–¿Está aquí? –indagó Levin. Y habría querido preguntar por Kitty. Sabía que a principios de invierno ella había estado en
San Petersburgo, en casa de su otra hermana, la esposa del diplomático, y ahora ignoraba si estaba ya de vuelta.
Dudaba si preguntar o callarse. «Vaya o no, es igual», se dijo.
–¿Vendrás?
–Desde luego.
–Pues acude a las cinco, de levita.
Y Oblonsky, levantándose, se dirigió al cuart o de su nuevo jefe. El instinto no le engañaba. El nuevo y temible jefe re sultó
ser un hombre muy amable. Esteban Arkadievich almorzó con él y permaneció en su habitación tanto tiempo que sólo después
de las tres entró en la de Alexey Alejandrovich.
VIII
Karenin, de vuelta de misa, pasó toda la mañana en su cuarto. Tenía que hacer dos cosas aquella mañana: primero, recibir y
despedir la diputación de los autóctonos que se ha llaba en Moscú y debía seguir hacia San Petersburgo; y se gundo, escribir al
abogado la carta prometida.
Aquella comisión, a pesar de haber sido creada por inicia tiva de Karenin, ofrecía muchas dificultades y hasta riesgos, de
modo que él se sentía satisfecho de haberla hallado en Moscú.
Los miembros que la formaban no tenían la men or idea de su misión ni de sus obligaciones. Eran tan ingenuos, que creían
que su deber era explicar sus necesidades y el verda dero estado de las cosas pidiendo al Gobierno que les ayu dase. No
comprendían en modo alguno que ciertas declaraciones y peticiones suyas favorecían al partido enemigo, lo que podía echar a
perder todo el asunto.
Alexey Alejandrovich pasó mucho tiempo con ellos, redactando un plan del que no debían apartarse; y, después de ha berlos
despedido, escribió cartas a San Petersburgo para que allí se orientasen los pasos de la conúsión. Su principal auxi liar en aquel
asunto era la condesa Lidia Ivanovna, ya que, especializada en asuntos de delegaciones, nadie mejor que ella sabía encauzarlas
como hacía falta.
Terminado esto, Alexey Al ejandrovich escribió al abogado. Sin la menor vacilación le autorizaba a obrar como mejor le
pareciese. Añadió a su misiva tres cartas cambiadas entre Ana y Vronsky que había hallado en la cartera de su mujer.
Desde que Karenin había salido de su casa con ánimo de no volver a ver a su familia, desde que estuviera en casa del abo -
gado y confiara al menos a un hombre su decisión, y, sobre todo, desde que había convertido aquel asunto privado en un
expediente a base de papeles, se acostumbraba más cada vez a su decisión y veía claramente la posibilidad de realizarla.
Acababa de cerrar la carta dirigida al abogado cuando oyó el sonoro timbre de la voz de su cuñado, que insistía en que el
criado de Karenin le anunciara su visita.
«Es igual», pensó Alexey Alejandrovich. «Será todavía mejor. Voy a anunciarle ahora mismo mi situación con su hermana y
le explicaré por qué no puedo comer en su casa.»
–¡Hazle pasar! –gritó al criado, recogiendo los papeles y colocándolos en la cartera.
–¿Ves? ¿Por qué me has mentido si tu señor está? –exclamó la voz de Esteban Arkadievich apostrofando al criado que no lo
dejaba pasar. Y Oblonsky entró en la habitación –. Me alegro mucho de encontrarte. Espero que... –empezó a decir
alegremente.
–No puedo ir –dijo fríamente Alexey Alejandrovich, permaneciendo en pie, sin ofrecer una silla al visitante.
Se proponía iniciar sin más las frías relaciones que debía mantener con el hermano de la mujer a quien iba a entablar
demanda de divorcio.
Pero no contaba con el mar de generosidad que contenta el corazón de Esteban Arkadievich.
Éste abrió sus ojos claros y brillantes.
–¿Por qué no puedes? ¿Qué quieres decir? –preguntó con sorpresa en francés –. ¡Pero si prometiste que vendrías! Todos
contamos contigo.
–Quiero decir que no puedo ir a su casa porque las relaciones de parentesco que había entre nosotros deben terminar.
–¿Cómo? ¿Por qué? No comprendo ––dijo, sonriendo, Esteban Arkadievich.
–Porque voy a iniciar demanda de divorcio contra su hermana y esposa mía. Las circunstancias...
Pero Karenin no pudo terminar su discurso, porque ya Es teban Arkadievich reaccionaba y no precisamente como espe raba
su cuñado.
–¿Qué me dices, Alexey Alejandrovich? ––exclamó Oblonsky con apenada expresión.
–Así es.
–Perdona, pero no lo creo, no lo puedo creer.
Karenin se sentó, viendo que sus palabras no causaban el efecto que presumiera, comprendiendo que había de expli carse, y
convencido de que, fuesen las que fuesen sus explicaciones, su relación con su cuñado iba a continuar como antes.
–Sí, me he encontrado en la terrible necesidad de pedir el divorcio –dijo.
–Sólo una cosa quiero decirte, Alexey Alejandrovich: sé que eres un hombre bueno y justo. Conozco también a Ana y no
puedo modificar mi opinión sobre ella. Perdona, pero me parece una mujer excelen te, perfecta. De modo que no puedo
creerte... Debe de haber algún error –afirmó.
–¡Si sólo hubiera un error!
–Bien; lo comprendo –interrumpió Oblonsky–. Se comprende... Pero, mira: no hay que precipitarse. No, no hay que
precipitarse.
Page No 160
–No me he precipitado –contestó fríamente Karenin–. Mas en asuntos así no se puede seguir el consejo de nadie. Mi decisión
es irrevocable.
–¡Es terrible! –exclamó Esteban Arkadievich, suspi rando tristemente–. Yo, en tu lugar, haría una cosa... ¡Te ruego que lo
hagas, Alexey Alejandrovich! Por lo que he creído entender, la demanda no está entablada aún. Pues antes de entablarla, habla
con mi mujer.. ¡Habla con ella! Quiere a Ana como a una hermana, te quiere a ti y es una mujer extra ordinaria. ¡Háblale, por
Dios! Hazlo como una prueba de amistad hacia mí; te lo ruego.
Karenin quedó pensativo. Oblonsky le miraba con compasión, respetando su silencio.
–¿Irás a verla?
–No sé. Por eso no he ido a su casa. Creo que nuestras relaciones deben cambiar.
–No veo porqué. Permíteme suponer que, aparte de nuestro trato como parientes, tienes hacia mí los sentimientos de amistad
que yo siempre lo he profesado, además de mi sincero res peto –dijo Esteban Arkadievich estrechándole la mano–. Aun siendo
verdad tus peores suposiciones, nunca ju zgaré a ninguna de las dos partes, y no veo por qué han de cambiar nuestras re -
laciones. Y ahora haz eso: ve a ver a mi mujer.
–Los dos consideramos este asunto de distinto modo –repuso fríamente Karenin–. No hablemos más de ello.
–¿Y por qué no puede ir hoy a comer? Mi mujer te es pera. Te ruego que vayas y, sobre todo, que le hables. Es una mujer
extraordinaria. ¡Por Dios, te lo pido de rodillas, te lo ruego ...!
–Si tanto se empeña, iré –dijo, suspirando, Alexey Alejandrovich.
Y, para cambiar de conversación, le habló de asuntos que interesaban a ambos, preguntándole por su nuevo jefe, un hom bre
no viejo aun para el alto cargo al que había sido destinado.
Karenin, ya desde mucho antes, no había sentido nunca ningún aprecio por el conde Anichkin, y sie mpre había estado en
pugna con sus opiniones, pero ahora no pudo contener su odio, muy comprensible en un funcionario público que ha su frido un
fracaso en su cargo, hacia otro que ha obtenido un puesto más alto que él.
–¿Qué? ¿Le has visto? –preguntó con venenosa ironía.
–Por supuesto. Ayer asistió a la sesión del juzgado. Parece muy enterado de los asuntos y es muy activo.
–Sí; pero ¿a qué encamina su actividad? –preguntó Karenin–. ¿A obrar, o a modificar lo que está establecido? La gran
calamidad de nuestro país es la administración a base de papeleo, de la que ese hombre es el más digno representante.
–A decir verdad, no veo nada censurable en él. No sé en qué sentido orienta sus ideas, pero es un buen muchacho –contestó
Esteban Arkadievich–. He estado ahora mismo en su habitación y te aseguro que es un buen muchacho. Hemos al morzado
juntos y le he enseñado a preparar aquel brebaje, que conoces ya, compuesto de vino y naranjas, que es un refresco exquisito.
Es extraño que no lo conociera ya. Le ha gustado extraordinariamente. Te aseguro que es un hombre muy simpático.
Esteban Arkadievich miró el reloj.
–¡Dios mío, más de las cuatro y aún he de visitar a Dolgo vuchin! Ea, por favor, ven a comer con nosotros. No sabes cuánto
nos disgustarías a mú mujer y a mí si faltaras.
Alexey Alejandrovich se despidió de su cuñado de un modo muy distinto a como le recibiera.
–Te he prometido ir a iré –repuso tristemente.
––Créeme que lo agradezco y espero que no te arrepentirás –dijo Oblonsky sonriendo.
Y, mientras se ponía el abrigo, dio un ligero golpecito en la cabeza al lacayo de su cuñado, se puso a reír y salió.
–¡A las cinco y de levita! ¿Oyes? –gritó una vez más volviéndose desde la puerta.
IX
Eran más de las cinco y ya estaban presentes algunos invitados cuando llegó el dueño de la casa. Entró con Sergio Ivanovich
Kosnichev y con Peszov, que en aquel momento se ha bían encontrado en la puerta. Como Oblonsky decía, eran los dos
principales representantes de la intelectualidad de Moscú, y ambos gozaban de mucho respeto por su carácter a inteligencia.
Se estimaban mutuamente, pero eran contrarios casi en todo. Nunca estaban de acuerdo, y no por pertenecer a distintas
corrientes de ideas, sino precisamente por sustentar las mismas. Los enemigos de su partido les consideraban iguales. Pero den-
tro de su partido cada uno tenía su propio matiz. Y como nada hay más difícil que entenderse en cuestiones casi abstractas, ja -
más coincidían en sus ideas, aunque estaban acostumbrados, desde mucho tiempo atrás, a reírse mutuamente, sin enfadarse, del
error en que cada uno consideraba al otro.
Entraban, hablando del tiempo, cuando Oblonsky les al canzó. En el salón estaban ya el príncipe Alejandro Dmitrie vich
Scherbazky, el joven Scherbazky, Turovzin, Kitty y Karenin. Esteban Arkadievich observó en seguida que, sin su presencia, la
conversación languidecía. Daria Alejandrovna, vestida de seda gris, estaba evidentemente preocupada por los niños, que
comían solos en su cuarto; pero lo estaba sobre todo por la tardanza de su m arido, ya que ella no sabía organizar bien aquellas
reuniones. Todos estaban allí, según la expresión del viejo Príncipe, como muchachas en visita, sin comprender el motivo que
les reunía y esforzándose en buscar palabras para no permanecer mudos.
El bondadoso Turovzin se encontraba, y ello se veía en se guida, fuera de su ambiente, y sonreía con sus labios gruesos,
mirando a Oblonsky, como diciéndole:
«¡Vaya, hombre! Me has traído a una sociedad de sabios... Ya sabes que mi especialidad es ir a echar un trago o asistir al
Château des Fleurs ...»
El anciano Príncipe callaba, mirando de soslayo a Karenin con sus ojos brillantes. Esteban Arkadievich adivinó que ya había
inventado alguna palabra con la que pasmar a aquel per sonaje para ver al cual se invita ba a la gente, como si se tra tara de
comer esturión.
Page No 161
Kitty miraba hacia la puerta, preocupada por no ruborizarse cuando apareciera Levin. El joven Scherbazky, a quien no ha -
bían presentado a Karenin, procuraba demostrar que ello le era completamente indiferente.
Karenin, según la costumbre pertersburguesa en las conll das donde figuraban señoras, llevaba frac y corbata blanca.
Oblonsky comprendió por su rostro que sólo acudía por cum plir su palabra, y que concurriendo a la reunión lo hacia como
quien cumple un deber penoso.
El era, pues, el causante de la impresión glacial que sintieron los invitados hasta la llegada del anfitrión.
Esteban Arkadievich al entrar en el salón, disculpó su ausencia afirmando que le había retenido cierto príncipe a quien todos
conocían, que era como el testaferro de todos sus retrasos y faltas.
En seguida, en un momento, presentó a todos, procurando relacionar a Karenin con Sergio Kosnichev a iniciando una charla
sobre la rusificación de Polonia en la que am bos se enzarzaro n inmediatamente, así como Peszov. Dio una palmada en el
hombro a Turovzin, le cuchicheó algo muy gracioso al oído y le sentó entre su mujer y el Príncipe.
Después dijo a Kitty que estaba muy bonita aquel día y pre sentó a Karenin y Scherbazky. Tan bien s e arregló, que un mo -
mento después el salón tenía un aire agradable y las voces sonaban alegres y animadas.
Sólo faltaba Constantino Levin. Pero su falta resultó aún beneficiosa, porque, al dirigirse Esteban Arkadievich al co medor,
donde le encontró, se dio cuenta al mismo tiempo de que el oporto y el jerez que habían traído eran de la casa Desprês y no de
Levé, y ordenó que el cochero fuese en seguida a esta casa para que trajesen vinos.
–¿Me he retrasado? –preguntó Levin, a Oblonsky, mientras se dirigían al salón.
–¿Acaso es posible que no lo retrases alguna vez? –repuso su amigo cogiéndole del brazo.
–¿Tienes muchos invitados? ¿Quiénes son? –preguntó Levin sonrojándose a su pesar y quitándose con el guante la nieve de
su gorro de piel.
–Todos son conocidos. Está Kitty también. Ven, que te presente a Karenin.
A pesar de su liberalismo, Oblonsky sabía que a todos halagaba conocer a su cuñado, y por esto se esforzaba en proporcionar
a sus mejor amigos, presentándoselo, un placer que Levin no estaba en aquel momento en condiciones de apreciar plenamente.
No había visto a Kitty, fuera del momento en que la entre viera en el camino de Erguchovo, desde aquella infausta no che en
que se había encontrado con Vronsky. En el fondo de su alma sabía que hoy iba a verla aquí. Pero, tratando de de fender la
libertad de sus pensamientos, insistía en decirse a sí mismo que no lo sabía.
Ahora, al enterarse de que en efecto estaba, sintió tal alegría y tal temor a la vez que se le cortó la respiración y no supo decir
lo que quería.
«¿Cómo será ahora? ¿Estará como antes o como la vi en el coche? ¿Será verdad lo que me dijo Daria Alejandrovna?»,
pensaba.
–Sí; haz el favor de presentarme a Karenin –logró decir al fin. Y con paso desesperadamente decidido, penetró en el sal ón y
la vio.
Kitty no era ya la muchacha de antes; no era la que había visto en el coche, sino completamente distinta.
Parecía avergonzada, temerosa, tímida, y por ello más bella aún. Ella divisó a Levin en el mismo momento en que entraba en
el salón. Le esperaba. Se alegró y su alegría la turbó hasta tal extremo, que hubo un momento, precisamente aquel en que Levin
se dirigía hacia la dueña de la casa y la volvió a mirar, que a ella misma, a él y a Dolly, que los estaba obser vando, les pareció
que no podía contenerse y que iba a ponerse a llorar.
Se ruborizó, palideció, volvió a ruborizarse y quedó inmó vil, con un ligero temblor en los labios, mirando a Levin. El se
acercó, la saludó y le dio la mano en silencio. Sin aquel temblor de los labios y aquella humedad que hacía más vivo el brillo
de sus ojos, la sonrisa de Kitty habría sido casi tranquila cuando le dijo:
–Hace mucho que no nos vemos.
Y, con el atrevimiento de la desesperación, apretó con su mano fría la de Levin.
–Usted a mí, no; pero yo a ust ed, sí –contestó él, con una sonrisa radiante de dicha –. La vi cuando iba desde la esta ción a
Erguchovo.
–¿Cuándo? –preguntó ella sorprendida.
–Por el camino de Erguchovo –repuso Levin, sintiendo que la felicidad que le llenaba el alma ahogaba su voz. ¿Có mo había
podido asociar la idea de algo que no fuese inocente y puro a aquella encantadora criatura?
