tolstoi

Acerca de ...
Ver perfil público del propietario del blog
tolstoi
Participantes
Buscador
Articulos Anteriores
Archivo

Servicio cortesia de miarroba.com

Valid XHTML 1.0!

Valid CSS!

CSS - Tableless

sábado, 26 de mayo de 2007
pieles.
Al hacerlo, la miró al rostro, la reconoció y, sin decirle nada, la saludó con respeto.
–Haga el favor de entrar, Excelencia –dijo después.
Ana quiso hablarle, pero la voz se le ahogó en la garganta. Y, mirando al viejo con aire culpable , subió la escalera con pasos
leves y rápidos.
Kapitonich, inclinándose hacia delante y tropezando con los chanclos en los escalones, la seguía corriendo, tratando de
alcanzarla.
–Está allí el preceptor. Quizá no se haya vestido. Iré a anunciarla.
Ana seguía subiendo la escalera tan conocida sin entender lo que le decía el anciano.
–Aquí, a la izquierda, haga el favor. Perdone que no esté limpio aún... El señorito duerme ahora en el cuarto del diván –
murmuró el portero, esforzándose en recobrar la respira ción–. Perdone, Excelencia, pero conviene esperar un poco. Iré a
mirar..
Y, adelantándose a Ana, abrió a medias una alta puerta y desapareció tras ella.
Ana esperó.
El portero salió de nuevo.
–El señorito acaba de despertar ––dijo.
En el mismo momento en qu e el anciano portero pronunciaba estas palabras, Ana oyó un bostezo infantil. En aquel sonido
reconoció a su hijo y le pareció ya verle ante ella.
–¡Déjeme! ¡Déjeme, y váyase! –pronunció Ana, cruzando la alta puerta.
A la derecha de la entrada había una cama y en ella estaba sentado el niño que, vestido sólo con una camisita, terminaba de
desperezarse, inclinando el cuerpo.
En el momento en que sus labios se juntaron de nuevo, se dibujó en ellos una sonrisa feliz, y con aquella sonrisa el niño se
dejó caer otra vez en el lecho, vencido por un suave sueño.
–¡Sergio! –llamó Ana, acercándose con paso cauteloso.
Durante su separación, y más aún en aquellos días en que la inundaba tan viva ternura por su hijo, Ana le imaginaba como
un niño de cuatro años, ya que fue a aquella edad cuando más le había querido. Pero ahora no, estaba tal como le dejó.
Su aspecto difería mucho del de un niño de cuatro años; había crecido y adelgazado. ¡Oh, qué delgado tenía el rostro, qué
cortos los cabellos y qué largos los brazos! ¡Cuán diferente era de cuando ella le había dejado!
Pero era él, con su misma forma de cabeza, con sus labios, con su suave cuello y sus anchos hombros.
–¡Sergio! –repitió al oído mismo del niño.
Sergio se incorporó sobre un codo, movió la cabeza a ambos lados como buscando algo y abrió los ojos.
Por algunos segundos miró silencioso a interrogativo a su madre, inmóvil ante él.
De pronto, rió lleno de dicha y, cerrando de nuevo sus ojos cargados de sueño, se dejó caer otra vez, pero no hacia atrás, sino
en los brazos de su madre.
–¡Sergio, querido niño mío! –exclamó Ana, sofocada, abrazando el amado cuerpecito.
–¡Mamá! –contestó el niño, moviéndose en todas direc ciones para que su cuerpo rozara por todas partes los brazos de su
madre.
Sonriendo medio dorm ido, siempre con los ojos cerrados, y apoyándose con sus manos gordezuelas en la cabecera de la
cama, se asió a los hombros de su madre y se dejó caer sobre su regazo, exhalando ese agradable olor que sólo tienen los niños
en el lecho. En seguida empezó a frotarse el rostro contra el cuello y los hombros de su madre.
–Ya sabía ––dijo, abriendo los ojos–, que habías de venir. Hoy es el día de mi cumpleaños... Me he despertado ahora mismo
y voy a levantarme...
Y, mientras hablaba, se quedó de nuevo dormido.
Ana le miraba con afán, viendo cuánto había crecido y cambiado en su ausencia. Reconocía y desconocía a la vez sus piernas
desnudas, ahora tan largas, sus mejillas enflaquecidas, los cortos rizos de su nuca, que tantas veces había besado.
Estrechaba todo aquello contra su corazón y no podía hablar, ahogada por las lágrimas.
–¿Por qué lloras, mamá? –preguntó el niño, despertando por completo, ¿Por qué lloras, mamá? –gritó con voz quejumbrosa.
–No lloraré más. Lloro de alegría. ¡Hace tanto que no te he vis to! No, no lloraré más, no lloraré... –dijo, devorando sus
lágrimas y volviendo la cabeza–. Ea, ya es hora de vestirte –añadió, recobrando algo de su serenidad, después de un silencio.
Y, sin soltar sus manos, se sentó al lado de la cama en una silla, sobre la que estaba la ropa del pequeño.
–¿Cómo te vistes sin mí? ¿Cómo ...? –dijo, tratando de expresarse con voz natural y alegre.
Pero no pudo terminar y volvió una vez más la cara.


Page No 225

–No me lavo ya con agua fría; papá no me deja. ¿Has visto a Basilio Lukich ? Vendrá ahora... ¡Ah, te has sentado so bre mi
vestido!
Sergio rió a carcajadas. Ana le miró, sonriendo.
–¡Mamá, querida mamá! –gritó el chiquillo, lanzándose de nuevo a ella y abrazándola.
Parecía que sólo ahora, al ver su sonrisa, comprendió lo que pasaba.
–Esto no te hace falta –siguió el niño quitándole el sombrero.
Y cuando Ana estuvo sin él, Sergio como si en aquel momento la viese por primera vez, se precipitó a ella para besarla.
–¿Qué pensabas de mí? ¿Creías que había muerto?
–No lo creí nunca.
–¿No lo creíste, hijito mío?
–¡Sabía que no, sabía que no! –respondió el niño empleando su frase predilecta.
Y cogiendo la mano de su madre, que acariciaba sus cabellos, la oprimió contra sus labios y la besó.

