Esteban Arkadievich contó muchas noticias interesantes y, sobre todo, una interesantísima para Levin: que su hermano Ser -
gio Ivanovich se proponía pasar el verano con él, en el pueblo.
No dijo una palabra de Kitty ni de los Scherbazky, sólo se limitó a transmitirle recuerdos de su mujer.
Levin le agradeció mucho la delicadeza y se sintió feliz de su visita. Como siempre que vivía solo una temporada, había
recogido en aquel tiempo gran cantida d de sentimientos e ideas que no podía compartir con los que le rodeaban, y ahora
hablaba a su amigo de la alegría que le causaba la primavera, de sus planes futuros con respecto a la propiedad, de sus fracasos,
de sus pensamientos; hacía comentarios sobre los libros que había leído y le habló, sobre todo, de la idea de su obra, la base de
la cual consistía, aunque él no lo advirtiese, en una crítica de todas las obras antiguas que se habían escrito sobre el mismo
tema. Esteban Arkadievich, que era siempr e amable y que todo lo comprendía con una palabra, estaba aquel día más amable
que nunca, y Levin notó, además, en su amigo una especie de respeto y ternura hacia él que le encantaban.
Las preocupaciones de Agafia Mijailovna y el cocinero respecto a la co mida tuvieron por resultado que los dos ami gos, que
tenían gran apetito, acometieran los entremeses, comiendo mucho pan con mantequilla, caza ahumada y se tas saladas. Para
colmo, Levin ordenó servir la sopa sin las empanadillas con las que el cocinero quería deslumbrar al invitado.
Aunque acostumbrado a otras comidas, Esteban Arkadie vich lo encontraba todo excelente: el vodka de hierbas, el pan con
manteca, la caza ahumada, el vino blanco de Crimea. Sí, todo era espléndido y exquisito.
–¡Admirable admirable! –dijo, encendiendo un grueso cigarro después del asado –––. Se dijera que después de viajar en un
vapor, entre ruidos y tambaleos, he arribado a una costa tranquila... ¿De modo que, según tú, el factor obrero debe ser
estudiado a inspirar el modo de or ganizar la economía agraria? Aunque profano en estas materias, me parece que esa teo ría y
su aplicación van a influir sobre el obrero también.
–Sí; pero no olvides que no hablo de economía política, sino de la ciencia de la explotación de la tierra. Esta última debe,
como todas las ciencias naturales, estudiar los fenómenos, así como al obrero en los aspectos económico, etnográfico...
Agafia Mijailovna entró con la confitura.
–Agafia Mijailovna –dijo el invitado, haciendo ademán de chuparse los dedos –, ¡qué caza y qué licores tan bien pre parados
tiene usted! ¿Qué, Kostia? ¿Es hora ya?
Levin miró por la ventana el sol que se ponía entre las desnudas copas de los árboles del bosque.
–Sí lo es. Kusmá, prepara el charabán –dijo Levin.
Y descendieron.
Ya abajo, Esteban Arkadievich quitó él mismo la funda de una caja de laca y, una vez abierta, comenzó a armar su esco peta,
un arma cara, último modelo.
Kusmá, presintiendo una buena propina para vodka, no se separaba de Esteban Arkadievich. Le ponía las medias y las botas
y él le dejaba hacer de buen grado.
–Kostia, si llega el comerciante Riabinin, a quien he mandado llamar, ordena que le reciban y que espere.
–¿Vendes el bosque a Riabinin?
–Sí. ¿Le conoces?
–Le conozco. Tuve con él asuntos que terminaron «positivamente y definitivamente».
Esteban Arkadievich rió. Aquellas últimas palabras eran las preferidas del comerciante.
–Sí; habla de un modo muy divertido. ¡Veo que has comprendido a dónde va tu amo! –añadió, acariciando a «Laska», que
ladraba suavemente dando vueltas en torno a Levin y lamiéndole, ya las manos, ya las botas, ya la escopeta.
Cuando salieron, el charabán estaba al pie de la escalera.
–He mandado preparar el charabán, pero no está lejos... ¿Quieres que vayamos a pie?
–No, será mejor que vayamos montados –dijo Esteban Arkadievich, acercándose al coche.
Sentóse, se envolvió las piernas en una manta de viaje que imitaba una piel de tigre y encendió un cigarro,
–No puedo comprender cómo no fumas. Un cigarro no es sólo un placer, sino el mejor d e los placeres. ¡Esto es vida! ¡Qué
bien va aquí todo! ¡Así me gustaría vivir!
–¿Quién te prohíbe hacerlo? –dijo, sonriendo, Levin.
–¡Eres un hombre feliz! Tienes cuanto quieres: si quieres caballos, los tienes; si quieres perros, los tienes; si quieres ca za, la
tienes; siquieres fincas, las tienes.
–Acaso soy feliz porque me contento con lo que tengo y no me aflijo por lo que me falta –dijo Levin pensando en Kitty.
Esteban Arkadievich le comprendió. Miró a su amigo y no dijo nada.
Levin agradecía a Oblonsk y que no le hubiese hablado de los Scherbazky, comprendiendo que no deseaba que lo hiciese.
Pero al presente Levin sentía ya impaciencia por saber lo que tanto le atormentaba, aunque no se atrevía a hablar de ello.
–¿Y qué, cómo van tus asuntos? –prejuntó Levin, comprendiendo que estaba mal por su parte hablar sólo de sí.
Los ojos de su amigo brillaron de alegría.
–Ya sé que tú no admites que se busquen panecillos cuando se tiene ya una ración de pan corriente y que lo consi deras un
delito; pero yo no com prendo la vida sin amor –respondió, interpretando a su modo la pregunta de Levin –. ¡Qué le vamos a
hacer! Soy así. Esto perjudica poco a los demás y en cambio a mí me proporciona tanto placer...
–¿Hay algo nuevo sobre eso? –preguntó Levin.
–Hay, hay... ¿Conoces ese tipo de mujer de los cuadros de Osián? Esos tipos que se ven en sueños... Pues mujeres así existen
en la vida. Y son terribles. La mujer, amigo mío, es un ser que por más que lo estudies te resulta siempre nuevo.
–Entonces vale más no estudiarlo.
–¡No! Un matemático ha dicho que el placer no está en descubrir la verdad, sino en el esfuerzo de buscarla.
Levin escuchaba en silencio, y a pesar de todos sus esfuerzos, no podía comprender el espíritu de su amigo. Le era imposible
entender sus sentimientos y el placer que experimentaba estudiando a aquella especie de mujeres. ,
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XV
El lugar indicado para la caza estaba algo más arriba del arroyo, no lejos de allí, en el bosquecillo de pequeños olmos.
Al llegar, dejaron el coche y Levin condujo a Oblonsky a la extremidad de un claro pantanoso, cubierto de musgo, donde ya
no había nieve. Él se instaló en otro extremo del claro, junto a un álamo blanco igual al de Oblonsky; apoyó la esco peta en una
rama seca baja, se quitó el caftán, se ajustó el cinturón y comprobó que podía mover los brazos libremente.
La vieja «Laska», que seguía todos sus pasos, se sentó frente a él con precaución y aguzó el oído. El sol se ponía tras el
bosque grande. A la luz crepuscular, los álamos blancos di seminados entre los olmos se destacaban, nítidos, con sus bo tones
prontos a florecer.
En la espesura, donde aún había nieve, corría el agua con leve rumor formando caprichosos arroyuelos. Los pájaros
gorjeaban saltando de vez en cuando de un árbol a otro. En los intervalos de silencio absoluto se sentía el ligero crujir de las
hojas secas del año pasado, removidas por el deshielo y el crecer de las hierbas.
–¡Qué hermoso es esto! Se siente y hasta se ve crecer la hierba –exclamó Levin, viendo una hoja de color pizarra mo verse
sobre la hierba nueva.
Escuchaba y miraba ora la tierra mojada cubierta de mus gos húmedos, ora a «Laska», atenta a todo rumor, ora el mar de
copas de árboles desnudos que tenía delante, ora el cielo que, velado por las blancas vedijas de las nubecillas , se oscurecía
lentamente.
Un buitre batiendo las alas muy despacio volaba altísimo sobre el bosque lejano; otro buitre volaba en la misma direc ción y
desapareció. La algarabía de los pájaros en la espesura era cada vez más fuerte. Se oyó el grito de un búho. «Laska»,
avanzando con cautela con la cabeza ladeada, comenzó a es cuchar con atención. Al otro lado del arroyo se sintió el cantar de
un cuclillo. El canto se repitió dos veces, luego se apresuró y se hizo más confuso.
–¡Ya tenemos ahí un cuclillo! –dijo Esteban Arkadievich saliendo de entre los arbustos.
–Ya lo oigo –repuso Levin, enojado al sentir interrumpido el silencio y con una voz que a él mismo le sonó desa gradable–.
Ahora, pronto...
Esteban Arkadievich desapareció de nuevo en la maleza y L evin no vio más que la llamita de un fósforo y la pequeña brasa
de un cigarro con una voluta de humo azul.
Chic–chic, sonaron los gatillos de la escopeta que Esteban Arkadievich levantaba en aquel momento.
–¿Qué es eso? ¿Quién grita? –preguntó Oblonsky, llamando la atención a Levin sobre un ruido sordo y prolongado como el
piafar de un potro.
–¿No lo sabes? Es el macho de la liebre. Pero basta de hablar. ¿No oyes? ¡Se oye ya volar! –exclamó Levin alzando a su vez
los gatillos.
Se sintió un silbido agudo y lejano y en dos segundos, el espacio de tiempo familiar a los cazadores, sonaron otros dos
silbidos y luego el característico cloqueo.
Levin miró a derecha a izquierda, y ante sí, en el cielo azul seminublado, sobre las suaves copas de los arbolillos, div isó un
pájaro.
Volaba hacia él directamente. Su cloqueo, tan semejante al rasgar de un tejido recio, se sintió casi en el mismo oído de
Levin, quien veía ya su largo pico y su cuello.
En el momento en que se echaba la escopeta a la cara, tras el arbusto qu e ocultaba a Oblensky brilló un relámpago rojo. El
pájaro bajó, como una flecha, y volvió a remontarse. Surgió un segundo relámpago y se oyó una detonación.
El ave, moviendo las alas como para sostenerse, se detuvo un momento en el aire y luego cayó pesadamente a tierra.
–¿No le he dado? ¿No he hecho blanco? –preguntó Esteban Arkadievich, que no podía ver a través del humo.
–Aquí está –dijo Levin, señalando a «Laska» que, levantando una oreja y agitando la cola, traía a su dueño el pájaro muerto,
lentamente, como si quisiera prolongar el placer, se diría que sonriendo...
–¡Me alegro de que hayas acertado! –dijo Levin, sin tiendo a la vez cierta envidia de no haber sido él quien matara a la
chocha.
–¡Pero erré el tiro del cañón derecho, caramba! –contestó Esteban Arkadievich cargando el arma–. ¡Chist! Ya vuelven.
Se oyeron, en efecto, silbidos penetrantes y seguidos. Dos chochas, jugueteando, tratando de alcanzarse, silbando sin emitir
el cloqueo habitual, volaron sobre las mismas cabezas de los cazadores.
Se oyeron cuatro disparos. Las chochas dieron una vuelta, rápidas como golondrinas, y desaparecieron.
La caza resultaba espléndida. Esteban Arkadievich mató dos piezas más y Levin otras dos, una de las cuales no pudo
encontrarse. Oscurecía. Venus, clara, como de plata, brillaba muy baja, con suave luz, en el cielo de poniente, mientras, en
levante, fulgían las rojizas luces del severo Arturo.
Levin buscaba y perdía de vista sobre su cabeza la conste lación de la Osa Mayor. Ya no volaban las chochas. Pero Levin
resolvió esperar hasta que Venus, visible para él bajo una rama seca, brillase encima de ella y hasta que se divisasen en el cielo
todas las estrellas del Carro.
Venus remontó la rama, fulgía ya en el cielo azul toda la constelación de la Osa, con s u carro y su lanza, y Levin continuaba
esperando.
–¿Volvemos? –preguntó Esteban Arkadievich.
En el bosque reinaba un silencio absoluto y no se movía ni un pájaro.
–Quedémonos un poco más –dijo Levin.
–Como quieras.
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Ahora estaban a unos quince pasos uno de otro.
–Stiva ––dijo de pronto Levin–, ¿por qué no me dices si tu cuñada se casa o se ha casado ya? –y al decir esto, se sentía tan
firme y sereno que creía que ninguna contestación había de conmoverle.
Pero no esperaba la respuesta de Oblonsky.
–No pensaba ni piensa casarse. Está muy enferma y los médicos la han enviado al extranjero. Hasta se teme por su vida.
–¿Qué dices? ––exclamó Levin–. ¿Muy enferma? ¿Qué tiene? ¿Cómo es que ...?
Mientras hablaba, «Laska», aguzando los oídos, miraba al cielo y contemplaba a los dos con reproche.
«Ya han encontrado ocasión de hablar», pensaba la perra. «Y mientras tanto el pájaro está aquí, volando. Y no van a verlo. »
Pero en aquel momento los dos cazadores oyeron a la vez un silbido penetrante que parecía golpearles las orejas.
Ambos empujaron sus armas, brillaron dos relámpagos y dos detonaciones se confundieron en una.
Una chocha que volaba muy alta plegó las alas instantánea mente y cayó en la espesura, doblando al desplomarse las ra mas
nuevas.
–¡Magnífico! ¡Es de los dos! –exclamó Levin y corrió con «Laska» en dirección al bosque para buscar la chocha.
«¿No me han dicho ahora algo desagradable?», se preguntó. «¡Ah, sí; que Kitty está enferma! En fin, ¿qué le vamos a hacer?
Pero me apena mucho», pensaba.
–¿Ya la has encontrado? ¡Eres un as! ––dijo tomando de boca de «Laska» el pájaro palpitante aún y metiéndolo en el morral
casi lleno.
Y gritó:
–¡Ya la ha encontrado, Stiva!
XVI
De vuelta a casa, Levin preguntó detalles sobre la dolencia de Kitty y sobre los plan es de los Scherbazky, y aunque le
avergonzaba confesarlo, hablar de ello le producía satisfacción.
Le satisfacía porque en aquel tema sentía renacer en su alma la esperanza, y también por la secreta satisfacción que le
proporcionaba el saber que también sufría la que tanto le había hecho sufrir a él. Pero cuando su amigo quiso informarle de las
causas de la enfermedad de Kitty y nombró a Vronsky, Levin le interrumpió:
–No tengo derecho alguno y tampoco, a decir verdad, interés en entrar en detalles familiares.
Esteban Arkadievich sonrió imperceptiblemente al obser var el rápido –y tan conocido para él – cambio de expresión del
semblante de Levin, tan triste ahora como alegre un momento antes.
–¿Has ultimado con Riabinin lo de la venta del bosque? –preguntó Levin.
–Sí, todo ultimado. El precio es excelente: treinta y ocho mil rublos. Ocho mil al contado y los demás pagaderos en seis
años. He esperado mucho tiempo antes de decidirme, pero nadie me daba más.
–Veo que lo das regalado.
–¿Regalado? –dijo Esteban Arkadievich con benévola sonrisa, sabiendo que Levin ahora lo encontraría todo mal.
–Un bosque vale por lo menos quinientos rublos por deciatina –aseveró Levin.
–¡Cómo sois los propietarios rurales! –bromeó Esteban Arkadievich –. ¡Qué tono de desprecio h acia nosotros, los de la
ciudad! Pero luego, cuando se trata de arreglar algún asunto, resulta que nosotros lo hacemos mejor. Lo he calcu lado todo,
créeme, Y he vendido el bosque tan bien que sólo temo que Riabinin se vuelva atrás. Ese bosque no es made rable –continuó,
tratando de convencer a Levin, diciendo que no era « maderable» , de lo equivocado que estaba –. No sirve más que para leña.
No se obtienen más de treinta sajeñs por deciatina y Riabinin me da doscientos rublos por deciatina.
Levin sonrió despreciativamente.
«Conozco el modo de tratar asuntos que tienen los habitan tes de la ciudad. Vienen al pueblo dos veces en diez años, re -
cuerdan dos o tres expresiones populares y las dicen luego sin ton ni son, imaginando que ya han hallado el secreto de todo.
¡«Maderable» ! ¡«Levantar treinta sajeñs»! Pronuncia palabras que no entiende», pensó Levin.
