Esa vida se descubría gracias a la religión, pero una religión que no tenía nada de común con la que profesaba Kitty desde su
infancia, y que consistía en asistir a oficios y víspe ras en el «Asilo de Viudas Nobles», donde se encontraba gente conocid a, y
en aprender de memoria con los «padrecitos» ortodoxos los textos religiosos eslavos.
La nueva idea que ahora recibía de la religión era elevada, mística, unida a sentimientos y pensamientos hermosos. Así cabía
creer en la religión no porque estuviera ordenado, sino porque la creencia resultaba digna de ser amada.
Kitty no llegó a tal conclusión porque se lo dijeran. Madame Stal hablaba con Kitty como con una niña simpática,
admirándola, hallando en ella los recuerdos de su propia juventud. Sólo una vez le dijo que en todas las penas humanas no hay
consuelo sino en el amor de Dios y la fe, y que Cristo, en su infinita compasión por nosotros, no encuentra penas tan pequeñas
que no merezcan su consuelo. Y poco después, madame Stal cambió de conversación.
Pero en cada uno de sus movimientos, de sus palabras, de sus miradas celestiales, como calificaba Kitty las miradas de
madame Stal, y sobre todo en la historia de su vida, que Kitty conoció por Vareñka, aprendió la joven «lo más importante»,
hasta entonces ignorado por ella.
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Así, notó que, al preguntarle por sus padres, la Stal sonreía con desdén, lo que era contrario a la caridad cristiana. Tam bién
advirtió que, una vez que Kitty halló allí a un cura cató lico, madame Stal procuraba mantener su rostro fuera de la luz de la
lámpara mientras sonreía de un modo peculiar.
Por insignificantes que fueran estas observaciones, pertur baban a Kitty, despertando dudas en ella sobre madame Stal.
Vareñka, en cambio, sola en el mundo, sin parientes ni ami gos, con s u triste desengaño, no esperando nada de la vida ni
sufriendo ya por nada, era el tipo de la perfección con que la Princesita soñaba.
Kitty llegó a comprender que a Vareñka le bastaba olvidarse de sí misma y amar a los demás para sentirse serena, buena y
feliz. Así habría deseado ser ella. Comprendiendo ya con claridad qué era «lo más importante», Kitty no se limitó a admirarlo,
sino que se entregó en seguida con toda su alma a aquella vida nueva que se abría ante ella. Por las referencias de Vareñka
respecto a cómo procedían madame Stal y otras personas que le nombraba, Kitty trazó el plan de su vida para el futuro. Como
la sobrina de madame Stal, Alina, de la que Vareñka le hablaba mucho, Kitty se propuso, doquiera que estuviese, buscar a los
desgraciados, auxiliarles en la medida de sus fuerzas, regalarles evangelios y leerlos a los enfermos, criminales y moribundos.
La idea de leer el Evangelio a los criminales, como hacía Alma, era lo que más seducía a Kitty. Pero la joven guardaba en
secreto estas ilusiones sin comunicarlas ni a Vareñka ni a su madre.
En espera del momento en que pudiera realizar sus planes con más amplitud, Kitty encontró en el balneario, donde había
tantos enfermos y desgraciados, la posibilidad de practicar las nuevas reglas de vida que se imponía, a imitación de Vareñka.
La Princesa, al principio, no observó sino que su hija es taba muy influida por su engouement, como ella decía, hacia
madame Stal y sobre todo hacia Vareñka. Notaba que no sólo Kitty imitaba a la muchacha en su activ idad, sino que la imitaba,
sin darse cuenta, en su modo de andar, de hablar, hasta de mover las pestañas. Pero después la Princesa reparó en que se
operaba en Kitty, aparte de su admiración por Vareñka, un importante cambio espiritual.
Veía a su hija leer por las noches el Evangelio francés que le regalara madame Stal, cosa que antes no hacía nunca; reparaba
en que rehuía las amistades del gran mundo y en que trataba mucho a los enfermos protegidos de Vareñka y, en especial, a una
familia pobre: la del pintor Petrov, que estaba muy enfermo.
Kitty se mostraba orgullosa de desempeñar el papel de enfermera en aquella familia.
Todo ello estaba bien y la Princesa no tenía nada que obje tar contra aquella actividad de su hija, tanto más cuanto que la
mujer de Petrov era una persona distinguida, y que la princesa alemana, al enterarse de lo que hacía Kitty, la había elogiado,
llamándola un ángel consolador.
Sí, todo habría estado muy bien de no ser exagerado. Pero la Princesa advertía que su hija tendía a exagerar y hubo de
advertirla.
–Il ne faut jamais rien outrer.
Kitty, no obstante, nada contestaba, sino que se limitaba a pensar que no puede haber exageración en hacer obras carita tivas.
¿Acaso es exagerado seguir el precepto de presentar la me jilla izquierda al que nos abofetea la derecha o el de dar la camisa a
quien le quita a uno el traje?
Pero a la Princesa le desagradaban tales extremos, y más aún el comprender que su hija ahora no le abría completamente el
corazón. En realidad, Kitty ocultaba a la Princesa sus nuevas impresiones y sentimientos no porque no quisiera o no respetara a
su madre, sino precisamente por ser madre suya.
Mejor habría abierto su corazón ante cualquiera que ante ella.
–Hace mucho tiempo que Ana Pavlovna no viene a casa –dijo una vez la Princesa, refiriéndose a la Petrova–. La he invitado
a venir, pero me ha parecido que estaba algo disgustada conmigo...
–No lo he notado ––dijo Kitty ruborizándose.
–¿Hace mucho que no les has visto?
–Mañana tenemos que ir a dar un paseo hasta las montañas –repuso Kitty.
–Bien; id –dijo la Princesa, contemplando el rostro turbado de su hija y esforzándose en adivinar las causas de su confusión.
Aquel mismo día Vareñka comió con ellos y anunció que la Petrova desistía del paseo a la montaña. La Princ esa notó que
Kitty volvía a ruborizarse.
–¿Te ha sucedido algo desagradable con los Petrov, Kitty? –preguntó la Princesa cuando quedaron a solas, ¿Por qué no envía
aquí a los niños ni viene nunca?
Kitty contestó que no había pasado nada y que no comprendía que Ana Pavlovna pudiera estar disgustada con ella.
Y decía verdad. No conocía en concreto el motivo de que la Petrova hubiera cambiado de actitud hacia ella, pero lo adi -
vinaba. Adivinaba algo que no podía decir a su madre, una de esas cosas que uno sab e pero que no puede ni confesarse a sí
mismo por lo vergonzoso y terrible que sería cometer un error.
Recordaba sus relaciones con la familia Petrov. Evocaba la ingenua alegría que se pintaba en el bondadoso rostro redondo de
Ana Pavlovna cuando se encontr aban, recordaba sus con versaciones secretas respecto al enfermo, sus invenciones para
impedirle trabajar, lo que le habían prohibido los médi cos, y para sacarle de paseo. Se acordaba del afecto que le te nía el niño
pequeño, que la llamaba «Kitty mía» y no quería acostarse si ella no estaba a su lado para hacerle dormir.
¡Qué agradables eran aquellos recuerdos! Luego evocó la fi gura delgada de Petrov, su cuello largo, su levita de color
castaño, sus cabellos ralos y rizados, sus interrogativos ojos azule s que al principio asustaban a Kitty, y recordó también los
esfuerzos que hacía para aparentar fuerza y animación ante ella.
Además se acordaba de la repugnancia que él le inspiraba al principio –como se la inspiraban todos los tuberculosos y el
cuidado con que escogía las palabras que le tenía que de cir. Volvía a ver la mirada tímida y conmovida que le dirigía Petrov y
experimentaba de nuevo el extraño sentimiento de compasión y humildad, unido a la consciencia de obrar bien, que la
embargaba en aquellos instantes.
Comentario: «No hay que
exagerar nunca.»
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Sí: todo ello se había deslizado perfectamente en los pri meros días. Ahora, desde hacía poco, todo había cambiado. Ana
Pavlovna recibía a Kitty con amabilidad fingida y vigilaba sin cesar a su marido y a la joven.
¿Era posible que la conmove dora alegría que experimen taba Petrov al llegar ella fuera la causa de la frialdad de Ana
Pavlovna?
« Sí», pensaba Kitty; había algo poco natural en Ana Pav lovna, algo que no era propio de su bondad en el acento con que
dos días antes le dijera enojada:
–Mi marido la esperaba; no quería tomar el café hasta que usted llegase, aunque sentía debilidad...
«Sí; quizá la Petrova se disgustó conmigo por haberle dado la manta a su marido. El hecho en sí carece de importancia...
Pero él la cogió turbándose y me di o tantas veces las gracias que quedé confundida... Y luego ese retrato mío que ha pin tado
tan admirable... Y lo peor es su mirada, tan dulce, tan tí mida... Sí, sí; eso es», se repetía Kitty, horrorizada. « Pero no debe, no
puede ser. ¡El pobre me inspira tanta compasión ...!»
Aquella duda envenenaba, ahora, el encanto de su nueva vida.
XXXIV
Poco antes de concluir el período de cura de aguas, el prín cipe Scherbazky vino a reunirse con su familia, que desde
Carlsbad había ido a Baden y a Kessingen para visitar a unos amigos rusos, para respirar aire ruso, como él decía.
Las opiniones del Príncipe y de su esposa respecto a la vida en el extranjero eran diametralmente opuestas.
La Princesa lo encontraba todo admirable y, pese a su buena posición en la soci edad rusa, en el extranjero procuraba parecer
una dama europea, lo que conseguía con dificultad, ya que, tratándose en realidad de una dama rusa, tenía que fingir y ello la
cohibía bastante.
El Príncipe, por el contrario, encontraba malo todo lo extranjero, le aburría la vida europea, conservaba sus costumbres rusas
y fuera de su patria procuraba mostrarse adrede menos europeo de lo que lo era en realidad.
El Príncipe volvió más delgado, con la piel de las mejillas colgándole, pero en excelente disposici ón de ánimo, que aún
mejoró al ver que Kitty había curado por completo.
Las referencias de la amistad de su hija con madame Stal y Vareñka y las observaciones de la Princesa sobre el cambio
operado en Kitty impresionaron al Príncipe, despertando en él su h abitual sentimiento de celos hacia todo cuanto atraía a su
hija fuera del círculo de sus afectos. Le asustaba que Kitty pu diera substrarse a su influencia, alejándose hasta parajes inac -
cesibles para él.
Pero tales noticias desagradables se hundieron en el mar de alegría y bondad que le animaba siempre y que había aumentado
después de tomar las aguas de Carlsbad.
Al día siguiente de su regreso, el Príncipe, vestido con un largo gabán, con sus fofas mejillas sostenidas por el cuello al -
midonado, se dirigió al manantial con su hija en muy buen estado de espíritu.
La mañana era espléndida; brillaba un sol radiante. Las ca sas limpias y alegres, con sus jardincitos, el aspecto de las sir -
vientas alemanas, joviales en su trabajo, de manos rojas, de rostros col orados por la cerveza; todo ello llenaba de gozo el
corazón.
Pero al aproximarse al manantial encontraban enfermos de aspecto mucho más deplorable aún por contraste con las con -
diciones normales de la bien organizada vida alemana.
A Kitty ya no le sorprend ía tal contraste. El sol brillante, el vivo verdor, el son de la música, le resultaban el marco natural
de toda aquella gente tan familiar para ella, con sus alter nativas de peor o mejor salud, de buen o mal humor a que es taban
sujetos.
Pero al Príncipe la luz y el esplendor de la mañana de ju nio, el sonar de la orquesta que tocaba un alegre vals de moda y,
sobre todo, el aspecto de las rozagantes sirvientas le pare cían ilógicos y grotescos en contraste con aquellos muertos vivientes,
llegados de toda Europa, que se movían con fatiga y tristeza.
No obstante el sentimiento de orgullo que le inspiraba el llevar del brazo a su hija, lo que le daba la impresión de vol ver a la
juventud, se sentía cohibido y molesto de su andar se guro, de sus miembros sólido s, de su cuerpo de robusta com plexión.
Experimentaba lo que un hombre desnudo sentiría encontrándose en una reunión de personas vestidas.
–Preséntame a tus nuevas amistades ––dijo a su hija opri miéndole el brazo con el codo –. Hoy siento simpatía hasta po r la
asquerosa agua bicarbonatada que te ha repuesto de ese modo. ¡Pero es tan triste ver esto! Oye, ¿quién es ése?
Kitty iba nombrándole las personas conocidas y desconocidas que encontraban en el curso de su paseo.
En la misma entrada del jardín hallaro n a madame Berta, la ciega, y el Príncipe se sintió contento ante la expresión que
animó el rostro de la anciana francesa al oír la voz de Kitty. Madame Berta habló al Príncipe con su exagerada amabilidad
francesa, alabándole aquella hija tan bondadosa, ensalzándola hasta las nubes y calificándola de tesoro, perla y ángel de
consuelo.
–En ese caso es el ángel número dos –dijo el Príncipe sonriendo –, porque, según ella, el ángel número uno es la se ñorita
Vareñka.
–¡Oh, la señorita Vareñka es también un verdadero ángel! –afirmó madame Berta.
En la galería encontraron a la propia Vareñka, que se diri gió precipitadamente a su encuentro. Llevaba un espléndido bolso
de costura.
–Ha venido papá –––dijo Kitty.
Vareñka hizo un ademán entre saludo y reverencia, con la sencillez y naturalidad que usaba siempre en todas sus cosas.
Luego empezó a hablar con el Príncipe como con los demás, naturalmente, sin sentirse cohibida.
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–Ya la conozco, y bien –dijo el Príncipe con una sonrisa de la que Kitty dedujo, con alegría, que su padre encontraba
simpática a Vareñka–. ¿Adónde va usted tan de prisa?
–Es que mamá está aquí ––dijo la muchacha dirigiéndose a Kitty –. No ha dormido en toda la noche y el doctor le ha
aconsejado que saliera. Le llevo su labor.
–¿Así que éste es el ángel número uno? –dijo el Príncipe después de que Vareñka se hubo marchado.
Kitty notaba que su padre habría querido burlarse de su amiga, pero que no se atrevía a hacerlo porque también él la había
encontrado simpática y agradable.
–Vamos a ver a todas tus amigas –añadió él–; vamos incluso a saludar a madame Stal, si es que se digna acordarse de mí...
–¿La conoces, papá? –preguntó Kitty con cierto temor, reparando en el fulgor irónico que iluminó los ojos del Prín cipe al
mencionar a la Stal.
–La conocí, así como a su marido, cuando ella no se había inscrito aún entre los pietistas.
–¿Qué significa pietista, papá? –preguntó la joven, desa sosegada al saber que lo que ella apreciaba tanto en madame Stal
tenía semejante nombre.
–No lo sé bien, francamente... Sólo sé que ella da gracias a Dios por todas las desventuras que sufre... Por eso cuando murió
su marido dio también gracias a Dios... Pero la cosa re sulta algo cómica, porque ambos se llevaban muy mal. ¿Quién es ése?
¡Qué cara! ¡Da pena verle! –exclamó el Príncipe reparando en un hombre bajito, sentado en un banco, que vestía un abrigo
castaño y pantalones –blancos que formaban extraños pliegues sobre los descarnados huesos de sus piernas.
Aquel señor se quitó el sombrero, descubriendo sus cabellos rizados y ralos y su ancha frente, de enfermizo matiz, levemente
colorada ahora por la presión del sombrero.
–Es el pintor Petrov –respondió Kitty ruborizándose–. Y ésa es su mujer –añadió indicando a Ana Pavlovna.
La Petrova, como a propósito, al aproximarse ellos, se dirigió a uno de sus niños que jugaba al borde del paseo.
–¡Qué pena inspira ese hombre y qué rostro tan simpático tiene! ¿Por qué no te has acercado a él? Parecía querer hablarte.
–Entonces, vamos –dijo Kitty, volviéndose resueltamente–. ¿Cómo se encuentra hoy? –preguntó a Petrov.
