el mundo mujer tan desgraciada como yo?»
–¡Pero, basta: voy a romper con todo! –exclamó, levantándose de un salto y conteniendo las lágrimas.
Y se acercó a la mesa para escribirle otra carta. Pero pre sentía, en el fondo, que no tendría fuerzas ya para romper nada, que
no tendría fuerzas para salir de su situación anterior por falsa y deshonrosa que fuera.
Se sentó a la mesa, mas en vez de escribir apoyó los brazos en ella, ocultó la cabeza entre las manos y lloró, con sollozos y
temblores que agitaban todo su pecho, como lloran los niños. Lloraba al pensar que su ilusión de que las cosas habían quedado
aclaradas estaba destruida para siempre. Sabía de antemano que todo continuaría como antes o peor. Compren día que la
posición que ocupaba en el mundo aristocrático, y que por la mañana le parecía tan despreciable, le era muy p reciosa, y que no
tendría fuerzas para cambiarla por la despreciable de una mujer que ha abandonado a su hijo y a su esposo para unirse a su
amante. Y comprendía también que, por más que quisiera, no podría ser más fuerte de lo que era en realidad.
Jamás tendría libertad para amar y viviría eternamente como una mujer culpable, bajo la amenaza de ser descubierta a cada
momento, una mujer que engaña a su marido a fin de continuar sus relaciones deshonrosas con un extraño, un hom bre libre,
cuya vida no podía ella compartir. Sabía que todo marcharía así, pero le parecía terrible y no imaginaba de qué modo podría
terminar. Y Ana lloraba, sin contenerse, como llora un niño al que se castiga.
Oyó los pasos del lacayo y se recobró y, ocultando el rostro, fingió que escribía.
–El ordenanza pide la contestación –anunció el lacayo,
–¿La contestación? ––dijo Ana–. ¡Ah, sí! Que espere. Ya avisaré.
«¿Qué escribiré?», pensaba. «¿Qué puedo decidir por mí misma? ¿Sé yo acaso lo que quiero ni lo que deseo?»
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Otra vez le pareció que su alma se desdoblaba. Asustada de aquel sentimiento, se aferró al primer pretexto de actividad que
se le ofrecía para no pensar en si misma.
«Debo ver a Alexey», se dijo mentalmente, refiriéndose a Vronsky, al que siempre llamaba así», «él podrá de cirme lo que
conviene hacer. Iré a casa de Betsy. Quizá le vea allí».
Olvidaba en absoluto que el día antes había dicho a Vronsky que no iría a casa de la princesa Tverskaya y que él había
contestado que en tal caso no iría tampoco.
Se acercó a la mesa y escribió a su marido.
«He recibido su carta–. A.»
Y llamando al lacayo, le dio la carta.
–Ya no nos vamos ––dijo a Anuchka cuando ésta entró.
–¿Definitivamente?
–No; no deshagan los paquetes hasta mañana, y que me reserven el coche ahora. Voy a casa de la Princesa.
–¿Qué vestido debo preparar?
XVII
La reunión que iba a jugar la partida de cricket a la que la princesa Tverskaya había invitado a Ana consistía en dos se ñoras
con sus admiradores.
Aquellas dos señoras representaban un nuevo y muy se lecto círculo que se autodenominaba, a imitación de no se sa bía de
qué, Les sept merveilles du monde. A decir verdad, tales señoras pertenecían a una capa muy elevada de la sociedad, pero muy
diferente a la que frecuentaba Ana. Además, el viejo Stremov, admirador de Lisa Merkalova y uno de los hombres más
influyentes de San Petersburgo, era, ministerialmente, enemigo de Karenin. Por todas esas consideraciones, Ana no deseaba ir,
y a esas consideraciones aludían las indirectas de la carta de la Princesa. Pero ahora se resolvió a acudir con la esperanza de
encontrar a Vronsky.
Llegó a casa de la Tverskaya antes que los otros invitados.
En el momento en que entraba lo hacía también el lacayo de Vronsky, que, con sus patillas muy bien peinadas, casi pa recía
un caballero.
El criado se detuvo junto a la puerta y, quitándose su gorra de visera, le cedió el paso. Ana le reconoció y sólo entonces
recordó que Vronsky le había dicho que no iría. Probablemente enviaba aviso de ello.
Mientras se quitaba el abrigo en el recibid or, Ana oyó que el lacayo decía, pronunciando las en es a la manera de las per -
sonas distinguidas:
–Para la señora Princesa, de parte del señor.
Ella habría querido preguntarle dónde estaba ahora su se ñor; habría querido volverse y darle una carta pidiend o a Vronsky
que fuese a su casa o bien ir Ana misma a casa de él. Pero nada de lo que pensaba podía hacerse, porque ya sonaba la
campanilla anunciando su llegada y ya el criado de la Princesa se colocaba, de pie, junto a la puerta abierta, esperando que Ana
entrase en las habitaciones interiores.
–La Princesa está en el jardín. Ahora mismo la avisan. ¿Acaso la señora desea pasar al jardín? ––dijo otro lacayo en la
siguiente estancia.
Sentía la misma impresión de inseguridad y vaguedad que sintiera en su cas a. Era imposible ver a Vronsky; había que
continuar aquí, en esta sociedad tan ajena y distante de su estado de ánimo.
Ana llevaba el vestido que sabía que le sentaba mejor; no estaba sola; la rodeaba ese ambiente de ociosidad suntuosa que le
era habitual, y en ella se sentía más a gusto que en su casa, pues aquí no tenía que discurrir sobre lo que había de hacer. Aquí
todo se hacía solo.
Cuando Betsy salió a recibirla, vestida de blanco y con una elegancia que la sorprendió, Ana le sonrió como siempre. A l a
princesa Tverskaya la acompañaban Tuchkevich y una seño rita pariente suya que, con gran satisfacción de sus provincia nos
padres, pasaba el verano en casa de la célebre princesa.
Ana debía de tener un aspecto especial, porque Betsy manifestó notarlo en seguida.
–He dormido mal –repuso Ana, mientras miraba al la cayo que se les acercaba y que, como ella supusiera, traía la carta de
Vronsky.
–¡Cuánto me alegro de que haya venido usted! –dijo Betsy–. Me siento fatigada. Quiero tomarme una taza de té mientr as
llegan los demás. Usted –––dijo a Tuchkevich – podría ir con Macha a ver cómo está el campo de cricket, ahí, donde han
cortado la hierba. Entre tanto, nosotras podremos hacernos confidencias durante el té. We'll have a cosy chat, ¿verdad? –sonrió
a Ana, mientras le apretaba la mano con que ésta sujetaba la sombrilla.
–Pero no puedo quedarme mucho rato. Tengo que visitar a la vieja Vrede. Hace un siglo que se lo tengo prometido.
La mentira, tan ajena a su carácter, le resultaba ahora tan sencilla y natur al en sociedad que hasta le daba placer. No ha bría
podido explicarse por qué lo había dicho, ya que un se gundo antes ni siquiera pensaba en ello. En realidad, sólo la movía el
pensamiento de que, como Vronsky no estaba allí, debía asegurarse su libertad para poder verle. Pero decir por qué
precisamente había nombrado a la vieja dama de honor, a la que no tenía más motivo de visitar que a mochas otras, era
imposible para Ana. Sin embargo, resultó después que, por muchos medios que hubiese imaginado para ve r a Vronsky, no
habría podido dar con ninguno mejor.
–De ningún modo le dejaré marchar –repuso Betsy, escrutando el rostro de Ana–. Le aseguro que me molestaría con usted si
no fuera por lo que la quiero. Parece que teme usted que el trato conmigo pueda comprometerla. Hagan el favor de servirnos el
té en el saloncito –ordenó, entornando los ojos, como hacía siempre que hablaba a los criados.
Comentario: «Las siete
maravillas del mundo.»
Comentario: «Charlaremos de
nuestras cosas.»
Page No 126
Y tomando la carta la leyó.
–Alexey nor ha jugado una mala partida –dijo en francés–. Me escribe que no puede venir –añadió con un acento tan natural
como si no pensara ni remotamente en que el cricket pudiera tener para Vronsky otro significado que el de ver a Ana.
Ana sabía que Betsy estaba enterada de todo, pero al oírla hablar así de Vronsky en presencia suya qu iso persuadirse por un
momento de que Betsy no sabía nada.
–¡Oh! –dijo Ana, con indiferencia, sonriendo y como si ello le interesara poco– ¿Cómo puede su trato comprometer a nadie?
Aquel juego de palabras, aquel ocultamiento de secretos, tenía para Ana, como para todas las mujeres, muchos atractivos. No
era la necesidad de ocultar ni el fin para que se fingía, sino el proceso del fingimiento en sí lo que le agradaba.
–Yo no puedo ser más papista que el Papa –agregó–. Lisa Merkalova y Stremov son la crema de la sociedad. Además, a ellos
los reciben en todas partes, y yo –y subrayó el yo– nunca he sido intolerante y severa. No me ha quedado tiempo para ello.
–¿Acaso no quiere usted encontrarse con Stremov? Dé jele que rompa lanzas con su marido en la comisió n. A nosotras no
nos importa eso. Como hombre de mundo, es el más amable que conozco y un apasionado jugador de cricket, ya lo verá. Y a
pesar de su ridícula situación de viejo galanteador de Lisa, hay que ver lo bien que afronta la situación. ¡Es un homb re
simpatiquísimo! ¿No conoce usted a Safo Stolz? Es de un estilo nuevo, nuevo completamente.
Mientras Betsy hablaba así, Ana comprendía, por su mi rada alegre e inteligente, que su amiga adivinaba en parte su
situación y estaba tratando de inventar algo para ayudarla. Ahora se hallaban en el saloncito.
–Entre tanto escribiré a Alexey ––dijo Betsy.
Se sentó ante una mesa, escribió unas líneas en un papel y lo puso en un sobre.
–Le digo que venga a comer, si no, una de las señoras se quedará sin caballero. E spere, verá usted cómo le convenzo.
Perdone que la deje sola un instante. Le suplico que me cierre la carta –dijo desde la puerta –. Yo tengo que dar algunas
órdenes...
Ana, sin un instante de vacilación, se sentó a la mesa y escribió al pie de la carta de Betsy, sin leerla:
Necesito verle. Espéreme al lado del jardín de Vrede. Estaré allí a las seis.
Cerró la carta y Betsy, al volver, la entregó en presencia suya para que la llevasen.
Efectivamente, durante el té que sirvieron en una mesa ban deja en el saloncito, muy fresco entonces, entre las dos muje res
medió a cosy chat que había prometido la Tverskaya antes de que llegaran los invitados. Comenzaron a pasar revista a los que
esperaban y la conversación se detuvo en Lisa Merkalova.
–Es muy agradable; siempre he simpatizado con ella –decía Ana.
–Hace usted bien en apreciarla, Lisa también la quiere mucho a usted. Ayer se me acercó después de las carreras,
desesperada porque no la pudo ver. Dice que es usted una ver dadera heroína de novela y que si e lla fuera hombre habría
cometido por usted mil locuras. Stremov le contesta siempre que ya las comete sin necesidad de serlo.
–Dígame, se lo ruego, porque no lo he comprendido nunca... –insinuó Ana, tras un corto silencio, con acento que indicaba
claramente que lo que preguntaba era más impor tante para ella de lo que parecía –. Dígame, se lo ruego: ¿qué clase de
relaciones hay entre Lisa y el príncipe Kaluchsky? Ese a quien llaman Michka... ¡Apenas les he visto nunca jun tos! ¿Qué hay
entre ellos?
Betsy, sonriendo con los ojos, miró atentamente a Ana.
–Es un nuevo estilo –dijo–. Todas lo han adoptado... Se han liado la manta a la cabeza. Ahora, que hay muchos modos de
liársela...
–Sí, ya; pero ¿qué relaciones mantiene con el príncipe Kaluchsky`?
Betsy, súbitamente, rompió a reír con jovialidad y sin contenerse, lo que le acontecía muy contadas veces.
–Invade usted los dominios de la princesa Miágkaya. ¡Vaya una pregunta de niño travieso! –y Betsy, a pesar de sus
esfuerzos, no pudo contenerse y estalló al fin en una risa contagiosa propia de la gente que ríe poco.
–¡Habría que preguntárselo a ellos! –añadió a través de las lágrimas que la risa arrancaba a sus ojos.
–Usted ríe –dijo Ana, contagiada contra su voluntad por aquella risa –––, pero yo no he podido c omprenderlo nunca. No
comprendo el papel del marido...
–¿El marido? El marido de Lisa Merkalova lleva a su es posa la manta de viaje y se desvive por atenderla. En cuanto a lo
demás, nadie quiere darse por enterado. ¿Usted sabe? En la sociedad selecta no s e habla, ni se piensa siquiera, en ciertos
detalles de tocador.. En esto sucede lo mismo...
–¿Asistirá usted a la fiesta de Rolandaky? –preguntó Ana para cambiar de conversación.
–Creo que no –repuso Betsy sin mirar a su amiga.
Y comenzó a llenar de té aro mático las pequeñas tazas transparentes. Luego acercó una taza a Ana, sacó un cigarrillo y,
ajustándolo a una boquilla de plata, empezó a fumar.
–¿Ve usted? Yo soy feliz –dijo, sin reír ya, sosteniendo su taza en la mano–. La comprendo a usted y comprendo a Lisa. Lisa
es una de esas naturalezas ingenuas que no distinguen el bien del mal. Al menos, no lo comprenden mientras son jóvenes.
Además, ahora sabe que esa ignorancia le conviene y tal vez ponga en ello alguna intención... –agregó Betsy, con fina sonrisa–.
Sea lo que sea, le interesa no comprenderlo. Vera usted: una misma cosa se puede mirar desde un punto de vista trágico,
convirtiéndola en un tormento, como cabe mirarla con sencillez y hasta con alegría. Acaso usted se incline a con siderar las
cosas demasiado trágicamente...
–Quisiera conocer a los demás como a mí misma –dijo Ana, seria y reconcentrada–. ¿Seré peor o mejor que las de más? Yo
creo que peor...
–¡Es usted una niña! ¡Una verdadera niña! –exclamó Betsy–. ¡Mire: ya vienen!
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XVIII
Se oyeron pasos, una voz de hombre, luego otra femenina y risas, y a continuación entraron los invitados que se espera ban:
Safo Stolz y un joven llamado Vaska, radiante, rebosando salud, y en quien se advertía que le aprovechaba la nutrición de
carne cruda, trufas y vino de Borgoña.
Vaska saludó a las señoras y las miró, pero sólo por un mo mento. Entró en el salón siguiendo a Safo y ya en él la siguió
constantemente, sin apartar de ella sus brillantes ojos, como si quisiera comérsela.
Safo Stolz era una rubia de o jos negros. Entró andando a pasos rápidos y menudos sobre sus pies calzados con zapati tos de
altos tacones y estrechó fuertemente, como un hombre, las manos de las señoras.
Ana no había visto nunca hasta entonces a esta nueva celebridad y le sorprendían tanto su belleza como la exageración de su
vestido y el atrevimiento de sus modales. Con sus cabe llos propios y los postizos, de un color suavemente dorado, se había
levantado un monumento tal de peinados sobre su ca beza que ésta había adquirido un volum en casi mayor que el del busto,
bien modelado y firme y bastante escotado por de lante. Sus movimientos, al caminar, eran tan impetuosos que a cada uno de
ellos se dibujaban bajo su vestido las formas de sus rodillas y de la parte superior de sus piernas. Involuntariamente, el que la
veía se preguntaba dónde, en aquella mole ar tificial, empezaba y terminaba su lindo cuerpo, menudo y bien formado, de
movimientos vivos, tan descubierto por delante y tan disimulado y envuelto por debajo y por detrás.
Betsy se apresuró a presentarlas.
–¿No sabe? Casi hemos aplastado a dos soldados –empezó Safo a contar en seguida, haciendo guiños con los ojos, sonriendo
y echando hacia atrás la cola de su vestido, que había quedado algo torcida–. He venido con Vaska... ¡Ah, sí!, es verdad que no
se conocen. Se me olvidaba.
Y, después de nombrar a la familia del joven, le presentó Ruborizándose de su indiscreción al llamarle Vaska ante una
señora desconocida, rió sonoramente.
