Después de comer, Ana subió a su cuarto a vestirse y Dolly la siguió.
–Te encuentro extraña hoy.
–¿Tú crees? No, no estoy extraña. Lo que pasa es que me siento triste. Esto me sucede de vez en cuando... Tengo como
ganas de llorar. Es una tontería; ya pasará –dijo Ana rápidamente, y ocultó su rostro enrojecido de repente, inclinándose hacia
el otro lado para rebuscar en un saquito donde guardaba sus pañuelos y su gorro, de dormir. Sus ojos brillaban de lágrimas, que
apenas conseguía retener–. Salí de San Petersburgo de mala gana y ahora, en cambio, me cuesta irme de aquí.
–Hiciste bien en venir, porque has realizado una buena obra –repuso Dolly, mirándola con atención.
Ana volvió hacia ella sus ojos llenos de lágrimas.
–No digas eso, Dolly. Ni hice ni podía hacer nada. Hay veces en que me pregunto el porqué de que todos se empeñen en
mimarme tanto. ¿Qué he hecho y qué podía hacer? Has tenido bastante amor en tu corazón para perdonar, y eso fue todo.
–¡Dios sabe lo que habría pasado de no venir tú! ¡Y es que eres tan feliz, Ana...! ¡Hay en tu alma tanta claridad y tanta
pureza!
–Todos tenemos skeletons en el alma, como dicen los ingleses.
–¿Qué skeletons puedes tener tú? ¡Todo es tan claro en tu alma! ––exclamó Dolly.
–No obstante, los tengo –dijo Ana. Y una inesperada sonrisa maliciosa torció sus labios a través de sus lágrimas.
–Tus skeletons se me figuran más divertidos que lúgubres ––opinó Dolly, sonriendo también.
–Te equivocas. ¿Sabes por qué me voy hoy en vez de mañana? Es una confesión que me pesa, pero te la quiero hacer ––dijo
Ana, sentándose en la butaca y mirando a Dolly a los ojos.
Y, con gran sorpresa de Dolly, su cuñada palideció hasta la raíz de sus cabellos rizados.
–¿Sabes por qué no ha venido Kitty a comer? –preguntó Ana–. Tiene celos de mí; he destruido su felicidad. Yo he tenido la
culpa de que el baile de anoche, del que esperaba tanto, se convirtiese para ella en un tormento. Pero la verdad es que no soy
culpable, o si lo soy, lo soy muy poco... ––dijo recalcando las últimas palabras.
–Hablas lo mismo que Stiva –dijo Dolly, sonriendo.
–¡Oh, no, no soy como él! Si te cuento esto, es porque no quiero dudar ni un minuto de mí misma.
Mas al decirlo, Ana tuvo conciencia de su debilidad: no sólo no tenía confianza en sí misma, sino que el recuerdo de
Vronsky le causaba tal emoción que decidía huir para no verle más.
–Oui, Stiva, m'a raconté que has bailado toda la noche con Vronsky y que...
–Es cosa que haría reír el extraño giro que tomaron las co sas. Me proponía favorecer el matrimonio de Kitty y en lugar d e
ello... Acaso yo contra mi voluntad ....
Ana se ruborizó y calló.
–Los hombres notan esas cosas en seguida ––dijo Dolly.
Comentario: Esqueletos.
Comentario: «Sí, Stiva, me han
contado.»
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Y yo siento que él lo tomara en serio. Pero estoy segura de que todo se olvidará en seguida y que Kitty me perdonará –
añadió Ana.
–Si he de hablarte sinceramente, esa boda no me gusta demasiado para mi hermana. Ya ves que Vronsky es un hombre capaz
de enamorarse de una mujer en un día. Siendo así, vale más que haya ocurrido lo que ocurrió.
–¡Oh, Dios mío! ¡Sería tan absurdo eso! –exclamó Ana. Pero un rubor que delataba su satisfacción encendió sus meji llas al
oír expresado en voz alta su propio pensamiento.
–Ahora me voy convertida en enemiga de Kitty, por la que sentía tanta simpatía. ¡Es tan gentil! Pero tú lo arreglarás,
¿verdad, Dolly?
Dolly apenas pudo contener una sonrisa. Estimaba a Ana, pero le complacía descubrir que también ella tenia debilidades.
–¿Kitty enemiga tuya? ¡Es imposible!
–Me gustaría irme sabiendo que me queréis todos tanto como yo os quiero a vosotros. Ahora os quiero más que antes. ¡Ay,
estoy hecha una tonta! –dijo Ana, con los ojos inundados de lágrimas.
Luego se secó los ojos con el pañuelo y comenzó a arreglarse,
Cuando se disponía ya a salir, se presentó Esteban Arkadievich, muy acalorado, oliendo a vino y a tabaco.
Dolly, conmovida por el afecto que Ana le testimoniaba, murmuró a su oído, al abrazarla por última vez:
–Nunca olvidaré lo que has hecho por mí. Te quiero y te querré siempre como a mi mejor amiga. Acuérdate de ello.
–¿Por qué? –repuso Ana, conteniendo las lágrimas.
–Me has comprendido y me comprendes. ¡Adiós, querida Ana!
XXIX
«¡Gracias a Dios que ha terminado todo esto! », pensó Ana al separarse de su hermano, quien hasta que resonó la cam pana
permaneció obstruyendo con su figura la portezuela del vagón.
Ana se acomodó en el asiento junto a Anuchka, su camarera.
«¡Gracias a Dios que voy a ver mañana a mi pequeño Ser gio y a Alexis Alejandrovich! Al fin mi vida recobrará su ritmo
habitual», pensó de nuevo.
Presa aún de la agitación que la dominaba desde la mañana, empezó a ocuparse de ponerse cómoda. Sus manos, pequeñas y
hábiles, extrajeron del saco rojo de viaje un almohadón que puso sobre sus rodillas; se envolvió bien los pies y se instaló con
comodidad.
Una viajera enferma se había tendido ya en el asiento para dormir. Otras dos dirigieron vanas preguntas a Ana, mientras una
mas vieja y gruesa se envolvía las piernas con una manta mientras emitía algunas opiniones sobre la pésima calefacción.
Ana contestó a las señoras, pero no hallando interés en su conversación, pidió a su doncella que le diese su farolillo de viaje,
lo sujetó al respaldo de su asiento y sacó una plegadera y una novela inglesa.
Era difícil abismarse en la lectura. El movimiento en torno suyo, el ruido del tren, la nieve que golpeaba la ventanilla a su
izquierda y se pegaba a los vidrios, el revisor que pasaba de vez en cuando muy arropado y cubierto de copos de nieve, las
observaciones de sus compañeras de viaje a propósito de la tempestad, todo la distraía.
Pero, por otra parte, todo era monótono: el mismo traque teo del vagón, la misma nieve en la ventana, los mismos cam bios
bruscos de temperatura, del calor al frío y otra vez al calor; los mismos rostros entrevistos en la penumbra, las mismas voces, y
Ana acabó logrando concentrarse en la lectura y enterándose de lo que leía.
Anuchka dormitaba ya, sosteniendo sobre sus rodillas el saco rojo de viaje entre sus gruesas manos enguantadas, uno de
cuyos guantes estaba roto.
Ana Karenina leía y se enteraba de lo que leía, pero la lectura, es decir, el hecho de interesarse en la vida de los demás, le era
intolerable, tenía demasiado deseo de vivir por sí misma.
Si la heroína de su novela cuidaba a un enfermo, Ana ha bría deseado entrar ella misma con pasos suaves en la alcob a del
paciente; si un miembro del Parlamento pronunciaba un discurso, Ana habría deseado pronunciarlo ella; si lady Mary galopaba
tras su traílla, desesperando a su nuera y sorprendiendo a las gentes con su audacia, Ana habría deseado hallarse en su lugar.
Pero era en vano. Debía contentarse con la lectura, mientras daba vueltas a la plegadera entre sus menudas manos.
El héroe de su novela empezaba ya a alcanzar la plenitud de su británica felicidad: obtenía un título de baronet y unas
propiedades, y Ana sentía deseo de irse con él a aquellas tierras. De pronto la Karenina experimentó la impresión de que su
héroe debía de sentirse avergonzado y que ella participaba de su vergüenza. Pero ¿por qué?
«¿De qué tengo que avergonzarme?», se preguntó con in dignación y sorpresa. Y dejando la lectura, se reclinó en su bu taca,
oprimiendo la plegadera entre sus manos nerviosas.
¿Qué había hecho? Recordó la sucedido en Moscú, donde todo había sido magnífico. Se acordó del baile, de Vronsky y de
su rostro de enamorado enloquecido, de su conducta con respecto a él... Nada había que la pudiese avergonzar. Y, no obstante,
al llegar a este punto de sus recuerdos, volvía a re nacer en ella el sentimiento de vergüenza. Parecía como si en el hecho de
recordarle una voz inter ior le murmurase, a propósito de él: «Tú ardes, tú ardes. Esto es un fuego, es un fuego». Bueno, ¿y
qué?
«¿Qué significa todo eso?», se preguntó, moviéndose con inquietud en su butaca. «¿Temo mirar ese recuerdo cara a cara?
¿Por ventura, entre ese joven oficial y yo existen otras relaciones que las que puede haber entre dos personas cualesquiera?»
Sonrió con desdén y volvió a tomar el libro; pero ya no le fue posible comprender nada de su lectura. Pasó la plegadera por
el cristal cubierto de escarcha, luego aplicó a su mejilla la superficie lisa y fría de la hoja, y poco faltó para que estallara a reír
de la alegría que súbitamente se habla apoderado de ella.
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Notaba sus nervios cada vez más tensos, sus ojos cada vez más abiertos, sus manos y pies cada vez m ás crispados. Padecía
una especie de sofocación y le parecía que en aquella pe numbra las imágenes y los sonidos la impresionaban con un
extraordinario vigor. Se preguntaba sin cesar si el tren avan zaba, retrocedía o permanecía inmóvil. ¿Era Anuchka, su doncella,
la que estaba a su lado o una extraña?
«¿Qué es lo que cuelga del asiento: una piel o un animal? ¿Soy yo a otra mujer la que va sentada aquí?»
Abandonarse a aquel estado de inconsciencia le causaba terror. Sentía, sin embargo, que aún podía opon er resistencia con la
fuerza de su voluntad. Haciendo, pues, un esfuerzo para recobrarse se incorporó, dejó su manta de viaje y su capa y se sintió
mejor durante un instante.
Entró un hombre delgado, con un largo abrigo al que le fal taba un botón. Ana com prendió que era el encargado de la ca -
lefacción. Le vio consultar el termómetro y observó que el viento y la nieve entraban en el vagón tras él. Luego, todo se volvía
confuso de nuevo. El hombre alto garabateaba algo apoyándose en el tabique, la señora anc iana estiró las piernas y el
departamento pareció envuelto en una nube negra. Ana escuchó un terrible ruido, como si algo se rasgase en la oscu ridad. Se
diría que estaban torturando a alguien. Un rojo resplandor la hizo cerrar los ojos; luego todo quedó envuelto en tinieblas y Ana
sintió la impresión de que se hundía en un precipicio. Aquellas sensaciones eran, no obstante, más diver tidas que
desagradables.
Un hombre enfundado en un abrigo cubierto de nieve le gritó algunas palabras al oído.
Ana se recobró. Comprendió que llegaban a una estación y que aquel hombre era el revisor.
Pidió a su doncella que le diese el chal y la pelerina y, poniéndoselos, se acercó a la portezuela.
–¿Desea salir, señora? –preguntó Anuchka.
–Sí: necesito moverme un poco. Aquí dentro me ahogo.
Quiso abrir la portezuela, pero el viento y la lluvia se lan zaron contra ella, como si quisieran impedirle abrir, y tam bién esto
le pareció divertido. Consiguió al fin abrir la puer ta. Parecía como si el viento la hubiese estado espera ndo afuera para
llevársela entre alaridos de alegría. Se asió con fuerza con una mano en la barandilla del estribo y sostenién dose el vestido con
la otra, Ana descendió al andén. E1 viento soplaba con fuerza, pero en el andén, al abrigo de los vagones, ha bía más calma.
Ana respiró profundamente y con agrado el aire frío de aquella noche tempestuosa y contem pló el andén y la estación
iluminada por las luces.
XXX
Un remolino de nieve y viento corrió de una puerta a otra de la estación, silbó furiosamente entre las ruedas del tren y lo
anegó todo: personas y vagones, amenazando sepultarlos en nieve. La tempestad, se calmó por un breve instante, para
desatarse de nuevo con tal ímpetu que parecía imposible de resistir. No obstante, la puerta de la estación se abría y cerraba de
vez en cuando, dando paso a gente que corría de un lado a otro, hablando alegremente, deteniéndose en el andén, cuyo
pavimento de madera crujía bajo sus pies.
La silueta de un hombre encorvado pareció surgir de la sie rra a los pies de Ana. Se oyó el golpe de un martillo contra el
hierro; después una voz ronca resonó entre las tinieblas.
–Envíen un telegrama –decía la voz.
Otras voces replicaron, como un eco:
–Haga el favor, por aquí. En el número veintiocho –y los empleados pasaron cor riendo como llevados por la nieve. Dos
señores, con sus cigarrillos encendidos, pasaron ante Ana fumando tranquilamente.
Respiró otra vez a pleno pulmón el aire frío de la noche, puso la mano en la barandilla del estribo para subir al va gón,
cuando en aq uel momento, la figura de un hombre ves tido con capote militar, que estaba muy cerca de ella, le ocultó la
vacilante luz del farol. Ana se volvió para mirarle y le reconoció. Era Vronsky. Él se llevó la mano a la visera de la gorra y le
preguntó respetuosamente si podía servirla en algo. Ana le contempló en silencio durante unos instan tes. Aunque Vronsky
estaba de espaldas a la luz, la Karenina creyó apreciar en su rostro y en sus ojos la misma expresión de entusiasmo respetuoso
que tanto la conmoviera en el baile. Hasta entonces Ana se había repetido que Vronsky era uno de los muchos jóvenes,
eternamente iguales, que se encuentran en todas partes, y se había prometido no pensar en él. Y he aquí que ahora se sentía
poseída por un alegre sentimiento de orgullo. No hacía falta preguntar por qué Vronsky estaba allí. Era para hallarse más cerca
de ella. Lo sabía con tanta certeza como si el propio Vronsky se lo hubiera dicho.
–Ignoraba que usted pensase ir a San Petersburgo. ¿Tiene algún asunto en la capital ? –preguntó Ana, separando la mano de
la barandilla.
Y su semblante resplandecía.
–¿Algún asunto? –repitió Vronsky, clavando su mirada en los ojos de Ana Karenina–. Usted sabe muy bien que voy para
estar a su lado. No puedo hacer otra cosa.
En aquel momento, el viento, como venciendo un invisible obstáculo, se precipitó contra los vagones, esparció la nieve del
techo y agitó triunfalmente una plancha que había logrado arrancar.
Con un aullido lúgubre, la locomotora lanzó un silbido.