Petrov se levantó, apoyándose en su bastón, y miró con timidez al Príncipe.
–Kitty es hija mía –dijo Scherbazky–. Celebro conocerle.
El pintor saludó, mostrando al sonreír su blanca dentadura que brillaba extraordinariamente.
–Ayer la esperábamos, Princesa –dijo a Kitty. Y al hablar se tambaleó, y repitió el movimiento para fingir que lo hacía
voluntariamente.
–Yo iba a ir, pero Vareñka me avisó de que ustedes no salían de paseo.
–¿Cómo que no? –dijo Petrov, sonrojándose. Luego tosió y buscó a su mujer con los ojos–: ¡Anita, Anita! –gritó.
Y en su delgado cuello se hincharon sus venas, gruesas como cuerdas.
Ana Pavlovna se acercó.
–¿Cómo mandaste dar recado a la Princesa de que no íbamos de paseo? –preguntó Petrov irritado.
La emoción ahogaba su voz.
–Buenos días, Princesa –saludó Ana Pavlovna con fin gida sonrisa, en tono harto distinto al que había empleado siempre
cuando hablaba con ella–. Mucho gusto en conocerle –dijo al Príncipe–. Hace tiempo que le esperaban...
–¿Por qué has mandado decir a la Princesa que no iríamos de paseo? –repitió su marido en voz baja y ronca, más irritado aún
al notar que le faltaba la voz y no podía hablar en el tono que quería.
–¡Dios mío! Creí que no iríamos –repuso su mujer enojada.
–¡Cómo que no! Sí, iremos porque... –y Petrov tosió otra vez y agitó la mano.
El Príncipe se quitó el sombrero y se apartó.
–¡Desgraciados! –murmuró afligido.
–Sí, papá –contestó Kitty–. Has de saber que tienen tres niños, que carecen de criados y qu e apenas poseen recursos. La
Academia le envía algo –seguía diciendo, con animación, para calmar el mal efecto que le produjera la actitud de la Petrova –.
Allí está madame Stal –concluyó mostrando un cochecillo en el cual, entre almohadones, envuelta en ro pas grises y azul ce -
leste, bajo una sombrilla, se veía una figura humana.
Era madame Stal. Tras ella estaba un robusto y taciturno mozo alemán que empujaba el coche. A su lado iba un conde sueco,
un hombre muy rubio a quien Kitty conocía de nombre, Varios enfermos rodeaban el cochecillo, contemplando a madame Stal
con veneración, como a algo extraordinario.
El Príncipe se acercó y en sus ojos vio Kitty de nuevo el irónico fulgor que tanto la intimidaba.
Al llegar junto a madame Stal, el Príncipe le habló en excelente francés, como muy pocos lo hablan hoy, manifestándose con
respeto y cortesanía.
–No sé si usted me recuerda; pero en todo caso me per mito hacerme recordar para agradecerle sus bondades con mi hija –
dijo Scherbazky quitándose el sombrero y conservándolo en la mano.
–Encantada, príncipe Alejandro Scherbazky –dijo la Stal, alzando hacia él sus ojos celestiales en los que Kitty observó cierto
disgusto–. Quiero mucho a su hija.
–¿Sigue mal su salud?
–Sí, pero ya estoy acostumbrada –contestó madame Stal.
Y presentó al Príncipe el conde sueco.
–Ha cambiado usted un poco ––dijo Scherbazky– desde los diez a once años que no he tenido el honor de verla.
–Sí. Dios, que da la cruz, da también energías para sopor tarla. A menudo hace que uno piense: ¿par a qué durará tanto esta
vida? ¡Así no; de otro modo! –ordenó con irritación a Vareñka, que le envolvía los pies en la manta de una forma di ferente a
como ella quería.
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–Seguramente dura para permitirle hacer el bien –––dijo el Príncipe riéndose con los ojos.
–Nosotros no somos quiénes para juzgarlo –repuso madame Stal, observando la expresión del rostro del Prín cipe–. ¿Me
enviará usted ese libro, querido Conde? Se lo agradeceré mucho –dijo, de repente, dirigiéndose ahora al conde sueco.
–¡Ah! –exclamó el Príncipe, divisando al coronel, que no estaba lejos de allí.
Y, saludando con la cabeza a la señora Stal, se alejó con su hija y con el coronel, que se reunió con ellas.
–He aquí nuestra aristocracia, ¿verdad, Príncipe? –dijo en tono irónico el coronel, qu e se sentía molesto con la señora Stal
porque no se relacionaba con él.
–Está igual que siempre –comentó el Príncipe.
–¿La conocía usted antes de enfermar? Me refiero a antes de que tuviera que guardar cama.
–Sí; la conocí precisamente cuando enfermó y hubo de guardar cama.
–Dicen que no se levanta desde hace diez años.
–No se levanta porque tiene las piernas muy cortas. Es contrahecha.
–¡Imposible, papá! –exclamó Kitty.
–Eso dicen las malas lenguas, querida. ¡Y qué mal trata a Vareñka! ¡Oh, estas señoras enfermas! –añadió.
–No, papá –replicó Kitty con calor–. Vareñka la adora. ¡Y madame Stal hace mucho bien! Pregunta a quien quieras. A ella y
a Alina Stal todos los conocen.
–Puede ser –dijo el Príncipe, apretándole el brazo con el codo –. Pero yo encuentro m ejor hacer el bien sin que nadie se
entere.
Kitty calló no porque no supiera qué decir, sino porque no quería confiar a su padre sus pensamientos secretos. Por ex traño
que fuese, aunque no quería someterse a la opinión de su padre ni abrirle el camino de su santuario íntimo, notó que aquella
imagen divina de madame Stal que durante un mes entero llevara dentro de su alma desaparecía definitivamente, como la
figura que forma un vestido colgado desaparece defi nitivamente cuando se repara que no se trata sin o de eso: de un vestido
colgado.
Ahora en su cerebro no persistía sino la visión de una mujer corta de piernas que permanecía acostada porque era deforme y
que martirizaba a la pobre Vareñka porque no le arreglaba bien la manta en tomo a los pies. Y ningún esfuerzo de su imagina-
ción pudo reconstruir la anterior imagen de madame Stal.
XXXV
El buen estado de ánimo del Príncipe se contagió a su fa milia, a sus amigos y hasta al alemán dueño de la casa en que
habitaban los Scherbazky.
Al volver del manantial, habiendo invitado al coronel, a María Evgenievna y a Vareñka a tomar café, el Príncipe or denó que
sacasen la mesa al jardín, bajo un castaño, y que sirviesen allí el desayuno.
Al influjo de la alegría de su amo, los criados, que cono cían la munificencia del Príncipe, se animaron también. Du rante
media hora un médico de Hamburgo, enfermo, que vivía en el piso alto, contempló con envidia aquel alegre grupo de rusos,
todos sanos, reunidos bajo el añoso árbol.
A la sombra movediza de las ramas, ante la me sa cubierta con el blanco mantel, con cafeteras, pan, mantequilla, queso y
caza fambre, estaba sentada la Princesa, tocada con su cofia de cintas lila, llenando las tazas y distribuyendo los bocadillos.
Al otro extremo de la mesa se sentaba el Príncipe, co miendo con apetito y hablando animadamente en voz alta. A su
alrededor se veían las compras que había hecho: cajitas de madera labrada, juguetitos, plegaderas de todas clases. Había
comprado un montón de aquellas cosas y las regalaba a todos, incluso a Li sgen, la criada, y al casero, con el que bromeaba en
su cómico alemán chapurreado, asegurando que no eran las aguas las que habían curado a Kitty, sino la buena cocina del dueño
de la casa y sobre todo su compota de ciruelas secas.
La Princesa se burlaba de su marido por sus costumbres ru sas, pero se sentía más animada y alegre de lo que había es tado
hasta entonces durante su permanencia en las aguas.
El coronel celebraba también las bromas del Principe, pero cuando se trataba de Europa, que él imaginaba haber estudiado a
fondo, estaba de parte de la Princesa.
La bondadosa María Evgenievna reía de todo corazón con las ocurrencias de Scherbazky y Vareñka reía de un modo suave
pero comunicativo, cosa que Kitty no le había visto nunca hasta entonces, ante las alegres chanzas del Principe.
Todo ello animaba a Kitty, pero, no obstante, se sentía pre ocupada. No sabía cómo resolver el problema que su padre le
habla planteado involuntariamente con su modo de considerar a sus amigas y aquel género de vida que ella amaba últimamente
con toda su alma.
A este problema se unía el de sus relaciones con los Petrov, hoy puestas en claro de un modo harto desagradable.
Viendo la alegría de los demás, Kitty sentía crecer su agita ción; y experimentaba un sentimiento análogo al que sufría en su
infancia cuando la castigaban encerrándola en su cuarto desde el que oía a sus hermanos reír alegremente.
–¿Por qué has comprado tantas chucherías? –preguntó la Princesa a su marido, sirviéndole una taza de café.
–Porque, al salir de paseo y acercarme a las tiendas, me rogaban que comprase diciendo: «Erlaucht, Exzellenz, Durch -
laucht». Al oír decir Durjlancht, me sentía incapaz de resistir y se me iban diez táleros como por arte de magia.
–No es verdad. Lo comprabas porque te aburrías –dijo la Princesa.
–¡Claro que porque me aburría! Aquí todo es tan aburrido que no sabe uno dónde meterse.
–¿Es posible que se aburra, Príncipe, con el número de cosas interesantes que hay ahora en Alemania? –dijo María
Evgenievna.
Comentario: «Augusto,
excelencia, alteza.»
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–Conozco todo lo inter esante: la compota de ciruelas, la conozco; el salchichón con guisantes, lo conozco. ¡Lo co nozco
todo!
–Diga usted lo que quiera, Príncipe, las instituciones alemanas son muy interesantes –observó el coronel.
–¿Qué hay de interesante? Los alemanes palmot ean y gri tan como niños, de contento, porque acaban de vencer a sus
enemigos; pero ¿por qué he de estar contento yo? Yo no he vencido a nadie y, en cambio, tengo que quitarme yo mismo las
botas y, además, dejarlas junto a la puerta. Por las mañanas he de levantarme, vestirme a ir al salón para tomar un mal té. ¡Qué
distinto es en casa! Se despierta uno sin prisas, y si está enfadado o irritado, tiene tiempo de calmarse, de meditar bien las
cosas, sin precipitaciones...
–Olvida usted que el tiempo es oro –dijo el coronel.
–¡Según el tiempo que sea! Hay tiempo que puede ven derse a razón de un copeck por mes, y en otras ocasiones no se daría
media hora por nada del mundo... ¿No es verdad, Kateñka? Pero ¿qué te pasa? ¿Estás triste?
–No, no estoy triste.
–¿Se va ya? Quédese un poco –dijo el Principe a Vareñka.
–Tengo que volver a casa –repuso ella, levantándose y riendo aún gozosamente.
Cuando le pasó el acceso de risa, se despidió y entró en la casa para ponerse el sombrero.
Kitty la siguió. Hasta la propia Vareñka se le presentaba ahora bajo un aspecto distinto. No es que le pareciera peor, sino
diferente de como ella la imaginara antes.
–¡Hace tiempo que no había reído como hoy! –dijo Vareñka, cogiendo la sombrilla y el bolso–. ¡Qué simpático es su papá!
Kitty callaba.
–¿Cuándo nos veremos? –preguntó Vareñka.
–Mamá quería visitar a los Petrov. ¿Estará usted allí? –preguntó Kitty mirando a su amiga.
–Estaré –contestó Vareñka–. Están preparándose para marchar y les prometí acudir para ayudarles a hacer el equipaje.
–Entonces iré yo también.
–No. ¿Por qué va a ir usted?
–¿Por qué? ¿Por qué? –repuso Kitty abriendo desmesuradamente los ojos y asiendo la sombrilla de Vareñka para no dejarla
marchar–. ¿Por qué no?
–¡Como ha venido su papá! Y además ellos se sienten cohibidos ante usted.
–No es eso. Dígame por qué no quiere que visite a los Petrov a menudo. ¡No, no quiere usted! Dígame el motivo.
–Yo no he dicho esto –replicó Vareñka, sin alterarse.
–Le ruego que me lo diga.
–¿Quiere de verdad que se lo diga todo? –preguntó la muchacha.
–¡Todo, todo! –aseguró Kitty.
–Pues no hay nada de particular, salvo que Mijail Alexie vich –aquél era el nombre del pintor – antes quería marchar sin
demora y ahora no se resuelve a partir.
–¿Y qué más? –apremió Kitty mirándola gravemente–. Pues que Ana Pavlovna dijo que su marido no quiere irse porque está
usted aquí. Ello lo dijo sin razón alguna, pero por ese motivo, por usted, hubo una disputa muy violenta entre los esposos. Ya
sabe lo irritables que son los enfermos...
Kitty, más taciturna cada vez, guardaba silencio. Vareñka seguía monologando tratando de calmarla y suavizar la expli -
cación, porque veía que Kitty estaba a punto de romper a llorar.
–Ya ve que es mejor que no vaya. Usted se hará cargo; no se ofenda, pero...
–¡Me lo merezco! ¡Me lo merezco! –dijo Kitty rápidamente, arrancando la sombrilla de manos de su amiga sin osar mirarla a
los ojos.
Vareñka sentía impulsos de sonreír ante la infantil cólera de su amiga, pero se contuvo por no ofenderla.
–¿Por qué se lo merece? No comprendo –dijo.
–Lo merezco porque todo esto que he estado haciendo era falso, fingido y no me salía del corazón. ¿Qué tengo yo que ver
con ese hombre ajeno a mí? ¡Y resulta que provoco una disputa por meterme a hacer lo que nadie me pedía! Es la consecuencia
de fingir.
–¿Qué necesidad había de fingir? –preguntó, en voz baja, Vareñka.
–¡Qué estúpido y qué vil ha sido lo que he hecho! ¡No, no había necesidad de fingir nada! –insistía Kitty, abriendo y
cerrando nerviosamente la sombrilla.
–Pero ¿con qué fin fingía?
–Para parecer más buena ante la gente, ante mí, ante Dios. ¡Para engañar a todos! No volveré a caer en ello. Es preferible ser
mala que mentir y engañar.
–¿Por qué dice usted engañar? –dijo, con reproche, Vareñka–. Lo dice usted como si...
Pero Kitty, presa de un arrebato de excitación, no la dejó terminar.
–No lo digo por usted; no se trata de usted. ¡Usted es per fecta, lo sé! Sí, sé que todas ustedes son perfectas. Pero ¿qué puedo
hacer yo si soy mala? Si yo no fuese mala, todo eso no habr ía sucedido. Seré la que soy, pero sin fingir. ¿Qué me im porta Ana
Pavlovna? Que ellos vivan como quieran y yo vi viré también como me plazca. No puedo ser sino como soy. No es eso lo que
quiero, no, no es eso...
–¿Qué es lo que no quiere? ¿A qué se refiere usted? –preguntó Vareñka, sorprendida.
–No, no es eso... No puedo vivir más que obedeciendo a mi corazón, mientras que ustedes viven según ciertas reglas... Yo
las he querido a ustedes con el alma y ustedes sólo me han querido a mí para salvarme, para enseñarme...
–No es usted justa –observó Vareñka.
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–No digo nada de los demás; hablo de mí.
–¡Kitty! –gritó la voz de su madre–. Ven a enseñar tu collar a papá.
Kitty, altanera, sin hacer las paces con su amiga, tomó de encima de la mesa la cajita con el co llar y fue a reunirse con su
madre.
–¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan encarnada? –le dijeron, a la vez, su padre y su madre.
–No es nada –contestó Kitty–. En seguida vuelvo.
Y se precipitó de nuevo en la habitación.
«Aún está aquí», pensó. «¡Dios mío¡ ¿Qu é he hecho, qué he dicho? ¿Por qué la he ofendido? ¿Y qué hará ahora? ¿Qué le
diré?» , y se detuvo junto a la puerta.
Vareñka, ya con el sombrero puesto, examinaba, sentada a la mesa, el muelle de la sombrilla que Kitty había roto en su
arrebato. Al entrar ésta, alzó la cabeza.
