su agradecimiento.
Se levantaron y se dirigieron a la casa.

XXII
Cuando Dolly llegó a la casa, Ana, que estaba ya allí, le miró con atención a los ojos, queriendo averiguar la conversación
que había tenido con Vronsky, pero no le preguntó nada.
–Parece que ya es la hora de comer –dijo– y nosotras todavía no hemos hablado de nuestras cosas. Confío en que podremos
hacerlo por la noche. Ahora debemos ir a arreglarnos para pasar al comedor. Pienso que también querrás cam biarte de traje.
Hemos ensuciado éstos en la construcción...
Dolly se dirigió a su cuarto y sintió deseos de reír: no tenía otra vestido que ponerse. Lo que llevaba era lo mejor de su
ropero. A fin de señalar algún cambio en su atavío, pidió a la doncella que le limpiara el traje, cambió los puños y se puso otro
lacito y puntillas sobre la cabeza.
–Es todo lo que he podido hacer –dijo Dolly sonriendo a Ana, la cual salió con otro vestido muy sencillo, que, según advirtió
Dolly, era el tercero de aquella mañana.
–Sí, nosotros observamos una etiqueta demasiado rígida –comentó Ana, como excusándose por su elegancia –. Alexey está
muy contento de tu llegada –dijo luego–. Nunca ni por nada le he visto tan feliz. Decididam ente está enamorado de ti –añadió
en tono de broma, sonriente–. ¿No estás cansada? –se interesó después.
Comprendieron que antes de la comida no podrían hablar nada.

Comentario: «No es que ello
sea lo menos malo.»
Comentario: «Pasar por encima
de todas esas delicadezas
sentimentales. Va en ello la
felicidad y la existencia de Ana y
de sus hijos»


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Al entrar en el salón, ya encontraron allí a la princesa Bár bara y a los hombres, con lev itas negras todos, excepto el ar -
quitecto, que iba de frac.
Vronsky presentó a Dolly al encargado de su finca y tam bién al arquitecto, aunque éste ya se lo había presentado du rante la
visita al hospital.
Deslumbrante con su oronda y afeitada cara, su cue llo y su camisa almidonados y el lacito de su corbata blanca, el ma -
yordomo anunció que la comida estaba servida; y todos se dirigieron al comedor.
Vronsky pidió a Sviajsky que diese su brazo a Ana Arka dievna y él se acercó a Dolly. Veselovsky, adelantán dose a
Tuschkevich, ofreció el brazo a la princesa Bárbara; así que Tuschkovich, el encargado de la finca y el doctor no tuvieron
pareja y entraron solos.
La comida, el comedor, vajilla, criados, vino y viandas, no solamente estaban en armonía con el tono lujoso general de la
casa, sino que aun eran más ricos y nuevos los objetos, y más costosos, escogidos y abundantes los manjares servidos.
Daria Alejandrovna observaba este lujo, tan nuevo para ella, y, como dueña de casa, aunque no tenía esperanza de apli car
algún día nada de lo que veía a la suya propia –¡aquel lujo estaba tan lejos de su modo de vivir!– involuntariamente entraba en
todos los detalles y se preguntaba quién sería el que lo disponía. Vaseñka Veselovsky, su marido, incluso Sviajsky y otros
hombres que ella conocía jamás pensaban en estas cosas a incluso procuraban que sus invitados creyeran que todo estaba tan
bien arreglado en la casa que no les había costado trabajo alguno organizarlo, que todo se había hecho como por sí mismo. Y
Daria Alejandrovna sabía bien que por sí mismas no se hacen ni las más sencillas papillas para los ni ños; se decía que, por
tanto, para que en aquella comida tan complicada estuviera todo tan bien dispuesto, alguien debía de haber puesto en ello muy
aplicada atención. Y por la mirada con que Alexey Alejandrovich revisó la mesa a hizo se ñal al mayordomo para comenzar a
servir, y la manera en que la invitó a ella a elegir entre el potaje de verdura y el.caldo, Dolly comprendió que todo aquello se
hacía y sostenía por los cuidados del mismo dueño. Se veía que Ana no participaba en ello más que Veselovsky, o Sviajsky, o
la Princesa, todos los cuales no eran allí más que invitados que, sin preocupación alguna, alegremente, gozaban de lo que otro
había preparado para ellos.