–Yo no trato de ir a enseñarte lo que tienes que hacer en tu despacho, y en caso necesario voy a consultarte ––dijo en alta
voz–. En cambio, tú estás con vencido de que entiendes algo de bosques. ¡Y entender de eso es muy difícil! ¿Has contado los
árboles?
–¡Contar los árboles! ––contestó riendo Esteban Arkadie vich, que deseaba que su amigo perdiese su triste disposición de
ánimo–. «¡Oh! Contar granos de arena y rayos de estrellas, ¿qué genio lo podría hacer?» ––declamó sonriente.
–––Cierto; pero el genio de Riabinin es muy capaz de eso. Y ningún comprador compraría sin contar, excepto en el caso
concreto de que le regalaran un bosque, como ahora. Yo co nozco bien tu bosque. Todos los años voy a cazar allí. Tu bos que
vale quinientos rublos por deciatina al contado y Riabinin te paga doscientos a plazos. Eso significa que le has regalado treinta
mil rublos.
–Veo que quieres exagerar ––contestó Esteban Arkadievich–. ¿Cómo es que nadie me los daba?
–Porque Riabinin se ha puesto de acuerdo con los demás posibles compradores, pagándoles para que se retiren de la
competencia. No son compradores, sino revendedores. Riabi nin no realiza negocios para ganar el qui nce o veinte por ciento,
sino que compra un rublo por veinte copecks.
–Vamos, vamos; estás de mal humor y...
–No lo creas –––dijo Levin con gravedad.
Llegaban ya a casa.
Comentario: Medida que
equivale a 2.134 metros.
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Junto a la escalera se veía un charabán tapizado de piel y con armadura de hierro y uncido a él un caballo robusto, sujeto con
sólidas correas. En el carruaje estaba el encargado de Riabinin, que servía a la vez de cochero. Era un hombre san guíneo, rojo
de cara, y llevaba un cinturón muy ceñido.
Riabinin estaba ya en casa; y los dos amigos le hallaron en el recibidor. Era alto, delgado, de mediana edad, con bigote y con
la pronllnente barbilla afeitada con esmero. Tenía los ojos sal tones y turbios. Vestía una larga levita azul, con botones muy
bajos en los faldones, y calzaba botas altas, arrugadas en los tobillos y rectas en las piernas, protegidas por grandes chanclos.
Con gesto enérgico se secó el rostro y se arregló is levita, aunque no lo necesitaba. Luego saludó sonriendo a los recién
llegados, tendiendo una mano a Esteban Arkadievich como si desease atraparle al vuelo.
–¿Conque ya ha llegado usted? –dijo Esteban Arkadievich–. ¡Muy bien!
–Aunque el camino es muy malo, no osé desobedecer las órdenes de Vuestra Señoría. Tuve que apresurarme mucho, pero
llegé a la hora. Tengo el gusto de saludarle, Constantino Dmitrievich.
Y se dirigió a Levin, tratando también de estrechar su mano. Pero Levin, con las cejas fruncidas, fingió no ver su gesto y
comenzó a sacar las chochas del morral.
–¿Cómo se llama ese pájaro? –preguntó Riabinin, mirando las chochas con desprecio–. Debe de tener cierto regusto de...
Y movió la cabeza en un gesto de desaprobación, como pensando que las ganancias de la caza no debían de cubrir los gastos.
–¿Quieres pasar a mi despacho? –preguntó Levin a Oblonsky en franc és, arrugando aún más el entrecejo –. Sí; pasad al
despacho y allí podréis hablar más cómodamente y sin testigos.
–Bien, como usted quiera –dijo Riabinin.
Hablaba con desdeñosa suficiencia, como deseando hacer comprender que, si hay quien halla dificultades sobre la manera en
hay que terminar un negocio, él no las conocía nunca.
Al entrar en el despacho, Riabinin miró buscando la santa imagen que se acostumbra colgar en las habitaciones, pero, al no
verla, no se persignó. Después miró las estanterías y arma rios de libros con la expresión de duda que tuviera ante las chochas,
sonrió con desprecio y movió la cabeza, seguro ahora de que aquellos gastos no se cubrían con las ganancias.
–¿Qué?, ¿ha traído el dinero? –preguntó Oblonsky–. Siéntese...
–Sobre el dinero no habrá dificultad. Venía a verle, a hablarle...
–¿Hablar de qué? Siéntese, hombre.
–Bueno; nos sentaremos –dijo Riabinin, haciéndolo y apoyándose en el respaldo de la butaca del modo que le resul taba más
molesto–. Es preciso que rebaje el precio, P ríncipe. No se puede dar tanto. Yo traigo el dinero preparado, hasta el último
copeck. Respecto al dinero no habrá dificultades...
Levin, después de haber puesto la escopeta en el armario, se disponía a salir de la habitación, pero al oír las palabras del
comprador, se detuvo.
–Sin eso se lleva ya usted el bosque regalado. Mi amigo me ha hablado demasiado tarde, si no habría fijado el precio yo –––
dijo Levin.
Riabinin se levantó y, sonriendo en silencio, miró a Levin de pies a cabeza.
–Constantino Dmitrievich es muy avaro –––dijo, dirigiéndose a Oblonsky y sin dejar de sonreír –––. En definitiva, no se le
puede comprar nada. Yo le hubiese adquirido el trigo pagándoselo a buen precio, pero...
–¿Querría acaso que se lo regalara? –repuso Levin–. No me lo encontré en la tierra ni lo robé.
–¡No diga usted eso! En nuestros tiempos es decididamente imposible robar. Hoy, al fin y al cabo, todo se hace a través del
juzgado y de los notarios; todo honesta y lealmente... ¿Cómo sería posible robar? Nuestros tratos han sido llevados con honora-
bilidad. El señor pide demasiado por el bosque, y no podría cubrir los gastos. Por eso le pido que me rebaje algo.
–¿Pero el trato está cerrado o no? Si lo está, sobra todo regateo. Si no lo está, compro yo el bosque ––dijo Levin.
La sonrisa desaparecio de súbito del rostro de Riabinin y se sustituyó por una expresión dura, de ave de rapiña, de buitre...
Con dedos ágiles y decididos, desabrochó su levita, mos trando debajo una amplia camisa, desabrochó los botones de cobre de
su chaleco, separó la cadena del reloj y sacó rápidamente una vieja y abultada cartera.
–El bosque es mío, con perdón –dijo, santiguándose a toda prisa, y adelantando la mano–. Tome el dinero, el bosque es mío.
Riabinin hace así sus negocios, no se entretiene en menudencias.
–En tu lugar yo no me apresuraría a cogerle el dinero ––dijo Levin.
–¿Qué quieres que haga? –repuso Oblonsky con extrañeza–. He dado mi palabra.
Levin salió de la habitación dando un portazo. Riabinin movió la cabeza y miró hacia la puerta sonriente.
–¡Cosas de jóvenes, niñerías! Si lo compro, crea en mi lealtad, lo hago sólo porque se diga que fue Riabinin quien compró el
bosque y no otro. ¡Dios sabe cómo me resultará! Puede usted creerme. Y ahora haga el favor: fírmeme usted el contrato.
Una hora después, Riabinin, abrochando su gabán cuidadosamente y cerrando todos los botones de su levita, en cuyo bolsillo
llevaba el contrato de venta, se sentaba en el pescante del charabán para volver a su casa.
–¡Oh, lo que son estos señores! –dijo a su encargado–. Siempre los mismos.
–Claro –repuso el empleado entregándole las riendas y ajustando la delantera de cuero del vehículo –. ¿Puedo felicitarle por
la compra, Mijail Ignatich?
–¡Arte, arte! –gritó el comprador animando a los caballos.
XVII
Esteban Arkadievich subió al piso alto con el bolsillo hen chido del papel moneda que el comerciante le había pagado con
tres meses de anticipación.
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El asunto del bosque estaba terminado, la caza había sido abundante y Esteban Arkadievich, hallándose muy o ptimista,
deseaba disipar el mal humor de Levin. Quería terminar el día como lo había empezado, y cenar tan agradablemente como
había comido.
Levin, en efecto, estaba de mal humor y, pese a su deseo de mostrarse amable y cariñoso con su caro amigo, no logr aba
dominarse. La embriaguez que le produjo la noticia de que Kitty no se había casado se había ido desvaneciendo en él poco a
poco.
Kitty no estaba casada y se hallaba enferma, enferma de amor por un hombre que la despreciaba. Parecíale que en lo
sucedido había también como una vaga ofensa para él. Vronsky había desdeñado a quien desdeñara a Levin... Vronsky, pues,
tenía derecho a despreciar a Levin. En consecuencia, era enemigo suyo.
Pero Levin no quería razonar sobre ello. Sentía que había algo ofensivo para él y se irritaba no contra la causa, sino con tra
cuanto tenía delante. La necia venta del bosque, el engaño en que Oblonsky cayera y que se había consumado en su casa, le
irritaba.
–¿Terminaste ya? –preguntó a Esteban Arkadievich al encontrarle arriba–. ¿Quieres cenar?
–No me niego. Se me ha despertado en este pueblo un apetito fenomenal. ¿Por qué no has invitado a Riabinin?
–¡Que se vaya al diablo!
–¡Le tratas de un modo! –dijo Oblonsky–. Ni le has dado la mano. ¿Por qué haces eso?
–Porque no doy la mano a mis criados y, sin embargo, valen cien veces más que él.
–Eres, decididamente, un retrógrado. ¿Y la confraternidad de clases? –preguntó Oblonsky.
–Quien desee confraternizar, que lo haga cuanto quiera. A mí lo que me asquea, me asquea.
–Eres un reaccionario cerril.
–Te aseguro que no he pensado nunca en lo que soy. Soy Constantino Levin y nada más.
–Y un Constantino Levin malhumorado –comentó, riendo, Esteban Arkadievich.
–¡Sí: estoy de mal humor! ¿Y sabes por qué? Permíteme que te lo diga: por esa estúpida venta que has hecho.
Esteban Arkadievich arrugó las cejas con benevolencia, como hombre a quien acusan y ofenden injustamente.
–Basta –dijo–. Cuando uno vende algo sin decirlo, to dos le aseguran después que lo que vende valía mucho más. Pero
cuando uno ofrece algo en venta, nadie le da nada. Veo que tienes ojeriza a ese Riabinin.
–Es posible... ¿Y sabes por qué? Vas a decir de nuevo que soy un reaccionario o alguna cosa peor... Pero no puedo me nos de
afligirme viendo a la nobleza, esta nobleza a la cual, a pesar de esta monserga de la confraternidad de clases, me honro en
pertenecer, va arruinándose de día en día... Y lo malo es que esa ruina no es una consecuencia del lujo. Eso no sería ningún
mal, porque vivir de un modo señorial corresponde a la nobleza y sólo la nobleza lo sabe hacer. Que los aldeanos compren
tierras al lado de las nuestras no me ofende. El señor no hace nada; el campesino trabaja, justo es que despoje al ocioso. Esto
está en el orden natural de las cosas, y a mí me parece muy bien; me satisface incluso. Pero me indigna que la nobleza se
arruine por candidez. Hace poco un arrendatario polaco compró una espléndida propiedad por la mitad de su valor a una
anciana señora que vive en Niza. Otros arriendan a los comerciantes, a rublo por deciatina, la tierra que vale diez rublos. Ahora
tú, sin motivo alguno, has regalado a ese ladrón treinta mil rublos.
–¿Qué querías que hiciera? ¿Contar los árboles?
–¡Claro! Tú no los has contado y Riabinin sí; y después los hijos de Riabinin tendrá n dinero para que les eduquen, y acaso a
los tuyos les falte.
–Perdona; pero encuentro algo mezquino en eso de contar los árboles. Nosotros tenemos nuestro trabajo, ellos tienen el suyo
y es justo que ganen algo. ¡En fin: el asunto está termi nado y basta! Ahí veo huevos al plato de la manera que más me gustan.
Y Agafia Mijailovna nos traerá sin duda aquel milagroso néctar de vodka con hierbas.
Esteban Arkadievich, sentándose a la mesa, comenzó a bro mear con Agafia Mijailovna, asegurándole que hacía tiemp o que
no había comido y cenado tan bien como aquel día.
–Usted dice algo, siquiera –repuso ella–; pero Constantino Dmitrievich nunca dice nada. Si se le diera una corteza de pan por
toda comida, tampoco diría ni una palabra.
Aunque Levin se esforzaba en vencer su mal humor, permaneció todo el tiempo triste y taciturno.
Deseaba preguntar algo a su amigo, pero no halló ocasión ni manera de hacerlo.
Esteban Arkadievich había bajado ya a su cuarto, se había desnudado, lavado, se había puesto el pijama y acost ado y, sin
embargo, Levin no se resolvía a dejarle, hablando de cosas in significantes y sin encontrar la fuerza para preguntarle lo que
quería.
–¡Qué admirablemente preparan ahora los jabones! dijo Levin, desenvolviendo el trozo de jabón perfumado que Aga fia
Mijailovna había dejado allí para el huésped y que éste no había tocado– Míralo: es una obra de arte.
–Sí, ahora todo es muy perfecto ––dijo Oblonsky, bostezando con la boca totalmente abierta –. Por ejemplo, los teatros y
demás espectáculos están alumbrados con luz eléctrica. ¡Ah, ah, ah! –y bostezaba más aún–. En todas partes hay electricidad,
en todas partes...
–Sí, la electricidad... –respondió Levin–. Sí... ¿Oye?, ¿dónde está Vronsky ahora? –preguntó dejando el jabón.
–¿Vronsky? ––dijo Esteban Arkadievich, concluyendo un nuevo bostezo –. Está en San Petersburgo. Marchó poco des pués
que tú y no ha vuelto a Moscú ni una vez. Voy a decirte la verdad, Kostia –continuó Oblonsky, apoyando el brazo en la mesilla
de noche junto a su lecho y poniendo el rostro hermoso y rubicundo sobre la mano, mientras a sus ojos bondadosos y cargados
de sueños parecían asomar los destellos de miríadas de estrellas. Tú tuviste la culpa, te asustaste ante tu rival. Y yo, como te
dije en aquel momento, aún no sé quién de los dos tenía más probabilidades de triunfar. ¿Por qué no fuiste derechamente hacia
el objetivo? Ya te dije entonces que...
Y Esteban Arkadievich bostezó sólo con un movimiento de mandíbulas, sin abrir la boca.
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«¿Sabrá o no sabrá que pedí la mano de Kitty?», pensó Levin mirándole. « Sí: se nota una expresión muy astuta, muy di -
plomática, en su semblante.»
Y, advirtiendo que se ruborizaba, Levin miró a Esteban Arkadievich a los ojos.
–Cierto que entonces Kitty se sentía algo atraída hacia Vronsky –continuaba Oblonsky–. ¡Claro: su porte distin guido y su
futura situación en la alta sociedad influyeron mucho, no sobre Kitty, sino sobre su madre!
Levin frunció las cejas. La ofensa de la negativa que se le había dado le abrasaba el corazón como una herida recien te, pero
ahora estaba en su casa, y sentirse entre los muros propios es cosa que siempre da valor.
–Espera –interrumpió a Oblonsky–. Permíteme que te pregunte: ¿en qué consiste ese porte distinguido de que has hablado,
ya sea en Vronsky o en quien sea? Tú consideras que Vronsky es un aristócrata y yo no. El hombre cuyo padre salió de la nada
y llegó a la cumbre por saber arrastrarse, el hombre cuya madre ha tenido no se sabe cuántos amantes... Perdona; pero yo me
considero aristócrata y considero tales a l os que se me parecen por tener tras ellos dos o tres generaciones de fa milias
honorables que alcanzaron el grado máximo de educa ción (sin hablar de capacidades y de inteligencia, que es otra cosa), que
jamás cometieron canalladas con nadie, que no ne cesitaron de nadie, como mis padres y mis abuelos. Conozco muchos así. A
ti te parece mezquino contar los árboles en el bosque, y tú, en cambio, regalas treinta mil rublos a Riabinin; pero tú, claro,
recibes un sueldo y no sé cuántas cosas más, mientras yo no recibo nada, y por eso cuido los bienes fami liares y los
conseguidos con mi trabajo... Nosotros somos aris tócratas y no los que subsisten sólo con las migajas que les echan los
poderosos y a los que puede comprarse por veinte copecks.
–¿Por qué me dices todo eso? Estoy de acuerdo contigo –dijo Esteban Arkadievich sincera y jovialmente, aunque sa bía que
Levin le incluía entre los que se pueden comprar por veinte copecks. Pero la animación de Levin le complacía de verdad –.