La trágica belleza de la tempestad ahora le parecía a Ana más llena de magnificencia. Acababa de oír las palabras que temía
su razón, pero que su corazón deseaba escuchar. Guardó silencio. Pero Vronsky, en el rostro de ella, leyó la lucha que sostenía
en su interior.
–Perdone si le he dicho algo molesto –murmuró humildemente. Hablaba con respeto, pero en un tono tan resuelto y decidido
que Ana en el primer momento no supo qué contestar
–Lo que usted dice no está bien –murmuró Ana, al fin– y, si es usted un caballero, lo olvidará todo, como yo hago.
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–No lo olvidaré, ni podré olvidar nunca, ninguno de sus gestos, ninguna de sus palabras.
–¡Basta, basta! –exclamó ella en vano, tratando inútilmente de dar a su rostro una expresión severa.
Y, cogiéndose a la fría barandilla, subió los peldaños del estribo y entró rápidamente en el coche.
Sintió la necesidad de calmarse y se detuvo un momento en la portezuela. No recordaba bien lo que habían hablado, pero
comprendía que aquel momento de conversación les había aproximado el uno al otro de un modo terrible, lo que la horrorizaba
y la hacía feliz a la vez.
Tras breves instantes, Ana entró en el departamento y se sentó. Su tensión nerviosa aumentaba: parecía que sus nervios iban
a estallar.
No pudo dormir en toda la noche. Pero en aquella exaltación, en los sueños que llenaban su mente, no había nada do loroso;
al contrario, había algo gozoso, excitante y ardiente.
Al amanecer se durmió en su butaca. Era ya de día cuando despertó. Se acercaban a San Petersburgo. Pensó en su hijo, en su
marido, en sus ocupaciones domésticas, y aquellos pensamientos la dominaron por completo.
La primera persona a quien vio al apearse del tren fue su marido.
«¿Cómo le habrán crecido tanto las orejas en estos días, Dios mío?», pensó al ver aquella figura arrog ante, pero fría, con su
sombrero redondo que parecía sostenerse en los salientes cartílagos de sus orejas.
Su esposo se acercaba a ella, mirándola atentamente con sus grandes ojos cansados, con su eterna sonrisa irónica en los
labios, y esta vez la mirada inquisitiva de Alexis Alejandrovich la hizo estremecer.
¿Acaso esperaba encontrar a su marido distinto de como era en realidad? ¿O era que su conciencia le reprochaba toda la
hipocresía, toda la falta de naturalidad que había en sus re laciones conyugales? Aquella impresión dormía hacía largo tiempo
en el fondo de su alma, pero sólo ahora se le aparecía en toda su dolorosa claridad.
–Como ves, tu enamorado esposo, tan enamorado como el primer día, anhelaba verte de nuevo –dijo Karenin con su voz
lenta y seca, empleando el mismo tono levemente burlón que siempre usaba al dirigirle la palabra, como para ridicu lizar aquel
modo de expresarse.
–¿Cómo está Sergio? –preguntó ella.
–¡Caramba, qué recompensa a mi entusiasmo amoroso! Pues está bien, muy bien...
XXXI
Vronsky no trató siquiera de dormir. Permaneció sentado en su butaca con los ojos abiertos. Ora mirando fijamente ante él,
ora contemplando a los que entraban y salían; y si antes impresionaba a los desconocidos con su inalterable tranquilidad, ahora
parecía aún más seguro de sí mismo y más lleno de orgullo. Los seres no tenían para él en aquel mo mento mayor importancia
que las cosas. Tal actitud le atrajo la enemistad de su vecino de asiento, un joven muy nervioso, empleado en el Ministerio de
Justicia, que había hecho todo lo posible para que Vronsky reparara en que él pertenecía al mundo de los vivos. En vano le
había pedido fuego, en vano le hablaba o le daba golpecitos en el codo. Vronsky no mani festó más interés por él que por el
farolillo del vagón. Ofendido por su impasibilidad, su compañero de viaje reprimía su enojo a duras penas.
Aquella olímpica indiferencia no significaba que Vronsky se sintiera feliz creyendo haber impresionado el corazón de Ana.
Aun no se atrevía ni a imaginarlo, pero el solo hecho de pensar en ello le inundaba de orgullo y de alegría. No sabía ni quería
pensar en lo que podría resultar de todo aquello.
Sólo presentía que sus fuerzas, desperdiciadas hasta enton ces, iban a unirse para empujarle hacia un único y esplénd ido
destino.
Verla, oírla, estar a su lado, éste era ahora el único objeto de su vida. Estaba tan poseído por aquel pensamiento que, apenas
vio a Ana en la estación de Blagoe, donde él bajara a tomarse un vaso de soda, no pudo menos de manifestárselo.
Estaba satisfecho de habérselo dicho, satisfecho porque ahora ella sabía ya que la amaba y no podría dejar de pensar en él.
Ya en el vagón, Vronsky principió a recordar los más ni mios detalles de las veces que se habían encontrado: los ges tos, las
palabras de Ana. Y su corazón palpitó ante las visiones que su imaginación le presentaba para lo porvenir.
Se apeó en San Petersburgo tan fresco y descansado como si saliera de un baño frío, aunque había pasado la noche sin
dormir. Se paró junto a un vagón para ver pasar a Ana.
«La volveré a ver», se decía, sonriendo sin darse cuenta. «Acaso me dirija una palabra, un gesto, algo ...»
Pero al primero que vio fue a Karenin, a quien el jefe de estación acompañaba con grandes muestras de respeto.
«¡Ah, el marido!», dijo para sí.
Y, al verle erguido ante él, con sus piernas rectas enfundadas en los pantalones negros, al verle tomar el brazo de Ana con la
naturalidad de quien ejecuta un acto al que tiene derecho, Vronsky hubo de recordar que aquel ser cuya exis tencia apenas
considerara hasta entonces existía, era de carne y hueso y estaba unido estrechamente a la mujer que él amaba.
Aquel frío rostro de petersburgués, aquel aire indiferente y seguro, aquel sombrero redondo, aquella espalda ligeramente
encorvada, aquel conjunto era una realidad y Vronsky había de reconocerlo, pero lo reconocía como un hombre que, mu riendo
de sed, al encontrarse con una fuente de agua pura des cubriera que estaba ensuciada por un perro, un cerdo o una vaca que
habían bebido en ella.
Lo que sobre todo le desesperaba de Alexis Alejandrovich era su manera de andar, moviendo sus piernas de un modo rápido
y balanceando algo el cuerpo. A Vronsky le parecía que sólo él tenía derecho a amar a aquella mujer.
Afortunadamente, ella seguia siendo la misma, y al verla, su corazón se sintió conmovido.
El criado de Ana, un alemán que había hecho el viaje en se gunda clase, fue a recibir órdenes. El marido le había entre gado
los equipajes antes de dirigirse resueltamente hacia Ana. Vronsky asistió al encuen tro de los esposos y su sensibilidad de
enamorado le permitió percibir el leve ademán de contrariedad que hiciera Ana al encontrar a Alexis Alejandrovich.
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«No le ama, no puede amarle ...», pensó Vronsky.
Se sintió feliz al notar que Ana, aunque de espalda s, adivinaba su proximidad. En efecto, ella se volvió, le miró y siguió
hablando con su marido.
–¿Ha pasado usted la noche bien, señora? –preguntó Vronsky, saludando a la vez a los dos, y dando así ocasión al esposo de
que le reconociese si le placía.
–Muy bien; gracias –repuso ella.
En su fatigado rostro no se dibujaba la animación de otras veces, pero a Vronsky le bastó para sentirse feliz apreciar que los
ojos de Ana, al verle, se iluminaban de alegría.
Ella alzó la vista hacia su marido, tratando de descubrir si éste recordaba al Conde. Karenin contemplaba al joven con aire de
disgusto y como si apenas le reconociera.
Vronsky se sintió incomodado. Su calma y su seguridad de siempre chocaban ahora contra aquella actitud glacial.
–El conde Vronsky –dijo Ana.
–¡Ah, ya; me parece que nos conocemos! –se dignó decir Karenin, dando la mano al joven–. Por lo que veo, al ir has viajado
con la madre y al volver con el hijo –añadió arrastrando lentamente las palabras como si cada una le cos tara un rublo–. ¿Qué?
¿Vuelve usted de su temporada de permiso? –y, sin aguardar la respuesta de Vronsky, dijo con ironía, dirigiéndose a su mujer–
: ¿Han llorado mucho los de Moscú al separarse de ti?
Creía terminar así la charla con el Conde. Y para completar su propósito, se llevó la mano al sombrero. Pero Vronsky in -
terrogó a Ana:
–Confío en que podré tener el honor de visitarles.
–Con mucho gusto. Recibimos los lunes –dijo Alexis Alejandrovich con frialdad.
Y, sin hacerle más caso, prosiguió hablando a su mujer con el mismo tono irónico de antes:
–¡Estoy encantado de disponer de media hora de libertad para testimoniarte mis sentimientos!
–Parece como si me hablaras de ellos para realzar más su valor –repuso Ana, escuchando, involuntariamente, los pa sos de
Vronsky que caminaba tras ellos.
«En realidad no me preocupan nada», pensó para sí.
Y luego preguntó a su esposo cómo había pasado Sergio aquellos días.
–Muy bien. Mariette me dijo que estaba de muy buen hu mor. Lamento decirte que no te echó nada de menos. No le sucedía
lo mismo a tu amante esposo. Te agradezco que hayas vuelto un día antes de lo que esperaba. Nuestro querido samo var se
alegrará mucho también.
Karenin aplicaba el apelativo de «samovar» a la condesa Lidia Ivanovna, por su constante estado de vehemencia y agitación.
Siguió diciendo:
–Me preguntaba diariamente por ti. Te aconsejo que la visites hoy mismo. Ya sabes que su corazón sufre siempre por todo y
por todos y ahora está particularmente inquieta con el asunto de la reconciliación de los Oblonsky.
Lidia era una antigua amiga de su marido y el centro de aquel círculo social que, por las relaciones de su esposo, Ana se veía
obligada a frecuentar.
–Ya le he escrito.
–Pero quiere saber todos los detalles. Ve, amiga mía, ve a verla, si no estás muy cansada. Ea, te dejo. Tengo que asistir a una
sesión. Kondreti conducirá tu coche. ¡Gracias a Dios que al fin voy a comer contigo! –y añadió con seriedad –: ¡no puedes
figurarte lo que me cuesta acostumbrarme a hacerlo solo!
Y estrechándole largamente la mano y sonriendo tan afectuosamente como pudo, Karenin la condujo a su coche.
XXXII
El primer rostro que vio Ana al entrar en su casa fue el de su hijo, quien, sin atender a su institutriz, corrió escaleras abajo,
gritando con alegría:
–¡Mamá, mamá, mamá!
Y se colgó de su cuello.
–¡Ya decía yo que era mamá! ––dijo luego a la institutriz.
Pero, como el padre, el hijo causó a Ana una desilusión. En la ausencia le imaginaba más apuesto de lo que era en realidad; y
sin embargo era un niño encantador: un hermoso niño de bucles rubios, ojos azules y piernas muy derechas, con los calcetines
bien estirados.
Ana sintió un placer casi físico en tenerle a su lado y reci bir sus caricias, y experimentó un consuelo moral escuchando sus
inocentes preguntas y mirando sus ojos cándidos, confiados y dulces.
Le ofreció los regalos que le enviaban los niños de Dolly y le contó que en Moscú, en casa de los tíos, había una niña lla -
mada Tania que ya sabía escribir y enseñaba a los otros niños.
–Entonces, ¿es que valgo menos que ella? –preguntó Sergio.
–Para mí, vida mía, vales más que nadie.
–Ya lo sabía –dijo Sergio, sonriendo.
Antes de que Ana acabara de tomar el café, le anunciaron la visita de la condesa Lidia Ivanovna. Era una mujer alta y gruesa,
de amarillento y enfermizo color y grandes y magníficos ojos negros, algo pensativos.
Ana la quería mucho y, sin embargo, pareció apreciar sus defectos por primera vez.
–¿Conque llevó a los Oblonsky el ramo de oliva, querida? –preguntó Lidia Ivanovna.
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–Todo está arreglado –repuso Ana–. Las cosas no anda ban tan mal como nos figurábamos. Ma belle soeur toma sus
decisiones con demasiada precipitación y...
Pero la Condesa, que tenía la costumbre de interesarse por cuanto no le importaba, y solía, en cambio, no poner atención
alguna en lo que debía interesarle más, interrumpió a su amiga:
–Estoy abatida. ¡Cuánta maldad y cuánto dolor hay en el mundo!
–¿Pues qué sucede? –interrogó Ana, dejando de sonreír.
–Empiezo a cansarme de luchar en vano por la verdad, y a veces me siento completamente abatid a. Ya ve usted: la obra de
los hermanitos (se trataba de una institución benéfico–patriótico–religiosa) iba por buen camino. ¡Pero no se puede ha cer nada
con esos señores! –declaró la Condesa en tono de sarcástica resignación–. Aceptaron la idea para desvirtuarla y ahora la juzgan
de un modo bajo a indigno. Sólo dos o tres personas, entre ellas su marido, comprendieron el verdadero alcance de esta
empresa. Los demás no hacen más que desacreditarla... Ayer recibí carta de Pravdin.
(Se refería al célebre p aneslavista Pravlin, que vivía en el extranjero.) La Condesa contó lo que decía en su carta y luego
habló de los obstáculos que se oponían a la unión de las iglesias cristianas.
Explicado aquello, la Condesa se fue precipitadamente, porque tenía que asist ir a dos reuniones, una de ellas la sesión de un
Comité eslavista.
«Todo esto no es nuevo para mí. ¿Por qué será que lo veo ahora de otro modo?», pensó Ana. «Hoy Lidia me ha parecido más
nerviosa que otras veces. En el fondo, todo eso es un absurdo: dice ser cristiana y no hace más que enfadarse y censurar; todos
son enemigos suyos, aunque estos enemigos se digan también cristianos y persigan los mismos fines que ella.»
Después de la Condesa llegó la esposa de un alto funciona rio, que refirió a Ana todas las novedades del momento y se fue a
las tres, prometiendo volver otro día a comer con ella.
Alexis Alejandrovich estaba en el Ministerio. Ana asistió a la comida de su hijo (que siempre comía solo) y luego arregló sus
cosas y despachó su correspondencia atrasada.
Nada quedaba en ella de la vergüenza a inquietud que sin tiera durante el viaje. Ya en su ambiente acostumbrado se sin tió
ajena a todo temor y por encima de todo reproche sin comprender su estado de ánimo del día anterior.
«¿Qué sucedió, a fin de cuentas?», pensaba. «Vronsky me dijo una tontería y yo le contesté como debía. Es inútil hablar de
ello a Alexis. Parecería que daba demasiada importancia al asunto.»
Recordó una vez que un subordinado de su marido le hiciera una declaración amorosa. Creyó oportuno contárselo a Karenin
y éste le dijo que toda mujer de mundo debía estar preparada a tales eventualidades, y que él confiaba en su tacto, sin dejarse
arrastrar por celos que habrían sido humillantes para los dos.
«De modo que vale más callar» , decidió ahora Ana como re mate de sus reflexiones. «Además, gracias a Dios, nada tengo
que decirle.»