Ana sólo era la dueña para llevar la conversación.
Y esta conversación, sumamente difícil de sostener en esta mesa, no muy grande, pero con personas, como el encarga do y el
arquitecto, que pertenecían a otro ambiente muy dis tinto y se esforzaban en n o mostrarse intimidados ante aquel lujo
desacostumbrado, y no se atrevían a tomar parte en la charla ni sostener largo tiempo un diálogo, esta conversación, Ana la
llevaba, a pesar de todo, con su tacto habitual, con naturalidad y hasta con placer, como observaba Daria Alejandrovna.
Comentaron jocosamente cuánto se habían aburrido Tusch kevich y Veselovsky paseando los dos solos en la barca;
Tuschkevich contó anécdotas a incidencias de los últimos concursos de canoas en el Yacht –Club de San Petersburgo. An a,
aprovechando una pausa, se dirigió al arquitecto para hacerle hablar.
–Nicolás Ivanovich –dijo–. Sviajsky se ha sorprendido de los progresos de la nueva construcción desde que él estuvo aquí la
última vez, y hasta a mí, que las veo cada día, me asombra la rapidez con que van las obras.
–¡Se trabaja tan bien con Su Excelencia! –––dijo el arquitecto con sonrisa cortés (era un hombre de gran dignidad,
respetuoso y tranquilo). Es muy distinto tener asuntos con las autoridades de la provincia. Allí hay que em plear montones de
papel, mientras que aquí expongo al señor Conde mis ideas, las estudiamos juntos y en tres palabras todo queda comprendido y
resuelto.
–Vamos, al estilo americano –dijo Sviajsky, sonriendo.
–Sí, señor. Allí elevan los edificios de modo racional.
La conversación derivó a los abusos de las autoridades de los Estados Unidos, pero Ana en seguida la llevó a otro tema para
interrumpir el silencio del encargado.
–¿Has visto alguna vez las máquinas segadoras? –dijo a Dolly –. Volvíamos de verlas c uando lo encontramos. Yo no las
había visto hasta entonces.
–¿Y cómo funcionan? –preguntó Daria Alejandrovna.
––Completamente igual que unas tijeras. Hay una plancha y sobre ella muchas tijeras pequeñas. Así:
Y Ana, con sus manos, blancas y hermosas, cubie rtas de sortijas, tomó un cuchillo y un tenedor y se puso a hacer una
demostración del trabajo de las máquinas. Estaba segura de que su explicación no serviría para adquirir ningún conoci miento
sobre el particular, pero, persuadida también de que hablaba de modo agradable y de que eran admiradas sus be llas manos,
continuaba explicando.
–Más bien se parece eso a los cortaplumas –dijo provocativamente Veselovsky, que no apartaba sus ojos de Ana.
Ana sonrió imperceptiblemente y no le contestó.
–¿No es verdad, Karl Federevich, que se parecen a las tijeras? –preguntó al encargado.
–Ja –contestó el alemán–. Es ist ein ganz einfaches Ding.
Y se puso a explicar la construcción de la máquina.
–Es lástima que esta máquina no ate también. En la Expo sición de Viena vi otras que, además de segar, ataban las gavi llas
con alambre –dijo Sviajsky–. Aquéllas serían aún más provechosas.
–Es kommt drauf an... Der Preis vom Draht muss ausgerechnet werden.
Y el alemán, alterado ya su silencio, se dirigió a Vronsky:
–Das lässt sich ausrechnen, Erlaucht.
Karl Fedorovich quiso sacar de su bolsillo una libreta con un lápiz, en la cual hacía todos sus cálculos, pero, recordando que
estaba en la mesa y observando la fría mirada de Vronsky, se abstuvo.
–Zu kompliziert, macht zu viel Klopot –concluyó.

Comentario: «¡Ya Lo creo! Es
sencillísimo.»