¿Contra quién hablas? Aunque te equivocas bastante en lo que dices de Vronsky, no me refiero a eso. Te di go sinceramente
que yo en tu lugar habría permanecido en Moscú y...
–No. No sé si lo sabes o no, pero me es igual y voy a de círtelo. Me declaré a Kitty y ella me rechazó. Y ahora C atalina
Alejandrovna no es para mí sino un recuerdo humillante y doloroso.
–¿Por qué? ¡Qué tontería!
–No hablemos más. Perdóname si me he mostrado un poco rudo contigo –dijo Levin.
Y ahora que lo había dicho todo, volvía ya a sentirse como por la mañana.
–No te enfades conmigo, Stiva. Te lo ruego; no me guardes rencor –terminó Levin.
Y cogió, sonriendo, la mano de su amigo.
–Nada de eso, Kostia. No tengo por qué enfadarme. Me alegro de esta explicación. Y ahora a otra cosa: a veces por las
mañanas hay buena caza. ¿Iremos? Podría prescindir de dormir a ir directamente del cazadero a la estación.
–Muy bien.
XVIII
Aunque la vida interior de Vronsky estaba absorbida por su pasión, su vida externa no había cambiado y se deslizaba rau -
damente por los raíles acostumbrados de las relaciones mundanas, de los intereses sociales, del regimiento.
Los asuntos del regimiento ocupaban importante lugar en la vida de Vronsky, más aún que por el mucho cariño que te nía al
cuerpo, por el cariño que en el cuerpo se le te nía. No sólo le querían, sino que le respetaban y se enorgullecían de él, se
enorgullecían de que aquel hombre inmensamente rico, instruido a inteligente, con el camino abierto hacia éxitos, ho nores y
pompas de todas clases, despreciara todo aquello, y qu e de todos los intereses de su vida no diera a ninguno más lugar en su
corazón que a los referentes a sus camaradas y a su regimiento.
Vronsky tenía conciencia de la opinion en que le tenían sus compañeros y, aparte de que amaba aquella vida, se conside raba
obligado a mantenerles en la opinión que de él se habían formado.
Como es de suponer, no hablaba de su amor con ninguno de sus compañeros, no dejando escapar ni una palabra ni aun en los
momentos de más alegre embriaguez (aunque desde luego rara vez se emborrachaba hasta el punto de perder el dominio de sí
mismo). Por esto podía, pues, cerrar la boca a cualquiera de sus camaradas que intentase hacerle la menor alusión a aquellas
relaciones.
No obstante, su amor era conocido en toda la ciudad, Más o menos , todos sospechaban algo de sus relaciones con la Ka -
renina. La mayoría de los jóvenes le envidiaban precisamente por lo que hacía más peligroso su amor: el alto cargo de Kare nin
que contribuía a hacer más escandalosas sus relaciones.
La mayoría de las se ñoras jóvenes que envidiaban a Ana y estaban hartas de oírla calificar de irreprochable, se sentían
satisfechas y sólo esperaban la sanción de la opinión pública para dejar caer sobre ella todo el peso de su desprecio. Preparaban
ya los puñados de barro q ue lanzarían sobre Ana cuando fuese llegado el momento. Sin embargo, la mayoría de la gente de
edad madura y de posición elevada estaba descontenta del escándalo que se preparaba.
La madre de Vronsky, al enterarse de las relaciones de su hijo, se sintió, en principio, contenta, ya que, según sus ideas, nada
podía acabar mejor la formación de un joven como un amor con una dama del gran mundo. Por otra parte, compro baba, no sin
placer, que aquella Karenina, que tanto le había gustado, que le había hablado t anto de su hijo, era al fin y al cabo como todas
las mujeres bonitas y honradas, según las consideraba la princesa Vronskaya.
Pero últimamente se informó de que su hijo había rechazado un alto puesto a fin de continuar en el regimiento y poder seguir
viendo a la Karenina, y supo que había personajes muy conspicuos que estaban descontentos de la negativa de Vronsky.
Esto la hizo cambiar de opinión tanto como los informes que tuvo de que aquellas relaciones no eran brillantes y agra dables,
a estilo del gran mundo y tal como ella las aprobaba, sino una pasión a lo Werther, una pasión loca, según le conta ban, y que
podía conducir a las mayores imprudencias.
Comentario: Kitty.
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No había visto a Vronsky desde la inesperada marcha de éste de Moscú y envió a su hijo mayor para deci rle que fuese a
verla.
Tampoco el hermano mayor estaba contento. No le impor taba qué clase de amor era aquel de su hermano, grande o no, con
pasión o sin ella, casto o vicioso (él mismo, aun con hijos, entretenía a una bailarina y por ello miraba el caso con indulgencia,
pero sí observaba que las relaciones de su hermano disgustaban a quienes no se puede disgustar, y éste era el mo tivo de que no
aprobase su conducta).
Aparte del servicio y del gran mundo, Vronsky se dedicaba a otra cosa: los caballos, que constituían su pasión.
Aquel año se habían organizado carreras de obstáculos para oficiales y Vronsky se inscribió entre los participantes, des pués
de lo cual compro una yegua inglesa de pura sangre. Es taba muy enamorado, pero ello no le impedía apasio narse por las
próximas carreras.
Las dos pasiones no se estorbaban la una a la otra. Al contrario: le convenían ocupaciones y diversiones independientes de su
amor que le calmasen a hiciesen descansar de aquellas impresiones que le agitaban con exceso.
XIX
El día de las carreras en Krasnoie Selo, Vronsky entró en el comedor del regimiento más temprano que de costumbre, a fin
de comer un bistec.
No tenía que preocuparse mucho de no aumentar el peso, porque pesaba precisamente los cuatro puds y medio requeridos.
Pero de todos modos evitaba comer dulces y harinas para no engordar.
Sentado, con el uniforme desabrochado bajo el que se veía el chaleco blanco, con los brazos sobre la mesa en espera del
bistec encargado, miraba una novela francesa que había puesto, abierta, ante el plato con el único objeto de no tener que hablar
con los oficiales que entraban y salían. Vronsky reflexionaba.
Pensaba en que Ana le había prometido una entrevista para hoy, después de las carreras. No la había visto desde hacía tres
días y, como su marido acababa de regresar del extran jero, él ignoraba si la entrevista sería posible o no, y no se le ocurría
cómo podría saberlo.
Había visto a Ana la última vez en la casa de veraneo de su prima Betsy. Vronsky evitaba frecuentar la res idencia veraniega
de los Karenin, pero ahora necesitaba ir y meditaba la manera de hacerlo.
«Bien; puedo decir que Betsy me envía a preguntar a Ana si irá a las carreras o no. Sí, claro que puedo ir», decidió al zando
la cabeza del libro.
Y su imaginación le pintó tan vivamente la felicidad de aquella entrevista que su rostro resplandeció de alegría.
–Manda a decir a casa que enganchen en seguida la carre tela con tres caballos –ordenó al criado que le servía el bistec en la
caliente fuente de plata.
Y acercando la bandeja, empezó a comer.
En la contigua sala de billar se oían golpes de tacos, char las y risas. Por la puerta entraron dos oficiales: uno un mucha cho
joven, de rostro dulce y enfermizo, recién salido del Cuerpo de Cadetes, y otro un oficial v eterano, grueso, con una pulsera en
la muñeca, con los ojos pequeños, casi invisibles, en su rostro lleno.
Al verlos, Vronsky arrugó el entrecejo y, fingiendo no reparar en ellos, hizo como que leía, mientras tomaba el bistec.
–¿Te fortaleces para el trabajo? –dijo el oficial grueso sentándose a su lado.
–Ya lo ves ––contestó Vronsky, serio, limpiándose los labios y sin mirarle.
–¿No temes engordar? –insistió aquél, volviendo su silla hacia el oficial joven.
–¿Cómo? –preguntó Vronsky con cierta irritación haciendo una mueca con la que exhibió la doble fila de sus dien tes
apretados.
–¿Si no temes engordar?
–¡Mozo! ¡Jerez! –ordenó Vronsky al criado sin contestar.
Y poniendo el libro al otro lado del plato, continuó leyendo.
El oficial grueso tomó la carta de vinos y se dirigió al joven.
–Escoge tú mismo lo que hayamos de beber –dijo, dándole la carta y mirándole.
–Acaso vino del Rin... –indicó el oficial joven, mirando con timidez a Vronsky y tratando de atusarse los bigotillos in -
cipientes.
Viendo que Vronsky no le dirigía la mirada, el oficial joven se levantó.
–Vayamos a la sala de billar ––dijo.
El oficial veterano se levantó, obedeciéndole, y ambos se dirigieron hacia la puerta.
En aquel instante entró en la habitación el capitán de caballería Yachvin, hombre alto y de buen porte. Se acercó a Vronsky y
saludó despectivamente, con un simple ademán, a los otros dos oficiales.
–¡Ya le tenemos aquí! –gritó, descargándole en la hombrera un fuerte golpe de su manaza.
Vronsky, irritado, volvió la cabeza. Pero en seguida su rostro recuperó su habitual expresión suave, tranquila y firme.
–Haces bien en comer, Alocha –dijo el capitán con su sonora voz de barítono–. Come, come y toma unas copitas.
–Te advierto que no tengo ganas.
–¡Los inseparables! ––exclamó Yachvin, mirando burlonamente a los dos oficiales, que en aquel momento entraban en la
otra sala.
Y se sentó junto a Vronsky, doblando en ángulo agudo sus piernas, enfundadas en pantalones de montar muy estrechos, y
que resultaban demasiado largas para la altura de las sillas.
–¿Por qué no fuiste al teatro Krasninsky? No estuvo mal la Numerova. ¿Dónde estabas?
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–Pasé mucho tiempo en casa de los Tversky.
–¡Ah!
Yachvin, jugador y libertino, de quien no podía decirse que fuera un hombre sin principios, porque p rofesaba principios
francamente inmorales, era el mejor amigo que Vronsky tenía en el regimiento.
Vronsky le apreciaba por su extraordinario vigor físico, que demostraba generalmente bebiendo como una cuba, pa sando
noches sin dormir y permaneciendo inalte rable a pesar de todo. Pero también le estimaba Vronsky por su fuerza mo ral, que
demostraba en el trato con jefes y camaradas, a quie nes inspiraba respeto y temor. Demostraba también aquella energía en el
juego, en el que tallaba por miles y miles, ju gando siempre, a pesar de las enormes cantidades de vino bebidas, con tanta
destreza y dominio de sí que pasaba por el mejor jugador del Club Inglés. En fin, Vronsky estimaba y quería a Yachvin porque
sabía que éste correspondía a su aprecio y afecto, no por su nombre o riquezas, sino por sí mismo.
De todos los conocidos, era Yachvin el único a quien Vronsky habría deseado hablar de su amor. Aunque Yachvin
despreciaba todos los sentimientos, Vronsky adivinaba que sólo él sería capaz de comprender aquella pasi ón que ahora llenaba
su vida. Estaba seguro de que Yachvin no encontraría placer en chismorrear sobre aquello, ya que no le agradaban la
murmuración ni el escándalo. Seguramente habría com prendido su sentimiento en su justo valor, es decir, enten diendo que el
amor no es una broma ni una diversión, sino algo serio a importante.
Vronsky, aunque nunca le hablara de su amor, sabía que Yachvin estaba al corriente de todo y que tenía el concepto que
debía tener. y le áustaba leerlo en los ojos de su amigo.
–¡Ah! –exclamó Yachvin cuando Vronsky le hubo dicho que había estado en casa de los Tversky.
Brillaron sus ojos negros. se cogió el extremo izquierdo de su bigote y se lo metió en la boca, según la mala costumbre que
tenía.
–Y tú, ¿qué hiciste ayer? ¿Ganaste? –preguntó Vronsky.
–Ocho mil. Pero con tres mil no puedo contar. No van a pagármelos.
–Entonces no importa que pierdas apostando por mí –dijo Vronsky, riendo, pues sabía que su amigo había apostado una
fuerte suma a su favor en aquellas carreras.
–No perderé. Tu único enemigo de cuidado es Majotin.
Y la conversación pasó a las carreras, único tema que aquel día podía interesar a Vronsky.
–Bien, ya he terminado –dijo éste.
Y, levantándose, se dirigió a la puerta.
Yachvin se levantó también, estirando sus largas piernas y su ancha espalda.
–Aún es temprano para comer; pero me apetece beber. Es pérame, ahora voy. ¡Eh! ¡Venga vino! –gritó con voz sonora que
hacía retemblar los cristales, voz célebre por el estruendo con que daba órdenes –. ¡Pero no, no quiero! –gritó otra vez–. Si
vuelves a tu casa, voy contigo.
Y salieron juntos.
XX
Vronsky ocupaba en el campamento una isba finesa, muy limpia y dividida en dos departamentos. En el campamento,
Petrizky vivía también con él. Cuando Vronsky y Yachvin entraron, Petrizky dormía aún.
–Levántate; ya has dormido bastante –dijo Yachvin pa sando al otro lado del tabique y sacudiendo por los hombros al
desgreñado Petrizky, que dormía con la cabeza hundida en la almohada.
Petrizky se incorporó bruscamente sobre las rodillas y miró a su alrededor.
–Ha estado aquí tu hermano –dijo a Vronsky–. Me despertó. ¡El diablo le lleve! Ha dicho que volvería.
Y atrayendo otra vez la manta hacia sí, apoyó la cabeza en la almohada.
–Déjame en paz, Yachvin –dijo a éste, que insistía en tirar de la manta–. Déjame... –dio media vuelta y abrió los ojos–. Y si
no, vale más que digas esto: ¿qué me convendría beber ahora? Tengo en la boca un sabor tan malo que...
–Lo mejor será beber vodka –contestó Yachvin con su voz de bajo –. ¡Tereschenko, trae vodka y pepinos salados para el
señor!. –gritó al ordenanza.
–¿Crees que lo mejor será vodka? –preguntó Petrizky, haciendo muecas–. ¿Bebes tú? Si bebemos los dos, de acuerdo. Y tú,
Vronsky, ¿bebes? –concluyó Petrizky levantándose y envolviéndose hasta el pecho en la manta de rayas.
Salió por la puerta del tabique, levantó los brazos y cantó en francés:
Había en Tule un rey...
–¿Beberás, Vronsky? –insistió.
–Déjame en paz –repuso Vronsky, poniéndose el uniforme que le ofrecía el ordenanza.
–¿Adónde vas? –preguntó Yachvin–. Allí tienes la troika –añadió, viendo acercarse el coche.
–Alas cuadras. Además, tengo que ver antes a Briansky para hablarle de los caballos –repuso Vronsky.
Vronsky, en efecto, había prometido visitar a Briansky, que vivía a diez verstas de San Petersburgo, para llevarle el di nero
de los caballos. Quería aprovechar el tiempo para realizar de paso aquella visita.
Pero sus compañeros comprendieron en seguida que no iba sólo allí.
Petrizky, mientras continuaba cantando, guiñó el oj o y sacó los labios, como diciendo: «Ya sabemos quién es el Briansky
que tienes que visitar».
–Procura no volver tarde –dijo únicamente Yachvin.
Comentario: Casa de
campesinos.
Comentario: Medida
equivalente a algo más de un
kilómetro.
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Y, cambiando de conversación, preguntó mirando a la ven tana y refiriéndose al caballo de varas de la troika qu e él le había
vendido:
–¿Y qué? ¿Cómo te va mi bayo?
–Espera –gritó Petrizky, viendo que Vronsky salía ya –. Tu hermano ha dejado para ti una carta y una nota. Pero ¿dónde
están?
Vronsky se paró.
–¿Dónde están?
–Claro, ¿dónde están? Ésa es precisamente la cuestión ––dijo con solemnidad Petrizky, pasándose el dedo índice por encima
de la nariz.
–¡Vamos, contesta! Es una estupidez lo que estás haciendo –dijo, sonriendo, Vronsky.
–No he encendido el fuego con ella. Deben de estar en alguna parte.
–Déjate de mentiras. ¿Dónde está la carta?
–De veras que lo he olvidado. O ¿lo habré soñado quizá? Espera, espera... ¿Por qué te enfadas? Si hubieras bebido, como yo
ayer, cuatro botellas (cuatro por persona), habrías ol vidado también dónde tenías la carta y estarías ahora descan sando...
Espera; voy a acordarme ahora mismo.
