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sábado, 26 de mayo de 2007
A1 fin una señora, mirando el reloj, dijo:
-Esto es muy extraño.
Todos los i nvitados, inquietos, empezaron a expresar en alta voz su descontento y sorpresa. Uno de los testigos salió a
enterarse de lo que pasaba.
Entre tanto, Kitty vestida con su traje blanco, su largo velo y su corona de flores de azahar, acompañada de la madrina de
boda y de su hermana Lvova, estaba en la sala de casa de los Scherbazky y miraba por la ventana aguardando en vano desde
hacía media hora el aviso de su testigo de boda de que el novio había llegado a la iglesia.
Por su parte, Levin, con los pantalones puestos, pero sin cha leco ni frac, paseaba de una parte a otra por su habitación del
hotel asomándose sin cesar a la puerta y mirando el pasillo. Pero en el pasillo no aparecía aquel a quien esperaba, y había de
volver, desesperado, a la alcoba, agitando los brazos y dirigiéndose a Esteban Arkadievich, que fumaba tranquilamente.
-¿Habrá habido alguna vez hombre en tan necia situación? --decía Levin.
-Sí, es bastante necia --convenía Oblonsky, sonriendo con suavidad-. Pero cálmate; lo la traerán ahora mismo.
-¡Oh! --exclamaba Levin, con ira contenida -. ¡Y estos absurdos chalecos, tan abiertos! ¡Es imposible! -decía, mirando la
pechera arrugada de su camisa -. ¿Y qué hacemos si se han llevado ya los equipajes a la estación del ferrocarril? --exclamaba
exasperado.


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-Entonces te pondrás la mía.
-¡Ya podíamos haberlo hecho hace tiempo!
-No conviene dar motivo de burla. Cálmate, todo se arreglará.
Había sucedido que, cuando Levin llamó a Kusmá para que le ayudase a vestirse, el viejo criado le llevó el frac, ch aleco y lo
demás necesario excepto la camisa.
–¿Y la camisa? –preguntó Levin.
–La lleva usted puesta –contestó Kusmá con tranquila sonrisa.
Kusmá no había tenido la previsión de preparar una camisa limpia y, al recibir orden de arreglar las cosas y mandarlas a casa
de los Scherbazky, de la que los recién casados saldrían aquella misma noche, lo cumplió a la letra, colocándolo todo en las
maletas menos el traje de frac.
La camisa que Levin llevaba desde por la mañana estaba arrugada y era imposible emplearla en la boda, dada la moda
reinante de los chalecos abiertos. Pensaba mandar a buscar una en casa de los Scherbazky, pero tuvieron que desistir de ello en
vista de lo lejos que vivían.
Mandaron, pues, a comprar una camisa, pero el criado volvió al cabo de un momento diciendo que, por ser domingo, estaban
cerradas todas las tiendas.
Fueron a casa de Esteban Arkadievich, pero trajeron una camisa muy ancha y corta, con lo que, al fin, no les quedó otra
solución que mandar a casa de los Scherbazky a que abrieran los baúles.
Y, mientras esperaban al novio en la iglesia, él, como una fiera enjaulada, paseaba por la habitación, se asomaba al pasi llo y
recordaba con horror y desesperación lo que había dicho a Kitty y lo que ella podía pensar ahora.
Al fin, el culpable Kusmá entró en la habitación, casi sin aliento, trayendo la camisa.
–Por poco no la alcanzo. Estaban ya poniendo las cosas en el carro –dijo.
Tres minutos después, sin mirar el reloj para no irritar aún más la herida, Levin se halló corriendo por el pasillo.
–Con correr ya no ganas nada –decía Esteban Arkadievich, siguiéndole sin precipitarse y sonriendo–. Te aseguro que todo se
arreglará, todo...

IV
–¡Ya han llegado! –¡Ya están! –¿Quién es? –¿Aquél, el más joven? –Y ella, la pobrecita está más muert a que viva... –Estas
exclamaciones brotaban de la multitud, cuando Levin, uniéndose a la novia en la entrada, penetró con ella en la iglesia.
Esteban Arkadievich contó a su mujer la causa del retraso. Los invitados sonreían, haciendo comentarios a media vo z. Levin
no veía a nadie ni nada. Miraba a su novia sin apartar los ojos de ella.
Todos afirmaban que la joven estaba muy desmejorada desde estos últimos días, y que con la corona estaba menos bella que
de costumbre, pero Levin no lo creía así.
Miraba el alto peinado de Kitty, con su largo velo blanco, con blancas flores; miraba la alta gorguera que, con singular gracia
virginal, cubría los lados de la garganta, dejando al des cubierto la parte delantera; miraba su cintura finísima y le pa recía su
novia más hermosa que nunca, no porque las flores, el velo y el vestido traído de París añadieran nada a su be lleza, sino
porque, pese al artificial esplendor de su atavío, la expresión de su querido rostro, de su mirada, de sus labios, era la misma
ingenua sinceridad de siempre.
–Empezaba ya a creer que te habías escapado –dijo Kitty sonriéndole.
–Me ha pasado una cosa tan necia que me avergüenza referírtela –dijo él.
Y se dirigió a Sergio Ivanovich, que se le acercaba.
–¡Vaya una historia esa de la camisa! –dijo éste a su hermano, moviendo la cabeza y sonriendo.
–Sí, sí –contestó Levin sin comprender lo que le decían.
–Hay que tomar una decisión, Kostia –intervino Esteban Arkadievich, con aire de fingida preocupación– acerca de un asunto
muy importante. Me preguntan si encienden cirios nuevos o ya quemados.
Y, plegando los labios en una sonrisa, añadió:
–La diferencia es de diez rublos. Yo he resuelto ya, pero temo que no estés conforme...
Levin, comprendiendo que se trataba de una broma, sonrió.
–Ea, ¿quemados o no? Es cosa muy importante.
–Sí, sí, nuevos...
–¡Oh, encantados! ¡Cosa resuelta! –dijo, sonriendo, Oblonsky–. Pero ¡cómo se atonta la gente en estos casos! –comentó,
dirigiéndose a Chirikov, mientras Levin le miraba desconcertado y se volvía hacia su novia.
–Pon atención en ser la primera en pisar la alfombra, Kitty –aconsejó la condesa Nordson acercándose–. ¡Vaya unas bromas
que gasta usted! –afirmó dirigiéndose a Levin.
–¿Estás muy impresionada? –preguntó María Dmitrievna, la anciana tía.
–¿Sientes frío? Estás pálida... Aguarda; inclínate un poco ––dijo Lvova, la hermana de Kitty.
Y, con un ademán circular de sus hermosos y redondos bra zos, arregló las flores de la cabeza de la novia y la miró son -
riendo.
Dolly, se acercó, quiso decir algo, pero no pu do pronunciar ni una palabra, y se puso a llorar, y en seguida después rió,
aunque sin naturalidad.
Kitty contemplaba a todos con los mismos ojos abstraídos de Levin.
Entre tanto, los clérigos se revestían con sus hábitos sacer dotales, y el sacerdote, aco mpañado por el diácono, salieron al
analoy, levantado en el atrio de la iglesia, mientras aquél se dirigió a Levin y le dijo algo que éste no entendió.