XXXIII
Alexis Alejandrovich llegó a su casa a las cuatro, pero como le ocurría a menudo, no tuvo tiempo de ver a su esposa y hubo
de pasar al despacho para recibir las visitas y firmar los documentos que le llevó su secretario.
Como de costumbre, había varios invitados a comer: una anciana prima de Karenin, uno de los los directores de su mi -
nisterio, con su mujer, y un joven que le habían recomendado.
Ana bajó al salón para recibirles. Apenas el gran reloj de bronce de estilo Pedro I dio las cinco, Alexis Alejandrovich
apareció vestido de etiqueta, con corbata blanca y dos con decoraciones en la solapa, pues tenía que salir después de comer.
Alexis Alejandrovich tenía los momentos contados y había de observar con estricta puntualidad sus diarias obligaciones.
«Ni descansar, ni precipitarse», era su lema.
Entró en la sala, saludó a todos y dijo a su mujer, sonriendo:
–¡Al fin ha terminado mi soledad! No sabes lo « incómodo» –y subrayó la palabra– que es comer a solas.
Durante la comida, Karenin pidió a su mujer noticias de Moscú, sonriendo burlonamente al mencionar a Esteban Ar -
kadievich, pero la conversación, en todo momento de un carácter general, versó sobre el trabajo en el ministerio y la política.
Concluida la comida, Karenin estuvo media hora con sus invitados y después, tras un nuevo apretón de manos y una sonrisa
a su mujer, se fue para asistir a un consejo.
Ana no quiso ir al teatro, donde tenía palco reservado aquella noche, ni a casa de la condesa Betsy Iverskaya, que, al saber su
llegada, le había enviado recado de que la esperaba. Antes de ir a Moscú, Ana dio a su modista tres vestidos para que se los
arreglase, porque la Karenina sabía vestir bien gastando poco. Y, al marcharse los invitados, Ana comprobó con irritación que
de los tres vestidos que le prometiera la modista tener arreglados para su regreso, dos no estaban terminados aún y el tercero no
había quedado a su gusto.
La modista, llamada inmediatamente, pensaba que el ves tido le estaba mejor de aquella manera. Ana se enfureció de tal
modo contra ella que en seguida se sintió avergonzada de sí misma. Para calmarse, entró en la alcoba de Sergio, le acostó, le
arregló las sábanas, le persignó con una amplia señal de la cruz y dejó la habitación.
Ahora se alegraba de no haber salido y sentía una gran calma ínfima. Evocó la escena de la estación y reconoció que aquel
incidente, al que diera tanta importancia, no era sino un detalle trivial de la vida mundana del que no tenía por qué ruborizarse.
Se acercó al lado de la chimenea para esperar el regreso de su esposo leyendo su novela inglesa. A las nueve y media en
punto sonó en la puerta la autoritaria llamada de Alexis Alejandrovich y éste entró en la habitación un momento después.
–Vaya, ya has vuelto –dijo ella, tendiéndole la mano, que él besó antes de sentarse a su lado.
–¿De modo que todo ha ido bien en tu viaje? –inquirió Karenin.
–Muy bien.
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Ana le contó todos los detalles: la ag radable compañía de la condesa Vronsky, la llegada, el accidente en la estación, la
compasión que sintiera primero hacia su hermano y luego hacia Dolly.
–Aunque Esteban sea hermano tuyo, su falta es imperdonable –dijo enfáticamente Alexis Alejaridrovich.
Ana sonrió. Su esposo trataba de hacer ver que los lazos de parentesco no influían para nada en sus juicios. Ana reconocía
muy bien aquel rasgo del carácter de su marido y se lo sabía apreciar.
–Me alegro –continuaba él– de que todo acabara bien y de que hayas regresado. ¿Qué se dice por allá del nuevo proyecto de
ley que he hecho ratificar últimamente por el Gobierno?
Ana se sintió turbada al recordar que nadie le había dicho cosa alguna sobre una cuestión que su esposo consideraba tan
importante.
–Pues aquí, al contrario, interesa mucho –dijo Karenin con sonrisa de satisfacción.
Ana adivinó que su marido deseaba extenderse en porme nores que debían de ser satisfactorios para su amor propio y,
mediante algunas preguntas hábiles, hizo que él le explicara, con una sonrisa de contento, que la aceptación de aquel pro yecto
había sido acompañada de una verdadera ovación en su honor.
–Me alegré mucho, porque eso demuestra que empiezan a ver las cosas desde un punto de vista razonable.
Después de tomar dos tazas de té con crema, Alexis Alexandrovich se dispuso a ir a su despacho.
–¿No has ido a ningún sitio durante este tiempo? Has debido de aburrirte mucho –indicó.
–¡Oh, no! –repuso ella, levantándose–. Y, ¿qué lees ahora?
–La poésie des enfers, del duque de Lille. Es un libro muy interesante.
Ana sonrió como se sonríe ante las debilidades de los seres amados y, pasando su brazo bajo el de su esposo, le acompañó
hasta el despacho. Sabía que la costumbre de leer por la noche era una verdadera necesidad para su m arido. Pese a las obliga-
ciones que monopolizaban su tiempo, le parecía un deber suyo estar al corriente de lo que aparecía en el campo intelectual, y
Ana lo sabía. Sabía también que su marido, muy competente en materia de política, filosofía y religión, n o entendía nada de
letras ni belles artes, lo cual no le impedía interesarse por ellas. Y, así como en política, filosofía y religión tenía dudes due
procuraba disipar tratando con otros de eilas, en literature, poesía y, sobre todo, música, de todo lo cua l no entendía nada,
sustentaba opiniones sobre las que no toleraba oposición ni discusión. Le agradaba hablar de Shakespeare, de Rafael y de
Beethoven y poner límites a las modernas escuelas de música y poesía, clasificándolas en un orden lógico y riguroso.
–Te dejo. Voy a escribir a Moscú –dijo Ana en la puerta del despacho, en el cual, junto a la butaca de su marido, había
preparadas una botella con ague y una pantalla pare la bujía.
El, una vez más, le estrechó la mano y la besó.
«Es un hombre bueno, lea l, honrado y, en su especie, un hombre excepcional», pensaba Ana, volviendo a su cuarto. Pero,
mientras pensaba así, ¿no se oía en su alma una voz se creta que le decía que era imposible amar a aquel hombre? Y seguía
pensando: «Pero no me explico cómo se le ven tanto las orejas. Debe de haberse cortado el cabello ...».
A las doce en punto, mientras Ana, sentada ante su pupitre, escribía a Dolly, sonaron los pasos apagados de una persona
andando en zapatillas, y Alexis Alejandrovich, lavado y peinado y con su rope de noche, apareció en el umbral.
–Ya es hora de dormir –le dijo, con maliciosa sonrisa, antes de desaparecer en la alcoba.
«¿Con qué derecho la había mirado "él" de aquel modo?», se preguntó Ana, recordando la mirada que Vronsky dirigiera a su
marido en la estación.
Y siguió a su esposo. Pero ¿qué había sido de aquella llama que en Moscú animaba su rostro haciendo brillar sus ojos y
prestando luminosidad a su sonrisa? Ahora aquella llama parecía haberse apagado o, al menos, estaba escondida.
XXXIV
Al irse de San Petersburgo, Vronsky había dejado a su amigo Petrizky su magnífico piso de la calle Morskaya.
Petrizky, un joven de familia modesta, no poseía otra fortuna que sus deudas. Se emborrachaba todas las noches y sus
aventuras, escandalosas o ri dículas, le costaban frecuentes arrestos. Pese a todo ello, todos los jefes y los compañeros le
querían.
Al llegar a su casa hacia las once, Vronsky vio a la puerta un coche que no le era desconocido del todo. Llamó a la puerta y
oyó en la escalera risas masculinas, un gracioso acento de mujer y la voz de Petrizky exclamando:
–¡Si es uno de esos miserables, no le dejéis entrar!
Vronsky entró sin anunciarse, procurando no hacer ruido, y se acercó al salón. La baronesa Chilton, amiga de Petrizky, una
rubia de carita sonrosada y acento parisiense, vestida a la sazón con un traje de satén lila, preparaba el café sobre una mesita.
Petrizky, de páisano, y el capitán Kamerovsky, de uniforme, estaban a su lado.
–¡Caramba, Vronsky, tú aquí! –exclamó Petrizky, sal tando de su silla –. El señor dueño cae de improviso en su casa...
Baronesa: prepárale el café en la cafetera nueva. ¡Qué agradable sorpresa! Y, ¿qué me dices de este nuevo adorno de tu salón?
Confío en que te gustará ––dijo, señalando a la Baronesa–. Supongo que os conoceréis...
–¡Vaya si nos conocemos! –dijo, sonriente, Vronsky, estrechando la mano de la mujer–. Somos antiguos amigos.
–Me voy –dijo ella–. Vuelve usted de viaje y... Si le molesto, me marcho.
–Está usted en su casa, amiga mía, en su casa... Hola, Kamerovsky –añadió Vronsky, estrechando con cierta frialdad la mano
del capitán.
–¿Ve usted qué amable? –dijo la Baronesa a Petrizky–. Usted no sería capaz de hablar con tanta gentileza.
–Ya lo creo. Después de comer, sí.
–Después de comer no tiene gracia. Ea, voy a preparar el café mientras usted se arregla –dijo la Baronesa, sentándose y
manipulando cuidadosamente la cafetera nueva.
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–Pedro: dame el café; voy a poner más –dijo a Petrizky.
Le llamaba por su nombre propio, sin preocuparse de ocultar las relaciones que le unían con él.
–Le mimas demasiado. ¡Mira que ponerle más café!
–No, no le mimo... ¿Y su mujer? –dijo de pronto la Ba ronesa, interrumpiendo la conversación de Vronsky con sus
camaradas–. ¿No sabe que mientras estaba fuera le hemos casado? ¿No ha traído consigo a su esposa?
–No, Baronesa. He nacido y moriré siendo un bohemio.
–Hace bien. ¡Déme esa mano!
Y la Baronesa, sin dejar de mirar a Vronsky, comenzó a explicarle, bromeando, su último plan de vida y le pidió consejos.
–¿Qué haré si él no quiere consentir en el divorcio? («él» era su marido). Me propongo llevar el asunto a los Tribunales.
¿Qué opina usted? Kamerovsky, eche una mirada al café; ¿ve?, ya se ha vertido... ¿No ve que estoy hablando de cosas serias?
Necesito recobrar mis bienes, porque ese señor –dijo con acento despectivo –, con el pretexto de que le soy infiel, se ha
quedado con mi fortuna.
Vronsky se divertía mucho oyéndola, le daba la razón, la aconsejaba, medio en serio y medio en broma, como solía ha cer
con aquella clase de mujeres.
La gente del ambiente en que Vronsky se movía suele divi dir a las personas en dos clases: la primera está compuesta por
necios, imbéciles y ridículos, que imaginan que los esposos deben ser fieles a sus esposas, las jóvenes puras, las ca sadas
honorables, los hombres decididos, firmes y dueños de sí. Es tos estúpidos opinan que hay que educar a los hijos, ganarse la
vida, pagar las deudas y cometer otras tonterías por el es tilo. La segunda clase, a la que los tipos del mundo de Vronsky se
envanecen de pertenecer, sólo da valor a la elegancia, la generosidad, la audacia y el buen humor, entregándose sin recato a sus
pasiones y burlándose de todo lo demás.
Sin embargo, influido ahora por el ambiente de Moscú, tan distinto, Vronsky, de momen to, estaba en aquel ambiente, fuera
de su centro, y lo encontraba demasiado frívolo y superficialmente alegre. Pero pronto entró en su vida habitual, tan fácilmente
como si metiese los pies en sus zapatillas usadas.
El café no llegó nunca a beberse. Se salió de la cafetera, se vertió en la alfombra, ensució el vestido de la Baronesa y sal picó
a todos, pero realizó su fin: provocar el regocijo y la risa general.
–¡Bueno, bueno, adiós! Me voy, porque si no tendré sobre mi conciencia la culpa de que usted co meta el más abominable
delito que puede cometer un hombre correcto: no lavarse. ¿Así que me aconseja que coja a ese hombre por el cuello y...?
–Exacto; pero procurando que sus manitas se encuentren cerca de sus labios. Así, él las besará y las cosas conclu irán a gusto
de todos –contestó Vronsky.
–Bien, hasta la noche. En el teatro Francés, ¿verdad?
Kamerovsky se levantó también. Y Vronsky, sin esperar a que saliese, le dio la mano y se fue al cuarto de aseo.
Mientras se arreglaba, Petrizky comenzó a explica rle su situación. No tenía dinero, su padre se negaba a darle más y no
quería pagar sus deudas; el sastre se negaba a hacerle ropa y otro sastre había adoptado igual actitud. Para colmo, el Coronel
estaba dispuesto a expulsarle del regimiento si continua ba dando aquellos escándalos, y la Baronesa se ponía pesada como el
plomo con sus ofrecimientos de dinero... Tenía en perspectiva la conquista de otra belleza, un tipo completamente oriental...
–Una especie de Rebeca, querido. Ya te la enseñaré...
Luego, había una querella con Berkchev, que se proponía mandarle los padrinos, aunque podía asegurarse que no haría nada.
En resumen, todo iba muy bien y era divertidísimo.
Antes de que su amigo pudiera reflexionar en aquellas cosas, Petrizky pasó a contarle las noticias del dia.
Al escucharle, al sentirse en aquel ambiente tan familiar, en su propio piso, donde residía hacía tres años, Vronsky notó que
se sumergía de nuevo en la vida despreocupada y alegre de San Petersburgo, y lo notó con satisfacción.
–¿Es posible? –preguntó, aflojando el grifo del lavabo, que dejó caer un chorro de agua sobre su cuello vigoroso y ro jizo–.
¿Es posible –repitió con acento de incredulidad que Laura haya dejado a Fertingov por Mileev? Y él, ¿qué hace? ¿Sigue tan
idiota y tan satisfecho de sí mismo como siempre? Oye, a propósito, ¿qué hay de Buzulkov?
–¿Buzulkov? ¡Si supieras lo que le pasa! Ya conoces su afición al baile. No pierde uno de los de la Corte. ¿Sabes que ahora
se llevan unos cascos más ligeros...? ¡Mucho más! Pues bien: él estaba allí con su uniforme de gala... ¿Me oyes?
–Te oigo, te oigo –afirmó Vronsky, secándose con la toalla de felpa.
–Una gran duquesa pasaba del brazo de un diplomático extranjero y la conversación recayó, por desgracia, en los cas cos
nuevos. La gran duquesa quiso enseñar uno al diplomá tico y viendo a un buen mozo con el casco en la cabeza –y Petrizky
procuró remedar la actitud y los ademanes de Buzul kov– le pidió que le hiciese el favor de dejárselo. Y él, sin moverse ¿Qué
significaba aquella act itud? Empiezan a ha cerle signos, indicaciones, le guiñan el ojo... ¡Y él continúa inmóvil como un
muerto! ¿Comprendes la situación? Enton ces uno... –no sé como se llama, no me acuerdo nunca – va a quitarle el casco.