«Sí; parece cierto lo que me dijo Daria Alejandrovna», pensó.
Esteban Arkadievich, cogiéndole del brazo, le acercó a Karenin.
–Permítanme presentarles –y enunció sus nombres.
–Celebro volver a verle –dijo Alexey Alejandrovich estrechando con frialdad la mano de Levin.
–¿Se conocen ustedes? –preguntó Oblonsky sorprendido.
–Hemos pasado juntos tres horas en el tren –aclaró Levin sonriendo–, pero salimos de él intrigados como de un baile de
máscaras, al menos yo.
–¡Ah! No lo sabía –dijo Oblonsky, y añadió, señalando al comedor–: Pasen, hagan el favor.
Los hombres pasaron al comedor y se acercaron a la mesa de los entremeses, preparada a un lado, y en la que había seis
clases de vodka, otras tantas de queso, con palillos de plata y sin ellos, caviar, arenques, conservas de todas clases y platos con
pequeñas rebanadas de pan francés.
Todos permanecieron un rato ante la mesa, bebiendo el aro mático vodka. La charla sobre la rusificación de Polonia, en tre
Kosnichev y Karenin, se calmó en espera de la comida.
Sergio Ivanovich sabía muy bien cambiar una conversa ción seria y elevada vertiendo en ella inesperadamente algu nas gotas
de sal ática, lo que hizo en esta ocasión, modificando así el estado de ánimo de sus interlocutores.
Page No 162
Alexey Alejandrovich opinaba que la rusificación de Polo nia sólo se podía lograr mediante principios superiores intro -
ducidos por la administración rusa. Peszov sostenía que un pueblo sól o asimila a otro cuando está más poblado. Kos nichev
reconocía una cosa y otra, pero con limitaciones. Y, cuando salían del salón, dijo, con una sonrisa para cerrar la discusión:
–Para la rusificación de Polonia, sólo hay un medio: poner en el mundo el may or número posible de niños rusos. Mi her -
mano y yo obramos en ese sentido peor que nadie. Pero uste des, señores casados, y sobre todo usted, Esteban Arkadievich, se
portan como perfectos patriotas. ¿Cuántos hijos tiene usted ahora? –preguntó, dirigiéndose con afable sonrisa al dueño de la
casa y presentándole su copita para brindar con él.
Todos rieron, y Oblonsky más que ninguno.
–Sí; ése es el mejor medio –dijo, masticando el queso y vertiendo un vodka especial en la copa de uno de los invitados.
La discusión, en efecto, concluyó con aquella broma.
–No está mal este queso –dijo el anfitrión–. Permítanme que les ofrezca. ¿Has empezado otra vez a hacer gimnasia? ––dijo a
Levin, palpándole con su mano izquierda los bíceps.
Este sonrió, contrajo el brazo y, entre los dedos de Esteban Arkadievich, se levantó un bulto, redondo como un queso, bajo el
fino paño de la levita de su amigo.
–¡Menudos bíceps! ¡Eres un Sansón!
–Para cazar osos debe de necesitarse seguramente una fuerza poco común –dijo Karenin, que tenía una idea muy vaga de la
caza, mientras untaba pan con queso, rompiendo, al hacerlo, la rebanada, delgada como una telaraña.
Levin sonrió.
–Ninguna. Al contrario. Hasta un niño puede matar un oso ––dijo.
Y, haciendo un leve saludo, dejó paso a las señoras, que se acercaban a la mesa para tomar bocadillos.
–Me han dicho que ha matado usted un oso –dijo Kitty, tratando en vano de pinchar con el tenedor una seta lisa y re belde, y
sacudiendo las puntillas entre las cuales brillaba su mano blanca–. ¿Hay osos en su propiedad? –añadió, volviendo a medias su
hermosa cabecita y sonriendo.
Al parecer, nada había de extraordinario en lo que había dicho, pero ¡qué inexplicable significación palpitaba para él en cada
sonido y cada movimiento de sus labios, de sus ojos, de su mano, al hablar! Había en ellos súplica de que la perdonara,
confianza en él, caricia, una caricia suave y tímida, promesa esperanza... y amor, un amor que le anegaba en felicidad.
–No. He ido a la provincia de Tver. Al regreso encontré en el t ren a su cuñado, o mejor dicho, al cuñado de su cuñado. Fue
un encuentro divertido.
Y relató animadamente, divirtiéndole mucho, que, después de no haber dormido en toda la noche, se introdujo en el de -
partamento de Karenin vistiendo su pelliza de piel de oveja.
–Al contrario del refrán , el revisor, viendo mi indumen taria, trató de impedirme el paso, pero empecé a soltar algu nas
expresiones algo fuertes... También usted –dijo Levin di rigiéndose a Karenin, cuyo nombre había olvidado – quiso primero
hacerme salir, juzgándome por mi pelliza de piel de cordero. Pero luego intervino en mi favor y se lo agradecí profundamente.
–En general, los derechos de los viajeros a los asientos son muy inconcretos –repuso Alexey Alejandrovich limpiándose los
dedos con el pañuelo.
–Yo notaba que usted estaba indeciso con respecto a mí –dijo Levin, riendo bonachón–. Por eso me apresuré a ini ciar una
charla culta para tratar de borrar el aspecto de mi zamarra.
Sergio Ivanovich, que hablaba con la dueña y atendía a medias a su hermano, le miró de reojo.
«¿Qué le pasará? Tiene el aspecto de un triunfador», pensó. Ignoraba que Levin sentía como si le crecieran alas. Sabía que
Kitty oía sus palabras y que el oírlas la halagaba, y esto le absor bía completamente. Le parecía que no sólo en aquella estancia
sino en todo el mundo, no existían más que dos seres: él, que había alcanzado ahora ante sí mismo una enorme trascendencia, y
ella. Sentíase a una altura tal que experimentaba vértigos. Y abajo, muy abajo, parecíale ver a aquel los simpáticos y bonda -
dosos amigos: los Karenin, los Oblonsky y todos los demás...
De un modo natural, sin reparar en ello, sin mirarles, como si no hubiese otro sitio donde ponerles, Esteban Arkadievich hizo
sentar a Kitty y Levin uno al lado del otro a la mesa.
–Puedes sentarte aquí –dijo a Levin.
La comida fue tan buena como la vajilla, a la que Oblonsky era muy aficionado. La sopa Marie–Louise resultó excelente, las
diminutas empanadillas, que se deshacían en la boca como agua, no tenían reproche. Dos lacayos y Mateo, con corbatas
blancas, servían vinos y manjares sin que se reparase en ellos apenas, hábil y silenciosamente. Si la comida resultó bien en el
aspecto material, no fue peor en lo espiritual. La conversación, ya generalizada, ya parcial, no cesaba. Al final de la comida, los
hombres se levantaron de la mesa sin dejar de hablar, y hasta Karenin se animó.
X
A Peszov le gustaba llevar los razonamientos hasta la úl tima consecuencia, y no quedó contento con las palabras fina les de
Sergio Ivanovich, sobre todo porque comprendía la falta de solidez de su propia opinión.
–En ningún momento he querido referirme exclusiva mente –dijo mientras tomaba su sopa y dirigiéndose a Ka renin– a la
densidad de población como medio para la asimilación de un pueblo, sino también a la superioridad de principios.
–A mí me parece que viene a ser lo mismo –repuso, lentamente y sin interés, su interlocutor –. A mi juicio, un pueblo sólo
puede influir sobre otro cuando posee un desarrollo superior, en cuyo caso...
–Pero, ¿en qué consiste ese desarrollo superior? –interrumpió Peszov, que siempre se precipitaba al hablar y po nía su alma
entera en cuanto decía–––. Entre ingleses, franceses y alemanes ¿quién tiene un desarrollo superior? ¿Quién podría asimilarse a
los demás? El Rin está afrancesado y los alemanes, no obstante, no son inferiores. ¡Tiene que haber otro principio! ––exclamó.
Comentario: «Te reciben por el
traje y te despiden por la
inteligencia.» (Proverbio ruso.)
Page No 163
–Creo que la influencia depende siempre de la mayor cultura–respondió Karenin arqueando levemente las cejas.
–¿Y en qué se notan las señales de la cultural –preguntó Peszov.
A mi juicio son bien conocidas –repuso Alexey Alejandrovich.
–¿Cree, en efecto, que son bien conocidas? –intervino Sergio Ivanovich sonriendo con fina ironía –. Ahora se admite que la
verdadera cultura ha de ser clásica; pero hay fuertes debates al respecto, y no cabe negar que el campo opuesto posee sólidos
argumentos en su favor.
–Usted, Sergio Ivanovich, ¿es partidario de la cultura clá sica...? Permítame que le sirva vino tinto ––dijo Esteban Ar -
kadievich.
–No expongo mi opinión en favor de ninguna de ambas culturas –dijo Sergio Ivanovich, sonriendo condescendiente, como si
hablara con un niño, y presentando su copa–. Digo sólo que ambas partes ofrecen sólidos argumentos –continuó, dirigiéndose a
Karenin–. Por mi formación, soy clásico, pero en esa discusión no hallo lugar para mí. No veo razones de peso que expliquen
la superioridad de los clásicos sobre los realistas.
–Las ciencias naturales ejercen también una influencia pedagógicoformativa –añadió Peszov–. Por ejemplo: la astronomía, la
botánica, la zoología, con sus sistemas de leyes generales.
–No puedo estar de acuerdo –contestó Alexey Alejan drovich–. Opino que no es posible negar que el simple pro ceso del
estudio de las manifestaciones idiomáticas i nfluye sobre el desarrollo espiritual. Tampoco puede negarse que la influencia de
los escritores clásicos es en sumo grado moral, mientras que, por desgracia, a la enseñanza de las ciencias na turales se añaden
nocivas y erróneas doctrinas que constituyen la plaga de nuestra época.
Sergio Ivanovich iba a alegar algo, pero Peszov se ade lantó, hablando con su profunda voz de bajo, y comenzó a de mostrar
lo equivocado de aquella opinión. Sergio Ivanovich esperaba pacientemente el momento de poder hablar, con evidente
expresión de triunfo en su semblante.
–Pero –dijo al fin, sonriendo de nuevo con fina ironía y dirigiéndose a Karenin – nos es imposible negar que es muy difícil
pesar todo lo que en pro y en contra de esas ciencias puede decirse. La cuestión de a cuál de ambas educaciones hay que dar la
preferencia no habría sido resuelta tan fácil y definitivamente si del lado de la formación clásica no hallára mos el argumento
que acaba usted de exponer: la ventaja moral–disons le mot– de la influencia antinihilista.
–Sin duda.
–De no ofrecer esa ventaja antinihilista las ciencias clási cas, habríamos pesado y pensado más –dijo Sergio Ivano vich,
siempre con su fina sonrisa– y habríamos dejado que una y otra tendencia se desarrollaran libremente. Pero ahora sabemos que
las píldoras de la educación clásica contienen una fuerza curativa contra el nihilismo y por eso las receta mos con toda
seguridad a nuestros pacientes. ¿Y si en reali dad no tuvieran tal poder terapéutico? –concluyó, añadiendo de este modo a la
charla su acostumbrada dosis de sal ática.
Cuando Kosnichev mencionó las píldoras, todos rieron y, más alto y alegremente que todos, Turovzin, que esperaba desde el
principio la parte divertida de la conversación.
Esteban Arkadievich había acertado al inv itar a Peszov, porque, gracias a él, la conversación sobre temas elevados no cesó
un momento. Apenas Sergio Ivanovich hubo cortado con su broma la conversación, ya Peszov abordaba otro tema.
–Ni siquiera podemos estar seguros de que tales sean las opinione s del Gobierno –decía ahora–. El Gobierno probablemente
se guía por la opinión general, siendo indiferente a la eficacia de las medidas que adopta. Así, por ejemplo, la cuestión de la
instrucción femenina suele ser considerada como perjudicial y, sin embar go, el Gobierno abre escuelas y universidades para la
mujer.
Y la conversación pasó en seguida al tema de la educación femenina.
Alexey Alejandrovich manifestó que generalmente se con fundía la educación femenina con la cuestión de la libertad de la
mujer, y que sólo por este sentido podía considerase perjudicial.
–Yo opino, al contrario, que ambas cuestiones van indisolublemente unidas ––dijo Peszov–. Es un círculo vicioso. La mujer
no tiene derechos por la insuficiencia de su instrucción, y su insuficie ncia de instrucción procede de su falta de dere chos. No
olvidemos que la esclavitud de la mujer es algo tan arraigado y antiguo que a menudo no queremos comprender el abismo que
nos separa de ellas.
–Dice usted derechos... –repuso Sergio Ivanovich, que es peraba a que Peszov callase –. ¿Derechos a ocupar puestos de
jurados, vocales, alcaldes, funcionarios y miembros del Parlamento?
–Sin duda.
–Como rara excepción, puede admitirse la posibilidad de que las mujeres ocupen tales puestos, pero creo que usted ha dado a
la expresión un sentido demasiado amplio al decir «derechos». Más justo sería decir «obligaciones». Todos estarán de acuerdo
conmigo en que cuando somos jurados, vocales o telegrafistas, creemos estar cumpliendo una obligación. Por eso es más justo
decir que las mujeres tratan de cumplir debe res, y tienen razón. En ese sentido, hay que simpatizar con su deseo de ayudar al
hombre en su trabajo.
–Me parece muy justo –confirmó Alexey Alejandrovich–. La cuestión consiste, en mi opinión, en saber si se rán capaces de
cumplir con esos deberes.
–Estoy seguro de que serán muy capaces de hacerlo cuando la instrucción se extienda entre ellas, como ya lo ve mos –opinó
Oblonsky.
–¿Y la sentencia? –medió el anciano Príncipe, que hacía tiempo escuchaba, mirando c on sus ojos pequeños y brillan tes,
llenos de ironía, No me importa repetirla en presencia de mis hijas: «La mujer es un animal de cabellos largos y de...».
–Algo por el estilo se decía de los negros antes de emanciparlos –alegó, malhumorado, Peszov.
–Por mi parte encuentro muy extraño que las mujeres bus quen nuevas obligaciones –manifestó Sergio Ivanovich–, mientras
vemos que, por desgracia, los hombres huyen de ellas.
Comentario: «Valga la
palabra.»
Page No 164
–Las obligaciones comportan derechos. Las mujeres buscan autoridad, dinero, honores –repuso Peszov.
–Es como si yo buscase un puesto de nodriza y me ofen diese de que se me negase, mientras a las mujeres las pagan por ello
––dijo el anciano Príncipe.
Turovzin rió a carcajadas y Sergio Ivanovich lamentó no haber tenido él aquella ocurrencia.
Hasta Karenin sonrió.
–Sí, pero un hombre no puede amamantar –contestó Peszov– mientras que la mujer..
–Perdón, un inglés que viajaba en un vapor llegó a ama mantar él mismo a su hijo –repuso el príncipe Scherbazky,
permitiéndose esta libertad a pesar de estar presentes sus hijas.
–Pues podrá haber tantas mujeres funcionarias como ingleses como ése –atajó Sergio Ivanovich.
–¿Y qué ha de hacer una joven sin familial –intervino Esteban Arkadievich, apoyando a Peszov en su defensa de la mujer, al
acordarse de la Chibisova, en la que ahora pensaba constantemente.
–Si se estudiase bien la vida de esa joven, se vería que se guramente había dejado a su familia o la de sus parientes, donde
tendría sin duda la posibilidad de hallar un trabajo pro pio para mujeres –terció inesperadamente Dolly, sin duda adivinando en
qué joven pensaba su marido.
–Nosotros defendemos el principio, el ideal –alegó Peszov, con su sonora voz de bajo–. La mujer quiere tener derecho a ser
independiente y culta, y se siente oprimida y aplastada con la idea de que ello le es imposible.
–Y yo me siento oprimido y aplastado por la idea de que no me acepten como nodriza en el orfelinato –insistió el anciano
Principe, con gran alborozo de Turovzin, que, en su risa, dejó caer un grueso espárrago en la salsa.
XI
Todos participaban en la conversación general excepto Kitty y Levin.
Este, al principio, cuando se habló de la influencia de un pueblo sobre otro, pensó que podría opinar sobre el tema. Pero
aquellas ideas, que antes le parecían de ta nta importancia, pasaban ahora como un sueño por su cerebro sin despertar en él el
menor interés. Incluso le pareció extraño que hablasen tanto de lo que a nadie le importaba.