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–Dé usted la mano a la novia y condúzcala al altar –le dijo el testigo.
Levin, durante un momento, no pu do entender lo que le in dicaban que hiciera. O bien cogía a Kitty con la mano que no
debía, o le tomaba la izquierda en vez de la derecha.
Sus amigos, que le corregían constantemente, viendo que sus indicaciones resultaban inútiles, estaban ya por dejar q ue se las
compusiera como mejor supiera cuando él com prendió finalmente que tenía que coger la de la novia sin cam biar de posición.
Entonces el sacerdote dio algunos pasos ante ellos y se detuvo frente al analoy.
Los parientes y conocidos les siguieron, entre cuchicheos y rumor de roces de vestidos.
Alguien, agachándose, arregló la cola del traje de la novia. Luego se hizo en la iglesia tal silencio que se sentía hasta el caer
de las gotas de cera de los cirios.
El sacerdote, un anciano, con el solideo, c on los mechones de plata de sus cabellos peinados tras ambas orejas, sacando sus
menudas manos arrugadas de la pesada casulla recamada de plata con una cruz dorada en la espalda, cambiaba la dispo sición
de algunos objetos en el analoy.
Esteban Arkadievich se acercó al sacerdote, le habló en voz baja y, guiñando un ojo a Levin, retrocedió de nuevo.
El sacerdote –que era el mismo que había confesado a Le vin–, encendió dos cirios ornados con flores, manteniéndo los
inclinados en la mano izquierda, de modo que la cera fuese cayendo en gotas lentamente, y se volvió hacia los novios. Después
de mirarles con ojos tristes y cansados, suspiró y, sa cando la mano derecha de la casulla, bendijo al novio, y del mismo modo,
pero con cierta blanda dulzura, puso los dedo s doblados para la bendición sobre la cabeza de Kitty. En se guida les ofreció los
cirios encendidos y, tomando el incensario, se alejó de ellos con pasos mesurados.
«¿Es posible que todo esto sea verdad?», se dijo Levin mirando a su novia.
La veía de perfil algo desde arriba y por el apenas percepti ble movimiento de sus labios y de sus pestañas comprendió que
ella sentía su mirada. Kitty no volvió la vista pero su gorguera arrugada se levantó un tanto hacia su pequeña oreja sonrosada, y
Levin, en este movimiento apenas perceptible, creyó adivinar el suspiro ahogado en el pecho de Kitty, y vio tem blar su
manecita cubierta con el largo guante.
Su inquietud por lo sucedido con la camisa, las conversa ciones con parientes y amigos, el descontento de su ri dícula
situación, todo desapareció en un momento, y experimentó, a la vez, temor y alegría.
El arcediano, alto y arrogante, con una dalmática de bro cado de plata, bien peinados los rizos que ornaban su cabeza, se
adelantó decididamente y, levantando el horario entre los dedos con un ademán familiar, se detuvo ante el sacerdote.
–¡Bendícenos, padre!
Y su voz resonó solemne, lenta, agitando las capas del aire. –Bendito sea Dios, Nuestro Señor, por los siglos de los si glos –
contestó el anciano sacerdote con voz suave y melodiosa sin dejar de arreglar los objetos en el analoy.
Y, llenando toda la iglesia desde los ventanales hasta las bóvedas, el acorde del coro invisible se elevó, armonioso y amplio,
creció, se detuvo un momento y luego se apagó suavemente:
Como siempre, se oró por la paz de todos, por la salvación, por el Sínodo, por el Zar y por los siervos de Dios, Constantino y
Catalina, que iban a casarse.
Parecía que la iglésia toda retumbara y lanzara hacia el cielo la voz del arcediano:
–Oremos porque Dios les conceda un amor perfecto y tranquilo y no los abandone jamás.
Levin escuchaba con sorpresa aquellas palabras.
«¿Cómo han adivinado que lo que necesito es precisamente la ayuda de Dios?», pensaba recordando sus temores y dudas
recientes. «¿Qué s é ni qué puedo hacer, si me falta esa ayuda en esta terrible preocupación? Sí, la ayuda divina es lo que
necesito ahora ...»
Cuando el arcediano concluyó la oración, el sacerdote se dirigió a los desposados.
«Dios eterno, que uniste a los que estaban separ ados», leía en su libro, con voz blanda y melodiosa, «que les diste la unión
del amor indestructible, que otorgaste tu bendición a Isaac y Rebeca, como lo hemos leído en los libros santos. Bendice a tus
siervos Constantino y Catalina y condúcelos por el se ndero del bien, y derrama sobre ellos los benefi cios de tu misericordia y
tu bondad. Alabados sean el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos.»
«¡Amén!» llenaron de nuevo el aire las voces del coro.
«Unió a los que estaban s eparados y les dio la unión del amor indestructible... ¡Qué profunda significación tienen es tas
palabras y en qué armonía están con mis sentimientos de este momento» , pensaba Levin. «¿Sentirá ella lo que siento yo?»
Volviéndose, encontró la mirada de su novia, y por su ex presión le pareció que sí lo sentía. Pero se engañaba. Kitty no
comprendía apenas las palabras de la oración, ni casi las escu chaba. No podía escucharlas ni entenderlas por el inmenso
sentimiento de alegría que llenaba su alma con creci ente intensidad, alegría de ver realizarse plenamente lo que hacía mes y
medio estaba consumado en su alma; lo que durante aquellas seis semanas había constituido su gozo y su tortura.
Su alma, aquel día en que con su vestido castaño, en la sala de la cas a de la calle Arbat, se acercara a Levin ofreciéndosele
sin decir nada; su alma, aquel día y en aquel momento, rom pió con todo el pasado a inició una vida nueva, desconocida para
ella, a pesar de que su vida continuaba, en apariencia, la misma de siempre.
Aquellas seis semanas fueron la época más dichosa y más atormentada de su vida. Y toda ella, sus anhelos y sus espe ranzas
se concentraban en aquel hombre a quien aún no com prendía, al que le unía un sentimiento menos comprensible aún que el
hombre en sí, un sentimiento que ora la repelía ora la atraía y le inspiraba una completa indiferencia hacia su vida anterior: las
cosas, las costumbres, las personas que antes la querían como ahora y a quienes ella quería también; indife rencia hacia su
madre, entristecida por aquel sentimiento, hacia su querido padre, tan bueno, a quien antes amara más que a nada en el mundo.
Y Kitty pasaba de asustarse de tal indiferencia a alegrarse de la causa que la motivaba. No podía pensar ni desear nada fuera
de su vida con aquel hombre.


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Pero aquella nueva vida no había llegado aún y ni siquiera se la imaginaba con claridad. Sólo existía la espera, el temor y la
alegría de algo nuevo y desconocido.
Ahora, la espera, lo desconocido y el dolor de renunciar a su vida pasada, todo iba a acabar para empezar lo nuevo. Lo nuevo
no podía, sin embargo, dejar de despertar en ella un cierto temor, por lo que tenía de ignorado, pero fuese como fuese, ahora en
su alma no se verificaba más que la consagración de lo que hacía ya seis semanas se había realizado en ella.
Volviéndose al analoy, el sacerdote tomó con dificultad el pequeño anillo de Kitty y, pidiendo la mano a Levin, le co locó el
anillo sobre la primera falange. ,
–El siervo de Dios Constantino se une con la sierva de Dios Catalina.
Y, poniendo el anillo grande en el dedo de Kitty, un dedo pequeño y sonrosado de una increíble fragilidad, el sacerdote
repitió las mismas palabras.
A pesar de sus esfuerzos los contrayentes no conseguían nunca adivinar lo que tenían que hacer. Cada ve z se equivocaban y
el sacerdote se veía obligado a cada momento a corregirles.
Al fin, una vez hecho lo necesario y trazadas las cruces con los anillos, el sacerdote entregó a Kitty el anillo grande y a Levin
el pequeño. Ellos volvieron a confundirse y por dos veces se entregaron mutuamente los anillos, siempre al contra rio de como
lo debían hacer.
Dolly, Chirikov y Esteban Arkadievich se adelantaron para corregirles. Hubo un poco de confusión, la gente cuchicheaba y
sonreía, pero la solemnidad y la hum ilde expresión de los rostros de los novios no se modificaron. Por el contrario, al
equivocarse de mano, los dos miraban con mayor gravedad que antes, y la sonrisa con la que Oblonsky anunció que cada uno
debía ponerse su propio anillo, expiró involuntaria mente en sus labios, comprendiendo que cualquier sonrisa podía ser una
ofensa para los desposados.
–¡Oh, Dios! que desde el principio creaste al hombre –leía el sacerdote después de cambiar los anillos – y le has dado a la
mujer por compañera para la continuación del género humano. Tú, Dios y Señor Nuestro, que enviaste tu verdad a tus siervos,
a nuestros padres, elegidos por ti de generación en generación para conservarla y obedecerte. Dígnate mirar a tus siervos
Constantino y Catalina y santifica sus desposorios en una misma fe y un mismo pensamiento de concordia y de amor.
Levin tenía cada vez más clara la sensación de que todo lo que había pensado sobre el matrimonio, sus sueños sobre la
manera en que organizaría su vida eran cosas pueriles, y que esta n ueva situación de ahora no la había comprendido jamás, y a
la sazón la comprendía menos que nunca.
Sentía en su pecho una opresión más viva por momentos, y las lágrimas afluyeron a sus ojos contra su voluntad.