Vaska saludó a Ana una vez más, pero ella, sin decirle nada, se dirigió a Safo:
–Ha perdido usted la apuesta. Hemos llegado antes. Págueme –dijo, sonriendo.
Safo rió con más júbilo aún.
–Supongo que no pretenderá que lo haga ahora –dijo.
–Es igual... Lo recibiré luego...
–Bueno, bueno... ¡Ah! –dijo Safo, dirigiéndose a Betsy–. Se me olvidaba decirle que le he traído un invitado: mírelo.
El inesperado y joven invitado al que Safo había traído y olvidara presentar, era, sin embargo, un huésped tan impor tante
que, a pesar de su juventud, ambas señoras se levantaron para saludarle.
Era el nuevo admirador de Safo y, como Vaska, la cortejaba también.
Llegaron luego el príncipe Kaluchsky y Lisa Merkalova con Stremov. Lisa era una morena delgada, de tipo y rostro
orientales, indolente, de hermosos ojos enigmático s, según todos decían. Su oscuro vestido armonizaba con su belleza, como
Ana notó con agrado en seguida. Todo lo que Safo tenía de brusca y viva, lo tenía Lisa de suave y negligente. Pero para el
gusto de Ana, Lisa resultaba mucho más atractiva.
Betsy aseguraba a Ana que Lisa era como un niño igno rante, pero Ana al verla comprendió que Betsy no decía ver dad. Lisa
era en efecto una mujer viciosa a ignorante, pero suave y resignada. Su estilo, eso sí, era el de Safo: como a Safo, la seguían,
cual cosidos a ella, dos admiradores devorándola con los ojos, uno joven y otro viejo; pero había en Lisa algo superior a lo que
la rodeaba; algo que era como el resplandor brillante de aguas puras entre un montón de vidrios vulgares.
Aquel resplandor brotaba de sus hermosos ojos, verdaderamente enigmáticos. La mirada cansada y al mismo tiempo llena de
pasión de aquellos ojos rodeados de un círculo os curo sorprendía por su absoluta sinceridad. Mirando sus ojos, sentíase la
impresión de conocerla toda y, una vez conocida, parecía imposible no amarla.
Al ver a Ana, su rostro se iluminó con una clara sonrisa.
–Celebro mucho conocerla –dijo, acercándose a ella–. Ayer, en las carreras, intenté acercarme hasta usted, pero ya se había
ido. Tenía mucho interés en verla, y pre cisamente ayer. ¿Verdad que fue una cosa terrible? –dijo mirando a Ana con una
expresión que parecía descubrir toda su alma.
–Sí. Nunca me imaginé que una cosa así pudiera ser tan emocionante –contestó Ana ruborizándose.
Los invitados se levantaron en aquel momento para salir al jardín.
–Yo no voy –dijo Lisa, sonriendo y sentándose al lado de Ana–. ¿Usted no va tampoco? ¡Mire que gustarles jugar al cricket!
–A mí me gusta –aseguró Ana.
–¿Cómo se arregla para no aburrirse? Sólo con mirarla a usted, ya se siente uno alegre. Usted vive y yo me aburro.
–¿Se aburre usted, que pertenece a la sociedad más animada de la capital? –preguntó Ana.
–Acaso los que no son de nuestro círculo se aburran aún más, pero nosotros, y desde luego yo, nos aburrimos... Me aburro
horriblemente...
Safo encendió un cigarrillo y salió al jardín con dos de los jóvenes. Betsy y Stremov quedaron ante las tazas de té.
–Sí: ¡qué aburrido es todo! –dijo Betsy–. Pero Safo dice que ayer se divirtieron mucho en su casa.
–¡Pero si fue aburridísimo! –afirmó Lisa Merkalova–. Fuimos todos a mi casa después de las carreras. ¡Y siempre la misma
gente, la misma, y siempre lo mismo!... Pasamos el tiempo tendidos en los divanes. ¿Hay alguna diversión en eso? No. ¿Qué
hace usted para no aburrirse? –siguió, dirigiéndose a Ana de nuevo –. Basta mirarla para compren der que es usted una mujer
que puede ser feliz o desgraciada, pero que no se aburre. Dígame, ¿cómo se arregla para ello?
–No hago nada –contestó Ana ruborizándose ante preguntas tan llenas de equívoco.
–Es el mejor modo de no aburrirse –intervino Stremov.
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Stremov era un hombre de unos cincuenta años, entrecano, lozano aún, muy feo, pero de rostro inteligente y de fuerte
personalidad.
Lisa Merkalova era sobrina de su mujer y él pasaba con ella todas sus horas libres.
Ahora, al hallar a Ana Karenina, la esposa de su enemigo ministerial Alexey Alejandrovich, procuró, como hombre de
mundo a inteligente, mostrarse especialmente amable con la mujer de su adversario.
–No hacer nada es el mejor remedio par a no aburrirse –continuó sonriendo cortésmente–. Hace tiempo que le digo –añadió
dirigiéndose a Lisa Merkalova– que para no sentir el aburrimiento lo mejor es no pensar que va a aburrirse. Es como cuando
uno teme sufrir de insomnio: lo mejor es no pensar e n que no va a dormir. Es esto precisamente lo que ha dicho Ana
Arkadievna...
–Me habría gustado decirlo, porque no sólo es muy ingenioso, sino también la pura verdad –repuso Ana, sonriendo.
–Le ruego que me diga cómo ha de hacerse para dormir cuando se tiene sueño y para no aburrirse constantemente.
–Para dormir, lo mejor es haber trabajado y para no aburrirse, también.
–¿Y para qué voy a trabajar si nadie necesita mi trabajo? Por eso finjo, a propósito, que no sé ni quiero trabajar.
–¡Es usted incorregible! –dijo Stremov, sin mirarla, volviéndose hacia Ana de nuevo.
Como veía pocas veces a Ana Karenina, no podía decirle más que vulgaridades, y ahora se las decía a propósito de su vuelta
a San Petersburgo, preguntándole cuándo sería y ha blándole del aprecio en que la tenía la condesa Lidia Iva novna; pero se lo
decía de un modo que demostraba el interés que tenía en hacérsele agradable y más aún en mostrarle su respeto.
Entró Tuchkevich anunciando que la reunión aguardaba a los jugadores para el cricket.
–¡No se vaya, por favor! –dijo Lisa, al enterarse de que Ana se iba.
Stremov unió su súplica a la de Lisa.
–Es un contraste demasiado vivo –dijo– pasar de esta reunión a casa de la vieja Vrede. Además, usted allí no será sino un
motivo de murmuración, mient ras que aquí inspira us ted sentimientos mucho mejores. Es decir, completamente opuestos –
concluyó Stremov.
Ana, indecisa, reflexionó un momento.
Las palabras lisonjeras de aquel hombre tan inteligente, la simpatía ingenua a infantil que le mostraba Lisa M erkalova, todo
este ambiente habitual del gran mundo resultaba tan agradable en comparación con las terribles dificultades que la esperaban
que por un momento vaciló. ¿No sería mejor quedarse, alejando más, así, el espinoso instante de las explicaciones?
Pero recordando lo que la aguardaba luego, a solas en su casa, si no adoptaba una decisión; recordando aquel gesto, terrible
para ella, con que se había asido los cabellos con las manos, se despidió y se fue.
XIX
Vronsky, a pesar de su vida en el gran m undo, aparentemente superficial, era un hombre que odiaba el desorden. En su
primera juventud, estando todavía en el Cuerpo de Pajes, experimentó la humillación de una negativa cuando, habién dose
endeudado, pidió prestado dinero. Desde entonces procuró no colocarse nunca en una situación como aquella.
Para ello, con cierta frecuencia, variable según las circuns tancias, aunque generalmente unas cinco veces al año, se apartaba
de la sociedad y ponía orden en todas sus cosas.
A esto lo llamaba hacer cuentas o faire la lessive.
Al día siguiente de la cita se despertó tarde. Sin afeitarse ni bañarse, se vistió la guerrera blanca del uniforme de verano, puso
sobre la mesa dinero, cartas y cuentas, y comenzó a ocuparse en ello.
Petrizky, que sabía que mientra s efectuaba tal operación su amigo solía estar irritado, viéndole al despertar ocupado en el
escritorio se vistió sin hacer ruido y se fue para no estorbarle.
Todo hombre sabe con detalle las complicaciones que le rodean y supone, sin querer, que esas comp licadas condiciones y su
aclaración son una particularidad personal suya, sin sospechar que los demás viven también entre condiciones per sonales tan
complicadas como las propias.
Así le sucedía a Vronsky. Y, no sin orgullo íntimo y tampoco sin motivo, pensaba que cualquier otro, de haberse encontrado
con tantas y tan grandes dificultades, se habría visto perdido y obligado a obrar del peor modo.
Vronsky, en cambio, comprendía que precisamente ahora debía estudiar el estado de sus asuntos y su situación para no
complicar las cosas. Primero, y como más fácil, estudió los asuntos de dinero.
Con su letra menuda apuntó lo que debía sobre un pliego de papel de escribir. Sumó y halló que sus deudas alcanzaban
diecisiete mil rublos y algunos centenares, de los que prescindió para más claridad. Luego contó su dinero y examinó las notas
del banco, y halló que sólo poseía mil ochocientos rublos y que no tendría ingreso alguno hasta año nuevo.
Volvió a leer la lista de deudas y la copió, dividiéndola en tres catego rías. A la primera categoría pertenecían las que ha bía
de pagar en seguida o para las cuales, por lo menos, había de tener el dinero preparado por no permitir su pago ni un mi nuto de
dilación.
Estas deudas ascendían a unos cuatro mil rubios. Mil qui nientos por el caballo y dos mil quinientos de una fianza por su
joven compañero Venevsky, que en presencia suya los ha bía perdido jugando con un tramposo. Vronsky había querido pagar
el dinero en el momento, puesto que lo llevaba encima, pero Venevsky y Jach vin insistieron en que pagarían ellos y no
Vronsky, que no jugaba.
Todo ello estaba muy bien, pero Vronsky sabía que con motivo de aquel sucio negocio, y a pesar de no haber tenido en él
otra participación que el responder de palabra por Ve nevsky, tenía q ue tener preparados dos mil quinientos ru blos para
echárselos al rostro al fullero y no discutir más con él.
Comentario: Hacer la colada.
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De modo que para esta primera y principal clase de deudas necesitaba disponer de cuatro mil rubios. Otro grupo, de ocho
mil, comprendía deudas también importantes, en su mayoría relativas a su cuadra de carreras: el proveedor de heno y avena, el
inglés, el guarnicionero, etc. De éstas, necesitaba pagar al menos dos mil rubios si quería quedar tranquilo. Y quedaba la última
clase de débitos –tiendas, hoteles, sastre, etcétera – de las que no tenía que preocuparse.
Necesitaba, de todos modos, un mínimo de seis mil ru bios para los gastos corrientes y sólo poseía mil ochocien tos. Para un
hombre con cien mil de renta, como todos le atribuían, parecía qu e no había de tener importancia. Pero en realidad no poseía
los cien mil rubios. Los inmensos bienes de su padre, que representaban por sí solos doscientos mil, eran propiedad indivisa de
los dos hermanos. Cuando su hermano mayor, cargado de deudas, se ca só con la prin cesa Varia Chirkova, hija de un
decembrista, sin dinero alguno, Alexey le cedió todas las rentas de la propiedad de su padre, reservándose únicamente
veinticinco mil rubios al año. Vronsky dijo entonces a su hermano que le bastaría con este dinero mientras no se casara, lo que
probablemente no haría nunca. Y su hermano, comandante, por aquellos días de uno de los regimientos de lanceros mas caros
para un aristócrata y recién casado, no pudo rechazar aquel regalo.
Su madre, que poseía un capi tal propio, daba a Alexey anualmente veinte mil rubios más, que, añadidos a aquellos
veinticinco mil, no bastaban aún para sus gastos. Ultima mente, habiendo su madre discutido con él por su marcha de Moscú y
sus relaciones con Ana, dejó de enviarle dinero. Como consecuencia, estando Vronsky acostumbrado a gastar cuarenta y cinco
mil rubios anuales y no habiendo recibido este año más que veinticinco mil, se encontraba en una situa ción algo apurada. No
había que pensar en recurrir a su ma dre. La última car ta de ella, recibida el día antes, le irritó aún más, porque contenía la
insinuación de que estaba dispuesta a ayudarle para que obtuviera éxitos en el mundo y en su ca rrera, pero no para que llevase
aquella vida que escandalizaba a toda la buena sociedad.
Aquella tentativa de su madre para comprarle le ofendió hasta lo más profundo de su alma y enfrió todavía más el poco
afecto que sentía por ella.
No podía, sin embargo, desdecirse de su generosidad hacia su hermano, a pesar de presentir ahora vagamente, previendo
alguna posibilidad de nuevos gastos en sus relaciones con la Karenina, que aquella generosidad había sido concedida de -
masiado irreflexivamente; y que él, aun soltero, podía tener muy bien necesidad de los cien mil rubios de renta.
Era imposible, sin embargo, retirar la palabra dada. Le bas taba recordar a la mujer de su hermano, la dulce y simpática
Varia, que le hacía presente siempre que venía al caso cuánto estimaba su generosidad y cuánto le apreciaba, para que Vronsky
se sintiera en la imposibilidad de dar el menor paso en aquel sentido. Hacerlo le parecía entonces tan imposible como pegar a
una mujer, robar o mentir.
Lo que sí podía y debía hacer, y así lo decidió Vronsky in mediatamente, sin ninguna vacilación, era pedir diez mil ru bios a
un usurero, cosa que encontraría sin dificultad, dismi nuir sus gastos generales y vender su cuadra de carreras. Esto resuelto,
envió en seguida una carta a Rolandaky, que le había ofrecido más de una vez comprarle los caballos, mandó buscar al inglés y
a un usurero a hizo cuentas sobre el dinero que tenía. Terminados todos estos asuntos escribió a su madre dándole una
respuesta áspera y fría. Sacó al fin de la cartera tres notas de Ana, las quemó y quedó pensativo al recordar la conversación
sostenida el día anterior con ella.
XX
La vida de Vronsky era tanto más feliz cuanto que poseía un código particular de reglas que definían lo que debía y no debía
hacer.
Este código contenía las reglas en un número muy limi tado, y Vronsky, dentro de ese círculo, no vacilaba un momento en
hacer lo que debía.
Sus reglas definían claramente que debía pagar a los fulle ros y no al sastre; que no debía mentir a los hombres, aunque sí
podia mentir a las mujeres; que no era lícito engañar a na die, mas sí a los maridos; q ue era imposible perdonar las ofen sas y
que estaba permitido ofender, etc. Tales reglas podían ser ilógicas y malas, Pero eran concretas, y Vronsky, cum pliéndolas, se
sentía tranquilo y con derecho a llevar la cabeza muy alta.
Pero últimamente, a causa d e sus relaciones con Ana, Vronsky empezaba a notar que el código de sus reglas de vida no
preveía todas las posibilidades y que se le presentaban en el futuro complicaciones y dudas, y que para vencerlas no ha llaba el
halo conductor que le guiara.
Sus relaciones del momento con Ana y su marido se le apa recían sencillas y claras, y el código que le servía de norma las
definía con precisición.
Ella era una mujer honrada que le había hecho presente de su amor y que, por tanto, puesto que él, además, la amaba ,
merecía su máximo respeto: tanto, si no más, como habría merecido su mujer legal. Antes se habría dejado cortar una mano
que permitirse, ni siquiera a sí mismo, ni aun con una palabra, no sólo ofenderla, sino no guardarle todo el respeto que puede
exigir una mujer.
Sus relaciones con la sociedad también eran claras. Todos podían sospechar y saberlo, pero nadie debía atreverse a decírselo.
De lo contrario, estaba dispuesto a hacer callar a los que hablasen y a obligarles a respetar el inexistente honor de la mujer a
quien amaba.
Sus relaciones con el marido eran más claras aún. Puesto que Ana quería a Vronsky, él consideraba su derecho a ella como
indiscutible. El marido no era más que un personaje en gomoso que estaba de sobra. Cierto que se hallaba en una situación
lamentable, pero ¿qué podia hacerse? A lo único que el marido tenía derecho era a exigirle una satisfacción con las arenas, a lo
que Vronsky se había sentido siempre dispuesto.