XXX
Entre tanto, Basilio Lukich que, al principio no había comprendido quién era aquella señora, suponiendo por la conversación
que aquella era la esposa que había abandonado a su marido, y a la que no conocía, por no estar ya en la casa cuando él llegara
allí, dudaba si debía entrar o no y si procedía avisar a Karenin.
Pensando, al fin, que su deber era despertar diariamente a Sergio a una hora fija y que para hacerlo no debía preocuparse de
quien estuviese allí, fuera su madre o cualquier otra per sona, ya que a él sólo le incumbía cumplir su obligación, Basilio
Lukich vistióse, se acercó a la puerta y la abrió.
Pero las caricias de madre a hijo, el tono de su voz y lo que se decían, le forzó a cambiar de decisión. Movió la cabeza y
cerró la puerta, con un suspiro.
«Esperaré diez minutos más», se dijo, tosiendo y secándose las lágrimas.
Entre los criados, mientras tanto, reinaba gran agitación Todos sabían que había llegado la señora, que Kapitonich la ha bía
dejado entrar, que ahora estaba en el cuarto del niño, y que el señor entraba a verle todos los días a cosa de las nueve...
Todos comprendían que el encuentro de los esposos era una cosa imposible, y que debían hacer cuanto estuviese en sus
manos para impedirlo.
Korney, el ayuda de cámara, bajó a la portería para saber quién había dejado p asar a Ana, y al saber que era Kapitonich
dirigió al viejo una severa represión.
El portero callaba obstinadamente, pero cuando Korney dijo que merecía que le despidiesen, Kapitonich se acercó al criado
y, agitando las manos ante su rostro, le dijo:
–¿Acaso tú no la habrías dejado entrar? He servido diez años aquí y sólo he visto en ella bondad. ¡Me habría gustado verte a
ti decirle que hiciera el favor de marcharse! ¡Claro, que tú sabes nadar en todas las aguas! Más valdría que pensa ras en lo que
robas al señor y en los abrigos de castor que le quitas...
–¡Soldado! ––exclamó Korney con desprecio, y se volvió hacia el aya, que entraba en aquel instante.
–¿Sabe María Efinovna que la ha dejado entrar sin decir nada a nadie? Y Alexey Alejandrovich va a salir a hora mismo e irá
al cuarto del chico...
–¡Qué cosas, qué cosas! –exclamaba el aya–. Podía usted entretener un rato al señor, Korney Vasilievich, mientras yo subo
corriendo para hacerla salir.. ¡Qué cosas, Dios mío, qué cosas!
Cuando el aya penetró en el cuarto de Sergio, éste contaba a su madre que él y Nadeñka se habían caído en la montaña rusa y
dieron tres volteretas.
Ana escuchaba el sonido de su voz, veía su rostro y el juego de su expresión, sentía su mano, pero no entendía lo que le
hablaba.
Tenía que marchar y dejarle. No pensaba ni comprendía otra cosa. Oía los pasos de Basilio Lukich, que se acercaba a la
puerta tosiendo, oía los del aya, que llegaba ya, pero conti nuaba sentada, como convertida en piedra, sin fuerzas para hablar ni
para levantarse.
–¡Oh, mi señora! –––dijo el aya, acercándose, y besando sus manos y hombros–. ¡Qué alegría ha dado Dios a nuestro niño el
día de su cumpleaños! No ha cambiado usted nada, nada...
–No sabía que usted vivía ahora en casa, aya querida ––dijo Ana, serenándose por un momento.
–No vivo aquí, vivo con mi hija. He venido para felicitar a Sergio, mi querida señora Ana Arkadievna.
De pronto, rompió a llorar y volvió a besar las manos de Ana.
Sergio, con ojos y sonrisa radiantes, asiéndose con una mano a su madre y con la otra al aya, pisoteaba el tapiz con sus
piernas llenas y descalzas. El efecto conmovedor con que su querida aya trataba a su madre, le colmaba de júbilo.
–Mamá: el aya viene mucho a verme y cuando viene... ––empezó a contar el niño. Pero se detuvo al observar que el aya
hablaba en voz baja a Ana, en cuyo rostro se dibujó el terror y algo parecido a la vergüenza, lo cual le sentaba muy mal.
Se inclinó hacia su hijo.
–Queridito mío... –murmuro.
No dijo «adiós», pero el niño lo leyó en la expresión de su rostro,
–¡Oh querido, queridísimo Kutik! ––continuó Ana, dando al niño el nombre con que le llamaba de pequeño –. ¿No me
olvidarás? Tú...
No pudo hablar más.
¡Cuántas palabras pensó después que podía haberle dicho en este momento! Pero ahora no sabía ni podía decirle nada.


Page No 226

Y, sin embargo, Sergio comprendió cuanto ella hubiera querido decirle. Comprendió que era desgraciada y que le quería, y
hasta comprendió que el aya decía en voz baja a su madre:
–Siempre viene hacia las nueve...
Y adivinó que hablaban de su padre y que ella y él no debían verse.
Todo esto lo comprendía, mas no comprendía el motivo, ni por qué se dibujaba el terror en el semblante de su madre. Sin
duds ella no era culpable de nada, pero temía a su marido y se avergonzaba de algo.
Habría deseado hacer una pregunta que le aclarase aquellas dudas, pero no se atrevía a hacerla porque veía que su madre
sufría, y sentía piedad de ella. Apretándose contra su cuerpo, murmuró en voz baja.
–No te vayas todavía. El tardará algo en venir..
La madre le apartó un poco para ver si el niño se daba cuenta de lo que decía, y en su rostro asustado leyó que el niño no
sólo hablaba de su padre, sino que hasta parecía preguntar qué debía pensar de él.
–Sergio, querido hijito, ama mucho a tu padre. Es mejor y más bueno que yo. Yo me he portado mal con él. Cuando seas
mayor lo comprenderás.
–¡No hay nadie más bueno que tú! –gritó el niño con desesperación a través de sus lágrimas.
Y cogiéndola por los hombros, la apretó con toda su fuerza con sus brazos temblorosos y tensos.
–¡Mi pequeño, n–ú querido Sergio! –dijo Ana.
Y se puso a llorar débilmente, como un niño, como lloraba él.
En aquel instante se abrió la puerta y apareció Basilio Lukich.
Próximos a otra puerta sonaron pasos. El aya dijo en voz baja:
–Ya viene.
Y entregó el sombrero a Ana.
Sergio se deslizó en la cama y rompió a llorar, cubriéndose el rostro con las manos.
Ana separó aquellas manos, besó una vez más el rostro húmedo de lágrimas y con rápido paso salió de la alcoba.
Alexey Alejandrovich avanzaba en dirección opuesta. Al verla, se detuvo a inclinó la cabeza.
Aunque sólo un momento antes Ana afirmaba que él era mejor y más bueno que ella, en la mirada rápida que le diri gió, al
distinguir su figura en todos sus detalles, la invadieron los hab ituales sentimientos de aversión, de odio y de envidia de que le
hubiera quitado a su hijo.
Con rápido ademán se bajó el velo y salió de allí casi a la carrera.
No había tenido tiempo de desenvolver los paquetes que con tanta ternura y tristeza comprara el día anterior en la tienda para
su hijo y se los llevó consigo en el mismo estado.

XXXI
A pesar de su inmenso deseo de ver a su hijo, a pesar del mucho tiempo que hacía que meditaba y preparaba la entre vista,
Ana no esperaba que hubiese de impresionarla tan profundamente.
De vuelta a su solitario cuarto del hotel, no pudo comprender durante largo rato por qué estaba allí.
«Todo aquello ha terminado y vuelvo a estar sola», se dijo al fin.
Y, sin quitarse el sombrero, se dejó caer en una butaca próxima a la chimenea.
Fijó la mirada en el reloj de bronce próximo a la ventana y comenzó a reflexionar. La doncella francesa que trajera del
extranjero entró para saber si debía vestirla.
Ana la miró sorprendida y dijo:
–Luego.
El criado llevó el café.
–Luego –volvió a decir.
La nodriza italiana, que acababa de vestir a la niña, entró y se la presentó a Ana.
La pequeña, llenita y bien nutrida, al ver a su madre tendió como siempre sus bracitos hacia ella, con las palmas de las
manos vueltas hacia abajo y, sonrien do con su boca sin dien tes, comenzó a mover las manitas como un pez las aletas, pro -
duciendo un ruido seco con los pliegues almidonados de su faldón.
Era imposible no sonreír, no besar a la niña; imposible no dejarle coger el dedo, al que ella se asió chi llando y saltando con
todo su cuerpo, imposible también no ofrecerle los labios que ella, persiguiendo un beso, tomó con su boquita.
Ana la cogió en brazos, la hizo saltar en ellos, besó su fresca mejilla... Pero, al ver a la pequeña, comprendió con clarid ad
que lo que sentía por ella no era ni siquiera afecto comparado con lo que experimentaba por Sergio.
Todo en aquella niña era gracioso, pero, sin saber por qué, no llenaba su corazón. En el primer hijo, aunque fuera de un
hombre a quien no amaba, había c oncentrado todas sus insatisfechas ansias de cariño. La niña había nacido en circunstan cias
más penosas y no se había puesto en ella ni la milésima parte de los cuidados que se dedicaran al primero.
Además, la niña no era aún más que una esperanza, mien tras que Sergio era ya casi un hombre, un hombre querido, en el
cual se agitaban ya pensamientos y sentimientos. Sergio la comprendía, la amaba, la estudiaba, pensaba Ana, recordando las
palabras y las miradas de su hijo.
¡Y estaba separada de él para siempre!, no sólo materialmente, sino también en lo moral, y esta situación no tenía remedio.
Ana entregó la niña a la nodriza, dejó marchar a ésta y abrió el medallón que contenía el retrato de Sergio casi con la misma
edad que ahora tenía la niña.
Luego se levantó y, quitándose el sombrero, tomó de una mesita el álbum en que había fotografías de él a diferentes edades,
y, para compararlas, las sacó todas.