V
En la iglesia estaban todos los parientes y conocidos, todo Moscú.
Durante la ceremonia, bajo la clara iluminación de la iglesia, en el grupo de señoras y señoritas elegantemente ataviadas y de
hombres con corbata blanca, fraques o uniformes, no cesaba de oírse un continuo murmullo, discretament e sostenido en voz
baja, iniciado en su mayor parte por los hombres, mientras las mujeres preferían observar los detalles de ese acto religioso que
siempre despierta en ellas tan vivo interés.
En el grupo más próximo a la novia estaban sus dos herma nas. Dolly, la mayor, y la bella y serena Lvova llegada del ex -
tranjero.
–¿Por qué Mary va de color lila, casi de negro, en una boda? –preguntó la Korsunskaya.
–Es el único color que va bien con el de su cara –contestó la Drubeskaya–. Me extraña que celebren la boda por la noche. Es
costumbre de comerciantes.
–Es más hermoso. Yo también me casé por la noche –repuso la Korsunskaya suspirando al recordar lo bella que estaba aquel
día, lo ridículamente enamorado de ella que estaba entonces su marido y lo distinto que era todo ahora.
–Dicen que quien es testigo de boda más de diez veces ya no se casa. Quise serlo ahora por décima vez para asegurarme,
pero ya estaba ocupado el puesto –afirmó el conde Siniavin a la linda princesa Charskaya, que alimentaba ilusiones con
respecto a él.
Esta contestó sólo con una sonrisa. Miraba a Kitty pensando en el momento en que ella estuviera con el conde Siniavin como
ahora Kitty y calculando de qué modo recordaría al Conde su broma.
Scherbazky decía a la Nicolaeva, la antigua d ama de honor de la Emperatriz, que él estaba resuelto a colocar la corona
nupcial sobre el peinado de Kitty para que fuera feliz.
–No tenía que haberse puesto postizos. No me gusta ese fasto –replicó la Nicolaeva, bien resuelta a casarse con boda sencilla
si el viejo viudo a quien perseguía hacía tiempo se decidía a unirse con ella.
Sergio Ivanovich decía a Daria Dmitrievna, en broma, que la costumbre de emprender un viaje después de la boda se
imponía por esa vergüenza que siempre experimentan los recién casados.
–Su hermano puede estar orgulloso. La novia es muy hermosa. ¿No le envidia usted?
–Ya he pasado por ese sentimiento, Daria Dmitrievna –repuso Sergio Ivanovich.
Y su rostro adoptó inesperadamente una expresión severa y melancólica.
Oblonsky relataba a su cuñada una anécdota sobre un divorcio.
–Tenemos que arreglar la corona de flores –repuso ella sin escucharle.
–Es lástima que Kitty haya perdido tanto –decía la condesa Nordston a Lvova–. ¿Verdad que, de todos modos, él no merece
ni un dedo de tu hermana?
–A mí él me gusta mucho –contestó Lvova–. No porque sea ya mi futuro beau frére. Vea con qué naturalidad se mueve. Es
muy difícil comportarse así en esta situación y no parecer ridículo. Él no parece ridículo ni afectado; se le ve sólo conmovido.
Comentario: Cuñado.


Page No 192

–¿Contaba usted que se casase con él?
–Casi. Siempre me ha gustado Levin.
–Ya veremos quién de los dos pisa primero el tapiz. He aconsejado a Kitty...
–Lo mismo da. En nuestra familia todas somos esposas obedientes.
–Pues yo, cuando me casé con Basilio, pisé la primera, con intención. ¿Y usted, Dolly?
Dolly estaba a su lado y las oía, pero no contestó. Sentíase profundamente conmovida, y las lágrimas llenaban sus ojos.
No podía decir nada sin llorar. Alegre por Kitty y por Levin, evocaba su boda, miraba a su marido, olvidaba lo presente y
recordaba sólo su primer a inocente amor.
Recordaba no sólo su boda, sino la de cuantas mujeres conocía; las evocaba en el momento solemne y único en que, como
Kitty ahora, estaban ellas bajo la corona nup cial, con el corazón henchido de amor, de temor y de espe ranza, renunciando al
pasado y entrando en el desconocido futuro.
Y entre todas las novias que recordaba, estaba su querida Ana, sobre los detalles de cuyo divorcio se había informado poco
antes. También Ana, pura como Kitty, había estado un día con corona de flores de azahar, con velo blanco... Y ahora... «¡Es
terrible!», murmuró.
No sólo las hermanas, amigos y parientes seguían con atención todos los pormenores de la ceremonia: los seguían también
las mujeres de l público que no conocían a Kitty y que les miraban conteniendo la respiración, temiendo perder un solo
movimiento o una expresión del rostro de los novios. Llenas de enojo, dejaban sin respuesta los comentarios de los hombres,
indiferentes, que bromeaban o hablaban de otra cosa.
–¿Por qué llora? ¿La casan a disgusto?
–¿Obligarla, con lo buen mozo que es? ¿Será tal vez un príncipe?
–Esa que va vestida de satén blanco, ¿es hermana suya? Escucha, escucha, cómo grita el diácono: «La esposa debe te mer a
su marido.»
–¿El coro es el del monasterio de Chudov?
–No; del Sínodo.
–He preguntado a un criado. Dicen que se la lleva en seguida a sus tierras. Aseguran que es muy rico. Por eso la casan...
–Pues hacen muy buena pareja.
–¿Decía usted, María Vasilievna, que los miriñaques se llevan huecos? Pues mire a aquella del traje encarnado... Di cen que
es la mujer de un embajador. ¡Qué recogida lleva la falda! Mire, otra vez...
–¡Qué bonita está la novia! La han adomado como a una corderita. Digan lo que quieran, en es tas ocasiones da lástima
miramos a nosotras, las mujeres.
Así hablaban los espectadores de ambos sexos que habían podido introducirse en la iglesia.

VI
Concluida la ceremonia de los desposorios, el sacristán puso ante el analoy un trozo de tela rosa; el coro cantó un salmo
complicado y difícil en el que el tenor y el bajo se da ban la réplica, y el sacerdote, volviéndose hacia los esposos, les señaló la
alfombra en el suelo.
Pese a haber oído con frecuencia que quien pisara primero el tapiz sería el que r egiría la familia, ni Levin ni Kitty lo re -
cordaron al dar aquellos pocos pasos. No oyeron tampoco los comentarios y discusiones que se suscitaron en aquel mo mento
sobre quién había pisado el primero, o si lo habían hecho los dos a la vez, como algunos afirmaban.
Después de las preguntas de rigor respecto a si querían con traer matrimonio y no lo habían prometido a otros, y de las
respuestas que tan extrañas les sonaban, empezó otra ceremonia religiosa.
Kitty se esforzaba en oír las oraciones y comprende r su sentido, pero no pudo. Una impresión de solemnidad y ra diante
alegría inundaba su alma cada vez más, a medida que transcurría la ceremonia, privándola de poder concentrarse.
Ahora rezaban:
«Dios haga que sean puros y bondadosos los frutos de tu vientre y que os sintáis alegres mirando a vuestros hijos ...»
Las plegarias recordaban que Dios había creado a la mujer de una costilla de Adán, y que por eso « el hombre dejará pa dre y
madre, y se unirá a la mujer, y formará con ella una misma carne y una mi sma sangre, lo que era un gran miste rio». Luego se
deseaba que Dios bendijera a los desposados y les hiciese fecundos, como a Isaac y Rebeca, Moisés y Séfora, y que vieran a
los hijos de sus hijos.
«¡Cuán hermoso es todo esto!», pensaba Kitty, oyéndolo. «No, no puede ser de otro modo.»
Y su animado rostro irradiaba una sonrisa alegre que involuntariamente se transmitía a cuantos la miraban.
«¡Pongánselas del todo!», se oyó aconsejar cuando el sa cerdote colocó sobre la cabeza las coronas nupciales, y Sche rbazky,
con mano temblorosa, sostuvo en el aire la corona sobre la cabellera de Kitty.
–Póngamela –murmuró ella sonriendo.
Levin, mirándola, se sorprendió de la alegre irradiación del rostro de Kitty. Sin querer, aquel sentimiento se le comunicó y se
notó radiante y dichoso como ella.
Escucharon con alegría la lectura de la epístola de san Pa blo y el resonar de la voz del arcediano en la última estrofa, tan
esperada por el público. Con alegría, también, bebieron en un cáliz redondo el vino caliente y agu ado, y se sintieron más
alegres aún cuando, apartando la casulla y tomándolos a los dos bajo ella, el sacerdote les hizo andar en tomo al analoy
mientras el bajo cantaba:
«Alégrate, Isaías...»