Buzulkov se defiende. Y al fin otro se lo arranca a viva fuerza y lo ofrece a la gran duquesa. « Éste es el último modelo de
cascos» , dice, volviéndolo. Y de pronto ven que del casco sale... ¿Sabes qué? ¡Una pera, chico, una pera! ¡Y bombones, dos
libras de bombones! ¡El grandísimo animal iba bien aprovisionado!
Vronsky reía hasta saltarle las lágrimas. Durante largo rato, cada vez que recordaba la historia del casco, rompía en francas
risas juveniles, mostrando al hacerlo sus hermosos dientes.
Una vez informado de las noticias del momento, Vronsky se puso el uniforme con ayuda de su criado y fue a presen tarse en
la Comandancia militar. Luego se proponía ver a su hermano, pasar por casa de Betsy y hacer otra serie de visitas que le
reincorporasen a la vida de sociedad y le diesen la posi bilidad de encontrar a Ana Karenina. Salió, pues, pensando volver muy
entrada la tarde, como es costumbre en San Petersburgo.
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SEGUNDA PARTE
I
A últimos de invierno, los Scherbazky tuvieron en su casa consulta de médicos, ya que la salud de Kitty inspiraba tem ores.
Se sentía débil y con la proximidad de la primavera su salud no hizo más que empeorar. El médico de la familia le recetó aceite
de hígado de bacalao, hierro más adelante y, al fin, nitrato de plata. Pero como ninguno de aquellos remedios dio buen
resultado, el médico terminó aconsejando un viaje al extranjero.
En vista de ello, la familia resolvió llamar a un médico muy reputado. Éste, hombre joven aún y de buena presencia, exi gió
el examen detallado de la enferma. Insistió con una com placencia especial en que el pudor de las doncellas era una re -
miniscencia bárbara, y que no había nada más natural que el que un hombre aunque fuera joven auscultara a una mucha cha a
medio vestir.
Él estaba acostumbrado a hacerlo cada día y como no ex perimentaba, por tanto, emoción alguna, consideraba el pudor
femenil no sólo como un resto de barbarie, sino también como una ofensa personal.
Fue preciso someterse, porque, aunque todos los médicos hubiesen seguido igual número de cursos, estudiado los mis mos
libros y hubiesen, por consiguiente, practicado la misma ciencia, no se sabe por qué razones, y a pesar de que algunos
calificaron a aquel doctor de persona no muy recomendable, se resolvió que sólo él podía salvar a Kitty.
Después de un atento examen de la enfe rma, confusa y aturdida, el célebre médico se lavó escrupulosamente las ma nos y
salió al salón, donde le esperaba el Príncipe, quien le escuchó tosiendo y con aire grave. El Príncipe, como hombre ya de edad,
que no era necio y no había estado nunca enfermo, no creía en la medicina y se sentía irritado ante aquella comedia, ya que era
quizá el único que adivinaba la causa de la enfermedad de Kitty.
«Este admirable charlatán sería capaz hasta de espantar la caza» , pensaba, expresando con aquellos término s de viejo
cazador su opinión sobre el diagnóstico del médico.
Por su parte, el doctor disimulaba con dificultad su desdén hacia el viejo aristócrata. Siendo la Princesa la verdadera dueña
de la casa, apenas se dignaba dirigirle a él la palabra, y sólo ante ella se proponía derramar las perlas de sus conocimientos.
La Princesa compareció en breve, seguida por el médico de la familia, y el Príncipe se alejó para no exteriorizar lo que
pensaba de toda aquella farsa.
La Princesa, desconcertada, sintiéndose ahora culpable con respecto a Kitty, no sabía qué hacer.
–Bueno, doctor, decida nuestra suerte: digánoslo todo.
Iba a añadir «¿Hay esperanzas?» , pero sus labios temblaron y no llegó a formular la pregunta. Limitóse a decir:
–¿Así, doctor, que...?
–Primero, Princesa, voy a hablar con mi colega y luego tendré el honor de manifestarle mi opinión.
–¿Debo entonces dejarles solos?
–Como usted guste...
La Princesa salió, exhalando un suspiro.
Al quedar solos los dos profesionales, el médico de familia comenzó tími damente a exponer su criterio de que se trataba de
un proceso de tuberculosis incipiente, pero que...
El médico célebre le escuchaba y en medio de su peroración consultó su voluminoso reloj de oro.
–Bien –dijo–. Pero...
El médico de familia calló respetuosamente en la mitad de su discurso.
–Como usted sabe –dijo la eminencia–, no podemos precisar cuándo comienza un proceso tuberculoso. Hasta que no existen
cavernas no sabemos nada en concreto. Sólo caben suposiciones. Aquí existen síntomas: mala nutrición, nerviosismo, etc. La
cuestión es ésta: admitido el proceso tuberculoso, ¿qué hacer para ayudar a la nutrición?
–Pero usted no ignora que en esto se suelen mezclar siem pre causas de orden moral –se permitió observar el otro mé dico,
con una sutil sonrisa.
–Ya, ya –contestó la celebridad médica, mirando otra vez su reloj –. Perdone: ¿sabe usted si el puente de Yausa está ya
terminado o si hay que dar la vuelta todavía? ¿Está concluido ya? Entonces podré llegar en veinte minutos... Pues, como hemos
dicho, se trata de mejorar la alimentación y cal mar los nervios... Una cosa va ligada con la otra, y es preciso obrar en las dos
direcciones de este círculo.
–¿Y un viaje al extranjero? –preguntó el médico de la casa.
–Soy enemigo de los viajes al extranjero. Si el proceso tu berculoso existe, lo que no podemos saber, el viaje nada re -
mediaría. Hemos de emplear un remedio que aumente la nutrición sin perjudicar al organismo.
Y el médico afamado expuso un plan curativo a base de las aguas de Soden, plan cuyo méri to principal, a sus ojos, era
evidentemente que las tales aguas no podían en modo alguno hacer ningún daño a la enferma.
–Yo alegaría en pro del viaje al extranjero el cambio de ambiente, el alejamiento de las condiciones que despiertan re -
cuerdos... Además, su madre lo desea...
–En ese caso pueden ir. Esos charlatanes alemanes no le harán más que daño. Sería mejor que no les escuchara. Pero ya que
lo quieren así, que vayan.
Volvió a mirar el reloj.
–Tengo que irme ya –dijo, dirigiéndose a la puerta.
El médico famoso, en atención a las conveniencias profe sionales, dijo a la Princesa que había de examinar a Kitty una vez
más.
–¡Examinarla otra vez! –exclamó la madre, consternada.
–Sólo unos detalles, Princesa.
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–Bien; haga el favor de pasar..
Y la madre, acompañada por el médico, entró en el saloncito de Kitty.
Kitty, muy delgada, con las mejillas encendidas y un brillo peculiar en los ojos a causa de la vergüenza que había pasado
momentos antes, estaba de pie en medio de la habitación.
Al entrar el médico se ruborizó todavía más y sus ojos se llenaron de lágrimas. Su enfermedad y la curación se le figu raban
una cosa estúpida y hasta ridícula. La cura le parecía tan absurda como querer reconstruir un jarro roto reuniendo los trozos
quebrados. Su corazón estaba desgarrado. ¿Cómo componerlo con píldoras y drogas?
Pero no se atrevía a contrariar a su madre, que se sentía, por otra parte, culpable con respecto a ella.
–Haga el favor de sentarse, Princesa –dijo el médico famoso.
Se sentó ante Kitty, sonriendo, y de nuevo, mientras le tomaba el pulso, comenzó a preguntarle las cosas más enojosas.
Kitty, al principio, le contestaba, pero, impaciente al fin, se levantó y le contestó irritada:
–Perdone, doctor, mas todo esto no conduce a nada. Ésta es la tercera vez que me pregunta usted la misma cosa.
El médico célebre no se ofendió.
–Excitación nerviosa ––dijo a la madre de Kitty cuando ésta hubo salido–. De todos modos, ya había terminado.
Y el médico comenzó a explicar a la Princesa, como si se tratase de una mujer de inteligencia excepcional, el estado de su
hija desde el punto de vista científico, y terminó insistiendo en que hiciese aquella cura de aguas, que, a su juicio, de nada
había de servir.
Al preguntarle la Princesa si procedía ir al extranjero, el médico se sumió en profundas reflexiones, como meditando sobre
un problema muy difícil, y después de pensarlo mucho termino aconsejando que se hiciera el viaje. Puso, no obstante, por
condición que no se hiciese caso de los charlatanes de allí y que se le consultara a él para todo.
Cuando el médico se hubo ido se sintieron todos aliviados, como si hubiese sucedido allí algún feliz acontecimiento. La
madre volvió a la habitación de Kitty radiante de alegría y Kitty fingió estar contenta también. Ahora se veía con frecuencia
obligada a disimular sus verdaderos sentimientos.
–Es verdad, mamá, estoy muy bien. Pero si usted cree conveniente que vayamos al extranjero, podemos ir –le dijo, y, para
demostrar el interés que despertaba en ella aquel viaje, comenzó a hablar de los preparativos.
II
Después de marchar el médico, llegó Dolly.
Sabía que se celebraba aquel día consulta de médicos y, a pesar de que hacía poco que se había levantado de la cama después
de su último parto (a finales de invierno había dado a luz a una niña), dejando a la recién nacida y a otra de sus hijas que se
hallaba enferma, acudió a interesarse por la salud de Kitty.
–Os veo muy alegres a todos ––dijo al entrar en el salón, sin quitarse el sombrero–. ¿Es que está mejor?
Trataron de referirle lo que dijera el médico, pero resultó que, aunque éste había hablado muy bien durante largo rato, eran
incapaces de explicar con claridad lo que había dicho. Lo único interesante era que se había resuelto ir al extranjero.
Dolly no pudo reprimir un suspiro. Su mejor amiga, su hermana, se marchaba. Y su propia vida no era nada alegre. Des pués
de la reconciliación, sus relaciones con su marido se ha bían convertido en humillantes para ella. La soldadura hecha por Ana
resultó de escasa consistencia y la felicidad conyugal volvió a romperse por el mismo sitio.
No había nada en concreto, pero Esteban Arkadievich no estaba casi nunca en casa, faltaba siempre el dinero para las
atenciones del hogar y las sospechas de las infidelidades de su marido atormentaban a D olly continuamente, aunque procuraba
eludirlas para no caer otra vez en el sufrimiento de los celos. La primera explosión de celos no podía vol verse a producir, y ni
siquiera el descubrimiento de la infidelidad de su marido habría ya de despertar en ella el dolor de la primera vez.
Semejante descubrimiento sólo le habría impedido atender sus obligaciones familiares; pero prefería dejarse engañar,
despreciándole y despreciándose a sí misma por su debilidad. Además, las preocupaciones propias de una casa ha bitada por
una numerosa familia ocupaban todo su tiempo: ya se trataba de que la pequeña no podía lactar bien, ya que de que la niñera se
iba, ya, como en la presente ocasión, de que caía enfermo uno de los niños.
–¿Cómo estáis en tu casa? –preguntó la Princesa a Dolly.
–También nosotros tenemos muchas penas, mamá... Ahora está enferma Lilí, y temo que sea la escarlatina. Sólo he salido
para preguntar por Kitty. Por eso he venido en seguida, por que si es escarlatina –¡Dios nos libre!–, quién sabe cuándo podré
venir.
Después de marchar el médico, el Príncipe había salido de su despacho y, tras ofrecer la mejilla a Dolly para que se la
besase, se dirigió a su mujer:
–¿Qué habéis decidido? ¿Ir al extranjero? ¿Y qué pensáis hacer conmigo?
–Creo que debes quedarte, Alejandro –respondió su esposa.
–Como queráis.
–Mamá, ¿y por qué no ha de venir papá con nosotras? –preguntó Kitty–. Estaríamos todos mejor.
El Príncipe se levantó y acarició los cabellos de Kitty. Ella alzó el rostro y le miró esforzándose en aparecer sonriente.
Le parecía a Kitty que nadie de la familia la comprendía tan bien como su padre, a pesar de lo poco que hablaba con ella. Por
ser la menor de sus hijas, era ella la predilecta del Príncipe y Kitty pensaba que su mismo amor le hacía penetrar más en sus
sentimientos.
Cuando su mirada encontró los ojos azules y bondadosos del Príncipe, que la consideraba atentamente, le pareció que
aquella mirada la penetraba, descubriendo toda la tristeza que había en su interior.
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Kitty se irguió, ruborizándose, y se adelantó hacia su padre esperando que la besara. Pero él se limitó a acariciar sus cabellos
diciendo:
–¡Esos estúpidos postizos! Uno no puede ni acariciar a su propia hija. Hay que contentarse con pasar la mano por los ca -
bellos de alguna señora difunta... ¿Qué hace tu «triunfador», Dolliñka? –preguntó a su hija mayor.
–Nada, papa –contestó ella, comprendiendo que se refería a su marido. Y agregó, con sonrisa irónica–: Está siempre fuera de
casa. No le veo apenas.
–¿Todavía no ha ido a la finca a vender la madera?
–No... Siempre está preparándose para ir..
–Ya. ¡Preparándose para ir! ¡Habré yo también de hacer lo mismo! ¡Muy bien! –dijo dirigiéndose a su mujer, mien tras se
sentaba–. ¿Sabes lo que tienes que hacer, Kitty? –agregó, hablando a su hija menor–. Pues cualquier día en que luzca un buen
sol te levantas diciendo: «Me siento com pletamente sana y alegre y voy a salir de paseo con papa, tempranito de mañana y a
respirar el aire fresco». ¿Qué te parece?
Lo que había dicho su padre parecía muy sencillo, pero Kitty, al oírle, se turbó como un criminal cogido in fraganti.
«Sí: él lo sabe todo, lo comprende todo, y con esas palabras quiere decirme que, aunque lo pasado sea vergonzoso, hay que
sobrevivir a la vergüenza.»
Pero no tuvo fuerzas para contestar. Iba a decir algo y, de pronto, estalló en sollozos y salió corriendo de la habitación.
–¿Ves el resultado de tus bromas? –dijo la Princesa, enfadada–. Siempre serás el mismo... –añadió, y le espetó un discurso
lleno de reproches.
El Príncipe escuchó durante largo rato las acusaciones de su esposa y callaba, pero su rostro adquiría una expresión cada vez
más sombría.
–¡Se siente tan desgraciada la pobre, tan desgraciada! Y tú no comprendes que cualquier alusión a la causa de su sufri miento
la hace padecer. Parece imposible que pueda una equivocarse tanto con los hombres.
Por el cambio de tono de la Princesa, Dolly y el Príncipe adivinaron que se refería a Vronsky.
–No comprendo que no haya leyes que castiguen a las personas que obran de una manera tan innoble, tan bajamente.
–No quisiera ni oírte –dijo el Príncipe con seriedad, le vantándose y como si fuera a marcharse, pero deteniéndose en el
umbral–. Hay leyes, sí; las hay, mujer. Y si quieres sa ber quién es el culpable, te lo diré: tú y nadie m ás que tú, Siempre ha
habido leyes contra tales personajes y las hay aún. ¡Sí, señora! Si no hubieran ido las cosas como no debían, si no hubieseis
sido vosotras las primeras en introducirle en nuestra casa, yo, un viejo, habría sabido llevar a donde hicie ra falta a ese
lechuguino. Pero como las cosas fueron como fue ron, ahora hay que pensar en curar a Kitty y en enseñarla a to dos esos
charlatanes.