Últimamente habían surgido, sin embargo, entre él y Ana relaciones nuevas que le asustaban por su aspecto indefinido.
Comentario: Así se llamaba a
los que tomaron parte en la
insurrección de diciembre de
1825,organizada en San
Petersburgo.
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Hasta ayer, ella no le había dicho que estaba embarazada. Y Vronsky comprendió que esta noticia, y lo que Ana espe rase de
él, exigían algo que no estaba previsto en el código que regulaba su vida. La noti cia, en efecto, le había cogido desprevenido.
Al principio de anunciarle ella su estado, el co razón de Vronsky le dictó que Ana debía abandonar a su ma rido, y así se lo
había manifestado. Pero ahora, al reflexionar, comprendió que era preferable no hacer lo sin dejar de temer obrar mal al
pensarlo.
«Si le he dicho que deje a su marido, ello significa que ha de unirse a mí. ¿Y estoy en condiciones de hacerlo? ¿Cómo puedo
mantenerla si no tengo dinero? Pero supongamos que arreglo esa cuestión material. ¿Cómo llevármela si tengo que ocuparme
de mi carrera? Para decide eso tenía que haber estado preparado antes: es decir tener dinero y pedir el retiro.»
Quedó pensativo. La cuestión de si debía o no pedir el retiro le hizo meditar en otro interés secreto de su vida, sólo conocido
para él, pero que era el principal estímulo que le guiaba: la ambición, ilusión acariciada desde su infancia y su juventud. Y su
ambición, que ni a sí mismo se confesaba, era tan fuerte que aun ahora mismo luchaba con su amor. Sus pri meros pasos en el
mundo y en su carrera habían sido afortu nados; pero dos años antes había cometido un gran error: que riendo demostrar su
independencia y ascender más, renunció a un cargo que le ofrecían, esperando que la negativa le daría más valor aún.
Pero resultó que había sido demasiado audaz y le dejaron de lado; y como quiera que, a pesar suyo, se había creado con ello
la posición de un hombre independiente, la soportaba lo mejor que podía, con inteligencia y sagacidad, procediendo como si no
se sintiera ofendido por nadie y no deseara otra cosa que vivir tranquilo su alegre existencia.
Pero la verdad era que desde que el año pasado había vuelto de Moscú ya no se sentía alegre. Notaba que aquella posición
independiente de hombre que lo ha podido tener todo y no quiere nada perdía mérito y que muchos empezaban ya a pensar que
nunca habría conseguido otra cosa que ser un joven bueno y honorable.
Sus relaciones con la Karenina, que habían provocado tan tos comentarios, atrajeron sobre él la atención ge neral y le dieron
un nuevo brillo, en que se calmó por algún tiempo el gusano de la ambición que le roía.
Mas, desde hacía una semana, aquel gusano despertaba con nuevo brío. Un amigo de la infancia, hombre de su misma so -
ciedad y círculo, camarada suyo en el cuerpo de cadetes, y ofi cial de la misma promoción, Serpujovskoy, con el que Vronsky
rivalizara en las clases, en el gimnasio, en las diabluras y en las ilusiones ambiciosas, aquel amigo había vuelto en aquellos
días del Asia central, habiendo logrado allí dos ascensos seguidos, distinción pocas veces obtenida por los militares tan
jóvenes.
En cuanto Serpujovskoy llegó a San Petersburgo, empezó a hablarse de él como de una estrella de primera magnitud en
curso ascendente.
De la misma edad de Vronsky y perteneciente a la misma promoción, Serpujovskoy era ya general y esperaba un nom -
bramiento que le diese autoridad en los asuntos públicos, mientras Vronsky, aunque independiente, brillante y amado por una
admirable mujer, no era más que un simple capitán de caballería al que se le dejaba ser tan libre como quisiera.
«Por supuesto, no envidio ni puedo envidiar a Serpujovskoy», pensó, «pero su elevación me demuestra que hay que moverse
y que entonces la carrera de un hombre como yo puede ser muy rápida. Hac e años, él estaba en mi misma situación. Si pido el
retiro, quemo mis naves. Quedándome en el servicio, no pierdo nada. Ana misma me ha dicho que no quiere alterar mi
situación. Y yo, poseyendo su amor, no tengo nada que envidiar a Serpujovskoy».
Atusándose lentamente los bigotes, se levantó y comenzó a pasear por la habitación. Sus ojos brillaban vivamente. Se sentía
en aquel estado de ánimo fuerte, tranquilo y alegre que tenía siempre después de aclarar su situación. Todo estaba tan neto y
despejado como sus deudas después de haberlas revisado. Vronsky se afeitó, tomó un baño frío, se vistió y se fue.
XXI
–Vengo a buscarte. Tu aseo ha durado hoy mucho ––dijo Petrizky–. ¿Qué? ¿Has terminado?
–Sí –respondió Vronsky, sonriendo sólo con los ojos y atusándo se las puntas del bigote con tanto esmero como si, después
del orden en que había dejado sus asuntos, cualquier movimiento brusco pudiese destruirlo.
–Tras esa ocupación quedas siempre como después de un buen baño –siguió Petrizky–.Vengo de ver a Crisko –llamaba así al
coronel del regimiento–, que lo está esperando.
Vronsky miraba a su compañero sin contestarle, pensando en otra cosa.
–¡Ah! ¿Viene de su casa esta música? –preguntó, sintiendo las notas del trombón, en valses y polkas, que llegagan a sus
oídos–. ¿Dan alguna fiesta?
–Es que ha llegado Serpujovskoy.
–¡Ah, no lo sabía! –dijo Vronsky.
Una vez decidido que era feliz con su amor, sacrificando a él su ambición, Vronsky no podía sentir ni envidia de Serpujovs -
koy ni enojo al pensar que, al llegar al cuartel, su camarada no hubiera ido a visitarle antes que a ninguno. Serpujovskoy era un
buen amigo y Vronsky se alegraba de su triunfo.
–Me satisface mucho...
Denin, el coronel del regimiento, ocupaba una gran casa perteneciente a unos propietarios rurales. Los reunidos estaban en el
amplio mirador del piso bajo.
Lo primero que atrajo la atención de Vronsky al entrar en el patio fueron los cantores militares vistiendo sus uniformes
blancos de verano, todos de pie junto a un pequeño barril de aguardiente, y, con ellos, la figura sana y alegre del coronel del
regimiento rodeado de los oficiales. Saliendo al primer peldaño, el coronel, en voz alta que dominaba el son de la orquesta, que
tocaba entonces un rigodón de Offenbach, daba órdenes y hacía señales c on el brazo a unos soldados que esta ban algo
separados.
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El grupo de soldados, un sargento de caballería y algunos oficiales, se acercaron al balcón a la vez que Vronsky. El co ronel,
que había vuelto a la mesa, reapareció de nuevo con una copa en la mano y pronunció un brindis:
–A la salud de nuestro ex compañero, el bravo general Serpujovskoy. ¡Hurra!
Tras el coronel, y también con la copa en la mano, salió Serpujovskoy a la escalera.
–Estás cada vez más joven, Bondarenko ––dijo, dirigiéndose al sargento de caballería que estaba ante él, hombre de buena
presencia y coloradas mejillas que prestaba servicio como reenganchado.
Vronsky, que no había visto a Serpujovskoy desde hacía tres años, ahora le notaba un aspecto más varonil. Se había dejado
crecer las patillas; se había hecho más hombre, pero conservaba su esbeltez de siempre a impresionaba tanto por su belleza
como por la dulzura y nobleza de su rostro y as pecto. El único cambio que Vronsky observó en él fue el bri llo radiante,
tranquilo y persistente, aquel brillo que Vronsky conocía bien y que había observado en seguida en su amigo, que adquieren
los rostros de los que triunfan y están convencidos además de que los demás no ignoran su éxito.
Serpujovskoy, al bajar la escalera, vio a Vronsky y una s onrisa alegre iluminó su rostro. Alzó la cabeza y levantó el vaso,
saludándole y mostrando con este gesto que no podía dejar de acercarse primero al sargento de caballería, que ya se estiraba
conmovido y plegaba los labios para besar al General.
–¡Ya está aquí! –gritó el coronel–. Jachvin me ha dicho que estás de mal humor.
Serpujovskoy besó los labios frescos y húmedos del ga llardo sargento y, secándose la boca con el pañuelo, se acercó a
Vronsky.
–¡Cuánto me alegro de verte! –dijo, estrechándole la mano y llevándole aparte.
–¡Ocúpese de él! –gritó el coronel a Jachvin, mostrándole a Vronsky.
Y se dirigió a los soldados.
–¿Cómo es que no se te vio ayer en las carreras? Pensaba haberte visto allí –dijo Vronsky, mirando a su amigo.
–Estuve, pero llegué tarde, perdona –añadió, volviéndose hacia el ayudante para decirle –: Haga el favor de orde nar que se
distribuya esto de mi parte, a lo que toquen cada uno, entre la tropa.
Y, sonrojándose, sacó precipitadamente de su cartera tres billetes de cien rublos.
–Vronsky. ¿Quieres tomar algo? –preguntó Jachvin–. ¡Hola: traed algo de comer para el Conde! ¡Y bébete esto!
La orgía en casa del coronel continuó largo rato. Mantea ron a Serpujovskoy y al coronel. Luego, ante los cantores, bailaron
el coronel y Petrizky. F inalmente, aquél, algo can sado ya, se sentó en el banco del patio y empezó a demostrar a Jachvin la
superioridad de Rusia sobre Prusia, sobre todo en las cargas de caballería. El bullicio se calmó por un momento. Serpujovskoy
pasó un instante al tocador d e la casa para la varse las manos y halló allí a Vronsky, que, habiéndose qui tado la guerrera y
poniendo su cuello, sobre el que caían abundantes cabellos, bajo el grifo del lavabo, se frotaba con las manos cuello y cabeza.
Una vez que Vronsky hubo termi nado de lavarse, sentóse junto a Serpujovskoy y, acomodados los dos allí mismo en un
pequeño diván, empezaron una charla muy interesante para ambos.
–Estaba informado de todos tus asuntos por mi mujer –dijo Serpujovskoy–. Me alegro de que la hayas visitado a menudo.
–Es muy amiga de Varia. Son las únicas mujeres de San Petersburgo a las que me agrada tratar –contestó Vronsky,
sonriendo, al prever el tema que iba a tocar la conversación y que le era en extremo agradable.
–¿Las únicas? –dijo Serpujovskoy sonriendo igualmente.
–También yo sabía de ti por tu mujer –repuso Vrosnky, con el rostro serio, cortando así la alusión–. Me alegro mucho de tus
éxitos, pero no me han sorprendido. Esperaba tanto o más de ti.
Serpujovskoy sonrió de nuevo. Era evidente que le halagaba que se tuviese de él tal opinión y no creía necesario ocultarlo.
–Yo, al contrario: confieso que esperaba menos. Pero estoy muy satisfecho. Mi debilidad es ser ambicioso, lo confieso.
–Acaso no te confesaras de no haber triunfado –––dijo Vronsky.
–No lo creo –contestó Serpujovskoy sonriendo otra vez–. No diré que no valiera la pena vivir sin esto, pero sí que sería muy
aburrido. Claro que, aunque puede que me equivoque, creo tener algunas facultades para el campo de ac tividad que he
escogido y que el mando en mis manos estará sin duda mejor que en las de otros muchos que conozco ––dijo Serpujovskoy,
con radiante conciencia de su éxito–. Y por ello, cuanto más me acerco a eso, más satisfecho estoy.
–Quizá te pase a ti así, pero no a todos. Ant es también pensaba yo lo mismo; mas ahora encuentro que no vale la pena vivir
sólo por eso ––dijo Vronsky.
–¡Claro, claro! –––exclamó Serpujovskoy, riendo–. Ya he oído hablar de tu negativa a aceptar un cargo. Te aprobé, natu -
ralmente que sí; pero hay modos de hacer las cosas... Creo que está bien lo que hiciste, aunque no del modo que...
–Lo hecho, hecho. Ya sabes que no me arrepiento jamás. Y, por otra parte, me encuentro admirablemente bien así.
–Sí, por algún tiempo. Pero no te pasará siempre lo mismo. No hablo de lo que renunciaste en favor de tu her mano. Es un
buen chico, como este «huésped nuestro». ¿Oyes? –añadió escuchando los hurras–. También él está alegre. Mas a ti esto sólo
no te satisface.
–No digo que me satisfaga.
–Además, no es eso únicamente. Hombres como tú son necesarios...
–¿A quién?
–¡A quién! A la sociedad a Rusia. Rusia necesita gente, necesita un partido. Si no, todo se irá al diablo.
–¿Así que crees que es necesario un partido como el de Bertenev contra los comunistas rusos?
–No –contestó Serpujovskoy, rechazando, con una mueca, que le atribuyesen tal necedad –. Tout ça est une bla gue. Lo ha
sido y lo será siempre. No hay tales comunistas. Pero los intrigantes necesitan inventar partidos peligrosos, da ñinos. Es un
truco viejo. No, no: lo necesario es un partido de la gente independiente, como tu y yo.
–¿Mas, para qué? –y Vronsky nombró a algunos que ejercían autoridad–. ¿Acaso esos no son independientes?
Comentario: «Todo eso es una
farsa.»
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–No lo son porque, desde su nacimiento, no tienen ni han tenido una situación independiente. No nacieron en esa proximidad
a las alturas en que hemos nacido tú y yo. A ellos se les puede comprar con dinero o con halagos. Y, para poder soste nerse,
tienen que inventar la necesidad de una doctrina, de sarrollar un programa o un pensam iento en el que no creen y que es
pernicioso. Pero para ellos sus doctrinas son el modo de gozar de un sueldo y de una residencia oficial. Cela n'est pas plus
malin que ça, cuando ves su juego. Quizá yo sea más tonto y peor que ellos, aunque no veo por qu é lo voy a ser. Pero tú y yo
tenemos una ventaja muy importante: que a nosotros es más difícil compramos. Y gente así es más necesaria que nunca.
Vronsky escuchaba con atención, menos atento al sentido de las palabras que al modo que tenía Serpujovskoy de exponerlas,
a su pensamiento de luchar ya contra el poder y a la manifestación de sus simpatías y antipatías en este punto. Mientras el otro
poseía ideas al respecto, Vronsky no ponía interés más que en los asuntos de su escuadrón.
Vronsky reconocía que Serpujovskoy podía ser fuerte por su facultad de pensar, de ver las cosas claras, Por aquella inte -
ligencia y don de palabra tan raros en el ambiente en que vivía. Y, por vergüenza que le causara, Vronsky en este sentido
envidiaba a su camarada.
–En todo caso, para ello me haría falta una cosa esencial –contestó Vronsky–: el deseo del poder. Lo he sentido an tes, pero
ahora se me ha disipado.
–Dispensa, pero no es verdad –dijo Serpujovskoy, sonriendo.
–Es verdad, es verdad... por ahora al menos; te lo digo con sinceridad –añadió Vronsky.
,–Ese «por ahora» ya es otra cosa. Y no durara siempre.
–Puede ser –repuso Vronsky.
–Dices «puedes ser» –continuó Serpujovskoy, como adi vinando sus pensamientos – y yo te digo que es seguro. Por eso
quería verte. Tú has obr ado como debías. Pero no debes «perseverar». Sólo te ruego que me des carte blanche... No trato de
protegerte, aunque, ¿por qué no había de hacerlo? ¿Cuántas veces no me has protegido tú? Pero nuestra amistad está sobre todo
eso. Sí ––dijo con una dulzura femenina, sonriéndole–. Dame carte blanche, deja el regimiento y te si tuaré sin que se den
cuenta...
–Pero ¡si no necesito nada! Con que las cosas sigan como hasta ahora... –dijo Vronsky.
Serpujovskoy, incorporándose, se plantó ante él.
–Dices que con que las cosas sigan como hasta ahora te basta. Te comprendo. Pero escúchame: ambos somos de la misma
edad y quizá tú hayas conocido más mujeres que yo –la sonrisa y los ademanes de Serpujovskoy indicaban que Vronsky no
debía temer nada, ya que él iba a tocar con suavidad y prudencia el punto neurálgico–. Pero soy casado y créeme que (como ha
escrito no sé quién), conociendo sólo a una mujer a la que ames, sabes más que si hubieras conocido millares de mujeres.