Page No 227

Quedaba una, la última y la mejor. Sergio, vestido con camisa blanca, sentado a horcajadas sobre la silla entornaba los ojos y
sonreía. Era su expresión más característica y aquella en la que había salido con más naturalidad.
Ana trató de sacar aquella fotografía con sus pequeñas manos blancas, con sus dedos largos y delgados, tirando de las puntas
de la cartulina. Pero la fotografía se resistió y no pudo sacarla. Como no tenía plegadera a mano, sacó la fotografía inmediata,
que era un retrato de Vronsky 'con sombrero redondo y cabellos largos, hecho en Roma, para empujar con ella el de Sergio.
«¡Ah, es él!», se dijo al ver la fotografía.
Y de pronto recordó quién era la causa de su actual dolor. En toda la mañana no le había recordado una sola vez.
Pero ahora, viendo aquel rostro noble y varonil, tan cono cido y querido, Ana sintió de pronto que la inunda ba una ola de
ternura hacia Vronsky.
«¿Dónde estará? ¿Por qué me deja sola con mis penas?», pensó de pronto, con un sentimiento de reproche, olvidando que
ella misma ocultaba a Vronsky todo lo referente a su hijo.
Envió a buscarle, rogándole que subiera en seguida, y le esperó imaginando, con el corazón palpitante, las palabras con que
iba a contárselo todo, y las expresiones de amor con que él la consolaría.
El criado subió diciendo que el señor tenía una visita, pero que iría en seguida, y que deseaba sab er si ella podía recibirle en
compañía del príncipe Jachvin, que había llegado a San Petersburgo.
«No vendrá solo... ¡Y no me ha visto desde ayer a la hora de comer! » , pensó. «No podré explicárselo todo... Vendrá con
Jachvin...»
De pronto le acudió a la mente un terrible pensamiento. ¿Habría dejado Vronsky de amarla?
Recordando los hechos de los últimos días, parecíale ver en cada uno de ellos la confirmación de sus sospechas.
El día antes Vronsky no había almorzado en casa; además insistió en que en San Petersburgo se instalaran separadamente; y
ahora no venía solo, para evitar verla cara a cara.
« Debería decírmelo, debo saberlo... Si lo supiera, ya acertaría yo lo que me convendría hacer», se decía Ana, sintiéndose sin
fuerzas para imaginar la situación en que quedaría cuando se cerciorase de la indiferencia de Vronsky.
Pensando que él había dejado de amarla, sentíase en un extraño estado de excitación, casi desesperada.
Llamó a la doncella y se fue al tocador. Al vestirse, se ocupó de su atavío más que todos aquellos días, como si Vronsky, en
caso de que la hubiera dejado de amar, pudiese enamorarse de nuevo viéndola mejor vestida y peinada.
El timbre sonó antes de que hubiera terminado.
Cuando salió al salón, no fue la mirada de Vronsky, sino la de Jachvin, la primera que halló.
Vronsky contemplaba las fotografías de su hijo que ella había dejado sobre la mesa y no se apresuró a mirarla.
–Ya nos conocemos ––dijo Ana, poniendo su manecita en la manaza de Jachvin, que la saludaba confuso, ya que, en
contraste con su enorme estatura, era un hombre de una gran timidez.
–Nos conocimos en las carreras, el año pasado. ¡Démelas! ––dijo Ana, dirigiéndose ahora a Vronsky y asiendo con un rápido
ademán los retratos que él examinaba, y mirándole significativamente con sus ojos brillantes.
–¿Qué tal este año las carreras? –preguntó luego a Jachvin–. Yo he asistido a las del Corso, en Roma. Ya sé que a usted no le
gusta la vida extranjera –agregó, sonriendo dul cemente–. Le conozco bien y sé todas sus preferencia s a pe sar de las pocas
veces que nos hemos visto.
–Lo siento, porque todas mis preferencias son, en general, de muy mal gusto –dijo Jachvin, mordiéndose la guía iz quierda
del bigote.
Después de charlar un rato, y viendo que Vronsky consul taba el reloj, Jaclivin preguntó a Ana si estaría mucho tiempo en
San Petersburgo e, irguiendo su imponente figura, cogió su gorra de uniforme.
–Creo que no mucho –repuso Ana mirando a Vronsky con inquietud.
–¿De modo que ya no nos veremos? –preguntó a su amigo levantándose–. ¿Dónde comes hoy?
–Vengan a comer los dos conmigo ––dijo Ana, enfadándose consigo misma al notar que se ruborizaba como siempre que
mostraba su situación ante una persona más –. La comida aquí no es gran cosa, pero así se verán ustedes... Alexey, de sus
compañeros de regimiento, es a usted a quien aprecia más.
–Muchas gracias –contestó Jaclivin con una sonrisa en la que Vronsky leyó que Ana le había agradado.
Jachvin saludó y salió. Vronsky quedó un poco atrás.
–¿Te vas también? –preguntó Ana.
–Se me hace tarde ––contestó él.
Y gritó a Jachvin:
–¡Ahora te alcanzo!
Ana cogió la mano de Vronsky y, sin apartar la mirada de él, buscando en su mente lo que pudiera decir para retenerle, dijo:
–Espera, quiero decirte una cosa.
Le cogió la mano y la apretó contra su rostro.
– ¿Te disgusta que le haya invitado a comer? –añadió.
–Has hecho muy bien –repuso Vronsky, con tranquila sonrisa, descubriendo las apretadas hileras de sus dientes y besándole
la mano.
–Alexey, ¿sigues siendo el mismo para mí? –preguntó Ana, apretando la mano de él entre las suyas –. Sufro mucho aquí,
Alexey. ¿Cuándo nos vamos?
–Pronto, pronto... No sabes lo penosa que me resulta también a mí la vida aquí–dijo él retirando su mano.
–Ve, ve –repuso Ana ofendida.
La dejó y salió de la habitación rápidamente.


Page No 228

XXXII
Cuando Vronsky volvió, Ana no estaba aún en casa.
A poco de irse él, según le dijeron, había llegado una señora y ambas se habían marchado juntas.
Que ella saliera sin decirle a dónde iba, lo que no había su cedido hasta ahora, y que por la mañana hubiese hecho lo mismo,
todo ello unido a la extraña expresión del rostro de Ana y al tono hostil con que por la mañana, en presencia de Jachvin, le
había arrebatado las fotografías de su hijo, obligó a Vronsky a reflexionar.
Se dijo que debía hablar con ella y la esperó en el salón.
Pero Ana no volvió sola, sino con su tía, la vieja solterona princesa Oblonskaya, que era la señora que había ido allí por la
mañana y con la que Ana había salido de compras.
Al parecer, ella no veía la expresió n, interrogativa y preocupada, del rostro de Vronsky, mientras le contaba alegre mente lo
que había comprado por la mañana. Él notó que le pasaba algo extraño. En sus ojos brillantes, cuando por un momento se
detuvieron en Vronsky, había una atención for zada, y hablaba y se movía con aquella rapidez nerviosa que en los primeros
tiempos de sus relaciones con ella le seducía y que ahora le inquietaba y llenaba de disgusto.
La mesa estaba servida para cuatro. Todos se preparaban a pasar al comedorcito, cuando llegó Tuschkevich con un recado de
la princesa Betsy para Ana.
Betsy le pedía perdón por no poder ir a saludarla antes de que marchase, ya que estaba indispuesta, y rogaba a su amiga que
fuese a visitarla de seis y media a nueve.
Vronsky la miró al adve rtir que la hora que se le señalaba indicaba que se tomaban medidas para impedir que Ana coin -
cidiese con nadie, pero ella pareció no advertirlo.
–Siento que no me sea posible ir precisamente a esa hora –dijo Ana con sonrisa imperceptible.
–La Princesa lo sentirá mucho.
–También yo.
–¿Irá usted a oír a la Patti? –preguntó Tuschkevich.
–¿La Patti? Me da usted una idea. Iría con gusto si fuese posible encontrar un palco.
–Yo lo puedo buscar –ofreció Tuschkevich.
–Se lo agradecería mucho. ¿Quiere comer con nosotros?
Vronsky se encogió levemente de hombros.
Decididamente, no comprendía la actitud de Ana. ¿Por qué había hecho venir a la vieja Princesa, por qué invitaba a co mer a
Tuschkevich y –lo que era más sorprendente–, por qué le pedía el palco?
¿Cómo era posible, en su situación, ir a oír a la Patti en un espectáculo de abono al que asistiría todo el gran mundo co -
nocido? La miró con gravedad, y ella le correspondió con una mirada atrevida cuya significación Vronsky no pudo comprender
y no supo si era alegre o desesperada.
Durante la comida, Ana estuvo agresivamente alegre, y hasta pareció coquetear con Tuschkevich y con Jachvin.
Cuando se levantaron de la mesa, mientras Tuschkevich iba a buscar el palco, y Jachvin salió para fumar, Vronsky bajó con
él a sus habitaciones.
Permaneció allí unos minutos y volvió rápidamente arriba.
Ana estaba ya vestida con un traje de terciopelo claro que se había hecho en París y que dejaba ver parte de su busto. En la
cabeza llevaba una rica mantilla blanca que realzaba su rostro y conjuntaba muy bien con su belleza resplandeciente.
–¿Es que está usted realmente decidida a ir al teatro? –preguntó Vronsky, procurando eludir su mirada.
–¿Por qué me lo pregunta con ese temor? –repuso ella, ofendida de nuevo al notar que él no l a miraba ¿Es que me está
prohibido ir?
Al parecer, ella no comprendía el significado de sus palabras.
–Claro que nada lo prohibe –contestó Vronsky frunciendo el entrecejo.
–Lo mismo digo yo –repuso Ana, con intención, sin comprender la ironía de su tono y desplegando calmosamente su guante
largo y perfumado.
–¡Por Dios, Ana! ¿Qué le pasa? –exclamó Vronsky, como si tratase de despertarla a la realidad en el mismo tono que lo
hacía su marido en otros tiempos.
–No comprendo lo que me pregunta.
–Bien sabe que no es posible ir.
–¿Por qué? No voy sola. La princesa Bárbara ha ido a vestirse y me acompañará.
Vronsky se encogió de hombros, perplejo y desesperado.
–¿No sabe ...? ––empezó.
–Ni lo quiero saber –contestó Ana, casi a gritos–. No quiero... ¿Acaso me arrepiento de lo hecho? ¡No, no y no! Y si hubiera
empezado así desde el principio, habría sido mejor. Para usted y para mí lo único importante es una cosa: si nos amamos o no.
¡Y nada más! ¿Por qué vivimos aquí separados, sin apenas vemos? ¿Por qué no he de ir al teatro? Te quiero y todo lo demás
me da igual –añadió en ruso, mirándole con un brillo en los ojos incomprensible para Vronsky –con tal que tú no hayas
cambiado. ¿Por qué me miras así?
Él la miraba, en efecto, examinando la belleza de su rostro y su v estido, que le sentaba admirablemente. Pero ahora su
belleza y su elegancia eran, precisamente, lo que despertaba su irritación.
–Usted sabe que mis sentimientos no pueden cambiar pero le pido, le ruego, que no vaya –––dijo otra vez en francés con una
suave súplica en su voz, pero con fría mirada.
Ana no oía sus palabras; sólo veía el frío de su mirada, y contestó con enfado:


Page No 229

–Le ruego que me diga por qué no puedo ir.
–Porque esto puede motivar.. algún... algo...
Vronsky titubeó.
–No le entiendo. Jachvin n'est pas compromettant y la princesa Bárbara no vale menos que otras. ¡Ah, aquí viene!

XXXIII
Vronsky experimentó por primera vez un sentimiento de enojo contra Ana por su voluntaria incomprensión de la situa ción
presente, sentimiento que se hacía más vivo por la imposibilidad de explicarle la causa de su disgusto.
De decir francamente lo que pensaba, habría debido decirle:
«Presentarse con ese vestido en unión de la Princesa, tan conocida por todos, significa, no sólo reconocer su papel de mujer
perdida, sino, además, desafiar a toda la alta sociedad, es decir, renunciar a ella para siempre.»
Y eso no se lo podía decir.
«Pero, ¿cómo es posible que ella no lo comprenda? ¿Qué le sucede?», se preguntaba Vronsky, sintiendo a la vez que su
respeto hacia Ana disminuía tanto como aumentaba su admiración por su belleza.
Con el entrecejo arrugado volvió a su habitación y, sentándose junto a Jachvin –quien, con los pies estirados sobre una silla,
bebía coñac con agua de Seltz–, ordenó que le llevaran la misma bebida.
–Volviendo a lo de «Moguchy», el caballo de Lankovsky –dijo Jachvin–, es un buen animal y te aconsejo que lo compres.
Y prosiguió, mirando el rostro grave de su amigo:
–Es un poco caído de grupa, pero de cabeza y de patas no deja nada que desear.
–Creo que lo compraré –repuso Vronsky.
Se interesó en la charla sobre caballos, pero continuamente pensaba en Ana, escuchando sin querer los pasos que sonaban en
el corredor y mirando el reloj de la chimenea.
–Ana Arkadievna ha ordenado que les diga que sale para el teatro –dijo el criado, entrando.
Jachvin vertió una copa más de coñac en el agua de Seltz, bebió y se levantó, abrochándose el uniforme.
–¿Vamos? –dijo, sonriendo levemente bajo el bigote y mostrando con su sonrisa que comprendía el descontento de Vronsky,
aunque no le daba importancia.
–Yo no voy –repuso Vronsky, serio.
–Yo no puedo dejar de ir. Lo he prometido. Hasta luego, pues. Y, si no, ¿por qué no vas a butacas? Quédate con la de
Krasinsky –dijo Jachvin, saliendo.
–Tengo que hacer.
«La mujer propia da muchas preocupaciones y la que no lo es, más aún», pensó Jachvin, al salir del hotel.
Vronsky, una vez solo, se levantó de la silla y se puso a pasear por la habitación.
«Hoy es la cuarta de abono. Eso significa que asistirá todo San Petersburgo . Seguramente estarán allí mi madre y Egor con
su mujer.. Ahora Ana entra, se quita el abrigo, aparece en plena luz... Y con ella Tuschkevich, Jachvin, la princesa Bárbara ...»
, pensaba Vronsky, imaginando la entrada de Ana en el teatro.
«¿Y yo? O dirán que tengo miedo, o que me he librado en Tuschkevich de la obligación de protegerla. Por donde quiera que
se mire, es absurdo. ¡Absurdo, absurdo! ¿Por qué se em peñará en ponerme en esta situación?», se preguntó, agitando
violentamente las manos.
Este ademán le hizo tropezar con la mesita en la que estaba la botella de coñac y el agua de Seltz, y faltó poco para que la
derribase.
Al tratar de sostenerla, la hizo caer y, enojado, dio un puntapié a la mesa y llamó al ayuda de cámara.
–Si quieres estar a mi servicio, acuérdate de lo que debes hacer. ¡Que no vuelva a pasar esto! ¡Llévatelo! –dijo al criado que
entraba.
El sirviente, sabiendo que la culpa no era suya, trató de jus tificarse; pero, al mirar a su señor, comprendió por su rostro que
valía más callan Así, pues, inclinándose sobre la alfom bra, balbuceó unas excusas y comenzó a separar las botellas y copas
rotas de las que habían quedado intactas.
–Eso no es cosa tuya. Manda al lacayo que lo recoja y prepárame el frac.
Vronsky entró en el teatro a las ocho y media.
La función estaba en su apogeo. El anciano acomodador, al quitar a Vronsky el abrigo de piel, le reconoció, le llamó
«Vuecencia» y le dijo que no era necesario que recogiese el número del abrigo, sino que bastaba con que al salir llamase a
Fedor.
En el pasillo, bien iluminado, no había nadie, fuera del aco modador y de dos lacayos que, con sendas pellizas al brazo,
escuchaban junto a la puerta.
Tras la puerta entomada oíanse los acordes de un staccato de la orquesta y una voz femenina que cantaba una frase musical.
La puerta se abrió dando paso al acomodador y la frase, que concluía, hirió el oído de Vronsky. Pero la puerta se cerró en
seguida y Vronsky no oyó el final de la frase ni la caden cia, y sólo por la explosión de aplausos que retumb ó comprendió que
la romanza estaba terminando.
Al entrar en la sala, iluminada por arañas y lámparas de gas, continuaban aún los aplausos. En el escenario, la can tante,
espléndida con sus hombros escotados y sus brillantes, se inclinaba y sonreía. El ten or, que la tenía de la mano, la ayudaba a
coger los ramos de flores que volaban sobre la orquesta. Luego ella se acercó a un señor de cabellos peinados a raya y lustrosos
de cosmético, que extendía sus largos brazos por encima del borde del escenario brindándole un objeto.

Comentario: No es
comprometedor.