El Príncipe parecía tener aún muchas cosas más por decir, pero apenas le oyó la Princesa hablar en aquel ton o, ella, como
hacía siempre tratándose de asuntos serios, se arrepintió y se humilló.
–Alejandro, Alejandro... –murmuró, acercándose a él, sollozante.
En cuanto ella comenzó a llorar, el Príncipe se calmó a su vez. Se aproximó también a su esposa.
–Basta, basta... Ya sé que sufres como yo. Pero ¿qué pode mos hacer? No se trata en resumidas cuentas de un grave mal.
Dios es misericordioso... démosle gracias... –continuó sin saber ya lo que decía y contestando al húmedo beso de la Princesa
que acababa de sentir en su mano. Luego salió de la habitación.
Cuando Kitty se fue llorando, Dolly comprendió que arre glar aquel asunto era propio de una mujer y se dispuso a entrar en
funciones. Se quitó el sombrero y, arremangándose moral mente, si vale la frase, se apre stó a obrar. Mientras su madre había
estado increpando a su padre, Dolly trató de contenerla tanto como el respeto se lo permitía. Durante el arrebato del Príncipe,
se conmovió después con su padre viendo la bondad demostrada por él en seguida al ver llorar a la Princesa.
Cuando su padre hubo salido, resolvió hacer lo que más urgía: ver a Kitty y tratar de calmarla.
–Mamá: hace tiempo que quería decirle que Levin, cuando estuvo aquí la última vez, se proponía declararse a Kitty. Se lo
dijo a Stiva.
–¿Y qué? No comprendo...
–Puede ser que Kitty le rechazara. ¿No te dijo nada ella?
–No, no me dijo nada de uno ni de otro. Es demasiado orgullosa, aunque me consta que todo es por culpa de aquél.
–Pero imagina que haya rechazado a Levin... Yo creo que no lo hab ría hecho de no haber pasado lo que yo sé. ¡Y luego el
otro la engañó tan terriblemente!
La Princesa, asustada al recordar cuán culpable era ella con respecto a Kitty, se irritó.
–No comprendo nada. Hoy día todas quieren vivir según sus propias ideas. No dicen nada a sus madres, y luego...
–Voy a verla, mamá.
–Ve. ¿Acaso te lo prohíbo? –repuso su madre.
III
Al entrar en el saloncito de Kitty, una habitación reducida, exquisita, con muñecas vieux saxe, tan juvenil, rosada y ale gre
como la propia Kitty sólo dos meses antes. Dolly recordó con cuánto cariño y alegría habían arreglado las dos el año anterior
aquel saloncito.
Vio a Kitty sentada en la silla baja más próxima a la puerta, con la mirada inmóvil fija en un punto del tapiz, y el corazón se
le oprimió.
Kitty miró a su hermana sin que se alterase la fría y casi severa expresión de su rostro.
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–Ahora me voy a casa y no saldré de ella en muchos días; tampoco tú podrás venir a verme –dijo Daria Alejandrovna,
sentándose a su lado–. Así que quisiera hablarte.
–¿De qué? –preguntó Kitty inmediatamente, algo alarmada y levantando la cabeza.
–¿De qué quieres que sea, sino del disgusto que pasas?
–No paso ningún disgusto.
–Basta Kitty. ¿Crees acaso que no lo sé? Lo sé todo. Y créeme que es poca cosa. Todas hemos pasado por eso.
Kitty callaba, conservando la severa expresión de su rostro
–¡No se merece lo que sufres por él! –continuó Daria Alejandrovna, yendo derecha al asunto.
–¡Me ha despreciado! –dijo Kitty con voz apagada–. No me hables de eso, te ruego que no me hables...
–¿Quién te lo ha dicho? No habrá nadie que lo diga. Estoy segura de que te quería y hasta de que te quiere ahora, pero...
–¡Lo que más me fastidia son estas compasiones! –exclamó Kitty de repente. Se agitó en la silla, se ruborizó y movió irritada
los dedos, oprimiendo la hebilla del cinturón que tenía entre las manos.
Dolly conocía aquella costumbre de su hermana de co ger la hebilla, ora con una, ora con otra mano, cuando es taba irritada.
Sabía que en aquellos momentos Kitty era muy capaz de perder la cabeza y decir cosas superfluas y hasta desagradables, y
habría querido calmarla, pero ya era tarde.
–¿Qué es, dime, qué es, lo que quieres hacerme compren der? –dijo Kitty rápidamente –. ¿Qué estuve enamorada de un
hombre a quien yo le tenía sin cuidado y que ahora me muero de amor por él? ¡Y eso me lo dice mi hermana pen sando
probarme de este modo su simpatía y su piedad! ¡Para nada necesito esa piedad ni esa simpatía!
–No eres justa, Kitty.
–¿Por
–Te encuentro extraña hoy.
–¿Tú crees? No, no estoy extraña. Lo que pasa es que me siento triste. Esto me sucede de vez en cuando... Tengo como
ganas de llorar. Es una tontería; ya pasará –dijo Ana rápidamente, y ocultó su rostro enrojecido de repente, inclinándose hacia
el otro lado para rebuscar en un saquito donde guardaba sus pañuelos y su gorro, de dormir. Sus ojos brillaban de lágrimas, que
apenas conseguía retener–. Salí de San Petersburgo de mala gana y ahora, en cambio, me cuesta irme de aquí.
–Hiciste bien en venir, porque has realizado una buena obra –repuso Dolly, mirándola con atención.
Ana volvió hacia ella sus ojos llenos de lágrimas.
–No digas eso, Dolly. Ni hice ni podía hacer nada. Hay veces en que me pregunto el porqué de que todos se empeñen en
mimarme tanto. ¿Qué he hecho y qué podía hacer? Has tenido bastante amor en tu corazón para perdonar, y eso fue todo.
–¡Dios sabe lo que habría pasado de no venir tú! ¡Y es que eres tan feliz, Ana...! ¡Hay en tu alma tanta claridad y tanta
pureza!
–Todos tenemos skeletons en el alma, como dicen los ingleses.
–¿Qué skeletons puedes tener tú? ¡Todo es tan claro en tu alma! ––exclamó Dolly.
–No obstante, los tengo –dijo Ana. Y una inesperada sonrisa maliciosa torció sus labios a través de sus lágrimas.
–Tus skeletons se me figuran más divertidos que lúgubres ––opinó Dolly, sonriendo también.
–Te equivocas. ¿Sabes por qué me voy hoy en vez de mañana? Es una confesión que me pesa, pero te la quiero hacer ––dijo
Ana, sentándose en la butaca y mirando a Dolly a los ojos.
Y, con gran sorpresa de Dolly, su cuñada palideció hasta la raíz de sus cabellos rizados.
–¿Sabes por qué no ha venido Kitty a comer? –preguntó Ana–. Tiene celos de mí; he destruido su felicidad. Yo he tenido la
culpa de que el baile de anoche, del que esperaba tanto, se convirtiese para ella en un tormento. Pero la verdad es que no soy
culpable, o si lo soy, lo soy muy poco... ––dijo recalcando las últimas palabras.
–Hablas lo mismo que Stiva –dijo Dolly, sonriendo.
–¡Oh, no, no soy como él! Si te cuento esto, es porque no quiero dudar ni un minuto de mí misma.
Mas al decirlo, Ana tuvo conciencia de su debilidad: no sólo no tenía confianza en sí misma, sino que el recuerdo de
Vronsky le causaba tal emoción que decidía huir para no verle más.
–Oui, Stiva, m'a raconté que has bailado toda la noche con Vronsky y que...
–Es cosa que haría reír el extraño giro que tomaron las co sas. Me proponía favorecer el matrimonio de Kitty y en lugar d e
ello... Acaso yo contra mi voluntad ....
Ana se ruborizó y calló.
–Los hombres notan esas cosas en seguida ––dijo Dolly.
Comentario: Esqueletos.
Comentario: «Sí, Stiva, me han
contado.»
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Y yo siento que él lo tomara en serio. Pero estoy segura de que todo se olvidará en seguida y que Kitty me perdonará –
añadió Ana.
–Si he de hablarte sinceramente, esa boda no me gusta demasiado para mi hermana. Ya ves que Vronsky es un hombre capaz
de enamorarse de una mujer en un día. Siendo así, vale más que haya ocurrido lo que ocurrió.
–¡Oh, Dios mío! ¡Sería tan absurdo eso! –exclamó Ana. Pero un rubor que delataba su satisfacción encendió sus meji llas al
oír expresado en voz alta su propio pensamiento.
–Ahora me voy convertida en enemiga de Kitty, por la que sentía tanta simpatía. ¡Es tan gentil! Pero tú lo arreglarás,
¿verdad, Dolly?
Dolly apenas pudo contener una sonrisa. Estimaba a Ana, pero le complacía descubrir que también ella tenia debilidades.
–¿Kitty enemiga tuya? ¡Es imposible!
–Me gustaría irme sabiendo que me queréis todos tanto como yo os quiero a vosotros. Ahora os quiero más que antes. ¡Ay,
estoy hecha una tonta! –dijo Ana, con los ojos inundados de lágrimas.
Luego se secó los ojos con el pañuelo y comenzó a arreglarse,
Cuando se disponía ya a salir, se presentó Esteban Arkadievich, muy acalorado, oliendo a vino y a tabaco.
Dolly, conmovida por el afecto que Ana le testimoniaba, murmuró a su oído, al abrazarla por última vez:
–Nunca olvidaré lo que has hecho por mí. Te quiero y te querré siempre como a mi mejor amiga. Acuérdate de ello.
–¿Por qué? –repuso Ana, conteniendo las lágrimas.
–Me has comprendido y me comprendes. ¡Adiós, querida Ana!
XXIX
«¡Gracias a Dios que ha terminado todo esto! », pensó Ana al separarse de su hermano, quien hasta que resonó la cam pana
permaneció obstruyendo con su figura la portezuela del vagón.
Ana se acomodó en el asiento junto a Anuchka, su camarera.
«¡Gracias a Dios que voy a ver mañana a mi pequeño Ser gio y a Alexis Alejandrovich! Al fin mi vida recobrará su ritmo
habitual», pensó de nuevo.
Presa aún de la agitación que la dominaba desde la mañana, empezó a ocuparse de ponerse cómoda. Sus manos, pequeñas y
hábiles, extrajeron del saco rojo de viaje un almohadón que puso sobre sus rodillas; se envolvió bien los pies y se instaló con
comodidad.
Una viajera enferma se había tendido ya en el asiento para dormir. Otras dos dirigieron vanas preguntas a Ana, mientras una
mas vieja y gruesa se envolvía las piernas con una manta mientras emitía algunas opiniones sobre la pésima calefacción.
Ana contestó a las señoras, pero no hallando interés en su conversación, pidió a su doncella que le diese su farolillo de viaje,
lo sujetó al respaldo de su asiento y sacó una plegadera y una novela inglesa.
Era difícil abismarse en la lectura. El movimiento en torno suyo, el ruido del tren, la nieve que golpeaba la ventanilla a su
izquierda y se pegaba a los vidrios, el revisor que pasaba de vez en cuando muy arropado y cubierto de copos de nieve, las
observaciones de sus compañeras de viaje a propósito de la tempestad, todo la distraía.
Pero, por otra parte, todo era monótono: el mismo traque teo del vagón, la misma nieve en la ventana, los mismos cam bios
bruscos de temperatura, del calor al frío y otra vez al calor; los mismos rostros entrevistos en la penumbra, las mismas voces, y
Ana acabó logrando concentrarse en la lectura y enterándose de lo que leía.
Anuchka dormitaba ya, sosteniendo sobre sus rodillas el saco rojo de viaje entre sus gruesas manos enguantadas, uno de
cuyos guantes estaba roto.
Ana Karenina leía y se enteraba de lo que leía, pero la lectura, es decir, el hecho de interesarse en la vida de los demás, le era
intolerable, tenía demasiado deseo de vivir por sí misma.
Si la heroína de su novela cuidaba a un enfermo, Ana ha bría deseado entrar ella misma con pasos suaves en la alcob a del
paciente; si un miembro del Parlamento pronunciaba un discurso, Ana habría deseado pronunciarlo ella; si lady Mary galopaba
tras su traílla, desesperando a su nuera y sorprendiendo a las gentes con su audacia, Ana habría deseado hallarse en su lugar.
Pero era en vano. Debía contentarse con la lectura, mientras daba vueltas a la plegadera entre sus menudas manos.
El héroe de su novela empezaba ya a alcanzar la plenitud de su británica felicidad: obtenía un título de baronet y unas
propiedades, y Ana sentía deseo de irse con él a aquellas tierras. De pronto la Karenina experimentó la impresión de que su
héroe debía de sentirse avergonzado y que ella participaba de su vergüenza. Pero ¿por qué?
«¿De qué tengo que avergonzarme?», se preguntó con in dignación y sorpresa. Y dejando la lectura, se reclinó en su bu taca,
oprimiendo la plegadera entre sus manos nerviosas.
¿Qué había hecho? Recordó la sucedido en Moscú, donde todo había sido magnífico. Se acordó del baile, de Vronsky y de
su rostro de enamorado enloquecido, de su conducta con respecto a él... Nada había que la pudiese avergonzar. Y, no obstante,
al llegar a este punto de sus recuerdos, volvía a re nacer en ella el sentimiento de vergüenza. Parecía como si en el hecho de
recordarle una voz inter ior le murmurase, a propósito de él: «Tú ardes, tú ardes. Esto es un fuego, es un fuego». Bueno, ¿y
qué?
«¿Qué significa todo eso?», se preguntó, moviéndose con inquietud en su butaca. «¿Temo mirar ese recuerdo cara a cara?
¿Por ventura, entre ese joven oficial y yo existen otras relaciones que las que puede haber entre dos personas cualesquiera?»
Sonrió con desdén y volvió a tomar el libro; pero ya no le fue posible comprender nada de su lectura. Pasó la plegadera por
el cristal cubierto de escarcha, luego aplicó a su mejilla la superficie lisa y fría de la hoja, y poco faltó para que estallara a reír
de la alegría que súbitamente se habla apoderado de ella.
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Notaba sus nervios cada vez más tensos, sus ojos cada vez más abiertos, sus manos y pies cada vez m ás crispados. Padecía
una especie de sofocación y le parecía que en aquella pe numbra las imágenes y los sonidos la impresionaban con un
extraordinario vigor. Se preguntaba sin cesar si el tren avan zaba, retrocedía o permanecía inmóvil. ¿Era Anuchka, su doncella,
la que estaba a su lado o una extraña?
«¿Qué es lo que cuelga del asiento: una piel o un animal? ¿Soy yo a otra mujer la que va sentada aquí?»
Abandonarse a aquel estado de inconsciencia le causaba terror. Sentía, sin embargo, que aún podía opon er resistencia con la
fuerza de su voluntad. Haciendo, pues, un esfuerzo para recobrarse se incorporó, dejó su manta de viaje y su capa y se sintió
mejor durante un instante.