–Ahora vamos –dijo Vronsky al oficial que se presentó en la habitación para decirles que el Coronel les llamaba.
Vronsky deseba ahora escuchar hasta el final lo que Serpujovskoy iba a decirle.
–Mi opinión es ésta: la mujer es la piedra de toque esencial en la actividad del hombre. Es difícil amar a una mujer y hacer a
la vez algo útil. Para ello hay un remedio: desviar el amor por ellas casándose. ¿Cómo te diría ...? –agregó Serpujovskoy, al
que le gustaba hacer comparaciones–. Espera, espera... Llevar un paquete en la mano y hacer algo a la vez no e s posible, pero
sí lo es si te lo echas a la espalda. El matrimo -nio es así. Lo he visto cuando me he casado. Me sentí de pronto con las manos
libres. Pero sin estar casado, y llevando ese fardo contigo, estás con las manos tan ocupadas que no puedes hacer nada de
provecho. Fíjate en Masankov y en Krupov, que han estropeado sus carreras por las mujeres...
–¡Vaya unas mujeres! –dijo Vronsky, recordando a la francesa y a la artista con las que tenían relaciones los dos
mencionados.
–Tanto peor cuanto más alta es la posición de la mujer en la sociedad, porque entonces no se tratará ya de llevar el pa quete,
sino de quitárselo a otro.
–Tú no has amado jamás –le dijo Vronsky suavemente, mirando ante sí y pensando en Ana.
–Puede ser. Pero acuérdate de lo que te h e dicho. Y, ade más, piensa que todas las mujeres son más materialistas que los
hombres. Nosotros miramos el amor como algo inmenso y ellas lo consideran siempre terre–à–terre... ¡Ahora, ahora! –––dijo
al lacayo, que se acercaba.
Pero el lacayo no iba a llamarles, como Serpujovskoy había imaginado, sino que llevaba una carta para Vronsky.
–La trajo el criado de la princesa Tverskaya.
Vronsky abrió la carta y se ruborizó.
–Me duele la cabeza; me voy a casa ––dijo a Serpujovskoy.
–Entonces, adiós. ¿Me das carte blanche?
–Ya hablaremos después. Nos veremos en San Petersburgo.
XXII
Eran más de las cinco y, para llegar a tiempo y no ir con sus caballos, conocidos por todos, Vronsky tomó el coche de
alquiler que llevara a Jachvin y le ordenó ir lo más deprisa posible.
El viejo coche de alquiler, de cuatro asientos, era muy es pacioso. Vronsky se sentó en un ángulo, extendió las piernas sobre
el asiento delantero y quedó pensativo.
La vaga conciencia de la claridad con que había planteado sus asuntos, el confuso recuerdo de la amistad y alabanzas de
Serpujovskoy, que le consideraba como un hombre necesario, y principalmente la espera de la próxima entrevista, todo se unió
para infundirle una viva impresión general de la alegría de vivir.
Y aquella impresión era tan fuerte que Vronsky, sin querer, sonreía.
Comentario: «Eso no es tan
difícil como parece.»
Comentario: Vulgarmente.
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Bajó las piernas, pasó una sobre otra y con la mano se palpó la fuerte pantorrilla que se había lastimado el día antes al caer.
Después, reclinándose en el respaldo, respiró varias veces a pleno pulmón.
« Bien, muy bien...» , se dijo.
Antes de ahora había experimentado también con frecuencia la alegre consciencia de su cuerpo, pero nunca se había querido
a sí mismo, a su cuerpo, como hoy. Le era agradable sentir aquel ligero dolor en su vigorosa pierna, le era ag radable la
sensación del movimiento de los músculos de su pecho al respirar.
El mismo día, claro y frío, de agosto, que tanta desespera ción infundía en Ana, a él le excitaba y le refrescaba el rostro y el
cuello, ardiente aún por el lavado reciente.
En aquel aire fresco, el perfume del cosmético que se apli cara en el bigote resultábale particularmente agradable. Todo lo
que veía por la ventanilla, en el ambiente frío y puro, a la pálida luz del ocaso, era lozano, alegre y fuerte como él mismo.
Los tejados de los edificios, brillantes a los rayos del sol poniente, las líneas destacadas de muros y esquinas las figu ras de
los transeúntes y los coches que encontraban de vez en cuando, el inmóvil verdor de árboles y hierbas, los campos de patatas,
con sus surcos regulares, y las sombras oblicuas que árboles, arbustos y casas proyectaban sobre aquellos mismos surcos, todo
era hermoso, como un lienzo de paisaje recién terminado y acabado de barnizar.
–¡Deprisa, más deprisa! –dijo al cochero, sacando la cabeza por la ventanilla y dándole un billete de tres rublos. La mano del
cochero hurgó un instante en el farol asegurando el cierre, chasqueó el látigo y el coche se deslizó veloz por el liso camino
empedrado.
«No necesito nada, nada, excepto esta felicidad –pensaba Vronsky, mirando el tirador de hueso de la campanilla, que pendía
entre ambas portezuelas a imaginando a Ana tal como la viera por última vez–. Y cuanto más pasa el tiempo, más la amo. Aquí
está el jardín de la casa veraniega oficial en que vive Vrede . ¿Dónde estará Ana? ¿Qué habrá sucedido? ¿Por qué me habrá
citado aquí escribiendo en la carta de Betsy?», se dijo Vronsky al llegar. Pero ya no que daba tiempo para pensar en ello.
Mandó parar antes de llegar a la avenida que conducía a la casa, abrió la portezuela y saltó a tierra.
En la avenida no había nadie, pero al volver el rostro a la derecha la descubrió. Tenía el semblante cubierto con un velo, pero
por su manera de andar, inconfundible, por la inclinación de su espalda, por el modo de levantar la cabeza, la reconoció, y le
pareció en el acto que una sacudida eléctrica estremecía todo su cuerpo. Se sintió de nuevo ser él mismo con una fuerza
renovada, desde los movimientos elásticos de las pier nas hasta el de sus pulmones al respirar, y una sens ación especial de
cosquilleo en los labios. Acercóse a Ana y le estrechó fuertemente la mano.
–¿No te ha molestado que te llame? Necesitaba verte –dijo ella.
Y el modo grave y severo con que plegó los labios, y que Vronsky percibió bajo el velo, hizo cambiar en el acto su estado de
ánimo.
–¿Molestarme dices? Pero ¿por qué has venido aquí?
–Eso nada importa –dijo Ana, poniendo su brazo sobre el de él–. Vamos. Necesito hablarte.
Vronsky comprendió que pasaba algo y que la entrevista no sería alegre. En pres encia de ella carecía de voluntad pro pia;
desconocía la causa de la inquietud de Ana, pero notaba ya que, a su pesar, se le comunicaba.
–¿Qué pasa, pues? –preguntaba, apretando el brazo de ella con el codo y procurando leerle en el rostro los pensamientos.
Ana dio algunos pasos en silencio, cobrando ánimo, y de pronto se detuvo.
–Ayer no te dije –empezó, respirando precipitada y dificultosamente– que, al volver a casa con mi marido, se lo conté todo.
Le dije que no podía ser su mujer y que... Se lo dije todo...
Vronsky la escuchaba, inclinando el cuerpo hacia ella sin darse cuenta, como deseando así suavizarle las dificultades de su
situación.
–Vale más, mil veces más –dijo–, pero comprendo lo penoso que te habrá sido.
Ana no escuchaba sus palabras; le miraba sólo al rostro, tratando de leer en él sus pensamientos. No adivinaba que lo que el
rostro de Vronsky reflejaba era el primer pensamiento que se le había ocurrido: la inminencia del duelo. Ana no pensaba nunca
en semejante cosa y por ello dio una explicación diferente a aquella expresión de momentánea gravedad.
Al recibir la carta de su marido comprendió en el fondo que todo iba a seguir como antes, que le faltarían fuerzas para re -
nunciar a su posición en el gran mundo, abandonar a su hijo y unirse a su amante. La mañana pasada en casa de Betsy le
afirmó más aún en esta convicción. No obstante, la entrevista con Vronsky tenía para ella una importancia excepcional, pues
confiaba en que después de ella variaría su situación y ella se sentiría salvada.
Si al recibir la noticia Vronsky, sin vacilar un momento, decidido y apasionado, hubiese contestado: «déjalo todo y huyamos
juntos», ella habría abandonado a su hijo y se habría ido con él.
Pero la noticia no produjo en Vronsky la impresión que esperaba Ana; él parecía sólo sentirse ofendido por algo.
–No me fue nada penoso. Todo sucedió del modo más natural –dijo Ana con irritación–. Y mira... ––dijo sacando del guante
la carta de su marido.
–Comprendo, comprendo –interrumpió Vronsky, tomando la carta, pero sin leerla y esforzándose en calmar a Ana–. Yo sólo
deseaba una cosa y te la he pedido: terminar con esta situación para poder consagrar mi vida a tu felicidad.
–¿Por qué me lo dices? –repuso ella–. ¿Cómo puedo dudarlo? Si lo dudara...
–¡Allí viene a lguien! –exclamó Vronsky de pronto, mos trando a dos señoras que avanzaban hacia ellos –. Acaso nos
conozcan.
Y precipitadamente se dirigió a un paseo lateral arrastrando a Ana.
–Me es igual –dijo ésta, y sus labios temblaban. A Vronsky le pareció que sus ojos le examinaban con extraña irritación bajo
el velo–. Te digo que no se trata de eso, ni lo dudo, pero lee lo que me escribe. Léelo.
Y Ana volvió a detenerse.
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De nuevo, como en el primer momento de recibir la noticia de que Ana había roto con su marido, Vronsky, leyendo la carta,
se entregó involuntariamente a la impresión espon tánea que sintiera respecto al esposo ultrajado. Ahora, mientras tenía en las
manos la carta, imaginaba involunta riamente aquel desafío que irían a proponerle hoy o mañana en su casa, se figuraba el
mismo duelo, en el cual, con la misma expresión fría y orgullosa que ahora mostraba su rostro, dispararía al aire, esperando la
bala del ofendido. Y en seguida pasó por su cerebro el recuerdo de lo que aca bara de decirle Serpujovskoy por la mañana: más
valía no estar ligado. Pero sabía bien que no podía comunicar a Ana tal pensamiento.
Después de leer la carta, Vronsky alzó la vista. En sus ojos no había firmeza. Ana comprendió en seguida que Vronsky había
pensado antes en aquella posibilidad. Ella sabía que, por mucho que Vronsky pudiera decirle, nunca le diría lo que pensaba. Y
comprendió también que su última esperanza estaba perdida. No era esto lo que esperaba.
–¿Ya ves de qué clase de hombre se trata? ––dijo, con voz temblorosa–. Ya lo ves...
–Perdona, pero yo me alegro de ello –repuso Vronsky–. Déjame explicarme, por Dios... –añadió, rogándole con la mirada
que le diese tiempo de aclarar sus palabras–. Me alegro porque las cosas en ningún modo pueden quedar como él supone.
–¿Por qué no? –dijo Ana, conteniendo las lágrimas y evi denciando que no daba ya ninguna importancia a lo que él pu diera
decirle.
Adivinaba que su suerte estaba ya decidida.
Vronsky quería decir que después del duelo, inminente a su juicio, aquello no podría seguir así, pero dijo otra cosa.
–No puede seguir así. Supongo que ahora le abandona rás... –y Vronsky se sonrojó–, supongo que ahora me dejarás arreglar
nuestra vida, pensar en ella... Mañana... ––dijo.
Pero Ana no le dio tiempo a terminar:
–¿Y mi hijo? –exclamó–. ¿No ves lo que me escribe? Tendría que abandonar a mi hijo, y esto no quiero ni puedo hacerlo.
–¡Por Dios! ¿Qué vale más? ¿Dejar a tu hijo o continuar esta situación humillante?
–¿Humillante para quién?
–Para todos, y en especial para ti.
–No digas que es humillante... no me lo digas. Esas pala bras para mí carecen de sentido ––dijo Ana, con voz temblo rosa,
deseando ahora que Vronsky hablase con sinceridad, ya que sólo le quedaba su amor y deseaba seguir amándole –. Comprende
que desde el día en que lo acepté todo ha cambiado para mí. Sólo tengo una cosa: tu amor. Siendo mío tu cariño, me siento tan
elevada y tan firme que nada puede humillarme. Estoy orgullosa de mi situación porque... porque... orgullosa por... por... –y no
supo decir por qué s e sentía or gullosa. Lágrimas de vergüenza y desesperación ahogaron su voz; se detuvo y estalló en
sollozos.
Vronsky sintió también la sensación de algo que subía a su garganta, le cosquilleaba la nariz y le hacía sentirse, por pri mera
vez en su vida, a p unto de llorar. No podía decir qué era concretamente lo que le había conmovido. Sentía lástima de Ana,
sabía que no podía ayudarla y a la vez reconocía que él era la causa de su desgracia y que había procedido mal.
–¿Acaso no es posible el divorcio? –preguntó con voz
Ana movió la cabeza en silencio.
–¿No es posible llevarte a tu hijo y dejar a tu marido?
–Sí, pero todo eso depende de él. Por ahora debo vivir en su casa –dijo Ana secamente.
No la habían engañado sus presentimientos. Las cosas quedaban como antes.
–El martes iré yo a San Petersburgo y se decidirá todo –indicó Vronsky.
–Sí –repuso Ana–. Pero no hablemos más de esto.
El coche de Ana, que ella había despedido con orden de ir a buscarla junto a la verja del jardin de Vrede, llegaba en aquel
momento.
Ana se despidió de Vronsky y se fue a casa.
XXIII
El lunes celebraba sesión extraordinaria la Comisión del 2 de junio.
Alexey Alejandrovich entró en la sala de reunión, saludó a los miembros y al presidente, como de costumbre, y ocupo su
puesto, poniendo las manos sobre los documentos que había preparados ante él.
Entre ellos estaban los informes que necesitaba, el resumen de la declaración que se proponía formular.
En realidad le sobraban los informes. Lo recordaba todo y no creía necesario repetir e n su memoria lo que había de de cir.
Sabía que, llegado el momento y viendo ante sí el rostro del adversario, que en vano trataba de aparentar una expre sión
indiferente, el discurso saldría por sí solo mejor que todo lo que pudiera preparar.
Pensaba que el fondo de su discurso sería grandioso y que cada palabra tendría suma importancia. Y, sin embargo, mien tras
escuchaba el informe oficial, el aspecto de Karenin no podía ser más inocente y más inofensivo. Nadie pensaba, mi rando sus
manos blancas, de hinc hadas venas, que tan suave mente acariciaban con sus largos dedos las hojas de papel blanco puestas
ante él, y viendo su cabeza, inclinada de lado, con expresión de cansancio, que iban a brotar inmediatamente de su boca
palabras que producirían una tempest ad, obligando a gritar a los miembros, a interrumpirse unos a otros y al pre sidente a
reclamar orden.
Cuando la declaración concluyó, Karenin anunció, con su voz suave y fina, que tenía que manifestar algo relativo al asunto
de los autóctonos.
La atención se concentró en él.
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Alexey Alejandrovich tosió y, sin mirar a su adversario, es cogiendo, como hacía siempre al pronunciar sus discursos, la
primera persona sentada ante él –un viejecito tranquilo y me nudo que nunca exponía en la Comisión opiniones propi as–,
comenzó él a explicar con voz firme y muy clara sus ideas.
Cuando aludió a la ley básica y orgánica, su adversario se levantó de un salto y empezó a formular objeciones. Stremov,
miembro también de la Comisión, herido en lo vivo, empezó igualmente a j ustificarse. La sesión se hizo tempestuosa. Pero
Karenin triunfaba y su proposición fue aceptada; quedaron nombradas nuevas comisiones y al día siguiente, en determi nados
círculos de San Petersburgo, no se hablaba más que de aquella sesión. El éxito de Alexey Alejandrovich fue mayor de lo que él
mismo esperaba.
A la mañana siguiente, martes, Karenin, al despertar, re cordó con placer su victoria del día antes; y a pesar de querer
mostrarse indiferente, no pudo menos de sonreír cuando el jefe de su despacho , queriendo halagarle, le habló de los ru mores
que corrían referentes a su triunfo en la Comisión.