Comentario: «Eso depende...
Hay que tener en cuenta el precio
del alambre. »
Comentario: «Se lo puedo
calcular, Excelencia.»
Comentario: «Es muy
complicado, demasiado trabajo.»
(La palabra Klopot es, sin
embargo, rusa.)


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–Wünscht man Dochods so hat man auch Klopots –dijo Vaseñka Veselovsky haciendo burla del alemán–. Adoro el alemán –
añadió con su acostumbrada risita y dirigiendo una mirada a Ana.
–Cessez –le impuso ella medio serio medio en broma.
–Nosotros pensábamos encontrarle a usted en el campo, Vas¡I¡ Semenich ––dijo luego Ana al doctor, un hombre de aspecto
enfermizo–. ¿Estaba usted allí?
–Estuve y desaparecí –contestó el doctor con hosca ironía.
–Entonces ha dado usted un estupendo paseo.
–Estupendo.
–¿Y cómo está la salud de la «vieja»? Espero que no tenga el tifus.
–Aunque no tiene el tifus, no está bien.
–¡Qué lástima! ––dijo ella.
Y habiendo cumplido de aquel modo con la gente de fuera de la casa, Ana dirigió su atención a sus amigos.
–De todos modos, Ana Arkadievna, será muy difícil construir la máquina con su explicación ––dijo en broma Sviajsky.
–¿Por qué? –replicó Ana con sonrisa que decía claramente que ella sabía que en su explicación había un punto de afectación
no desprovista de gracia, observada también por Sviajsky.
Este nuevo rasgo de coquetería en el carácter de Ana sorprendió desagradablemente a Dolly.
–Pero, en cambio, los conocimientos de Ana Arkadievna en arquitectura son sorprendentes ––dijo Tuschkevich.
–¡Claro que sí! Ayer le oí hablar de «colocar el cabrío», y « los plintos» –dijo irónicamente Veselovsky–. ¿Es así como se
pronuncia?
–No hay nada de particular en ello cuando tengo que verlo y oírlo tantas veces ––dijo Ana–. Y usted –agregó dirigiéndose a
Veselovsky– estoy segura de que no sabe ni siquiera de qué se hacen las casas.
Daria Alejandrovna advertía que, aunque reprobando el tono de coquetería en que le hablaba Veselovsky, Ana, invo -
luntariamente, lo adoptaba a su vez.
En esta ocasión, Vronsky obraba de mo do completamente distinto al de Levin. Se veía que no daba ninguna importancia a
las charlas de Veselovsky con su mujer y hasta, al contrario animaba a aquél en sus bromas.
–Sí, díganos, Veselovsky, ¿con qué se unen las piedras? –le preguntó.
–Está claro: con cemento.
–¡Bravo! ¿Y qué es el cemento?
–Algo así como... ¿cómo diré?, una masa líquida y pegajosa ––expuso Veselovsky provocando la risa general.
La conversación entre los comensales, excepto el doctor, el arquitecto y el encargado, sumidos de nuevo en un obstinado
silencio, no paraba, ora deslizándose placenteramente o pun zante, a hiriendo a alguien. En cierto punto, fue Daria Alejan -
drovna la que se sintió herida en sus sentimientos. Se acaloró de tal modo que llegó a ponerse roja, y hasta un poco después, no
se le ocurrió que acaso habría proferido alguna palabra in conveniente. Sviajsky había aludido a Levin, refiriendo sus extrañas
ideas de que las máquinas son nocivas en la propiedad rusa.
–No tengo el gusto de conocer a ese señor –dijo Vronsky, sonriendo con ironía–, pero seguramente él no ha visto nunca las
máquinas que censura. Y si ha visto alguna, segura mente no era una máquina extranjera sino cualquiera rusa... Pues, ¿qué
dudas pueden caber sobre esta cuestión?
–En general, tiene ideas turcas –dijo Veselovsky dirigiéndose, con su eterna sonrisa, a Ana.