Petrizky pasó tras el tabique y se acostó.
–¿Ves? Yo estaba así cuando entró tu hermano... Sí, sí, sí... ¡Ahi tienes la carta!
Y la sacó de debajo del colchón, que era donde la había guardado.
Vronsky cogió la carta y la nota de su hermano.
Era lo que esperaba. Su madre le escribía reprochándole que no fuese a verla. La nota de su hermano decía que necesi taba
hablarle.
Vronsky sabía que ambas cosas hacían referencia a lo mismo.
«¿Qué tienen que ver ellos con todo esto?», se preguntaba
Estrujó las cartas y las guardó entre dos botones del uniforme para leerlas más detenidamente por el camino.
A la entrada de su casa halló dos oficiales, uno de los cuales pertenecía a su regimiento.
–¿Adónde vas? –le preguntaron.
–Tengo que ir a Peterhof.
–¿Ha llegado el caballo de Tsarkoie Selo? .
–Sí, pero no le he visto.
–Dicen que el « Gladiador» de Majotin cojea.
–No es cierto. ¡Pero no sé cómo vais a saltar con el barro que hay! ––dijo el otro oficial.
–¡Aquí están mis salvadores! –exclamó Petrizky al ver a los oficiales.
El ordenanza estaba ante él trayendo el vodka y los pepinos salados.
–Yachvin me ordena que beba para refrescarme –añadió. –¡Qué noche nos disteis! –dijo uno de los oficiales –. No me
dejasteis dormir ni un momento.
–¡Si supierais cómo terminamos! –refería Petrizky–. Volkov se subió al tejado y decía que estaba triste. Y yo dije entonces:
« ¡Música! ¡La marcha fúnebre! ». Y Volkov se durmió en el tejado al arrullo de la marcha fúnebre...
–Bebe primero vodka y luego agua de Seltz con mucho limón –dijo Yachvin, que permanecía ante Petrizkv como una madre
que obliga a un niño a tomar una medicina–. Luego puedes tomar ya una botellita de champaña. Pero una sola, ¿eh?
–¡Eso es definitivo! Espera, Vronsky: vamos a beber.
–No. Adiós, señores. Hoy no bebo.
–¿Temes ganar peso? Entonces beberemos solos. Tráeme agua de Seltz y limón –dijo Petrizky al ordenanza.
–¡Vronsky! ––dijo uno de ellos al joven cuando salía.
–¿Qué?
–Deberías cortarte el cabello. Pesa demasiado. Sobre todo el de la calva.
Realmente Vronsky se estaba quedando calvo antes de tiempo. Él rió jovialmente, enseñando sus dientes apretados, y,
cubriéndose la calva con la gorra, salió y se sentó en el coche.
–¡A la cuadra! –ordenó.
Y sacó las cartas para leerlas, pero cambió de opinión a fin de no distraerse antes de ver el caballo.
«Las leeré después», pensó.
XXI
La cuadra provisional donde habían llevado su yegua el día anterior era una construcción de madera al lado mismo del hi -
pódromo.
Vronsky no la había visto aún. Durante los últimos días no la sacaba a pasear él mismo, sino su entrenador, así que igno raba
en qué estado podía hallarse la cabalgadura.
Apenas descendió del cabriolé, el palafrenero, que había reconocido el coche desde lejos, llamó al entrenador.
Éste apareció. Era un inglés seco, que calzaba botas altas y vestía chaqueta corta, con un mechón de pelo en la barbilla.
Andaba con el paso algo torpe de los jockeys, muy separados los codos, y le salió al encuentro balanceándose.
–¿Cómo va «Fru–Fru» ? –preguntó Vronsky en inglés.
All rigth, sir –contestó el inglés con voz gutural y pro funda–. Será mejor que no pase a verla –añadió, quitándose el
sombrero–. Le he puesto el bocado y está agitada. Es preferible no inquietarla.
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–Voy, voy. Quiero verla.
–Vayamos, pues –pronunció el inglés, casi sin abrir la boca.
Y, moviendo los codos, penetró en la cuadra con desgarbado andar.
Penetraron en un pequeño patio que precedía al establo. El mozo de servicio, hombre de buena estatura, vesti do con un
guardapolvo limpio y empujando una escoba, les siguió.
En la cuadra había cinco caballos en sus respectivos luga res. Vronsky sabía que también estaba allí su competidor más
temible, «Gladiador», el caballo rojo de Majotin.
Más que su caballo, interesaba a Vronsky examinar a «Gladiador», al que nunca había visto hasta entonces. Pero la eti queta
vigente entre los aficionados a caballos prohibía no sólo ver los del antagonista, sino ni siquiera preguntar por ellos.
Mientras avanzaba por el pasillo, el mozo abrió la puerta del segundo departamento a la izquierda y Vronsky vio un enorme
caballo rojo, de remos blancos.
Sabía que aquél era «Gladiador», pero Vronsky volvió la cabeza con el sentimiento de un hombre educado que vuelve el
rostro para no leer la carta abierta de un tercero, aunque su contenido le intrigue.
Luego se acercó al departamento de «Fru–Fru».
–Ahí está el caballo de Mah... Mak... ¡No consigo pro nunciar ese nombre! –dijo el inglés, indicando con su pulgar de sucia
uña el departamento de «Gladiador».
–¿De Majotin? Sí; es mi competidor más temible –afirmó Vronsky.
–Si usted lo montara, yo apostaría por usted ––dijo el inglés.
–«Fru–Fru» es más nerviosa y «Gladiador» más fuerte –repuso Vronsky, correspondiendo con una sonrisa a aquel cumplido
que se hacía a su pericia de jinete.
–En las cameras de obstáculos es cuestión de saber mon tar bien y de pluck –dijo el inglés. Y con esta palabra que ría
significar osadía y arrojo. Vronsky no sólo creía tener el suficiente, sino que estaba persuadido de que nadie en el mundo podía
tener más pluck que él.
–¿Cree usted que es precisa mayor sudoración?
–No es necesario. Pero, no hable tan alto, por favor –contestó el inglés–. El caballo se inquieta –añadió señalando con la
mano el departamento cerrado ante el cual se hallaban y del que salía un ruido de cascos golpeando la pala.
Abrió la puerta y Vronskv entró en el establo, débilmente iluminado por una ventanita. En el establo, agitando las patas
sobre la paja fresca, estaba la yegua, baya oscura, con el freno puesto.
Ya acostumbrado a la media luz del establo, Vronsky pudo apreciar una vez más, de una ojeada, las características de su
animal preferido.
«Fru–Fru» tenía regular alzada y, al parecer, no carecía de defectos. Sus huesos eran demasiado frágiles y, aunque de tó rax
saliente, resultaba estrecha de pecho. Tenía la grupa algo hundida y en los remos delanteros, y más aún en los traseros, se
notaba una evidente tosquedad. Los músculos de las patas no eran fuertes y en cambio el vientre result aba muy ancho, lo que
sorprendía considerando la dieta y también las enjutas an cas del animal. Los huesos de las patas no parecían, bajo las corvas,
más anchos que un dedo si se los miraba de frente, pero resultaban muy sólidos si se examinaban de lado.
La yegua, en conjunto, salvo si se la miraba de flanco, resul taba apretada de lados y prolongada hacia abajo. Pero poseía en
grado sumo una cualidad que hacía olvidar sus defectos: la «sangre» , como se dice con arreglo a la expresión inglesa. En tre la
red de sus nervios, sus prominentes músculos, dibuján dose a través de la piel fina, flexible y suave como el raso, pare cían tan
fuertes como los huesos. La cabeza, flaca, de ojos salientes, alegres y brillantes, se ensanchaba hacia la boca, mos trando en las
fosas nasales la membrana rica de sangre.
Toda su figura, y sobre todo su cabeza, tenía una expresión rotunda, enérgica y suave a la vez. Era uno de esos animales que
parece que si no hablan es sólo porque la estructura de su boca no lo permite.
Al menos a Vronsky se le figuró que la yegua comprendía todas las impresiones que él experimentaba mirándola.
Al entrar Vronsky, el animal aspiró profundamente y tor ciendo sus ojos hasta que las órbitas se le enrojecieron de san gre,
miró a los que entraban por el lado opuesto dando sacudidas al freno y moviendo ágilmente los pies.
–¡Vea usted que nerviosa está! –dijo el inglés.
–¡Quieta, querida, quieta...! –murmuró Vronsky, acercándose a la yegua y hablándole.
Cuanto más se acercaba Vronsky, más se inquietaba el animal. Al fin, cuando él estuvo a su lado, « Fru–Fru» se calmó y sus
músculos temblaron bajo la piel suave y fina.
Vronsky acarició su cuello robusto, arregló un mechón de crines que le caían al lado opuesto y acercó el rostro a las na rices
del animal, finas y tensas como alas de murciélago.
La yegua hizo una ruidosa aspiración, dejó escapar el aire por las narices trémulas, bajó una oreja y alargó hacia Vronsky el
belfo negro y fuerte, como si quisiera coger la manga de su amo. Mas, recordando que l levaba el bocado, comenzó a cambiar
de posición sus finos remos.
–Cálmate, querida, cálmate –dijo él, acariciándole la grupa.
Y salió del establo satisfecho de hallar al animal en tan buena disposición.
La excitación de la yegua se había comunicado a Vronsky, el cual sentía que la sangre le afluía al corazón y que, igual que al
animal, le agitaba un deseo de moverse, de morder. Era una sensación que infundía temor y alegría a la vez.
–Confío en usted –dijo al inglés–. A las seis y media, en el lugar señalado.
–Todo marchará bien –repuso el inglés –. ¿Adónde va usted ahora, milord? –preguntó de pronto, dando a Vronsky un
tratamiento no empleado casi nunca por él hasta entonces.
Vronsky, extrañado, levantó la cabeza y miró, como solía, no a los ojos, sino a la frente del inglés, asombrado de la au dacia
de su pregunta.
Comentario: Valor, resolución.
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Pero, comprendiendo que al hablar así el entrenador le consideraba no como su señor, sino como un jinete, contestó:
–Voy a ver a Briansky y dentro de una hora estaré en casa.
«Hoy no hacen más que preguntarme todos lo mismo» , pensó sonrojándose, lo que le sucedía en raras ocasiones.
El inglés le miró atentamente y, como si adivinase a dónde iba, añadió:
–Es muy esencial estar tranquilo antes de la carrera. No se enoje ni disguste por nada.
All rigth –repuso Vronsky sonriendo.
Y, saltando a la carretela, ordenó al cochero que le llevase a Peterhorf.
Apenas habían andado algunos pasos, el nublado que desde la mañana amenazaba descargar se resolvió en un aguacero.
«Malo», pensó Vronsky, bajando la c apota del carruaje. «Si ya sin esto había barro, ahora el campo será un verdadero ce -
nagal.»
Sentado a solas en la carretela cubierta, sacó la carta de su madre y la nota de su hermano y las leyó.
¡Siempre lo mismo! Todos, incluso su madre y su hermano, en contraban necesario mezclarse en los asuntos de su cora zón.
Aquella intromisión despertaba en él ira, que era un sentimiento que experimentaba raras veces.
«¿Qué tienen que ver con esto? ¿Por qué consideran todos como un deber preocuparse por mí? Seguram ente porque ad -
vierten que se trata de algo incomprensible para ellos. ¡Cuánto me abruman con sus consejos! Si se tratara de relaciones
corrientes y triviales, como las habituales en sociedad, me de jarían tranquilo; pero advierten que esto es diferente, q ue no se
trata de una broma y que quiero a esa mujer más que a mi vida. Y, como no comprenden tal sentimiento, se irritan. Pase lo que
pase, nosotros nos hemos creado nuestra suerte y no nos que jamos de ella», pensaba, refiriéndose con aquel « nosotros» a Ana
y a sí mismo. «Y los demás se empeñan en enseñarnos a vivir, No tienen idea de lo que es la felicidad; ignoran que fuera de
este amor no existe ni ventura ni desventura, porque no existe ni siquiera vida», concluyó Vronsky.
Se enojaba tanto contra la intromisión ajena, cuanto, en el fondo, reconocía que todos tenían razón. Sentía que su amor por
Ana no era una pasión momentánea, que se disiparía como se disipan las relaciones mundanas, sin dejar en la vida de am bos
otras huellas que recuerdos agradables o desagradables.
Reconocía lo terrible de la situación de ambos, la dificultad de ocultar su amor, de mentir y engañar al respecto, hallán dose
ambos tan a la vista de todos; sí, de mentir y engañar, y estar alerta, pensando siempre en los demás, cuando la pasión que les
unía era tan avasalladora que les hacia olvidarse de cuanto no fuera su amor.
Recordaba con claridad la frecuencia con que tenían que hacerlo violentando así su naturaleza, y recordó, sobre todo, con
nitidez especial la vergüenza que experimentaba Ana al verse forzada a fingir.
Desde que tenía relaciones con Ana sentía a menudo un ex traño sentimiento de repulsión que llegaba a dominarle por
completo. Repulsión hacia Alexey Alejandrovich, hacia sí mismo, hacia todo el mundo. Le habría costado poder precisar aquel
sentimiento, pero lo rechazaba siempre lejos de él.
Movió la cabeza y prosiguió pensando:
«Antes ella era desgraciada, pero se sentía orgullosa y tran quila. Ahora, en cambio, no puede tener orgullo ni tranqui lidad,
aunque lo aparente. Hay que terminar con esto», resolvió.
Por primera vez, pues, experimentaba la necesidad de concluir con aquella farsa, y cuanto antes mejor.
«Es preciso abandonarlo todo y ocultarnos los dos en algún sitio, a solas con nuestro amor», se dijo.
XXII
El aguacero fue de corta duración, y cuando Vronsky lle gaba a su destino al trote largo del caballo de varas, que for zaba a
correr los laterales sin necesidad de acicate, el sol lucía de nuevo y los tejados de las casas veraniegas y los añosos ti los de los
jardines que flanqueaban la calle principal despe dían una claridad húmeda, y el agua goteaba de las ramas y se deslizaba por
los tejados con alegre rumor.
Vronsky no pensaba ya en que el chaparrón pudiera enlo dazar la pista, sino que se regocijab a pensando en que, gracias a la
lluvia, encontraría en casa a Ana.
Sabía que su marido, recién llegado de una cura de aguas en el extranjero, no estaba en la casa de verano.
Esperando encontrarla sola, Vronsky, como hacía siempre para atraer menos la atenc ión, dejó el carruaje antes de llegar al
puentecillo, avanzó a pie y en vez de entrar por la puerta principal que daba a la calle, entró por la del patio.
–¿Ha llegado el señor? –preguntó al jardinero.
–No, señon La señora, sí, está en casa. ¡Pero entre po r la puerta principal! Allí hay criados y podrán abrirle –repuso el
hombre.
–No, pasaré por el jardín.
Y, seguro ya de que Ana estaba sola, y deseando sorpren derla, ya que no le había anunciado su visita para hoy y no de bía
esperar verle antes de las carreras, se dirigió, suspendiendo el sable y pisando con precaución la arena del sendero bordeado de
flores, a la terraza que daba al jardín.
Había olvidado cuanto pensara por el camino sobre las di ficultades y disgustos de su situación. Sólo sabía que iba a verla y
no imaginariamente, sino viva, tal como era.
Ya subía, pisando siempre con cautela, para no hacer ruido, los lisos peldaños de la escalinata, cuando de pronto recordó lo
que olvidaba siempre, lo que más penosas hacía sus rela ciones con ella: el hijo de Ana, siempre con su mirada interro gativa
que tan desagradable le resultaba.
El niño perturbaba sus citas más que nadie. Cuando estaba con ellos, ni Ana ni Vronsky osaban decir nada que no pu diera
repetirse ante terceros, ni empleaban alusiones que el niño no pudiera entenden
No lo habían convenido así: la cosa surgió por sí misma.
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En su presencia hablaban sólo como si fuesen simples conocidos. Pero, pese a sus precauciones, Vronsky sorpren día a
menudo fija en él una mirada atenta y extraña, y co mprobaba cierta timidez, cierta desigualdad –ya excesivo afecto, ya
despego– en el trato que le dispensaba el niño. Se diría que el pequeño adivinaba que entre aquel hombre y su madre existía
una relación profunda, incomprensible para él.
En realidad, el niño no comprendía aquellas relaciones y se esforzaba en concretar los sentimientos que debía inspirarle
Vronsky. Su sensibilidad infantil le permitía notar claramente que su padre, su institutriz, el aya, to
gio Ivanovich se proponía pasar el verano con él, en el pueblo.