Ocupado en su trabajo cotidian
–¡Pero, basta: voy a romper con todo! –exclamó, levantándose de un salto y conteniendo las lágrimas.
Y se acercó a la mesa para escribirle otra carta. Pero pre sentía, en el fondo, que no tendría fuerzas ya para romper nada, que
no tendría fuerzas para salir de su situación anterior por falsa y deshonrosa que fuera.
Se sentó a la mesa, mas en vez de escribir apoyó los brazos en ella, ocultó la cabeza entre las manos y lloró, con sollozos y
temblores que agitaban todo su pecho, como lloran los niños. Lloraba al pensar que su ilusión de que las cosas habían quedado
aclaradas estaba destruida para siempre. Sabía de antemano que todo continuaría como antes o peor. Compren día que la
posición que ocupaba en el mundo aristocrático, y que por la mañana le parecía tan despreciable, le era muy p reciosa, y que no
tendría fuerzas para cambiarla por la despreciable de una mujer que ha abandonado a su hijo y a su esposo para unirse a su
amante. Y comprendía también que, por más que quisiera, no podría ser más fuerte de lo que era en realidad.
Jamás tendría libertad para amar y viviría eternamente como una mujer culpable, bajo la amenaza de ser descubierta a cada
momento, una mujer que engaña a su marido a fin de continuar sus relaciones deshonrosas con un extraño, un hom bre libre,
cuya vida no podía ella compartir. Sabía que todo marcharía así, pero le parecía terrible y no imaginaba de qué modo podría
terminar. Y Ana lloraba, sin contenerse, como llora un niño al que se castiga.
Oyó los pasos del lacayo y se recobró y, ocultando el rostro, fingió que escribía.
–El ordenanza pide la contestación –anunció el lacayo,
–¿La contestación? ––dijo Ana–. ¡Ah, sí! Que espere. Ya avisaré.
«¿Qué escribiré?», pensaba. «¿Qué puedo decidir por mí misma? ¿Sé yo acaso lo que quiero ni lo que deseo?»
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Otra vez le pareció que su alma se desdoblaba. Asustada de aquel sentimiento, se aferró al primer pretexto de actividad que
se le ofrecía para no pensar en si misma.
«Debo ver a Alexey», se dijo mentalmente, refiriéndose a Vronsky, al que siempre llamaba así», «él podrá de cirme lo que
conviene hacer. Iré a casa de Betsy. Quizá le vea allí».
Olvidaba en absoluto que el día antes había dicho a Vronsky que no iría a casa de la princesa Tverskaya y que él había
contestado que en tal caso no iría tampoco.
Se acercó a la mesa y escribió a su marido.
«He recibido su carta–. A.»
Y llamando al lacayo, le dio la carta.
–Ya no nos vamos ––dijo a Anuchka cuando ésta entró.
–¿Definitivamente?
–No; no deshagan los paquetes hasta mañana, y que me reserven el coche ahora. Voy a casa de la Princesa.
–¿Qué vestido debo preparar?
XVII
La reunión que iba a jugar la partida de cricket a la que la princesa Tverskaya había invitado a Ana consistía en dos se ñoras
con sus admiradores.
Aquellas dos señoras representaban un nuevo y muy se lecto círculo que se autodenominaba, a imitación de no se sa bía de
qué, Les sept merveilles du monde. A decir verdad, tales señoras pertenecían a una capa muy elevada de la sociedad, pero muy
diferente a la que frecuentaba Ana. Además, el viejo Stremov, admirador de Lisa Merkalova y uno de los hombres más
influyentes de San Petersburgo, era, ministerialmente, enemigo de Karenin. Por todas esas consideraciones, Ana no deseaba ir,
y a esas consideraciones aludían las indirectas de la carta de la Princesa. Pero ahora se resolvió a acudir con la esperanza de
encontrar a Vronsky.
Llegó a casa de la Tverskaya antes que los otros invitados.
En el momento en que entraba lo hacía también el lacayo de Vronsky, que, con sus patillas muy bien peinadas, casi pa recía
un caballero.
El criado se detuvo junto a la puerta y, quitándose su gorra de visera, le cedió el paso. Ana le reconoció y sólo entonces
recordó que Vronsky le había dicho que no iría. Probablemente enviaba aviso de ello.
Mientras se quitaba el abrigo en el recibid or, Ana oyó que el lacayo decía, pronunciando las en es a la manera de las per -
sonas distinguidas:
–Para la señora Princesa, de parte del señor.
Ella habría querido preguntarle dónde estaba ahora su se ñor; habría querido volverse y darle una carta pidiend o a Vronsky
que fuese a su casa o bien ir Ana misma a casa de él. Pero nada de lo que pensaba podía hacerse, porque ya sonaba la
campanilla anunciando su llegada y ya el criado de la Princesa se colocaba, de pie, junto a la puerta abierta, esperando que Ana
entrase en las habitaciones interiores.
–La Princesa está en el jardín. Ahora mismo la avisan. ¿Acaso la señora desea pasar al jardín? ––dijo otro lacayo en la
siguiente estancia.
Sentía la misma impresión de inseguridad y vaguedad que sintiera en su cas a. Era imposible ver a Vronsky; había que
continuar aquí, en esta sociedad tan ajena y distante de su estado de ánimo.
Ana llevaba el vestido que sabía que le sentaba mejor; no estaba sola; la rodeaba ese ambiente de ociosidad suntuosa que le
era habitual, y en ella se sentía más a gusto que en su casa, pues aquí no tenía que discurrir sobre lo que había de hacer. Aquí
todo se hacía solo.
Cuando Betsy salió a recibirla, vestida de blanco y con una elegancia que la sorprendió, Ana le sonrió como siempre. A l a
princesa Tverskaya la acompañaban Tuchkevich y una seño rita pariente suya que, con gran satisfacción de sus provincia nos
padres, pasaba el verano en casa de la célebre princesa.
Ana debía de tener un aspecto especial, porque Betsy manifestó notarlo en seguida.
–He dormido mal –repuso Ana, mientras miraba al la cayo que se les acercaba y que, como ella supusiera, traía la carta de
Vronsky.
–¡Cuánto me alegro de que haya venido usted! –dijo Betsy–. Me siento fatigada. Quiero tomarme una taza de té mientr as
llegan los demás. Usted –––dijo a Tuchkevich – podría ir con Macha a ver cómo está el campo de cricket, ahí, donde han
cortado la hierba. Entre tanto, nosotras podremos hacernos confidencias durante el té. We'll have a cosy chat, ¿verdad? –sonrió
a Ana, mientras le apretaba la mano con que ésta sujetaba la sombrilla.
–Pero no puedo quedarme mucho rato. Tengo que visitar a la vieja Vrede. Hace un siglo que se lo tengo prometido.
La mentira, tan ajena a su carácter, le resultaba ahora tan sencilla y natur al en sociedad que hasta le daba placer. No ha bría
podido explicarse por qué lo había dicho, ya que un se gundo antes ni siquiera pensaba en ello. En realidad, sólo la movía el
pensamiento de que, como Vronsky no estaba allí, debía asegurarse su libertad para poder verle. Pero decir por qué
precisamente había nombrado a la vieja dama de honor, a la que no tenía más motivo de visitar que a mochas otras, era
imposible para Ana. Sin embargo, resultó después que, por muchos medios que hubiese imaginado para ve r a Vronsky, no
habría podido dar con ninguno mejor.
–De ningún modo le dejaré marchar –repuso Betsy, escrutando el rostro de Ana–. Le aseguro que me molestaría con usted si
no fuera por lo que la quiero. Parece que teme usted que el trato conmigo pueda comprometerla. Hagan el favor de servirnos el
té en el saloncito –ordenó, entornando los ojos, como hacía siempre que hablaba a los criados.
Comentario: «Las siete
maravillas del mundo.»
Comentario: «Charlaremos de
nuestras cosas.»
Page No 126
Y tomando la carta la leyó.
–Alexey nor ha jugado una mala partida –dijo en francés–. Me escribe que no puede venir –añadió con un acento tan natural
como si no pensara ni remotamente en que el cricket pudiera tener para Vronsky otro significado que el de ver a Ana.
Ana sabía que Betsy estaba enterada de todo, pero al oírla hablar así de Vronsky en presencia suya qu iso persuadirse por un
momento de que Betsy no sabía nada.
–¡Oh! –dijo Ana, con indiferencia, sonriendo y como si ello le interesara poco– ¿Cómo puede su trato comprometer a nadie?
Aquel juego de palabras, aquel ocultamiento de secretos, tenía para Ana, como para todas las mujeres, muchos atractivos. No
era la necesidad de ocultar ni el fin para que se fingía, sino el proceso del fingimiento en sí lo que le agradaba.
–Yo no puedo ser más papista que el Papa –agregó–. Lisa Merkalova y Stremov son la crema de la sociedad. Además, a ellos
los reciben en todas partes, y yo –y subrayó el yo– nunca he sido intolerante y severa. No me ha quedado tiempo para ello.
–¿Acaso no quiere usted encontrarse con Stremov? Dé jele que rompa lanzas con su marido en la comisió n. A nosotras no
nos importa eso. Como hombre de mundo, es el más amable que conozco y un apasionado jugador de cricket, ya lo verá. Y a
pesar de su ridícula situación de viejo galanteador de Lisa, hay que ver lo bien que afronta la situación. ¡Es un homb re
simpatiquísimo! ¿No conoce usted a Safo Stolz? Es de un estilo nuevo, nuevo completamente.
Mientras Betsy hablaba así, Ana comprendía, por su mi rada alegre e inteligente, que su amiga adivinaba en parte su
situación y estaba tratando de inventar algo para ayudarla. Ahora se hallaban en el saloncito.
–Entre tanto escribiré a Alexey ––dijo Betsy.
Se sentó ante una mesa, escribió unas líneas en un papel y lo puso en un sobre.
–Le digo que venga a comer, si no, una de las señoras se quedará sin caballero. E spere, verá usted cómo le convenzo.
Perdone que la deje sola un instante. Le suplico que me cierre la carta –dijo desde la puerta –. Yo tengo que dar algunas
órdenes...
Ana, sin un instante de vacilación, se sentó a la mesa y escribió al pie de la carta de Betsy, sin leerla:
Necesito verle. Espéreme al lado del jardín de Vrede. Estaré allí a las seis.
Cerró la carta y Betsy, al volver, la entregó en presencia suya para que la llevasen.
Efectivamente, durante el té que sirvieron en una mesa ban deja en el saloncito, muy fresco entonces, entre las dos muje res
medió a cosy chat que había prometido la Tverskaya antes de que llegaran los invitados. Comenzaron a pasar revista a los que
esperaban y la conversación se detuvo en Lisa Merkalova.
–Es muy agradable; siempre he simpatizado con ella –decía Ana.
–Hace usted bien en apreciarla, Lisa también la quiere mucho a usted. Ayer se me acercó después de las carreras,
desesperada porque no la pudo ver. Dice que es usted una ver dadera heroína de novela y que si e lla fuera hombre habría
cometido por usted mil locuras. Stremov le contesta siempre que ya las comete sin necesidad de serlo.
–Dígame, se lo ruego, porque no lo he comprendido nunca... –insinuó Ana, tras un corto silencio, con acento que indicaba
claramente que lo que preguntaba era más impor tante para ella de lo que parecía –. Dígame, se lo ruego: ¿qué clase de
relaciones hay entre Lisa y el príncipe Kaluchsky? Ese a quien llaman Michka... ¡Apenas les he visto nunca jun tos! ¿Qué hay
entre ellos?
Betsy, sonriendo con los ojos, miró atentamente a Ana.
–Es un nuevo estilo –dijo–. Todas lo han adoptado... Se han liado la manta a la cabeza. Ahora, que hay muchos modos de
liársela...
–Sí, ya; pero ¿qué relaciones mantiene con el príncipe Kaluchsky`?
Betsy, súbitamente, rompió a reír con jovialidad y sin contenerse, lo que le acontecía muy contadas veces.
–Invade usted los dominios de la princesa Miágkaya. ¡Vaya una pregunta de niño travieso! –y Betsy, a pesar de sus
esfuerzos, no pudo contenerse y estalló al fin en una risa contagiosa propia de la gente que ríe poco.
–¡Habría que preguntárselo a ellos! –añadió a través de las lágrimas que la risa arrancaba a sus ojos.
–Usted ríe –dijo Ana, contagiada contra su voluntad por aquella risa –––, pero yo no he podido c omprenderlo nunca. No
comprendo el papel del marido...
–¿El marido? El marido de Lisa Merkalova lleva a su es posa la manta de viaje y se desvive por atenderla. En cuanto a lo
demás, nadie quiere darse por enterado. ¿Usted sabe? En la sociedad selecta no s e habla, ni se piensa siquiera, en ciertos
detalles de tocador.. En esto sucede lo mismo...
–¿Asistirá usted a la fiesta de Rolandaky? –preguntó Ana para cambiar de conversación.
–Creo que no –repuso Betsy sin mirar a su amiga.
Y comenzó a llenar de té aro mático las pequeñas tazas transparentes. Luego acercó una taza a Ana, sacó un cigarrillo y,
ajustándolo a una boquilla de plata, empezó a fumar.
–¿Ve usted? Yo soy feliz –dijo, sin reír ya, sosteniendo su taza en la mano–. La comprendo a usted y comprendo a Lisa. Lisa
es una de esas naturalezas ingenuas que no distinguen el bien del mal. Al menos, no lo comprenden mientras son jóvenes.
Además, ahora sabe que esa ignorancia le conviene y tal vez ponga en ello alguna intención... –agregó Betsy, con fina sonrisa–.
Sea lo que sea, le interesa no comprenderlo. Vera usted: una misma cosa se puede mirar desde un punto de vista trágico,
convirtiéndola en un tormento, como cabe mirarla con sencillez y hasta con alegría. Acaso usted se incline a con siderar las
cosas demasiado trágicamente...
–Quisiera conocer a los demás como a mí misma –dijo Ana, seria y reconcentrada–. ¿Seré peor o mejor que las de más? Yo
creo que peor...
–¡Es usted una niña! ¡Una verdadera niña! –exclamó Betsy–. ¡Mire: ya vienen!
Page No 127
XVIII
Se oyeron pasos, una voz de hombre, luego otra femenina y risas, y a continuación entraron los invitados que se espera ban:
Safo Stolz y un joven llamado Vaska, radiante, rebosando salud, y en quien se advertía que le aprovechaba la nutrición de
carne cruda, trufas y vino de Borgoña.
Vaska saludó a las señoras y las miró, pero sólo por un mo mento. Entró en el salón siguiendo a Safo y ya en él la siguió
constantemente, sin apartar de ella sus brillantes ojos, como si quisiera comérsela.
Safo Stolz era una rubia de o jos negros. Entró andando a pasos rápidos y menudos sobre sus pies calzados con zapati tos de
altos tacones y estrechó fuertemente, como un hombre, las manos de las señoras.
Ana no había visto nunca hasta entonces a esta nueva celebridad y le sorprendían tanto su belleza como la exageración de su
vestido y el atrevimiento de sus modales. Con sus cabe llos propios y los postizos, de un color suavemente dorado, se había
levantado un monumento tal de peinados sobre su ca beza que ésta había adquirido un volum en casi mayor que el del busto,
bien modelado y firme y bastante escotado por de lante. Sus movimientos, al caminar, eran tan impetuosos que a cada uno de
ellos se dibujaban bajo su vestido las formas de sus rodillas y de la parte superior de sus piernas. Involuntariamente, el que la
veía se preguntaba dónde, en aquella mole ar tificial, empezaba y terminaba su lindo cuerpo, menudo y bien formado, de
movimientos vivos, tan descubierto por delante y tan disimulado y envuelto por debajo y por detrás.
Betsy se apresuró a presentarlas.
–¿No sabe? Casi hemos aplastado a dos soldados –empezó Safo a contar en seguida, haciendo guiños con los ojos, sonriendo
y echando hacia atrás la cola de su vestido, que había quedado algo torcida–. He venido con Vaska... ¡Ah, sí!, es verdad que no
se conocen. Se me olvidaba.
Y, después de nombrar a la familia del joven, le presentó Ruborizándose de su indiscreción al llamarle Vaska ante una
señora desconocida, rió sonoramente.