–No puedo defender sus ideas porque no sabría –dijo Daria Alejandrovna acalorada, pero con energía –. Lo que sí puedo
decir es que es un hombre culto, y que si él estuviera aquí, le contestaría debidamente...
–Le quiero mucho y somos buenos amigos –dijo Sviajsky bonachonamente–. Mais pardon, il est un peu toqué. Por ejemplo,
afirma que el zemstvo y los jueces municipales no son necesarios y no quiere intervenir en nada.
–Es nuestra indifer encia rusa –comentó Vronsky, echando agua helada de una botella en su alta copa. Es no sentir las
obligaciones que nos imponen nuestros derechos, es negar esas obligaciones.
–No conozco hombre más severo en el cumplimiento de sus obligaciones –opuso Daria Alejandrovna, irritada por el tono de
superioridad con que el Conde había hablado.
–Yo, al contrario –continuó Vronsky, a quien, al parecer interesaba vivamente la conversación –. Yo, por el contrario, digo,
estoy muy agradecido por el honor que me han hech o, gracias a Nicolás Ivanovich (indicando a Sviajsky) de ha berme elegido
juez municipal honorario. Considero para mí muy importante la obligación de ir a la Junta para juzgar las cuestiones de los
campesinos, aunque se trate sólo de un ca ballo. Y consideraré un gran honor que me nombren vocal del zemstvo. Sólo de este
modo podré pagar los beneficios de que disfruto como propietario de tierras. Por desgracia, no se com prende la importancia
que deben alcanzar en el Estado los grandes terratenientes.
A Daria Alejandrovna le extrañaba que Vronsky hablara en aquella forma de sí mismo, de sus ideas sentado a su mesa, en su
propia casa. Era verdad que Levin, cuyas ideas, eran completamente opuestas, las defendía también con igual ener gía y
también en su casa, sentado a la mesa... Pero a Levin le quería y, por eso, lo encontraba natural en él.
–¿Así, Conde, que podremos contar con usted para la próxima sesión? –preguntó Sviajsky–. Pero hay que ir pronto, para
estar ya allí el día ocho. Si me hubiera otorgado el honor de venir a mi casa...
–Pues yo estoy en parte conforme con tu cuñado –dijo Ana a Dolly –. Temo que actualmente el número de obliga ciones
sociales haya aumentado de una manera exagerada, aunque probablemente por motivos diferentes, –añadió con una sonrisa–.
Como antes había tantos empleados que parecía que se necesitaba uno para cada asunto, así ahora necesi tan para todo la
actividad de la gente. Alexey sólo lleva aquí seis meses y me parece que es ya miembro de cinco o seis dis tintas instituciones
sociales: la tutoría, juez, vocal, agregado, hasta algo que trata de los caballos. Du train que cela va, todo el tiempo se le irá en

Comentario: «Cuando se
quieren ganancias, se soportan los
trabajos.» (Las dos palabras «
ganancia» y « trabajo» están
dichas en ruso.)
Comentario: «Aguarde.»
Comentario: «Pero perdón, está
un poco tocado.»
Comentario: «Al paso que esto
lleva.»


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esas obligaciones. Temo, sin embargo, que toda esa cantidad de cargos sea sólo una fórmula. ¿De cuántas sociedades es usted
miembro, Nicolás Ivanovich? –preguntó a Sviajsky–. Me parece que de más de veinte, ¿no?
Ana hablaba en broma, pero en su tono se advertía una cierta irritación.
Daria Alejandrovna, que observaba con atención a Ana y a Vronsky, en seguida lo notó. Observó, también, que durante esta
conversación el rostro de Vronsky adquiría al punto una expresión severa y obstinada. Al advertirlo y darse también cuenta de
que la princesa Bárbara se apresuraba a hablar de los conocidos de San Petersburgo para cambiar de conversación, recordó que
Vronsky le había hablado en el jardín muy poco oportunamente de su actividad social, y Dolly compren dió en seguida que en
aquella cuestión iba ligada una disensión íntima entre los dos amantes.