Kitty, a su vez, encontraba interesante habitualmente la cuestión de los derechos femeninos. ¡Cuántas veces pensaba en esto,
recordando a su amiga del extranjero, Vareñka, y su penosa dependencia; cuántas veces meditaba en lo que podia ser de ella de
no casarse, y cuántas veces había discutido el asunto con su hermana!
Pero ahora todo ello la tenía sin cuidado. Hablaba con Levin, o mejor dicho no hablaba; sólo mantenía con él una es pecie de
misteriosa comunicación que cada vez les acercaba más, despertando en ambos un sentimiento de gozosa incertidumbre ante el
mundo desconocido en que se disponían a entrar.
Al iniciar su conversación, Levin, contestando a Kitty, le dijo que la había visto el año pasado en el coche cuando él
regresaba a su casa por el camino real, de vuelta de las faenas del campo.
–Era muy temprano. Usted debía de a cabar de desper tarse. Su mamá dormía en el rincón del coche. La mañana era
espléndida. Y yo iba por el camino pensando: «¿Quién vendrá en ese coche de cuatro caballos?». El coche pasó con un ale gre
sonar de cascabeles, y yo vi por un instante su rostro e n la ventanilla, y su mano, que ataba las puntas del lazo de su cofia,
mientras usted, sentada, parecía pensar en algo... –contaba Levin, riendo–. ¡Cuánto habría dado por saber lo que pensaba! ¿Era
algo importante?
«¡A lo mejor estaba despeinada! », pensó Kitty. Pero viendo la embelesada sonrisa que aquellos recuerdos despertaban en
Levin, comprendió que el efecto producido no podía haber sido malo. Se ruborizó y rió jovialmente.
–Le aseguro que no me acuerdo.
–¡Qué a gusto ríe Tuovzin! –exclamó Levin, viendo los ojos húmedos y el cuerpo tembloroso de risa del aludido.
–¿Le conoce hace mucho? –preguntó Kitty.
–¡Quién no le conoce!
–Me parece que le considera usted una mala persona.
–No, eso no; le considero sólo un miserable.
–No es cierto. ¡Le prohibo que piense eso de él! –dijo Kitty–. Yo también le consideraba antes lo mismo; pero es un hombre
muy simpático y bueno. Tiene un corazón de oro.
–¿Cómo conoce usted su corazón?
–Somos muy amigos suyos. Le conozco bien. El invierno pasado, poco después de que... usted estuviera en nuestra casa –
dijo Kitty con una sonrisa culpable, pero a la vez con fiada– Dolly tuvo a todos los niños enfermos de escarlatina. Un día
Turovzin pasó por su casa. Y sintió tanta compasión de Dolly, que se quedó allí durante tres semana s cuidando como un aya a
los pequeños –refirió en voz baja.
E inclinándose hacia su hermana, añadió:
–Estoy contando a Constantino Dmitrievich lo que hizo Turovzin cuando tuviste a los niños enfermos de la escarlatina.
–Es un hombre extraordinariamente bu eno –repuso Dolly mirando con dulce sonrisa a Turovzin, que comprendió que
hablaban de él.
Levin le miró a su vez, sin poder explicarse cómo era posi ble que no hubiese reparado antes en las cualidades de aquel
hombre.
–Perdóneme, perdóneme; no volveré a pensar mal de nadie –dijo, jovial y sinceramente, expresando lo que sentía realmente
en aquel momento.
XII
Page No 165
En la conversación que se había iniciado sobre los derechos de la mujer, surgían puntos delicados, relativos a la desi gualdad
que existía entre los cónyuges en el matrimonio, cuestiones que era difícil tratar en presencia de las señoras. Peszov durante la
comida tocó más de una vez aquellos puntos, pero Sergio Ivanovich y Esteban Arkadievich desviaron siempre con mucho tacto
la conversación.
Cuando se levantaron de la mesa y las señoras salieron del comedor, Peszov no las siguió y se dirigió a Karenin ex -
poniéndole el motivo esencial de aquella desigualdad, que consistía, según él, en que las infidelidades de marido y mu jer se
castigan de modo distinto por la ley y por la opinión pública.
Esteban Arkadievich se acercó precipitadamente a su cuñado ofreciéndole tabaco.
–No fumo –repuso Karenin con calma.
–Creo que las bases de esa opinión están en la esencia misma de las cosas –dijo.
E intentó pasar al salón, pero en aquel momento Turovzin le habló inesperadamente.
–¿Sabe usted lo de Prianichnikov? –preguntó, sintiéndose animado ya por el champaña a romper el silencio en que hacía rato
permaneciera–. Me han contado –siguió, sonriendo bonachonamente con sus labios húmedos y rojos y dirigiéndose a Karenin,
como invitado de más respeto– que Vasia Prianichnikov se ha batido en Tver con Kritsky y le ha matado.
Oblonsky observaba que, así como todos los golpes van siempre al dedo lastimado, hoy todo iba a parar al punto dolorido de
Karenin. Trató de llevarle fuera, pero su cuñado preguntó:
–¿Por qué se ha batido Prianichnikov?
–Por culpa de su mujer. ¡Se comportó como un hombre! Desafió al otro y le mató.
–¡Ah! –murmuró Alexey Alejandrovich. Y arqueando las cejas pasó al salón.
–Me alegro de que haya venido hoy –dijo Dolly, que le encontró en la pequeña antesala contigua –. Quiero hablarle.
Sentémonos aquí.
Karenin, siempre con aquella expresión indiferente que le daban sus cejas arqueadas, sonrió y se se ntó junto a Daria Ale -
jandrovna.
–Muy bien –dijo–, porque precisamente quería pedirle perdón por no haberla visitado antes y despedirme de usted. Me voy
de viaje mañana.
Dolly creía en la inocencia de Ana y en su palidez se adivinaba que estaba irritada contra aquel hombre frío a indiferente que
con tanta tranquilidad iba a causar la ruina de su inocente cuñada.
–Alexey Alejandrovich –dijo, con desesperada decisión mirándole a los ojos–. Le he preguntado por Ana y no me ha
contestado. ¿Cómo está?
–Creo que bien, Daria Alejandrovna –contestó Karenin sin mirarla.
–Perdone, Alexey Alejandrovich. No tengo derecho a... Pero quiero y respeto a Ana como a una hermana. Le pido... le ruego
que me diga lo que ha pasado entre ustedes. ¿De qué la acusa?
Karenin arrugó el entrecejo, entornó los ojos a inclinó la cabeza.
–Supongo que su marido le habrá explicado los motivos por los cuales quiero cambiar mis relaciones con Ana Arka dievna –
dijo, siempre sin mirar a Dolly, y dirigiendo la vista sin querer al joven Scherbazky, que pasaba por el salón.
–No creo, no puedo creer que... –pronunció Dolly, uniendo sus manos huesudas en un ademán enérgico –. Aquí nos mo -
lestarán. Pase a este otro cuarto, haga el favor –dijo, levantándose y poniendo la mano en la manga de Karenin.
La emoción de Dolly influyó en Alexey Alejandrovich. Le vantándose, la siguió sumisamente al cuarto de estudio de los
niños.
Se sentaron ante la mesa cubierta de hule rasgado por todas partes por los cortaplumas.
–No lo creo, no lo creo –insistió Dolly, procurando fijar la mirada huidiza de Karenin.
–Es imposible no creer en los hechos, Daria Alejandrovna –respondió Alexey Alejandrovich, recalcando la palabra
«hechos».
–¿Qué le ha hecho? ¿Qué ha hecho Ana? –preguntó Dolly.
–Olvidar sus deberes y traicionar a su marido. Eso ha hecho.
–Es imposible. ¡Ha debido usted engañarse! –dijo Dolly cerrando los ojos y llevándose las manos a las sienes.
Karenin sonrió fríamente, sólo con los labios, queriendo probar a Dolly y a sí mismo la firmeza de su convicción; pero
aquella calurosa defensa de su mujer, aunque no le hacía vaci lar, abría de nuevo la herida de su alma, y se puso a hablar con
gran excitación.
–Es imposible equivocarse cuando la propia mujer se lo confiesa al marido, añadiendo que los ocho años de vida co nyugal y
el hijo que tiene han sido un error, y que desea empe zar una nueva vida –concluyó enérgicamente, produciendo al hablar un
sonido nasal.
–Me resulta imposible, no puedo creerlo... ¡Ana y el vicio unidos! ¡Oh!
–Daria Alejandrovna –dijo Karenin, mirando ahora de frente el rostro bondadoso y conmovido de Dolly y sintiendo que su
lengua adquiría más libertad –, habría dado cualquier cosa por poder seguir dudando. Mientras dudaba sufría, pero no tanto
como ahora. Cuando dudaba, tenía esperanzas. Ahora ya nada espero; y, a pesar de todo, nuevas dudas se han añadido a las que
sentía y he llegado a odiar a mi hijo, a querer incluso pensar que no es mío. Soy muy desgraciado.
Sobraba decirlo. Dolly lo comprendió en cuanto Karenin la miró a la cara. Sintió lástima de él y su fe en Ana vaciló.
–¡Es horrible, horrible! ¿Y es cierto que se ha decidido usted por el divorcio?
–Estoy decidido a ese recurso extremo. No cabe hacer otra cosa.
–¡Que no cabe hacer otra cosa! ¡Que no cabe hacerla! –murmuró ella, con lágrimas en los ojos.
Page No 166
–Lo terrible de esta desgracia es que no se pueda, como en otros casos, incluso la muerte, soportar la cruz. Aquí hay que
obrar –dijo él, adivinando el pensamiento de Dolly –. Hay que salir de la situación humillante en que le ponen a uno. Es
imposible compartir con otro...
–Comprendo, comprendo bien –repuso Dolly bajando los ojos. Y calló, pensando en sí misma, en sus dolores fami liares.
Pero, de pronto, con ademán enérgico, alzó la cabeza y juntó las manos implorándole –: Escuche: usted es cristiano. Piense en
ella. ¿Qué será de Ana si la abandona?
–Ya lo he pensado, y mucho, DariaAlejandrovna–dijo Karenin, cuyo rostro se había cubierto de manchas rojas y cuyos ojos
turbios la miraban de frente. Dolly ahora le tenía compa sión–. Lo hice de spués de que ella misma me hubo anunciado mi
deshonra. Lo dejé todo como estaba, le di la posibilidad de enmendarse, de guardar las apariencias –siguió, exaltándose–. Es
posible salvar al que no quiere perderse, pero si una natura leza es tan viciosa y est á tan corrompida que hasta la misma per -
dición le parece una salvación, ¿qué se puede hacer?
–Todo, menos divorciarse.
–¿Qué es todo?
–¡Es horrible! Ana no será la esposa de ninguno. ¡Se perderá!
–¿Y qué puedo hacer? –repuso Alexey Alejandrovich levantando las cejas y los hombros.
Y el recuerdo de la última falta de su mujer le irritó tanto que recobró su frialdad del principio de la conversación.
–Agradezco mucho su simpatía, pero tengo que irme ––dijo levantándose.
–Espere. No debe usted causar la perdi ción de Ana. Quiero hablarle de mí misma. Me casé y mi marido me enga ñaba.
Enojada y celosa quise abandonarlo todo, marcharme... Pero recobré el buen sentido... ¿y sabe quién me salvó? La propia Ana.
Ahora ya ve: voy viviendo, los niños crecen, mi marido vuelve al hogar, reconoce su falta, es cada vez mejor, y yo... He
perdonado y usted debe perdonar también.
Karenin la escuchaba, pero aquellas palabras no desperta ban en él eco alguno. En su alma se elevaba otra vez la ira del día
en que resolviera divorciarse. Se recobró, Y exclamó, con voz fuerte y vibrante:
–No quiero ni puedo perdonarla; lo considero injusto. Lo he hecho todo por esa mujer y ella lo ha pisoteado todo en el barro,
en ese barro que es el elemento natural de su alma. No soy malo. No he od iado a nadie jamás, pero a ella la odio con toda el
alma, y el odio inmenso que le tengo por todo el mal que me ha causado me impide perdonarla –concluyó, con la voz sofocada
por un sollozo de cólera.
–Amad a los que os odian –murmuró Dolly tímidamente.
Karenin sonrió con desprecio. Conocía la máxima hacía mucho, pero sabía que no convenía a su caso.
–Podemos muy bien amar a los que nos odian, pero a los que nosotros odiamos no. Perdóneme haberle causado este
sufrimiento. Cada uno tiene bastante con sus propias penas.
Y, recobrando el dominio de sí mismo, Alexey Alejandrovich se despidió tranquilamente y se fue.
XIII
Al levantarse de la mesa, Levin se proponía seguir a Kitty al salón, pero temía que a ella le molestase que la cortejara tan
ostensiblemente.
Se quedó, pues, con el círculo de los hombres, intervinien do en la conversación general y, sin dirigir la vista a Kitty, se guía
sus movimientos, sus miradas y el lugar que ocupaba en el salón.
Ahora, sin esfuerzo alguno, cumplía la promesa que le había hecho de no pensar mal de nadie y estimar siempre a todos.
La conversación versó sobre la comunidad rusa, en la que Peszov veía un principio particular que él llamaba el principio del
coro. Levin no estaba conforme con él ni con su hermano, quien, según su modo de pensar, admitía y no admitía la comunidad
rusa. Mas Levin hablaba con ellos con intención de aproximarlos y de suavizar sus divergencias. No se interesaba ni lo más
mínimo en lo que les decía, y menos aún en lo que decían ellos, y sólo deseaba que todos se sintieran a gusto y satisfechos.
A la sazón, únicamente una cosa le parecía importante. Y aquella cosa estaba al principio en el salón y luego empezó a
acercarse y se detuvo en la puerta. Levin, de espaldas, sintió una mirada y una sonrisa dir igidas a él y no pudo dejar de
volverse. Kitty estaba en el umbral, con Scherbazky, y le miraba.
–Creí que iba usted al piano –dijo Levin aproximándose–. La música es lo que más echo de menos en el pueblo.
–No. Veníamos a buscarle –respondió Kitty, dirigiéndole una sonrisa–. ¡Qué ganas de discutir! No van a convencerse nunca
unos a otros...
–Es verdad –repuso Levin–. La mayoría de las veces se discute únicamente porque no se comprende lo que quiere de cir el
antagonista de uno.
Levin solía observar que en las discusiones entre hombres inteligentes, después de grandes esfuerzos y de enorme canti dad
de sutilezas dialécticas y de palabras, los interlocutores llegaban a la conclusión de que se esforzaban en demostrarse
mutuamente lo que sabían ya desde el pri ncipio. Veía también que el motivo de las discusiones era siempre que les agrada ban
diferentes cosas y no querían reconocerlo para no ser vencidos en el debate.
Levin, a veces, cuando discutía, si adivinaba de repente lo que agradaba a su adversario, com enzaba también él a verlo con
agrado, se unía a su opinión y todas las demostraciones resultaban innecesarias. Pero en otras ocasiones sucedía lo contrario.
Exponía las convicciones en cuya defensa inventaba argumentos y, si acertaba a explicarlas bien y sinceramente, el antagonista
se convencía y abandonaba la discusión. Era esto lo que había querido decir a Kitty.
Ella arrugó el entrecejo tratando de comprender. Pero ape nas él hubo iniciado la explicación, Kitty vio claro lo que que ría
decir.
–Ya. Es preciso saber lo que sostiene el contrincante, lo que le agrada, y entonces es posible...
Page No 167
Había adivinado y expresado el pensamiento tan mal ex puesto por Levin, quien rió jovialmente al oírla. Era sorpren dente
aquella transición del elocuente debate ent re Peszov y su hermano a esta lacónica manera de exponer, casi sin pala bras, las
ideas más complicadas.
Scherbazky se separó de ellos. Kitty, acercándose a la mesa de juego, que estaba desplegada, se sentó y empezó a dibujar
con tiza círculos sobre el nuevo tapete verde.
Volvieron a la conversación iniciada en la comida sobre la libertad y ocupaciones de la mujer. Levin coincidía con Dolly en
que una joven soltera podía encontrar trabajo femenino en la familia. Y esto se lo confirmaba el que ninguna casa p uede
prescindir de una ayudanta; que toda familia, pobre o rica, necesita tener niñera, ya sea a sueldo, ya alguna parienta.