Vaska saludó a Ana una vez más, pero ella, sin decirle nada, se dirigió a Safo:
–Ha perdido usted la apuesta. Hemos llegado antes. Págueme –dijo, sonriendo.
Safo rió con más júbilo aún.
–Supongo que no pretenderá que lo haga ahora –dijo.
–Es igual... Lo recibiré luego...
–Bueno, bueno... ¡Ah! –dijo Safo, dirigiéndose a Betsy–. Se me olvidaba decirle que le he traído un invitado: mírelo.
El inesperado y joven invitado al que Safo había traído y olvidara presentar, era, sin embargo, un huésped tan impor tante
que, a pesar de su juventud, ambas señoras se levantaron para saludarle.
Era el nuevo admirador de Safo y, como Vaska, la cortejaba también.
Llegaron luego el príncipe Kaluchsky y Lisa Merkalova con Stremov. Lisa era una morena delgada, de tipo y rostro
orientales, indolente, de hermosos ojos enigmático s, según todos decían. Su oscuro vestido armonizaba con su belleza, como
Ana notó con agrado en seguida. Todo lo que Safo tenía de brusca y viva, lo tenía Lisa de suave y negligente. Pero para el
gusto de Ana, Lisa resultaba mucho más atractiva.
Betsy aseguraba a Ana que Lisa era como un niño igno rante, pero Ana al verla comprendió que Betsy no decía ver dad. Lisa
era en efecto una mujer viciosa a ignorante, pero suave y resignada. Su estilo, eso sí, era el de Safo: como a Safo, la seguían,
cual cosidos a ella, dos admiradores devorándola con los ojos, uno joven y otro viejo; pero había en Lisa algo superior a lo que
la rodeaba; algo que era como el resplandor brillante de aguas puras entre un montón de vidrios vulgares.
Aquel resplandor brotaba de sus hermosos ojos, verdaderamente enigmáticos. La mirada cansada y al mismo tiempo llena de
pasión de aquellos ojos rodeados de un círculo os curo sorprendía por su absoluta sinceridad. Mirando sus ojos, sentíase la
impresión de conocerla toda y, una vez conocida, parecía imposible no amarla.
Al ver a Ana, su rostro se iluminó con una clara sonrisa.
–Celebro mucho conocerla –dijo, acercándose a ella–. Ayer, en las carreras, intenté acercarme hasta usted, pero ya se había
ido. Tenía mucho interés en verla, y pre cisamente ayer. ¿Verdad que fue una cosa terrible? –dijo mirando a Ana con una
expresión que parecía descubrir toda su alma.
–Sí. Nunca me imaginé que una cosa así pudiera ser tan emocionante –contestó Ana ruborizándose.
Los invitados se levantaron en aquel momento para salir al jardín.
–Yo no voy –dijo Lisa, sonriendo y sentándose al lado de Ana–. ¿Usted no va tampoco? ¡Mire que gustarles jugar al cricket!
–A mí me gusta –aseguró Ana.
–¿Cómo se arregla para no aburrirse? Sólo con mirarla a usted, ya se siente uno alegre. Usted vive y yo me aburro.
–¿Se aburre usted, que pertenece a la sociedad más animada de la capital? –preguntó Ana.
–Acaso los que no son de nuestro círculo se aburran aún más, pero nosotros, y desde luego yo, nos aburrimos... Me aburro
horriblemente...
Safo encendió un cigarrillo y salió al jardín con dos de los jóvenes. Betsy y Stremov quedaron ante las tazas de té.
–Sí: ¡qué aburrido es todo! –dijo Betsy–. Pero Safo dice que ayer se divirtieron mucho en su casa.
–¡Pero si fue aburridísimo! –afirmó Lisa Merkalova–. Fuimos todos a mi casa después de las carreras. ¡Y siempre la misma
gente, la misma, y siempre lo mismo!... Pasamos el tiempo tendidos en los divanes. ¿Hay alguna diversión en eso? No. ¿Qué
hace usted para no aburrirse? –siguió, dirigiéndose a Ana de nuevo –. Basta mirarla para compren der que es usted una mujer
que puede ser feliz o desgraciada, pero que no se aburre. Dígame, ¿cómo se arregla para ello?
–No hago nada –contestó Ana ruborizándose ante preguntas tan llenas de equívoco.
–Es el mejor modo de no aburrirse –intervino Stremov.
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Stremov era un hombre de unos cincuenta años, entrecano, lozano aún, muy feo, pero de rostro inteligente y de fuerte
personalidad.
Lisa Merkalova era sobrina de su mujer y él pasaba con ella todas sus horas libres.
Ahora, al hallar a Ana Karenina, la esposa de su enemigo ministerial Alexey Alejandrovich, procuró, como hombre de
mundo a inteligente, mostrarse especialmente amable con la mujer de su adversario.
–No hacer nada es el mejor remedio par a no aburrirse –continuó sonriendo cortésmente–. Hace tiempo que le digo –añadió
dirigiéndose a Lisa Merkalova– que para no sentir el aburrimiento lo mejor es no pensar que va a aburrirse. Es como cuando
uno teme sufrir de insomnio: lo mejor es no pensar e n que no va a dormir. Es esto precisamente lo que ha dicho Ana
Arkadievna...
–Me habría gustado decirlo, porque no sólo es muy ingenioso, sino también la pura verdad –repuso Ana, sonriendo.
–Le ruego que me diga cómo ha de hacerse para dormir cuando se tiene sueño y para no aburrirse constantemente.
–Para dormir, lo mejor es haber trabajado y para no aburrirse, también.
–¿Y para qué voy a trabajar si nadie necesita mi trabajo? Por eso finjo, a propósito, que no sé ni quiero trabajar.
–¡Es usted incorregible! –dijo Stremov, sin mirarla, volviéndose hacia Ana de nuevo.
Como veía pocas veces a Ana Karenina, no podía decirle más que vulgaridades, y ahora se las decía a propósito de su vuelta
a San Petersburgo, preguntándole cuándo sería y ha blándole del aprecio en que la tenía la condesa Lidia Iva novna; pero se lo
decía de un modo que demostraba el interés que tenía en hacérsele agradable y más aún en mostrarle su respeto.
Entró Tuchkevich anunciando que la reunión aguardaba a los jugadores para el cricket.
–¡No se vaya, por favor! –dijo Lisa, al enterarse de que Ana se iba.
Stremov unió su súplica a la de Lisa.
–Es un contraste demasiado vivo –dijo– pasar de esta reunión a casa de la vieja Vrede. Además, usted allí no será sino un
motivo de murmuración, mient ras que aquí inspira us ted sentimientos mucho mejores. Es decir, completamente opuestos –
concluyó Stremov.
Ana, indecisa, reflexionó un momento.
Las palabras lisonjeras de aquel hombre tan inteligente, la simpatía ingenua a infantil que le mostraba Lisa M erkalova, todo
este ambiente habitual del gran mundo resultaba tan agradable en comparación con las terribles dificultades que la esperaban
que por un momento vaciló. ¿No sería mejor quedarse, alejando más, así, el espinoso instante de las explicaciones?
Pero recordando lo que la aguardaba luego, a solas en su casa, si no adoptaba una decisión; recordando aquel gesto, terrible
para ella, con que se había asido los cabellos con las manos, se despidió y se fue.
XIX
Vronsky, a pesar de su vida en el gran m undo, aparentemente superficial, era un hombre que odiaba el desorden. En su
primera juventud, estando todavía en el Cuerpo de Pajes, experimentó la humillación de una negativa cuando, habién dose
endeudado, pidió prestado dinero. Desde entonces procuró no colocarse nunca en una situación como aquella.
Para ello, con cierta frecuencia, variable según las circuns tancias, aunque generalmente unas cinco veces al año, se apartaba
de la sociedad y ponía orden en todas sus cosas.
A esto lo llamaba hacer cuentas o faire la lessive.
Al día siguiente de la cita se despertó tarde. Sin afeitarse ni bañarse, se vistió la guerrera blanca del uniforme de verano, puso
sobre la mesa dinero, cartas y cuentas, y comenzó a ocuparse en ello.
Petrizky, que sabía que mientra s efectuaba tal operación su amigo solía estar irritado, viéndole al despertar ocupado en el
escritorio se vistió sin hacer ruido y se fue para no estorbarle.
Todo hombre sabe con detalle las complicaciones que le rodean y supone, sin querer, que esas comp licadas condiciones y su
aclaración son una particularidad personal suya, sin sospechar que los demás viven también entre condiciones per sonales tan
complicadas como las propias.
Así le sucedía a Vronsky. Y, no sin orgullo íntimo y tampoco sin motivo, pensaba que cualquier otro, de haberse encontrado
con tantas y tan grandes dificultades, se habría visto perdido y obligado a obrar del peor modo.
Vronsky, en cambio, comprendía que precisamente ahora debía estudiar el estado de sus asuntos y su situación para no
complicar las cosas. Primero, y como más fácil, estudió los asuntos de dinero.
Con su letra menuda apuntó lo que debía sobre un pliego de papel de escribir. Sumó y halló que sus deudas alcanzaban
diecisiete mil rublos y algunos centenares, de los que prescindió para más claridad. Luego contó su dinero y examinó las notas
del banco, y halló que sólo poseía mil ochocientos rublos y que no tendría ingreso alguno hasta año nuevo.
Volvió a leer la lista de deudas y la copió, dividiéndola en tres catego rías. A la primera categoría pertenecían las que ha bía
de pagar en seguida o para las cuales, por lo menos, había de tener el dinero preparado por no permitir su pago ni un mi nuto de
dilación.
Estas deudas ascendían a unos cuatro mil rubios. Mil qui nientos por el caballo y dos mil quinientos de una fianza por su
joven compañero Venevsky, que en presencia suya los ha bía perdido jugando con un tramposo. Vronsky había querido pagar
el dinero en el momento, puesto que lo llevaba encima, pero Venevsky y Jach vin insistieron en que pagarían ellos y no
Vronsky, que no jugaba.
Todo ello estaba muy bien, pero Vronsky sabía que con motivo de aquel sucio negocio, y a pesar de no haber tenido en él
otra participación que el responder de palabra por Ve nevsky, tenía q ue tener preparados dos mil quinientos ru blos para
echárselos al rostro al fullero y no discutir más con él.
Comentario: Hacer la colada.
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De modo que para esta primera y principal clase de deudas necesitaba disponer de cuatro mil rubios. Otro grupo, de ocho
mil, comprendía deudas también importantes, en su mayoría relativas a su cuadra de carreras: el proveedor de heno y avena, el
inglés, el guarnicionero, etc. De éstas, necesitaba pagar al menos dos mil rubios si quería quedar tranquilo. Y quedaba la última
clase de débitos –tiendas, hoteles, sastre, etcétera – de las que no tenía que preocuparse.
Necesitaba, de todos modos, un mínimo de seis mil ru bios para los gastos corrientes y sólo poseía mil ochocien tos. Para un
hombre con cien mil de renta, como todos le atribuían, parecía qu e no había de tener importancia. Pero en realidad no poseía
los cien mil rubios. Los inmensos bienes de su padre, que representaban por sí solos doscientos mil, eran propiedad indivisa de
los dos hermanos. Cuando su hermano mayor, cargado de deudas, se ca só con la prin cesa Varia Chirkova, hija de un
decembrista, sin dinero alguno, Alexey le cedió todas las rentas de la propiedad de su padre, reservándose únicamente
veinticinco mil rubios al año. Vronsky dijo entonces a su hermano que le bastaría con este dinero mientras no se casara, lo que
probablemente no haría nunca. Y su hermano, comandante, por aquellos días de uno de los regimientos de lanceros mas caros
para un aristócrata y recién casado, no pudo rechazar aquel regalo.
Su madre, que poseía un capi tal propio, daba a Alexey anualmente veinte mil rubios más, que, añadidos a aquellos
veinticinco mil, no bastaban aún para sus gastos. Ultima mente, habiendo su madre discutido con él por su marcha de Moscú y
sus relaciones con Ana, dejó de enviarle dinero. Como consecuencia, estando Vronsky acostumbrado a gastar cuarenta y cinco
mil rubios anuales y no habiendo recibido este año más que veinticinco mil, se encontraba en una situa ción algo apurada. No
había que pensar en recurrir a su ma dre. La última car ta de ella, recibida el día antes, le irritó aún más, porque contenía la
insinuación de que estaba dispuesta a ayudarle para que obtuviera éxitos en el mundo y en su ca rrera, pero no para que llevase
aquella vida que escandalizaba a toda la buena sociedad.
Aquella tentativa de su madre para comprarle le ofendió hasta lo más profundo de su alma y enfrió todavía más el poco
afecto que sentía por ella.
No podía, sin embargo, desdecirse de su generosidad hacia su hermano, a pesar de presentir ahora vagamente, previendo
alguna posibilidad de nuevos gastos en sus relaciones con la Karenina, que aquella generosidad había sido concedida de -
masiado irreflexivamente; y que él, aun soltero, podía tener muy bien necesidad de los cien mil rubios de renta.
Era imposible, sin embargo, retirar la palabra dada. Le bas taba recordar a la mujer de su hermano, la dulce y simpática
Varia, que le hacía presente siempre que venía al caso cuánto estimaba su generosidad y cuánto le apreciaba, para que Vronsky
se sintiera en la imposibilidad de dar el menor paso en aquel sentido. Hacerlo le parecía entonces tan imposible como pegar a
una mujer, robar o mentir.
Lo que sí podía y debía hacer, y así lo decidió Vronsky in mediatamente, sin ninguna vacilación, era pedir diez mil ru bios a
un usurero, cosa que encontraría sin dificultad, dismi nuir sus gastos generales y vender su cuadra de carreras. Esto resuelto,
envió en seguida una carta a Rolandaky, que le había ofrecido más de una vez comprarle los caballos, mandó buscar al inglés y
a un usurero a hizo cuentas sobre el dinero que tenía. Terminados todos estos asuntos escribió a su madre dándole una
respuesta áspera y fría. Sacó al fin de la cartera tres notas de Ana, las quemó y quedó pensativo al recordar la conversación
sostenida el día anterior con ella.
XX
La vida de Vronsky era tanto más feliz cuanto que poseía un código particular de reglas que definían lo que debía y no debía
hacer.
Este código contenía las reglas en un número muy limi tado, y Vronsky, dentro de ese círculo, no vacilaba un momento en
hacer lo que debía.
Sus reglas definían claramente que debía pagar a los fulle ros y no al sastre; que no debía mentir a los hombres, aunque sí
podia mentir a las mujeres; que no era lícito engañar a na die, mas sí a los maridos; q ue era imposible perdonar las ofen sas y
que estaba permitido ofender, etc. Tales reglas podían ser ilógicas y malas, Pero eran concretas, y Vronsky, cum pliéndolas, se
sentía tranquilo y con derecho a llevar la cabeza muy alta.
Pero últimamente, a causa d e sus relaciones con Ana, Vronsky empezaba a notar que el código de sus reglas de vida no
preveía todas las posibilidades y que se le presentaban en el futuro complicaciones y dudas, y que para vencerlas no ha llaba el
halo conductor que le guiara.
Sus relaciones del momento con Ana y su marido se le apa recían sencillas y claras, y el código que le servía de norma las
definía con precisición.
Ella era una mujer honrada que le había hecho presente de su amor y que, por tanto, puesto que él, además, la amaba ,
merecía su máximo respeto: tanto, si no más, como habría merecido su mujer legal. Antes se habría dejado cortar una mano
que permitirse, ni siquiera a sí mismo, ni aun con una palabra, no sólo ofenderla, sino no guardarle todo el respeto que puede
exigir una mujer.
Sus relaciones con la sociedad también eran claras. Todos podían sospechar y saberlo, pero nadie debía atreverse a decírselo.
De lo contrario, estaba dispuesto a hacer callar a los que hablasen y a obligarles a respetar el inexistente honor de la mujer a
quien amaba.
Sus relaciones con el marido eran más claras aún. Puesto que Ana quería a Vronsky, él consideraba su derecho a ella como
indiscutible. El marido no era más que un personaje en gomoso que estaba de sobra. Cierto que se hallaba en una situación
lamentable, pero ¿qué podia hacerse? A lo único que el marido tenía derecho era a exigirle una satisfacción con las arenas, a lo
que Vronsky se había sentido siempre dispuesto.