Comentario: Convento de
hombres célebre por sus cantores.


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Scherbazky y Chirikov, que sostenían las coronas nupcia les, enredándose en la cola del vestido de la novia, sonreían
también, joviales, ya atrasándose, ya tropezando en los novios, al pararse el sacerdote.
La chispa de alegría encendida en Kitty parecía comuni carse a todos los presentes en la iglesia, y a Levin se le figuraba que
hasta el sacerdote y el diácono tenían también como él deseos de sonreír.
Una vez quitadas las coronas de las cabezas, el sacerdote leyó la última oración y felicitó a los jóvenes desposados. Le vin
miró a Kitty. Jamás la había visto antes tal como estaba ahora, encantadora en la luz nueva y radiante de la felicidad que
animaba su rostro.
Levin quería hablarle, pero ignoraba si habían terminado ya las ceremonias. El sacerdote le sacó de dudas, sonriéndole
bondadosamente y diciéndoles en voz baja:
–Bese usted a su esposa, y usted, esposa, a su marido.
Y les cogió los cirios de las manos.
Levin besó suavemente los labios sonrientes de Kitty, la ofreció el brazo y, sintiéndola extrañamente próxima a él, la sacó de
la iglesia. No podía creer que todo lo sucedido fuese real, y sólo comenzó a darle fe cuando sus miradas, tímidas y asombradas,
se encontraron, y sintió en aquel momento con plena verdad que los dos no formaban ya más que uno.
Después de la cena, aquella misma noche, los recién casados se fueron al campo.

VII
Hacía tres meses que Ana y Vronsky viajaban por el extranjero.
Después de visitar Venecia, Roma y Nápoles, llegaron a una pequeña ciudad italiana donde pensaban permanecer al gún
tiempo.
El maestresala, arrogante mozo de pelo brillante partido por una raya que comenzaba en el mismo cogote, con frac y camisa
blanca de batista, colgantes sobre su vientre varias ba ratijas, metidas las manos en los bolsillos y arrugando las ce jas
desdeñosamente, hablaba con altanería a un señor que estaba ante él.
Al oír los pasos que subían la escalera lejos de la entrada, y viendo que era el conde ruso que ocupaba las mejores habita -
ciones del hotel, sacó respetuosamente las manos del bolsillo e, inclinándose, le explicó que el enviado había vu elto y que el
alquiler del palacio era cosa resuelta. El encargado estaba conforme con las condiciones.
–Lo celebro –dijo Vronsky–. ¿Está en el hotel la señora?
–Salió a paseo y ha vuelto ya –repuso el maestresala.
Vronsky se quitó el sombrero flexible de anchas alas, se enjugó con el pañuelo el sudor de la frente y de los cabellos, que se
dejaba crecer hasta la mitad de la oreja, peinándolos hacia atrás para cubrirse la calva, y después de mirar al hom bre que
hablaba con el maestresala, que parecía muy turbado, y el cual le miraba a su vez, se dispuso a salir.
–Este caballero es ruso y desea hablarle ––dijo el mayordomo.
Con un sentimiento de enojo de no poder rehuir en ningún sitio a los conocidos, y satisfecho a la vez de encontrar algún
entretenimiento en la monotonía de su vida, Vronsky miró otra vez a aquel señor que se había apartado y por un mo mento
brillaron los ojos de los dos.
–¡Golenischev!
–¡Vronsky!
Era, en efecto, Golenischev, compañero de Vronsky en el Cuerpo de Pajes.
Durante su estancia allí, Golenischev había pertenecido al partido liberal. Del Cuerpo de Pajes había salido con un título
civil, sin ninguna intención de entrar en servicio. Desde en tonces se habían visto sólo una vez, y en aquella ocasión, Vronsky
comprendió que su amigo, habiendo elegido una actividad liberal a intelectual, despreciaba su título y su camera militar. Por
esto, al verle, le trató con aquella fría altivez que él sabía y con la cual parecía querer decir: «Puede gustarte o no mi modo de
vivir; me es igual. Pero, si quieres tratarme, me has de respetar».
Golenischev se había mantenido despectivamente indife rente al tono de Vronsky. De modo que aquel encuentro les separó
aún más. Y, no obstante, ahora los dos, al verse, lanza ron una exclamación de alegría. Vron sky no podía esperar que le
alegrase tanto el encuentro con aquel amigo, pero se debía seguramente a que él mismo ignoraba hasta qué punto se aburría.
Olvidó la ingrata impresión del último encuentro y con rostro alegre y franco tendió la mano a su ex compañero.
Igual expresión de contento substituyó a la expresión inquieta que un momento antes se dibujaba en el rostro de Golenischev
–¡Cuánto celebro verte! –dijo Vronsky, mostrando, al sonreír amistosamente, sus dientes blancos y fuertes.
–Yo supe que había aquí un Vronsky, pero ignoraba que fueras tú. Siento una alegría sincera.
–Entra, haz el favor... Y ¿qué haces aquí?
–Trabajar. Llevo aquí más de un año.
–¡Ah! ––dijo Vronsky con interés–. Pasa, pasa.
Y, siguiendo la costumbre rusa de hablar en francés cuando no se quiere ser entendido por los criados, Vronsky dijo en
aquella lengua:
–¿Conoces a la Karenina? Viajamos juntos –y, al hablar, miraba intencionadamente a Golenischev–. Voy a verla ahora.
–No lo sabía –––contestó indiferente Golenischev, aunque estaba enterado––. ¿Hace mucho que estás aquí? –preguntó.
–Tres días –repuso Vronsky, mirando de nuevo con atención el rostro de su amigo.
«Es un hombre correcto y considera el asunto como debe», se dijo, comprendiendo el significado de la expresión del s em-
blante de su amigo y su cambio de conversación. «Puedo presentárselo a Ana. Tomará las cosas en el sentido más razonable.»
En los tres meses que Ana y Vronsky llevaban juntos en el extranjero, tratando gentes nuevas, Vronsky se preguntaba
siempre cómo consideraría tal o cual persona sus relaciones con Ana.