La comida, los vinos, la vajilla, el servicio, todo esto estaba muy bien, pero el carácter impersonal y de tirantez que se notaba
en ella, Dolly lo había visto ya en las comidas de gala, en los bailes de gran mundo, de los que había perdido ya la cos tumbre.
Verlo, no obstante, en un día corr iente, en una socie dad reducida, casi en familia, despertaba en ella una impre sión
desagradable.
Después de la comida pasaron, a reposar, a la terraza. Luego jugaron una partida de lawn–tennis.
Los jugadores, separados en dos grupos, se pusieron sobre el croquet ground cuidadosamente apisonado y nivelado, a ambos
lados de la red tendida entre dos columnitas doradas.
Daria Alejandrovna probó a jugar, pero no pudo en mucho tiempo entender el juego. Cuando acabó de comprenderlo, estaba
cansada ya y lo abandonó y se sentó junto a la prin cesa Bárbara, observando las incidencias de las jugadas. Su compañero de
partida tampoco jugó más, pero los otros continuaron.
Svianjsky y Vronsky jugaban bien y seriamente. Vigilaban la pelota que les tiraban sin precipitars e ni perder tiempo, corrían
con destreza a su encuentro, se estiraban, saltaban y paraban con habilidad y la devolvían diestramente con la ra queta, al otro
lado de la red.
Veselovsky jugaba peor que los demás. Se excitaba demasiado; pero, con su alegría, animaba a los otros jugadores. Sus risas
y exclamaciones no cesaban de oírse un momento. Como los otros hombres, tras pedir permiso a las señoras, se había quitado
la levita, y sù recia y hermosa figura, en mangas de camisa, el rostro colorado y cubierto de sudor y sus movi mientos
impresionaban de tal modo, que aquella noche Daria Alejandrovna tardó mucho en dormirse recordando la figura de
Veselovsky moviéndose sobre la pista.
Durante el juego, Daria Alejandrovna no se sintió alegre: no le agradaba el trato algo libre que observaba entre Veselovsky y
Ana; y le desagradaba, también, aquella falta de na turalidad que se nota en las personas mayores cuando se di vierten en un
juego infantil sin niños. Pero, para no desanimar a los demás y pasar el tiempo de algún modo, después de des cansar un rato,
de nuevo se unió a los jugadores y fingió divertirse.
Todo aquel día tuvo la impresión de que estaba representando en un teatro con actores mejores que ella y que la tor peza con
que desempeñaba su papel estropeaba toda la obra.
Había ido con intención de pasar dos días allí, si se encontraba muy bien; pero, durante la partida de tenis, tomó la resolución
de marcharse al día siguiente.
Aquellas mismas preocupaciones de madre que aborreciera tanto durante el ca mino, ahora, después del día pasado sin sus
hijos, se le presentaban bajo otro aspecto y la instaban a volver junto a ellos.
Cuando, después del té de la tarde y el paseo en barca que dieron por la noche, Daria Alejandrovna entró en su habitación, se
quitó el vestido y se arregló sus cabellos, ya escasos, para pasar la noche, experimentó un gran alivio.
Hasta le era desagradable pensar que Ana iba a entrar en tonces en su habitación. En aquel momento Dolly ansiaba quedar a
solas con sus pensamientos.

XXIII
Iba ya a meterse en la cama, cuando entró Ana, en camisón.
Durante el día, en varias ocasiones, había intentado hablar a Dolly de sus cosas íntimas, sobre las cuales quería su opi nión, y
cada vez, después de pocas palabras, se había interrumpido. «Luego, cuando nos quedemos solas, hablaremos... ¡Tenemos que
decimos tantas cosas!»
Ahora se hallaban solas y Ana no sabía de qué hablar. Es taba sentada cerca de la ventana, mirando a Dolly, y repasaba
mentalmente aquellas reservas de conversaciones cordiales, íntimas, que antes le habían parecido inagotables, y no encon traba
nada. En este momento le parecía que todo lo que tenían que hablar se lo habían ya dicho.
–¿Y cómo está Kitty? –preguntó, por fin, tras un suspiro profundo y mirando a Dolly con aire culpable.