Page No 230

El público de palcos y butacas se agitaba, se echaba hacia delante, gritaba, aplaudía.
El director de orquesta, desde su altura, ayudaba a transmitir los objetos y se arreglaba cada vez la blanca corbata.
Vronsky pasó al centro de la pl atea, se detuvo y miró en derredor. Se fijo con menos interés que de costumbre en el
ambiente, tan conocido y habitual, en el escenario, en el bulli cio, en el poco atrayente rebaño de los espectadores del tea tro,
que estaba lleno a rebosar.
Como siempre, se veían las mismas señoras en los mismos palcos, y como siempre, tras ellas se veían oficiales; en buta cas,
las mismas mujeres multicolores, uniformes, levitas; la misma sucia gentuza en el paraíso; y entre toda aquella gente, en las
primeras filas y lo s palcos, unas cuarenta personas, unos cuarenta hombres y mujeres «de verdad». Fue en este oasis donde
Vronsky detuvo al punto su atención, dirigiéndose allí al momento.
El acto terminaba cuando entró, por lo que, sin pasar al palco de su hermano, cruzó a nte él y se colocó próximo a la rampa,
al lado de Serpujovskoy, quien, doblando la rodilla y golpeando con el tacón en la rampa, le llamó sonriendo al verle de lejos.
Vronsky no había visto a Ana todavía, y, a propósito, no miraba hacia ella, pero por la d irección de las miradas sabía dónde
se encontraba.
Discretamente empezó a observar, esperando lo peor: buscaba a Alexey Alejandrovich. Afortunadamente, éste no estaba hoy
en el teatro.
–¡Qué poco te ha quedado de militar! Pareces un artista, un diplomático o algo por el estilo –le dijo Serpujovskoy.
–En cuanto he vuelto a Rusia, he adoptado el frac –contestó Vronsky, sonriendo y sacando lentamente los gemelos.
–Confieso que en eso te envidio. Yo, cuando vuelvo del extranjero, me pongo esto ––dijo Serpujovskoy, tocándose las
charreteras– y siento en seguida que no soy libre.
Hacía tiempo que Serpujovskoy había desesperado de que su amigo hiciese carrera, pero le quería como siempre y ahora se
mostraba particularmente amable con él.
Vronsky, escuchándole a medias, pasaba los gemelos de los palcos de platea a los del primer piso.
Junto a una señora con turbante y un anciano calvo, que pestañeaba, malhumorado ante el binóculo de Vronsky, en continua
busca, vio de pronto a Ana, orgullosa, bellísima y sonriente, entre sedas y encajes.
Estaba en el quinto palco de platea, a unos veinte pasos de él, y sentada en la delantera del palco, ligeramente inclinada,
hablaba en aquel momento con Jachvin.
La postura de su cabeza sobre sus amplios y hermosos hombros y la radi ación contenidamente emocionada de sus ojos y
todo su rostro, le recordaban a Vronsky tal como era cuando la vio por primera vez en el bade en Moscú.
Pero a la sazón consideraba su belleza de otro modo, con un sentimiento privado de todo misterio, y, por e llo, su belleza, si
bien le atraía más que antes, le disgustaba a la vez.
No miraba hacia él, pero Vronsky sabía que ya le había visto.
Cuando dirigió de nuevo los gemelos hacia allí, vio que la princesa Bárbara, muy encarnada, reía forzadamente, mirando sin
cesar al palco próximo. Pero Ana, plegando el abanico y dando golpecitos con él en el terciopelo encamado de la barandilla del
palco, no veía ni quería ver lo que pasaba en aquel palco.
El rostro de Jachvin presentaba igual expresión que cuando perdía en el juego. Frunciendo las cejas y mordiendo cada vez
más la guía izquierda de su bigote, miraba también de reojo al palco inmediato.
En éste, el de la izquierda, estaban los Kartasov. Vronsky los conocía y sabía que Ana los conocía también. La Kartasova ,
una mujer pequeña y delgada, estaba de pie en el palco, de es paldas a Ana, poniéndose la capa que le sostenía su marido.
Mostraba un rostro pálido y enojado y hablaba con agitación.
Kartasov, un hombre grueso y calvo, trataba de calmar a su mujer, mirando sin cesar hacia Ana.
Cuando su esposa salió, Kartasov tardó mucho en seguirla, buscando la mirada de Ana, con evidente deseo de saludarla.
Pero, probablemente a propósito, Ana, volviéndose sin mirarle, hablaba a Jachvin, que le escuchaba inclinando la cabeza hacia
ella.
Kartasov salió sin saludar y el palco quedó vacío.
Vronsky no podía saber lo que había sucedido entre Ana y ellos, pero sí que era algo terriblemente ofensivo para su amada.
No sólo lo adivinó por lo que había visto, sino princi palmente por el rostro de Ana, que sin duda había reunido to das sus
fuerzas para mantenerse en el papel que se había impuesto: mostrar una completa calma exterior.
Y en ello había triunfado plenamente. Quien no la conociera, quienes no conocieran su mundo, quienes nada supieran de las
exclamaciones de indignación y sorpresa de las mujeres que comentaban que osara presentarse en su mundo, tan llamativa con
su mantilla de encajes, en toda su belleza –esos habrían admirado la impasibilidad y hermosura de Ana, si n sospechar que se
sentía como una persona expuesta a la vergüenza pública.
Vronsky, comprendiendo que había sucedido algo a igno rando a punto fijo lo que fuera, experimentaba una tortura dora
inquietud, y en la esperanza de saberlo decidió ir al palco de su hermano.
Eligiendo la salida de la platea más alejada del palco de Ana, Vronsky tropezó al pasar con el coronel del regimiento en que
servía antes, que estaba hablando con dos conocidos suyos.
Oyó mencionar el nombre de los Karenin y notó que el co ronel se apresuraba a pronunciar el suyo propio, mirando in -
tencionadamente a los que hablaban.
–¡Hola Vronsky! ¿Cuándo se va a pasar por el regi miento? No podemos despedirnos de usted sin celebrarlo... Usted es uno
de los nuestros –dijo el coronel.
–No tengo tiempo. Lo siento mucho... Hablaremos otra vez –repuso Vronsky.
Y subió corriendo la escalera para dirigirse al palco de su hermano. La anciana condesa, madre de Vronsky, siempre
peinando sus ricitos de color de acero, estaba también en aquel palco. En el pasillo del primer piso, Vronsky encontró a Varia
con la princesa Sorokina.


Page No 231

Apenas divisó a su cuñado, Varia condujo a su acompa ñante al lado de su madre y, dando la mano a Vronsky, mos trando
una emoción que pocas veces había visto en ella, empezó a hablarle de lo que tanto le interesaba.
–Eso ha sido bajo y vil. Madame Kartasova no tenía derecho a... Porque madame Karenin... ––empezó Varia.
–¿Qué ha pasado? No sé nada.
–Pero, ¿no te lo han dicho?
–Comprende que debo ser lógicamente el último en enterarme.
–¿Habrá alguien más malvado que esa Kartasova?
–¿Qué ha hecho?
–Me lo contó mi marido. Ha injuriado a la Karenina. Su esposo empezó a hablar con ésta desde su palco y la Karta sova le
armó un escándalo. Cuentan que dijo en voz alta palabras ofensivas para la Karenina y salió.
–Le llama su mamá, Conde –anunció la princesa Sorokina apareciendo en la puerta del palco.
–Te esperaba –dijo su madre sonriendo con ironía–. No se te ve en ningún sitio...
Su hijo notaba que la anciana no podía reprimir una sonrisa alegre.
–Buenas noches, mamá. Venía a saludarla –dijo él, fríamente.
–¿Por qué no vas à faire la cour à madame Karenina –añadió su madre cuando la princesa Sorokina se hubo ale jado–. Elle
fait sensation. On oublie la Patti pour elle.
–Ya le he rogado, mamá, que no me hable de eso –respondió Vronsky arrugando el entrecejo.
–Digo lo que dicen todos.
Vronsky, sin responder, tras cambiar unas palabras con la princesa Sorokina, se alejó. En la puerta encontró a su hermano.
–¡Oh, Alexey! –––exclamó éste. Esa mujer es una idiota y nada más. ¡Qué asco! Precisamente ahora iba a ver a Ana. Va -
yamos juntos.
Vronsky no le escuchaba. Bajó rápidamente la escalera, comprendiendo que debía hacer algo, aunque no sabía qué.
Estaba irritado contra Ana, que se había puesto y le había puesto en aquella falsa situación, y a la vez la compadecía.
Bajó a la platea y se acercó al palco de Ana. Stremov, en pie ante el palco, hablaba con ella.
–Ya no hay tenores. Le moule en est brisé.
Vronsky saludó a Ana y a Stremov.
–Me parece que ha llegado usted tarde y se ha perdido la mejor aria –dijo ella, mirándole con ironía, según él pensó.
–Soy poco entendido ––contestó Vronsky, mirándola con gravedad.
–Como el príncipe Jachvin, que opina que la Patti canta demasiado alto –repuso Ana, sonriendo–. Gracias –añadió, tomando
con su pequeña mano cubierta por el largo guante el programa que él había cogido del suelo.
Pero, de pronto, su hermoso rostro se estremeció; se levantó y se retiró al fondo del palco.
Viendo que en el acto s iguiente el palco quedaba vacío, Vronsky, seguido por los «¡chist!» del público que escuchaba en
silencio los suaves sones de la cavatina, dejó la platea y se fue a casa.
Ana había llegado ya.
Cuando Vronsky entró en sus habitaciones, ella vestía aún el mi smo traje que en el teatro, Sentada en la butaca más cer cana
a la puerta, junto a la pared, miraba ante sí. Le vio, y al punto adoptó la postura de antes.
–¡Ana! –exclamó Vronsky.
–¡Tú tienes la culpa de todo! –gritó ella, entre lágrimas de ira y desesperación, levantándose.
–Te pedí, te rogué, que no fueras al teatro. Sabía que surgirían disgustos.
–¡Disgustos! –exclamó Ana–. Fue algo terrible. No lo olvidaré ni en la hora de mi muerte. Dijo que era deshonroso sentarse
a mi lado.
–Palabras de una estúpida –contestó Vronsky–. Pero tú no debiste arriesgarte a provocar..
–Detesto tu calma. No debías haberme conducido a esto. Si me amases...
–¿A qué viene ahora hablar de amor, Ana?
–Si me amases como te amo, si sufrieras como yo sufro... –siguió ella, mirándole con expresión de temor.
Vronsky sentía piedad y despecho a la vez.
Le aseguró que la amaba, comprendiendo que era lo único que la podía tranquilizar por el momento, y, aunque la reprochaba
en el fondo, no le dijo nada que pudiera disgustarla.
Y aquellas seguridades de amor, que, de puro triviales, le avergonzaban, Ana las oía con emoción y se calmaba poco a poco
escuchándolas.
Al día siguiente, ya completamente reconciliados, se fueron al campo, a la hacienda de los Vronsky.