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En la mayoría de los casos, encontraba en los hombres la debida «comprensión» . Pero si a ellos y a él les hubiesen pre -
guntado en qué consistía aquella «debida comprensión», unos y otro se habrían visto en un grave aprieto.
En general, los que comprendían «debidamente», según Vronsky, no comprendían de ningún modo, y procedían como suele
proceder la gente educada tratándose de las cosas difíci les a insolubles de que está llena la vida: se mantenían en una actitud
correcta, evitando alusiones y preguntas desagrada bles. Fingían comprender el sentido de la situación, la acepta ban y hasta la
aprobaban, considerando inoportuno y superfluo entrar en explicaciones.
Vronsky adivinó en seguida que Golenischev era una de estas personas, y por ello se sintió doblemente contento al ha llarle.
Y, en efecto, Golesnichev trató a la Karenina, cuando su amigo le pasó a las habitaciones de ella, tan correctamente como
Vronsky pudiera desear, evitando sin esfuerzo toda charla que pudiese motivar la menor molestia.
No conocía de antes a Ana y le sorprendió su belleza, y sobre todo la sencillez con que aceptaba su situación.
Ana se ruborizó cuando Vronsky le presentó a su amigo, y el infantil rubor que cubrió su rostro bello y franco cautivó a
Golenischev. Lo que más le impresionó, sin embargo, fue que ella, como para no dejar duda alguna en presencia de extraños,
llamó en seguida «Alexey» a Vronsky y dijo que iban a vivir juntos en una casa alquilada que allí llamaban palazzo.
Tan simple y recto modo de proceder impresionó agrada blemente a Golenischev, quien, reparando en los modales de Ana,
resueltos, francos y alegres, y conociendo como conocía a Karenin y a Vronsky, pareció comprenderla muy bien; y hasta
pareció comprender lo que ella no podía en modo alguno: el que pudiese mostrarse tan decididamente alegre y feliz a pesar de
haber causado la desgracia de su esposa, abandonándole a él y a su hijo, y haber perdido su buena fama.
–Ese palacio se menciona en la guía –dijo Golenischev, refiriéndose al que alquilaba Vronsky–. Hay un excelente Tintoretto
de los últimos años del pintor.
–Hoy hace muy buen día. Vayamos y veremos la casa una vez más –propuso Vronsky a Ana.
–Con mucho gusto. Voy a ponerme el sombrero. ¿Dice qu e hace calor? –preguntó ella, parándose en la puerta y mi rando a
Vronsky interrogativa.
Y el rubor cubrió otra vez sus mejillas.
Por la mirada de Ana, Vronsky comprendió que ella no sa bía los términos en que él deseaba quedar con Golenischev y que
temía no comportarse como él deseaba.
La contempló con mirada larga y suave.
–No, no mucho –contestó.
Ana creyó comprender que él estaba satisfecho de ella; y, dirigiéndole una sonrisa, salió con rápido paso.
Los amigos se miraron con cierta confusión en el rost ro, como si Golenischev, admirando a Ana, quisiera decir algo de ella
sin saber qué, y como si Vronsky lo deseara y a la vez lo temiera.
–Sí... –empezó Vronsky, para entablar conversación –. ¿Conque vives aquí? ¿Sigues trabajando en lo mismo? –continuó,
recordando que Golenischev le había dicho que escribía.
–Sí, estoy escribiendo la segunda parte de Los dos princi pios –respondió Golenischev, satisfechísimo al oír la pre gunta–.
Para ser más exacto, no escribo aún: preparo y selec ciono el material. Será un libro muy vasto. Tratará casi sobre todos los
problemas. En Rusia no quieren comprender que somos herederos de Bizancio.
Y Golenischev inició una explicación larga y animada.
Vronsky se sintió avergonzado al principio, ignorando de qué trataba la prime ra parte de Los dos principios, de la que el
autor le hablaba como de algo muy conocido.
Pero luego, cuando Golenischev se explicó y Vronsky pudo seguirle, aun sin conocer la obra, le escuchó con gran interés,
porque su amigo se expresaba con gran claridad . Sólo le dis gustaba y extrañaba la irritada emoción con que Golenischev
trataba el objeto que le interesaba.
A medida que iba hablando, le brillaban más los ojos, con mayor rapidez replicaba a imaginarios contrincantes y más
inquieta y ofendida expresión iluminaba su semblante.
Recordando a su amigo como un niño delgado y vivo, bon dadoso y noble, siempre el primero en el Cuerpo de Pajes,
Vronsky no podía comprender ni aprobar la causa de tal irrita ción. Le disgustaba, sobre todo, que Golenischev, hombre dis-
tinguido, se pusiese al nivel de aquellos escritores venales que le irritaban. Él creía que no valía la pena, aunque por otra parte
no dejaba de comprender que su amigo era desgraciado, y le compadecía. La desgracia, casi la locura, se leía en su rost ro
animado, incluso hermoso, cuando, sin apenas notar que Ana había salido, seguía exponiendo sus ideas con precipitado ardor.
Al salir Ana con capa y sombrero y, con un rápido ademán de su bella mano que jugaba con el quitasol, ponerse al lado de
Vronsky, éste, con un sentimiento de alivio, separo sus ojos de la doliente nada de Golenischev y los puso con renovado amor
en su hermosa amiga, llena de vida y de alegría.
Golenischev, tranquilizándose a duras penas, permaneció unos momentos triste y taciturno. Pero Ana, que estaba enton ces
en una excelente disposición de ánimo, le distrajo en seguida con su trato sencillo y alegre.
Probando varios temas de conversación, le llevó, al fin, a la pintura, de la que Golenischev hablaba con mucho conoci -
miento. Ana le escuchaba con atención.
Andando, llegaron a la casa que iban a alquilar y la visitaron.
Cuando volvían, Ana dijo a Golenischev:
–Estoy contenta de una cosa... Alexey tendrá un buen atelier. No dejes de quedarte con aquella habitación –indicó a Alexey,
en ruso, comprendiendo que Golenischev, en la sole dad en que vivían, se convertía en un amigo ante quien no te nía por qué
fingir.
–¿Pintas? –preguntó Golenischev dirigiéndose a Vronsky.
–Sí. Hace tiempo lo practiqué y ahora empiezo de nuevo –repuso éste sonrojándose.


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–Tiene mucho talento –dijo Ana con alegre sonrisa –. Claro, que yo no soy quién para decirlo... Pero los entendidos se lo
dicen también.