–¡Perdóneme, Vareñka, perdóneme! –murmuró Kitty, acercándose–. No sé ni lo que le he dicho... Yo...
–Por mi parte le aseguro que no quise disgustarla... –dijo la muchacha, sonriendo.
Hicieron las paces.
Pero con la llegada de su padr e había cambiado por com pleto todo el ambiente en que Kitty vivía. No renegaba de lo que
había aprendido, pero comprendió que se engañaba a sí misma pensando que podría ser lo que deseaba. Le parecía haber
despertado de un sueño. Reconocía ahora la dificultad de poder mantenerse a la altura de los hechos sin fingir ni enorgullecerse
de su actitud. Sentía, además, el dolor de aquel mundo de penas, de enfermedades, aquel mundo de moribundos en el que vivía.
Los esfuerzos que hacía sobre sí misma para amar l o que la rodeaba le parecieron una tortura y deseó volver pronto al aire
puro, a Rusia, a Erguchovo, donde, según la habían informado, había ido a vivir con sus hijos su hermana Dolly.
Pero su cariño a Vareñka no disminuyó. Al despedirse, Kitty le rogó que fuera a visitarla y a pasar una temporada con ella.
–Iré cuando usted se case –dijo la muchacha.
–No me casaré nunca.
–Entonces nunca iré.
–En ese caso lo haré aunque sólo sea para que venga. ¡Pero recuerde usted su promesa! –dijo Kitty.
Los augurios del doctor se realizaron: Kitty volvió curada a su casa, en Rusia.
No era tan despreocupada y alegre como antes, pero estaba tranquila. El dolor que sufriera en Moscú no era ya para ella más
que un recuerdo.
TERCERA PARTE
I
Sergio Ivanovich Kosnichev quiso descansar de su trabajo intelectual y, en vez de marchar al extranjero, según acostum -
braba, se fue a finales de mayo al campo para disfrutar de una temporada al lado de su hermano.
Constantino Levin se sintió muy satisfecho recibiéndolo, tanto más cuanto que en aquel verano ya no contaba que llegase su
hermano Nicolás.
A pesar del respeto y cariño que sentía hacia Sergio Ivno vich, Constantino Levin experimentaba al lado de su hermano un
cierto malestar. La manera que tenía éste de considerar al pueblo l e molestaba y le hacían desagradables la mayoría de las
horas pasadas allí en su compañía.
Para Constantino Levin el pueblo era el lugar donde se vive, es decir donde se goza, se sufre y se trabaja.
En cambio, para su hermano, era, de una parte, el lugar d e descanso de su labor intelectual, y de otra, como un antídoto
contra la corrupción de la ciudad, antídoto que él tomaba con placer comprendiendo su utilidad.
Para Constantino Levin el pueblo era bueno porque consti tuía un campo de nobles actividades: al go indiscutiblemente útil.
Para Sergio Ivanovich era bueno porque allí era posible y hasta recomendable no hacer nada.
Además, Constantino estaba disgustado con su hermano por el modo que tenía éste de considerar a la gente humilde. Sergio
Ivanovich decía que él la conocía mucho y la estimaba; a menudo hablaba con los campesinos, lo que sabía hacer muy bien, sin
fingir ni adoptar actitudes estudiadas, y en todas sus conversaciones descubría rasgos de carácter que honraban al pueblo y que
después se complacía él en generalizar.
Este modo de opinar sobre la gente humilde no placía a Levin, para el cual el pueblo no era más que el principal colaborador
en el trabajo común. Era grande su aprecio hacia los campesinos y el entrañable amor que por ellos sentía –amor que sin duda
mamó con la leche de su nodriza aldeana, como solía decir él –, y considerábase él mismo como un copartí cipe del trabajo
común; y a veces se entusiasmaba con la ener gía, la dulzura y el espíritu de justicia de aquella gente; pero en otras ocasiones,
cuando el trabajo requería cualidades distintas, se irritaba contra el pueblo, considerándolo sucio, ebrio y embustero.
Si hubieran preguntado a Constantino Levin si quería al pueblo, no habría sabido qué contestar. Al pueblo en particu lar,
como a la gente en general, la amaba y no la amaba a la vez. Cierto que, por su bondad natural, más tendía a querer que a no
querer a los hombres, incluyendo a los de clase humilde.
Pero amar o no a éstos como a algo particular no le era po sible, porque no sólo vivía con el pueblo, no sólo sus intereses le
eran comunes, sino que se consideraba a sí mismo como una parte del pueblo y ni en sí mismo ni en ellos veía defectos o
cualidades particulares, y no podía oponerse al pueblo.
Además, vivía con gran frecuencia en íntima relación con el campesino, como señor y como intermediario y principal mente
como consejero, ya que los aldeanos confiaban en él y a veces recorrían cuarenta verstas para pedirle consejos.
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Pero no tenía sobre el pueblo opinión definida. Si le hubiesen preguntado si conocía al pueblo o no, habríase visto en la
misma perplejidad que al contestar si le amaba o no le amaba. Decir si conocía al pueblo era para él como decir si conocía o no
a los hombres en general.
En principio estudiaba y sabí a conocer a los hombres de to das clases y entre ellos a los campesinos, a los que conside raba
buenos a interesantes. A menudo, observándolos, descubría en ellos nuevos rasgos de carácter que le llevaban a mo dificar su
opinión anterior y a formarse nuevas y distintas opiniones.
Sergio Ivanovich hacía lo contrario. Del mismo modo que alababa y amaba la vida del pueblo por contraste con la otra que
no amaba, así amaba también a la gente humilde por contraste con otra clase de gente, y de una manera absolutamente idéntica
conocía a esta gente como algo distinto y opuesto a los hombres en general.
En su metódico cerebro se habían creado formas definidas de la vida popular, deducidas parcialmente de esta misma vida,
pero deducidas también, y en mayor parte, por oposición a la contraria.
Jamás, pues, variaba su opinión sobre el pueblo ni la com pasión que le inspiraba. En las discusiones que los hermanos
mantenían sobre aquel tema siempre vencía Sergio Ivanovich, por poseer una opinión definida sobre los aldea nos sobre sus
caracteres, cualidades a inclinaciones, mientras que Constan tino Levin no tenía ideas fijas y firmes sobre la gente del pue blo,
por lo que siempre se le cogía en contradicción.
Para Sergio Ivanovich, su hermano menor era un buen mu chacho, con «el corazón en su sitio» (lo que solía expresar en
francés), de cerebro bastante ágil, pero esclavo de las impre siones del momento y lleno, por ello, de contradicciones. Con la
condescendencia de un hermano mayor, Sergio Ivanovich le explicaba a veces la significación de las cosas, pero no ex -
perimentaba interés en discutir con él porque le vencía demasiado fácilmente.
Constantino Levin tenía a su hermano por un hombre de inteligencia y cultura, noble en el más elevado sentido de la palabra
y dotado de grandes facultades de acción en pro de la sociedad. Pero en el fondo de su alma y a medida que aumentaba en años
y conocía mejor a su hermano, tanto más a menudo pensaba que aquella facultad de servir a la sociedad, de la cual Constantino
Levin se reconocía privado, quizá, al fin y al cabo, no fuera una cualidad, sino más bien un defecto. No un defecto de algo, no
una falta de buenos, nobles y honrados deseos a inclinaciones, sino una carencia de poder de vida efectiva, de ese impulso que
obliga al hombre a escoger y desear una determinada línea de vida entre todas las innumerables que se abren ante él.
Cuanto más conocía a su hermano, más observaba que Sergio Ivanovich, como muchos otros hombres que servían al bien
común, no se sentían inclinados a el lo de corazón, sino porque habían reflexionado y llegado a la conclusión de que aquello
estaba bien, y sólo por tal razón se ocupaban de ello.
La suposición de Constantino Levin se confirmaba por la observación de que su hermano no tomaba más a pecho las
cuestiones del bien colectivo y de la inmortalidad del alma que las de las combinaciones de ajedrez o la construcción in geniosa
de alguna nueva máquina.
Además, Constantino Levin se sentía a disgusto en el pue blo cuando estaba su hermano allí, sobre todo durante el verano,
pues en esta época estaba siempre ocupado en los traba jos de su propiedad y aun en todo el largo día estival le faltaba tiempo
para sí mismo, para poder atender a todo, mientras Sergio Ivanovich descansaba. Sin embargo, aunque descan sase ahora, es
decir no escribiera obra alguna, estaba tan he cho a la actividad cerebral que le gustaba explicar en forma breve y elegante los
pensamientos que acudían a su mente, y le gustaba tener a alguien que le escuchase.
El oyente más continuo era, n aturalmente, su hermano. Por este motivo, a pesar de la sencillez amistosa de sus relaciones,
Constantino Levin no sabía cómo arreglárselas cuando tenía que dejar solo a Sergio Ivanovich.
A éste le gustaba tenderse en la hierba bajo el sol y permanecer así, charlando perezosamente.
–No sabes qué placer experimento sumergiéndome en esta pereza ucraniana. Tengo la cabeza completamente vacía de
pensamientos. Podría hacerse rodar por ella una pelota.
Pero Constantino Levin se aburría de estar sentado escu chando a su hermano, sobre todo porque sabía que, mientras ellos
hablaban, los campesinos debían de estar lavando el es tercolero o trabajando en el campo no preparado aún, y que si él no
estaba allí iban a hacerlo de cualquier manera. Pensaba también que segu ramente no atornillarían suficientemente las rejas de
los arados ingleses y luego las apartarían afirmando que aquellos arados eran invenciones de tontos y que sólo el arado
corriente, etcétera.
–¿No has andado ya bastante con este calor? –le decía Sergio Ivanovich.
–No... Tengo que pasar un momento por el despacho... –contestaba Levin.
Y se iba al campo corriendo.
II
A primeros de junio, el aya y ama de llaves Agafia Mijai lovna, un día que bajaba al sótano con un tarro de setas recién
saladas en las manos, resbaló, cayó y se lastimó la muñeca.
Llegó el joven médico rural, recién salido de la Facultad y muy hablador. Miró la mano, dijo que no estaba dislocada y se
apresuró a entablar conversación con el célebre Sergio Ivanovich.
Para mostrarle sus ideas avanzadas, le contó todas las co madrerías de la provincia, quejándose de la mala organiza ción del
zemstvo.
Sergio Ivanovich le escuchaba con atención, le pregun taba... Animado por el nuevo auditor, habló y expuso algunas
observaciones justas y concretas –que fueron respetuosa mente apreciadas por el joven médico –, animándose mucho, como
siempre le ocurría después de una conversación agradable y brillante.
Cuando el médico se hubo ido, Sergio Ivanovich quiso ir a pescar con caña; le gustaba la pesca y se mostraba casi orgulloso
de que una ocupación tan estúpida pudiera gustarle.
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Constantino Levin, que tenía que echar un vistazo a los hombres que estaban arando y también a los prados, ofreció a su
hermano llevarle hasta el río en su carretela.
Era la época del año en que el grano llega ya a su madurez, cuando hay que prepararse ya para la siembra de la próxima
cosecha; se acerca la siega y el centeno, crecido ya, con su ligero tallo verdegrís y su espiga no acabada aún de llenar, on dea
bajo el viento; la época en que las verdes avenas, con las matas de hierba amarillentas que brotan, aisladas entre ellas, se
extienden irregularmente en los sembrados tardíos; cuando se abre el alforfón y sus granos cubren la tierra; cuando la bar -
bechera, pisoteada por los animales y endurecida como la piedra, con la que no puede la raspa, se ve ya con sus surcos trazados
hasta la mitad; cuando los secos montones de estiércol llevados a los campos al nacer y al ponerse el sol mezclan su olor al
perfume de las hierbas, y cu ando en las tierras bajas, esperando la guadaña, se extienden como un mar inmenso los prados
ribereños con los negreantes montones de tallos de acederas arrancados.
Era, pues, la época en que se produce un corto descanso en los trabajos del campo antes de la recolección anual que reúne
todos los esfuerzos del pueblo.
La cosecha era espléndida; los días, claros y calurosos; las noches, cortas y húmedas de rocío.
Los hermanos tenían que pasar por el bosque para llegar a los prados, Sergio Ivanovich iba admira ndo la belleza del bosque,
magnífico de hojas y verdor. Llamaba la atención de su hermano, ora sobre un viejo tilo, oscuro en su parte de som bra, pero
rico de colorido con sus amarillos brotes prontos a florecer, ora sobre los tallos nuevos de otros árbo les que brillaban como
esmeraldas.
A Constantino Levin no le agradaba hablar ni que le habla sen de las bellezas de la naturaleza. Las palabras despojaban de
belleza al paisaje.
Respondía, pues, a su hermano con distraídos monosílabos, mientras, contra su voluntad, iba pensando en otras cosas.
Al salir del bosque atrajo su atención el campo en barbecho de una colina: aquí ya cubierto de amarilla hierba, allí labrado en
cuadros, más allá salpicado de montones de estiércol y en otros puntos arado.
Pasaba por el campo una fila de carros. Levin los contó y se alegró al ver que llevaban todo lo necesario. Contemplando los
prados sus pensamientos pasaron a la siega. Este momento le producía siempre una intensa emoción.
Al llegar al prado, Levin detuvo el caballo.
El rocío matinal humedecía aún la parte inferior de las hier bas, por lo cual, para no mojarse los pies, Sergio Ivanovich pidió
a su hermano que le llevase con la carretela hasta el sauce que se alzaba en el lugar señalado para pescar. Constan tino Levin, a
pesar del disgusto que le producía aplastar la hierba de su prado, dirigió el coche a través de él.
Las altas hierbas se abatían suavemente bajo las ruedas y las patas del caballo, y en los cubos y radios de las ruedas se
desgranaban las semillas.
Sergio Ivanovich se sentó bajo el sauce, arreglando sus útiles de pesca. Levin ató el caballo no lejos de allí y se internó en el
enorme mar verde oscuro del prado, inmóvil, no agitado por el menor soplo de viento. La hierba, suave como seda, en el lugar
adonde alcanzaba, en primavera, el agua del río al salirse de madre, le llegaba hasta la cintura.
A través del prado, Constantino Levin saltó al camino y en contró a un viejo, con un ojo muy hinchado, que llevaba una
colmena con abejas.
–¿Las has cogido, Tomich? –preguntó Levin.
–¡Quia, Constantino Dmitrievich! ¡Gracias si consigo guar dar las mías! Ya se me han marchado por segunda vez. Menos
mal que sus muchachos las alcanzaron. Los que están trabajando el campo... Desengancharon un caballo y las cogieron.
–Y qué, Tomich: ¿qué te parece? ¿Conviene segar ya o esperar más?
–A mi parecer, habrá que esperar hasta el día de San Pe dro. Ésta es la costumbre. Claro que usted siega siempre an tes. Si
Dios quiere, todo irá bien. La hierba está muy crecida. Los animales quedarán contentos.
–¿Y qué te parece el tiempo?
–Eso ya depende de Dios. Quizá haga buen tiempo.
Levin se acercó otra vez a su hermano, que, con aire distraído, estaba con la caña en las manos.
La pesca era mala, pero Sergio Ivanovich no se aburría y parecía hallarse de excelente buen humor.
Levin notaba que, animado por la charla con el médico, su hermano tenía deseos de hablar más. Pero él quería volver a casa
lo antes posible para dar órdenes de que los segadores fueran al campo al día siguiente y r esolver las dudas relativas a la siega,
que constituían en aquel momento su mayor preocupación.
–Vámonos ––dijo.
–¿Para qué apresurarnos? Estemos aquí un rato más. Oye: estás muy mojado. En este sitio no se pesca nada, pero se en -
cuentra uno muy bien. El encanto de estas ocupaciones consiste en que ponen a uno en contacto con la naturaleza. ¡Qué bella
es esta agua! ¡Parece de acero! ––continuó–. Estas ori llas de los ríos cubiertas de hierba me recuerdan siempre aquella
adivinanza... ¿Recuerdas?, que dice: «la hierba dice al agua: vamos a forcejear, a forcejear»...