SEXTA PARTE
I
Daria Alejandrovna pasaba el verano con Bus hijos en Pokrovskoe, en casa de su hermana Kitty Levina.
Como la casa de los Oblonsky estaba completamente en ruinas, Kitty y Levin convencieron a Dolly de que se instalara allí
con ellos, decisión que fue aprobada de buen grado por Esteban Arkadievich. Afirmaba éste que sentía mucho que el trabajo no
le permitiera pasar el verano con su familia, lo que habría sido para él la máxima felicidad.
Quedó, pues, en Moscú, y de vez en cuando iba al campo y pasaba allí un par de días.

Comentario: «Hacer la corte a
madame Karenina.»
Comentario: «Está causando
una gran sensación. Se olvida a la
Patti por ella.»
Comentario: « El molde se ha
roto.»


Page No 232

Además de los Oblonsky, sus niños y la institutriz, también estaba allí aquellos días la anciana princesa madre de Kitty, que
consideraba deber suyo velar por la hija inexperta que se hallaba «en aquel estado».
Estaba también con ellos Vareñka, la amiguita de Kitty en el extranjero, la cual, cumpliendo su promesa de visitarla cuando
se casase, había ido a pasar una temporada con ella. Todos eran parientes y amigos de la mujer de Levin. Y, aun que éste los
quería a todos, lamentaba que se turbase su am biente y orden habituales con aquel «elemento Scherbazky», como solía decir
para sí.
De allegados propios sólo estaba en su casa aquel verano Sergio Ivanovich, pero aun éste no tenía, en realidad, en su modo
de ser nada de los Levin, sino de los Kosnichev, de modo que el ambiente de los suyos desaparecía por completo.
En aquella casa, durante tanto tiempo desierta, había tanta gente ahora, que casi todas las habitaciones estaban ocupadas, y a
diario la anciana princesa, al sentarse a la mesa, tenía que con tar a todos y poner a comer en una mesita aparte a alguno de sus
decimosegundo o decimotercero nietos.
Kitty, que se ocupaba activamente de la casa, tenía no poco trabajo en encontrar gallinas, pavos y patos, que se consumían en
enormes cantidades dado el apetito que mostraban los invitados, y en particular los niños, aquel verano.
Durante la comida de aquel día, toda la familia estaba reunida a la mesa. Los hijos de Dolly, la institutriz y Vareñka trazaban
planes sobre los sitios donde habían de ir a buscar Betas. Sergio Ivanovich, a quien todos tenían por su sabiduría e inteligencia
un respeto rayano en adoración, sorprendió a todos interviniendo en la charla sobre las setas.
–Permítanme que les acompañe. Me gusta mucho buscar setas –dijo, mirando a V areñka–. Me parece una agradable
ocupación.
–¿Por qué no? Con mucho gusto –repuso ella ruborizándose.
Kitty cambió con Dolly una significativa mirada. Aquella proposición de Sergio Ivanovich confirmaba ciertas sospechas que
Kitty albergaba hacía algún tiempo.
Temiendo que advirtiesen su gesto, se puso a hablar en seguida con su madre.
Después de comer, Sergio Ivanovich se sentó ante su taza de café junto a la ventana del salón, continuando la charla ini ciada
con su hermano y, mirando de vez en cuando hacia la puerta por la que habían de pasar los niños al salir de excursión. Levin se
había instalado en el alféizar de la ventana, junto a él.
Kitty, en pie cerca de su marido, esperaba el momento de que cesase aquella conversación, que le interesaba poco, para
decirle unas palabras.
–Has mejorado mucho desde que te casaste –empezó Sergio Ivanovich, mirando a Kitty con una sonrisa y evidente mente
poco interesado en el coloquio con su hermano, aunque siguiera fiel a su pasión de discutir las cosas más paradójicas.
–No te conviene para la salud estar de pie, Katia –le dijo su marido, acercándole una silla y mirándola significativamente.
–Es verdad. Mas yo debo dejaros –dijo Sergio Ivanovich, viendo que los niños salían corriendo, con gran algazara.
Tania, con sus medias muy estiradas, agitando el cesto y el sombrero de Sergio Ivanovich, se precipitó rápidamente hacia
éste.
Una vez junto a él, con atrevimiento, brillándole los ojos, tan parecidos a los hermosos ojos de su padre, la niña alargó el
sombrero a Sergio Ivanovich y fue a ponérselo ella misma, suavizando su audacia con una sonrisa tímida y dulce.
–Vareñka espera –dijo, poniéndole cuidadosamente el sombrero al leer en la mirada de Sergio Ivanovich que se lo permitía.
Vareñka se hallaba en la puerta vistiendo un trajecito de algodón amarillo, con un pañuelo blanco a la cabeza.
–Ya voy, Bárbara Andrievna –––dijo Sergio, terminando la taza de café y echándose al bolsillo el pañuelo y la pitillera.
–¡Cuán encantadora es mi Vareñka! ––dijo Kitty a su ma rido, apenas se levantó Sergio Ivanovich, y de modo que éste lo
pudiese oír.
–¡Qué hermosa es, qué notablemente bella! ¡Vareñka! –llamó Kitty–. ¿Estaréis en el bosque del molino? Iremos allí luego...
–Olvidas tu estado por completo, Kitty –dijo la anciana princesa cruzando la puerta con precipitación–. ¡No grites tanto!
Vareñka, al oír la voz de Kitty y la reprensión de la madre, se acercó rápidamente a aquélla. La ligereza de sus movi mientos,
los colores que cubrían su animado rostro, todo denotaba en ella un estado de espíritu excepcional.
Kitty, que sabía bien la causa de ello y lo observaba con interés, no la había llamado ahora sino para bendecirla mentalmente
por el importante hecho que, a su juicio, debía suceder hoy, después de comer, en el bosque.
Le dijo, pues, en voz baja:
–Vareñka, sería muy feliz si sucediera una cosa.
–¿Vendrá usted con nosotros? –dijo Vareñka a Levin, conmovida y fingiendo no haber oído a Kitty.
–Iré hasta la era y me quedaré allí.
–¿Para qué necesitas ir a la era? –preguntó su mujer.
–Para ver los furgones nuevos y revisarlos –dijo Levin–. Y tú, Kitty, ¿dónde estarás?
–En la terraza.