–No –dijo Kitty, ruborizándose, pero mirando aún más fijamente a Levin con sus ojos sinceros–. Una joven puede hallarse
en situación de no poder vivir con su familia, de ser despreciada, y entonces...
El comprendió lo que se ocultaba bajo aquellas palabras.
–Sí –dijo–, tiene usted razón, sí, sí...
Y le bastó adivinar lo que se ocultaba en sus palabras: el miedo a quedar soltera, la h umillación .... para comprender en
seguida la verdad que había sostenido Peszov durante la co mida sobre la libertad de la mujer. Amaba a Kitty y por aque lla
humillación adivinó al punto lo que pasaba en su corazón, y rectificó sin vacilar sus opiniones.
Siguió un silencio. Kitty continuaba dibujando en la mesa. Sus ojos brillaban con dulzura y Levin sentía que la felicidad le
inundaba más cada vez.
–¡Oh! He ensuciado toda la mesa –exclamó Kitty.
Y dejando la tiza, hizo ademán de levantarse.
«¿Será posible que me deje solo?», se preguntó Levin, atemorizado. Y, cogiendo la tiza, se sentó a la mesa y dijo:
–Espere. Hace tiempo que quería preguntarle una cosa.
La miraba a los ojos, acariciantes, aunque ligeramente asustados.
–Bien; pregunte –repuso Kitty.
–Mire –repuso él, y comenzó a escribir las letras siguien tes: c, u, m, d, n, p, s, s, r, a, e, o, a, s. Estas letras significaban:
«Cuando usted me dijo: no puede ser, ¿se refería a entonces o a siempre?».
Parecía imposible que ella pudiese descifrar el significado de aquellas letras; pero él la miró de un modo tal como si su vida
dependiese de que Kitty las comprendiera.
La joven le contempló con gravedad, inclinó la frente, frun ciéndola y examinó las letras. De vez en cuando, le miraba como
preguntándole: «¿Es lo que me figuro?».
–Comprendo ––dijo, al fin, ruborizándose.
–¿Sabe qué palabra es ésta? –preguntó él, señalando la s, con la que indicara « siempre», que significaba el fin de sus
esperanzas.
–Significa «siempre» –contestó Kitty–; pero no es así.
Levin limpió rápidamente lo escrito, ofreció la tiza a la joven y se levantó. Ella trazó estas letras: e, n, p, d, o, c.
Dolly se consoló totalmente del dolor que le causara la con versación con Karenin viendo las figuras de Kitty y Levin: ella
con la tiza en la mano, mirándole con una sonrisa, temerosa y feliz, y Levin inclinado sobre la mesa, y mirando con encendidos
ojos, ora a la mesa, ora a la muchacha.
De pronto, el rostro de Levin se iluminó: había comprendido. Las letras significaban: «entonces no podía decir otra cosa».
La miró, interrogativo y tímido.
–¿Sólo entonces? –preguntó.
–Sí ––contestó la sonrisa de Kitty.
–¿Y a... ahora?
–Lea. Le diré lo que quisiera, lo que quisiera con toda mi alma...
Y escribió: q, u, o, 1, q, p, que significaba « que usted olvidara lo que pasó».
Levin cogió la tiza con sus rígidos y temblorosos dedos, y la emoción le hizo romper la barrita de yeso. Luego escribió las
iniciales de la siguiente frase: «No tengo nada que olvidar ni perdonar y no he dejado nunca de amarla».
Kitty le miró con extática sonrisa.
–He comprendido ––dijo.
Levin se sentó y escribió una larga frase en iniciales. Kitty lo comprendió todo y, sin pedirle confirmación, tomó la tiza y le
contestó inmediatamente.
Durante largo rato Levin no pudo adivinar lo que ella quería decide y de vez en cuando la miraba a los ojos. La felicidad que
sentía velaba su mente. Le fue imposible encontrar las palabras a que correspondían las iniciales de Kitty, pero en los hermosos
y radiantes ojos de la joven leyó cuanto quería saber.
Entonces escribió sólo tres letras. Antes de que terminase de trazarlas, Kitty, cogiendo la mano de Levin, le hizo poner la
respuesta: «Sí».
–¿Están ustedes juzgando al secrétaire? –preguntó el anciano príncipe Scherbazky, acercándose a el los–. Vamos, Kitty. Si
no, llegaremos tarde al teatro.
Levin se levantó y acompañó a Kitty hasta la puerta.
En su conversación había sido dicho todo: que ella le quería y que diría a sus padres que Levin iría a verles al día siguiente
por la mañana.
XIV
Page No 168
Cuando Kitty hubo salido, Levin, solo, sintió en ausencia de la joven tal inquietud y tan vivo deseo de que llegara cuanto an -
tes la mañana siguiente, en que volvería a verla y a unirse con ella para siempre, que las catorce horas que le separaban de
aquel momento le llenaron de temor. Necesitaba estar con al guien, hablar, no sentirse solo, engañar el tiempo. El más agra -
dable interlocutor para él habría sido Oblonsky, pero éste afir maba tener que asistir a una reunión, aunque en realidad iba al
baile. Levin tuvo tiempo, sin embargo, de decirle que era feliz, que le apreciaba mucho y que jamás olvidaría lo que había he -
cho por él. La mirada y la sonrisa de su amigo le demostraron que éste había comprendido perfectamente el estado de su alma.
–¿Qué? ¿Ya no está próximo el momento de morirse? –preguntó Esteban Arkadievich con amable ironía, estre chando la
mano de Levin.
–¡Nooo! –repuso éste.
Al despedirse de él, también Dolly le felicitó, diciéndole:
–Estoy muy contenta de que se haya vuelto a ver con Kitty. No hay que olvidar a los antiguos amigos...
A Levin casi le molestaron las palabras de Daria Alejandrovna, la cual no podía comprender en cuán alto a inaccesible lugar
colocaba él aquel acontecimiento, ya que se atrevía a mencionar en estos momentos el pasado.
Levin se despidió de ellos y, por no quedar solo, se fue con su hermano.
–¿Adónde vas?
–A una reunión.
–¿Puedo acompañarte?
–¿Por qué no? –repuso, sonriendo, Sergio Ivanovich–. Pero, ¿qué tienes hoy?
–¿Qué tengo? ¡Soy feliz! ––dijo Levin, mientras bajaba el cristal de la ventanilla del coche en que iban–. ¿No te importa que
abra? Me ahogo... Soy muy feliz... ¿Por qué no te has casado tú?
Sergio Ivanovich sonrió.
–Me alegro; ella parece una muchacha muy simpática... ––empezó.
–¡Calla, calla, calla! –gritó Levin, cogiendo con ambas manos el cuello de la pelliza de su hermano y cerrándola so bre su
boca.
¡Eran tan vulgares, tan ordinarias, armonizaban tan mal con sus sentimientos aquellas palabras: «Es una muchacha muy
simpática»!
Sergio Ivanovich rió alegremente, lo que rara vez le sucedía.
–En todo caso, celebro mucho...
–Mañana, mañana me lo dirás. ¡Silencio ahora! –insistió Levin, cerrando otra vez la pelliza de su hermano. Y añadió –:
¡Cuánto te quiero! ¿Puedo asistir a la reunión?
–Claro que puedes.
–¿De qué ha de tratarse? –preguntó Levin, sin dejar de sonreír.
Llegaron a la reunión. Levin oyó cómo el secretario tropezaba en las palabras al leer el acta, que al parecer no entendía ni él
mismo. Pero Levin creía adivinar a través del rostro del secr etario que era un hombre bueno, simpático y agradable, lo que se
demostraba, según él, por la manera como se azoraba y se confundía en aquella lectura.
Empezaron los discursos. Se discutía la asignación de unas sumas y la colocación de unas tuberías. Sergi o Ivanovich atacó
vivamente a dos miembros de la junta y habló largo rato con aire de triunfo. Uno de los miembros, que había tomado notas en
un papel, quedó por un momento como asustado, pero luego contestó a Kosnichev con tanta cortesía como mala intenci ón.
Sviajsky, presente también, dijo algunas palabras nobles y elocuentes.
Levin, escuchando, comprendía claramente que allí no había nada, ni sumas asignadas, ni tuberías, pero que no se enfadaban
por ello, que eran todos gente muy amable y que todo mar chaba perfectamente entre ellos. No molestaban a nadie y se sentían
a gusto. Lo más notable era que hoy le parecía verles a través de una bruma y que por minúsculos, casi imperceptibles detalles,
creía adivinar el alma de todos y percibir que todos rebosaban bondad.
Ellos, a su vez, sin duda, sentían también hoy una gran sim patía por Levin, ya que al hablar con él, hacíanlo con exqui sita
amabilidad, incluso aquellos que no le conocían.
–¿Estás contento? –le preguntó su hermano.
–Mucho. No imaginaba que llevarías esto con tanto interés, con tanto...
Sviajsky se acercó a Levin y le invitó a tomar el té en su casa. Levin no veía ahora por qué estaba antes descontento con
Sviajsky, ni qué era lo que se obstinaba en buscar en él. ¡Era un hombre tan inteligente y bondadoso!
–Con mucho gusto –repuso, y le preguntó por su esposa y su cuñada. Por extraña asociación de ideas, al unir en su mente el
pensamiento de la cuñada de su amigo y de su matri monio, se le figuró que a nadie podía confiar mejor su dicha que a la
cuñada y la mujer de Sviajsky, por lo cual la idea de ir a verles le colmaba de satisfacción.
Sviajsky le preguntó por los asuntos de su pueblo, suponiendo, corno siempre, que no podría habérsele ocurrido nada que no
existiese ya en Europa, sin que ta l motivo pareciera hoy molestar a Levin. Reconocía, por el contrario, que su amigo tenía
razón, que aquello era cosa de poca monta, y que eran muy de estimar el extraordinario tacto y suavidad con que Sviajsky
procuraba eludir la demostración de la razón que le asistía.
Las señoras se mostraron amabilísimas. Levin experimen taba la impresión de que sabían todo lo que concernía a su di cha,
que se alegraban y que no se lo decían por delicadeza.
Permaneció allí una, dos y hasta tres horas, tratando de di versos temas, pero aludiendo constantemente a lo único que
inundaba su alma, sin darse cuenta de que les tenía ya a todos fatigados y de que era hora de irse a acostar.
Sviajsky le acompañó hasta el recibidor, bostezando y ex trañado de la rara disposición de ánimo que su amigo manifestaba
aquel día.
Con formato
Page No 169
Era la una dada. Levin, al encontrarse en el hotel, se asustó con la idea de que había de pasar a solas diez horas aún, con -
sumiéndose de impaciencia. El criado de turno encendió las bujías y se dispuso a salir, p ero Levin le retuvo. Resultó des pués
que aquel criado, Egor, en quien antes él no reparaba nunca, era un muchacho inteligente y simpático y, sobre todo,
amabilísimo.
–Y dime, Egor: debe de ser difícil pasar la noche sin dormir, ¿no?
–¿Qué se le va a hace r? Es la obligación. Más tranquilo es trabajar en casas de señores. Pero la cuentas salen mejor tra -
bajando aquí.
Levin supo entonces que Egor tenía familia: tres hijos y una hija, costurera, a la que pensaba casar con el dependiente de una
tienda de guarnicionería.
Con este motivo, Levin participó a Egor su opinión de que lo esencial en el matrimonio es el amor, y que con amor siem pre
se es feliz, puesto que la felicidad está en uno mismo.
Egor escuchó con atención, pareciendo comprender muy bien la idea de Levin, y, como para confirmarlo, hizo el co -
mentario, inesperado para éste, de que cuando él servía en casa de unos señores, que eran personas excelentes, siempre había
estado satisfecho de ellos, y que ahora lo estaba también, a pesar de ser francés el dueño.
«¡Es un hombre admirable este Egor!», reflexionaba Levin.
–Cuando te casaste, ¿querías a tu mujer, Egor?
–¿Cómo no iba a quererla?
Y veía que Egor se exaltaba y se disponía a descubrirle todos sus sentimientos recónditos.
–Mi vida ha sido extraordinaria. Desde chiquillo... –empezó Egor, con los ojos brillantes, tan visiblemente contagiado por el
entusiasmo de Levin como cuando uno se contagia viendo bostezar a otro.
Pero en aquel momento sonó un timbre. Egor salió y Levin quedó solo. No había c omido apenas en casa de Oblonsky, no
tomó té ni quiso cenar en la de Sviajsky y ahora no podía ni pensar en la cena. Tampoco había dormido la noche anterior, y
tampoco podía pensar en el sueño. En la habitación hacía fresco, pero se ahogaba de calor. Abrió las dos hojas de la ventana y
se sentó a la mesa ante ellas. Sobre el tejado cubierto de nieve se veía una cruz labrada con cadenas, y encima de la cruz el
triángulo de la constelación del Cochero con Cabra, la brillante estrella amarilla. Levin ora contemplaba la cruz, ora aspiraba el
aire helado que entraba suavemente en la habi tación y, como en sueños, seguía las imágenes y los recuerdos que le iba
sugeriendo su imaginación.
Hacia las cuatro oyó pasos en el corredor; miró por la puerta y descubrió a M iakin. Era éste un jugador a quien conocía que
en aquel momento regresaba del Círculo. Su aspecto era taciturno y tosía.
«¡Pobre desgraciado!», pensó Levin.
Y el afecto y la compasión que sentía por aquel hombre hicieron afluir las lágrimas a sus ojos.
Se propuso hablarle y consolarle, pero, recordando que estaba en camisa, cambió de decisión y se sentó de nuevo ante la
ventana para bañarse en el aire fresco, para mirar aquella cruz silenciosa, de admirable forma y llena para él de significación,
para contemplar aquella brillante estrella amarilla.
A las seis, comenzó a sentirse en los pasillos el ruido de los enceradores, sonaron campanas llamando a misa, y Levin co -
menzó a sentir frío.
Cerró la ventana, se lavó y vistió, y salió a la calle.
XV
Las calles estaban desiertas aún. Levin se dirigió a casa de los Scherbazky. La puerta principal se hallaba cerrada y todo
dormía.
Volvió al hotel, subió a su alcoba y pidió café. El camarero de día, que ya no era Egor, se lo trajo. Levin quiso iniciar una
conversación con él, pero llamaron y el camarero hubo de salir.
Levin probó a beber el café y se llevó una pasta a la boca, pero sus dientes no sabían qué hacer con la pasta. La escupió, se
puso el abrigo y se fue a errar por las calles. Eran algo mas de las nue ve cuando se halló otra vez ante las puertas de los
Scherbazky. En la casa apenas había despertado nadie aún. El cocinero salía en aquel momento a la compra. Era, pues, pre ciso
esperar todavía más de dos horas.
Toda la noche y aquella mañana las había pas ado Levin en estado de inconsciencia, sintiéndose fuera de las condiciones de
la existencia material. No comió en todo el día, llevaba dos noches sin dormir, había pasado varias horas medio desnudo al aire
frío, y, sin embargo, no sólo se sentía fresco y f uerte, sino completamente desligado de su cuerpo. Se movía sin es fuerzo
muscular y tenía la sensación de que lo podía todo. Es taba seguro de que, de necesitarlo, habría conseguido volar o mover los
muros de una casa.
Pasó el tiempo que faltaba paseando por las calles, mirando sin cesar el reloj y volviendo la cabeza a todos lados.
Entonces vio algo muy hermoso que no volvió a ver jamás: Unos niños que iban a la escuela –que fue lo que más le conmo-
vió–, vio unas palomas de color azul oscuro que volaban desde los tejados a la acera, y unos panecillos blancos, espolvoreados
con harina, expuestos por una mano invisible en una ventana.
Los panecillos, los niños, las palomas, todo cuanto veía te nía algo prodigioso. Uno de los niños corrió a la ventana y miró,
sonriendo a Levin: una paloma sacudió las alas con suave rumor y se levantó brillando al sol, entre el luminoso polvo de
escarcha que flotaba en el aire, y un aroma de pan recién cocido llegó desde la ventana donde estaban expuestos los panecillos.
El cuadro era tan extraordinariamente hermoso que Levin, mirándolo, sintió que le afluían a los ojos lágrimas de alegría.
Page No 170
Describió un gran círculo por las calles de Gazetny y Kislovka, volvió a su habitación y se sentó en espera de las doce. En el
cuarto contiguo hablaban de máquinas y de engaños y tosían con una de esas frecuentes toses mañaneras. Aquella gente no
San Petersburgo, en casa de su otra hermana, la esposa del diplomático, y ahora ignoraba si estaba ya de vuelta.