–No conozco esa adivinanza–respondió Constantino Levin con voz opaca.
III
–He estado pensando en ti –dijo Sergio Ivanovich–. ¡Hay que ver lo que sucede en tu provincia! Por lo que me contó el
médico veo que... Por cierto que ese muchacho no parece nada tonto... Ya te he dicho, y te lo repito, que no está bien que no
asistas a las juntas rurales de la provincia y que te hayas alejado de las actividades del zemstvo. Si la gente de nuestra clase s e
aparta, claro es que las cosas habrán de ir de cualquier modo... Nosotros pagamos el dinero que ha de destinarse a sueldos, pero
no hay escuelas, ni médicos auxiliares, ni comadronas, ni farmacias, ni nada...
–Ya he probado –repuso Levin en voz baja y desganada– y no puedo. ¿Qué quieres que haga?
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–¿Por qué no puedes? Confieso que no lo comprendo. No admito que sea por indiferencia o ineptitud. ¿Será por pereza?
–Ninguna de las tres cosas. Es que he probado y visto que no puedo hacer nada –replicó Levin.
Apenas pensaba en lo que le decía su hermano. Tenía la mirada fija en la tierra labrada de la otra orilla, donde distin guía un
bulto negro que no podía precisar si era un caballo solo o el caballo de su encargado montado por aquél.
–¿Por qué no puedes? P robaste y no resultó como querías. ¡Y por eso te consideraste vencido! ¿Es que no tienes amor
propio?
–No comprendo a qué amor propio te refieres ––contestó Levin, picado por las palabras de su hermano –. Si en la Uni -
versidad me hubieran dicho que los demá s comprendían el cálculo integral y yo no, eso sí que habría sido un caso de amor
propio. Pero en este caso tienes que empezar por con vencerte de que no careces de facultades para esos asuntos y además, y
eso es lo principal, tienes que tener la convicción de que son importantes.
–¿Acaso no lo son? –preguntó Sergio Ivanovich, ofen dido de que su hermano no diera importancia a lo que tanto le
preocupaba a él y ofendido, también, de que Levin casi no le escuchara.
–No me parecen importantes y no me interesan . ¿Qué quieres? –repuso Levin, advirtiendo ya que la figura que se
acercaba.era el encargado y que seguramente éste habría hecho retirar a los obreros del campo labrado, ya que éstos regresaban
con sus instrumentos de trabajo. «Es posible que hayan terminado ya de arar», pensó.
–Escúchame ––dijo su hermano mayor, arrugando las cejas de su rostro hermoso a inteligente–. Todo tiene sus límites. Está
muy bien ser un hombre excepcional, un hombre sincero, no soportar falsedades... Ya sé que todo eso está mu y bien. Pero lo
que tú dices, o no tiene sentido, o lo tiene muy profundo. ¿Cómo puedes no dar importancia a que el pueblo, al que tú amas,
según aseguras...
«Jamás lo he asegurado», pensó Levin.
–... muera abandonado? Las comadronas ineptas ahogan a los niños, y el pueblo en general se ahoga en la ignorancia y está a
merced del primer funcionario que encuentra. Entre tanto, tú tienes a tu alcance el medio de ayudarles y no lo ha ces por
encontrarlo innecesario.
Sergio Ivanovich le ponía en un dilema: o Lev in era tan poco inteligente que no comprendía cuanto le era dable hacer o no
quería sacrificar su tranquilidad, vanidad o lo que fuera para hacerlo.
Levin reconocía que no le quedaba más remedio que someterse o reconocer su falta de interés por el bien común. Aquello le
disgustó y le ofendió.
–Ni una cosa ni otra –contestó rotundamente Levin–. No veo la posibilidad de...
–¿Cómo? ¿No es posible, empleando bien el dinero, organizar la asistencia médica al pueblo?
–No me parece posible. En las cuatro mil ve rstas cuadradas de nuestra circunscripción, con los muchos lugares del río que
no se hielan en invierno, con las tempestades, con las épocas de trabajo en el campo, no veo modo de llevar a todas partes la
asistencia médica. Además, por principio, no creo en la medicina.
–Permíteme que te diga que eso no es razonable. Te pondría miles de ejemplos. Y luego, las escuelas...
–¿Para qué sirven?
–¿Qué dices? ¿Qué duda puede caber sobre la utilidad de la instrucción? Si es conveniente para ti, es conveniente para todos.
Constantino Levin se sentía moralmente acorralado. Se irritó, pues, más aún a involuntariamente explicó el motivo esencial
de su indiferencia por el interés común.
–Bien: todo eso podrá ser muy acertado, pero no sé por qué voy a preocuparme de la instalación de centros sanitarios, cuyos
servicios no necesito nunca, y de procurar la instala ción de escuelas a las que no voy a mandar a mis hijos jamás. Aparte de
que no estoy muy seguro de que convenga enviar a los niños a la escuela –dijo.
Por un momento, Sergio Ivanovich quedó sorprendido ante aquella inesperada objeción, pero en seguida formó un nuevo
plan de ataque.
Calló unos intantes, sacó la caña del agua, la cambió de posición y se dirigió, sonriendo, a su hermano.
–Dispensa que te diga: primero, que el auxilio médico lo has necesitado ya. Acabas de enviar a buscar al médico rural para
Agafia Mijailovna.
–Pues creo que ésta se quedará con la mano torcida.
–Eso no se sabe aún. Por otra parte, supongo que un campesino no analfabeto, un operario que sepa leer y escribir, te es más
útil que los que no saben.
–No. Pregúntaselo a quien quieras –respondió Constantino Levin–. El campesino culto es mucho peor como opera rio. No
saben ni arreglar los caminos... y en cuanto arreglan los puentes los roban...
–De todos modos... –insistió Sergio Ivanovich.
Y frunció las cejas. No le gustaban las contradicciones, y menos las que saltaban de un tema a otro, presentando nuevas
demostraciones inconexas, no sabiendo nunca a cual contestar.
–De todos modos, no se trata de eso. Permíteme... ¿Reconoces que la instrucción es beneficiosa para el pueblo?
–Lo reconozco –dijo Levin impremeditadamente.
Y en seguida comprendió que había dicho una cosa que no pensaba. Reconoció que, admitido aquel postulado, podía re -
plicársele que entonces decía necedades, cosas sin sentido. Cómo se le pudiera demostrar no lo sabía, pero estaba seguro de
que iba a demostrársele lógicamente y se dispuso a esperar tal demostración.
Ésta fue mucho más sencilla de lo que aguardaba.
–Si reconoces que es un bien –dijo Sergio Ivanovich–, entonces, como hombre honrado, no puedes dejar de simpati zar con
esa obra y no puedes negarte a trabajar para ella,
–No reconozco esa obra como buena –repuso Constantino Levin sonrojándose.
–¿Cómo? ¡Si has dicho que sí ahora mismo!
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–Quiero decir que no me parece que sea conveniente ni posible.
–No puedes saberlo, puesto que no has aplicado tus esfuerzos a ello.
–Supongamos –repuso Levin–, aunque yo no lo su pongo, supongamos que todo sea como tú dices. Ni aun así veo por qué
habría de ocuparme yo de tal cosa.
–¿Cómo que no?
–Acuérdate de que ya una vez hablamos de esto y ya entonces te dije mi opinión. Pero ya que hemos llegado otra vez a esto,
explícamelo desde el punto de vista filosófico –dijo Levin.
–No veo qué tiene que ver con esto la filosofía –repuso Sergio Ivanovich.
Y su tono irritó a Levin, porque parecía dar a comprender que él no tenía autoridad para ocuparse de filosofía.
–Ahora te lo diré yo –repuso ya acalorado–. Supongo que el móvil de todos nuest ros actos es, en resumen, nuestra felicidad
personal. Y en la institución del zemstvo, yo, como noble, no veo nada que pueda favorecer mi bienestar. Por ello los caminos
no son mejores ni pueden mejorarse. Además, mis caballos me llevan muy bien por los caminos mal arreglados. No necesito al
médico ni al puesto sanitario. Tampoco necesito al juez del distrito, a quien nunca me he dirigido ni dirigiré. No sólo no
necesito escuelas, sino que me perjudican, según lo he demostrado. Para mí, el zemstvo se reduce a tener que pagar dieciocho
copecks por deciatina de tierra, a la obligación de ir a la ciudad a pasar una noche en cuartos con insectos y luego a tener que
oír necedades y disparates. Mi interés personal no me aconseja soportar eso.
–Permíteme –interrumpió Sergio Ivanovich, sonriendo–. El interés personal no nos aconsejaba procurar la liberación de los
siervos y, sin embargo, lo hemos procurado.
–¡No! –interrumpió Constantino Levin, animándose –. La liberación de los siervos era otra cosa. Allí había un interés
personal. Queríamos quitar un yugo que nos oprimía a toda la gente buena. Pero ser vocal de un consejo para deliberar sobre
cuántos deshollinadores son necesarios y sobre la necesidad de instalar tuberías en la ciudad en la que no vivo; tener, com o
vocal, que juzgar a un aldeano que robó un jamón, escu chando durante seis horas las tonterías que sueltan defensores y
fiscales, mientras el presidente pregunta, por ejemplo, a mi viejo Alecha el tonto: «¿Reconoce usted, señor acusado, el hecho
de haber robado el jamón?», y Alecha el tonto contesta: «¿Qué...?».
Constantino Levin, ya lanzado por este camino, comenzó a imitar al presidente y a Alecha el tonto, como si todo ello tu viera
alguna relación con lo que decían.
Sergio Ivanovich se encogió de hombros.
–¿Qué quieres decir?
–Quiero decir que los derechos que mi... que son... que tratan de mis intereses, los defenderé con todas mis fuerzas. Cuando
los gendarmes registraban nuestras habitaciones de estudiantes y leían nuestros periódicos, estaba, como estoy ahora, dispuesto
a defender mis derechos a la libertad y la cul tura. Me intereso por el servicio militar obligatorio, que afecta a mis hijos, a mis
hermanos, a mí mismo, y estoy dispuesto a discutir sobre él cuanto haga falta, pero no puedo juzgar s obre cómo han de
distribuirse los fondos del zemstvo ni sentenciar a Alecha el tonto. No comprendo todo eso y no puedo hacerlo.
Parecía haberse roto el dique de la elocuencia de Levin. Sergio Ivanovich sonrió.
–Entonces, si mañana tienes un proceso, preferirás que lo juzguen por la antigua audiencia de lo criminal.
–No tendré proceso alguno. No cortaré el cuello a nadie y no necesito juzgados. El zemstvo –continuaba Levin, saltando a un
asunto que no tenía relación alguna con el tema – se parece a esas ramitas de abedul que poníamos en casa por todas partes el
día de la Santísima Trinidad para que imitasen la primitiva selva virgen de Europa. Me es imposible creer que, si riego esas
ramas de abedul, van a crecen
Sergio Ivanovich se encogió de hombros, expre sando en este gesto su sorpresa porque salieran a relucir en su discu sión
aquellas ramas de abedul, aunque comprendió en seguida lo que su hermano quería dar a entender.
–Perdóname, pero de este modo no se puede hablar ––observó.
Pero Constantino Levin quería disculparse de aquel defecto de su indiferencia hacia el bien común y continuó:
–Creo que ninguna actividad puede ser práctica si no tiene por base el interés personal. Esta verdad es filosófica ––dijo con
energía, repitiendo la palabra «filosófica» como subrayando que también él, como todos, tenía derecho a hablar de filosofía.
Sergio Ivanovich sonrió otra vez.
«También él tiene una filosofía propia: la de servir sus inclinaciones», pensó.
–Deja la filosofía ––dijo en voz alta–. El fin principal de la filosofía de todas las épocas consiste precisamente en en contrar
la relación necesaria que debe existir entre el interés personal y el común. Pero no se trata de eso; debo corregir tu
comparación. Los abedules que decías no estaban plantados en tierra y éstos sí, aunque, como no están crecidos aún, hay que
cuidarlos. Sólo tienen porvenir, sólo pueden figurar en la historia, los pueblos que tienen consciencia de lo que hay de
necesario a importante en sus instituciones y las aprecian.
Sergio Ivanovich l levó así el tema a un terreno histórico –filosófico inaccesible para su hermano, demostrándole todo lo
injusto de su punto de vista.
–Se trata de que a ti esto no te gusta y ello es, y perdóname, característico de nuestra pereza rusa, de nuestra clase. Mas estoy
seguro de que es un error pasajero que no durará.
Levin callaba. Se reconocía batido en toda la línea, pero a la vez comprendía que su hermano no había sabido interpretar su
pensamiento. No veía si no había sido comprendido por no saber explicarse mejor y con más claridad o porque el otro no
quería comprenderle. Mas no profundizó en aquellos pensa mientos y, sin replicar a su hermano, permaneció pensativo, en -
simismado en el asunto personal que entonces le preocupaba.
Sergio Ivanovich volteó una vez más el sedal en tomo a la caña. Luego desataron el caballo y regresaron a casa.
IV
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El asunto personal que preocupaba a Levin durante su con versación con su hermano era el siguiente: cuando el año pa sado,
habiendo ido Levin a la siega, se enfadó con su encargado, empleó su medio habitual de calmarse: coger una guadaña de
manos de un campesino y ponerse a segar.
El trabajo le gustó tanto que algunas veces se puso espontáneamente a guadañar; segó todo el prado de frente de casa, y este
año, ya desde la primavera, se había formado el plan de pasar días enteros guadañando con los campesinos.
Desde que había llegado su hermano, Constantino Levin no hacía más que pensar si debía hacer lo proyectado o no. No le
parecía bien dejar solo a su hermano durante días enteros y además temía que Sergio Ivanovich se burlara de él.
Pero mientras pasaba por el prado, al recordar el placer que le producía manejar la guadaña, resolvió hacerlo. Y tras la
disputa con su hermano volvió a recordar su decisión.
«Necesito ejercicio físico», pensó. «De lo contrario, se me agria el carácter.»
Resolvió, pues; tomar parte en la siega, aunque pareciera incorrecto con respecto a su hermano, y miráralo la gente como lo
mirara.
Por la tarde se fue al despacho, dio órdenes para el trabajo y envió a buscar segadores en los pueblos cercanos, a fin de segar
al día siguiente el prado de Vibumo, que era el mayor y el mejor de todos.
–Hagan también el favor de enviar mi guadaña a Tit, para que la afile y me la tenga lista para mañana. Quizá traba je yo
también –dijo, tratando de disimular su turbación.
El encargado, sonriendo, repuso:
–Bien, señor.
Por la noche, durante el té, Levin dijo a su hermano:
–Como el tiempo parece bueno, mañana empiezo a segar.
–Es muy interesante ese trabajo –dijo Sergio Ivanovich.
–A mí me encanta. A veces he segado yo con los aldeanos. Mañana me propongo hacerlo todo el día.
Sergio Ivanovich, levantando la cabeza, miró a su hermano con atención.
–¿Cómo? ¿Con los campesinos? ¿Igual que ellos? ¿Todo el día?
–Sí; es muy agradable –contestó Levin.
–Como ejercicio físico es excelente, pero no sé si podrás resistirlo –dijo Sergio Ivanovich sin ironía alguna.
–Lo he probado. Al principio parece difícil, pero luego se acostumbra uno. Espero no quedarme rezagado.
–¡Vaya, vaya! Pero dime: ¿qué opinan de eso los aldeanos? Seguramente se burlarán de las manías de su señor.
–No lo creo. Ese trabajo es tan atrayente y a la vez tan difícil que no queda tiempo para pensar.
–¿Y cómo vas a comer con ellos? Porque seguramente no irán a llevarte allí el vino Laffite y el pavo asado.
–No. Vendré a casa mientras ellos descansan.
A la mañana siguiente, Levin se levantó más temprano que nunca, pero las órdenes que tuvo que dar le entretuvieron y,
cuando llegó al prado, los segadores empezaban ya la segunda hilera.