II
Toda la sociedad femenina estaba reunida en la terraza.
En general, les gustaba sentarse allí, pero hoy tenían, por otra parte, una tarea concreta. Además de la costura de cami sitas,
faldones y mantillas en que estaban ocupadas todas, te nían que hervir la confitura por un método ignorado por Aga fia
Mijailovna, es decir, sin añadir agua.
Agafia Mijailovna, encargada hasta entonces de aquel menester, convencida de que lo que se hacía en casa de Levin no
podía hacerse mejor, había, a escondidas, aguado las fresas y fresones, segura de que no podía prepararse de otro modo.


Page No 233

La habían sorprendido en esta operación y ahora se hacía la preparació n en presencia de todos, y a fin de que la vieja criada
se convenciera de que también la confitura sin agua resultaba excelente.
Agafia Mijailovna, con el rostro encarnado y afligido, los cabellos revueltos y los delgados brazos descubiertos hasta el
codo, hacía girar lentamente la cacerola sobre el hornillo y miraba tristemente las fresas, deseando con toda su alma que
quedaran duras y no se pudiesen comer.
La anciana princesa, comprendiendo que en ella, autora principal de aquella innovación, se centraba el enojo de Aga fia
Mijailovna, fingía estar ocupada en otras cosas y no intere sarse por las fresas, y hablaba de asuntos indiferentes con sus hijos,
pero no apartaba la vista del fogón.
–Siempre compro yo misma los vestidos para las mucha chas cuando ha y saldos en las tiendas –decía la Princesa,
continuando la conversación iniciada.
Y añadió, dirigiéndose a Agafia:
–¿No cree usted que conviene espumarlo ahora, querida? No lo hagas tú, Kitty; hace demasiado calor junto al hornillo.
–Yo lo haré –dijo Dolly.
Y, levantándose, comenzó a pasar la cuchara sobre la es puma del azúcar, dando de vez en cuando golpecitos con la cuchara
y desprendiendo lo que se había pegado en ella en un plato, ya cubierto por una espuma de tono amarillo rosado, bajo la que
corría la melaza color de sangre.
«¡Con cuánto gusto tomarán esto mis niños, después, a la hora del té!», pensaba Dolly, recordando que a ella de niña le
extrañaba que a las personas mayores no les gustara lo mejor: lo que se espumaba al hacer las confituras.
–Stiva dice que lo mejor es regalarles dinero –manifestó en voz alta, siguiendo la interesante conversación acerca de lo que
era mejor regalar a los criados.
–¿Es posible? ¡Dinero! ––exclamaron a la vez la Princesa y Kitty–. Lo que ellos aprecian más es un regalo...
–Yo, por ejemplo, compré el año pasado a nuestra Ma trena Semenovna un vestido que no era de popelín, pero sí muy
parecido –añadió la Princesa.
–Ya me acuerdo. Lo llevaba el día del santo de usted.
–Un modelo encantador, con un dibujo sencillo y fin o... De no llevarlo ella, me habría encargado uno igual para mí. Es
bonito y no cuesta caro; es del estilo del de Vareñka.
–Creo que ya está –dijo Dolly, dejando deslizar el jarabe de la cuchara.
–Cuando empieza a caer en grumos, ya está a punto... Habrá que hervirlo un poco más, Agafia Mijailovna.
–¡Qué moscas tan pesadas! –exclamó Agafia–. Sí, sí, parece que resulta lo mismo...
–¡Qué bonito es; no lo espantéis! –exclamó de pronto Kitty, mirando un gorrión que se había posado en la balaustrada y que,
alcanzando un fresón, había empezado a picarlo.
–No te acerques tanto al hornillo –insistió su madre.
À propos de Vareñka –dijo Kitty, hablando en francés, como hacían siempre cuando querían que Agafia Mijailovna no les
entendiese–, no sé por qué me parece, mamá, que hoy va a decidirse algo. Ya sabe usted a lo que me refiero. ¡Cuánto me
alegraría!
–¡Vaya casamentera –dijo Dolly–, ¡Y con cuánta habilidad y prudencia arregla sus entrevistas!
–Dígame lo que opina, mamá.
–¿Qué voy a opinar? Él –por «él» sobreent endían siempre a Sergio Ivanovich – puede aspirar al mejor partido de Rusia.
Aunque ya no es muy joven, todavía muchas le aceptarían con gusto. Vareñka es muy buena, pero él podía...
–Creo que es imposible imaginar una mejor que ella. Primero, porque es encantadora... –empezó Kitty, doblando un dedo.
–Desde luego a él le gusta mucho. Eso es verdad –confirmó Dolly.
–Además él goza en el gran mundo de una situación que le permite casarse con quien quiera, dejando de lado conside -
raciones de fortuna y de posición. Sólo necesita una cosa: una esposa buena, simpática, tranquila...
–Desde luego, con ella puede uno vivir muy tranquilo –afrmó Dolly.
–En tercer lugar, ella le amará. No hay que olvidar esto. Así que todo irá bien. Espero que cuando vuelvan del bosq ue esté
todo arreglado. Lo veré en seguida en sus ojos. ¡Cuánto me alegraré! ¿Qué piensas tú, Dolly?
–No te excites tanto; no te conviene –dijo su madre.
–No me excito, mamá. Me parece que él se declarará hoy.
–¡Es tan extraño el momento que suelen elegir los hombres para declararse! Siempre se atienen a un límite, que luego
rompen de pronto ––dijo Dolly, pensativa, sonriendo al recordar sus relaciones con Esteban Arkadievich.
–¿Cómo se te declaró a ti papá? –preguntó de repente Kitty a su madre.
–No hubo nada de extraordinario. Fue la cosa más natural del mundo ––contestó la Princesa.
Pero su rostro se iluminaba al recordarlo.
–Bien, pero ¿cómo? ¿Le quería usted antes de que le dejaran hablar con él?
Kitty experimentaba un placer especial pudiendo hablar con su madre de igual a igual de estas cosas esenciales en la vida de
una mujer.
–Claro que él me quería. Iba a vemos al pueblo donde teníamos la propiedad...
–Pero, ¿cómo se decidió la cosa, mamá?
–¿Creéis haber inventado vosotras algo nuevo? Siempre ha sido igual. La cosa se decide con miradas, con sonrisas.
–¡Qué bien se explica usted, mamá!
–Precisamente con miradas y sonrisas ––confirmó Dolly.
–¿Qué le decía él?
–¿Y qué te decía a ti Kostia?