Dudaba si preguntar o callarse. «Vaya o no, es igual», se dijo.
–¿Vendrás?
–Desde luego.
–Pues acude a las cinco, de levita.
Y Oblonsky, levantándose, se dirigió al cuart o de su nuevo jefe. El instinto no le engañaba. El nuevo y temible jefe re sultó
ser un hombre muy amable. Esteban Arkadievich almorzó con él y permaneció en su habitación tanto tiempo que sólo después
de las tres entró en la de Alexey Alejandrovich.
VIII
Karenin, de vuelta de misa, pasó toda la mañana en su cuarto. Tenía que hacer dos cosas aquella mañana: primero, recibir y
despedir la diputación de los autóctonos que se ha llaba en Moscú y debía seguir hacia San Petersburgo; y se gundo, escribir al
abogado la carta prometida.
Aquella comisión, a pesar de haber sido creada por inicia tiva de Karenin, ofrecía muchas dificultades y hasta riesgos, de
modo que él se sentía satisfecho de haberla hallado en Moscú.
Los miembros que la formaban no tenían la men or idea de su misión ni de sus obligaciones. Eran tan ingenuos, que creían
que su deber era explicar sus necesidades y el verda dero estado de las cosas pidiendo al Gobierno que les ayu dase. No
comprendían en modo alguno que ciertas declaraciones y peticiones suyas favorecían al partido enemigo, lo que podía echar a
perder todo el asunto.
Alexey Alejandrovich pasó mucho tiempo con ellos, redactando un plan del que no debían apartarse; y, después de ha berlos
despedido, escribió cartas a San Petersburgo para que allí se orientasen los pasos de la conúsión. Su principal auxi liar en aquel
asunto era la condesa Lidia Ivanovna, ya que, especializada en asuntos de delegaciones, nadie mejor que ella sabía encauzarlas
como hacía falta.
Terminado esto, Alexey Al ejandrovich escribió al abogado. Sin la menor vacilación le autorizaba a obrar como mejor le
pareciese. Añadió a su misiva tres cartas cambiadas entre Ana y Vronsky que había hallado en la cartera de su mujer.
Desde que Karenin había salido de su casa con ánimo de no volver a ver a su familia, desde que estuviera en casa del abo -
gado y confiara al menos a un hombre su decisión, y, sobre todo, desde que había convertido aquel asunto privado en un
expediente a base de papeles, se acostumbraba más cada vez a su decisión y veía claramente la posibilidad de realizarla.
Acababa de cerrar la carta dirigida al abogado cuando oyó el sonoro timbre de la voz de su cuñado, que insistía en que el
criado de Karenin le anunciara su visita.
«Es igual», pensó Alexey Alejandrovich. «Será todavía mejor. Voy a anunciarle ahora mismo mi situación con su hermana y
le explicaré por qué no puedo comer en su casa.»
–¡Hazle pasar! –gritó al criado, recogiendo los papeles y colocándolos en la cartera.
–¿Ves? ¿Por qué me has mentido si tu señor está? –exclamó la voz de Esteban Arkadievich apostrofando al criado que no lo
dejaba pasar. Y Oblonsky entró en la habitación –. Me alegro mucho de encontrarte. Espero que... –empezó a decir
alegremente.
–No puedo ir –dijo fríamente Alexey Alejandrovich, permaneciendo en pie, sin ofrecer una silla al visitante.
Se proponía iniciar sin más las frías relaciones que debía mantener con el hermano de la mujer a quien iba a entablar
demanda de divorcio.
Pero no contaba con el mar de generosidad que contenta el corazón de Esteban Arkadievich.
Éste abrió sus ojos claros y brillantes.
–¿Por qué no puedes? ¿Qué quieres decir? –preguntó con sorpresa en francés –. ¡Pero si prometiste que vendrías! Todos
contamos contigo.
–Quiero decir que no puedo ir a su casa porque las relaciones de parentesco que había entre nosotros deben terminar.
–¿Cómo? ¿Por qué? No comprendo ––dijo, sonriendo, Esteban Arkadievich.
–Porque voy a iniciar demanda de divorcio contra su hermana y esposa mía. Las circunstancias...
Pero Karenin no pudo terminar su discurso, porque ya Es teban Arkadievich reaccionaba y no precisamente como espe raba
su cuñado.
–¿Qué me dices, Alexey Alejandrovich? ––exclamó Oblonsky con apenada expresión.
–Así es.
–Perdona, pero no lo creo, no lo puedo creer.
Karenin se sentó, viendo que sus palabras no causaban el efecto que presumiera, comprendiendo que había de expli carse, y
convencido de que, fuesen las que fuesen sus explicaciones, su relación con su cuñado iba a continuar como antes.
–Sí, me he encontrado en la terrible necesidad de pedir el divorcio –dijo.
–Sólo una cosa quiero decirte, Alexey Alejandrovich: sé que eres un hombre bueno y justo. Conozco también a Ana y no
puedo modificar mi opinión sobre ella. Perdona, pero me parece una mujer excelen te, perfecta. De modo que no puedo
creerte... Debe de haber algún error –afirmó.
–¡Si sólo hubiera un error!
–Bien; lo comprendo –interrumpió Oblonsky–. Se comprende... Pero, mira: no hay que precipitarse. No, no hay que
precipitarse.
Page No 160
–No me he precipitado –contestó fríamente Karenin–. Mas en asuntos así no se puede seguir el consejo de nadie. Mi decisión
es irrevocable.
–¡Es terrible! –exclamó Esteban Arkadievich, suspi rando tristemente–. Yo, en tu lugar, haría una cosa... ¡Te ruego que lo
hagas, Alexey Alejandrovich! Por lo que he creído entender, la demanda no está entablada aún. Pues antes de entablarla, habla
con mi mujer.. ¡Habla con ella! Quiere a Ana como a una hermana, te quiere a ti y es una mujer extra ordinaria. ¡Háblale, por
Dios! Hazlo como una prueba de amistad hacia mí; te lo ruego.
Karenin quedó pensativo. Oblonsky le miraba con compasión, respetando su silencio.
–¿Irás a verla?
–No sé. Por eso no he ido a su casa. Creo que nuestras relaciones deben cambiar.
–No veo porqué. Permíteme suponer que, aparte de nuestro trato como parientes, tienes hacia mí los sentimientos de amistad
que yo siempre lo he profesado, además de mi sincero res peto –dijo Esteban Arkadievich estrechándole la mano–. Aun siendo
verdad tus peores suposiciones, nunca ju zgaré a ninguna de las dos partes, y no veo por qué han de cambiar nuestras re -
laciones. Y ahora haz eso: ve a ver a mi mujer.
–Los dos consideramos este asunto de distinto modo –repuso fríamente Karenin–. No hablemos más de ello.
–¿Y por qué no puede ir hoy a comer? Mi mujer te es pera. Te ruego que vayas y, sobre todo, que le hables. Es una mujer
extraordinaria. ¡Por Dios, te lo pido de rodillas, te lo ruego ...!
–Si tanto se empeña, iré –dijo, suspirando, Alexey Alejandrovich.
Y, para cambiar de conversación, le habló de asuntos que interesaban a ambos, preguntándole por su nuevo jefe, un hom bre
no viejo aun para el alto cargo al que había sido destinado.
Karenin, ya desde mucho antes, no había sentido nunca ningún aprecio por el conde Anichkin, y sie mpre había estado en
pugna con sus opiniones, pero ahora no pudo contener su odio, muy comprensible en un funcionario público que ha su frido un
fracaso en su cargo, hacia otro que ha obtenido un puesto más alto que él.
–¿Qué? ¿Le has visto? –preguntó con venenosa ironía.
–Por supuesto. Ayer asistió a la sesión del juzgado. Parece muy enterado de los asuntos y es muy activo.
–Sí; pero ¿a qué encamina su actividad? –preguntó Karenin–. ¿A obrar, o a modificar lo que está establecido? La gran
calamidad de nuestro país es la administración a base de papeleo, de la que ese hombre es el más digno representante.
–A decir verdad, no veo nada censurable en él. No sé en qué sentido orienta sus ideas, pero es un buen muchacho –contestó
Esteban Arkadievich–. He estado ahora mismo en su habitación y te aseguro que es un buen muchacho. Hemos al morzado
juntos y le he enseñado a preparar aquel brebaje, que conoces ya, compuesto de vino y naranjas, que es un refresco exquisito.
Es extraño que no lo conociera ya. Le ha gustado extraordinariamente. Te aseguro que es un hombre muy simpático.
Esteban Arkadievich miró el reloj.
–¡Dios mío, más de las cuatro y aún he de visitar a Dolgo vuchin! Ea, por favor, ven a comer con nosotros. No sabes cuánto
nos disgustarías a mú mujer y a mí si faltaras.
Alexey Alejandrovich se despidió de su cuñado de un modo muy distinto a como le recibiera.
–Te he prometido ir a iré –repuso tristemente.
––Créeme que lo agradezco y espero que no te arrepentirás –dijo Oblonsky sonriendo.
Y, mientras se ponía el abrigo, dio un ligero golpecito en la cabeza al lacayo de su cuñado, se puso a reír y salió.
–¡A las cinco y de levita! ¿Oyes? –gritó una vez más volviéndose desde la puerta.
IX
Eran más de las cinco y ya estaban presentes algunos invitados cuando llegó el dueño de la casa. Entró con Sergio Ivanovich
Kosnichev y con Peszov, que en aquel momento se ha bían encontrado en la puerta. Como Oblonsky decía, eran los dos
principales representantes de la intelectualidad de Moscú, y ambos gozaban de mucho respeto por su carácter a inteligencia.
Se estimaban mutuamente, pero eran contrarios casi en todo. Nunca estaban de acuerdo, y no por pertenecer a distintas
corrientes de ideas, sino precisamente por sustentar las mismas. Los enemigos de su partido les consideraban iguales. Pero den-
tro de su partido cada uno tenía su propio matiz. Y como nada hay más difícil que entenderse en cuestiones casi abstractas, ja -
más coincidían en sus ideas, aunque estaban acostumbrados, desde mucho tiempo atrás, a reírse mutuamente, sin enfadarse, del
error en que cada uno consideraba al otro.
Entraban, hablando del tiempo, cuando Oblonsky les al canzó. En el salón estaban ya el príncipe Alejandro Dmitrie vich
Scherbazky, el joven Scherbazky, Turovzin, Kitty y Karenin. Esteban Arkadievich observó en seguida que, sin su presencia, la
conversación languidecía. Daria Alejandrovna, vestida de seda gris, estaba evidentemente preocupada por los niños, que
comían solos en su cuarto; pero lo estaba sobre todo por la tardanza de su m arido, ya que ella no sabía organizar bien aquellas
reuniones. Todos estaban allí, según la expresión del viejo Príncipe, como muchachas en visita, sin comprender el motivo que
les reunía y esforzándose en buscar palabras para no permanecer mudos.
El bondadoso Turovzin se encontraba, y ello se veía en se guida, fuera de su ambiente, y sonreía con sus labios gruesos,
mirando a Oblonsky, como diciéndole:
«¡Vaya, hombre! Me has traído a una sociedad de sabios... Ya sabes que mi especialidad es ir a echar un trago o asistir al
Château des Fleurs ...»
El anciano Príncipe callaba, mirando de soslayo a Karenin con sus ojos brillantes. Esteban Arkadievich adivinó que ya había
inventado alguna palabra con la que pasmar a aquel per sonaje para ver al cual se invita ba a la gente, como si se tra tara de
comer esturión.
Page No 161
Kitty miraba hacia la puerta, preocupada por no ruborizarse cuando apareciera Levin. El joven Scherbazky, a quien no ha -
bían presentado a Karenin, procuraba demostrar que ello le era completamente indiferente.
Karenin, según la costumbre pertersburguesa en las conll das donde figuraban señoras, llevaba frac y corbata blanca.
Oblonsky comprendió por su rostro que sólo acudía por cum plir su palabra, y que concurriendo a la reunión lo hacia como
quien cumple un deber penoso.
El era, pues, el causante de la impresión glacial que sintieron los invitados hasta la llegada del anfitrión.
Esteban Arkadievich al entrar en el salón, disculpó su ausencia afirmando que le había retenido cierto príncipe a quien todos
conocían, que era como el testaferro de todos sus retrasos y faltas.
En seguida, en un momento, presentó a todos, procurando relacionar a Karenin con Sergio Kosnichev a iniciando una charla
sobre la rusificación de Polonia en la que am bos se enzarzaro n inmediatamente, así como Peszov. Dio una palmada en el
hombro a Turovzin, le cuchicheó algo muy gracioso al oído y le sentó entre su mujer y el Príncipe.
Después dijo a Kitty que estaba muy bonita aquel día y pre sentó a Karenin y Scherbazky. Tan bien s e arregló, que un mo -
mento después el salón tenía un aire agradable y las voces sonaban alegres y animadas.
Sólo faltaba Constantino Levin. Pero su falta resultó aún beneficiosa, porque, al dirigirse Esteban Arkadievich al co medor,
donde le encontró, se dio cuenta al mismo tiempo de que el oporto y el jerez que habían traído eran de la casa Desprês y no de
Levé, y ordenó que el cochero fuese en seguida a esta casa para que trajesen vinos.
–¿Me he retrasado? –preguntó Levin, a Oblonsky, mientras se dirigían al salón.
–¿Acaso es posible que no lo retrases alguna vez? –repuso su amigo cogiéndole del brazo.
–¿Tienes muchos invitados? ¿Quiénes son? –preguntó Levin sonrojándose a su pesar y quitándose con el guante la nieve de
su gorro de piel.
–Todos son conocidos. Está Kitty también. Ven, que te presente a Karenin.
A pesar de su liberalismo, Oblonsky sabía que a todos halagaba conocer a su cuñado, y por esto se esforzaba en proporcionar
a sus mejor amigos, presentándoselo, un placer que Levin no estaba en aquel momento en condiciones de apreciar plenamente.
No había visto a Kitty, fuera del momento en que la entre viera en el camino de Erguchovo, desde aquella infausta no che en
que se había encontrado con Vronsky. En el fondo de su alma sabía que hoy iba a verla aquí. Pero, tratando de de fender la
libertad de sus pensamientos, insistía en decirse a sí mismo que no lo sabía.
Ahora, al enterarse de que en efecto estaba, sintió tal alegría y tal temor a la vez que se le cortó la respiración y no supo decir
lo que quería.
«¿Cómo será ahora? ¿Estará como antes o como la vi en el coche? ¿Será verdad lo que me dijo Daria Alejandrovna?»,
pensaba.
–Sí; haz el favor de presentarme a Karenin –logró decir al fin. Y con paso desesperadamente decidido, penetró en el sal ón y
la vio.
Kitty no era ya la muchacha de antes; no era la que había visto en el coche, sino completamente distinta.
Parecía avergonzada, temerosa, tímida, y por ello más bella aún. Ella divisó a Levin en el mismo momento en que entraba en
el salón. Le esperaba. Se alegró y su alegría la turbó hasta tal extremo, que hubo un momento, precisamente aquel en que Levin
se dirigía hacia la dueña de la casa y la volvió a mirar, que a ella misma, a él y a Dolly, que los estaba obser vando, les pareció
que no podía contenerse y que iba a ponerse a llorar.
Se ruborizó, palideció, volvió a ruborizarse y quedó inmó vil, con un ligero temblor en los labios, mirando a Levin. El se
acercó, la saludó y le dio la mano en silencio. Sin aquel temblor de los labios y aquella humedad que hacía más vivo el brillo
de sus ojos, la sonrisa de Kitty habría sido casi tranquila cuando le dijo:
–Hace mucho que no nos vemos.
Y, con el atrevimiento de la desesperación, apretó con su mano fría la de Levin.
–Usted a mí, no; pero yo a ust ed, sí –contestó él, con una sonrisa radiante de dicha –. La vi cuando iba desde la esta ción a
Erguchovo.
–¿Cuándo? –preguntó ella sorprendida.
–Por el camino de Erguchovo –repuso Levin, sintiendo que la felicidad que le llenaba el alma ahogaba su voz. ¿Có mo había
podido asociar la idea de algo que no fuese inocente y puro a aquella encantadora criatura?