Desde lo alto de la colina se descubría la parte segada del prado, con los bultos negros de los caftanes que se habían qui tado
l
infancia, y que consistía en asistir a oficios y víspe ras en el «Asilo de Viudas Nobles», donde se encontraba gente conocid a, y
en aprender de memoria con los «padrecitos» ortodoxos los textos religiosos eslavos.
La nueva idea que ahora recibía de la religión era elevada, mística, unida a sentimientos y pensamientos hermosos. Así cabía
creer en la religión no porque estuviera ordenado, sino porque la creencia resultaba digna de ser amada.
Kitty no llegó a tal conclusión porque se lo dijeran. Madame Stal hablaba con Kitty como con una niña simpática,
admirándola, hallando en ella los recuerdos de su propia juventud. Sólo una vez le dijo que en todas las penas humanas no hay
consuelo sino en el amor de Dios y la fe, y que Cristo, en su infinita compasión por nosotros, no encuentra penas tan pequeñas
que no merezcan su consuelo. Y poco después, madame Stal cambió de conversación.
Pero en cada uno de sus movimientos, de sus palabras, de sus miradas celestiales, como calificaba Kitty las miradas de
madame Stal, y sobre todo en la historia de su vida, que Kitty conoció por Vareñka, aprendió la joven «lo más importante»,
hasta entonces ignorado por ella.
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Así, notó que, al preguntarle por sus padres, la Stal sonreía con desdén, lo que era contrario a la caridad cristiana. Tam bién
advirtió que, una vez que Kitty halló allí a un cura cató lico, madame Stal procuraba mantener su rostro fuera de la luz de la
lámpara mientras sonreía de un modo peculiar.
Por insignificantes que fueran estas observaciones, pertur baban a Kitty, despertando dudas en ella sobre madame Stal.
Vareñka, en cambio, sola en el mundo, sin parientes ni ami gos, con s u triste desengaño, no esperando nada de la vida ni
sufriendo ya por nada, era el tipo de la perfección con que la Princesita soñaba.
Kitty llegó a comprender que a Vareñka le bastaba olvidarse de sí misma y amar a los demás para sentirse serena, buena y
feliz. Así habría deseado ser ella. Comprendiendo ya con claridad qué era «lo más importante», Kitty no se limitó a admirarlo,
sino que se entregó en seguida con toda su alma a aquella vida nueva que se abría ante ella. Por las referencias de Vareñka
respecto a cómo procedían madame Stal y otras personas que le nombraba, Kitty trazó el plan de su vida para el futuro. Como
la sobrina de madame Stal, Alina, de la que Vareñka le hablaba mucho, Kitty se propuso, doquiera que estuviese, buscar a los
desgraciados, auxiliarles en la medida de sus fuerzas, regalarles evangelios y leerlos a los enfermos, criminales y moribundos.
La idea de leer el Evangelio a los criminales, como hacía Alma, era lo que más seducía a Kitty. Pero la joven guardaba en
secreto estas ilusiones sin comunicarlas ni a Vareñka ni a su madre.
En espera del momento en que pudiera realizar sus planes con más amplitud, Kitty encontró en el balneario, donde había
tantos enfermos y desgraciados, la posibilidad de practicar las nuevas reglas de vida que se imponía, a imitación de Vareñka.
La Princesa, al principio, no observó sino que su hija es taba muy influida por su engouement, como ella decía, hacia
madame Stal y sobre todo hacia Vareñka. Notaba que no sólo Kitty imitaba a la muchacha en su activ idad, sino que la imitaba,
sin darse cuenta, en su modo de andar, de hablar, hasta de mover las pestañas. Pero después la Princesa reparó en que se
operaba en Kitty, aparte de su admiración por Vareñka, un importante cambio espiritual.
Veía a su hija leer por las noches el Evangelio francés que le regalara madame Stal, cosa que antes no hacía nunca; reparaba
en que rehuía las amistades del gran mundo y en que trataba mucho a los enfermos protegidos de Vareñka y, en especial, a una
familia pobre: la del pintor Petrov, que estaba muy enfermo.
Kitty se mostraba orgullosa de desempeñar el papel de enfermera en aquella familia.
Todo ello estaba bien y la Princesa no tenía nada que obje tar contra aquella actividad de su hija, tanto más cuanto que la
mujer de Petrov era una persona distinguida, y que la princesa alemana, al enterarse de lo que hacía Kitty, la había elogiado,
llamándola un ángel consolador.
Sí, todo habría estado muy bien de no ser exagerado. Pero la Princesa advertía que su hija tendía a exagerar y hubo de
advertirla.
–Il ne faut jamais rien outrer.
Kitty, no obstante, nada contestaba, sino que se limitaba a pensar que no puede haber exageración en hacer obras carita tivas.
¿Acaso es exagerado seguir el precepto de presentar la me jilla izquierda al que nos abofetea la derecha o el de dar la camisa a
quien le quita a uno el traje?
Pero a la Princesa le desagradaban tales extremos, y más aún el comprender que su hija ahora no le abría completamente el
corazón. En realidad, Kitty ocultaba a la Princesa sus nuevas impresiones y sentimientos no porque no quisiera o no respetara a
su madre, sino precisamente por ser madre suya.
Mejor habría abierto su corazón ante cualquiera que ante ella.
–Hace mucho tiempo que Ana Pavlovna no viene a casa –dijo una vez la Princesa, refiriéndose a la Petrova–. La he invitado
a venir, pero me ha parecido que estaba algo disgustada conmigo...
–No lo he notado ––dijo Kitty ruborizándose.
–¿Hace mucho que no les has visto?
–Mañana tenemos que ir a dar un paseo hasta las montañas –repuso Kitty.
–Bien; id –dijo la Princesa, contemplando el rostro turbado de su hija y esforzándose en adivinar las causas de su confusión.
Aquel mismo día Vareñka comió con ellos y anunció que la Petrova desistía del paseo a la montaña. La Princ esa notó que
Kitty volvía a ruborizarse.
–¿Te ha sucedido algo desagradable con los Petrov, Kitty? –preguntó la Princesa cuando quedaron a solas, ¿Por qué no envía
aquí a los niños ni viene nunca?
Kitty contestó que no había pasado nada y que no comprendía que Ana Pavlovna pudiera estar disgustada con ella.
Y decía verdad. No conocía en concreto el motivo de que la Petrova hubiera cambiado de actitud hacia ella, pero lo adi -
vinaba. Adivinaba algo que no podía decir a su madre, una de esas cosas que uno sab e pero que no puede ni confesarse a sí
mismo por lo vergonzoso y terrible que sería cometer un error.
Recordaba sus relaciones con la familia Petrov. Evocaba la ingenua alegría que se pintaba en el bondadoso rostro redondo de
Ana Pavlovna cuando se encontr aban, recordaba sus con versaciones secretas respecto al enfermo, sus invenciones para
impedirle trabajar, lo que le habían prohibido los médi cos, y para sacarle de paseo. Se acordaba del afecto que le te nía el niño
pequeño, que la llamaba «Kitty mía» y no quería acostarse si ella no estaba a su lado para hacerle dormir.
¡Qué agradables eran aquellos recuerdos! Luego evocó la fi gura delgada de Petrov, su cuello largo, su levita de color
castaño, sus cabellos ralos y rizados, sus interrogativos ojos azule s que al principio asustaban a Kitty, y recordó también los
esfuerzos que hacía para aparentar fuerza y animación ante ella.
Además se acordaba de la repugnancia que él le inspiraba al principio –como se la inspiraban todos los tuberculosos y el
cuidado con que escogía las palabras que le tenía que de cir. Volvía a ver la mirada tímida y conmovida que le dirigía Petrov y
experimentaba de nuevo el extraño sentimiento de compasión y humildad, unido a la consciencia de obrar bien, que la
embargaba en aquellos instantes.
Comentario: «No hay que
exagerar nunca.»
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Sí: todo ello se había deslizado perfectamente en los pri meros días. Ahora, desde hacía poco, todo había cambiado. Ana
Pavlovna recibía a Kitty con amabilidad fingida y vigilaba sin cesar a su marido y a la joven.
¿Era posible que la conmove dora alegría que experimen taba Petrov al llegar ella fuera la causa de la frialdad de Ana
Pavlovna?
« Sí», pensaba Kitty; había algo poco natural en Ana Pav lovna, algo que no era propio de su bondad en el acento con que
dos días antes le dijera enojada:
–Mi marido la esperaba; no quería tomar el café hasta que usted llegase, aunque sentía debilidad...
«Sí; quizá la Petrova se disgustó conmigo por haberle dado la manta a su marido. El hecho en sí carece de importancia...
Pero él la cogió turbándose y me di o tantas veces las gracias que quedé confundida... Y luego ese retrato mío que ha pin tado
tan admirable... Y lo peor es su mirada, tan dulce, tan tí mida... Sí, sí; eso es», se repetía Kitty, horrorizada. « Pero no debe, no
puede ser. ¡El pobre me inspira tanta compasión ...!»
Aquella duda envenenaba, ahora, el encanto de su nueva vida.
XXXIV
Poco antes de concluir el período de cura de aguas, el prín cipe Scherbazky vino a reunirse con su familia, que desde
Carlsbad había ido a Baden y a Kessingen para visitar a unos amigos rusos, para respirar aire ruso, como él decía.
Las opiniones del Príncipe y de su esposa respecto a la vida en el extranjero eran diametralmente opuestas.
La Princesa lo encontraba todo admirable y, pese a su buena posición en la soci edad rusa, en el extranjero procuraba parecer
una dama europea, lo que conseguía con dificultad, ya que, tratándose en realidad de una dama rusa, tenía que fingir y ello la
cohibía bastante.
El Príncipe, por el contrario, encontraba malo todo lo extranjero, le aburría la vida europea, conservaba sus costumbres rusas
y fuera de su patria procuraba mostrarse adrede menos europeo de lo que lo era en realidad.
El Príncipe volvió más delgado, con la piel de las mejillas colgándole, pero en excelente disposici ón de ánimo, que aún
mejoró al ver que Kitty había curado por completo.
Las referencias de la amistad de su hija con madame Stal y Vareñka y las observaciones de la Princesa sobre el cambio
operado en Kitty impresionaron al Príncipe, despertando en él su h abitual sentimiento de celos hacia todo cuanto atraía a su
hija fuera del círculo de sus afectos. Le asustaba que Kitty pu diera substrarse a su influencia, alejándose hasta parajes inac -
cesibles para él.
Pero tales noticias desagradables se hundieron en el mar de alegría y bondad que le animaba siempre y que había aumentado
después de tomar las aguas de Carlsbad.
Al día siguiente de su regreso, el Príncipe, vestido con un largo gabán, con sus fofas mejillas sostenidas por el cuello al -
midonado, se dirigió al manantial con su hija en muy buen estado de espíritu.
La mañana era espléndida; brillaba un sol radiante. Las ca sas limpias y alegres, con sus jardincitos, el aspecto de las sir -
vientas alemanas, joviales en su trabajo, de manos rojas, de rostros col orados por la cerveza; todo ello llenaba de gozo el
corazón.
Pero al aproximarse al manantial encontraban enfermos de aspecto mucho más deplorable aún por contraste con las con -
diciones normales de la bien organizada vida alemana.
A Kitty ya no le sorprend ía tal contraste. El sol brillante, el vivo verdor, el son de la música, le resultaban el marco natural
de toda aquella gente tan familiar para ella, con sus alter nativas de peor o mejor salud, de buen o mal humor a que es taban
sujetos.
Pero al Príncipe la luz y el esplendor de la mañana de ju nio, el sonar de la orquesta que tocaba un alegre vals de moda y,
sobre todo, el aspecto de las rozagantes sirvientas le pare cían ilógicos y grotescos en contraste con aquellos muertos vivientes,
llegados de toda Europa, que se movían con fatiga y tristeza.
No obstante el sentimiento de orgullo que le inspiraba el llevar del brazo a su hija, lo que le daba la impresión de vol ver a la
juventud, se sentía cohibido y molesto de su andar se guro, de sus miembros sólido s, de su cuerpo de robusta com plexión.
Experimentaba lo que un hombre desnudo sentiría encontrándose en una reunión de personas vestidas.
–Preséntame a tus nuevas amistades ––dijo a su hija opri miéndole el brazo con el codo –. Hoy siento simpatía hasta po r la
asquerosa agua bicarbonatada que te ha repuesto de ese modo. ¡Pero es tan triste ver esto! Oye, ¿quién es ése?
Kitty iba nombrándole las personas conocidas y desconocidas que encontraban en el curso de su paseo.
En la misma entrada del jardín hallaro n a madame Berta, la ciega, y el Príncipe se sintió contento ante la expresión que
animó el rostro de la anciana francesa al oír la voz de Kitty. Madame Berta habló al Príncipe con su exagerada amabilidad
francesa, alabándole aquella hija tan bondadosa, ensalzándola hasta las nubes y calificándola de tesoro, perla y ángel de
consuelo.
–En ese caso es el ángel número dos –dijo el Príncipe sonriendo –, porque, según ella, el ángel número uno es la se ñorita
Vareñka.
–¡Oh, la señorita Vareñka es también un verdadero ángel! –afirmó madame Berta.
En la galería encontraron a la propia Vareñka, que se diri gió precipitadamente a su encuentro. Llevaba un espléndido bolso
de costura.
–Ha venido papá –––dijo Kitty.
Vareñka hizo un ademán entre saludo y reverencia, con la sencillez y naturalidad que usaba siempre en todas sus cosas.
Luego empezó a hablar con el Príncipe como con los demás, naturalmente, sin sentirse cohibida.
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–Ya la conozco, y bien –dijo el Príncipe con una sonrisa de la que Kitty dedujo, con alegría, que su padre encontraba
simpática a Vareñka–. ¿Adónde va usted tan de prisa?
–Es que mamá está aquí ––dijo la muchacha dirigiéndose a Kitty –. No ha dormido en toda la noche y el doctor le ha
aconsejado que saliera. Le llevo su labor.
–¿Así que éste es el ángel número uno? –dijo el Príncipe después de que Vareñka se hubo marchado.
Kitty notaba que su padre habría querido burlarse de su amiga, pero que no se atrevía a hacerlo porque también él la había
encontrado simpática y agradable.
–Vamos a ver a todas tus amigas –añadió él–; vamos incluso a saludar a madame Stal, si es que se digna acordarse de mí...
–¿La conoces, papá? –preguntó Kitty con cierto temor, reparando en el fulgor irónico que iluminó los ojos del Prín cipe al
mencionar a la Stal.
–La conocí, así como a su marido, cuando ella no se había inscrito aún entre los pietistas.
–¿Qué significa pietista, papá? –preguntó la joven, desa sosegada al saber que lo que ella apreciaba tanto en madame Stal
tenía semejante nombre.
–No lo sé bien, francamente... Sólo sé que ella da gracias a Dios por todas las desventuras que sufre... Por eso cuando murió
su marido dio también gracias a Dios... Pero la cosa re sulta algo cómica, porque ambos se llevaban muy mal. ¿Quién es ése?
¡Qué cara! ¡Da pena verle! –exclamó el Príncipe reparando en un hombre bajito, sentado en un banco, que vestía un abrigo
castaño y pantalones –blancos que formaban extraños pliegues sobre los descarnados huesos de sus piernas.
Aquel señor se quitó el sombrero, descubriendo sus cabellos rizados y ralos y su ancha frente, de enfermizo matiz, levemente
colorada ahora por la presión del sombrero.
–Es el pintor Petrov –respondió Kitty ruborizándose–. Y ésa es su mujer –añadió indicando a Ana Pavlovna.
La Petrova, como a propósito, al aproximarse ellos, se dirigió a uno de sus niños que jugaba al borde del paseo.
–¡Qué pena inspira ese hombre y qué rostro tan simpático tiene! ¿Por qué no te has acercado a él? Parecía querer hablarte.
–Entonces, vamos –dijo Kitty, volviéndose resueltamente–. ¿Cómo se encuentra hoy? –preguntó a Petrov.
Petrov se levantó, apoyándose en su bastón, y miró con timidez al Príncipe.