Entró un hombre delgado, con un largo abrigo al que le fal taba un botón. Ana com prendió que era el encargado de la ca -
lefacción. Le vio consultar el termómetro y observó que el viento y la nieve entraban en el vagón tras él. Luego, todo se volvía
confuso de nuevo. El hombre alto garabateaba algo apoyándose en el tabique, la señora anc iana estiró las piernas y el
departamento pareció envuelto en una nube negra. Ana escuchó un terrible ruido, como si algo se rasgase en la oscu ridad. Se
diría que estaban torturando a alguien. Un rojo resplandor la hizo cerrar los ojos; luego todo quedó envuelto en tinieblas y Ana
sintió la impresión de que se hundía en un precipicio. Aquellas sensaciones eran, no obstante, más diver tidas que
desagradables.
Un hombre enfundado en un abrigo cubierto de nieve le gritó algunas palabras al oído.
Ana se recobró. Comprendió que llegaban a una estación y que aquel hombre era el revisor.
Pidió a su doncella que le diese el chal y la pelerina y, poniéndoselos, se acercó a la portezuela.
–¿Desea salir, señora? –preguntó Anuchka.
–Sí: necesito moverme un poco. Aquí dentro me ahogo.
Quiso abrir la portezuela, pero el viento y la lluvia se lan zaron contra ella, como si quisieran impedirle abrir, y tam bién esto
le pareció divertido. Consiguió al fin abrir la puer ta. Parecía como si el viento la hubiese estado espera ndo afuera para
llevársela entre alaridos de alegría. Se asió con fuerza con una mano en la barandilla del estribo y sostenién dose el vestido con
la otra, Ana descendió al andén. E1 viento soplaba con fuerza, pero en el andén, al abrigo de los vagones, ha bía más calma.
Ana respiró profundamente y con agrado el aire frío de aquella noche tempestuosa y contem pló el andén y la estación
iluminada por las luces.
XXX
Un remolino de nieve y viento corrió de una puerta a otra de la estación, silbó furiosamente entre las ruedas del tren y lo
anegó todo: personas y vagones, amenazando sepultarlos en nieve. La tempestad, se calmó por un breve instante, para
desatarse de nuevo con tal ímpetu que parecía imposible de resistir. No obstante, la puerta de la estación se abría y cerraba de
vez en cuando, dando paso a gente que corría de un lado a otro, hablando alegremente, deteniéndose en el andén, cuyo
pavimento de madera crujía bajo sus pies.
La silueta de un hombre encorvado pareció surgir de la sie rra a los pies de Ana. Se oyó el golpe de un martillo contra el
hierro; después una voz ronca resonó entre las tinieblas.
–Envíen un telegrama –decía la voz.
Otras voces replicaron, como un eco:
–Haga el favor, por aquí. En el número veintiocho –y los empleados pasaron cor riendo como llevados por la nieve. Dos
señores, con sus cigarrillos encendidos, pasaron ante Ana fumando tranquilamente.
Respiró otra vez a pleno pulmón el aire frío de la noche, puso la mano en la barandilla del estribo para subir al va gón,
cuando en aq uel momento, la figura de un hombre ves tido con capote militar, que estaba muy cerca de ella, le ocultó la
vacilante luz del farol. Ana se volvió para mirarle y le reconoció. Era Vronsky. Él se llevó la mano a la visera de la gorra y le
preguntó respetuosamente si podía servirla en algo. Ana le contempló en silencio durante unos instan tes. Aunque Vronsky
estaba de espaldas a la luz, la Karenina creyó apreciar en su rostro y en sus ojos la misma expresión de entusiasmo respetuoso
que tanto la conmoviera en el baile. Hasta entonces Ana se había repetido que Vronsky era uno de los muchos jóvenes,
eternamente iguales, que se encuentran en todas partes, y se había prometido no pensar en él. Y he aquí que ahora se sentía
poseída por un alegre sentimiento de orgullo. No hacía falta preguntar por qué Vronsky estaba allí. Era para hallarse más cerca
de ella. Lo sabía con tanta certeza como si el propio Vronsky se lo hubiera dicho.
–Ignoraba que usted pensase ir a San Petersburgo. ¿Tiene algún asunto en la capital ? –preguntó Ana, separando la mano de
la barandilla.
Y su semblante resplandecía.
–¿Algún asunto? –repitió Vronsky, clavando su mirada en los ojos de Ana Karenina–. Usted sabe muy bien que voy para
estar a su lado. No puedo hacer otra cosa.
En aquel momento, el viento, como venciendo un invisible obstáculo, se precipitó contra los vagones, esparció la nieve del
techo y agitó triunfalmente una plancha que había logrado arrancar.
Con un aullido lúgubre, la locomotora lanzó un silbido.
La trágica belleza de la tempestad ahora le parecía a Ana más llena de magnificencia. Acababa de oír las palabras que temía
su razón, pero que su corazón deseaba escuchar. Guardó silencio. Pero Vronsky, en el rostro de ella, leyó la lucha que sostenía
en su interior.
–Perdone si le he dicho algo molesto –murmuró humildemente. Hablaba con respeto, pero en un tono tan resuelto y decidido
que Ana en el primer momento no supo qué contestar
–Lo que usted dice no está bien –murmuró Ana, al fin– y, si es usted un caballero, lo olvidará todo, como yo hago.
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–No lo olvidaré, ni podré olvidar nunca, ninguno de sus gestos, ninguna de sus palabras.
–¡Basta, basta! –exclamó ella en vano, tratando inútilmente de dar a su rostro una expresión severa.
Y, cogiéndose a la fría barandilla, subió los peldaños del estribo y entró rápidamente en el coche.
Sintió la necesidad de calmarse y se detuvo un momento en la portezuela. No recordaba bien lo que habían hablado, pero
comprendía que aquel momento de conversación les había aproximado el uno al otro de un modo terrible, lo que la horrorizaba
y la hacía feliz a la vez.
Tras breves instantes, Ana entró en el departamento y se sentó. Su tensión nerviosa aumentaba: parecía que sus nervios iban
a estallar.
No pudo dormir en toda la noche. Pero en aquella exaltación, en los sueños que llenaban su mente, no había nada do loroso;
al contrario, había algo gozoso, excitante y ardiente.
Al amanecer se durmió en su butaca. Era ya de día cuando despertó. Se acercaban a San Petersburgo. Pensó en su hijo, en su
marido, en sus ocupaciones domésticas, y aquellos pensamientos la dominaron por completo.
La primera persona a quien vio al apearse del tren fue su marido.
«¿Cómo le habrán crecido tanto las orejas en estos días, Dios mío?», pensó al ver aquella figura arrog ante, pero fría, con su
sombrero redondo que parecía sostenerse en los salientes cartílagos de sus orejas.
Su esposo se acercaba a ella, mirándola atentamente con sus grandes ojos cansados, con su eterna sonrisa irónica en los
labios, y esta vez la mirada inquisitiva de Alexis Alejandrovich la hizo estremecer.
¿Acaso esperaba encontrar a su marido distinto de como era en realidad? ¿O era que su conciencia le reprochaba toda la
hipocresía, toda la falta de naturalidad que había en sus re laciones conyugales? Aquella impresión dormía hacía largo tiempo
en el fondo de su alma, pero sólo ahora se le aparecía en toda su dolorosa claridad.
–Como ves, tu enamorado esposo, tan enamorado como el primer día, anhelaba verte de nuevo –dijo Karenin con su voz
lenta y seca, empleando el mismo tono levemente burlón que siempre usaba al dirigirle la palabra, como para ridicu lizar aquel
modo de expresarse.
–¿Cómo está Sergio? –preguntó ella.
–¡Caramba, qué recompensa a mi entusiasmo amoroso! Pues está bien, muy bien...
XXXI
Vronsky no trató siquiera de dormir. Permaneció sentado en su butaca con los ojos abiertos. Ora mirando fijamente ante él,
ora contemplando a los que entraban y salían; y si antes impresionaba a los desconocidos con su inalterable tranquilidad, ahora
parecía aún más seguro de sí mismo y más lleno de orgullo. Los seres no tenían para él en aquel mo mento mayor importancia
que las cosas. Tal actitud le atrajo la enemistad de su vecino de asiento, un joven muy nervioso, empleado en el Ministerio de
Justicia, que había hecho todo lo posible para que Vronsky reparara en que él pertenecía al mundo de los vivos. En vano le
había pedido fuego, en vano le hablaba o le daba golpecitos en el codo. Vronsky no mani festó más interés por él que por el
farolillo del vagón. Ofendido por su impasibilidad, su compañero de viaje reprimía su enojo a duras penas.
Aquella olímpica indiferencia no significaba que Vronsky se sintiera feliz creyendo haber impresionado el corazón de Ana.
Aun no se atrevía ni a imaginarlo, pero el solo hecho de pensar en ello le inundaba de orgullo y de alegría. No sabía ni quería
pensar en lo que podría resultar de todo aquello.
Sólo presentía que sus fuerzas, desperdiciadas hasta enton ces, iban a unirse para empujarle hacia un único y esplénd ido
destino.
Verla, oírla, estar a su lado, éste era ahora el único objeto de su vida. Estaba tan poseído por aquel pensamiento que, apenas
vio a Ana en la estación de Blagoe, donde él bajara a tomarse un vaso de soda, no pudo menos de manifestárselo.
Estaba satisfecho de habérselo dicho, satisfecho porque ahora ella sabía ya que la amaba y no podría dejar de pensar en él.
Ya en el vagón, Vronsky principió a recordar los más ni mios detalles de las veces que se habían encontrado: los ges tos, las
palabras de Ana. Y su corazón palpitó ante las visiones que su imaginación le presentaba para lo porvenir.
Se apeó en San Petersburgo tan fresco y descansado como si saliera de un baño frío, aunque había pasado la noche sin
dormir. Se paró junto a un vagón para ver pasar a Ana.
«La volveré a ver», se decía, sonriendo sin darse cuenta. «Acaso me dirija una palabra, un gesto, algo ...»
Pero al primero que vio fue a Karenin, a quien el jefe de estación acompañaba con grandes muestras de respeto.
«¡Ah, el marido!», dijo para sí.
Y, al verle erguido ante él, con sus piernas rectas enfundadas en los pantalones negros, al verle tomar el brazo de Ana con la
naturalidad de quien ejecuta un acto al que tiene derecho, Vronsky hubo de recordar que aquel ser cuya exis tencia apenas
considerara hasta entonces existía, era de carne y hueso y estaba unido estrechamente a la mujer que él amaba.
Aquel frío rostro de petersburgués, aquel aire indiferente y seguro, aquel sombrero redondo, aquella espalda ligeramente
encorvada, aquel conjunto era una realidad y Vronsky había de reconocerlo, pero lo reconocía como un hombre que, mu riendo
de sed, al encontrarse con una fuente de agua pura des cubriera que estaba ensuciada por un perro, un cerdo o una vaca que
habían bebido en ella.
Lo que sobre todo le desesperaba de Alexis Alejandrovich era su manera de andar, moviendo sus piernas de un modo rápido
y balanceando algo el cuerpo. A Vronsky le parecía que sólo él tenía derecho a amar a aquella mujer.
Afortunadamente, ella seguia siendo la misma, y al verla, su corazón se sintió conmovido.
El criado de Ana, un alemán que había hecho el viaje en se gunda clase, fue a recibir órdenes. El marido le había entre gado
los equipajes antes de dirigirse resueltamente hacia Ana. Vronsky asistió al encuen tro de los esposos y su sensibilidad de
enamorado le permitió percibir el leve ademán de contrariedad que hiciera Ana al encontrar a Alexis Alejandrovich.
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«No le ama, no puede amarle ...», pensó Vronsky.
Se sintió feliz al notar que Ana, aunque de espalda s, adivinaba su proximidad. En efecto, ella se volvió, le miró y siguió
hablando con su marido.
–¿Ha pasado usted la noche bien, señora? –preguntó Vronsky, saludando a la vez a los dos, y dando así ocasión al esposo de
que le reconociese si le placía.
–Muy bien; gracias –repuso ella.
En su fatigado rostro no se dibujaba la animación de otras veces, pero a Vronsky le bastó para sentirse feliz apreciar que los
ojos de Ana, al verle, se iluminaban de alegría.
Ella alzó la vista hacia su marido, tratando de descubrir si éste recordaba al Conde. Karenin contemplaba al joven con aire de
disgusto y como si apenas le reconociera.
Vronsky se sintió incomodado. Su calma y su seguridad de siempre chocaban ahora contra aquella actitud glacial.
–El conde Vronsky –dijo Ana.
–¡Ah, ya; me parece que nos conocemos! –se dignó decir Karenin, dando la mano al joven–. Por lo que veo, al ir has viajado
con la madre y al volver con el hijo –añadió arrastrando lentamente las palabras como si cada una le cos tara un rublo–. ¿Qué?
¿Vuelve usted de su temporada de permiso? –y, sin aguardar la respuesta de Vronsky, dijo con ironía, dirigiéndose a su mujer–
: ¿Han llorado mucho los de Moscú al separarse de ti?
Creía terminar así la charla con el Conde. Y para completar su propósito, se llevó la mano al sombrero. Pero Vronsky in -
terrogó a Ana:
–Confío en que podré tener el honor de visitarles.
–Con mucho gusto. Recibimos los lunes –dijo Alexis Alejandrovich con frialdad.
Y, sin hacerle más caso, prosiguió hablando a su mujer con el mismo tono irónico de antes:
–¡Estoy encantado de disponer de media hora de libertad para testimoniarte mis sentimientos!
–Parece como si me hablaras de ellos para realzar más su valor –repuso Ana, escuchando, involuntariamente, los pa sos de
Vronsky que caminaba tras ellos.
«En realidad no me preocupan nada», pensó para sí.
Y luego preguntó a su esposo cómo había pasado Sergio aquellos días.
–Muy bien. Mariette me dijo que estaba de muy buen hu mor. Lamento decirte que no te echó nada de menos. No le sucedía
lo mismo a tu amante esposo. Te agradezco que hayas vuelto un día antes de lo que esperaba. Nuestro querido samo var se
alegrará mucho también.
Karenin aplicaba el apelativo de «samovar» a la condesa Lidia Ivanovna, por su constante estado de vehemencia y agitación.
Siguió diciendo:
–Me preguntaba diariamente por ti. Te aconsejo que la visites hoy mismo. Ya sabes que su corazón sufre siempre por todo y
por todos y ahora está particularmente inquieta con el asunto de la reconciliación de los Oblonsky.
Lidia era una antigua amiga de su marido y el centro de aquel círculo social que, por las relaciones de su esposo, Ana se veía
obligada a frecuentar.
–Ya le he escrito.
–Pero quiere saber todos los detalles. Ve, amiga mía, ve a verla, si no estás muy cansada. Ea, te dejo. Tengo que asistir a una
sesión. Kondreti conducirá tu coche. ¡Gracias a Dios que al fin voy a comer contigo! –y añadió con seriedad –: ¡no puedes
figurarte lo que me cuesta acostumbrarme a hacerlo solo!