«Sí; parece cierto lo que me dijo Daria Alejandrovna», pensó.
Esteban Arkadievich, cogiéndole del brazo, le acercó a Karenin.
–Permítanme presentarles –y enunció sus nombres.
–Celebro volver a verle –dijo Alexey Alejandrovich estrechando con frialdad la mano de Levin.
–¿Se conocen ustedes? –preguntó Oblonsky sorprendido.
–Hemos pasado juntos tres horas en el tren –aclaró Levin sonriendo–, pero salimos de él intrigados como de un baile de
máscaras, al menos yo.
–¡Ah! No lo sabía –dijo Oblonsky, y añadió, señalando al comedor–: Pasen, hagan el favor.
Los hombres pasaron al comedor y se acercaron a la mesa de los entremeses, preparada a un lado, y en la que había seis
clases de vodka, otras tantas de queso, con palillos de plata y sin ellos, caviar, arenques, conservas de todas clases y platos con
pequeñas rebanadas de pan francés.
Todos permanecieron un rato ante la mesa, bebiendo el aro mático vodka. La charla sobre la rusificación de Polonia, en tre
Kosnichev y Karenin, se calmó en espera de la comida.
Sergio Ivanovich sabía muy bien cambiar una conversa ción seria y elevada vertiendo en ella inesperadamente algu nas gotas
de sal ática, lo que hizo en esta ocasión, modificando así el estado de ánimo de sus interlocutores.
Page No 162
Alexey Alejandrovich opinaba que la rusificación de Polo nia sólo se podía lograr mediante principios superiores intro -
ducidos por la administración rusa. Peszov sostenía que un pueblo sól o asimila a otro cuando está más poblado. Kos nichev
reconocía una cosa y otra, pero con limitaciones. Y, cuando salían del salón, dijo, con una sonrisa para cerrar la discusión:
–Para la rusificación de Polonia, sólo hay un medio: poner en el mundo el may or número posible de niños rusos. Mi her -
mano y yo obramos en ese sentido peor que nadie. Pero uste des, señores casados, y sobre todo usted, Esteban Arkadievich, se
portan como perfectos patriotas. ¿Cuántos hijos tiene usted ahora? –preguntó, dirigiéndose con afable sonrisa al dueño de la
casa y presentándole su copita para brindar con él.
Todos rieron, y Oblonsky más que ninguno.
–Sí; ése es el mejor medio –dijo, masticando el queso y vertiendo un vodka especial en la copa de uno de los invitados.
La discusión, en efecto, concluyó con aquella broma.
–No está mal este queso –dijo el anfitrión–. Permítanme que les ofrezca. ¿Has empezado otra vez a hacer gimnasia? ––dijo a
Levin, palpándole con su mano izquierda los bíceps.
Este sonrió, contrajo el brazo y, entre los dedos de Esteban Arkadievich, se levantó un bulto, redondo como un queso, bajo el
fino paño de la levita de su amigo.
–¡Menudos bíceps! ¡Eres un Sansón!
–Para cazar osos debe de necesitarse seguramente una fuerza poco común –dijo Karenin, que tenía una idea muy vaga de la
caza, mientras untaba pan con queso, rompiendo, al hacerlo, la rebanada, delgada como una telaraña.
Levin sonrió.
–Ninguna. Al contrario. Hasta un niño puede matar un oso ––dijo.
Y, haciendo un leve saludo, dejó paso a las señoras, que se acercaban a la mesa para tomar bocadillos.
–Me han dicho que ha matado usted un oso –dijo Kitty, tratando en vano de pinchar con el tenedor una seta lisa y re belde, y
sacudiendo las puntillas entre las cuales brillaba su mano blanca–. ¿Hay osos en su propiedad? –añadió, volviendo a medias su
hermosa cabecita y sonriendo.
Al parecer, nada había de extraordinario en lo que había dicho, pero ¡qué inexplicable significación palpitaba para él en cada
sonido y cada movimiento de sus labios, de sus ojos, de su mano, al hablar! Había en ellos súplica de que la perdonara,
confianza en él, caricia, una caricia suave y tímida, promesa esperanza... y amor, un amor que le anegaba en felicidad.
–No. He ido a la provincia de Tver. Al regreso encontré en el t ren a su cuñado, o mejor dicho, al cuñado de su cuñado. Fue
un encuentro divertido.
Y relató animadamente, divirtiéndole mucho, que, después de no haber dormido en toda la noche, se introdujo en el de -
partamento de Karenin vistiendo su pelliza de piel de oveja.
–Al contrario del refrán , el revisor, viendo mi indumen taria, trató de impedirme el paso, pero empecé a soltar algu nas
expresiones algo fuertes... También usted –dijo Levin di rigiéndose a Karenin, cuyo nombre había olvidado – quiso primero
hacerme salir, juzgándome por mi pelliza de piel de cordero. Pero luego intervino en mi favor y se lo agradecí profundamente.
–En general, los derechos de los viajeros a los asientos son muy inconcretos –repuso Alexey Alejandrovich limpiándose los
dedos con el pañuelo.
–Yo notaba que usted estaba indeciso con respecto a mí –dijo Levin, riendo bonachón–. Por eso me apresuré a ini ciar una
charla culta para tratar de borrar el aspecto de mi zamarra.
Sergio Ivanovich, que hablaba con la dueña y atendía a medias a su hermano, le miró de reojo.
«¿Qué le pasará? Tiene el aspecto de un triunfador», pensó. Ignoraba que Levin sentía como si le crecieran alas. Sabía que
Kitty oía sus palabras y que el oírlas la halagaba, y esto le absor bía completamente. Le parecía que no sólo en aquella estancia
sino en todo el mundo, no existían más que dos seres: él, que había alcanzado ahora ante sí mismo una enorme trascendencia, y
ella. Sentíase a una altura tal que experimentaba vértigos. Y abajo, muy abajo, parecíale ver a aquel los simpáticos y bonda -
dosos amigos: los Karenin, los Oblonsky y todos los demás...
De un modo natural, sin reparar en ello, sin mirarles, como si no hubiese otro sitio donde ponerles, Esteban Arkadievich hizo
sentar a Kitty y Levin uno al lado del otro a la mesa.
–Puedes sentarte aquí –dijo a Levin.
La comida fue tan buena como la vajilla, a la que Oblonsky era muy aficionado. La sopa Marie–Louise resultó excelente, las
diminutas empanadillas, que se deshacían en la boca como agua, no tenían reproche. Dos lacayos y Mateo, con corbatas
blancas, servían vinos y manjares sin que se reparase en ellos apenas, hábil y silenciosamente. Si la comida resultó bien en el
aspecto material, no fue peor en lo espiritual. La conversación, ya generalizada, ya parcial, no cesaba. Al final de la comida, los
hombres se levantaron de la mesa sin dejar de hablar, y hasta Karenin se animó.
X
A Peszov le gustaba llevar los razonamientos hasta la úl tima consecuencia, y no quedó contento con las palabras fina les de
Sergio Ivanovich, sobre todo porque comprendía la falta de solidez de su propia opinión.
–En ningún momento he querido referirme exclusiva mente –dijo mientras tomaba su sopa y dirigiéndose a Ka renin– a la
densidad de población como medio para la asimilación de un pueblo, sino también a la superioridad de principios.
–A mí me parece que viene a ser lo mismo –repuso, lentamente y sin interés, su interlocutor –. A mi juicio, un pueblo sólo
puede influir sobre otro cuando posee un desarrollo superior, en cuyo caso...
–Pero, ¿en qué consiste ese desarrollo superior? –interrumpió Peszov, que siempre se precipitaba al hablar y po nía su alma
entera en cuanto decía–––. Entre ingleses, franceses y alemanes ¿quién tiene un desarrollo superior? ¿Quién podría asimilarse a
los demás? El Rin está afrancesado y los alemanes, no obstante, no son inferiores. ¡Tiene que haber otro principio! ––exclamó.
Comentario: «Te reciben por el
traje y te despiden por la
inteligencia.» (Proverbio ruso.)
Page No 163
–Creo que la influencia depende siempre de la mayor cultura–respondió Karenin arqueando levemente las cejas.
–¿Y en qué se notan las señales de la cultural –preguntó Peszov.
A mi juicio son bien conocidas –repuso Alexey Alejandrovich.
–¿Cree, en efecto, que son bien conocidas? –intervino Sergio Ivanovich sonriendo con fina ironía –. Ahora se admite que la
verdadera cultura ha de ser clásica; pero hay fuertes debates al respecto, y no cabe negar que el campo opuesto posee sólidos
argumentos en su favor.
–Usted, Sergio Ivanovich, ¿es partidario de la cultura clá sica...? Permítame que le sirva vino tinto ––dijo Esteban Ar -
kadievich.
–No expongo mi opinión en favor de ninguna de ambas culturas –dijo Sergio Ivanovich, sonriendo condescendiente, como si
hablara con un niño, y presentando su copa–. Digo sólo que ambas partes ofrecen sólidos argumentos –continuó, dirigiéndose a
Karenin–. Por mi formación, soy clásico, pero en esa discusión no hallo lugar para mí. No veo razones de peso que expliquen
la superioridad de los clásicos sobre los realistas.
–Las ciencias naturales ejercen también una influencia pedagógicoformativa –añadió Peszov–. Por ejemplo: la astronomía, la
botánica, la zoología, con sus sistemas de leyes generales.
–No puedo estar de acuerdo –contestó Alexey Alejan drovich–. Opino que no es posible negar que el simple pro ceso del
estudio de las manifestaciones idiomáticas i nfluye sobre el desarrollo espiritual. Tampoco puede negarse que la influencia de
los escritores clásicos es en sumo grado moral, mientras que, por desgracia, a la enseñanza de las ciencias na turales se añaden
nocivas y erróneas doctrinas que constituyen la plaga de nuestra época.
Sergio Ivanovich iba a alegar algo, pero Peszov se ade lantó, hablando con su profunda voz de bajo, y comenzó a de mostrar
lo equivocado de aquella opinión. Sergio Ivanovich esperaba pacientemente el momento de poder hablar, con evidente
expresión de triunfo en su semblante.
–Pero –dijo al fin, sonriendo de nuevo con fina ironía y dirigiéndose a Karenin – nos es imposible negar que es muy difícil
pesar todo lo que en pro y en contra de esas ciencias puede decirse. La cuestión de a cuál de ambas educaciones hay que dar la
preferencia no habría sido resuelta tan fácil y definitivamente si del lado de la formación clásica no hallára mos el argumento
que acaba usted de exponer: la ventaja moral–disons le mot– de la influencia antinihilista.
–Sin duda.
–De no ofrecer esa ventaja antinihilista las ciencias clási cas, habríamos pesado y pensado más –dijo Sergio Ivano vich,
siempre con su fina sonrisa– y habríamos dejado que una y otra tendencia se desarrollaran libremente. Pero ahora sabemos que
las píldoras de la educación clásica contienen una fuerza curativa contra el nihilismo y por eso las receta mos con toda
seguridad a nuestros pacientes. ¿Y si en reali dad no tuvieran tal poder terapéutico? –concluyó, añadiendo de este modo a la
charla su acostumbrada dosis de sal ática.
Cuando Kosnichev mencionó las píldoras, todos rieron y, más alto y alegremente que todos, Turovzin, que esperaba desde el
principio la parte divertida de la conversación.
Esteban Arkadievich había acertado al inv itar a Peszov, porque, gracias a él, la conversación sobre temas elevados no cesó
un momento. Apenas Sergio Ivanovich hubo cortado con su broma la conversación, ya Peszov abordaba otro tema.
–Ni siquiera podemos estar seguros de que tales sean las opinione s del Gobierno –decía ahora–. El Gobierno probablemente
se guía por la opinión general, siendo indiferente a la eficacia de las medidas que adopta. Así, por ejemplo, la cuestión de la
instrucción femenina suele ser considerada como perjudicial y, sin embar go, el Gobierno abre escuelas y universidades para la
mujer.
Y la conversación pasó en seguida al tema de la educación femenina.
Alexey Alejandrovich manifestó que generalmente se con fundía la educación femenina con la cuestión de la libertad de la
mujer, y que sólo por este sentido podía considerase perjudicial.
–Yo opino, al contrario, que ambas cuestiones van indisolublemente unidas ––dijo Peszov–. Es un círculo vicioso. La mujer
no tiene derechos por la insuficiencia de su instrucción, y su insuficie ncia de instrucción procede de su falta de dere chos. No
olvidemos que la esclavitud de la mujer es algo tan arraigado y antiguo que a menudo no queremos comprender el abismo que
nos separa de ellas.
–Dice usted derechos... –repuso Sergio Ivanovich, que es peraba a que Peszov callase –. ¿Derechos a ocupar puestos de
jurados, vocales, alcaldes, funcionarios y miembros del Parlamento?
–Sin duda.
–Como rara excepción, puede admitirse la posibilidad de que las mujeres ocupen tales puestos, pero creo que usted ha dado a
la expresión un sentido demasiado amplio al decir «derechos». Más justo sería decir «obligaciones». Todos estarán de acuerdo
conmigo en que cuando somos jurados, vocales o telegrafistas, creemos estar cumpliendo una obligación. Por eso es más justo
decir que las mujeres tratan de cumplir debe res, y tienen razón. En ese sentido, hay que simpatizar con su deseo de ayudar al
hombre en su trabajo.
–Me parece muy justo –confirmó Alexey Alejandrovich–. La cuestión consiste, en mi opinión, en saber si se rán capaces de
cumplir con esos deberes.
–Estoy seguro de que serán muy capaces de hacerlo cuando la instrucción se extienda entre ellas, como ya lo ve mos –opinó
Oblonsky.
–¿Y la sentencia? –medió el anciano Príncipe, que hacía tiempo escuchaba, mirando c on sus ojos pequeños y brillan tes,
llenos de ironía, No me importa repetirla en presencia de mis hijas: «La mujer es un animal de cabellos largos y de...».
–Algo por el estilo se decía de los negros antes de emanciparlos –alegó, malhumorado, Peszov.
–Por mi parte encuentro muy extraño que las mujeres bus quen nuevas obligaciones –manifestó Sergio Ivanovich–, mientras
vemos que, por desgracia, los hombres huyen de ellas.
Comentario: «Valga la
palabra.»
Page No 164
–Las obligaciones comportan derechos. Las mujeres buscan autoridad, dinero, honores –repuso Peszov.
–Es como si yo buscase un puesto de nodriza y me ofen diese de que se me negase, mientras a las mujeres las pagan por ello
––dijo el anciano Príncipe.
Turovzin rió a carcajadas y Sergio Ivanovich lamentó no haber tenido él aquella ocurrencia.
Hasta Karenin sonrió.
–Sí, pero un hombre no puede amamantar –contestó Peszov– mientras que la mujer..
–Perdón, un inglés que viajaba en un vapor llegó a ama mantar él mismo a su hijo –repuso el príncipe Scherbazky,
permitiéndose esta libertad a pesar de estar presentes sus hijas.
–Pues podrá haber tantas mujeres funcionarias como ingleses como ése –atajó Sergio Ivanovich.
–¿Y qué ha de hacer una joven sin familial –intervino Esteban Arkadievich, apoyando a Peszov en su defensa de la mujer, al
acordarse de la Chibisova, en la que ahora pensaba constantemente.
–Si se estudiase bien la vida de esa joven, se vería que se guramente había dejado a su familia o la de sus parientes, donde
tendría sin duda la posibilidad de hallar un trabajo pro pio para mujeres –terció inesperadamente Dolly, sin duda adivinando en
qué joven pensaba su marido.
–Nosotros defendemos el principio, el ideal –alegó Peszov, con su sonora voz de bajo–. La mujer quiere tener derecho a ser
independiente y culta, y se siente oprimida y aplastada con la idea de que ello le es imposible.
–Y yo me siento oprimido y aplastado por la idea de que no me acepten como nodriza en el orfelinato –insistió el anciano
Principe, con gran alborozo de Turovzin, que, en su risa, dejó caer un grueso espárrago en la salsa.
XI
Todos participaban en la conversación general excepto Kitty y Levin.
Este, al principio, cuando se habló de la influencia de un pueblo sobre otro, pensó que podría opinar sobre el tema. Pero
aquellas ideas, que antes le parecían de ta nta importancia, pasaban ahora como un sueño por su cerebro sin despertar en él el
menor interés. Incluso le pareció extraño que hablasen tanto de lo que a nadie le importaba.