No dijo una palabra de Kitty ni de los Scherbazky, sólo se limitó a transmitirle recuerdos de su mujer.
Levin le agradeció mucho la delicadeza y se sintió feliz de su visita. Como siempre que vivía solo una temporada, había
recogido en aquel tiempo gran cantida d de sentimientos e ideas que no podía compartir con los que le rodeaban, y ahora
hablaba a su amigo de la alegría que le causaba la primavera, de sus planes futuros con respecto a la propiedad, de sus fracasos,
de sus pensamientos; hacía comentarios sobre los libros que había leído y le habló, sobre todo, de la idea de su obra, la base de
la cual consistía, aunque él no lo advirtiese, en una crítica de todas las obras antiguas que se habían escrito sobre el mismo
tema. Esteban Arkadievich, que era siempr e amable y que todo lo comprendía con una palabra, estaba aquel día más amable
que nunca, y Levin notó, además, en su amigo una especie de respeto y ternura hacia él que le encantaban.
Las preocupaciones de Agafia Mijailovna y el cocinero respecto a la co mida tuvieron por resultado que los dos ami gos, que
tenían gran apetito, acometieran los entremeses, comiendo mucho pan con mantequilla, caza ahumada y se tas saladas. Para
colmo, Levin ordenó servir la sopa sin las empanadillas con las que el cocinero quería deslumbrar al invitado.
Aunque acostumbrado a otras comidas, Esteban Arkadie vich lo encontraba todo excelente: el vodka de hierbas, el pan con
manteca, la caza ahumada, el vino blanco de Crimea. Sí, todo era espléndido y exquisito.
–¡Admirable admirable! –dijo, encendiendo un grueso cigarro después del asado –––. Se dijera que después de viajar en un
vapor, entre ruidos y tambaleos, he arribado a una costa tranquila... ¿De modo que, según tú, el factor obrero debe ser
estudiado a inspirar el modo de or ganizar la economía agraria? Aunque profano en estas materias, me parece que esa teo ría y
su aplicación van a influir sobre el obrero también.
–Sí; pero no olvides que no hablo de economía política, sino de la ciencia de la explotación de la tierra. Esta última debe,
como todas las ciencias naturales, estudiar los fenómenos, así como al obrero en los aspectos económico, etnográfico...
Agafia Mijailovna entró con la confitura.
–Agafia Mijailovna –dijo el invitado, haciendo ademán de chuparse los dedos –, ¡qué caza y qué licores tan bien pre parados
tiene usted! ¿Qué, Kostia? ¿Es hora ya?
Levin miró por la ventana el sol que se ponía entre las desnudas copas de los árboles del bosque.
–Sí lo es. Kusmá, prepara el charabán –dijo Levin.
Y descendieron.
Ya abajo, Esteban Arkadievich quitó él mismo la funda de una caja de laca y, una vez abierta, comenzó a armar su esco peta,
un arma cara, último modelo.
Kusmá, presintiendo una buena propina para vodka, no se separaba de Esteban Arkadievich. Le ponía las medias y las botas
y él le dejaba hacer de buen grado.
–Kostia, si llega el comerciante Riabinin, a quien he mandado llamar, ordena que le reciban y que espere.
–¿Vendes el bosque a Riabinin?
–Sí. ¿Le conoces?
–Le conozco. Tuve con él asuntos que terminaron «positivamente y definitivamente».
Esteban Arkadievich rió. Aquellas últimas palabras eran las preferidas del comerciante.
–Sí; habla de un modo muy divertido. ¡Veo que has comprendido a dónde va tu amo! –añadió, acariciando a «Laska», que
ladraba suavemente dando vueltas en torno a Levin y lamiéndole, ya las manos, ya las botas, ya la escopeta.
Cuando salieron, el charabán estaba al pie de la escalera.
–He mandado preparar el charabán, pero no está lejos... ¿Quieres que vayamos a pie?
–No, será mejor que vayamos montados –dijo Esteban Arkadievich, acercándose al coche.
Sentóse, se envolvió las piernas en una manta de viaje que imitaba una piel de tigre y encendió un cigarro,
–No puedo comprender cómo no fumas. Un cigarro no es sólo un placer, sino el mejor d e los placeres. ¡Esto es vida! ¡Qué
bien va aquí todo! ¡Así me gustaría vivir!
–¿Quién te prohíbe hacerlo? –dijo, sonriendo, Levin.
–¡Eres un hombre feliz! Tienes cuanto quieres: si quieres caballos, los tienes; si quieres perros, los tienes; si quieres ca za, la
tienes; siquieres fincas, las tienes.
–Acaso soy feliz porque me contento con lo que tengo y no me aflijo por lo que me falta –dijo Levin pensando en Kitty.
Esteban Arkadievich le comprendió. Miró a su amigo y no dijo nada.
Levin agradecía a Oblonsk y que no le hubiese hablado de los Scherbazky, comprendiendo que no deseaba que lo hiciese.
Pero al presente Levin sentía ya impaciencia por saber lo que tanto le atormentaba, aunque no se atrevía a hablar de ello.
–¿Y qué, cómo van tus asuntos? –prejuntó Levin, comprendiendo que estaba mal por su parte hablar sólo de sí.
Los ojos de su amigo brillaron de alegría.
–Ya sé que tú no admites que se busquen panecillos cuando se tiene ya una ración de pan corriente y que lo consi deras un
delito; pero yo no com prendo la vida sin amor –respondió, interpretando a su modo la pregunta de Levin –. ¡Qué le vamos a
hacer! Soy así. Esto perjudica poco a los demás y en cambio a mí me proporciona tanto placer...
–¿Hay algo nuevo sobre eso? –preguntó Levin.
–Hay, hay... ¿Conoces ese tipo de mujer de los cuadros de Osián? Esos tipos que se ven en sueños... Pues mujeres así existen
en la vida. Y son terribles. La mujer, amigo mío, es un ser que por más que lo estudies te resulta siempre nuevo.
–Entonces vale más no estudiarlo.
–¡No! Un matemático ha dicho que el placer no está en descubrir la verdad, sino en el esfuerzo de buscarla.
Levin escuchaba en silencio, y a pesar de todos sus esfuerzos, no podía comprender el espíritu de su amigo. Le era imposible
entender sus sentimientos y el placer que experimentaba estudiando a aquella especie de mujeres. ,
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XV
El lugar indicado para la caza estaba algo más arriba del arroyo, no lejos de allí, en el bosquecillo de pequeños olmos.
Al llegar, dejaron el coche y Levin condujo a Oblonsky a la extremidad de un claro pantanoso, cubierto de musgo, donde ya
no había nieve. Él se instaló en otro extremo del claro, junto a un álamo blanco igual al de Oblonsky; apoyó la esco peta en una
rama seca baja, se quitó el caftán, se ajustó el cinturón y comprobó que podía mover los brazos libremente.
La vieja «Laska», que seguía todos sus pasos, se sentó frente a él con precaución y aguzó el oído. El sol se ponía tras el
bosque grande. A la luz crepuscular, los álamos blancos di seminados entre los olmos se destacaban, nítidos, con sus bo tones
prontos a florecer.
En la espesura, donde aún había nieve, corría el agua con leve rumor formando caprichosos arroyuelos. Los pájaros
gorjeaban saltando de vez en cuando de un árbol a otro. En los intervalos de silencio absoluto se sentía el ligero crujir de las
hojas secas del año pasado, removidas por el deshielo y el crecer de las hierbas.
–¡Qué hermoso es esto! Se siente y hasta se ve crecer la hierba –exclamó Levin, viendo una hoja de color pizarra mo verse
sobre la hierba nueva.
Escuchaba y miraba ora la tierra mojada cubierta de mus gos húmedos, ora a «Laska», atenta a todo rumor, ora el mar de
copas de árboles desnudos que tenía delante, ora el cielo que, velado por las blancas vedijas de las nubecillas , se oscurecía
lentamente.
Un buitre batiendo las alas muy despacio volaba altísimo sobre el bosque lejano; otro buitre volaba en la misma direc ción y
desapareció. La algarabía de los pájaros en la espesura era cada vez más fuerte. Se oyó el grito de un búho. «Laska»,
avanzando con cautela con la cabeza ladeada, comenzó a es cuchar con atención. Al otro lado del arroyo se sintió el cantar de
un cuclillo. El canto se repitió dos veces, luego se apresuró y se hizo más confuso.
–¡Ya tenemos ahí un cuclillo! –dijo Esteban Arkadievich saliendo de entre los arbustos.
–Ya lo oigo –repuso Levin, enojado al sentir interrumpido el silencio y con una voz que a él mismo le sonó desa gradable–.
Ahora, pronto...
Esteban Arkadievich desapareció de nuevo en la maleza y L evin no vio más que la llamita de un fósforo y la pequeña brasa
de un cigarro con una voluta de humo azul.
Chic–chic, sonaron los gatillos de la escopeta que Esteban Arkadievich levantaba en aquel momento.
–¿Qué es eso? ¿Quién grita? –preguntó Oblonsky, llamando la atención a Levin sobre un ruido sordo y prolongado como el
piafar de un potro.
–¿No lo sabes? Es el macho de la liebre. Pero basta de hablar. ¿No oyes? ¡Se oye ya volar! –exclamó Levin alzando a su vez
los gatillos.
Se sintió un silbido agudo y lejano y en dos segundos, el espacio de tiempo familiar a los cazadores, sonaron otros dos
silbidos y luego el característico cloqueo.
Levin miró a derecha a izquierda, y ante sí, en el cielo azul seminublado, sobre las suaves copas de los arbolillos, div isó un
pájaro.
Volaba hacia él directamente. Su cloqueo, tan semejante al rasgar de un tejido recio, se sintió casi en el mismo oído de
Levin, quien veía ya su largo pico y su cuello.
En el momento en que se echaba la escopeta a la cara, tras el arbusto qu e ocultaba a Oblensky brilló un relámpago rojo. El
pájaro bajó, como una flecha, y volvió a remontarse. Surgió un segundo relámpago y se oyó una detonación.
El ave, moviendo las alas como para sostenerse, se detuvo un momento en el aire y luego cayó pesadamente a tierra.
–¿No le he dado? ¿No he hecho blanco? –preguntó Esteban Arkadievich, que no podía ver a través del humo.
–Aquí está –dijo Levin, señalando a «Laska» que, levantando una oreja y agitando la cola, traía a su dueño el pájaro muerto,
lentamente, como si quisiera prolongar el placer, se diría que sonriendo...
–¡Me alegro de que hayas acertado! –dijo Levin, sin tiendo a la vez cierta envidia de no haber sido él quien matara a la
chocha.
–¡Pero erré el tiro del cañón derecho, caramba! –contestó Esteban Arkadievich cargando el arma–. ¡Chist! Ya vuelven.
Se oyeron, en efecto, silbidos penetrantes y seguidos. Dos chochas, jugueteando, tratando de alcanzarse, silbando sin emitir
el cloqueo habitual, volaron sobre las mismas cabezas de los cazadores.
Se oyeron cuatro disparos. Las chochas dieron una vuelta, rápidas como golondrinas, y desaparecieron.
La caza resultaba espléndida. Esteban Arkadievich mató dos piezas más y Levin otras dos, una de las cuales no pudo
encontrarse. Oscurecía. Venus, clara, como de plata, brillaba muy baja, con suave luz, en el cielo de poniente, mientras, en
levante, fulgían las rojizas luces del severo Arturo.
Levin buscaba y perdía de vista sobre su cabeza la conste lación de la Osa Mayor. Ya no volaban las chochas. Pero Levin
resolvió esperar hasta que Venus, visible para él bajo una rama seca, brillase encima de ella y hasta que se divisasen en el cielo
todas las estrellas del Carro.
Venus remontó la rama, fulgía ya en el cielo azul toda la constelación de la Osa, con s u carro y su lanza, y Levin continuaba
esperando.
–¿Volvemos? –preguntó Esteban Arkadievich.
En el bosque reinaba un silencio absoluto y no se movía ni un pájaro.
–Quedémonos un poco más –dijo Levin.
–Como quieras.
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Ahora estaban a unos quince pasos uno de otro.
–Stiva ––dijo de pronto Levin–, ¿por qué no me dices si tu cuñada se casa o se ha casado ya? –y al decir esto, se sentía tan
firme y sereno que creía que ninguna contestación había de conmoverle.
Pero no esperaba la respuesta de Oblonsky.
–No pensaba ni piensa casarse. Está muy enferma y los médicos la han enviado al extranjero. Hasta se teme por su vida.
–¿Qué dices? ––exclamó Levin–. ¿Muy enferma? ¿Qué tiene? ¿Cómo es que ...?
Mientras hablaba, «Laska», aguzando los oídos, miraba al cielo y contemplaba a los dos con reproche.
«Ya han encontrado ocasión de hablar», pensaba la perra. «Y mientras tanto el pájaro está aquí, volando. Y no van a verlo. »
Pero en aquel momento los dos cazadores oyeron a la vez un silbido penetrante que parecía golpearles las orejas.
Ambos empujaron sus armas, brillaron dos relámpagos y dos detonaciones se confundieron en una.
Una chocha que volaba muy alta plegó las alas instantánea mente y cayó en la espesura, doblando al desplomarse las ra mas
nuevas.
–¡Magnífico! ¡Es de los dos! –exclamó Levin y corrió con «Laska» en dirección al bosque para buscar la chocha.
«¿No me han dicho ahora algo desagradable?», se preguntó. «¡Ah, sí; que Kitty está enferma! En fin, ¿qué le vamos a hacer?
Pero me apena mucho», pensaba.
–¿Ya la has encontrado? ¡Eres un as! ––dijo tomando de boca de «Laska» el pájaro palpitante aún y metiéndolo en el morral
casi lleno.
Y gritó:
–¡Ya la ha encontrado, Stiva!
XVI
De vuelta a casa, Levin preguntó detalles sobre la dolencia de Kitty y sobre los plan es de los Scherbazky, y aunque le
avergonzaba confesarlo, hablar de ello le producía satisfacción.
Le satisfacía porque en aquel tema sentía renacer en su alma la esperanza, y también por la secreta satisfacción que le
proporcionaba el saber que también sufría la que tanto le había hecho sufrir a él. Pero cuando su amigo quiso informarle de las
causas de la enfermedad de Kitty y nombró a Vronsky, Levin le interrumpió:
–No tengo derecho alguno y tampoco, a decir verdad, interés en entrar en detalles familiares.
Esteban Arkadievich sonrió imperceptiblemente al obser var el rápido –y tan conocido para él – cambio de expresión del
semblante de Levin, tan triste ahora como alegre un momento antes.
–¿Has ultimado con Riabinin lo de la venta del bosque? –preguntó Levin.
–Sí, todo ultimado. El precio es excelente: treinta y ocho mil rublos. Ocho mil al contado y los demás pagaderos en seis
años. He esperado mucho tiempo antes de decidirme, pero nadie me daba más.
–Veo que lo das regalado.
–¿Regalado? –dijo Esteban Arkadievich con benévola sonrisa, sabiendo que Levin ahora lo encontraría todo mal.
–Un bosque vale por lo menos quinientos rublos por deciatina –aseveró Levin.
–¡Cómo sois los propietarios rurales! –bromeó Esteban Arkadievich –. ¡Qué tono de desprecio h acia nosotros, los de la
ciudad! Pero luego, cuando se trata de arreglar algún asunto, resulta que nosotros lo hacemos mejor. Lo he calcu lado todo,
créeme, Y he vendido el bosque tan bien que sólo temo que Riabinin se vuelva atrás. Ese bosque no es made rable –continuó,
tratando de convencer a Levin, diciendo que no era « maderable» , de lo equivocado que estaba –. No sirve más que para leña.
No se obtienen más de treinta sajeñs por deciatina y Riabinin me da doscientos rublos por deciatina.
Levin sonrió despreciativamente.
«Conozco el modo de tratar asuntos que tienen los habitan tes de la ciudad. Vienen al pueblo dos veces en diez años, re -
cuerdan dos o tres expresiones populares y las dicen luego sin ton ni son, imaginando que ya han hallado el secreto de todo.
¡«Maderable» ! ¡«Levantar treinta sajeñs»! Pronuncia palabras que no entiende», pensó Levin.