Page No 234

–Me lo escribía con tiza. ¡Es maravilloso! ¡Oh, cuánto tiempo me parece haber transcurrido ya desde entonces!
Y las tres mujeres quedaron silenciosas pensando en lo mismo.
Kitty fue la primera en romper el silencio. Recordó el invierno anterior a su boda y su pasión por Vronsky.
–¡Aquel primer amor de Vareñka! –dijo, recordándolo por natural asociación de ideas –. Quisiera hablar con Sergio
Ivanovich, prepararle... Todos los hombres tienen tantos celos de nuestro pasado, que...
–No todos –repuso Dolly–. Tú lo crees así por tu ma rido. Estoy segura de que está todav ía atormentado por el re cuerdo de
Vronsky.
–Cierto –contestó Kitty, con pensativa mirada, sonriendo.
–¡No sé en qué puede inquietarle tu pasado! –––exclamo la Princesa, pronta a la susceptibilidad, apenas su vigilancia ma -
ternal parecía ser puesta en duda–. ¿Que Vronsky te hacía la corte? Eso les pasa a todas las jóvenes.
–No es eso a lo que nos referíamos –repuso Kitty ruborizándose.
–Espera –continuó su madre–. Tú misma no quisiste dejarme hablar con Vronsky. ¿Te acuerdas?
–¡Oh, mamá! –––dijo Kitty con apenada expresión.
–¿Quién puede deteneros en estos tiempos?... Vuestras re laciones no podían pasar de ciertos límites. En caso contrario, yo
misma le habría detenido. Por otra parte, no debes excitarse... Haz el favor de recordar con calma y tranquilid ad cómo pasaron
las cosas...
–Estoy del todo tranquila, mamá.
Dolly sugirió:
–¡Qué conveniente fue para Kitty que Ana llegara entonces! ¡Y qué lamentable para Ana! Precisamente pasó lo contrario de
lo que parecía –añadió, sorprendida de su pensamiento –. ¡Qué feliz se consideraba Ana entonces y qué desgraciada Kitty! Y
todo ha resultado al revés... Yo pienso mucho en Ana.
–No se lo merece. Es una mujer perversa, odiosa, sin corazón –dijo la madre, incapaz de olvidar que Kitty, por culpa de ella,
se había casado con Levin y no con Vronsky.
–¿A qué hablar de todo eso? –repuso Kitty enojada –––. Yo no pienso en ello, ni quiero pensar. No, no quiero pensar –
repitió.
Y prestó oído a los pasos, tan conocidos, de su esposo, que subía la escalera.
–¿De qué hablaban y a qué viene ese «no quiero pensar»? –preguntó Levin entrando en la terraza.
Pero nadie contestó y él no insistió en la pregunta.
–Siento haber perturbado este reino femenino –dijo Levin, mirándolas a todas involuntariamente y comprendiendo que ha -
blaban de algo de lo que no habrían hablado en su presencia.
Por un momento pareció compartir los sentimientos de Agafia Mijailovna, su descontento porque no hiciesen la con fitura
con agua, y de un modo general por la influencia de los Scherbazky.
No obstante, sonrió y se acercó a su mujer.
–¿Qué tal? –preguntó, mirándola con la misma expresión con que actualmente la miraban todos.
–Estoy muy bien –––contestó Kitty, sonriendo–. ¿Y tú?
–Los furgones que han llegado cargan tres veces más que los carros. ¿Vamos a bu scar a los niños? He ordenado que en -
ganchen.
–¿Cómo quieres que Kitty vaya en la tartana? –dijo la madre con reproche.
–Iremos al paso, Princesa.
Levin nunca trataba a su suegra de mamá, como todos los yernos, lo que desagradaba a la Princesa. Pero él, au nque la quería
y respetaba como ninguno, no podía decidirse a ha cerlo, porque con ello le habría parecido profanar el recuerdo de su madre
difunta.
–Venga con nosotros, mamá –dijo Kitty.
–No quiero ser testigo de esas imprudencias.
–Pues iré a pie. Me sentará bien –y Kitty, levantándose, se acercó a su esposo y tomó su brazo.
–Te sentará bien, pero todo tiene sus límites.
–¿Ya está hecha la confitura? –preguntó Levin, son riendo, a Agafia Mijailovna y queriendo ponerla de buen hu mor–.
¿Resulta bien por el nuevo método?
–Parece que sí. Para nosotros, está demasiado hervida.
–Así resulta mejor, Agaîia Mijailovna, porque no se pon drá agria. Si no, como no tenemos hielo, no habría donde guardarla
–dijo Kitty, comprendiendo en seguida el intento de su marido y procurando también calmar a la vieja –. En cambio, sus
conservas saladas son tan buenas que mamá dice que no las ha comido iguales en ninguna parte.
Y, sonriendo, arregló la pañoleta de la anciana.
Agafia Mijailovna miró a Kitty con cierto enfado.
–No trate de consolarme, señorita. Me basta verla a usted con él para sentirme contenta.
Aquella brusca expresión: «con él», conmovió a Kitty.
–Venga a buscar setas con nosotros y nos enseñará dónde las hay.
Agafia Mijailovna sonrió y movió la cabeza como diciendo: «Quisiera enfadarme con usted, pero es imposible» .
–Haga el favor de hacer lo que voy a aconsejarle –dijo la Princesa–. Encima de cada pote ponga un papel empapado en ron.
Así, aunque le falte hielo, nunca se echará a perder la confitura.

III


Page No 235

Kitty se alegró de quedar sola con su marido, porque en el rostro de él, que reflejaba tan vivamente todos sus sentimientos,
vio una sombra de tristeza en el momento en que, entrando en la terraza, le preguntó de qué habían hablado y ella no contestó.
Cuando, marchando ante todos, a pie, perdieron de vista la casa y salieron al camino polvoriento, llano, cubierto de espigas y
granos de centeno, ella se apoyó más en el brazo de su esposo y le apretó contra sí.
Levin olvidó la reciente impresión desagradable y, a solas con Kitty, el recuerdo de cuyo estado no le abandonaba ja más,
experimentó una vez más el sentimiento, alegre y puro, de hallarse próximo a la mujer querida.
No tenía de qué hablarle, pero deseaba oír el sonido de su voz, que había cambiado durante su embarazo.
En su voz y en sus ojos había ahora la dulzura y la gravedad de las personas concentradas en una ocupación que les es grata.
–¿No te cansarás? Apóyate más en mi brazo –dijo Levin.
–No me canso. Me alegro de estar a solas contigo. Aun que me sie nto a gusto con los demás, añoro nuestras veladas
invemales en que quedábamos los dos solos...
–Entonces estábamos bien y ahora mejor. Las dos cosas son excelentes –repuso Levin apretándole el brazo.
–¿Sabes de lo que hablábamos cuando llegaste?
–¿De la confitura?
–De eso y de cómo suelen declararse los hombres.
–Ya –dijo Levin.
Escuchaba más el sonido de la voz de Kitty que las palabras que le decía, pensando siempre en el camino que iba al bosque y
evitando los sitios en que Kitty pudiera dar un mal paso.
–Hablábamos de Sergio Ivanovich y de Vareñka. ¿Te has dado cuenta de que... Yo deseo vivamente... –continuó ella–. ¿Qué
te parece?
Y Kitty le miró a la cara.
–No sé qué pensar. Sergio, en ese sentido, me resulta muy raro. Ya lo he referido...
–Sí, que estuvo enamorado de una muchacha que murió.
–Cierto. Eso sucedió siendo yo niño. Y lo sé porque me lo contaron. Me acuerdo bien de cómo era en aquella época: un
hombre apuesto y atrayente. Desde entonces le veo cómo procede con las mujeres. Se muestra amable con ellas, incluso le
gustan algunas... pero las considera personas, no mujeres concretamente. Ya me entiendes...
–Ahora, con Vareñka, parece, sin embargo, que es diferente...
–Quizá. Pero es preciso conocerle. Es un hombre muy extraño. Sólo vive una vida espiritual. Tiene un alma demasiado pura
y elevada.
–¿En qué puede rebajarle ese sentimiento?
–No le rebajaría. Pero él está habituado a llevar una existencia puramente espiritual; no sabría reconciliarse con la realidad, y
Vareñka, al fin y al cabo, es una realidad...
Levin se había acostumbrado ahora a expresar directa mente sus pensamientos sin tomarse el trabajo de revestirlos de
palabras precisas. Sabía que su mujer, en momentos como éste, le entendía con medias palabras.
Y Kitty, en efecto, le comprendió.
–Oh, no, Vareñka pertenece más a la vida espiritual que a la real. No es como yo. Comprendo que una mujer como yo no
puede gustarle a tu hermano.
–No, él te quiere mucho y a mí me es muy grato que los míos te quieran.
–Sí, es muy bueno conmigo, pero...
–Pero no como el difunto Nikoleñka. Llegasteis a quere ros mucho –concluyó Levin. Y añadió–: ¿Por qué no confesarlo? A
veces me reprocho al pensar que acabaré olvidán dole. ¡Qué hombre tan admirable y tan terrible era mi hermano Nicolás! Sí...
Y ¿de qué hablábamos? –preguntó tras un silencio.
–Entonces, ¿crees que él no puede enamorarse? –insistió Kitty, traduciendo a su idioma las palabras de Levin.
–No es que no pueda enamorarse –repuso él sonriendo–. Pero no es lo bastante débil para... Siempre l e he envidiado; hasta
ahora, que soy feliz, le envidio.
–¿Le envidias que no sea capaz de enamorarse?
–Le envidio porque vale más que yo –contestó Levin sonriendo–. No vive más que para sí. Toda su vida obedece al deber. Y
por eso puede estar siempre tranquilo y contento,
–¿Y tú no? –dijo Kitty con sonrisa irónica y afectuosa. No habría podido decir qué camino seguían sus pensamien tos para
llevarla a sonreír, pero consideraba que su marido, al elogiar de aquel modo a su hermano y rebajarse tanto él no era sincero.
Sabía que esta falta de sinceridad procedía del ca riño a su hermano, de una especie de vergüenza de ser dema siado feliz y,
sobre todo, de su deseo constante de ser mejor.
–¿Así que tú estás descontento? –insistió, con la misma sonrisa, feliz de descubrir en él aquellos sentimientos.
La incredulidad de ella respecto a su satisfacción alegraba a Levin, porque involuntariamente le obligaba a exponer las
causa

Comentarios