Y en seguida, precipitadamente, reflejando una gran ansiedad,añadió:
–Dime la verdad. ¿No está enfadada conmigo?
–¿Enfadada? No –contestó Daria Alejandrovna.
–No está enfadada, pero me desprecia.
–¡Oh, no! Pero ya sabes que en estos casos no se perdona.
–Sí, sí –suspiró Ana volviendo el rostro y mirando a la ventana –. Pero no es mía la culpa –siguió–. ¿Y quién tiene la culpa?
¿Qué significa tener la culpa? ¿Cómo podía pasar de otro modo?... Pues, ¿qué piensas? Por ejemplo, ¿acaso podía ocurrir que
tú no hubieses sido la mujer de Stiva?
–De verdad, no lo sé... Pero dime...
–Sí, sí. No hemos acabado de hablar de Kitty. ¿Es feliz? Dicen que él es un hombre excelente.
–¡Oh! Es poco decir « es un hombre excelente»: no conozco un hombre mejor que él.


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–¡Ah! ¡Cuánto me alegra lo que dices! No sabes lo que me satisface, Dolly. «Es poco decir que es un hombre exce lente» –
repitió.
Dolly sonrió.
–Pero hablemos de ti ––dijo–. Has de tener como castigo una larga y quizá enojosa conversación conmigo. He hablado con...
con...
Dolly no sabía cómo nombrar a Vronsky, porque tan desa gradable le era llamarle Conde como Alexey Kirilovich llana -
mente.
–Con Alexey –le apuntó Ana–. Ya sé que habéis hablado. Pero yo quisiera preguntarte qué te parece mi vida.
–¿Cómo podré decirlo así, de una vez? No sé...
–No, dímelo, a pesar de todo... Ya ves mi vida. Pero no ol vides que nos ves viviendo durante el verano y no estamos so los.
Nosotros llegarnos aquí cuando apenas comenzaba la primavera y vivimos solos, y solos volveremos a vivir, luego, porque no
aspiro a nada mejor que esto. Pero imagínate que vivo sola, sin él, lo cual sucederá. Veo, por todos los indicios, que se va a
repetir a menudo, que la mitad del tiempo se lo va a pasar fuera de casa –dijo Ana, levantándose y sentándose más cerca de su
cuñada–. Naturalmente –siguió, interrumpiendo a Dolly que quiso replicarle–, naturalmente, yo no le retendré por la fuerza. Y
no le retengo. ¿Que hay carreras en las cuales toman parte sus caballos ...? Pues tendrá que asistir. El lo me satisface, pero
pienso en mí... Pienso en mí, en mi si tuación... Pero, ¿por qué te hablo de todo esto? –y, sonriendo, le preguntó––: ¿De qué te
habló, pues, Alexey?
–Me habló de lo mismo que yo quería hablarte y por esto me es fácil ser su abogado. De si hay alguna posibilidad, de si es
posible... –Daria Alejandrovna se paró buscando las pala bras– de si cabe arreglar mejor tu situación... Ya sabes cómo
considero las cosas... Pero de todos modos, si es posible, hay que casarse...
–Es decir, ¿el divo rcio? –––dijo Ana–. ¿Sabes que la única mujer que vino a verme en San Petersburgo fue Betsy Tvers -
kaya? ¿La conoces? Au fond c'est la femme la plus dépravée qui existe . Estaba en relaciones con Tuschkevich, más que nada
por placer de engaitar a su marido. Y ella me dijo que no volvería a verme más hasta que mi situación estuviera regula rizada.
¡Ella me dijo eso! No pienses que te comparo. Te co nozco, querida Dolly. Pero, involuntariamente, he recordado... Entonces,
¿qué te ha dicho Alexey? –insistió.
–Ha dicho que sufre por ti y por él... Puede ser que digas que esto es egoísmo, pero ¡es un egoísmo tan legítimo, tan noble!
Antes que nada, quiere legalizar a su hija y ser tu marido, tener sus derechos sobre ti.
–¿Qué esposa puede ser esclava hasta el grado en que lo soy yo por mi situación? –le interrumpió Ana sombríamente.