Últimamente habían surgido, sin embargo, entre él y Ana relaciones nuevas que le asustaban por su aspecto indefinido.
Comentario: Así se llamaba a
los que tomaron parte en la
insurrección de diciembre de
1825,organizada en San
Petersburgo.
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Hasta ayer, ella no le había dicho que estaba embarazada. Y Vronsky comprendió que esta noticia, y lo que Ana espe rase de
él, exigían algo que no estaba previsto en el código que regulaba su vida. La noti cia, en efecto, le había cogido desprevenido.
Al principio de anunciarle ella su estado, el co razón de Vronsky le dictó que Ana debía abandonar a su ma rido, y así se lo
había manifestado. Pero ahora, al reflexionar, comprendió que era preferable no hacer lo sin dejar de temer obrar mal al
pensarlo.
«Si le he dicho que deje a su marido, ello significa que ha de unirse a mí. ¿Y estoy en condiciones de hacerlo? ¿Cómo puedo
mantenerla si no tengo dinero? Pero supongamos que arreglo esa cuestión material. ¿Cómo llevármela si tengo que ocuparme
de mi carrera? Para decide eso tenía que haber estado preparado antes: es decir tener dinero y pedir el retiro.»
Quedó pensativo. La cuestión de si debía o no pedir el retiro le hizo meditar en otro interés secreto de su vida, sólo conocido
para él, pero que era el principal estímulo que le guiaba: la ambición, ilusión acariciada desde su infancia y su juventud. Y su
ambición, que ni a sí mismo se confesaba, era tan fuerte que aun ahora mismo luchaba con su amor. Sus pri meros pasos en el
mundo y en su carrera habían sido afortu nados; pero dos años antes había cometido un gran error: que riendo demostrar su
independencia y ascender más, renunció a un cargo que le ofrecían, esperando que la negativa le daría más valor aún.
Pero resultó que había sido demasiado audaz y le dejaron de lado; y como quiera que, a pesar suyo, se había creado con ello
la posición de un hombre independiente, la soportaba lo mejor que podía, con inteligencia y sagacidad, procediendo como si no
se sintiera ofendido por nadie y no deseara otra cosa que vivir tranquilo su alegre existencia.
Pero la verdad era que desde que el año pasado había vuelto de Moscú ya no se sentía alegre. Notaba que aquella posición
independiente de hombre que lo ha podido tener todo y no quiere nada perdía mérito y que muchos empezaban ya a pensar que
nunca habría conseguido otra cosa que ser un joven bueno y honorable.
Sus relaciones con la Karenina, que habían provocado tan tos comentarios, atrajeron sobre él la atención ge neral y le dieron
un nuevo brillo, en que se calmó por algún tiempo el gusano de la ambición que le roía.
Mas, desde hacía una semana, aquel gusano despertaba con nuevo brío. Un amigo de la infancia, hombre de su misma so -
ciedad y círculo, camarada suyo en el cuerpo de cadetes, y ofi cial de la misma promoción, Serpujovskoy, con el que Vronsky
rivalizara en las clases, en el gimnasio, en las diabluras y en las ilusiones ambiciosas, aquel amigo había vuelto en aquellos
días del Asia central, habiendo logrado allí dos ascensos seguidos, distinción pocas veces obtenida por los militares tan
jóvenes.
En cuanto Serpujovskoy llegó a San Petersburgo, empezó a hablarse de él como de una estrella de primera magnitud en
curso ascendente.
De la misma edad de Vronsky y perteneciente a la misma promoción, Serpujovskoy era ya general y esperaba un nom -
bramiento que le diese autoridad en los asuntos públicos, mientras Vronsky, aunque independiente, brillante y amado por una
admirable mujer, no era más que un simple capitán de caballería al que se le dejaba ser tan libre como quisiera.
«Por supuesto, no envidio ni puedo envidiar a Serpujovskoy», pensó, «pero su elevación me demuestra que hay que moverse
y que entonces la carrera de un hombre como yo puede ser muy rápida. Hac e años, él estaba en mi misma situación. Si pido el
retiro, quemo mis naves. Quedándome en el servicio, no pierdo nada. Ana misma me ha dicho que no quiere alterar mi
situación. Y yo, poseyendo su amor, no tengo nada que envidiar a Serpujovskoy».
Atusándose lentamente los bigotes, se levantó y comenzó a pasear por la habitación. Sus ojos brillaban vivamente. Se sentía
en aquel estado de ánimo fuerte, tranquilo y alegre que tenía siempre después de aclarar su situación. Todo estaba tan neto y
despejado como sus deudas después de haberlas revisado. Vronsky se afeitó, tomó un baño frío, se vistió y se fue.
XXI
–Vengo a buscarte. Tu aseo ha durado hoy mucho ––dijo Petrizky–. ¿Qué? ¿Has terminado?
–Sí –respondió Vronsky, sonriendo sólo con los ojos y atusándo se las puntas del bigote con tanto esmero como si, después
del orden en que había dejado sus asuntos, cualquier movimiento brusco pudiese destruirlo.
–Tras esa ocupación quedas siempre como después de un buen baño –siguió Petrizky–.Vengo de ver a Crisko –llamaba así al
coronel del regimiento–, que lo está esperando.
Vronsky miraba a su compañero sin contestarle, pensando en otra cosa.
–¡Ah! ¿Viene de su casa esta música? –preguntó, sintiendo las notas del trombón, en valses y polkas, que llegagan a sus
oídos–. ¿Dan alguna fiesta?
–Es que ha llegado Serpujovskoy.
–¡Ah, no lo sabía! –dijo Vronsky.
Una vez decidido que era feliz con su amor, sacrificando a él su ambición, Vronsky no podía sentir ni envidia de Serpujovs -
koy ni enojo al pensar que, al llegar al cuartel, su camarada no hubiera ido a visitarle antes que a ninguno. Serpujovskoy era un
buen amigo y Vronsky se alegraba de su triunfo.
–Me satisface mucho...
Denin, el coronel del regimiento, ocupaba una gran casa perteneciente a unos propietarios rurales. Los reunidos estaban en el
amplio mirador del piso bajo.
Lo primero que atrajo la atención de Vronsky al entrar en el patio fueron los cantores militares vistiendo sus uniformes
blancos de verano, todos de pie junto a un pequeño barril de aguardiente, y, con ellos, la figura sana y alegre del coronel del
regimiento rodeado de los oficiales. Saliendo al primer peldaño, el coronel, en voz alta que dominaba el son de la orquesta, que
tocaba entonces un rigodón de Offenbach, daba órdenes y hacía señales c on el brazo a unos soldados que esta ban algo
separados.
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El grupo de soldados, un sargento de caballería y algunos oficiales, se acercaron al balcón a la vez que Vronsky. El co ronel,
que había vuelto a la mesa, reapareció de nuevo con una copa en la mano y pronunció un brindis:
–A la salud de nuestro ex compañero, el bravo general Serpujovskoy. ¡Hurra!
Tras el coronel, y también con la copa en la mano, salió Serpujovskoy a la escalera.
–Estás cada vez más joven, Bondarenko ––dijo, dirigiéndose al sargento de caballería que estaba ante él, hombre de buena
presencia y coloradas mejillas que prestaba servicio como reenganchado.
Vronsky, que no había visto a Serpujovskoy desde hacía tres años, ahora le notaba un aspecto más varonil. Se había dejado
crecer las patillas; se había hecho más hombre, pero conservaba su esbeltez de siempre a impresionaba tanto por su belleza
como por la dulzura y nobleza de su rostro y as pecto. El único cambio que Vronsky observó en él fue el bri llo radiante,
tranquilo y persistente, aquel brillo que Vronsky conocía bien y que había observado en seguida en su amigo, que adquieren
los rostros de los que triunfan y están convencidos además de que los demás no ignoran su éxito.
Serpujovskoy, al bajar la escalera, vio a Vronsky y una s onrisa alegre iluminó su rostro. Alzó la cabeza y levantó el vaso,
saludándole y mostrando con este gesto que no podía dejar de acercarse primero al sargento de caballería, que ya se estiraba
conmovido y plegaba los labios para besar al General.
–¡Ya está aquí! –gritó el coronel–. Jachvin me ha dicho que estás de mal humor.
Serpujovskoy besó los labios frescos y húmedos del ga llardo sargento y, secándose la boca con el pañuelo, se acercó a
Vronsky.
–¡Cuánto me alegro de verte! –dijo, estrechándole la mano y llevándole aparte.
–¡Ocúpese de él! –gritó el coronel a Jachvin, mostrándole a Vronsky.
Y se dirigió a los soldados.
–¿Cómo es que no se te vio ayer en las carreras? Pensaba haberte visto allí –dijo Vronsky, mirando a su amigo.
–Estuve, pero llegué tarde, perdona –añadió, volviéndose hacia el ayudante para decirle –: Haga el favor de orde nar que se
distribuya esto de mi parte, a lo que toquen cada uno, entre la tropa.
Y, sonrojándose, sacó precipitadamente de su cartera tres billetes de cien rublos.
–Vronsky. ¿Quieres tomar algo? –preguntó Jachvin–. ¡Hola: traed algo de comer para el Conde! ¡Y bébete esto!
La orgía en casa del coronel continuó largo rato. Mantea ron a Serpujovskoy y al coronel. Luego, ante los cantores, bailaron
el coronel y Petrizky. F inalmente, aquél, algo can sado ya, se sentó en el banco del patio y empezó a demostrar a Jachvin la
superioridad de Rusia sobre Prusia, sobre todo en las cargas de caballería. El bullicio se calmó por un momento. Serpujovskoy
pasó un instante al tocador d e la casa para la varse las manos y halló allí a Vronsky, que, habiéndose qui tado la guerrera y
poniendo su cuello, sobre el que caían abundantes cabellos, bajo el grifo del lavabo, se frotaba con las manos cuello y cabeza.
Una vez que Vronsky hubo termi nado de lavarse, sentóse junto a Serpujovskoy y, acomodados los dos allí mismo en un
pequeño diván, empezaron una charla muy interesante para ambos.
–Estaba informado de todos tus asuntos por mi mujer –dijo Serpujovskoy–. Me alegro de que la hayas visitado a menudo.
–Es muy amiga de Varia. Son las únicas mujeres de San Petersburgo a las que me agrada tratar –contestó Vronsky,
sonriendo, al prever el tema que iba a tocar la conversación y que le era en extremo agradable.
–¿Las únicas? –dijo Serpujovskoy sonriendo igualmente.
–También yo sabía de ti por tu mujer –repuso Vrosnky, con el rostro serio, cortando así la alusión–. Me alegro mucho de tus
éxitos, pero no me han sorprendido. Esperaba tanto o más de ti.
Serpujovskoy sonrió de nuevo. Era evidente que le halagaba que se tuviese de él tal opinión y no creía necesario ocultarlo.
–Yo, al contrario: confieso que esperaba menos. Pero estoy muy satisfecho. Mi debilidad es ser ambicioso, lo confieso.
–Acaso no te confesaras de no haber triunfado –––dijo Vronsky.
–No lo creo –contestó Serpujovskoy sonriendo otra vez–. No diré que no valiera la pena vivir sin esto, pero sí que sería muy
aburrido. Claro que, aunque puede que me equivoque, creo tener algunas facultades para el campo de ac tividad que he
escogido y que el mando en mis manos estará sin duda mejor que en las de otros muchos que conozco ––dijo Serpujovskoy,
con radiante conciencia de su éxito–. Y por ello, cuanto más me acerco a eso, más satisfecho estoy.
–Quizá te pase a ti así, pero no a todos. Ant es también pensaba yo lo mismo; mas ahora encuentro que no vale la pena vivir
sólo por eso ––dijo Vronsky.
–¡Claro, claro! –––exclamó Serpujovskoy, riendo–. Ya he oído hablar de tu negativa a aceptar un cargo. Te aprobé, natu -
ralmente que sí; pero hay modos de hacer las cosas... Creo que está bien lo que hiciste, aunque no del modo que...
–Lo hecho, hecho. Ya sabes que no me arrepiento jamás. Y, por otra parte, me encuentro admirablemente bien así.
–Sí, por algún tiempo. Pero no te pasará siempre lo mismo. No hablo de lo que renunciaste en favor de tu her mano. Es un
buen chico, como este «huésped nuestro». ¿Oyes? –añadió escuchando los hurras–. También él está alegre. Mas a ti esto sólo
no te satisface.
–No digo que me satisfaga.
–Además, no es eso únicamente. Hombres como tú son necesarios...
–¿A quién?
–¡A quién! A la sociedad a Rusia. Rusia necesita gente, necesita un partido. Si no, todo se irá al diablo.
–¿Así que crees que es necesario un partido como el de Bertenev contra los comunistas rusos?
–No –contestó Serpujovskoy, rechazando, con una mueca, que le atribuyesen tal necedad –. Tout ça est une bla gue. Lo ha
sido y lo será siempre. No hay tales comunistas. Pero los intrigantes necesitan inventar partidos peligrosos, da ñinos. Es un
truco viejo. No, no: lo necesario es un partido de la gente independiente, como tu y yo.
–¿Mas, para qué? –y Vronsky nombró a algunos que ejercían autoridad–. ¿Acaso esos no son independientes?
Comentario: «Todo eso es una
farsa.»
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–No lo son porque, desde su nacimiento, no tienen ni han tenido una situación independiente. No nacieron en esa proximidad
a las alturas en que hemos nacido tú y yo. A ellos se les puede comprar con dinero o con halagos. Y, para poder soste nerse,
tienen que inventar la necesidad de una doctrina, de sarrollar un programa o un pensam iento en el que no creen y que es
pernicioso. Pero para ellos sus doctrinas son el modo de gozar de un sueldo y de una residencia oficial. Cela n'est pas plus
malin que ça, cuando ves su juego. Quizá yo sea más tonto y peor que ellos, aunque no veo por qu é lo voy a ser. Pero tú y yo
tenemos una ventaja muy importante: que a nosotros es más difícil compramos. Y gente así es más necesaria que nunca.
Vronsky escuchaba con atención, menos atento al sentido de las palabras que al modo que tenía Serpujovskoy de exponerlas,
a su pensamiento de luchar ya contra el poder y a la manifestación de sus simpatías y antipatías en este punto. Mientras el otro
poseía ideas al respecto, Vronsky no ponía interés más que en los asuntos de su escuadrón.
Vronsky reconocía que Serpujovskoy podía ser fuerte por su facultad de pensar, de ver las cosas claras, Por aquella inte -
ligencia y don de palabra tan raros en el ambiente en que vivía. Y, por vergüenza que le causara, Vronsky en este sentido
envidiaba a su camarada.
–En todo caso, para ello me haría falta una cosa esencial –contestó Vronsky–: el deseo del poder. Lo he sentido an tes, pero
ahora se me ha disipado.
–Dispensa, pero no es verdad –dijo Serpujovskoy, sonriendo.
–Es verdad, es verdad... por ahora al menos; te lo digo con sinceridad –añadió Vronsky.
,–Ese «por ahora» ya es otra cosa. Y no durara siempre.
–Puede ser –repuso Vronsky.
–Dices «puedes ser» –continuó Serpujovskoy, como adi vinando sus pensamientos – y yo te digo que es seguro. Por eso
quería verte. Tú has obr ado como debías. Pero no debes «perseverar». Sólo te ruego que me des carte blanche... No trato de
protegerte, aunque, ¿por qué no había de hacerlo? ¿Cuántas veces no me has protegido tú? Pero nuestra amistad está sobre todo
eso. Sí ––dijo con una dulzura femenina, sonriéndole–. Dame carte blanche, deja el regimiento y te si tuaré sin que se den
cuenta...
–Pero ¡si no necesito nada! Con que las cosas sigan como hasta ahora... –dijo Vronsky.
Serpujovskoy, incorporándose, se plantó ante él.
–Dices que con que las cosas sigan como hasta ahora te basta. Te comprendo. Pero escúchame: ambos somos de la misma
edad y quizá tú hayas conocido más mujeres que yo –la sonrisa y los ademanes de Serpujovskoy indicaban que Vronsky no
debía temer nada, ya que él iba a tocar con suavidad y prudencia el punto neurálgico–. Pero soy casado y créeme que (como ha
escrito no sé quién), conociendo sólo a una mujer a la que ames, sabes más que si hubieras conocido millares de mujeres.