VIII
En este primer período de su libertad y de su rápida convalecencia, Ana se sentía indeciblemente feliz.
El recordar la desgracia de su marido no estorbaba su felicidad. De una parte, tal recuerdo era demasiado terrible para pensar
en él, y de otra, aquella desventura había sido fuente de tanta dicha que no sentía remordimiento.
El recuerdo de cuanto le había sucedido tras la enfermedad, la reconciliación con su esposo, la ruptura, la noticia de la herida
de Vronsky, su visita, la preparación del divorcio, la mar cha de la casa conyugal, el adiós a su hijo, todo le parecía una
pesadilla de la que no despertó sino al hallarse con Vronsky en el extranjero.
El recuerdo del mal causado a su marido le producía un sentimiento como de repugnancia análogo al de quien, ahogándose,
lograra desprenderse de otro que se hubiera aferrado a él y viera entonces que e l otro se ahogaba. Esto era un mal, pero
también la única salvación, y más valía no recordar los terribles detalles.
Un pensamiento consolador acudía a su cerebro al pensar en lo que había hecho al principio de su ruptura con Karenin.
Ahora, evocando el pasado, sólo se atenía a este pensamiento: «He causado la inevitable desgracia de ese hombre, pero no me
aprovecho de ella, ya que también sufro y sufriré en el fu turo al perder lo que más aprecio: mi nombre de mujer hon rada y mi
hijo. He obrado mal y por eso no quiero el divorcio ni la felicidad, y sufriré mi deshonra y la separación del ser a quien tanto
quiero».
Pero, pese a su intenso deseo de sufrir, no sufría ni notaba para nada la deshonra. Con el vivo tacto que ambos poseían,
eludían en el extranjero a los rusos, no se ponían nunca en fal sas situaciones y siempre hallaban gente que fingía compren der
su posición mutua mucho mejor que epos.
La separación de su hijo, a quien tanto quería, tampoco la atormentó demasiado al principio. La niña, hija de V ronsky, era
muy graciosa y cautivó su cariño desde que quedó sola con ella, así que rara vez se acordaba de Sergio.
Su deseo de vivir, acrecido con la convalecencia, era tan fuerte y las condiciones de su vida tan nuevas y agradables, que
Ana se sentía inmensamente dichosa.
Cuanto más conocía a Vronsky, más le amaba. Le amaba por sí mismo y por el amor en que él la tenía. El poseerle por
completo colmaba su ventura. Su proximidad le alborozaba. Los rasgos de su carácter, que cada vez conocía mejor, se le
hacían más queridos.
Su aspecto físico, muy cambiado al vestir de hombre civil, le era tan atractivo como podía serlo para una joven enamo rada.
En cuanto hacía, decía o pensaba Vronsky, Ana hallaba algo especial, elevado y noble.
La admiración que sentía por él llegaba a veces a asustarla. Ana trataba de hallar en su amado algo que no fuera agrada ble.
No se atrevía a dejarle ver la conciencia que tenía de su propia insignificancia. Parecíale que, al verlo, Vronsky había de dejar
de amarla más pronto, y ella nada temía tanto como perder su amor, aunque no tenía motivo alguno de temor a este respecto.
No podía dejar de estarle agradecida por su nobleza para con ella, de mostrarle cuánto la respetaba... Admirábale que,
teniendo tanta vocación para las armas, en las que podía haber llegado a ocupar un elevado cargo, hubiera sacrificado su am -
bición por ella sin mostrar el mas pequeño arrepentimiento. Vronsky se mostraba más atento y cariñoso que nunca, y la
preocupación de que ella no se diera cuenta de la irregularidad de su situación no le abandonaba jamás.
Él, tan enérgico en su trato con ella, no sólo no la contra riaba nunca, sino que parecía no tener voluntad y ocuparse
únicamente de cumplir sus deseos. Y Ana, aunque la intensi dad de la atención que le consagraba, la atmósfera de cuidados en
que la envolvía, llegaran, a veces, a fatigarla, no podía dejar de agradecérselo.
En cuanto a Vronsky, aunque se había realizado lo que de seara por tanto tiempo, no era feliz. No tardó en advertir que la
realización de sus deseos no le procuraba más que un grano de la montaña de dicha que esperó. ¡Eterna equivocación del
hombre que espera la felicidad del cumplimiento de sus anhe los! Al principio de unirse Vronsky a Ana y vestir el traje ci vil,
sintió el atractivo de una libertad general que antes no co nocía, así como la libertad en el amor, y fue feliz, mas por poco
tiempo.
En breve sintió nacer en su alma el deseo de los deseos: la añoranza. Involuntariamente se asía a todos los caprichos pa -
sajeros considerándolos como deseo y fin. Tenía que ocupar en algo las dieciséis horas hábiles del día, ya que vivían en plena
libertad, fuera del círculo de vida social que ocupara su tiempo en San Petersburgo.
Era imposible pensar en las distracciones de soltero que en sus anteriores viajes fuera de su patria había buscado siempre, ya
que un solo ensayo produjo en Ana, al retrasarse él en la cena con los amigos, una insólita tristeza.
Resultaba imposible relacionarse con la sociedad local y rusa por la situación equivoca en que estaban. Visitar las
curiosidades del país, aparte de que las habían va visto todas, no tenía para él, hombre inteligente y ruso, la inexplicable im -
portancia que le dan los ingleses.
Así como un animal hambriento coge cualquier objeto que halla esperando encontrar alimento en él, Vronsky, sin darse
cuenta, se asía, ya a la política, ya a los libros nuevos, ya a los cuadros.
Como en su juventud había mostrado alguna aptitud para la pintura y, no sabiendo en qué gastar su dinero, había empezado a
coleccionar grabados, ahora se entregó a aquella afición, poniendo en ella su voluntad sin objetivo que necesitara satisfacerse.
Tenía el don de comprender el arte a imitarlo con buen gusto. Pensando poseer facultades de pintor, meditó en la clase de
pintura por la cual optaría: religiosa, histórica, de costumbres o realista, y, tras corta vacilación, empezó a trabajar.
Comprendía todos los estilos y era capaz de interesarse por uno a otro, pero no le era posible comprender que era preciso
ignorar las diversas clases que hay de pintura a inspirarse úni camente en lo que brota del alma, sin preocuparse del género a
que perteneciera. Desconociendo esto, Vronsky, al pintar, no se inspiraba en la vida, sino en el medio de vida ya delimitado por


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el arte. Así se inspiraba rápidamente y con suma facilidad, y pronto y sin dificultad conseguía que lo que pintaba se pare ciese
al género pictórico deseado.
Le gustaba, más que ninguna, la escuela francesa, graciosa y efectista, y en tal estilo comenzó a pintar el retrato de An a en
traje italiano. El retrato pareció excelente a cuantos lo vieron y también a él.

IX
El viejo y abandonado palazzo –de altos techos, frescos en los muros y suelo de mosaico, con grandes cortinas de seda en las
altas ventanas, jarrones en las consolas y chimeneas de puertas esculpidas con lóbregas y desiertas estancias llenas de cuadros–
, desde que se instalaron en él, mantenía en Vronsky la agradable equivocación de que no era un propietario ruso y un coronel
retirado, sino un aficio nado exquisito, un mecenas, y hasta un pintor modesto que abandonaba el mundo, relaciones y
ambiciones por la mujer amada.
Al trasladarse al palacio, el papel elegido por él halló su ambiente adecuado. Por medio de Golenischev conoció a va rias
personas interesantes, y durante los primeros tiempos se sintió a gusto.
Pintaba apuntes del natural bajo la dirección de un profesor italiano y estudiaba la vida medieval de Italia. Últimamente,
aquélla le había cautivado hasta el punto de empezar a usar el sombrero al descuido y la capa sobre los hombros, como en el
medievo italiano, lo que le sentaba admirablemente.
–Vivimos sin saber nada –dijo Vronsky a Golenischev una mañana en que éste fue a visitarle –. ¿Has visto el cuadro de
Mijailov? –preguntó, mostrándole un periódico de Rusia recibido aquel día. En él figuraba un artículo sobre un pintor ruso que
vivía en aquella misma ciudad y había terminado un cuadro del que se hablaba hacía tiempo y que se había adqui rido ya por
anticipado.
En el artículo se reprochaba al Gobierno y a la Academia de Bellas Artes el que un pintor tan notable careciera de estímulo y
ayuda.
–Lo he leído –repuso Golenischev–. Claro que a Mijai lov no le faltan aptitudes, pero su orientación es completa mente
equivocada: considera la figura de Cristo y la pintura religiosa según las ideas de Ivanov, Strauss y Renan.
–¿Qué representa el cuadro? –preguntó Ana.
–Cristo ante Pilatos. Cristo está presentado como un hebreo, con todo el realismo de la nueva escuela.
Llevado por aquella pregunta a uno de sus temas favoritos, Golenischev empezó a explicar:
–No comprendo tales errores. Cristo ya tiene su encarna ción definida en el arte de los maestros antiguos. Si quieren
presentar, en vez de a Dios, a un revolucionario o un santo, que muestren a Sócrates, a Frank lin o a Carlota Corday, pero no a
Cristo. Escogen para el arte a un personaje que no puede llevarse al arte, y luego...
–¿Es cierto que es tan pobre ese Mijailov? –preguntó Vronsky, pensando que él, como mecenas ruso, aparte de que el cuadro
fuera malo o bueno, debía ayudar a aquel pintor.
–No lo creo. Es un retratista notable. ¿Has visto su retrato de la Vasilchikova? Pero parece que ahora no quiere pintar más
retratos, con lo cual es posible que necesite dinero... Claro que...
–¿Podríamos pedirle que hiciera el retrato de Ana Arkadievna? –dijo Vronsky.
–¿Para qué? –repuso ella–. Después de pintarme tú, no quiero otros retratos. Más vale que pinte a Anny –así llamaban a la
niña–. Ahí viene –añadió, mirando por la ventana a la nodriza, una belleza italiana , que había sacado a la niña en brazos
aljardín.
Y luego volvió la cara para contemplar a Vronsky.
La hermosa nodriza, cuya cabeza pintaba él para su cuadro, era el único dolor oculto que había en la vida de Ana.
Vronsky, pintándola, admiraba su hermosura y su aire me dieval, y Ana había de reconocer que temía tener celos de la
italiana, y por ello trataba con especial afecto tanto a la nodriza como a su hijita.
Vronsky miró por la ventana, puso sus ojos en los de Ana y luego, volviéndose hacia Golenischev, le preguntó:
–¿Conoces a ese Mijailov?
–Le veo a veces. Pero es un hombre raro y sin instrucción alguna, uno de esos hombres que se encuentran ahora con fre -
cuencia, de esos librepensadores, educados d'emblée en las concepciones de la incredulidad, la negación y el materialismo.
Y Golenischev, sin ver o no queriendo ver que también Ana y Vronsky deseaban hablar, prosiguió:
–Antes, sucedía que el hombre de ideas libres estaba edu cado en normas religiosas, en la ley y la moralidad, llegando a las
ideas libres mediante luchas y trabajos. Pero ahora surge un tipo nuevo de gente de ideas libres que crece sin saber siquiera que
existen leyes de moral y religión y que hay autori dad. Se desarrollan en la negación de todo, es decir, como salvajes. Mijailov
es de ésos. Al parecer, es hijo de un mayordomo de Moscú y no recibió instrucción alguna. Al entrar en la Academia y adquirir
fama, como no es tonto, se quiso culti var. Y se dirigió a lo que le parecía la fuente de la cultura: los periódicos. En otros
tiempos, un hombre, supongamos un francés, que hubiera querido –instruirse, se habría dedicado a estudiar a los clásicos:
teólogos, trágicos, historiadores y filósofos, y comprendería todo el esfuerzo intelectual que habría tenido que desarrollar. Pero
en Rusia, éste cayó en derechura sobre la literatura negativa, absorbió rápidamente todo el ex tracto de la ciencia negativa, y he
aquí formado al hombre... Veinte años atrás habría encontrado en esa literatura los sig nos de la lucha con la autoridad, con las
creencias seculares, y en esta lucha habría comprendido que antes había existido algo más. Pero ahora da con una literatura que
no hace dignas de discusión tales ideas, sino que dice sencillamente: «No hay nada. Sólo existen la evolución, la selección, la
lucha por la vida y nada más». Yo, en mis artículos...
–¿Saben –dijo Ana, que por las miradas que hacía rato cambiaba con Vronsky, comprendía que a éste no le intere saba la
cultura del pintor, sino que no tenía más intención que ayudarle –, saben lo que debemo s hacer? –sugirió, interrumpiendo
decididamente a Golenischev, entusiasmado en sus explicaciones–. Vayamos a verle.