–Yo no trato de ir a enseñarte lo que tienes que hacer en tu despacho, y en caso necesario voy a consultarte ––dijo en alta
voz–. En cambio, tú estás con vencido de que entiendes algo de bosques. ¡Y entender de eso es muy difícil! ¿Has contado los
árboles?
–¡Contar los árboles! ––contestó riendo Esteban Arkadie vich, que deseaba que su amigo perdiese su triste disposición de
ánimo–. «¡Oh! Contar granos de arena y rayos de estrellas, ¿qué genio lo podría hacer?» ––declamó sonriente.
–––Cierto; pero el genio de Riabinin es muy capaz de eso. Y ningún comprador compraría sin contar, excepto en el caso
concreto de que le regalaran un bosque, como ahora. Yo co nozco bien tu bosque. Todos los años voy a cazar allí. Tu bos que
vale quinientos rublos por deciatina al contado y Riabinin te paga doscientos a plazos. Eso significa que le has regalado treinta
mil rublos.
–Veo que quieres exagerar ––contestó Esteban Arkadievich–. ¿Cómo es que nadie me los daba?
–Porque Riabinin se ha puesto de acuerdo con los demás posibles compradores, pagándoles para que se retiren de la
competencia. No son compradores, sino revendedores. Riabi nin no realiza negocios para ganar el qui nce o veinte por ciento,
sino que compra un rublo por veinte copecks.
–Vamos, vamos; estás de mal humor y...
–No lo creas –––dijo Levin con gravedad.
Llegaban ya a casa.
Comentario: Medida que
equivale a 2.134 metros.
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Junto a la escalera se veía un charabán tapizado de piel y con armadura de hierro y uncido a él un caballo robusto, sujeto con
sólidas correas. En el carruaje estaba el encargado de Riabinin, que servía a la vez de cochero. Era un hombre san guíneo, rojo
de cara, y llevaba un cinturón muy ceñido.
Riabinin estaba ya en casa; y los dos amigos le hallaron en el recibidor. Era alto, delgado, de mediana edad, con bigote y con
la pronllnente barbilla afeitada con esmero. Tenía los ojos sal tones y turbios. Vestía una larga levita azul, con botones muy
bajos en los faldones, y calzaba botas altas, arrugadas en los tobillos y rectas en las piernas, protegidas por grandes chanclos.
Con gesto enérgico se secó el rostro y se arregló is levita, aunque no lo necesitaba. Luego saludó sonriendo a los recién
llegados, tendiendo una mano a Esteban Arkadievich como si desease atraparle al vuelo.
–¿Conque ya ha llegado usted? –dijo Esteban Arkadievich–. ¡Muy bien!
–Aunque el camino es muy malo, no osé desobedecer las órdenes de Vuestra Señoría. Tuve que apresurarme mucho, pero
llegé a la hora. Tengo el gusto de saludarle, Constantino Dmitrievich.
Y se dirigió a Levin, tratando también de estrechar su mano. Pero Levin, con las cejas fruncidas, fingió no ver su gesto y
comenzó a sacar las chochas del morral.
–¿Cómo se llama ese pájaro? –preguntó Riabinin, mirando las chochas con desprecio–. Debe de tener cierto regusto de...
Y movió la cabeza en un gesto de desaprobación, como pensando que las ganancias de la caza no debían de cubrir los gastos.
–¿Quieres pasar a mi despacho? –preguntó Levin a Oblonsky en franc és, arrugando aún más el entrecejo –. Sí; pasad al
despacho y allí podréis hablar más cómodamente y sin testigos.
–Bien, como usted quiera –dijo Riabinin.
Hablaba con desdeñosa suficiencia, como deseando hacer comprender que, si hay quien halla dificultades sobre la manera en
hay que terminar un negocio, él no las conocía nunca.
Al entrar en el despacho, Riabinin miró buscando la santa imagen que se acostumbra colgar en las habitaciones, pero, al no
verla, no se persignó. Después miró las estanterías y arma rios de libros con la expresión de duda que tuviera ante las chochas,
sonrió con desprecio y movió la cabeza, seguro ahora de que aquellos gastos no se cubrían con las ganancias.
–¿Qué?, ¿ha traído el dinero? –preguntó Oblonsky–. Siéntese...
–Sobre el dinero no habrá dificultad. Venía a verle, a hablarle...
–¿Hablar de qué? Siéntese, hombre.
–Bueno; nos sentaremos –dijo Riabinin, haciéndolo y apoyándose en el respaldo de la butaca del modo que le resul taba más
molesto–. Es preciso que rebaje el precio, P ríncipe. No se puede dar tanto. Yo traigo el dinero preparado, hasta el último
copeck. Respecto al dinero no habrá dificultades...
Levin, después de haber puesto la escopeta en el armario, se disponía a salir de la habitación, pero al oír las palabras del
comprador, se detuvo.
–Sin eso se lleva ya usted el bosque regalado. Mi amigo me ha hablado demasiado tarde, si no habría fijado el precio yo –––
dijo Levin.
Riabinin se levantó y, sonriendo en silencio, miró a Levin de pies a cabeza.
–Constantino Dmitrievich es muy avaro –––dijo, dirigiéndose a Oblonsky y sin dejar de sonreír –––. En definitiva, no se le
puede comprar nada. Yo le hubiese adquirido el trigo pagándoselo a buen precio, pero...
–¿Querría acaso que se lo regalara? –repuso Levin–. No me lo encontré en la tierra ni lo robé.
–¡No diga usted eso! En nuestros tiempos es decididamente imposible robar. Hoy, al fin y al cabo, todo se hace a través del
juzgado y de los notarios; todo honesta y lealmente... ¿Cómo sería posible robar? Nuestros tratos han sido llevados con honora-
bilidad. El señor pide demasiado por el bosque, y no podría cubrir los gastos. Por eso le pido que me rebaje algo.
–¿Pero el trato está cerrado o no? Si lo está, sobra todo regateo. Si no lo está, compro yo el bosque ––dijo Levin.
La sonrisa desaparecio de súbito del rostro de Riabinin y se sustituyó por una expresión dura, de ave de rapiña, de buitre...
Con dedos ágiles y decididos, desabrochó su levita, mos trando debajo una amplia camisa, desabrochó los botones de cobre de
su chaleco, separó la cadena del reloj y sacó rápidamente una vieja y abultada cartera.
–El bosque es mío, con perdón –dijo, santiguándose a toda prisa, y adelantando la mano–. Tome el dinero, el bosque es mío.
Riabinin hace así sus negocios, no se entretiene en menudencias.
–En tu lugar yo no me apresuraría a cogerle el dinero ––dijo Levin.
–¿Qué quieres que haga? –repuso Oblonsky con extrañeza–. He dado mi palabra.
Levin salió de la habitación dando un portazo. Riabinin movió la cabeza y miró hacia la puerta sonriente.
–¡Cosas de jóvenes, niñerías! Si lo compro, crea en mi lealtad, lo hago sólo porque se diga que fue Riabinin quien compró el
bosque y no otro. ¡Dios sabe cómo me resultará! Puede usted creerme. Y ahora haga el favor: fírmeme usted el contrato.
Una hora después, Riabinin, abrochando su gabán cuidadosamente y cerrando todos los botones de su levita, en cuyo bolsillo
llevaba el contrato de venta, se sentaba en el pescante del charabán para volver a su casa.
–¡Oh, lo que son estos señores! –dijo a su encargado–. Siempre los mismos.
–Claro –repuso el empleado entregándole las riendas y ajustando la delantera de cuero del vehículo –. ¿Puedo felicitarle por
la compra, Mijail Ignatich?
–¡Arte, arte! –gritó el comprador animando a los caballos.
XVII
Esteban Arkadievich subió al piso alto con el bolsillo hen chido del papel moneda que el comerciante le había pagado con
tres meses de anticipación.
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El asunto del bosque estaba terminado, la caza había sido abundante y Esteban Arkadievich, hallándose muy o ptimista,
deseaba disipar el mal humor de Levin. Quería terminar el día como lo había empezado, y cenar tan agradablemente como
había comido.
Levin, en efecto, estaba de mal humor y, pese a su deseo de mostrarse amable y cariñoso con su caro amigo, no logr aba
dominarse. La embriaguez que le produjo la noticia de que Kitty no se había casado se había ido desvaneciendo en él poco a
poco.
Kitty no estaba casada y se hallaba enferma, enferma de amor por un hombre que la despreciaba. Parecíale que en lo
sucedido había también como una vaga ofensa para él. Vronsky había desdeñado a quien desdeñara a Levin... Vronsky, pues,
tenía derecho a despreciar a Levin. En consecuencia, era enemigo suyo.
Pero Levin no quería razonar sobre ello. Sentía que había algo ofensivo para él y se irritaba no contra la causa, sino con tra
cuanto tenía delante. La necia venta del bosque, el engaño en que Oblonsky cayera y que se había consumado en su casa, le
irritaba.
–¿Terminaste ya? –preguntó a Esteban Arkadievich al encontrarle arriba–. ¿Quieres cenar?
–No me niego. Se me ha despertado en este pueblo un apetito fenomenal. ¿Por qué no has invitado a Riabinin?
–¡Que se vaya al diablo!
–¡Le tratas de un modo! –dijo Oblonsky–. Ni le has dado la mano. ¿Por qué haces eso?
–Porque no doy la mano a mis criados y, sin embargo, valen cien veces más que él.
–Eres, decididamente, un retrógrado. ¿Y la confraternidad de clases? –preguntó Oblonsky.
–Quien desee confraternizar, que lo haga cuanto quiera. A mí lo que me asquea, me asquea.
–Eres un reaccionario cerril.
–Te aseguro que no he pensado nunca en lo que soy. Soy Constantino Levin y nada más.
–Y un Constantino Levin malhumorado –comentó, riendo, Esteban Arkadievich.
–¡Sí: estoy de mal humor! ¿Y sabes por qué? Permíteme que te lo diga: por esa estúpida venta que has hecho.
Esteban Arkadievich arrugó las cejas con benevolencia, como hombre a quien acusan y ofenden injustamente.
–Basta –dijo–. Cuando uno vende algo sin decirlo, to dos le aseguran después que lo que vende valía mucho más. Pero
cuando uno ofrece algo en venta, nadie le da nada. Veo que tienes ojeriza a ese Riabinin.
–Es posible... ¿Y sabes por qué? Vas a decir de nuevo que soy un reaccionario o alguna cosa peor... Pero no puedo me nos de
afligirme viendo a la nobleza, esta nobleza a la cual, a pesar de esta monserga de la confraternidad de clases, me honro en
pertenecer, va arruinándose de día en día... Y lo malo es que esa ruina no es una consecuencia del lujo. Eso no sería ningún
mal, porque vivir de un modo señorial corresponde a la nobleza y sólo la nobleza lo sabe hacer. Que los aldeanos compren
tierras al lado de las nuestras no me ofende. El señor no hace nada; el campesino trabaja, justo es que despoje al ocioso. Esto
está en el orden natural de las cosas, y a mí me parece muy bien; me satisface incluso. Pero me indigna que la nobleza se
arruine por candidez. Hace poco un arrendatario polaco compró una espléndida propiedad por la mitad de su valor a una
anciana señora que vive en Niza. Otros arriendan a los comerciantes, a rublo por deciatina, la tierra que vale diez rublos. Ahora
tú, sin motivo alguno, has regalado a ese ladrón treinta mil rublos.
–¿Qué querías que hiciera? ¿Contar los árboles?
–¡Claro! Tú no los has contado y Riabinin sí; y después los hijos de Riabinin tendrá n dinero para que les eduquen, y acaso a
los tuyos les falte.
–Perdona; pero encuentro algo mezquino en eso de contar los árboles. Nosotros tenemos nuestro trabajo, ellos tienen el suyo
y es justo que ganen algo. ¡En fin: el asunto está termi nado y basta! Ahí veo huevos al plato de la manera que más me gustan.
Y Agafia Mijailovna nos traerá sin duda aquel milagroso néctar de vodka con hierbas.
Esteban Arkadievich, sentándose a la mesa, comenzó a bro mear con Agafia Mijailovna, asegurándole que hacía tiemp o que
no había comido y cenado tan bien como aquel día.
–Usted dice algo, siquiera –repuso ella–; pero Constantino Dmitrievich nunca dice nada. Si se le diera una corteza de pan por
toda comida, tampoco diría ni una palabra.
Aunque Levin se esforzaba en vencer su mal humor, permaneció todo el tiempo triste y taciturno.
Deseaba preguntar algo a su amigo, pero no halló ocasión ni manera de hacerlo.
Esteban Arkadievich había bajado ya a su cuarto, se había desnudado, lavado, se había puesto el pijama y acost ado y, sin
embargo, Levin no se resolvía a dejarle, hablando de cosas in significantes y sin encontrar la fuerza para preguntarle lo que
quería.
–¡Qué admirablemente preparan ahora los jabones! dijo Levin, desenvolviendo el trozo de jabón perfumado que Aga fia
Mijailovna había dejado allí para el huésped y que éste no había tocado– Míralo: es una obra de arte.
–Sí, ahora todo es muy perfecto ––dijo Oblonsky, bostezando con la boca totalmente abierta –. Por ejemplo, los teatros y
demás espectáculos están alumbrados con luz eléctrica. ¡Ah, ah, ah! –y bostezaba más aún–. En todas partes hay electricidad,
en todas partes...
–Sí, la electricidad... –respondió Levin–. Sí... ¿Oye?, ¿dónde está Vronsky ahora? –preguntó dejando el jabón.
–¿Vronsky? ––dijo Esteban Arkadievich, concluyendo un nuevo bostezo –. Está en San Petersburgo. Marchó poco des pués
que tú y no ha vuelto a Moscú ni una vez. Voy a decirte la verdad, Kostia –continuó Oblonsky, apoyando el brazo en la mesilla
de noche junto a su lecho y poniendo el rostro hermoso y rubicundo sobre la mano, mientras a sus ojos bondadosos y cargados
de sueños parecían asomar los destellos de miríadas de estrellas. Tú tuviste la culpa, te asustaste ante tu rival. Y yo, como te
dije en aquel momento, aún no sé quién de los dos tenía más probabilidades de triunfar. ¿Por qué no fuiste derechamente hacia
el objetivo? Ya te dije entonces que...
Y Esteban Arkadievich bostezó sólo con un movimiento de mandíbulas, sin abrir la boca.
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«¿Sabrá o no sabrá que pedí la mano de Kitty?», pensó Levin mirándole. « Sí: se nota una expresión muy astuta, muy di -
plomática, en su semblante.»
Y, advirtiendo que se ruborizaba, Levin miró a Esteban Arkadievich a los ojos.
–Cierto que entonces Kitty se sentía algo atraída hacia Vronsky –continuaba Oblonsky–. ¡Claro: su porte distin guido y su
futura situación en la alta sociedad influyeron mucho, no sobre Kitty, sino sobre su madre!
Levin frunció las cejas. La ofensa de la negativa que se le había dado le abrasaba el corazón como una herida recien te, pero
ahora estaba en su casa, y sentirse entre los muros propios es cosa que siempre da valor.
–Espera –interrumpió a Oblonsky–. Permíteme que te pregunte: ¿en qué consiste ese porte distinguido de que has hablado,
ya sea en Vronsky o en quien sea? Tú consideras que Vronsky es un aristócrata y yo no. El hombre cuyo padre salió de la nada
y llegó a la cumbre por saber arrastrarse, el hombre cuya madre ha tenido no se sabe cuántos amantes... Perdona; pero yo me
considero aristócrata y considero tales a l os que se me parecen por tener tras ellos dos o tres generaciones de fa milias
honorables que alcanzaron el grado máximo de educa ción (sin hablar de capacidades y de inteligencia, que es otra cosa), que
jamás cometieron canalladas con nadie, que no ne cesitaron de nadie, como mis padres y mis abuelos. Conozco muchos así. A
ti te parece mezquino contar los árboles en el bosque, y tú, en cambio, regalas treinta mil rublos a Riabinin; pero tú, claro,
recibes un sueldo y no sé cuántas cosas más, mientras yo no recibo nada, y por eso cuido los bienes fami liares y los
conseguidos con mi trabajo... Nosotros somos aris tócratas y no los que subsisten sólo con las migajas que les echan los
poderosos y a los que puede comprarse por veinte copecks.
–¿Por qué me dices todo eso? Estoy de acuerdo contigo –dijo Esteban Arkadievich sincera y jovialmente, aunque sa bía que
Levin le incluía entre los que se pueden comprar por veinte copecks. Pero la animación de Levin le complacía de verdad –.