–Kitty es hija mía –dijo Scherbazky–. Celebro conocerle.
El pintor saludó, mostrando al sonreír su blanca dentadura que brillaba extraordinariamente.
–Ayer la esperábamos, Princesa –dijo a Kitty. Y al hablar se tambaleó, y repitió el movimiento para fingir que lo hacía
voluntariamente.
–Yo iba a ir, pero Vareñka me avisó de que ustedes no salían de paseo.
–¿Cómo que no? –dijo Petrov, sonrojándose. Luego tosió y buscó a su mujer con los ojos–: ¡Anita, Anita! –gritó.
Y en su delgado cuello se hincharon sus venas, gruesas como cuerdas.
Ana Pavlovna se acercó.
–¿Cómo mandaste dar recado a la Princesa de que no íbamos de paseo? –preguntó Petrov irritado.
La emoción ahogaba su voz.
–Buenos días, Princesa –saludó Ana Pavlovna con fin gida sonrisa, en tono harto distinto al que había empleado siempre
cuando hablaba con ella–. Mucho gusto en conocerle –dijo al Príncipe–. Hace tiempo que le esperaban...
–¿Por qué has mandado decir a la Princesa que no iríamos de paseo? –repitió su marido en voz baja y ronca, más irritado aún
al notar que le faltaba la voz y no podía hablar en el tono que quería.
–¡Dios mío! Creí que no iríamos –repuso su mujer enojada.
–¡Cómo que no! Sí, iremos porque... –y Petrov tosió otra vez y agitó la mano.
El Príncipe se quitó el sombrero y se apartó.
–¡Desgraciados! –murmuró afligido.
–Sí, papá –contestó Kitty–. Has de saber que tienen tres niños, que carecen de criados y qu e apenas poseen recursos. La
Academia le envía algo –seguía diciendo, con animación, para calmar el mal efecto que le produjera la actitud de la Petrova –.
Allí está madame Stal –concluyó mostrando un cochecillo en el cual, entre almohadones, envuelta en ro pas grises y azul ce -
leste, bajo una sombrilla, se veía una figura humana.
Era madame Stal. Tras ella estaba un robusto y taciturno mozo alemán que empujaba el coche. A su lado iba un conde sueco,
un hombre muy rubio a quien Kitty conocía de nombre, Varios enfermos rodeaban el cochecillo, contemplando a madame Stal
con veneración, como a algo extraordinario.
El Príncipe se acercó y en sus ojos vio Kitty de nuevo el irónico fulgor que tanto la intimidaba.
Al llegar junto a madame Stal, el Príncipe le habló en excelente francés, como muy pocos lo hablan hoy, manifestándose con
respeto y cortesanía.
–No sé si usted me recuerda; pero en todo caso me per mito hacerme recordar para agradecerle sus bondades con mi hija –
dijo Scherbazky quitándose el sombrero y conservándolo en la mano.
–Encantada, príncipe Alejandro Scherbazky –dijo la Stal, alzando hacia él sus ojos celestiales en los que Kitty observó cierto
disgusto–. Quiero mucho a su hija.
–¿Sigue mal su salud?
–Sí, pero ya estoy acostumbrada –contestó madame Stal.
Y presentó al Príncipe el conde sueco.
–Ha cambiado usted un poco ––dijo Scherbazky– desde los diez a once años que no he tenido el honor de verla.
–Sí. Dios, que da la cruz, da también energías para sopor tarla. A menudo hace que uno piense: ¿par a qué durará tanto esta
vida? ¡Así no; de otro modo! –ordenó con irritación a Vareñka, que le envolvía los pies en la manta de una forma di ferente a
como ella quería.
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–Seguramente dura para permitirle hacer el bien –––dijo el Príncipe riéndose con los ojos.
–Nosotros no somos quiénes para juzgarlo –repuso madame Stal, observando la expresión del rostro del Prín cipe–. ¿Me
enviará usted ese libro, querido Conde? Se lo agradeceré mucho –dijo, de repente, dirigiéndose ahora al conde sueco.
–¡Ah! –exclamó el Príncipe, divisando al coronel, que no estaba lejos de allí.
Y, saludando con la cabeza a la señora Stal, se alejó con su hija y con el coronel, que se reunió con ellas.
–He aquí nuestra aristocracia, ¿verdad, Príncipe? –dijo en tono irónico el coronel, qu e se sentía molesto con la señora Stal
porque no se relacionaba con él.
–Está igual que siempre –comentó el Príncipe.
–¿La conocía usted antes de enfermar? Me refiero a antes de que tuviera que guardar cama.
–Sí; la conocí precisamente cuando enfermó y hubo de guardar cama.
–Dicen que no se levanta desde hace diez años.
–No se levanta porque tiene las piernas muy cortas. Es contrahecha.
–¡Imposible, papá! –exclamó Kitty.
–Eso dicen las malas lenguas, querida. ¡Y qué mal trata a Vareñka! ¡Oh, estas señoras enfermas! –añadió.
–No, papá –replicó Kitty con calor–. Vareñka la adora. ¡Y madame Stal hace mucho bien! Pregunta a quien quieras. A ella y
a Alina Stal todos los conocen.
–Puede ser –dijo el Príncipe, apretándole el brazo con el codo –. Pero yo encuentro m ejor hacer el bien sin que nadie se
entere.
Kitty calló no porque no supiera qué decir, sino porque no quería confiar a su padre sus pensamientos secretos. Por ex traño
que fuese, aunque no quería someterse a la opinión de su padre ni abrirle el camino de su santuario íntimo, notó que aquella
imagen divina de madame Stal que durante un mes entero llevara dentro de su alma desaparecía definitivamente, como la
figura que forma un vestido colgado desaparece defi nitivamente cuando se repara que no se trata sin o de eso: de un vestido
colgado.
Ahora en su cerebro no persistía sino la visión de una mujer corta de piernas que permanecía acostada porque era deforme y
que martirizaba a la pobre Vareñka porque no le arreglaba bien la manta en tomo a los pies. Y ningún esfuerzo de su imagina-
ción pudo reconstruir la anterior imagen de madame Stal.
XXXV
El buen estado de ánimo del Príncipe se contagió a su fa milia, a sus amigos y hasta al alemán dueño de la casa en que
habitaban los Scherbazky.
Al volver del manantial, habiendo invitado al coronel, a María Evgenievna y a Vareñka a tomar café, el Príncipe or denó que
sacasen la mesa al jardín, bajo un castaño, y que sirviesen allí el desayuno.
Al influjo de la alegría de su amo, los criados, que cono cían la munificencia del Príncipe, se animaron también. Du rante
media hora un médico de Hamburgo, enfermo, que vivía en el piso alto, contempló con envidia aquel alegre grupo de rusos,
todos sanos, reunidos bajo el añoso árbol.
A la sombra movediza de las ramas, ante la me sa cubierta con el blanco mantel, con cafeteras, pan, mantequilla, queso y
caza fambre, estaba sentada la Princesa, tocada con su cofia de cintas lila, llenando las tazas y distribuyendo los bocadillos.
Al otro extremo de la mesa se sentaba el Príncipe, co miendo con apetito y hablando animadamente en voz alta. A su
alrededor se veían las compras que había hecho: cajitas de madera labrada, juguetitos, plegaderas de todas clases. Había
comprado un montón de aquellas cosas y las regalaba a todos, incluso a Li sgen, la criada, y al casero, con el que bromeaba en
su cómico alemán chapurreado, asegurando que no eran las aguas las que habían curado a Kitty, sino la buena cocina del dueño
de la casa y sobre todo su compota de ciruelas secas.
La Princesa se burlaba de su marido por sus costumbres ru sas, pero se sentía más animada y alegre de lo que había es tado
hasta entonces durante su permanencia en las aguas.
El coronel celebraba también las bromas del Principe, pero cuando se trataba de Europa, que él imaginaba haber estudiado a
fondo, estaba de parte de la Princesa.
La bondadosa María Evgenievna reía de todo corazón con las ocurrencias de Scherbazky y Vareñka reía de un modo suave
pero comunicativo, cosa que Kitty no le había visto nunca hasta entonces, ante las alegres chanzas del Principe.
Todo ello animaba a Kitty, pero, no obstante, se sentía pre ocupada. No sabía cómo resolver el problema que su padre le
habla planteado involuntariamente con su modo de considerar a sus amigas y aquel género de vida que ella amaba últimamente
con toda su alma.
A este problema se unía el de sus relaciones con los Petrov, hoy puestas en claro de un modo harto desagradable.
Viendo la alegría de los demás, Kitty sentía crecer su agita ción; y experimentaba un sentimiento análogo al que sufría en su
infancia cuando la castigaban encerrándola en su cuarto desde el que oía a sus hermanos reír alegremente.
–¿Por qué has comprado tantas chucherías? –preguntó la Princesa a su marido, sirviéndole una taza de café.
–Porque, al salir de paseo y acercarme a las tiendas, me rogaban que comprase diciendo: «Erlaucht, Exzellenz, Durch -
laucht». Al oír decir Durjlancht, me sentía incapaz de resistir y se me iban diez táleros como por arte de magia.
–No es verdad. Lo comprabas porque te aburrías –dijo la Princesa.
–¡Claro que porque me aburría! Aquí todo es tan aburrido que no sabe uno dónde meterse.
–¿Es posible que se aburra, Príncipe, con el número de cosas interesantes que hay ahora en Alemania? –dijo María
Evgenievna.
Comentario: «Augusto,
excelencia, alteza.»
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–Conozco todo lo inter esante: la compota de ciruelas, la conozco; el salchichón con guisantes, lo conozco. ¡Lo co nozco
todo!
–Diga usted lo que quiera, Príncipe, las instituciones alemanas son muy interesantes –observó el coronel.
–¿Qué hay de interesante? Los alemanes palmot ean y gri tan como niños, de contento, porque acaban de vencer a sus
enemigos; pero ¿por qué he de estar contento yo? Yo no he vencido a nadie y, en cambio, tengo que quitarme yo mismo las
botas y, además, dejarlas junto a la puerta. Por las mañanas he de levantarme, vestirme a ir al salón para tomar un mal té. ¡Qué
distinto es en casa! Se despierta uno sin prisas, y si está enfadado o irritado, tiene tiempo de calmarse, de meditar bien las
cosas, sin precipitaciones...
–Olvida usted que el tiempo es oro –dijo el coronel.
–¡Según el tiempo que sea! Hay tiempo que puede ven derse a razón de un copeck por mes, y en otras ocasiones no se daría
media hora por nada del mundo... ¿No es verdad, Kateñka? Pero ¿qué te pasa? ¿Estás triste?
–No, no estoy triste.
–¿Se va ya? Quédese un poco –dijo el Principe a Vareñka.
–Tengo que volver a casa –repuso ella, levantándose y riendo aún gozosamente.
Cuando le pasó el acceso de risa, se despidió y entró en la casa para ponerse el sombrero.
Kitty la siguió. Hasta la propia Vareñka se le presentaba ahora bajo un aspecto distinto. No es que le pareciera peor, sino
diferente de como ella la imaginara antes.
–¡Hace tiempo que no había reído como hoy! –dijo Vareñka, cogiendo la sombrilla y el bolso–. ¡Qué simpático es su papá!
Kitty callaba.
–¿Cuándo nos veremos? –preguntó Vareñka.
–Mamá quería visitar a los Petrov. ¿Estará usted allí? –preguntó Kitty mirando a su amiga.
–Estaré –contestó Vareñka–. Están preparándose para marchar y les prometí acudir para ayudarles a hacer el equipaje.
–Entonces iré yo también.
–No. ¿Por qué va a ir usted?
–¿Por qué? ¿Por qué? –repuso Kitty abriendo desmesuradamente los ojos y asiendo la sombrilla de Vareñka para no dejarla
marchar–. ¿Por qué no?
–¡Como ha venido su papá! Y además ellos se sienten cohibidos ante usted.
–No es eso. Dígame por qué no quiere que visite a los Petrov a menudo. ¡No, no quiere usted! Dígame el motivo.
–Yo no he dicho esto –replicó Vareñka, sin alterarse.
–Le ruego que me lo diga.
–¿Quiere de verdad que se lo diga todo? –preguntó la muchacha.
–¡Todo, todo! –aseguró Kitty.
–Pues no hay nada de particular, salvo que Mijail Alexie vich –aquél era el nombre del pintor – antes quería marchar sin
demora y ahora no se resuelve a partir.
–¿Y qué más? –apremió Kitty mirándola gravemente–. Pues que Ana Pavlovna dijo que su marido no quiere irse porque está
usted aquí. Ello lo dijo sin razón alguna, pero por ese motivo, por usted, hubo una disputa muy violenta entre los esposos. Ya
sabe lo irritables que son los enfermos...
Kitty, más taciturna cada vez, guardaba silencio. Vareñka seguía monologando tratando de calmarla y suavizar la expli -
cación, porque veía que Kitty estaba a punto de romper a llorar.
–Ya ve que es mejor que no vaya. Usted se hará cargo; no se ofenda, pero...
–¡Me lo merezco! ¡Me lo merezco! –dijo Kitty rápidamente, arrancando la sombrilla de manos de su amiga sin osar mirarla a
los ojos.
Vareñka sentía impulsos de sonreír ante la infantil cólera de su amiga, pero se contuvo por no ofenderla.
–¿Por qué se lo merece? No comprendo –dijo.
–Lo merezco porque todo esto que he estado haciendo era falso, fingido y no me salía del corazón. ¿Qué tengo yo que ver
con ese hombre ajeno a mí? ¡Y resulta que provoco una disputa por meterme a hacer lo que nadie me pedía! Es la consecuencia
de fingir.
–¿Qué necesidad había de fingir? –preguntó, en voz baja, Vareñka.
–¡Qué estúpido y qué vil ha sido lo que he hecho! ¡No, no había necesidad de fingir nada! –insistía Kitty, abriendo y
cerrando nerviosamente la sombrilla.
–Pero ¿con qué fin fingía?
–Para parecer más buena ante la gente, ante mí, ante Dios. ¡Para engañar a todos! No volveré a caer en ello. Es preferible ser
mala que mentir y engañar.
–¿Por qué dice usted engañar? –dijo, con reproche, Vareñka–. Lo dice usted como si...
Pero Kitty, presa de un arrebato de excitación, no la dejó terminar.
–No lo digo por usted; no se trata de usted. ¡Usted es per fecta, lo sé! Sí, sé que todas ustedes son perfectas. Pero ¿qué puedo
hacer yo si soy mala? Si yo no fuese mala, todo eso no habr ía sucedido. Seré la que soy, pero sin fingir. ¿Qué me im porta Ana
Pavlovna? Que ellos vivan como quieran y yo vi viré también como me plazca. No puedo ser sino como soy. No es eso lo que
quiero, no, no es eso...
–¿Qué es lo que no quiere? ¿A qué se refiere usted? –preguntó Vareñka, sorprendida.
–No, no es eso... No puedo vivir más que obedeciendo a mi corazón, mientras que ustedes viven según ciertas reglas... Yo
las he querido a ustedes con el alma y ustedes sólo me han querido a mí para salvarme, para enseñarme...
–No es usted justa –observó Vareñka.
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–No digo nada de los demás; hablo de mí.
–¡Kitty! –gritó la voz de su madre–. Ven a enseñar tu collar a papá.
Kitty, altanera, sin hacer las paces con su amiga, tomó de encima de la mesa la cajita con el co llar y fue a reunirse con su
madre.
–¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan encarnada? –le dijeron, a la vez, su padre y su madre.
–No es nada –contestó Kitty–. En seguida vuelvo.
Y se precipitó de nuevo en la habitación.
«Aún está aquí», pensó. «¡Dios mío¡ ¿Qu é he hecho, qué he dicho? ¿Por qué la he ofendido? ¿Y qué hará ahora? ¿Qué le
diré?» , y se detuvo junto a la puerta.
Vareñka, ya con el sombrero puesto, examinaba, sentada a la mesa, el muelle de la sombrilla que Kitty había roto en su
arrebato. Al entrar ésta, alzó la cabeza.