Kitty, a su vez, encontraba interesante habitualmente la cuestión de los derechos femeninos. ¡Cuántas veces pensaba en esto,
recordando a su amiga del extranjero, Vareñka, y su penosa dependencia; cuántas veces meditaba en lo que podia ser de ella de
no casarse, y cuántas veces había discutido el asunto con su hermana!
Pero ahora todo ello la tenía sin cuidado. Hablaba con Levin, o mejor dicho no hablaba; sólo mantenía con él una es pecie de
misteriosa comunicación que cada vez les acercaba más, despertando en ambos un sentimiento de gozosa incertidumbre ante el
mundo desconocido en que se disponían a entrar.
Al iniciar su conversación, Levin, contestando a Kitty, le dijo que la había visto el año pasado en el coche cuando él
regresaba a su casa por el camino real, de vuelta de las faenas del campo.
–Era muy temprano. Usted debía de a cabar de desper tarse. Su mamá dormía en el rincón del coche. La mañana era
espléndida. Y yo iba por el camino pensando: «¿Quién vendrá en ese coche de cuatro caballos?». El coche pasó con un ale gre
sonar de cascabeles, y yo vi por un instante su rostro e n la ventanilla, y su mano, que ataba las puntas del lazo de su cofia,
mientras usted, sentada, parecía pensar en algo... –contaba Levin, riendo–. ¡Cuánto habría dado por saber lo que pensaba! ¿Era
algo importante?
«¡A lo mejor estaba despeinada! », pensó Kitty. Pero viendo la embelesada sonrisa que aquellos recuerdos despertaban en
Levin, comprendió que el efecto producido no podía haber sido malo. Se ruborizó y rió jovialmente.
–Le aseguro que no me acuerdo.
–¡Qué a gusto ríe Tuovzin! –exclamó Levin, viendo los ojos húmedos y el cuerpo tembloroso de risa del aludido.
–¿Le conoce hace mucho? –preguntó Kitty.
–¡Quién no le conoce!
–Me parece que le considera usted una mala persona.
–No, eso no; le considero sólo un miserable.
–No es cierto. ¡Le prohibo que piense eso de él! –dijo Kitty–. Yo también le consideraba antes lo mismo; pero es un hombre
muy simpático y bueno. Tiene un corazón de oro.
–¿Cómo conoce usted su corazón?
–Somos muy amigos suyos. Le conozco bien. El invierno pasado, poco después de que... usted estuviera en nuestra casa –
dijo Kitty con una sonrisa culpable, pero a la vez con fiada– Dolly tuvo a todos los niños enfermos de escarlatina. Un día
Turovzin pasó por su casa. Y sintió tanta compasión de Dolly, que se quedó allí durante tres semana s cuidando como un aya a
los pequeños –refirió en voz baja.
E inclinándose hacia su hermana, añadió:
–Estoy contando a Constantino Dmitrievich lo que hizo Turovzin cuando tuviste a los niños enfermos de la escarlatina.
–Es un hombre extraordinariamente bu eno –repuso Dolly mirando con dulce sonrisa a Turovzin, que comprendió que
hablaban de él.
Levin le miró a su vez, sin poder explicarse cómo era posi ble que no hubiese reparado antes en las cualidades de aquel
hombre.
–Perdóneme, perdóneme; no volveré a pensar mal de nadie –dijo, jovial y sinceramente, expresando lo que sentía realmente
en aquel momento.
XII
Page No 165
En la conversación que se había iniciado sobre los derechos de la mujer, surgían puntos delicados, relativos a la desi gualdad
que existía entre los cónyuges en el matrimonio, cuestiones que era difícil tratar en presencia de las señoras. Peszov durante la
comida tocó más de una vez aquellos puntos, pero Sergio Ivanovich y Esteban Arkadievich desviaron siempre con mucho tacto
la conversación.
Cuando se levantaron de la mesa y las señoras salieron del comedor, Peszov no las siguió y se dirigió a Karenin ex -
poniéndole el motivo esencial de aquella desigualdad, que consistía, según él, en que las infidelidades de marido y mu jer se
castigan de modo distinto por la ley y por la opinión pública.
Esteban Arkadievich se acercó precipitadamente a su cuñado ofreciéndole tabaco.
–No fumo –repuso Karenin con calma.
–Creo que las bases de esa opinión están en la esencia misma de las cosas –dijo.
E intentó pasar al salón, pero en aquel momento Turovzin le habló inesperadamente.
–¿Sabe usted lo de Prianichnikov? –preguntó, sintiéndose animado ya por el champaña a romper el silencio en que hacía rato
permaneciera–. Me han contado –siguió, sonriendo bonachonamente con sus labios húmedos y rojos y dirigiéndose a Karenin,
como invitado de más respeto– que Vasia Prianichnikov se ha batido en Tver con Kritsky y le ha matado.
Oblonsky observaba que, así como todos los golpes van siempre al dedo lastimado, hoy todo iba a parar al punto dolorido de
Karenin. Trató de llevarle fuera, pero su cuñado preguntó:
–¿Por qué se ha batido Prianichnikov?
–Por culpa de su mujer. ¡Se comportó como un hombre! Desafió al otro y le mató.
–¡Ah! –murmuró Alexey Alejandrovich. Y arqueando las cejas pasó al salón.
–Me alegro de que haya venido hoy –dijo Dolly, que le encontró en la pequeña antesala contigua –. Quiero hablarle.
Sentémonos aquí.
Karenin, siempre con aquella expresión indiferente que le daban sus cejas arqueadas, sonrió y se se ntó junto a Daria Ale -
jandrovna.
–Muy bien –dijo–, porque precisamente quería pedirle perdón por no haberla visitado antes y despedirme de usted. Me voy
de viaje mañana.
Dolly creía en la inocencia de Ana y en su palidez se adivinaba que estaba irritada contra aquel hombre frío a indiferente que
con tanta tranquilidad iba a causar la ruina de su inocente cuñada.
–Alexey Alejandrovich –dijo, con desesperada decisión mirándole a los ojos–. Le he preguntado por Ana y no me ha
contestado. ¿Cómo está?
–Creo que bien, Daria Alejandrovna –contestó Karenin sin mirarla.
–Perdone, Alexey Alejandrovich. No tengo derecho a... Pero quiero y respeto a Ana como a una hermana. Le pido... le ruego
que me diga lo que ha pasado entre ustedes. ¿De qué la acusa?
Karenin arrugó el entrecejo, entornó los ojos a inclinó la cabeza.
–Supongo que su marido le habrá explicado los motivos por los cuales quiero cambiar mis relaciones con Ana Arka dievna –
dijo, siempre sin mirar a Dolly, y dirigiendo la vista sin querer al joven Scherbazky, que pasaba por el salón.
–No creo, no puedo creer que... –pronunció Dolly, uniendo sus manos huesudas en un ademán enérgico –. Aquí nos mo -
lestarán. Pase a este otro cuarto, haga el favor –dijo, levantándose y poniendo la mano en la manga de Karenin.
La emoción de Dolly influyó en Alexey Alejandrovich. Le vantándose, la siguió sumisamente al cuarto de estudio de los
niños.
Se sentaron ante la mesa cubierta de hule rasgado por todas partes por los cortaplumas.
–No lo creo, no lo creo –insistió Dolly, procurando fijar la mirada huidiza de Karenin.
–Es imposible no creer en los hechos, Daria Alejandrovna –respondió Alexey Alejandrovich, recalcando la palabra
«hechos».
–¿Qué le ha hecho? ¿Qué ha hecho Ana? –preguntó Dolly.
–Olvidar sus deberes y traicionar a su marido. Eso ha hecho.
–Es imposible. ¡Ha debido usted engañarse! –dijo Dolly cerrando los ojos y llevándose las manos a las sienes.
Karenin sonrió fríamente, sólo con los labios, queriendo probar a Dolly y a sí mismo la firmeza de su convicción; pero
aquella calurosa defensa de su mujer, aunque no le hacía vaci lar, abría de nuevo la herida de su alma, y se puso a hablar con
gran excitación.
–Es imposible equivocarse cuando la propia mujer se lo confiesa al marido, añadiendo que los ocho años de vida co nyugal y
el hijo que tiene han sido un error, y que desea empe zar una nueva vida –concluyó enérgicamente, produciendo al hablar un
sonido nasal.
–Me resulta imposible, no puedo creerlo... ¡Ana y el vicio unidos! ¡Oh!
–Daria Alejandrovna –dijo Karenin, mirando ahora de frente el rostro bondadoso y conmovido de Dolly y sintiendo que su
lengua adquiría más libertad –, habría dado cualquier cosa por poder seguir dudando. Mientras dudaba sufría, pero no tanto
como ahora. Cuando dudaba, tenía esperanzas. Ahora ya nada espero; y, a pesar de todo, nuevas dudas se han añadido a las que
sentía y he llegado a odiar a mi hijo, a querer incluso pensar que no es mío. Soy muy desgraciado.
Sobraba decirlo. Dolly lo comprendió en cuanto Karenin la miró a la cara. Sintió lástima de él y su fe en Ana vaciló.
–¡Es horrible, horrible! ¿Y es cierto que se ha decidido usted por el divorcio?
–Estoy decidido a ese recurso extremo. No cabe hacer otra cosa.
–¡Que no cabe hacer otra cosa! ¡Que no cabe hacerla! –murmuró ella, con lágrimas en los ojos.
Page No 166
–Lo terrible de esta desgracia es que no se pueda, como en otros casos, incluso la muerte, soportar la cruz. Aquí hay que
obrar –dijo él, adivinando el pensamiento de Dolly –. Hay que salir de la situación humillante en que le ponen a uno. Es
imposible compartir con otro...
–Comprendo, comprendo bien –repuso Dolly bajando los ojos. Y calló, pensando en sí misma, en sus dolores fami liares.
Pero, de pronto, con ademán enérgico, alzó la cabeza y juntó las manos implorándole –: Escuche: usted es cristiano. Piense en
ella. ¿Qué será de Ana si la abandona?
–Ya lo he pensado, y mucho, DariaAlejandrovna–dijo Karenin, cuyo rostro se había cubierto de manchas rojas y cuyos ojos
turbios la miraban de frente. Dolly ahora le tenía compa sión–. Lo hice de spués de que ella misma me hubo anunciado mi
deshonra. Lo dejé todo como estaba, le di la posibilidad de enmendarse, de guardar las apariencias –siguió, exaltándose–. Es
posible salvar al que no quiere perderse, pero si una natura leza es tan viciosa y est á tan corrompida que hasta la misma per -
dición le parece una salvación, ¿qué se puede hacer?
–Todo, menos divorciarse.
–¿Qué es todo?
–¡Es horrible! Ana no será la esposa de ninguno. ¡Se perderá!
–¿Y qué puedo hacer? –repuso Alexey Alejandrovich levantando las cejas y los hombros.
Y el recuerdo de la última falta de su mujer le irritó tanto que recobró su frialdad del principio de la conversación.
–Agradezco mucho su simpatía, pero tengo que irme ––dijo levantándose.
–Espere. No debe usted causar la perdi ción de Ana. Quiero hablarle de mí misma. Me casé y mi marido me enga ñaba.
Enojada y celosa quise abandonarlo todo, marcharme... Pero recobré el buen sentido... ¿y sabe quién me salvó? La propia Ana.
Ahora ya ve: voy viviendo, los niños crecen, mi marido vuelve al hogar, reconoce su falta, es cada vez mejor, y yo... He
perdonado y usted debe perdonar también.
Karenin la escuchaba, pero aquellas palabras no desperta ban en él eco alguno. En su alma se elevaba otra vez la ira del día
en que resolviera divorciarse. Se recobró, Y exclamó, con voz fuerte y vibrante:
–No quiero ni puedo perdonarla; lo considero injusto. Lo he hecho todo por esa mujer y ella lo ha pisoteado todo en el barro,
en ese barro que es el elemento natural de su alma. No soy malo. No he od iado a nadie jamás, pero a ella la odio con toda el
alma, y el odio inmenso que le tengo por todo el mal que me ha causado me impide perdonarla –concluyó, con la voz sofocada
por un sollozo de cólera.
–Amad a los que os odian –murmuró Dolly tímidamente.
Karenin sonrió con desprecio. Conocía la máxima hacía mucho, pero sabía que no convenía a su caso.
–Podemos muy bien amar a los que nos odian, pero a los que nosotros odiamos no. Perdóneme haberle causado este
sufrimiento. Cada uno tiene bastante con sus propias penas.
Y, recobrando el dominio de sí mismo, Alexey Alejandrovich se despidió tranquilamente y se fue.
XIII
Al levantarse de la mesa, Levin se proponía seguir a Kitty al salón, pero temía que a ella le molestase que la cortejara tan
ostensiblemente.
Se quedó, pues, con el círculo de los hombres, intervinien do en la conversación general y, sin dirigir la vista a Kitty, se guía
sus movimientos, sus miradas y el lugar que ocupaba en el salón.
Ahora, sin esfuerzo alguno, cumplía la promesa que le había hecho de no pensar mal de nadie y estimar siempre a todos.
La conversación versó sobre la comunidad rusa, en la que Peszov veía un principio particular que él llamaba el principio del
coro. Levin no estaba conforme con él ni con su hermano, quien, según su modo de pensar, admitía y no admitía la comunidad
rusa. Mas Levin hablaba con ellos con intención de aproximarlos y de suavizar sus divergencias. No se interesaba ni lo más
mínimo en lo que les decía, y menos aún en lo que decían ellos, y sólo deseaba que todos se sintieran a gusto y satisfechos.
A la sazón, únicamente una cosa le parecía importante. Y aquella cosa estaba al principio en el salón y luego empezó a
acercarse y se detuvo en la puerta. Levin, de espaldas, sintió una mirada y una sonrisa dir igidas a él y no pudo dejar de
volverse. Kitty estaba en el umbral, con Scherbazky, y le miraba.
–Creí que iba usted al piano –dijo Levin aproximándose–. La música es lo que más echo de menos en el pueblo.
–No. Veníamos a buscarle –respondió Kitty, dirigiéndole una sonrisa–. ¡Qué ganas de discutir! No van a convencerse nunca
unos a otros...
–Es verdad –repuso Levin–. La mayoría de las veces se discute únicamente porque no se comprende lo que quiere de cir el
antagonista de uno.
Levin solía observar que en las discusiones entre hombres inteligentes, después de grandes esfuerzos y de enorme canti dad
de sutilezas dialécticas y de palabras, los interlocutores llegaban a la conclusión de que se esforzaban en demostrarse
mutuamente lo que sabían ya desde el pri ncipio. Veía también que el motivo de las discusiones era siempre que les agrada ban
diferentes cosas y no querían reconocerlo para no ser vencidos en el debate.
Levin, a veces, cuando discutía, si adivinaba de repente lo que agradaba a su adversario, com enzaba también él a verlo con
agrado, se unía a su opinión y todas las demostraciones resultaban innecesarias. Pero en otras ocasiones sucedía lo contrario.
Exponía las convicciones en cuya defensa inventaba argumentos y, si acertaba a explicarlas bien y sinceramente, el antagonista
se convencía y abandonaba la discusión. Era esto lo que había querido decir a Kitty.
Ella arrugó el entrecejo tratando de comprender. Pero ape nas él hubo iniciado la explicación, Kitty vio claro lo que que ría
decir.
–Ya. Es preciso saber lo que sostiene el contrincante, lo que le agrada, y entonces es posible...
Page No 167
Había adivinado y expresado el pensamiento tan mal ex puesto por Levin, quien rió jovialmente al oírla. Era sorpren dente
aquella transición del elocuente debate ent re Peszov y su hermano a esta lacónica manera de exponer, casi sin pala bras, las
ideas más complicadas.
Scherbazky se separó de ellos. Kitty, acercándose a la mesa de juego, que estaba desplegada, se sentó y empezó a dibujar
con tiza círculos sobre el nuevo tapete verde.
Volvieron a la conversación iniciada en la comida sobre la libertad y ocupaciones de la mujer. Levin coincidía con Dolly en
que una joven soltera podía encontrar trabajo femenino en la familia. Y esto se lo confirmaba el que ninguna casa p uede
prescindir de una ayudanta; que toda familia, pobre o rica, necesita tener niñera, ya sea a sueldo, ya alguna parienta.