¿Contra quién hablas? Aunque te equivocas bastante en lo que dices de Vronsky, no me refiero a eso. Te di go sinceramente
que yo en tu lugar habría permanecido en Moscú y...
–No. No sé si lo sabes o no, pero me es igual y voy a de círtelo. Me declaré a Kitty y ella me rechazó. Y ahora C atalina
Alejandrovna no es para mí sino un recuerdo humillante y doloroso.
–¿Por qué? ¡Qué tontería!
–No hablemos más. Perdóname si me he mostrado un poco rudo contigo –dijo Levin.
Y ahora que lo había dicho todo, volvía ya a sentirse como por la mañana.
–No te enfades conmigo, Stiva. Te lo ruego; no me guardes rencor –terminó Levin.
Y cogió, sonriendo, la mano de su amigo.
–Nada de eso, Kostia. No tengo por qué enfadarme. Me alegro de esta explicación. Y ahora a otra cosa: a veces por las
mañanas hay buena caza. ¿Iremos? Podría prescindir de dormir a ir directamente del cazadero a la estación.
–Muy bien.
XVIII
Aunque la vida interior de Vronsky estaba absorbida por su pasión, su vida externa no había cambiado y se deslizaba rau -
damente por los raíles acostumbrados de las relaciones mundanas, de los intereses sociales, del regimiento.
Los asuntos del regimiento ocupaban importante lugar en la vida de Vronsky, más aún que por el mucho cariño que te nía al
cuerpo, por el cariño que en el cuerpo se le te nía. No sólo le querían, sino que le respetaban y se enorgullecían de él, se
enorgullecían de que aquel hombre inmensamente rico, instruido a inteligente, con el camino abierto hacia éxitos, ho nores y
pompas de todas clases, despreciara todo aquello, y qu e de todos los intereses de su vida no diera a ninguno más lugar en su
corazón que a los referentes a sus camaradas y a su regimiento.
Vronsky tenía conciencia de la opinion en que le tenían sus compañeros y, aparte de que amaba aquella vida, se conside raba
obligado a mantenerles en la opinión que de él se habían formado.
Como es de suponer, no hablaba de su amor con ninguno de sus compañeros, no dejando escapar ni una palabra ni aun en los
momentos de más alegre embriaguez (aunque desde luego rara vez se emborrachaba hasta el punto de perder el dominio de sí
mismo). Por esto podía, pues, cerrar la boca a cualquiera de sus camaradas que intentase hacerle la menor alusión a aquellas
relaciones.
No obstante, su amor era conocido en toda la ciudad, Más o menos , todos sospechaban algo de sus relaciones con la Ka -
renina. La mayoría de los jóvenes le envidiaban precisamente por lo que hacía más peligroso su amor: el alto cargo de Kare nin
que contribuía a hacer más escandalosas sus relaciones.
La mayoría de las se ñoras jóvenes que envidiaban a Ana y estaban hartas de oírla calificar de irreprochable, se sentían
satisfechas y sólo esperaban la sanción de la opinión pública para dejar caer sobre ella todo el peso de su desprecio. Preparaban
ya los puñados de barro q ue lanzarían sobre Ana cuando fuese llegado el momento. Sin embargo, la mayoría de la gente de
edad madura y de posición elevada estaba descontenta del escándalo que se preparaba.
La madre de Vronsky, al enterarse de las relaciones de su hijo, se sintió, en principio, contenta, ya que, según sus ideas, nada
podía acabar mejor la formación de un joven como un amor con una dama del gran mundo. Por otra parte, compro baba, no sin
placer, que aquella Karenina, que tanto le había gustado, que le había hablado t anto de su hijo, era al fin y al cabo como todas
las mujeres bonitas y honradas, según las consideraba la princesa Vronskaya.
Pero últimamente se informó de que su hijo había rechazado un alto puesto a fin de continuar en el regimiento y poder seguir
viendo a la Karenina, y supo que había personajes muy conspicuos que estaban descontentos de la negativa de Vronsky.
Esto la hizo cambiar de opinión tanto como los informes que tuvo de que aquellas relaciones no eran brillantes y agra dables,
a estilo del gran mundo y tal como ella las aprobaba, sino una pasión a lo Werther, una pasión loca, según le conta ban, y que
podía conducir a las mayores imprudencias.
Comentario: Kitty.
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No había visto a Vronsky desde la inesperada marcha de éste de Moscú y envió a su hijo mayor para deci rle que fuese a
verla.
Tampoco el hermano mayor estaba contento. No le impor taba qué clase de amor era aquel de su hermano, grande o no, con
pasión o sin ella, casto o vicioso (él mismo, aun con hijos, entretenía a una bailarina y por ello miraba el caso con indulgencia,
pero sí observaba que las relaciones de su hermano disgustaban a quienes no se puede disgustar, y éste era el mo tivo de que no
aprobase su conducta).
Aparte del servicio y del gran mundo, Vronsky se dedicaba a otra cosa: los caballos, que constituían su pasión.
Aquel año se habían organizado carreras de obstáculos para oficiales y Vronsky se inscribió entre los participantes, des pués
de lo cual compro una yegua inglesa de pura sangre. Es taba muy enamorado, pero ello no le impedía apasio narse por las
próximas carreras.
Las dos pasiones no se estorbaban la una a la otra. Al contrario: le convenían ocupaciones y diversiones independientes de su
amor que le calmasen a hiciesen descansar de aquellas impresiones que le agitaban con exceso.
XIX
El día de las carreras en Krasnoie Selo, Vronsky entró en el comedor del regimiento más temprano que de costumbre, a fin
de comer un bistec.
No tenía que preocuparse mucho de no aumentar el peso, porque pesaba precisamente los cuatro puds y medio requeridos.
Pero de todos modos evitaba comer dulces y harinas para no engordar.
Sentado, con el uniforme desabrochado bajo el que se veía el chaleco blanco, con los brazos sobre la mesa en espera del
bistec encargado, miraba una novela francesa que había puesto, abierta, ante el plato con el único objeto de no tener que hablar
con los oficiales que entraban y salían. Vronsky reflexionaba.
Pensaba en que Ana le había prometido una entrevista para hoy, después de las carreras. No la había visto desde hacía tres
días y, como su marido acababa de regresar del extran jero, él ignoraba si la entrevista sería posible o no, y no se le ocurría
cómo podría saberlo.
Había visto a Ana la última vez en la casa de veraneo de su prima Betsy. Vronsky evitaba frecuentar la res idencia veraniega
de los Karenin, pero ahora necesitaba ir y meditaba la manera de hacerlo.
«Bien; puedo decir que Betsy me envía a preguntar a Ana si irá a las carreras o no. Sí, claro que puedo ir», decidió al zando
la cabeza del libro.
Y su imaginación le pintó tan vivamente la felicidad de aquella entrevista que su rostro resplandeció de alegría.
–Manda a decir a casa que enganchen en seguida la carre tela con tres caballos –ordenó al criado que le servía el bistec en la
caliente fuente de plata.
Y acercando la bandeja, empezó a comer.
En la contigua sala de billar se oían golpes de tacos, char las y risas. Por la puerta entraron dos oficiales: uno un mucha cho
joven, de rostro dulce y enfermizo, recién salido del Cuerpo de Cadetes, y otro un oficial v eterano, grueso, con una pulsera en
la muñeca, con los ojos pequeños, casi invisibles, en su rostro lleno.
Al verlos, Vronsky arrugó el entrecejo y, fingiendo no reparar en ellos, hizo como que leía, mientras tomaba el bistec.
–¿Te fortaleces para el trabajo? –dijo el oficial grueso sentándose a su lado.
–Ya lo ves ––contestó Vronsky, serio, limpiándose los labios y sin mirarle.
–¿No temes engordar? –insistió aquél, volviendo su silla hacia el oficial joven.
–¿Cómo? –preguntó Vronsky con cierta irritación haciendo una mueca con la que exhibió la doble fila de sus dien tes
apretados.
–¿Si no temes engordar?
–¡Mozo! ¡Jerez! –ordenó Vronsky al criado sin contestar.
Y poniendo el libro al otro lado del plato, continuó leyendo.
El oficial grueso tomó la carta de vinos y se dirigió al joven.
–Escoge tú mismo lo que hayamos de beber –dijo, dándole la carta y mirándole.
–Acaso vino del Rin... –indicó el oficial joven, mirando con timidez a Vronsky y tratando de atusarse los bigotillos in -
cipientes.
Viendo que Vronsky no le dirigía la mirada, el oficial joven se levantó.
–Vayamos a la sala de billar ––dijo.
El oficial veterano se levantó, obedeciéndole, y ambos se dirigieron hacia la puerta.
En aquel instante entró en la habitación el capitán de caballería Yachvin, hombre alto y de buen porte. Se acercó a Vronsky y
saludó despectivamente, con un simple ademán, a los otros dos oficiales.
–¡Ya le tenemos aquí! –gritó, descargándole en la hombrera un fuerte golpe de su manaza.
Vronsky, irritado, volvió la cabeza. Pero en seguida su rostro recuperó su habitual expresión suave, tranquila y firme.
–Haces bien en comer, Alocha –dijo el capitán con su sonora voz de barítono–. Come, come y toma unas copitas.
–Te advierto que no tengo ganas.
–¡Los inseparables! ––exclamó Yachvin, mirando burlonamente a los dos oficiales, que en aquel momento entraban en la
otra sala.
Y se sentó junto a Vronsky, doblando en ángulo agudo sus piernas, enfundadas en pantalones de montar muy estrechos, y
que resultaban demasiado largas para la altura de las sillas.
–¿Por qué no fuiste al teatro Krasninsky? No estuvo mal la Numerova. ¿Dónde estabas?
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–Pasé mucho tiempo en casa de los Tversky.
–¡Ah!
Yachvin, jugador y libertino, de quien no podía decirse que fuera un hombre sin principios, porque p rofesaba principios
francamente inmorales, era el mejor amigo que Vronsky tenía en el regimiento.
Vronsky le apreciaba por su extraordinario vigor físico, que demostraba generalmente bebiendo como una cuba, pa sando
noches sin dormir y permaneciendo inalte rable a pesar de todo. Pero también le estimaba Vronsky por su fuerza mo ral, que
demostraba en el trato con jefes y camaradas, a quie nes inspiraba respeto y temor. Demostraba también aquella energía en el
juego, en el que tallaba por miles y miles, ju gando siempre, a pesar de las enormes cantidades de vino bebidas, con tanta
destreza y dominio de sí que pasaba por el mejor jugador del Club Inglés. En fin, Vronsky estimaba y quería a Yachvin porque
sabía que éste correspondía a su aprecio y afecto, no por su nombre o riquezas, sino por sí mismo.
De todos los conocidos, era Yachvin el único a quien Vronsky habría deseado hablar de su amor. Aunque Yachvin
despreciaba todos los sentimientos, Vronsky adivinaba que sólo él sería capaz de comprender aquella pasi ón que ahora llenaba
su vida. Estaba seguro de que Yachvin no encontraría placer en chismorrear sobre aquello, ya que no le agradaban la
murmuración ni el escándalo. Seguramente habría com prendido su sentimiento en su justo valor, es decir, enten diendo que el
amor no es una broma ni una diversión, sino algo serio a importante.
Vronsky, aunque nunca le hablara de su amor, sabía que Yachvin estaba al corriente de todo y que tenía el concepto que
debía tener. y le áustaba leerlo en los ojos de su amigo.
–¡Ah! –exclamó Yachvin cuando Vronsky le hubo dicho que había estado en casa de los Tversky.
Brillaron sus ojos negros. se cogió el extremo izquierdo de su bigote y se lo metió en la boca, según la mala costumbre que
tenía.
–Y tú, ¿qué hiciste ayer? ¿Ganaste? –preguntó Vronsky.
–Ocho mil. Pero con tres mil no puedo contar. No van a pagármelos.
–Entonces no importa que pierdas apostando por mí –dijo Vronsky, riendo, pues sabía que su amigo había apostado una
fuerte suma a su favor en aquellas carreras.
–No perderé. Tu único enemigo de cuidado es Majotin.
Y la conversación pasó a las carreras, único tema que aquel día podía interesar a Vronsky.
–Bien, ya he terminado –dijo éste.
Y, levantándose, se dirigió a la puerta.
Yachvin se levantó también, estirando sus largas piernas y su ancha espalda.
–Aún es temprano para comer; pero me apetece beber. Es pérame, ahora voy. ¡Eh! ¡Venga vino! –gritó con voz sonora que
hacía retemblar los cristales, voz célebre por el estruendo con que daba órdenes –. ¡Pero no, no quiero! –gritó otra vez–. Si
vuelves a tu casa, voy contigo.
Y salieron juntos.
XX
Vronsky ocupaba en el campamento una isba finesa, muy limpia y dividida en dos departamentos. En el campamento,
Petrizky vivía también con él. Cuando Vronsky y Yachvin entraron, Petrizky dormía aún.
–Levántate; ya has dormido bastante –dijo Yachvin pa sando al otro lado del tabique y sacudiendo por los hombros al
desgreñado Petrizky, que dormía con la cabeza hundida en la almohada.
Petrizky se incorporó bruscamente sobre las rodillas y miró a su alrededor.
–Ha estado aquí tu hermano –dijo a Vronsky–. Me despertó. ¡El diablo le lleve! Ha dicho que volvería.
Y atrayendo otra vez la manta hacia sí, apoyó la cabeza en la almohada.
–Déjame en paz, Yachvin –dijo a éste, que insistía en tirar de la manta–. Déjame... –dio media vuelta y abrió los ojos–. Y si
no, vale más que digas esto: ¿qué me convendría beber ahora? Tengo en la boca un sabor tan malo que...
–Lo mejor será beber vodka –contestó Yachvin con su voz de bajo –. ¡Tereschenko, trae vodka y pepinos salados para el
señor!. –gritó al ordenanza.
–¿Crees que lo mejor será vodka? –preguntó Petrizky, haciendo muecas–. ¿Bebes tú? Si bebemos los dos, de acuerdo. Y tú,
Vronsky, ¿bebes? –concluyó Petrizky levantándose y envolviéndose hasta el pecho en la manta de rayas.
Salió por la puerta del tabique, levantó los brazos y cantó en francés:
Había en Tule un rey...
–¿Beberás, Vronsky? –insistió.
–Déjame en paz –repuso Vronsky, poniéndose el uniforme que le ofrecía el ordenanza.
–¿Adónde vas? –preguntó Yachvin–. Allí tienes la troika –añadió, viendo acercarse el coche.
–Alas cuadras. Además, tengo que ver antes a Briansky para hablarle de los caballos –repuso Vronsky.
Vronsky, en efecto, había prometido visitar a Briansky, que vivía a diez verstas de San Petersburgo, para llevarle el di nero
de los caballos. Quería aprovechar el tiempo para realizar de paso aquella visita.
Pero sus compañeros comprendieron en seguida que no iba sólo allí.
Petrizky, mientras continuaba cantando, guiñó el oj o y sacó los labios, como diciendo: «Ya sabemos quién es el Briansky
que tienes que visitar».
–Procura no volver tarde –dijo únicamente Yachvin.
Comentario: Casa de
campesinos.
Comentario: Medida
equivalente a algo más de un
kilómetro.
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Y, cambiando de conversación, preguntó mirando a la ven tana y refiriéndose al caballo de varas de la troika qu e él le había
vendido:
–¿Y qué? ¿Cómo te va mi bayo?
–Espera –gritó Petrizky, viendo que Vronsky salía ya –. Tu hermano ha dejado para ti una carta y una nota. Pero ¿dónde
están?
Vronsky se paró.
–¿Dónde están?
–Claro, ¿dónde están? Ésa es precisamente la cuestión ––dijo con solemnidad Petrizky, pasándose el dedo índice por encima
de la nariz.
–¡Vamos, contesta! Es una estupidez lo que estás haciendo –dijo, sonriendo, Vronsky.
–No he encendido el fuego con ella. Deben de estar en alguna parte.
–Déjate de mentiras. ¿Dónde está la carta?
–De veras que lo he olvidado. O ¿lo habré soñado quizá? Espera, espera... ¿Por qué te enfadas? Si hubieras bebido, como yo
ayer, cuatro botellas (cuatro por persona), habrías ol vidado también dónde tenías la carta y estarías ahora descan sando...
Espera; voy a acordarme ahora mismo.
Petrizky pasó tras el tabique y se acostó.