Comentario: De corrido.


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Golenischev, serenándose, consintió, gozoso, en ir. Pero como el pintor vivía en un lugar muy apartado de la ciudad,
resolvieron tomar un coche.
Una hora después, Ana, al lado de Golenischev y Vronsky en el asiento delantero, se acercaban a una fea casa de mo derna
construcción en un barrio apartado.
Informados por la mujer del portero de que Mijailov permitía visitar su estudio, pero que aho ra estaba en su casa, cercana a
él, le enviaron sus tarjetas pidiéndole que les dejara examinar sus cuadros.

X
El pintor Mijailov estaba trabajando, como de costumbre, cuando le llevaron las tarjetas del conde Vronsky y de Gole -
nischev. Por la mañana no se había movido de su estudio, trabajando en su gran lienzo. De vuelta a su casa, se enfadó con su
mujer por no haber sabido ésta contestar adecuadamente a la dueña de la casa, que pedía el dinero del alquiler.
–¡Ya lo he dicho veinte veces que no tienes q ue darle explicación alguna! Eres una tonta rematada, pero lo eres toda vía más
cuando te pones a explicarte en italiano –dijo, después de una larga disputa.
–Pues no dejes pasar tanto tiempo sin pagar. Yo no tengo la culpa. Si hubiera tenido dinero...
–¡Déjame en paz, por Dios! –exclamó Mijailov con voz lastimera.
Y, tapándose los oídos con las manos, se fue a su cuarto de trabajo, tras el tabique, y cerró la puerta, diciéndose que su mujer
era una necia.
Se sentó a la mesa, abrió la carpeta y empezó a dibujar con extraordinaria animación.
Nunca trabajaba con tanto ardor y acierto como cuando la suerte le era adversa y, sobre todo, como cuando discutía con su
mujer.
«¡Quisiera desaparecer!», pensaba, mientras continuaba su tarea.
Estaba dibujando la figura de un hombre encolerizado. Ya había hecho el dibujo antes, pero no había quedado contento de él.
«No, el otro era mejor. ¿Dónde estará?»
Salió de su cuarto con aspecto sombrío y, sin mirar a su esposa, preguntó a la niña mayor dónde estaba el papel que les había
dado.
El papel con el dibujo desdeñado apareció, pero sucio y manchado de estearina. No obstante, Mijailov tomó el dibujo, lo
puso en la mesa, se apartó y lo miró entornando los ojos.
De pronto sonrió y agitó alegremente las manos.
–¡Esto es, esto! –exclamó.
Y, cogiendo el lápiz, empezó a dibujar con gran entusiasmo. La mancha de estearina daba al hombre una nueva actitud.
Mientras trazaba aquella nueva actitud, recordó de pronto el rostro enérgico, de saliente barbilla, del comerciante a quien
compraba los cigarros, y Mijailov dio aquel rostro y aquella barbilla a la figura que dibujaba. Una vez hecho, rió con júbilo. De
repente, la figura, antes muerta y artificial, cobraba vida y se le aparecía con carácter tan definido que no podía pedirse más.
Cabía, no obstante, corregir el dibujo según las exigencias de la figura; podíase y se debía abrir más las piernas, cambiar del
todo la posición del brazo izquierdo, descubrir la frente levantando algo los cabellos. Al hacer tales correcciones, no cambiaba,
sin embargo, la figura, sino que prescindía de lo que la ocultaba. Era como si le quitase los celos que la envol vían y la hacían
imprecisa.
Cada nueva línea que trazaba el pintor daba más relieve a la figura, mostrándola en todo su vigor, tal como se le apareciera
de pronto bajo la mancha de estearina.
Cuando, cuidadosamente, daba la última mano al dibujo, le llevaron las tarjetas.
–Voy en seguida...
Se acercó a su mujer.
–Mira, Sacha, no te enfades –dijo, sonriendo con dulce timidez–. La culpa ha sido de los dos. Ya lo arreglaré todo.
Y, después de reconciliarse con su esposa, se vistió el abrigo color de aceituna con cuello de terciopelo, se puso el sombrero
y marchó al estudio.
La figura que, al fin, había conseguido fijar sobre el cartón quedaba olvidada. Ahora, la visita de aquellos rusos distinguidos,
que habían llegado en coche a su estudio le tenía alegre y agitado.
De aquel cuadro suyo, colocado en un caballete en el estudio, Mijailov, en el fondo de su alma, tenía una sola opinión: que
nadie había pintado nunca un cuadro semejante. No creía que valiese más que los de Rafael, pero sí que lo que él quería
expresar en el lienzo nadie lo había expresado aún.
Esta convicción estaba firmemente arraigada en su ánimo desde hacía mucho tiempo, desde que lo empezara a pintar, pero, a
pesar de ello, la opinión ajena, fuese la que fuese, te nía para él una enorme importancia y despertaba en su alma una emoción
muy viva.
La más leve observación que le demostrara que los críticos veían una mínima parte de lo que él encontraba en su cuadro le
agitaba hasta lo más profundo de su ser. En general atribuía a sus jueces más capacidad de comprensión que la que él po seía, y
siempre esperaba que, en sus palabras, había de descubrir algo que él no había podido ver en su cuadro.
Se acercó con paso rápido a la puerta del estudio, y, a pesar de su emoción, la figura suavemente iluminada de Ana, que
estaba a la sombra de la entrada, escuchando las animadas explicaciones de Golenischev, mientras trataba de dirigir una mirada
al pintor que se aproximaba, hizo en éste una viva impresión.
Sin que ni él mismo se diera cuenta, Mijailov captó y asi miló toda la gracia de aquella figura, como cazara al vuelo la
barbilla del vendedor de cigarros, guardándola en el rincón de su cerebro de donde había de extraerla cuando la necesitó.