Y estrechándole largamente la mano y sonriendo tan afectuosamente como pudo, Karenin la condujo a su coche.
XXXII
El primer rostro que vio Ana al entrar en su casa fue el de su hijo, quien, sin atender a su institutriz, corrió escaleras abajo,
gritando con alegría:
–¡Mamá, mamá, mamá!
Y se colgó de su cuello.
–¡Ya decía yo que era mamá! ––dijo luego a la institutriz.
Pero, como el padre, el hijo causó a Ana una desilusión. En la ausencia le imaginaba más apuesto de lo que era en realidad; y
sin embargo era un niño encantador: un hermoso niño de bucles rubios, ojos azules y piernas muy derechas, con los calcetines
bien estirados.
Ana sintió un placer casi físico en tenerle a su lado y reci bir sus caricias, y experimentó un consuelo moral escuchando sus
inocentes preguntas y mirando sus ojos cándidos, confiados y dulces.
Le ofreció los regalos que le enviaban los niños de Dolly y le contó que en Moscú, en casa de los tíos, había una niña lla -
mada Tania que ya sabía escribir y enseñaba a los otros niños.
–Entonces, ¿es que valgo menos que ella? –preguntó Sergio.
–Para mí, vida mía, vales más que nadie.
–Ya lo sabía –dijo Sergio, sonriendo.
Antes de que Ana acabara de tomar el café, le anunciaron la visita de la condesa Lidia Ivanovna. Era una mujer alta y gruesa,
de amarillento y enfermizo color y grandes y magníficos ojos negros, algo pensativos.
Ana la quería mucho y, sin embargo, pareció apreciar sus defectos por primera vez.
–¿Conque llevó a los Oblonsky el ramo de oliva, querida? –preguntó Lidia Ivanovna.
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–Todo está arreglado –repuso Ana–. Las cosas no anda ban tan mal como nos figurábamos. Ma belle soeur toma sus
decisiones con demasiada precipitación y...
Pero la Condesa, que tenía la costumbre de interesarse por cuanto no le importaba, y solía, en cambio, no poner atención
alguna en lo que debía interesarle más, interrumpió a su amiga:
–Estoy abatida. ¡Cuánta maldad y cuánto dolor hay en el mundo!
–¿Pues qué sucede? –interrogó Ana, dejando de sonreír.
–Empiezo a cansarme de luchar en vano por la verdad, y a veces me siento completamente abatid a. Ya ve usted: la obra de
los hermanitos (se trataba de una institución benéfico–patriótico–religiosa) iba por buen camino. ¡Pero no se puede ha cer nada
con esos señores! –declaró la Condesa en tono de sarcástica resignación–. Aceptaron la idea para desvirtuarla y ahora la juzgan
de un modo bajo a indigno. Sólo dos o tres personas, entre ellas su marido, comprendieron el verdadero alcance de esta
empresa. Los demás no hacen más que desacreditarla... Ayer recibí carta de Pravdin.
(Se refería al célebre p aneslavista Pravlin, que vivía en el extranjero.) La Condesa contó lo que decía en su carta y luego
habló de los obstáculos que se oponían a la unión de las iglesias cristianas.
Explicado aquello, la Condesa se fue precipitadamente, porque tenía que asist ir a dos reuniones, una de ellas la sesión de un
Comité eslavista.
«Todo esto no es nuevo para mí. ¿Por qué será que lo veo ahora de otro modo?», pensó Ana. «Hoy Lidia me ha parecido más
nerviosa que otras veces. En el fondo, todo eso es un absurdo: dice ser cristiana y no hace más que enfadarse y censurar; todos
son enemigos suyos, aunque estos enemigos se digan también cristianos y persigan los mismos fines que ella.»
Después de la Condesa llegó la esposa de un alto funciona rio, que refirió a Ana todas las novedades del momento y se fue a
las tres, prometiendo volver otro día a comer con ella.
Alexis Alejandrovich estaba en el Ministerio. Ana asistió a la comida de su hijo (que siempre comía solo) y luego arregló sus
cosas y despachó su correspondencia atrasada.
Nada quedaba en ella de la vergüenza a inquietud que sin tiera durante el viaje. Ya en su ambiente acostumbrado se sin tió
ajena a todo temor y por encima de todo reproche sin comprender su estado de ánimo del día anterior.
«¿Qué sucedió, a fin de cuentas?», pensaba. «Vronsky me dijo una tontería y yo le contesté como debía. Es inútil hablar de
ello a Alexis. Parecería que daba demasiada importancia al asunto.»
Recordó una vez que un subordinado de su marido le hiciera una declaración amorosa. Creyó oportuno contárselo a Karenin
y éste le dijo que toda mujer de mundo debía estar preparada a tales eventualidades, y que él confiaba en su tacto, sin dejarse
arrastrar por celos que habrían sido humillantes para los dos.
«De modo que vale más callar» , decidió ahora Ana como re mate de sus reflexiones. «Además, gracias a Dios, nada tengo
que decirle.»
XXXIII
Alexis Alejandrovich llegó a su casa a las cuatro, pero como le ocurría a menudo, no tuvo tiempo de ver a su esposa y hubo
de pasar al despacho para recibir las visitas y firmar los documentos que le llevó su secretario.
Como de costumbre, había varios invitados a comer: una anciana prima de Karenin, uno de los los directores de su mi -
nisterio, con su mujer, y un joven que le habían recomendado.
Ana bajó al salón para recibirles. Apenas el gran reloj de bronce de estilo Pedro I dio las cinco, Alexis Alejandrovich
apareció vestido de etiqueta, con corbata blanca y dos con decoraciones en la solapa, pues tenía que salir después de comer.
Alexis Alejandrovich tenía los momentos contados y había de observar con estricta puntualidad sus diarias obligaciones.
«Ni descansar, ni precipitarse», era su lema.
Entró en la sala, saludó a todos y dijo a su mujer, sonriendo:
–¡Al fin ha terminado mi soledad! No sabes lo « incómodo» –y subrayó la palabra– que es comer a solas.
Durante la comida, Karenin pidió a su mujer noticias de Moscú, sonriendo burlonamente al mencionar a Esteban Ar -
kadievich, pero la conversación, en todo momento de un carácter general, versó sobre el trabajo en el ministerio y la política.
Concluida la comida, Karenin estuvo media hora con sus invitados y después, tras un nuevo apretón de manos y una sonrisa
a su mujer, se fue para asistir a un consejo.
Ana no quiso ir al teatro, donde tenía palco reservado aquella noche, ni a casa de la condesa Betsy Iverskaya, que, al saber su
llegada, le había enviado recado de que la esperaba. Antes de ir a Moscú, Ana dio a su modista tres vestidos para que se los
arreglase, porque la Karenina sabía vestir bien gastando poco. Y, al marcharse los invitados, Ana comprobó con irritación que
de los tres vestidos que le prometiera la modista tener arreglados para su regreso, dos no estaban terminados aún y el tercero no
había quedado a su gusto.
La modista, llamada inmediatamente, pensaba que el ves tido le estaba mejor de aquella manera. Ana se enfureció de tal
modo contra ella que en seguida se sintió avergonzada de sí misma. Para calmarse, entró en la alcoba de Sergio, le acostó, le
arregló las sábanas, le persignó con una amplia señal de la cruz y dejó la habitación.
Ahora se alegraba de no haber salido y sentía una gran calma ínfima. Evocó la escena de la estación y reconoció que aquel
incidente, al que diera tanta importancia, no era sino un detalle trivial de la vida mundana del que no tenía por qué ruborizarse.
Se acercó al lado de la chimenea para esperar el regreso de su esposo leyendo su novela inglesa. A las nueve y media en
punto sonó en la puerta la autoritaria llamada de Alexis Alejandrovich y éste entró en la habitación un momento después.
–Vaya, ya has vuelto –dijo ella, tendiéndole la mano, que él besó antes de sentarse a su lado.
–¿De modo que todo ha ido bien en tu viaje? –inquirió Karenin.
–Muy bien.
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Ana le contó todos los detalles: la ag radable compañía de la condesa Vronsky, la llegada, el accidente en la estación, la
compasión que sintiera primero hacia su hermano y luego hacia Dolly.
–Aunque Esteban sea hermano tuyo, su falta es imperdonable –dijo enfáticamente Alexis Alejaridrovich.
Ana sonrió. Su esposo trataba de hacer ver que los lazos de parentesco no influían para nada en sus juicios. Ana reconocía
muy bien aquel rasgo del carácter de su marido y se lo sabía apreciar.
–Me alegro –continuaba él– de que todo acabara bien y de que hayas regresado. ¿Qué se dice por allá del nuevo proyecto de
ley que he hecho ratificar últimamente por el Gobierno?
Ana se sintió turbada al recordar que nadie le había dicho cosa alguna sobre una cuestión que su esposo consideraba tan
importante.
–Pues aquí, al contrario, interesa mucho –dijo Karenin con sonrisa de satisfacción.
Ana adivinó que su marido deseaba extenderse en porme nores que debían de ser satisfactorios para su amor propio y,
mediante algunas preguntas hábiles, hizo que él le explicara, con una sonrisa de contento, que la aceptación de aquel pro yecto
había sido acompañada de una verdadera ovación en su honor.
–Me alegré mucho, porque eso demuestra que empiezan a ver las cosas desde un punto de vista razonable.
Después de tomar dos tazas de té con crema, Alexis Alexandrovich se dispuso a ir a su despacho.
–¿No has ido a ningún sitio durante este tiempo? Has debido de aburrirte mucho –indicó.
–¡Oh, no! –repuso ella, levantándose–. Y, ¿qué lees ahora?
–La poésie des enfers, del duque de Lille. Es un libro muy interesante.
Ana sonrió como se sonríe ante las debilidades de los seres amados y, pasando su brazo bajo el de su esposo, le acompañó
hasta el despacho. Sabía que la costumbre de leer por la noche era una verdadera necesidad para su m arido. Pese a las obliga-
ciones que monopolizaban su tiempo, le parecía un deber suyo estar al corriente de lo que aparecía en el campo intelectual, y
Ana lo sabía. Sabía también que su marido, muy competente en materia de política, filosofía y religión, n o entendía nada de
letras ni belles artes, lo cual no le impedía interesarse por ellas. Y, así como en política, filosofía y religión tenía dudes due
procuraba disipar tratando con otros de eilas, en literature, poesía y, sobre todo, música, de todo lo cua l no entendía nada,
sustentaba opiniones sobre las que no toleraba oposición ni discusión. Le agradaba hablar de Shakespeare, de Rafael y de
Beethoven y poner límites a las modernas escuelas de música y poesía, clasificándolas en un orden lógico y riguroso.
–Te dejo. Voy a escribir a Moscú –dijo Ana en la puerta del despacho, en el cual, junto a la butaca de su marido, había
preparadas una botella con ague y una pantalla pare la bujía.
El, una vez más, le estrechó la mano y la besó.
«Es un hombre bueno, lea l, honrado y, en su especie, un hombre excepcional», pensaba Ana, volviendo a su cuarto. Pero,
mientras pensaba así, ¿no se oía en su alma una voz se creta que le decía que era imposible amar a aquel hombre? Y seguía
pensando: «Pero no me explico cómo se le ven tanto las orejas. Debe de haberse cortado el cabello ...».
A las doce en punto, mientras Ana, sentada ante su pupitre, escribía a Dolly, sonaron los pasos apagados de una persona
andando en zapatillas, y Alexis Alejandrovich, lavado y peinado y con su rope de noche, apareció en el umbral.
–Ya es hora de dormir –le dijo, con maliciosa sonrisa, antes de desaparecer en la alcoba.
«¿Con qué derecho la había mirado "él" de aquel modo?», se preguntó Ana, recordando la mirada que Vronsky dirigiera a su
marido en la estación.
Y siguió a su esposo. Pero ¿qué había sido de aquella llama que en Moscú animaba su rostro haciendo brillar sus ojos y
prestando luminosidad a su sonrisa? Ahora aquella llama parecía haberse apagado o, al menos, estaba escondida.
XXXIV
Al irse de San Petersburgo, Vronsky había dejado a su amigo Petrizky su magnífico piso de la calle Morskaya.
Petrizky, un joven de familia modesta, no poseía otra fortuna que sus deudas. Se emborrachaba todas las noches y sus
aventuras, escandalosas o ri dículas, le costaban frecuentes arrestos. Pese a todo ello, todos los jefes y los compañeros le
querían.
Al llegar a su casa hacia las once, Vronsky vio a la puerta un coche que no le era desconocido del todo. Llamó a la puerta y
oyó en la escalera risas masculinas, un gracioso acento de mujer y la voz de Petrizky exclamando:
–¡Si es uno de esos miserables, no le dejéis entrar!
Vronsky entró sin anunciarse, procurando no hacer ruido, y se acercó al salón. La baronesa Chilton, amiga de Petrizky, una
rubia de carita sonrosada y acento parisiense, vestida a la sazón con un traje de satén lila, preparaba el café sobre una mesita.
Petrizky, de páisano, y el capitán Kamerovsky, de uniforme, estaban a su lado.
–¡Caramba, Vronsky, tú aquí! –exclamó Petrizky, sal tando de su silla –. El señor dueño cae de improviso en su casa...
Baronesa: prepárale el café en la cafetera nueva. ¡Qué agradable sorpresa! Y, ¿qué me dices de este nuevo adorno de tu salón?
Confío en que te gustará ––dijo, señalando a la Baronesa–. Supongo que os conoceréis...
–¡Vaya si nos conocemos! –dijo, sonriente, Vronsky, estrechando la mano de la mujer–. Somos antiguos amigos.
–Me voy –dijo ella–. Vuelve usted de viaje y... Si le molesto, me marcho.
–Está usted en su casa, amiga mía, en su casa... Hola, Kamerovsky –añadió Vronsky, estrechando con cierta frialdad la mano
del capitán.
–¿Ve usted qué amable? –dijo la Baronesa a Petrizky–. Usted no sería capaz de hablar con tanta gentileza.
–Ya lo creo. Después de comer, sí.
–Después de comer no tiene gracia. Ea, voy a preparar el café mientras usted se arregla –dijo la Baronesa, sentándose y
manipulando cuidadosamente la cafetera nueva.
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–Pedro: dame el café; voy a poner más –dijo a Petrizky.
Le llamaba por su nombre propio, sin preocuparse de ocultar las relaciones que le unían con él.
–Le mimas demasiado. ¡Mira que ponerle más café!
–No, no le mimo... ¿Y su mujer? –dijo de pronto la Ba ronesa, interrumpiendo la conversación de Vronsky con sus
camaradas–. ¿No sabe que mientras estaba fuera le hemos casado? ¿No ha traído consigo a su esposa?
–No, Baronesa. He nacido y moriré siendo un bohemio.
–Hace bien. ¡Déme esa mano!
Y la Baronesa, sin dejar de mirar a Vronsky, comenzó a explicarle, bromeando, su último plan de vida y le pidió consejos.
–¿Qué haré si él no quiere consentir en el divorcio? («él» era su marido). Me propongo llevar el asunto a los Tribunales.