–¡Perdóneme, Vareñka, perdóneme! –murmuró Kitty, acercándose–. No sé ni lo que le he dicho... Yo...
–Por mi parte le aseguro que no quise disgustarla... –dijo la muchacha, sonriendo.
Hicieron las paces.
Pero con la llegada de su padr e había cambiado por com pleto todo el ambiente en que Kitty vivía. No renegaba de lo que
había aprendido, pero comprendió que se engañaba a sí misma pensando que podría ser lo que deseaba. Le parecía haber
despertado de un sueño. Reconocía ahora la dificultad de poder mantenerse a la altura de los hechos sin fingir ni enorgullecerse
de su actitud. Sentía, además, el dolor de aquel mundo de penas, de enfermedades, aquel mundo de moribundos en el que vivía.
Los esfuerzos que hacía sobre sí misma para amar l o que la rodeaba le parecieron una tortura y deseó volver pronto al aire
puro, a Rusia, a Erguchovo, donde, según la habían informado, había ido a vivir con sus hijos su hermana Dolly.
Pero su cariño a Vareñka no disminuyó. Al despedirse, Kitty le rogó que fuera a visitarla y a pasar una temporada con ella.
–Iré cuando usted se case –dijo la muchacha.
–No me casaré nunca.
–Entonces nunca iré.
–En ese caso lo haré aunque sólo sea para que venga. ¡Pero recuerde usted su promesa! –dijo Kitty.
Los augurios del doctor se realizaron: Kitty volvió curada a su casa, en Rusia.
No era tan despreocupada y alegre como antes, pero estaba tranquila. El dolor que sufriera en Moscú no era ya para ella más
que un recuerdo.
TERCERA PARTE
I
Sergio Ivanovich Kosnichev quiso descansar de su trabajo intelectual y, en vez de marchar al extranjero, según acostum -
braba, se fue a finales de mayo al campo para disfrutar de una temporada al lado de su hermano.
Constantino Levin se sintió muy satisfecho recibiéndolo, tanto más cuanto que en aquel verano ya no contaba que llegase su
hermano Nicolás.
A pesar del respeto y cariño que sentía hacia Sergio Ivno vich, Constantino Levin experimentaba al lado de su hermano un
cierto malestar. La manera que tenía éste de considerar al pueblo l e molestaba y le hacían desagradables la mayoría de las
horas pasadas allí en su compañía.
Para Constantino Levin el pueblo era el lugar donde se vive, es decir donde se goza, se sufre y se trabaja.
En cambio, para su hermano, era, de una parte, el lugar d e descanso de su labor intelectual, y de otra, como un antídoto
contra la corrupción de la ciudad, antídoto que él tomaba con placer comprendiendo su utilidad.
Para Constantino Levin el pueblo era bueno porque consti tuía un campo de nobles actividades: al go indiscutiblemente útil.
Para Sergio Ivanovich era bueno porque allí era posible y hasta recomendable no hacer nada.
Además, Constantino estaba disgustado con su hermano por el modo que tenía éste de considerar a la gente humilde. Sergio
Ivanovich decía que él la conocía mucho y la estimaba; a menudo hablaba con los campesinos, lo que sabía hacer muy bien, sin
fingir ni adoptar actitudes estudiadas, y en todas sus conversaciones descubría rasgos de carácter que honraban al pueblo y que
después se complacía él en generalizar.
Este modo de opinar sobre la gente humilde no placía a Levin, para el cual el pueblo no era más que el principal colaborador
en el trabajo común. Era grande su aprecio hacia los campesinos y el entrañable amor que por ellos sentía –amor que sin duda
mamó con la leche de su nodriza aldeana, como solía decir él –, y considerábase él mismo como un copartí cipe del trabajo
común; y a veces se entusiasmaba con la ener gía, la dulzura y el espíritu de justicia de aquella gente; pero en otras ocasiones,
cuando el trabajo requería cualidades distintas, se irritaba contra el pueblo, considerándolo sucio, ebrio y embustero.
Si hubieran preguntado a Constantino Levin si quería al pueblo, no habría sabido qué contestar. Al pueblo en particu lar,
como a la gente en general, la amaba y no la amaba a la vez. Cierto que, por su bondad natural, más tendía a querer que a no
querer a los hombres, incluyendo a los de clase humilde.
Pero amar o no a éstos como a algo particular no le era po sible, porque no sólo vivía con el pueblo, no sólo sus intereses le
eran comunes, sino que se consideraba a sí mismo como una parte del pueblo y ni en sí mismo ni en ellos veía defectos o
cualidades particulares, y no podía oponerse al pueblo.
Además, vivía con gran frecuencia en íntima relación con el campesino, como señor y como intermediario y principal mente
como consejero, ya que los aldeanos confiaban en él y a veces recorrían cuarenta verstas para pedirle consejos.
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Pero no tenía sobre el pueblo opinión definida. Si le hubiesen preguntado si conocía al pueblo o no, habríase visto en la
misma perplejidad que al contestar si le amaba o no le amaba. Decir si conocía al pueblo era para él como decir si conocía o no
a los hombres en general.
En principio estudiaba y sabí a conocer a los hombres de to das clases y entre ellos a los campesinos, a los que conside raba
buenos a interesantes. A menudo, observándolos, descubría en ellos nuevos rasgos de carácter que le llevaban a mo dificar su
opinión anterior y a formarse nuevas y distintas opiniones.
Sergio Ivanovich hacía lo contrario. Del mismo modo que alababa y amaba la vida del pueblo por contraste con la otra que
no amaba, así amaba también a la gente humilde por contraste con otra clase de gente, y de una manera absolutamente idéntica
conocía a esta gente como algo distinto y opuesto a los hombres en general.
En su metódico cerebro se habían creado formas definidas de la vida popular, deducidas parcialmente de esta misma vida,
pero deducidas también, y en mayor parte, por oposición a la contraria.
Jamás, pues, variaba su opinión sobre el pueblo ni la com pasión que le inspiraba. En las discusiones que los hermanos
mantenían sobre aquel tema siempre vencía Sergio Ivanovich, por poseer una opinión definida sobre los aldea nos sobre sus
caracteres, cualidades a inclinaciones, mientras que Constan tino Levin no tenía ideas fijas y firmes sobre la gente del pue blo,
por lo que siempre se le cogía en contradicción.
Para Sergio Ivanovich, su hermano menor era un buen mu chacho, con «el corazón en su sitio» (lo que solía expresar en
francés), de cerebro bastante ágil, pero esclavo de las impre siones del momento y lleno, por ello, de contradicciones. Con la
condescendencia de un hermano mayor, Sergio Ivanovich le explicaba a veces la significación de las cosas, pero no ex -
perimentaba interés en discutir con él porque le vencía demasiado fácilmente.
Constantino Levin tenía a su hermano por un hombre de inteligencia y cultura, noble en el más elevado sentido de la palabra
y dotado de grandes facultades de acción en pro de la sociedad. Pero en el fondo de su alma y a medida que aumentaba en años
y conocía mejor a su hermano, tanto más a menudo pensaba que aquella facultad de servir a la sociedad, de la cual Constantino
Levin se reconocía privado, quizá, al fin y al cabo, no fuera una cualidad, sino más bien un defecto. No un defecto de algo, no
una falta de buenos, nobles y honrados deseos a inclinaciones, sino una carencia de poder de vida efectiva, de ese impulso que
obliga al hombre a escoger y desear una determinada línea de vida entre todas las innumerables que se abren ante él.
Cuanto más conocía a su hermano, más observaba que Sergio Ivanovich, como muchos otros hombres que servían al bien
común, no se sentían inclinados a el lo de corazón, sino porque habían reflexionado y llegado a la conclusión de que aquello
estaba bien, y sólo por tal razón se ocupaban de ello.
La suposición de Constantino Levin se confirmaba por la observación de que su hermano no tomaba más a pecho las
cuestiones del bien colectivo y de la inmortalidad del alma que las de las combinaciones de ajedrez o la construcción in geniosa
de alguna nueva máquina.
Además, Constantino Levin se sentía a disgusto en el pue blo cuando estaba su hermano allí, sobre todo durante el verano,
pues en esta época estaba siempre ocupado en los traba jos de su propiedad y aun en todo el largo día estival le faltaba tiempo
para sí mismo, para poder atender a todo, mientras Sergio Ivanovich descansaba. Sin embargo, aunque descan sase ahora, es
decir no escribiera obra alguna, estaba tan he cho a la actividad cerebral que le gustaba explicar en forma breve y elegante los
pensamientos que acudían a su mente, y le gustaba tener a alguien que le escuchase.
El oyente más continuo era, n aturalmente, su hermano. Por este motivo, a pesar de la sencillez amistosa de sus relaciones,
Constantino Levin no sabía cómo arreglárselas cuando tenía que dejar solo a Sergio Ivanovich.
A éste le gustaba tenderse en la hierba bajo el sol y permanecer así, charlando perezosamente.
–No sabes qué placer experimento sumergiéndome en esta pereza ucraniana. Tengo la cabeza completamente vacía de
pensamientos. Podría hacerse rodar por ella una pelota.
Pero Constantino Levin se aburría de estar sentado escu chando a su hermano, sobre todo porque sabía que, mientras ellos
hablaban, los campesinos debían de estar lavando el es tercolero o trabajando en el campo no preparado aún, y que si él no
estaba allí iban a hacerlo de cualquier manera. Pensaba también que segu ramente no atornillarían suficientemente las rejas de
los arados ingleses y luego las apartarían afirmando que aquellos arados eran invenciones de tontos y que sólo el arado
corriente, etcétera.
–¿No has andado ya bastante con este calor? –le decía Sergio Ivanovich.
–No... Tengo que pasar un momento por el despacho... –contestaba Levin.
Y se iba al campo corriendo.
II
A primeros de junio, el aya y ama de llaves Agafia Mijai lovna, un día que bajaba al sótano con un tarro de setas recién
saladas en las manos, resbaló, cayó y se lastimó la muñeca.
Llegó el joven médico rural, recién salido de la Facultad y muy hablador. Miró la mano, dijo que no estaba dislocada y se
apresuró a entablar conversación con el célebre Sergio Ivanovich.
Para mostrarle sus ideas avanzadas, le contó todas las co madrerías de la provincia, quejándose de la mala organiza ción del
zemstvo.
Sergio Ivanovich le escuchaba con atención, le pregun taba... Animado por el nuevo auditor, habló y expuso algunas
observaciones justas y concretas –que fueron respetuosa mente apreciadas por el joven médico –, animándose mucho, como
siempre le ocurría después de una conversación agradable y brillante.
Cuando el médico se hubo ido, Sergio Ivanovich quiso ir a pescar con caña; le gustaba la pesca y se mostraba casi orgulloso
de que una ocupación tan estúpida pudiera gustarle.
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Constantino Levin, que tenía que echar un vistazo a los hombres que estaban arando y también a los prados, ofreció a su
hermano llevarle hasta el río en su carretela.
Era la época del año en que el grano llega ya a su madurez, cuando hay que prepararse ya para la siembra de la próxima
cosecha; se acerca la siega y el centeno, crecido ya, con su ligero tallo verdegrís y su espiga no acabada aún de llenar, on dea
bajo el viento; la época en que las verdes avenas, con las matas de hierba amarillentas que brotan, aisladas entre ellas, se
extienden irregularmente en los sembrados tardíos; cuando se abre el alforfón y sus granos cubren la tierra; cuando la bar -
bechera, pisoteada por los animales y endurecida como la piedra, con la que no puede la raspa, se ve ya con sus surcos trazados
hasta la mitad; cuando los secos montones de estiércol llevados a los campos al nacer y al ponerse el sol mezclan su olor al
perfume de las hierbas, y cu ando en las tierras bajas, esperando la guadaña, se extienden como un mar inmenso los prados
ribereños con los negreantes montones de tallos de acederas arrancados.
Era, pues, la época en que se produce un corto descanso en los trabajos del campo antes de la recolección anual que reúne
todos los esfuerzos del pueblo.
La cosecha era espléndida; los días, claros y calurosos; las noches, cortas y húmedas de rocío.
Los hermanos tenían que pasar por el bosque para llegar a los prados, Sergio Ivanovich iba admira ndo la belleza del bosque,
magnífico de hojas y verdor. Llamaba la atención de su hermano, ora sobre un viejo tilo, oscuro en su parte de som bra, pero
rico de colorido con sus amarillos brotes prontos a florecer, ora sobre los tallos nuevos de otros árbo les que brillaban como
esmeraldas.
A Constantino Levin no le agradaba hablar ni que le habla sen de las bellezas de la naturaleza. Las palabras despojaban de
belleza al paisaje.
Respondía, pues, a su hermano con distraídos monosílabos, mientras, contra su voluntad, iba pensando en otras cosas.
Al salir del bosque atrajo su atención el campo en barbecho de una colina: aquí ya cubierto de amarilla hierba, allí labrado en
cuadros, más allá salpicado de montones de estiércol y en otros puntos arado.
Pasaba por el campo una fila de carros. Levin los contó y se alegró al ver que llevaban todo lo necesario. Contemplando los
prados sus pensamientos pasaron a la siega. Este momento le producía siempre una intensa emoción.
Al llegar al prado, Levin detuvo el caballo.
El rocío matinal humedecía aún la parte inferior de las hier bas, por lo cual, para no mojarse los pies, Sergio Ivanovich pidió
a su hermano que le llevase con la carretela hasta el sauce que se alzaba en el lugar señalado para pescar. Constan tino Levin, a
pesar del disgusto que le producía aplastar la hierba de su prado, dirigió el coche a través de él.
Las altas hierbas se abatían suavemente bajo las ruedas y las patas del caballo, y en los cubos y radios de las ruedas se
desgranaban las semillas.
Sergio Ivanovich se sentó bajo el sauce, arreglando sus útiles de pesca. Levin ató el caballo no lejos de allí y se internó en el
enorme mar verde oscuro del prado, inmóvil, no agitado por el menor soplo de viento. La hierba, suave como seda, en el lugar
adonde alcanzaba, en primavera, el agua del río al salirse de madre, le llegaba hasta la cintura.
A través del prado, Constantino Levin saltó al camino y en contró a un viejo, con un ojo muy hinchado, que llevaba una
colmena con abejas.
–¿Las has cogido, Tomich? –preguntó Levin.
–¡Quia, Constantino Dmitrievich! ¡Gracias si consigo guar dar las mías! Ya se me han marchado por segunda vez. Menos
mal que sus muchachos las alcanzaron. Los que están trabajando el campo... Desengancharon un caballo y las cogieron.
–Y qué, Tomich: ¿qué te parece? ¿Conviene segar ya o esperar más?
–A mi parecer, habrá que esperar hasta el día de San Pe dro. Ésta es la costumbre. Claro que usted siega siempre an tes. Si
Dios quiere, todo irá bien. La hierba está muy crecida. Los animales quedarán contentos.
–¿Y qué te parece el tiempo?
–Eso ya depende de Dios. Quizá haga buen tiempo.
Levin se acercó otra vez a su hermano, que, con aire distraído, estaba con la caña en las manos.
La pesca era mala, pero Sergio Ivanovich no se aburría y parecía hallarse de excelente buen humor.
Levin notaba que, animado por la charla con el médico, su hermano tenía deseos de hablar más. Pero él quería volver a casa
lo antes posible para dar órdenes de que los segadores fueran al campo al día siguiente y r esolver las dudas relativas a la siega,
que constituían en aquel momento su mayor preocupación.
–Vámonos ––dijo.
–¿Para qué apresurarnos? Estemos aquí un rato más. Oye: estás muy mojado. En este sitio no se pesca nada, pero se en -
cuentra uno muy bien. El encanto de estas ocupaciones consiste en que ponen a uno en contacto con la naturaleza. ¡Qué bella
es esta agua! ¡Parece de acero! ––continuó–. Estas ori llas de los ríos cubiertas de hierba me recuerdan siempre aquella
adivinanza... ¿Recuerdas?, que dice: «la hierba dice al agua: vamos a forcejear, a forcejear»...