–No –dijo Kitty, ruborizándose, pero mirando aún más fijamente a Levin con sus ojos sinceros–. Una joven puede hallarse
en situación de no poder vivir con su familia, de ser despreciada, y entonces...
El comprendió lo que se ocultaba bajo aquellas palabras.
–Sí –dijo–, tiene usted razón, sí, sí...
Y le bastó adivinar lo que se ocultaba en sus palabras: el miedo a quedar soltera, la h umillación .... para comprender en
seguida la verdad que había sostenido Peszov durante la co mida sobre la libertad de la mujer. Amaba a Kitty y por aque lla
humillación adivinó al punto lo que pasaba en su corazón, y rectificó sin vacilar sus opiniones.
Siguió un silencio. Kitty continuaba dibujando en la mesa. Sus ojos brillaban con dulzura y Levin sentía que la felicidad le
inundaba más cada vez.
–¡Oh! He ensuciado toda la mesa –exclamó Kitty.
Y dejando la tiza, hizo ademán de levantarse.
«¿Será posible que me deje solo?», se preguntó Levin, atemorizado. Y, cogiendo la tiza, se sentó a la mesa y dijo:
–Espere. Hace tiempo que quería preguntarle una cosa.
La miraba a los ojos, acariciantes, aunque ligeramente asustados.
–Bien; pregunte –repuso Kitty.
–Mire –repuso él, y comenzó a escribir las letras siguien tes: c, u, m, d, n, p, s, s, r, a, e, o, a, s. Estas letras significaban:
«Cuando usted me dijo: no puede ser, ¿se refería a entonces o a siempre?».
Parecía imposible que ella pudiese descifrar el significado de aquellas letras; pero él la miró de un modo tal como si su vida
dependiese de que Kitty las comprendiera.
La joven le contempló con gravedad, inclinó la frente, frun ciéndola y examinó las letras. De vez en cuando, le miraba como
preguntándole: «¿Es lo que me figuro?».
–Comprendo ––dijo, al fin, ruborizándose.
–¿Sabe qué palabra es ésta? –preguntó él, señalando la s, con la que indicara « siempre», que significaba el fin de sus
esperanzas.
–Significa «siempre» –contestó Kitty–; pero no es así.
Levin limpió rápidamente lo escrito, ofreció la tiza a la joven y se levantó. Ella trazó estas letras: e, n, p, d, o, c.
Dolly se consoló totalmente del dolor que le causara la con versación con Karenin viendo las figuras de Kitty y Levin: ella
con la tiza en la mano, mirándole con una sonrisa, temerosa y feliz, y Levin inclinado sobre la mesa, y mirando con encendidos
ojos, ora a la mesa, ora a la muchacha.
De pronto, el rostro de Levin se iluminó: había comprendido. Las letras significaban: «entonces no podía decir otra cosa».
La miró, interrogativo y tímido.
–¿Sólo entonces? –preguntó.
–Sí ––contestó la sonrisa de Kitty.
–¿Y a... ahora?
–Lea. Le diré lo que quisiera, lo que quisiera con toda mi alma...
Y escribió: q, u, o, 1, q, p, que significaba « que usted olvidara lo que pasó».
Levin cogió la tiza con sus rígidos y temblorosos dedos, y la emoción le hizo romper la barrita de yeso. Luego escribió las
iniciales de la siguiente frase: «No tengo nada que olvidar ni perdonar y no he dejado nunca de amarla».
Kitty le miró con extática sonrisa.
–He comprendido ––dijo.
Levin se sentó y escribió una larga frase en iniciales. Kitty lo comprendió todo y, sin pedirle confirmación, tomó la tiza y le
contestó inmediatamente.
Durante largo rato Levin no pudo adivinar lo que ella quería decide y de vez en cuando la miraba a los ojos. La felicidad que
sentía velaba su mente. Le fue imposible encontrar las palabras a que correspondían las iniciales de Kitty, pero en los hermosos
y radiantes ojos de la joven leyó cuanto quería saber.
Entonces escribió sólo tres letras. Antes de que terminase de trazarlas, Kitty, cogiendo la mano de Levin, le hizo poner la
respuesta: «Sí».
–¿Están ustedes juzgando al secrétaire? –preguntó el anciano príncipe Scherbazky, acercándose a el los–. Vamos, Kitty. Si
no, llegaremos tarde al teatro.
Levin se levantó y acompañó a Kitty hasta la puerta.
En su conversación había sido dicho todo: que ella le quería y que diría a sus padres que Levin iría a verles al día siguiente
por la mañana.
XIV
Page No 168
Cuando Kitty hubo salido, Levin, solo, sintió en ausencia de la joven tal inquietud y tan vivo deseo de que llegara cuanto an -
tes la mañana siguiente, en que volvería a verla y a unirse con ella para siempre, que las catorce horas que le separaban de
aquel momento le llenaron de temor. Necesitaba estar con al guien, hablar, no sentirse solo, engañar el tiempo. El más agra -
dable interlocutor para él habría sido Oblonsky, pero éste afir maba tener que asistir a una reunión, aunque en realidad iba al
baile. Levin tuvo tiempo, sin embargo, de decirle que era feliz, que le apreciaba mucho y que jamás olvidaría lo que había he -
cho por él. La mirada y la sonrisa de su amigo le demostraron que éste había comprendido perfectamente el estado de su alma.
–¿Qué? ¿Ya no está próximo el momento de morirse? –preguntó Esteban Arkadievich con amable ironía, estre chando la
mano de Levin.
–¡Nooo! –repuso éste.
Al despedirse de él, también Dolly le felicitó, diciéndole:
–Estoy muy contenta de que se haya vuelto a ver con Kitty. No hay que olvidar a los antiguos amigos...
A Levin casi le molestaron las palabras de Daria Alejandrovna, la cual no podía comprender en cuán alto a inaccesible lugar
colocaba él aquel acontecimiento, ya que se atrevía a mencionar en estos momentos el pasado.
Levin se despidió de ellos y, por no quedar solo, se fue con su hermano.
–¿Adónde vas?
–A una reunión.
–¿Puedo acompañarte?
–¿Por qué no? –repuso, sonriendo, Sergio Ivanovich–. Pero, ¿qué tienes hoy?
–¿Qué tengo? ¡Soy feliz! ––dijo Levin, mientras bajaba el cristal de la ventanilla del coche en que iban–. ¿No te importa que
abra? Me ahogo... Soy muy feliz... ¿Por qué no te has casado tú?
Sergio Ivanovich sonrió.
–Me alegro; ella parece una muchacha muy simpática... ––empezó.
–¡Calla, calla, calla! –gritó Levin, cogiendo con ambas manos el cuello de la pelliza de su hermano y cerrándola so bre su
boca.
¡Eran tan vulgares, tan ordinarias, armonizaban tan mal con sus sentimientos aquellas palabras: «Es una muchacha muy
simpática»!
Sergio Ivanovich rió alegremente, lo que rara vez le sucedía.
–En todo caso, celebro mucho...
–Mañana, mañana me lo dirás. ¡Silencio ahora! –insistió Levin, cerrando otra vez la pelliza de su hermano. Y añadió –:
¡Cuánto te quiero! ¿Puedo asistir a la reunión?
–Claro que puedes.
–¿De qué ha de tratarse? –preguntó Levin, sin dejar de sonreír.
Llegaron a la reunión. Levin oyó cómo el secretario tropezaba en las palabras al leer el acta, que al parecer no entendía ni él
mismo. Pero Levin creía adivinar a través del rostro del secr etario que era un hombre bueno, simpático y agradable, lo que se
demostraba, según él, por la manera como se azoraba y se confundía en aquella lectura.
Empezaron los discursos. Se discutía la asignación de unas sumas y la colocación de unas tuberías. Sergi o Ivanovich atacó
vivamente a dos miembros de la junta y habló largo rato con aire de triunfo. Uno de los miembros, que había tomado notas en
un papel, quedó por un momento como asustado, pero luego contestó a Kosnichev con tanta cortesía como mala intenci ón.
Sviajsky, presente también, dijo algunas palabras nobles y elocuentes.
Levin, escuchando, comprendía claramente que allí no había nada, ni sumas asignadas, ni tuberías, pero que no se enfadaban
por ello, que eran todos gente muy amable y que todo mar chaba perfectamente entre ellos. No molestaban a nadie y se sentían
a gusto. Lo más notable era que hoy le parecía verles a través de una bruma y que por minúsculos, casi imperceptibles detalles,
creía adivinar el alma de todos y percibir que todos rebosaban bondad.
Ellos, a su vez, sin duda, sentían también hoy una gran sim patía por Levin, ya que al hablar con él, hacíanlo con exqui sita
amabilidad, incluso aquellos que no le conocían.
–¿Estás contento? –le preguntó su hermano.
–Mucho. No imaginaba que llevarías esto con tanto interés, con tanto...
Sviajsky se acercó a Levin y le invitó a tomar el té en su casa. Levin no veía ahora por qué estaba antes descontento con
Sviajsky, ni qué era lo que se obstinaba en buscar en él. ¡Era un hombre tan inteligente y bondadoso!
–Con mucho gusto –repuso, y le preguntó por su esposa y su cuñada. Por extraña asociación de ideas, al unir en su mente el
pensamiento de la cuñada de su amigo y de su matri monio, se le figuró que a nadie podía confiar mejor su dicha que a la
cuñada y la mujer de Sviajsky, por lo cual la idea de ir a verles le colmaba de satisfacción.
Sviajsky le preguntó por los asuntos de su pueblo, suponiendo, corno siempre, que no podría habérsele ocurrido nada que no
existiese ya en Europa, sin que ta l motivo pareciera hoy molestar a Levin. Reconocía, por el contrario, que su amigo tenía
razón, que aquello era cosa de poca monta, y que eran muy de estimar el extraordinario tacto y suavidad con que Sviajsky
procuraba eludir la demostración de la razón que le asistía.
Las señoras se mostraron amabilísimas. Levin experimen taba la impresión de que sabían todo lo que concernía a su di cha,
que se alegraban y que no se lo decían por delicadeza.
Permaneció allí una, dos y hasta tres horas, tratando de di versos temas, pero aludiendo constantemente a lo único que
inundaba su alma, sin darse cuenta de que les tenía ya a todos fatigados y de que era hora de irse a acostar.
Sviajsky le acompañó hasta el recibidor, bostezando y ex trañado de la rara disposición de ánimo que su amigo manifestaba
aquel día.
Con formato
Page No 169
Era la una dada. Levin, al encontrarse en el hotel, se asustó con la idea de que había de pasar a solas diez horas aún, con -
sumiéndose de impaciencia. El criado de turno encendió las bujías y se dispuso a salir, p ero Levin le retuvo. Resultó des pués
que aquel criado, Egor, en quien antes él no reparaba nunca, era un muchacho inteligente y simpático y, sobre todo,
amabilísimo.
–Y dime, Egor: debe de ser difícil pasar la noche sin dormir, ¿no?
–¿Qué se le va a hace r? Es la obligación. Más tranquilo es trabajar en casas de señores. Pero la cuentas salen mejor tra -
bajando aquí.
Levin supo entonces que Egor tenía familia: tres hijos y una hija, costurera, a la que pensaba casar con el dependiente de una
tienda de guarnicionería.
Con este motivo, Levin participó a Egor su opinión de que lo esencial en el matrimonio es el amor, y que con amor siem pre
se es feliz, puesto que la felicidad está en uno mismo.
Egor escuchó con atención, pareciendo comprender muy bien la idea de Levin, y, como para confirmarlo, hizo el co -
mentario, inesperado para éste, de que cuando él servía en casa de unos señores, que eran personas excelentes, siempre había
estado satisfecho de ellos, y que ahora lo estaba también, a pesar de ser francés el dueño.
«¡Es un hombre admirable este Egor!», reflexionaba Levin.
–Cuando te casaste, ¿querías a tu mujer, Egor?
–¿Cómo no iba a quererla?
Y veía que Egor se exaltaba y se disponía a descubrirle todos sus sentimientos recónditos.
–Mi vida ha sido extraordinaria. Desde chiquillo... –empezó Egor, con los ojos brillantes, tan visiblemente contagiado por el
entusiasmo de Levin como cuando uno se contagia viendo bostezar a otro.
Pero en aquel momento sonó un timbre. Egor salió y Levin quedó solo. No había c omido apenas en casa de Oblonsky, no
tomó té ni quiso cenar en la de Sviajsky y ahora no podía ni pensar en la cena. Tampoco había dormido la noche anterior, y
tampoco podía pensar en el sueño. En la habitación hacía fresco, pero se ahogaba de calor. Abrió las dos hojas de la ventana y
se sentó a la mesa ante ellas. Sobre el tejado cubierto de nieve se veía una cruz labrada con cadenas, y encima de la cruz el
triángulo de la constelación del Cochero con Cabra, la brillante estrella amarilla. Levin ora contemplaba la cruz, ora aspiraba el
aire helado que entraba suavemente en la habi tación y, como en sueños, seguía las imágenes y los recuerdos que le iba
sugeriendo su imaginación.
Hacia las cuatro oyó pasos en el corredor; miró por la puerta y descubrió a M iakin. Era éste un jugador a quien conocía que
en aquel momento regresaba del Círculo. Su aspecto era taciturno y tosía.
«¡Pobre desgraciado!», pensó Levin.
Y el afecto y la compasión que sentía por aquel hombre hicieron afluir las lágrimas a sus ojos.
Se propuso hablarle y consolarle, pero, recordando que estaba en camisa, cambió de decisión y se sentó de nuevo ante la
ventana para bañarse en el aire fresco, para mirar aquella cruz silenciosa, de admirable forma y llena para él de significación,
para contemplar aquella brillante estrella amarilla.
A las seis, comenzó a sentirse en los pasillos el ruido de los enceradores, sonaron campanas llamando a misa, y Levin co -
menzó a sentir frío.
Cerró la ventana, se lavó y vistió, y salió a la calle.
XV
Las calles estaban desiertas aún. Levin se dirigió a casa de los Scherbazky. La puerta principal se hallaba cerrada y todo
dormía.
Volvió al hotel, subió a su alcoba y pidió café. El camarero de día, que ya no era Egor, se lo trajo. Levin quiso iniciar una
conversación con él, pero llamaron y el camarero hubo de salir.
Levin probó a beber el café y se llevó una pasta a la boca, pero sus dientes no sabían qué hacer con la pasta. La escupió, se
puso el abrigo y se fue a errar por las calles. Eran algo mas de las nue ve cuando se halló otra vez ante las puertas de los
Scherbazky. En la casa apenas había despertado nadie aún. El cocinero salía en aquel momento a la compra. Era, pues, pre ciso
esperar todavía más de dos horas.
Toda la noche y aquella mañana las había pas ado Levin en estado de inconsciencia, sintiéndose fuera de las condiciones de
la existencia material. No comió en todo el día, llevaba dos noches sin dormir, había pasado varias horas medio desnudo al aire
frío, y, sin embargo, no sólo se sentía fresco y f uerte, sino completamente desligado de su cuerpo. Se movía sin es fuerzo
muscular y tenía la sensación de que lo podía todo. Es taba seguro de que, de necesitarlo, habría conseguido volar o mover los
muros de una casa.
Pasó el tiempo que faltaba paseando por las calles, mirando sin cesar el reloj y volviendo la cabeza a todos lados.
Entonces vio algo muy hermoso que no volvió a ver jamás: Unos niños que iban a la escuela –que fue lo que más le conmo-
vió–, vio unas palomas de color azul oscuro que volaban desde los tejados a la acera, y unos panecillos blancos, espolvoreados
con harina, expuestos por una mano invisible en una ventana.
Los panecillos, los niños, las palomas, todo cuanto veía te nía algo prodigioso. Uno de los niños corrió a la ventana y miró,
sonriendo a Levin: una paloma sacudió las alas con suave rumor y se levantó brillando al sol, entre el luminoso polvo de
escarcha que flotaba en el aire, y un aroma de pan recién cocido llegó desde la ventana donde estaban expuestos los panecillos.
El cuadro era tan extraordinariamente hermoso que Levin, mirándolo, sintió que le afluían a los ojos lágrimas de alegría.
Page No 170
Describió un gran círculo por las calles de Gazetny y Kislovka, volvió a su habitación y se sentó en espera de las doce. En el
cuarto contiguo hablaban de máquinas y de engaños y tosían con una de esas frecuentes toses mañaneras. Aquella gente no