–Ahora vamos –dijo Vronsky al oficial que se presentó en la habitación para decirles que el Coronel les llamaba.
Vronsky deseba ahora escuchar hasta el final lo que Serpujovskoy iba a decirle.
–Mi opinión es ésta: la mujer es la piedra de toque esencial en la actividad del hombre. Es difícil amar a una mujer y hacer a
la vez algo útil. Para ello hay un remedio: desviar el amor por ellas casándose. ¿Cómo te diría ...? –agregó Serpujovskoy, al
que le gustaba hacer comparaciones–. Espera, espera... Llevar un paquete en la mano y hacer algo a la vez no e s posible, pero
sí lo es si te lo echas a la espalda. El matrimo -nio es así. Lo he visto cuando me he casado. Me sentí de pronto con las manos
libres. Pero sin estar casado, y llevando ese fardo contigo, estás con las manos tan ocupadas que no puedes hacer nada de
provecho. Fíjate en Masankov y en Krupov, que han estropeado sus carreras por las mujeres...
–¡Vaya unas mujeres! –dijo Vronsky, recordando a la francesa y a la artista con las que tenían relaciones los dos
mencionados.
–Tanto peor cuanto más alta es la posición de la mujer en la sociedad, porque entonces no se tratará ya de llevar el pa quete,
sino de quitárselo a otro.
–Tú no has amado jamás –le dijo Vronsky suavemente, mirando ante sí y pensando en Ana.
–Puede ser. Pero acuérdate de lo que te h e dicho. Y, ade más, piensa que todas las mujeres son más materialistas que los
hombres. Nosotros miramos el amor como algo inmenso y ellas lo consideran siempre terre–à–terre... ¡Ahora, ahora! –––dijo
al lacayo, que se acercaba.
Pero el lacayo no iba a llamarles, como Serpujovskoy había imaginado, sino que llevaba una carta para Vronsky.
–La trajo el criado de la princesa Tverskaya.
Vronsky abrió la carta y se ruborizó.
–Me duele la cabeza; me voy a casa ––dijo a Serpujovskoy.
–Entonces, adiós. ¿Me das carte blanche?
–Ya hablaremos después. Nos veremos en San Petersburgo.
XXII
Eran más de las cinco y, para llegar a tiempo y no ir con sus caballos, conocidos por todos, Vronsky tomó el coche de
alquiler que llevara a Jachvin y le ordenó ir lo más deprisa posible.
El viejo coche de alquiler, de cuatro asientos, era muy es pacioso. Vronsky se sentó en un ángulo, extendió las piernas sobre
el asiento delantero y quedó pensativo.
La vaga conciencia de la claridad con que había planteado sus asuntos, el confuso recuerdo de la amistad y alabanzas de
Serpujovskoy, que le consideraba como un hombre necesario, y principalmente la espera de la próxima entrevista, todo se unió
para infundirle una viva impresión general de la alegría de vivir.
Y aquella impresión era tan fuerte que Vronsky, sin querer, sonreía.
Comentario: «Eso no es tan
difícil como parece.»
Comentario: Vulgarmente.
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Bajó las piernas, pasó una sobre otra y con la mano se palpó la fuerte pantorrilla que se había lastimado el día antes al caer.
Después, reclinándose en el respaldo, respiró varias veces a pleno pulmón.
« Bien, muy bien...» , se dijo.
Antes de ahora había experimentado también con frecuencia la alegre consciencia de su cuerpo, pero nunca se había querido
a sí mismo, a su cuerpo, como hoy. Le era agradable sentir aquel ligero dolor en su vigorosa pierna, le era ag radable la
sensación del movimiento de los músculos de su pecho al respirar.
El mismo día, claro y frío, de agosto, que tanta desespera ción infundía en Ana, a él le excitaba y le refrescaba el rostro y el
cuello, ardiente aún por el lavado reciente.
En aquel aire fresco, el perfume del cosmético que se apli cara en el bigote resultábale particularmente agradable. Todo lo
que veía por la ventanilla, en el ambiente frío y puro, a la pálida luz del ocaso, era lozano, alegre y fuerte como él mismo.
Los tejados de los edificios, brillantes a los rayos del sol poniente, las líneas destacadas de muros y esquinas las figu ras de
los transeúntes y los coches que encontraban de vez en cuando, el inmóvil verdor de árboles y hierbas, los campos de patatas,
con sus surcos regulares, y las sombras oblicuas que árboles, arbustos y casas proyectaban sobre aquellos mismos surcos, todo
era hermoso, como un lienzo de paisaje recién terminado y acabado de barnizar.
–¡Deprisa, más deprisa! –dijo al cochero, sacando la cabeza por la ventanilla y dándole un billete de tres rublos. La mano del
cochero hurgó un instante en el farol asegurando el cierre, chasqueó el látigo y el coche se deslizó veloz por el liso camino
empedrado.
«No necesito nada, nada, excepto esta felicidad –pensaba Vronsky, mirando el tirador de hueso de la campanilla, que pendía
entre ambas portezuelas a imaginando a Ana tal como la viera por última vez–. Y cuanto más pasa el tiempo, más la amo. Aquí
está el jardín de la casa veraniega oficial en que vive Vrede . ¿Dónde estará Ana? ¿Qué habrá sucedido? ¿Por qué me habrá
citado aquí escribiendo en la carta de Betsy?», se dijo Vronsky al llegar. Pero ya no que daba tiempo para pensar en ello.
Mandó parar antes de llegar a la avenida que conducía a la casa, abrió la portezuela y saltó a tierra.
En la avenida no había nadie, pero al volver el rostro a la derecha la descubrió. Tenía el semblante cubierto con un velo, pero
por su manera de andar, inconfundible, por la inclinación de su espalda, por el modo de levantar la cabeza, la reconoció, y le
pareció en el acto que una sacudida eléctrica estremecía todo su cuerpo. Se sintió de nuevo ser él mismo con una fuerza
renovada, desde los movimientos elásticos de las pier nas hasta el de sus pulmones al respirar, y una sens ación especial de
cosquilleo en los labios. Acercóse a Ana y le estrechó fuertemente la mano.
–¿No te ha molestado que te llame? Necesitaba verte –dijo ella.
Y el modo grave y severo con que plegó los labios, y que Vronsky percibió bajo el velo, hizo cambiar en el acto su estado de
ánimo.
–¿Molestarme dices? Pero ¿por qué has venido aquí?
–Eso nada importa –dijo Ana, poniendo su brazo sobre el de él–. Vamos. Necesito hablarte.
Vronsky comprendió que pasaba algo y que la entrevista no sería alegre. En pres encia de ella carecía de voluntad pro pia;
desconocía la causa de la inquietud de Ana, pero notaba ya que, a su pesar, se le comunicaba.
–¿Qué pasa, pues? –preguntaba, apretando el brazo de ella con el codo y procurando leerle en el rostro los pensamientos.
Ana dio algunos pasos en silencio, cobrando ánimo, y de pronto se detuvo.
–Ayer no te dije –empezó, respirando precipitada y dificultosamente– que, al volver a casa con mi marido, se lo conté todo.
Le dije que no podía ser su mujer y que... Se lo dije todo...
Vronsky la escuchaba, inclinando el cuerpo hacia ella sin darse cuenta, como deseando así suavizarle las dificultades de su
situación.
–Vale más, mil veces más –dijo–, pero comprendo lo penoso que te habrá sido.
Ana no escuchaba sus palabras; le miraba sólo al rostro, tratando de leer en él sus pensamientos. No adivinaba que lo que el
rostro de Vronsky reflejaba era el primer pensamiento que se le había ocurrido: la inminencia del duelo. Ana no pensaba nunca
en semejante cosa y por ello dio una explicación diferente a aquella expresión de momentánea gravedad.
Al recibir la carta de su marido comprendió en el fondo que todo iba a seguir como antes, que le faltarían fuerzas para re -
nunciar a su posición en el gran mundo, abandonar a su hijo y unirse a su amante. La mañana pasada en casa de Betsy le
afirmó más aún en esta convicción. No obstante, la entrevista con Vronsky tenía para ella una importancia excepcional, pues
confiaba en que después de ella variaría su situación y ella se sentiría salvada.
Si al recibir la noticia Vronsky, sin vacilar un momento, decidido y apasionado, hubiese contestado: «déjalo todo y huyamos
juntos», ella habría abandonado a su hijo y se habría ido con él.
Pero la noticia no produjo en Vronsky la impresión que esperaba Ana; él parecía sólo sentirse ofendido por algo.
–No me fue nada penoso. Todo sucedió del modo más natural –dijo Ana con irritación–. Y mira... ––dijo sacando del guante
la carta de su marido.
–Comprendo, comprendo –interrumpió Vronsky, tomando la carta, pero sin leerla y esforzándose en calmar a Ana–. Yo sólo
deseaba una cosa y te la he pedido: terminar con esta situación para poder consagrar mi vida a tu felicidad.
–¿Por qué me lo dices? –repuso ella–. ¿Cómo puedo dudarlo? Si lo dudara...
–¡Allí viene a lguien! –exclamó Vronsky de pronto, mos trando a dos señoras que avanzaban hacia ellos –. Acaso nos
conozcan.
Y precipitadamente se dirigió a un paseo lateral arrastrando a Ana.
–Me es igual –dijo ésta, y sus labios temblaban. A Vronsky le pareció que sus ojos le examinaban con extraña irritación bajo
el velo–. Te digo que no se trata de eso, ni lo dudo, pero lee lo que me escribe. Léelo.
Y Ana volvió a detenerse.
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De nuevo, como en el primer momento de recibir la noticia de que Ana había roto con su marido, Vronsky, leyendo la carta,
se entregó involuntariamente a la impresión espon tánea que sintiera respecto al esposo ultrajado. Ahora, mientras tenía en las
manos la carta, imaginaba involunta riamente aquel desafío que irían a proponerle hoy o mañana en su casa, se figuraba el
mismo duelo, en el cual, con la misma expresión fría y orgullosa que ahora mostraba su rostro, dispararía al aire, esperando la
bala del ofendido. Y en seguida pasó por su cerebro el recuerdo de lo que aca bara de decirle Serpujovskoy por la mañana: más
valía no estar ligado. Pero sabía bien que no podía comunicar a Ana tal pensamiento.
Después de leer la carta, Vronsky alzó la vista. En sus ojos no había firmeza. Ana comprendió en seguida que Vronsky había
pensado antes en aquella posibilidad. Ella sabía que, por mucho que Vronsky pudiera decirle, nunca le diría lo que pensaba. Y
comprendió también que su última esperanza estaba perdida. No era esto lo que esperaba.
–¿Ya ves de qué clase de hombre se trata? ––dijo, con voz temblorosa–. Ya lo ves...
–Perdona, pero yo me alegro de ello –repuso Vronsky–. Déjame explicarme, por Dios... –añadió, rogándole con la mirada
que le diese tiempo de aclarar sus palabras–. Me alegro porque las cosas en ningún modo pueden quedar como él supone.
–¿Por qué no? –dijo Ana, conteniendo las lágrimas y evi denciando que no daba ya ninguna importancia a lo que él pu diera
decirle.
Adivinaba que su suerte estaba ya decidida.
Vronsky quería decir que después del duelo, inminente a su juicio, aquello no podría seguir así, pero dijo otra cosa.
–No puede seguir así. Supongo que ahora le abandona rás... –y Vronsky se sonrojó–, supongo que ahora me dejarás arreglar
nuestra vida, pensar en ella... Mañana... ––dijo.
Pero Ana no le dio tiempo a terminar:
–¿Y mi hijo? –exclamó–. ¿No ves lo que me escribe? Tendría que abandonar a mi hijo, y esto no quiero ni puedo hacerlo.
–¡Por Dios! ¿Qué vale más? ¿Dejar a tu hijo o continuar esta situación humillante?
–¿Humillante para quién?
–Para todos, y en especial para ti.
–No digas que es humillante... no me lo digas. Esas pala bras para mí carecen de sentido ––dijo Ana, con voz temblo rosa,
deseando ahora que Vronsky hablase con sinceridad, ya que sólo le quedaba su amor y deseaba seguir amándole –. Comprende
que desde el día en que lo acepté todo ha cambiado para mí. Sólo tengo una cosa: tu amor. Siendo mío tu cariño, me siento tan
elevada y tan firme que nada puede humillarme. Estoy orgullosa de mi situación porque... porque... orgullosa por... por... –y no
supo decir por qué s e sentía or gullosa. Lágrimas de vergüenza y desesperación ahogaron su voz; se detuvo y estalló en
sollozos.
Vronsky sintió también la sensación de algo que subía a su garganta, le cosquilleaba la nariz y le hacía sentirse, por pri mera
vez en su vida, a p unto de llorar. No podía decir qué era concretamente lo que le había conmovido. Sentía lástima de Ana,
sabía que no podía ayudarla y a la vez reconocía que él era la causa de su desgracia y que había procedido mal.
–¿Acaso no es posible el divorcio? –preguntó con voz
Ana movió la cabeza en silencio.
–¿No es posible llevarte a tu hijo y dejar a tu marido?
–Sí, pero todo eso depende de él. Por ahora debo vivir en su casa –dijo Ana secamente.
No la habían engañado sus presentimientos. Las cosas quedaban como antes.
–El martes iré yo a San Petersburgo y se decidirá todo –indicó Vronsky.
–Sí –repuso Ana–. Pero no hablemos más de esto.
El coche de Ana, que ella había despedido con orden de ir a buscarla junto a la verja del jardin de Vrede, llegaba en aquel
momento.
Ana se despidió de Vronsky y se fue a casa.
XXIII
El lunes celebraba sesión extraordinaria la Comisión del 2 de junio.
Alexey Alejandrovich entró en la sala de reunión, saludó a los miembros y al presidente, como de costumbre, y ocupo su
puesto, poniendo las manos sobre los documentos que había preparados ante él.
Entre ellos estaban los informes que necesitaba, el resumen de la declaración que se proponía formular.
En realidad le sobraban los informes. Lo recordaba todo y no creía necesario repetir e n su memoria lo que había de de cir.
Sabía que, llegado el momento y viendo ante sí el rostro del adversario, que en vano trataba de aparentar una expre sión
indiferente, el discurso saldría por sí solo mejor que todo lo que pudiera preparar.
Pensaba que el fondo de su discurso sería grandioso y que cada palabra tendría suma importancia. Y, sin embargo, mien tras
escuchaba el informe oficial, el aspecto de Karenin no podía ser más inocente y más inofensivo. Nadie pensaba, mi rando sus
manos blancas, de hinc hadas venas, que tan suave mente acariciaban con sus largos dedos las hojas de papel blanco puestas
ante él, y viendo su cabeza, inclinada de lado, con expresión de cansancio, que iban a brotar inmediatamente de su boca
palabras que producirían una tempest ad, obligando a gritar a los miembros, a interrumpirse unos a otros y al pre sidente a
reclamar orden.
Cuando la declaración concluyó, Karenin anunció, con su voz suave y fina, que tenía que manifestar algo relativo al asunto
de los autóctonos.
La atención se concentró en él.
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Alexey Alejandrovich tosió y, sin mirar a su adversario, es cogiendo, como hacía siempre al pronunciar sus discursos, la
primera persona sentada ante él –un viejecito tranquilo y me nudo que nunca exponía en la Comisión opiniones propi as–,
comenzó él a explicar con voz firme y muy clara sus ideas.
Cuando aludió a la ley básica y orgánica, su adversario se levantó de un salto y empezó a formular objeciones. Stremov,
miembro también de la Comisión, herido en lo vivo, empezó igualmente a j ustificarse. La sesión se hizo tempestuosa. Pero
Karenin triunfaba y su proposición fue aceptada; quedaron nombradas nuevas comisiones y al día siguiente, en determi nados
círculos de San Petersburgo, no se hablaba más que de aquella sesión. El éxito de Alexey Alejandrovich fue mayor de lo que él
mismo esperaba.
A la mañana siguiente, martes, Karenin, al despertar, re cordó con placer su victoria del día antes; y a pesar de querer
mostrarse indiferente, no pudo menos de sonreír cuando el jefe de su despacho , queriendo halagarle, le habló de los ru mores
que corrían referentes a su triunfo en la Comisión.
Ocupado en su trabajo cotidian