–No conozco esa adivinanza–respondió Constantino Levin con voz opaca.
III
–He estado pensando en ti –dijo Sergio Ivanovich–. ¡Hay que ver lo que sucede en tu provincia! Por lo que me contó el
médico veo que... Por cierto que ese muchacho no parece nada tonto... Ya te he dicho, y te lo repito, que no está bien que no
asistas a las juntas rurales de la provincia y que te hayas alejado de las actividades del zemstvo. Si la gente de nuestra clase s e
aparta, claro es que las cosas habrán de ir de cualquier modo... Nosotros pagamos el dinero que ha de destinarse a sueldos, pero
no hay escuelas, ni médicos auxiliares, ni comadronas, ni farmacias, ni nada...
–Ya he probado –repuso Levin en voz baja y desganada– y no puedo. ¿Qué quieres que haga?
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–¿Por qué no puedes? Confieso que no lo comprendo. No admito que sea por indiferencia o ineptitud. ¿Será por pereza?
–Ninguna de las tres cosas. Es que he probado y visto que no puedo hacer nada –replicó Levin.
Apenas pensaba en lo que le decía su hermano. Tenía la mirada fija en la tierra labrada de la otra orilla, donde distin guía un
bulto negro que no podía precisar si era un caballo solo o el caballo de su encargado montado por aquél.
–¿Por qué no puedes? P robaste y no resultó como querías. ¡Y por eso te consideraste vencido! ¿Es que no tienes amor
propio?
–No comprendo a qué amor propio te refieres ––contestó Levin, picado por las palabras de su hermano –. Si en la Uni -
versidad me hubieran dicho que los demá s comprendían el cálculo integral y yo no, eso sí que habría sido un caso de amor
propio. Pero en este caso tienes que empezar por con vencerte de que no careces de facultades para esos asuntos y además, y
eso es lo principal, tienes que tener la convicción de que son importantes.
–¿Acaso no lo son? –preguntó Sergio Ivanovich, ofen dido de que su hermano no diera importancia a lo que tanto le
preocupaba a él y ofendido, también, de que Levin casi no le escuchara.
–No me parecen importantes y no me interesan . ¿Qué quieres? –repuso Levin, advirtiendo ya que la figura que se
acercaba.era el encargado y que seguramente éste habría hecho retirar a los obreros del campo labrado, ya que éstos regresaban
con sus instrumentos de trabajo. «Es posible que hayan terminado ya de arar», pensó.
–Escúchame ––dijo su hermano mayor, arrugando las cejas de su rostro hermoso a inteligente–. Todo tiene sus límites. Está
muy bien ser un hombre excepcional, un hombre sincero, no soportar falsedades... Ya sé que todo eso está mu y bien. Pero lo
que tú dices, o no tiene sentido, o lo tiene muy profundo. ¿Cómo puedes no dar importancia a que el pueblo, al que tú amas,
según aseguras...
«Jamás lo he asegurado», pensó Levin.
–... muera abandonado? Las comadronas ineptas ahogan a los niños, y el pueblo en general se ahoga en la ignorancia y está a
merced del primer funcionario que encuentra. Entre tanto, tú tienes a tu alcance el medio de ayudarles y no lo ha ces por
encontrarlo innecesario.
Sergio Ivanovich le ponía en un dilema: o Lev in era tan poco inteligente que no comprendía cuanto le era dable hacer o no
quería sacrificar su tranquilidad, vanidad o lo que fuera para hacerlo.
Levin reconocía que no le quedaba más remedio que someterse o reconocer su falta de interés por el bien común. Aquello le
disgustó y le ofendió.
–Ni una cosa ni otra –contestó rotundamente Levin–. No veo la posibilidad de...
–¿Cómo? ¿No es posible, empleando bien el dinero, organizar la asistencia médica al pueblo?
–No me parece posible. En las cuatro mil ve rstas cuadradas de nuestra circunscripción, con los muchos lugares del río que
no se hielan en invierno, con las tempestades, con las épocas de trabajo en el campo, no veo modo de llevar a todas partes la
asistencia médica. Además, por principio, no creo en la medicina.
–Permíteme que te diga que eso no es razonable. Te pondría miles de ejemplos. Y luego, las escuelas...
–¿Para qué sirven?
–¿Qué dices? ¿Qué duda puede caber sobre la utilidad de la instrucción? Si es conveniente para ti, es conveniente para todos.
Constantino Levin se sentía moralmente acorralado. Se irritó, pues, más aún a involuntariamente explicó el motivo esencial
de su indiferencia por el interés común.
–Bien: todo eso podrá ser muy acertado, pero no sé por qué voy a preocuparme de la instalación de centros sanitarios, cuyos
servicios no necesito nunca, y de procurar la instala ción de escuelas a las que no voy a mandar a mis hijos jamás. Aparte de
que no estoy muy seguro de que convenga enviar a los niños a la escuela –dijo.
Por un momento, Sergio Ivanovich quedó sorprendido ante aquella inesperada objeción, pero en seguida formó un nuevo
plan de ataque.
Calló unos intantes, sacó la caña del agua, la cambió de posición y se dirigió, sonriendo, a su hermano.
–Dispensa que te diga: primero, que el auxilio médico lo has necesitado ya. Acabas de enviar a buscar al médico rural para
Agafia Mijailovna.
–Pues creo que ésta se quedará con la mano torcida.
–Eso no se sabe aún. Por otra parte, supongo que un campesino no analfabeto, un operario que sepa leer y escribir, te es más
útil que los que no saben.
–No. Pregúntaselo a quien quieras –respondió Constantino Levin–. El campesino culto es mucho peor como opera rio. No
saben ni arreglar los caminos... y en cuanto arreglan los puentes los roban...
–De todos modos... –insistió Sergio Ivanovich.
Y frunció las cejas. No le gustaban las contradicciones, y menos las que saltaban de un tema a otro, presentando nuevas
demostraciones inconexas, no sabiendo nunca a cual contestar.
–De todos modos, no se trata de eso. Permíteme... ¿Reconoces que la instrucción es beneficiosa para el pueblo?
–Lo reconozco –dijo Levin impremeditadamente.
Y en seguida comprendió que había dicho una cosa que no pensaba. Reconoció que, admitido aquel postulado, podía re -
plicársele que entonces decía necedades, cosas sin sentido. Cómo se le pudiera demostrar no lo sabía, pero estaba seguro de
que iba a demostrársele lógicamente y se dispuso a esperar tal demostración.
Ésta fue mucho más sencilla de lo que aguardaba.
–Si reconoces que es un bien –dijo Sergio Ivanovich–, entonces, como hombre honrado, no puedes dejar de simpati zar con
esa obra y no puedes negarte a trabajar para ella,
–No reconozco esa obra como buena –repuso Constantino Levin sonrojándose.
–¿Cómo? ¡Si has dicho que sí ahora mismo!
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–Quiero decir que no me parece que sea conveniente ni posible.
–No puedes saberlo, puesto que no has aplicado tus esfuerzos a ello.
–Supongamos –repuso Levin–, aunque yo no lo su pongo, supongamos que todo sea como tú dices. Ni aun así veo por qué
habría de ocuparme yo de tal cosa.
–¿Cómo que no?
–Acuérdate de que ya una vez hablamos de esto y ya entonces te dije mi opinión. Pero ya que hemos llegado otra vez a esto,
explícamelo desde el punto de vista filosófico –dijo Levin.
–No veo qué tiene que ver con esto la filosofía –repuso Sergio Ivanovich.
Y su tono irritó a Levin, porque parecía dar a comprender que él no tenía autoridad para ocuparse de filosofía.
–Ahora te lo diré yo –repuso ya acalorado–. Supongo que el móvil de todos nuest ros actos es, en resumen, nuestra felicidad
personal. Y en la institución del zemstvo, yo, como noble, no veo nada que pueda favorecer mi bienestar. Por ello los caminos
no son mejores ni pueden mejorarse. Además, mis caballos me llevan muy bien por los caminos mal arreglados. No necesito al
médico ni al puesto sanitario. Tampoco necesito al juez del distrito, a quien nunca me he dirigido ni dirigiré. No sólo no
necesito escuelas, sino que me perjudican, según lo he demostrado. Para mí, el zemstvo se reduce a tener que pagar dieciocho
copecks por deciatina de tierra, a la obligación de ir a la ciudad a pasar una noche en cuartos con insectos y luego a tener que
oír necedades y disparates. Mi interés personal no me aconseja soportar eso.
–Permíteme –interrumpió Sergio Ivanovich, sonriendo–. El interés personal no nos aconsejaba procurar la liberación de los
siervos y, sin embargo, lo hemos procurado.
–¡No! –interrumpió Constantino Levin, animándose –. La liberación de los siervos era otra cosa. Allí había un interés
personal. Queríamos quitar un yugo que nos oprimía a toda la gente buena. Pero ser vocal de un consejo para deliberar sobre
cuántos deshollinadores son necesarios y sobre la necesidad de instalar tuberías en la ciudad en la que no vivo; tener, com o
vocal, que juzgar a un aldeano que robó un jamón, escu chando durante seis horas las tonterías que sueltan defensores y
fiscales, mientras el presidente pregunta, por ejemplo, a mi viejo Alecha el tonto: «¿Reconoce usted, señor acusado, el hecho
de haber robado el jamón?», y Alecha el tonto contesta: «¿Qué...?».
Constantino Levin, ya lanzado por este camino, comenzó a imitar al presidente y a Alecha el tonto, como si todo ello tu viera
alguna relación con lo que decían.
Sergio Ivanovich se encogió de hombros.
–¿Qué quieres decir?
–Quiero decir que los derechos que mi... que son... que tratan de mis intereses, los defenderé con todas mis fuerzas. Cuando
los gendarmes registraban nuestras habitaciones de estudiantes y leían nuestros periódicos, estaba, como estoy ahora, dispuesto
a defender mis derechos a la libertad y la cul tura. Me intereso por el servicio militar obligatorio, que afecta a mis hijos, a mis
hermanos, a mí mismo, y estoy dispuesto a discutir sobre él cuanto haga falta, pero no puedo juzgar s obre cómo han de
distribuirse los fondos del zemstvo ni sentenciar a Alecha el tonto. No comprendo todo eso y no puedo hacerlo.
Parecía haberse roto el dique de la elocuencia de Levin. Sergio Ivanovich sonrió.
–Entonces, si mañana tienes un proceso, preferirás que lo juzguen por la antigua audiencia de lo criminal.
–No tendré proceso alguno. No cortaré el cuello a nadie y no necesito juzgados. El zemstvo –continuaba Levin, saltando a un
asunto que no tenía relación alguna con el tema – se parece a esas ramitas de abedul que poníamos en casa por todas partes el
día de la Santísima Trinidad para que imitasen la primitiva selva virgen de Europa. Me es imposible creer que, si riego esas
ramas de abedul, van a crecen
Sergio Ivanovich se encogió de hombros, expre sando en este gesto su sorpresa porque salieran a relucir en su discu sión
aquellas ramas de abedul, aunque comprendió en seguida lo que su hermano quería dar a entender.
–Perdóname, pero de este modo no se puede hablar ––observó.
Pero Constantino Levin quería disculparse de aquel defecto de su indiferencia hacia el bien común y continuó:
–Creo que ninguna actividad puede ser práctica si no tiene por base el interés personal. Esta verdad es filosófica ––dijo con
energía, repitiendo la palabra «filosófica» como subrayando que también él, como todos, tenía derecho a hablar de filosofía.
Sergio Ivanovich sonrió otra vez.
«También él tiene una filosofía propia: la de servir sus inclinaciones», pensó.
–Deja la filosofía ––dijo en voz alta–. El fin principal de la filosofía de todas las épocas consiste precisamente en en contrar
la relación necesaria que debe existir entre el interés personal y el común. Pero no se trata de eso; debo corregir tu
comparación. Los abedules que decías no estaban plantados en tierra y éstos sí, aunque, como no están crecidos aún, hay que
cuidarlos. Sólo tienen porvenir, sólo pueden figurar en la historia, los pueblos que tienen consciencia de lo que hay de
necesario a importante en sus instituciones y las aprecian.
Sergio Ivanovich l levó así el tema a un terreno histórico –filosófico inaccesible para su hermano, demostrándole todo lo
injusto de su punto de vista.
–Se trata de que a ti esto no te gusta y ello es, y perdóname, característico de nuestra pereza rusa, de nuestra clase. Mas estoy
seguro de que es un error pasajero que no durará.
Levin callaba. Se reconocía batido en toda la línea, pero a la vez comprendía que su hermano no había sabido interpretar su
pensamiento. No veía si no había sido comprendido por no saber explicarse mejor y con más claridad o porque el otro no
quería comprenderle. Mas no profundizó en aquellos pensa mientos y, sin replicar a su hermano, permaneció pensativo, en -
simismado en el asunto personal que entonces le preocupaba.
Sergio Ivanovich volteó una vez más el sedal en tomo a la caña. Luego desataron el caballo y regresaron a casa.
IV
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El asunto personal que preocupaba a Levin durante su con versación con su hermano era el siguiente: cuando el año pa sado,
habiendo ido Levin a la siega, se enfadó con su encargado, empleó su medio habitual de calmarse: coger una guadaña de
manos de un campesino y ponerse a segar.
El trabajo le gustó tanto que algunas veces se puso espontáneamente a guadañar; segó todo el prado de frente de casa, y este
año, ya desde la primavera, se había formado el plan de pasar días enteros guadañando con los campesinos.
Desde que había llegado su hermano, Constantino Levin no hacía más que pensar si debía hacer lo proyectado o no. No le
parecía bien dejar solo a su hermano durante días enteros y además temía que Sergio Ivanovich se burlara de él.
Pero mientras pasaba por el prado, al recordar el placer que le producía manejar la guadaña, resolvió hacerlo. Y tras la
disputa con su hermano volvió a recordar su decisión.
«Necesito ejercicio físico», pensó. «De lo contrario, se me agria el carácter.»
Resolvió, pues; tomar parte en la siega, aunque pareciera incorrecto con respecto a su hermano, y miráralo la gente como lo
mirara.
Por la tarde se fue al despacho, dio órdenes para el trabajo y envió a buscar segadores en los pueblos cercanos, a fin de segar
al día siguiente el prado de Vibumo, que era el mayor y el mejor de todos.
–Hagan también el favor de enviar mi guadaña a Tit, para que la afile y me la tenga lista para mañana. Quizá traba je yo
también –dijo, tratando de disimular su turbación.
El encargado, sonriendo, repuso:
–Bien, señor.
Por la noche, durante el té, Levin dijo a su hermano:
–Como el tiempo parece bueno, mañana empiezo a segar.
–Es muy interesante ese trabajo –dijo Sergio Ivanovich.
–A mí me encanta. A veces he segado yo con los aldeanos. Mañana me propongo hacerlo todo el día.
Sergio Ivanovich, levantando la cabeza, miró a su hermano con atención.
–¿Cómo? ¿Con los campesinos? ¿Igual que ellos? ¿Todo el día?
–Sí; es muy agradable –contestó Levin.
–Como ejercicio físico es excelente, pero no sé si podrás resistirlo –dijo Sergio Ivanovich sin ironía alguna.
–Lo he probado. Al principio parece difícil, pero luego se acostumbra uno. Espero no quedarme rezagado.
–¡Vaya, vaya! Pero dime: ¿qué opinan de eso los aldeanos? Seguramente se burlarán de las manías de su señor.
–No lo creo. Ese trabajo es tan atrayente y a la vez tan difícil que no queda tiempo para pensar.
–¿Y cómo vas a comer con ellos? Porque seguramente no irán a llevarte allí el vino Laffite y el pavo asado.
–No. Vendré a casa mientras ellos descansan.
A la mañana siguiente, Levin se levantó más temprano que nunca, pero las órdenes que tuvo que dar le entretuvieron y,
cuando llegó al prado, los segadores empezaban ya la segunda hilera.
Desde lo alto de la colina se descubría la parte segada del prado, con los bultos negros de los caftanes que se habían qui tado
l