–Y lo que quiere sobre todo es que tú dejes de sufrir.
–Esto es imposible... ¿Y qué más?
–Pues lo más legitimo: quiere que vuestros hijos lleven su nombre.
–¿Qué hijos? ––dijo Ana, sin mirar a Dolly y frunciendo los ojos.
–Anny y los que vengan.
–Por lo que se refiere a lo último, puede estar tranquilo: no tendré más hijos.
–¿Cómo lo puedes decir?
–No tendré hijos porque no quiero.
A pesar de su agitación, Ana no pudo menos de sonreír al ver las expresiones ingenuas de sorpresa, interés y espanto que se
dibujaron sucesivamente en el rostro de Dolly.
–El doctor me dijo, después de mi enfermedad...
–¡No puede ser! ––exclamó Dolly con los ojos desmesuradamente abiertos.
Para ella, aquél era uno de esos descubrimientos cuyos efectos y consecuencias son tan enormes que en el primer mo mento
nos dejan anonadados, sintiendo solamente que es im posible comprenderlos bien y que será preciso pensar en ellos
detenidamente.
Este descubrimiento, que le explicaba de súbito lo que hasta entonces le había resultado incomprensible, cómo en muchas
familias había sólo uno o dos niños, despertó en ella tantos pensamientos, ideas y sentimientos contrapuestos que, de momento,
no pudo decir nada a Ana, y sí mirarla con sus grandes ojos abiertos enormemente, con una expresión de profunda extrañeza.
Era eso mismo lo que ella había deseado, pero ahora, al enterarse de cómo era posible, estaba horrorizada. Sentía que era una
solución demasiado sencilla para una cuestión tan complicada.
–Nest–ce pas immoral? –pudo decir, al fin, después de un largo silencio.
–¿Por qué? Piensa que tengo para escoger dos cosas: o es tar embarazada, es decir, como enferma inútil, o ser la amiga, la
compañera de mi marido –dijo Ana pronunciando las últimas palabras en tono intencionadamente superficial y ligero.
«Sí, está claro, está claro» , se decía Daria Alejandrovna.
Eran los mismos argumentos que ella se había hecho, pero ahora no encontraba en ellos ninguna persuasión.
–Para ti, p ara otras, puede haber dudas aún, pero para mí... –dijo Ana, adivinando los pensamientos de Dolly –. ¿No
comprendes? No soy su esposa, me ama, sí, y me amará... ntientras me ame. ¿Y cómo podré retener su amor? ¿Con esto? –y
Ana adelantó sus blancos brazos ante su vientre.
Con la rapidez extraordinaria con que sucede en los mo mentos de emoción, los pensamientos y recuerdos pasaban en
torbellino por la mente de Daria Alejandrovna.
«Yo» , pensaba, « no, atraía a Stiva y, claro, se fue con otra, y asimismo, como aquella primera mujer con quien me traicionó
no supo retenerle, y estar siempre hermosa y alegre, la dejó y tomó otra. ¿Y es posible que Ana pueda atraer y retener con esto
al conde Vronsky? Desde luego, si él busca esto, en contrará maneras y vestidos más atractivos y alegres; y por blancos, por

Comentario: «Realmente es la
mujer más depravada que existe.»
Comentario: «¿No es esto
inmoral?»


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magníficos que sean sus brazos desnudos, por hermoso que sea su cuerpo, su rostro animado bajo la ne gra cabellera, él
encontrará siempre algo mejor, como lo busca y encuentra mi marido, mi repugnante, miserable y querido marido».
Dolly no contestó y suspiró profundamente.
Ana advirtió que suspiraba, y se afirmó en su idea de que Dolly, aun estando conforme con sus argumentos, no aproba ría su
decisión.
–Dices que esto no está bien ––continuó, creyendo que lo qu e iba a exponer era tan firme que no admitía réplica al guna–.
Hay que reflexionar, que pensar en mi situación. ¿Cómo puedo desear niños? No hablo de los sufrimientos, que no los temo.