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Los visitantes, ya desilusionados por lo que Golenischev les contara del pintor, quedaron aún más decepcionados ante su
aspecto.
De mediana estatura, corpulento, de andar balanceante y amanerado, Mij ailov, con su sombrero castaño y su abrigo color de
aceituna, con sus pantalones estrechos cuando hacía tiempo que se llevaban anchos, producía una impresión que la vulgaridad
de su ancho rostro y la mezcla de timidez y pretensiones de dignidad que se pintaban en él hacían aún más desagradable.
–Hagan el favor –les dijo, tratando de adoptar un aire indi ferente, mientras hacía pasar a sus visitantes y les abría la puerta
del estudio.

XI
Al entrar en el estudio, el pintor Mijailov miró una vez más a los visitantes. La expresión del rostro de Vronsky, sobre todo
de sus pómulos, se grabó en su imaginación.
Aunque su sensibilidad artística trabajaba sin cesar, acumulando más y más materiales, aunque sentía una emoción cada vez
mayor al acercarse el momento de exponer su cuadro, Mijailov, rápida y sutilmente, se formó una idea sobre aquellas tres
personas basándose en apenas perceptibles indicios.
Sabía que Golenischev era un ruso que vivía en la ciudad. No recordaba su apellido ni dónde le había visto, ni lo que había
hablado con él. Sólo recordaba su rostro, como el de todas las personas que encontraba, y sabía que lo había clasificado ya en
la inmensa categoría de los rostros sin expresión, a pesar de su falso aire de originalidad.
Los cabellos largos y la frente despejada daban una apa rente individualidad a aquel semblante de expresión mi núscula,
infantil, inquieta y concentrada sobre el arranque de la nariz.
A juicio de Mijailov, Vronsky y Ana debían de ser rusos de la alta sociedad y muy ricos, artí sticamente tan ignorantes corno
todos aquellos rusos opulentos que fingían amar y apreciar el arte.
«Seguramente han visto todas las antigüedades; ahora es tán visitando los estudios de los pintores modernos –el charlatán
alemán, el prerrafaelista inglés– y han venido a ver mi estudio para completar la revista», pensaba.
Conocía bien las costumbres de los dilettanti –tanto peores cuanto más informados – de visitar los estudios de los pintores
modernos sólo con el fin de poder decir que el arte decae y que cuanto más conocen a los modernos más se per suaden de lo
inimitables que son los maestros antiguos.
Esperaba esto, lo veía en sus rostros, en la indiferente negligencia con que hablaban entre sí, mirando los maniquíes y bustos
y paseando de un lado a otro en espera de que él descubriese su cuadro.
Y, no obstante, cuando removió sus estudios, levantó las cortinas y descubrió el lienzo, Mijailov se sintió invadido por una
viva emoción, tanto más cuanto que, a pesar de su juicio de que todos los nobles y ricos rusos tenían forzosamente que ser unos
estúpidos, Vronsky, y sobre todo Ana, habían causado en él una excelente impresión.
–Aquí... ¿Quieren verlo? –dijo Mijailov, apartándose del cuadro con su andar balanceante–. Es Cristo ante Pilatos...
Mateo, capítulo XXVII –murmuró, sintiendo que sus labios empezaban a temblar de emoción.
Y retrocedió, colocándose detrás de ellos.
Durante los pocos segundos en que los visitantes miraron en silencio el cuadro, él lo contemplaba también con ojo indi-
ferente a imparcial. Parecíale ahora que el juicio superior y justo sobre su pintura había de ser pronunciado por aquellos tres
visitantes a quienes había despreciado un momento antes.
Olvidó cuanto había pensado de su cuadro anteriormente, en los tres o cuatro años que l levaba pintándolo; olvidó todos sus
méritos, fuera de duda para él, contemplándolo con la mi rada severa, crítica y desapasionada de sus visitantes y no ha llaba en
él nada bueno.
Veía en primer término el rostro de Pilatos, impaciente en su despecho, y el rostro sereno de Cristo; veía después las figuras
de los criados de Pilatos y el semblante de Juan observando la escena.
Cada rostro lentamente surgido en su interior, en medio de búsquedas y errores, con su carácter peculiar; cada figura tan tas
veces cambiada de sitio, para la armonía del conjunto; los tonos, matices y colores conseguidos con tanto trabajo, todo, mirado
por los ojos de sus visitantes, le parecía trivial y repetido ya mil veces.
Lo que más estimaba de él, el semblante de Cristo, centro del cuadro, que tanto le entusiasmara cuando lo descubrió, perdió
todo su mérito al mirarlo con ojos ajenos.
Veía una repetición, bien pintada –y aún no muy bien, porque ahora notaba en ella muchos defectos – de los innumerables
Cristos de Tiziano, Rafael, Rubens, de los mismos guerreros y del invariable Pilatos. Todo aquello era trivial, mezquino y viejo
a incluso mal pintado, con excesivo color y poca energía. Los visitantes tendrían razón en proferir algu nas frases de fingido
elogio en presencia del pintor, y compadecerle y burlarse de él cuando quedaran solos.
Le pareció pesar durante largo rato aquel dilatado silencio, aunque en realidad no duró más de un minuto. Para interrum -
pirles y mostrar que no estaba conmovido, Mijailov, con un esfuerzo sobre sí mismo, habló a Golenischev.
–Creo que ya he tenido el gusto de conocerle ––dijo, mirando con inquietud, ora a Ana, ora a Vronsky, a fin de no per der un
detalle de la expresión de sus rostros.
–Así es: nos vimos en casa de Rossi. ¿No se acuerda? En la velada en que declamó aquella señorita italiana, la nueva
Raquel... ––dijo con naturalidad Golenischev, apartando sin pesar los ojos del cuadro para hablar con el pintor.
Advirtiendo, sin embargo, que Mijailov esperaba su juicio sobre el lienzo, dijo:
–Su cuadro ha mejorado mucho desde la última vez que lo vi. Y como entonces, también ahora me sorprende extraor -
dinariamente la figura de Pilatos. ¡Es tan comprensible este hombre, bueno, simpático, pero, en el fondo de su alma, un
funcionario «que no sabe lo que se hace» ! No obstante, me parece...


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El movible rostro de Mijailov se iluminó de repente. Sus ojos brillaron. Fue a decir algo, pero la emoción no se lo permitió y
fingió una tos.
A pesar de lo poco que apreciaba el gusto artístico de Golenischev, a pesar de la insignificancia de aquella justa observación
sobre la expresión del rostro de Pilatos como funciona rio, a pesar de lo humillante que pudiese parecer un comentario tan
minúsculo silenciando lo principal, Mijailov se sintió entusiasmado de aquella observación.
Él opinaba sobre la figura de Pilatos lo mismo que Gole nischev le había dicho. Que aquel comentario fuese uno de los
millones de comentarios justos que pudieran hacerse sobre su pintura no disminuía a sus ojos la importancia de la observación
de Golenischev. Sentía que sus palabras desperta ban su simpatía hacia el otro y le hacían pasar del estado de abatimiento en
que se encontraba a un estado de alegre entusiasmo.
El cuadro, en el acto, se animaba a sus ojos con inexplicable complejidad en cuanto tenía de vivo.
Trató de decir que él entendía también así a Pilatos, pero le temblaron los labios y fue incapaz de pronunciar una palabra.
Vronsky y Ana hablaban en voz baja, como suele hacerse en las exposiciones, en parte por respeto al pintor y en parte por no
decir en voz alta alguna tontería, tan fácil de decir en cuestiones de arte.
Mijailov, pareciéndole que el lienzo les había impresionado también, se les acercó.
–¡Qué extraordinaria expresión la de Cristo! ––dijo Ana.
De cuanto veía, era aquello lo que más le gustaba. Le pare cía, además, que, tratándose de la figura principal del cuadro, el
elogio había de placer al pintor.
–Se le nota que siente compasión de Pilatos –añadió.
Tal observación pertenecía también a los millones de ell as que podían hacerse sobre un cuadro y sobre la figura de Cristo.
Había dicho que sentía compasión de Pilatos, y era lógico que se viera en él la expresión de amor, de serenidad ultraterrena, de
sentimiento de la proximidad de la muerte y de conciencia de la inutilidad de las palabras.
Estaba claro que Pilatos debía tener una expresión de fun cionario y Cristo había de tenerla de compasión, ya que uno
encama

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