–¿Ves? Yo estaba así cuando entró tu hermano... Sí, sí, sí... ¡Ahi tienes la carta!
Y la sacó de debajo del colchón, que era donde la había guardado.
Vronsky cogió la carta y la nota de su hermano.
Era lo que esperaba. Su madre le escribía reprochándole que no fuese a verla. La nota de su hermano decía que necesi taba
hablarle.
Vronsky sabía que ambas cosas hacían referencia a lo mismo.
«¿Qué tienen que ver ellos con todo esto?», se preguntaba
Estrujó las cartas y las guardó entre dos botones del uniforme para leerlas más detenidamente por el camino.
A la entrada de su casa halló dos oficiales, uno de los cuales pertenecía a su regimiento.
–¿Adónde vas? –le preguntaron.
–Tengo que ir a Peterhof.
–¿Ha llegado el caballo de Tsarkoie Selo? .
–Sí, pero no le he visto.
–Dicen que el « Gladiador» de Majotin cojea.
–No es cierto. ¡Pero no sé cómo vais a saltar con el barro que hay! ––dijo el otro oficial.
–¡Aquí están mis salvadores! –exclamó Petrizky al ver a los oficiales.
El ordenanza estaba ante él trayendo el vodka y los pepinos salados.
–Yachvin me ordena que beba para refrescarme –añadió. –¡Qué noche nos disteis! –dijo uno de los oficiales –. No me
dejasteis dormir ni un momento.
–¡Si supierais cómo terminamos! –refería Petrizky–. Volkov se subió al tejado y decía que estaba triste. Y yo dije entonces:
« ¡Música! ¡La marcha fúnebre! ». Y Volkov se durmió en el tejado al arrullo de la marcha fúnebre...
–Bebe primero vodka y luego agua de Seltz con mucho limón –dijo Yachvin, que permanecía ante Petrizkv como una madre
que obliga a un niño a tomar una medicina–. Luego puedes tomar ya una botellita de champaña. Pero una sola, ¿eh?
–¡Eso es definitivo! Espera, Vronsky: vamos a beber.
–No. Adiós, señores. Hoy no bebo.
–¿Temes ganar peso? Entonces beberemos solos. Tráeme agua de Seltz y limón –dijo Petrizky al ordenanza.
–¡Vronsky! ––dijo uno de ellos al joven cuando salía.
–¿Qué?
–Deberías cortarte el cabello. Pesa demasiado. Sobre todo el de la calva.
Realmente Vronsky se estaba quedando calvo antes de tiempo. Él rió jovialmente, enseñando sus dientes apretados, y,
cubriéndose la calva con la gorra, salió y se sentó en el coche.
–¡A la cuadra! –ordenó.
Y sacó las cartas para leerlas, pero cambió de opinión a fin de no distraerse antes de ver el caballo.
«Las leeré después», pensó.
XXI
La cuadra provisional donde habían llevado su yegua el día anterior era una construcción de madera al lado mismo del hi -
pódromo.
Vronsky no la había visto aún. Durante los últimos días no la sacaba a pasear él mismo, sino su entrenador, así que igno raba
en qué estado podía hallarse la cabalgadura.
Apenas descendió del cabriolé, el palafrenero, que había reconocido el coche desde lejos, llamó al entrenador.
Éste apareció. Era un inglés seco, que calzaba botas altas y vestía chaqueta corta, con un mechón de pelo en la barbilla.
Andaba con el paso algo torpe de los jockeys, muy separados los codos, y le salió al encuentro balanceándose.
–¿Cómo va «Fru–Fru» ? –preguntó Vronsky en inglés.
All rigth, sir –contestó el inglés con voz gutural y pro funda–. Será mejor que no pase a verla –añadió, quitándose el
sombrero–. Le he puesto el bocado y está agitada. Es preferible no inquietarla.
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–Voy, voy. Quiero verla.
–Vayamos, pues –pronunció el inglés, casi sin abrir la boca.
Y, moviendo los codos, penetró en la cuadra con desgarbado andar.
Penetraron en un pequeño patio que precedía al establo. El mozo de servicio, hombre de buena estatura, vesti do con un
guardapolvo limpio y empujando una escoba, les siguió.
En la cuadra había cinco caballos en sus respectivos luga res. Vronsky sabía que también estaba allí su competidor más
temible, «Gladiador», el caballo rojo de Majotin.
Más que su caballo, interesaba a Vronsky examinar a «Gladiador», al que nunca había visto hasta entonces. Pero la eti queta
vigente entre los aficionados a caballos prohibía no sólo ver los del antagonista, sino ni siquiera preguntar por ellos.
Mientras avanzaba por el pasillo, el mozo abrió la puerta del segundo departamento a la izquierda y Vronsky vio un enorme
caballo rojo, de remos blancos.
Sabía que aquél era «Gladiador», pero Vronsky volvió la cabeza con el sentimiento de un hombre educado que vuelve el
rostro para no leer la carta abierta de un tercero, aunque su contenido le intrigue.
Luego se acercó al departamento de «Fru–Fru».
–Ahí está el caballo de Mah... Mak... ¡No consigo pro nunciar ese nombre! –dijo el inglés, indicando con su pulgar de sucia
uña el departamento de «Gladiador».
–¿De Majotin? Sí; es mi competidor más temible –afirmó Vronsky.
–Si usted lo montara, yo apostaría por usted ––dijo el inglés.
–«Fru–Fru» es más nerviosa y «Gladiador» más fuerte –repuso Vronsky, correspondiendo con una sonrisa a aquel cumplido
que se hacía a su pericia de jinete.
–En las cameras de obstáculos es cuestión de saber mon tar bien y de pluck –dijo el inglés. Y con esta palabra que ría
significar osadía y arrojo. Vronsky no sólo creía tener el suficiente, sino que estaba persuadido de que nadie en el mundo podía
tener más pluck que él.
–¿Cree usted que es precisa mayor sudoración?
–No es necesario. Pero, no hable tan alto, por favor –contestó el inglés–. El caballo se inquieta –añadió señalando con la
mano el departamento cerrado ante el cual se hallaban y del que salía un ruido de cascos golpeando la pala.
Abrió la puerta y Vronskv entró en el establo, débilmente iluminado por una ventanita. En el establo, agitando las patas
sobre la paja fresca, estaba la yegua, baya oscura, con el freno puesto.
Ya acostumbrado a la media luz del establo, Vronsky pudo apreciar una vez más, de una ojeada, las características de su
animal preferido.
«Fru–Fru» tenía regular alzada y, al parecer, no carecía de defectos. Sus huesos eran demasiado frágiles y, aunque de tó rax
saliente, resultaba estrecha de pecho. Tenía la grupa algo hundida y en los remos delanteros, y más aún en los traseros, se
notaba una evidente tosquedad. Los músculos de las patas no eran fuertes y en cambio el vientre result aba muy ancho, lo que
sorprendía considerando la dieta y también las enjutas an cas del animal. Los huesos de las patas no parecían, bajo las corvas,
más anchos que un dedo si se los miraba de frente, pero resultaban muy sólidos si se examinaban de lado.
La yegua, en conjunto, salvo si se la miraba de flanco, resul taba apretada de lados y prolongada hacia abajo. Pero poseía en
grado sumo una cualidad que hacía olvidar sus defectos: la «sangre» , como se dice con arreglo a la expresión inglesa. En tre la
red de sus nervios, sus prominentes músculos, dibuján dose a través de la piel fina, flexible y suave como el raso, pare cían tan
fuertes como los huesos. La cabeza, flaca, de ojos salientes, alegres y brillantes, se ensanchaba hacia la boca, mos trando en las
fosas nasales la membrana rica de sangre.
Toda su figura, y sobre todo su cabeza, tenía una expresión rotunda, enérgica y suave a la vez. Era uno de esos animales que
parece que si no hablan es sólo porque la estructura de su boca no lo permite.
Al menos a Vronsky se le figuró que la yegua comprendía todas las impresiones que él experimentaba mirándola.
Al entrar Vronsky, el animal aspiró profundamente y tor ciendo sus ojos hasta que las órbitas se le enrojecieron de san gre,
miró a los que entraban por el lado opuesto dando sacudidas al freno y moviendo ágilmente los pies.
–¡Vea usted que nerviosa está! –dijo el inglés.
–¡Quieta, querida, quieta...! –murmuró Vronsky, acercándose a la yegua y hablándole.
Cuanto más se acercaba Vronsky, más se inquietaba el animal. Al fin, cuando él estuvo a su lado, « Fru–Fru» se calmó y sus
músculos temblaron bajo la piel suave y fina.
Vronsky acarició su cuello robusto, arregló un mechón de crines que le caían al lado opuesto y acercó el rostro a las na rices
del animal, finas y tensas como alas de murciélago.
La yegua hizo una ruidosa aspiración, dejó escapar el aire por las narices trémulas, bajó una oreja y alargó hacia Vronsky el
belfo negro y fuerte, como si quisiera coger la manga de su amo. Mas, recordando que l levaba el bocado, comenzó a cambiar
de posición sus finos remos.
–Cálmate, querida, cálmate –dijo él, acariciándole la grupa.
Y salió del establo satisfecho de hallar al animal en tan buena disposición.
La excitación de la yegua se había comunicado a Vronsky, el cual sentía que la sangre le afluía al corazón y que, igual que al
animal, le agitaba un deseo de moverse, de morder. Era una sensación que infundía temor y alegría a la vez.
–Confío en usted –dijo al inglés–. A las seis y media, en el lugar señalado.
–Todo marchará bien –repuso el inglés –. ¿Adónde va usted ahora, milord? –preguntó de pronto, dando a Vronsky un
tratamiento no empleado casi nunca por él hasta entonces.
Vronsky, extrañado, levantó la cabeza y miró, como solía, no a los ojos, sino a la frente del inglés, asombrado de la au dacia
de su pregunta.
Comentario: Valor, resolución.
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Pero, comprendiendo que al hablar así el entrenador le consideraba no como su señor, sino como un jinete, contestó:
–Voy a ver a Briansky y dentro de una hora estaré en casa.
«Hoy no hacen más que preguntarme todos lo mismo» , pensó sonrojándose, lo que le sucedía en raras ocasiones.
El inglés le miró atentamente y, como si adivinase a dónde iba, añadió:
–Es muy esencial estar tranquilo antes de la carrera. No se enoje ni disguste por nada.
All rigth –repuso Vronsky sonriendo.
Y, saltando a la carretela, ordenó al cochero que le llevase a Peterhorf.
Apenas habían andado algunos pasos, el nublado que desde la mañana amenazaba descargar se resolvió en un aguacero.
«Malo», pensó Vronsky, bajando la c apota del carruaje. «Si ya sin esto había barro, ahora el campo será un verdadero ce -
nagal.»
Sentado a solas en la carretela cubierta, sacó la carta de su madre y la nota de su hermano y las leyó.
¡Siempre lo mismo! Todos, incluso su madre y su hermano, en contraban necesario mezclarse en los asuntos de su cora zón.
Aquella intromisión despertaba en él ira, que era un sentimiento que experimentaba raras veces.
«¿Qué tienen que ver con esto? ¿Por qué consideran todos como un deber preocuparse por mí? Seguram ente porque ad -
vierten que se trata de algo incomprensible para ellos. ¡Cuánto me abruman con sus consejos! Si se tratara de relaciones
corrientes y triviales, como las habituales en sociedad, me de jarían tranquilo; pero advierten que esto es diferente, q ue no se
trata de una broma y que quiero a esa mujer más que a mi vida. Y, como no comprenden tal sentimiento, se irritan. Pase lo que
pase, nosotros nos hemos creado nuestra suerte y no nos que jamos de ella», pensaba, refiriéndose con aquel « nosotros» a Ana
y a sí mismo. «Y los demás se empeñan en enseñarnos a vivir, No tienen idea de lo que es la felicidad; ignoran que fuera de
este amor no existe ni ventura ni desventura, porque no existe ni siquiera vida», concluyó Vronsky.
Se enojaba tanto contra la intromisión ajena, cuanto, en el fondo, reconocía que todos tenían razón. Sentía que su amor por
Ana no era una pasión momentánea, que se disiparía como se disipan las relaciones mundanas, sin dejar en la vida de am bos
otras huellas que recuerdos agradables o desagradables.
Reconocía lo terrible de la situación de ambos, la dificultad de ocultar su amor, de mentir y engañar al respecto, hallán dose
ambos tan a la vista de todos; sí, de mentir y engañar, y estar alerta, pensando siempre en los demás, cuando la pasión que les
unía era tan avasalladora que les hacia olvidarse de cuanto no fuera su amor.
Recordaba con claridad la frecuencia con que tenían que hacerlo violentando así su naturaleza, y recordó, sobre todo, con
nitidez especial la vergüenza que experimentaba Ana al verse forzada a fingir.
Desde que tenía relaciones con Ana sentía a menudo un ex traño sentimiento de repulsión que llegaba a dominarle por
completo. Repulsión hacia Alexey Alejandrovich, hacia sí mismo, hacia todo el mundo. Le habría costado poder precisar aquel
sentimiento, pero lo rechazaba siempre lejos de él.
Movió la cabeza y prosiguió pensando:
«Antes ella era desgraciada, pero se sentía orgullosa y tran quila. Ahora, en cambio, no puede tener orgullo ni tranqui lidad,
aunque lo aparente. Hay que terminar con esto», resolvió.
Por primera vez, pues, experimentaba la necesidad de concluir con aquella farsa, y cuanto antes mejor.
«Es preciso abandonarlo todo y ocultarnos los dos en algún sitio, a solas con nuestro amor», se dijo.
XXII
El aguacero fue de corta duración, y cuando Vronsky lle gaba a su destino al trote largo del caballo de varas, que for zaba a
correr los laterales sin necesidad de acicate, el sol lucía de nuevo y los tejados de las casas veraniegas y los añosos ti los de los
jardines que flanqueaban la calle principal despe dían una claridad húmeda, y el agua goteaba de las ramas y se deslizaba por
los tejados con alegre rumor.
Vronsky no pensaba ya en que el chaparrón pudiera enlo dazar la pista, sino que se regocijab a pensando en que, gracias a la
lluvia, encontraría en casa a Ana.
Sabía que su marido, recién llegado de una cura de aguas en el extranjero, no estaba en la casa de verano.
Esperando encontrarla sola, Vronsky, como hacía siempre para atraer menos la atenc ión, dejó el carruaje antes de llegar al
puentecillo, avanzó a pie y en vez de entrar por la puerta principal que daba a la calle, entró por la del patio.
–¿Ha llegado el señor? –preguntó al jardinero.
–No, señon La señora, sí, está en casa. ¡Pero entre po r la puerta principal! Allí hay criados y podrán abrirle –repuso el
hombre.
–No, pasaré por el jardín.
Y, seguro ya de que Ana estaba sola, y deseando sorpren derla, ya que no le había anunciado su visita para hoy y no de bía
esperar verle antes de las carreras, se dirigió, suspendiendo el sable y pisando con precaución la arena del sendero bordeado de
flores, a la terraza que daba al jardín.
Había olvidado cuanto pensara por el camino sobre las di ficultades y disgustos de su situación. Sólo sabía que iba a verla y
no imaginariamente, sino viva, tal como era.
Ya subía, pisando siempre con cautela, para no hacer ruido, los lisos peldaños de la escalinata, cuando de pronto recordó lo
que olvidaba siempre, lo que más penosas hacía sus rela ciones con ella: el hijo de Ana, siempre con su mirada interro gativa
que tan desagradable le resultaba.
El niño perturbaba sus citas más que nadie. Cuando estaba con ellos, ni Ana ni Vronsky osaban decir nada que no pu diera
repetirse ante terceros, ni empleaban alusiones que el niño no pudiera entenden
No lo habían convenido así: la cosa surgió por sí misma.
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En su presencia hablaban sólo como si fuesen simples conocidos. Pero, pese a sus precauciones, Vronsky sorpren día a
menudo fija en él una mirada atenta y extraña, y co mprobaba cierta timidez, cierta desigualdad –ya excesivo afecto, ya
despego– en el trato que le dispensaba el niño. Se diría que el pequeño adivinaba que entre aquel hombre y su madre existía
una relación profunda, incomprensible para él.
En realidad, el niño no comprendía aquellas relaciones y se esforzaba en concretar los sentimientos que debía inspirarle
Vronsky. Su sensibilidad infantil le permitía notar claramente que su padre, su institutriz, el aya, to