Pero pienso, «¿qué serán mis hijos?» . Unos desgraciados que llevarán un apellido ajeno. Por su estado ¡legal, serán puestos en
trance de tener que avergonzarse de su madre, de su padre, y hasta de haber nacido...
–Pero precisamente por esto –insinuó Dolly– te es conveniente, necesario, el divorcio y vuestro casamiento.
Ana no la escuchaba: pensaba exponerle los mismos argumentos con que tantas veces había querido persuadirse a sí misma.
–¿Para qué me servirá la razón, si no la empleo en no traer desgraciados al mundo?
Miró a Dolly y, sin esperar contestación, continuó:
–Me sentiría siempre culpable ante estas criaturas desdichadas. Si no vienen al mundo no hay desventura, pero si na ciesen y
fuesen desgraciados, solamente yo sería la culpable.
También estos argumentos se los había hecho Dolly a sí misma; y, no obstante, ahora no los entendía.
«¿Cómo se puede ser culpable ante seres que no existen?», pensaba.
De repente, le acudió este pensamiento:
«¿Podría haber sido mejor en algún sentido, para mi querido Gricha, que no hubiese venido al mundo?»
Esto le pareció tan extraño, tan terrible, que sacudió su cabeza para disipar la confusión de sus pensamientos.
–No sé... No lo sé... Esto no está bien –sólo pudo decir Dolly, con expresión de repugnancia en su rostro.
–Sí... Pero no olvides lo principal: que ahora no me encuentro en la misma situación que tú. Para ti la cuestión es «si quieres
todavía tener hijos», para mí es « si me está permitido tenerlos». Hay, pues, entre ambos casos, una gran diferencia. Yo,
comprenderás, que en mi situación, no puedo desearlos.
Daria Alejandrovna no replicó. Comprendió de repente, que se encontraba ya tan alejada de Ana, que entre ellas exis tían
cuestiones sobre las cuales no se pondrían nunca de acuerdo, que era mejor no hablar más.

XXIV
–Por esto es aún más necesario normalizar tu situación si es posible –insistió Dolly.
–Sí... Sí es posible... –dijo Ana en un tono completamente distinto, suave y tristemente.
–¿Es acaso imposible el divorcio? Me han dicho que tu marido consiente.
–Dolly, no quiero hablar de esto.
–Bien, no hablemos –se apresuró a decir Daria Alejan drovna, al ver la expresión de sufrimiento del rostro de Ana –. Veo –
añadió– que tomas las cosas demasiado sombríamente.
–¿Yo? Nada de eso. Estoy muy alegre... muy contenta... Ya lo has visto. Je fais même des passions. Veselovsky.
–Sí. Y, si he de decirte la verdad, no me gusta el tono de ese hombre –dijo Daria Alejandrovna, queriendo cambiar de
conversación.–¡ Bah! Nada. Esto hace cosquillas a Alexey y nada más... Él es un chiquillo y le tengo absolutamente en mis
manos. ¿Sabes? Hago de él lo que quiero. Es igual que tu Gricha...
De repente, Ana volvió al tema del divorcio:
–¡Dolly! Dices que me tomo las cosas demasiado som bríamente... No puedes comprender.. Es demasiado terrible... Lo que
hago es esforzarme en no ver nada.
–Pues a mí me parece que es preciso mirar. Hay que hacer todo lo que sea posible.
–Pero, ¿qué es posible?... Nada... Dices «debes casarte con Alexey» y que yo no pienso en esto. ¡Que yo no pienso en esto! –
repitió Ana. La emoción coloreó sus mejillas. Se l evantó, enderezó el busto, suspiró profundamente y se puso a pasear por la
habitación, deteniéndose de cuando en cuando.
–¿Qué yo no pienso? No hay ni un día ni una hora que no piense en ello. Y me irrito contra mí misma al pensarlo, por que
estos pensamientos pueden volverme loca. ¡Volverme local –repitió Ana exaltadamente –. Cuando lo pienso, ya no puedo
dormir sin morfina... Pero está bien: hablemos de ello con la mayor tranquilidad posible. Me dicen «el divor cio». Primero, él
no accederá. «

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