¿Qué opina usted? Kamerovsky, eche una mirada al café; ¿ve?, ya se ha vertido... ¿No ve que estoy hablando de cosas serias?
Necesito recobrar mis bienes, porque ese señor –dijo con acento despectivo –, con el pretexto de que le soy infiel, se ha
quedado con mi fortuna.
Vronsky se divertía mucho oyéndola, le daba la razón, la aconsejaba, medio en serio y medio en broma, como solía ha cer
con aquella clase de mujeres.
La gente del ambiente en que Vronsky se movía suele divi dir a las personas en dos clases: la primera está compuesta por
necios, imbéciles y ridículos, que imaginan que los esposos deben ser fieles a sus esposas, las jóvenes puras, las ca sadas
honorables, los hombres decididos, firmes y dueños de sí. Es tos estúpidos opinan que hay que educar a los hijos, ganarse la
vida, pagar las deudas y cometer otras tonterías por el es tilo. La segunda clase, a la que los tipos del mundo de Vronsky se
envanecen de pertenecer, sólo da valor a la elegancia, la generosidad, la audacia y el buen humor, entregándose sin recato a sus
pasiones y burlándose de todo lo demás.
Sin embargo, influido ahora por el ambiente de Moscú, tan distinto, Vronsky, de momen to, estaba en aquel ambiente, fuera
de su centro, y lo encontraba demasiado frívolo y superficialmente alegre. Pero pronto entró en su vida habitual, tan fácilmente
como si metiese los pies en sus zapatillas usadas.
El café no llegó nunca a beberse. Se salió de la cafetera, se vertió en la alfombra, ensució el vestido de la Baronesa y sal picó
a todos, pero realizó su fin: provocar el regocijo y la risa general.
–¡Bueno, bueno, adiós! Me voy, porque si no tendré sobre mi conciencia la culpa de que usted co meta el más abominable
delito que puede cometer un hombre correcto: no lavarse. ¿Así que me aconseja que coja a ese hombre por el cuello y...?
–Exacto; pero procurando que sus manitas se encuentren cerca de sus labios. Así, él las besará y las cosas conclu irán a gusto
de todos –contestó Vronsky.
–Bien, hasta la noche. En el teatro Francés, ¿verdad?
Kamerovsky se levantó también. Y Vronsky, sin esperar a que saliese, le dio la mano y se fue al cuarto de aseo.
Mientras se arreglaba, Petrizky comenzó a explica rle su situación. No tenía dinero, su padre se negaba a darle más y no
quería pagar sus deudas; el sastre se negaba a hacerle ropa y otro sastre había adoptado igual actitud. Para colmo, el Coronel
estaba dispuesto a expulsarle del regimiento si continua ba dando aquellos escándalos, y la Baronesa se ponía pesada como el
plomo con sus ofrecimientos de dinero... Tenía en perspectiva la conquista de otra belleza, un tipo completamente oriental...
–Una especie de Rebeca, querido. Ya te la enseñaré...
Luego, había una querella con Berkchev, que se proponía mandarle los padrinos, aunque podía asegurarse que no haría nada.
En resumen, todo iba muy bien y era divertidísimo.
Antes de que su amigo pudiera reflexionar en aquellas cosas, Petrizky pasó a contarle las noticias del dia.
Al escucharle, al sentirse en aquel ambiente tan familiar, en su propio piso, donde residía hacía tres años, Vronsky notó que
se sumergía de nuevo en la vida despreocupada y alegre de San Petersburgo, y lo notó con satisfacción.
–¿Es posible? –preguntó, aflojando el grifo del lavabo, que dejó caer un chorro de agua sobre su cuello vigoroso y ro jizo–.
¿Es posible –repitió con acento de incredulidad que Laura haya dejado a Fertingov por Mileev? Y él, ¿qué hace? ¿Sigue tan
idiota y tan satisfecho de sí mismo como siempre? Oye, a propósito, ¿qué hay de Buzulkov?
–¿Buzulkov? ¡Si supieras lo que le pasa! Ya conoces su afición al baile. No pierde uno de los de la Corte. ¿Sabes que ahora
se llevan unos cascos más ligeros...? ¡Mucho más! Pues bien: él estaba allí con su uniforme de gala... ¿Me oyes?
–Te oigo, te oigo –afirmó Vronsky, secándose con la toalla de felpa.
–Una gran duquesa pasaba del brazo de un diplomático extranjero y la conversación recayó, por desgracia, en los cas cos
nuevos. La gran duquesa quiso enseñar uno al diplomá tico y viendo a un buen mozo con el casco en la cabeza –y Petrizky
procuró remedar la actitud y los ademanes de Buzul kov– le pidió que le hiciese el favor de dejárselo. Y él, sin moverse ¿Qué
significaba aquella act itud? Empiezan a ha cerle signos, indicaciones, le guiñan el ojo... ¡Y él continúa inmóvil como un
muerto! ¿Comprendes la situación? Enton ces uno... –no sé como se llama, no me acuerdo nunca – va a quitarle el casco.
Buzulkov se defiende. Y al fin otro se lo arranca a viva fuerza y lo ofrece a la gran duquesa. « Éste es el último modelo de
cascos» , dice, volviéndolo. Y de pronto ven que del casco sale... ¿Sabes qué? ¡Una pera, chico, una pera! ¡Y bombones, dos
libras de bombones! ¡El grandísimo animal iba bien aprovisionado!
Vronsky reía hasta saltarle las lágrimas. Durante largo rato, cada vez que recordaba la historia del casco, rompía en francas
risas juveniles, mostrando al hacerlo sus hermosos dientes.
Una vez informado de las noticias del momento, Vronsky se puso el uniforme con ayuda de su criado y fue a presen tarse en
la Comandancia militar. Luego se proponía ver a su hermano, pasar por casa de Betsy y hacer otra serie de visitas que le
reincorporasen a la vida de sociedad y le diesen la posi bilidad de encontrar a Ana Karenina. Salió, pues, pensando volver muy
entrada la tarde, como es costumbre en San Petersburgo.
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SEGUNDA PARTE
I
A últimos de invierno, los Scherbazky tuvieron en su casa consulta de médicos, ya que la salud de Kitty inspiraba tem ores.
Se sentía débil y con la proximidad de la primavera su salud no hizo más que empeorar. El médico de la familia le recetó aceite
de hígado de bacalao, hierro más adelante y, al fin, nitrato de plata. Pero como ninguno de aquellos remedios dio buen
resultado, el médico terminó aconsejando un viaje al extranjero.
En vista de ello, la familia resolvió llamar a un médico muy reputado. Éste, hombre joven aún y de buena presencia, exi gió
el examen detallado de la enferma. Insistió con una com placencia especial en que el pudor de las doncellas era una re -
miniscencia bárbara, y que no había nada más natural que el que un hombre aunque fuera joven auscultara a una mucha cha a
medio vestir.
Él estaba acostumbrado a hacerlo cada día y como no ex perimentaba, por tanto, emoción alguna, consideraba el pudor
femenil no sólo como un resto de barbarie, sino también como una ofensa personal.
Fue preciso someterse, porque, aunque todos los médicos hubiesen seguido igual número de cursos, estudiado los mis mos
libros y hubiesen, por consiguiente, practicado la misma ciencia, no se sabe por qué razones, y a pesar de que algunos
calificaron a aquel doctor de persona no muy recomendable, se resolvió que sólo él podía salvar a Kitty.
Después de un atento examen de la enfe rma, confusa y aturdida, el célebre médico se lavó escrupulosamente las ma nos y
salió al salón, donde le esperaba el Príncipe, quien le escuchó tosiendo y con aire grave. El Príncipe, como hombre ya de edad,
que no era necio y no había estado nunca enfermo, no creía en la medicina y se sentía irritado ante aquella comedia, ya que era
quizá el único que adivinaba la causa de la enfermedad de Kitty.
«Este admirable charlatán sería capaz hasta de espantar la caza» , pensaba, expresando con aquellos término s de viejo
cazador su opinión sobre el diagnóstico del médico.
Por su parte, el doctor disimulaba con dificultad su desdén hacia el viejo aristócrata. Siendo la Princesa la verdadera dueña
de la casa, apenas se dignaba dirigirle a él la palabra, y sólo ante ella se proponía derramar las perlas de sus conocimientos.
La Princesa compareció en breve, seguida por el médico de la familia, y el Príncipe se alejó para no exteriorizar lo que
pensaba de toda aquella farsa.
La Princesa, desconcertada, sintiéndose ahora culpable con respecto a Kitty, no sabía qué hacer.
–Bueno, doctor, decida nuestra suerte: digánoslo todo.
Iba a añadir «¿Hay esperanzas?» , pero sus labios temblaron y no llegó a formular la pregunta. Limitóse a decir:
–¿Así, doctor, que...?
–Primero, Princesa, voy a hablar con mi colega y luego tendré el honor de manifestarle mi opinión.
–¿Debo entonces dejarles solos?
–Como usted guste...
La Princesa salió, exhalando un suspiro.
Al quedar solos los dos profesionales, el médico de familia comenzó tími damente a exponer su criterio de que se trataba de
un proceso de tuberculosis incipiente, pero que...
El médico célebre le escuchaba y en medio de su peroración consultó su voluminoso reloj de oro.
–Bien –dijo–. Pero...
El médico de familia calló respetuosamente en la mitad de su discurso.
–Como usted sabe –dijo la eminencia–, no podemos precisar cuándo comienza un proceso tuberculoso. Hasta que no existen
cavernas no sabemos nada en concreto. Sólo caben suposiciones. Aquí existen síntomas: mala nutrición, nerviosismo, etc. La
cuestión es ésta: admitido el proceso tuberculoso, ¿qué hacer para ayudar a la nutrición?
–Pero usted no ignora que en esto se suelen mezclar siem pre causas de orden moral –se permitió observar el otro mé dico,
con una sutil sonrisa.
–Ya, ya –contestó la celebridad médica, mirando otra vez su reloj –. Perdone: ¿sabe usted si el puente de Yausa está ya
terminado o si hay que dar la vuelta todavía? ¿Está concluido ya? Entonces podré llegar en veinte minutos... Pues, como hemos
dicho, se trata de mejorar la alimentación y cal mar los nervios... Una cosa va ligada con la otra, y es preciso obrar en las dos
direcciones de este círculo.
–¿Y un viaje al extranjero? –preguntó el médico de la casa.
–Soy enemigo de los viajes al extranjero. Si el proceso tu berculoso existe, lo que no podemos saber, el viaje nada re -
mediaría. Hemos de emplear un remedio que aumente la nutrición sin perjudicar al organismo.
Y el médico afamado expuso un plan curativo a base de las aguas de Soden, plan cuyo méri to principal, a sus ojos, era
evidentemente que las tales aguas no podían en modo alguno hacer ningún daño a la enferma.
–Yo alegaría en pro del viaje al extranjero el cambio de ambiente, el alejamiento de las condiciones que despiertan re -
cuerdos... Además, su madre lo desea...
–En ese caso pueden ir. Esos charlatanes alemanes no le harán más que daño. Sería mejor que no les escuchara. Pero ya que
lo quieren así, que vayan.
Volvió a mirar el reloj.
–Tengo que irme ya –dijo, dirigiéndose a la puerta.
El médico famoso, en atención a las conveniencias profe sionales, dijo a la Princesa que había de examinar a Kitty una vez
más.
–¡Examinarla otra vez! –exclamó la madre, consternada.
–Sólo unos detalles, Princesa.
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–Bien; haga el favor de pasar..
Y la madre, acompañada por el médico, entró en el saloncito de Kitty.
Kitty, muy delgada, con las mejillas encendidas y un brillo peculiar en los ojos a causa de la vergüenza que había pasado
momentos antes, estaba de pie en medio de la habitación.
Al entrar el médico se ruborizó todavía más y sus ojos se llenaron de lágrimas. Su enfermedad y la curación se le figu raban
una cosa estúpida y hasta ridícula. La cura le parecía tan absurda como querer reconstruir un jarro roto reuniendo los trozos
quebrados. Su corazón estaba desgarrado. ¿Cómo componerlo con píldoras y drogas?
Pero no se atrevía a contrariar a su madre, que se sentía, por otra parte, culpable con respecto a ella.
–Haga el favor de sentarse, Princesa –dijo el médico famoso.
Se sentó ante Kitty, sonriendo, y de nuevo, mientras le tomaba el pulso, comenzó a preguntarle las cosas más enojosas.
Kitty, al principio, le contestaba, pero, impaciente al fin, se levantó y le contestó irritada:
–Perdone, doctor, mas todo esto no conduce a nada. Ésta es la tercera vez que me pregunta usted la misma cosa.
El médico célebre no se ofendió.
–Excitación nerviosa ––dijo a la madre de Kitty cuando ésta hubo salido–. De todos modos, ya había terminado.
Y el médico comenzó a explicar a la Princesa, como si se tratase de una mujer de inteligencia excepcional, el estado de su
hija desde el punto de vista científico, y terminó insistiendo en que hiciese aquella cura de aguas, que, a su juicio, de nada
había de servir.
Al preguntarle la Princesa si procedía ir al extranjero, el médico se sumió en profundas reflexiones, como meditando sobre
un problema muy difícil, y después de pensarlo mucho termino aconsejando que se hiciera el viaje. Puso, no obstante, por
condición que no se hiciese caso de los charlatanes de allí y que se le consultara a él para todo.
Cuando el médico se hubo ido se sintieron todos aliviados, como si hubiese sucedido allí algún feliz acontecimiento. La
madre volvió a la habitación de Kitty radiante de alegría y Kitty fingió estar contenta también. Ahora se veía con frecuencia
obligada a disimular sus verdaderos sentimientos.
–Es verdad, mamá, estoy muy bien. Pero si usted cree conveniente que vayamos al extranjero, podemos ir –le dijo, y, para
demostrar el interés que despertaba en ella aquel viaje, comenzó a hablar de los preparativos.
II
Después de marchar el médico, llegó Dolly.
Sabía que se celebraba aquel día consulta de médicos y, a pesar de que hacía poco que se había levantado de la cama después
de su último parto (a finales de invierno había dado a luz a una niña), dejando a la recién nacida y a otra de sus hijas que se
hallaba enferma, acudió a interesarse por la salud de Kitty.
–Os veo muy alegres a todos ––dijo al entrar en el salón, sin quitarse el sombrero–. ¿Es que está mejor?
Trataron de referirle lo que dijera el médico, pero resultó que, aunque éste había hablado muy bien durante largo rato, eran
incapaces de explicar con claridad lo que había dicho. Lo único interesante era que se había resuelto ir al extranjero.
Dolly no pudo reprimir un suspiro. Su mejor amiga, su hermana, se marchaba. Y su propia vida no era nada alegre. Des pués
de la reconciliación, sus relaciones con su marido se ha bían convertido en humillantes para ella. La soldadura hecha por Ana
resultó de escasa consistencia y la felicidad conyugal volvió a romperse por el mismo sitio.
No había nada en concreto, pero Esteban Arkadievich no estaba casi nunca en casa, faltaba siempre el dinero para las
atenciones del hogar y las sospechas de las infidelidades de su marido atormentaban a D olly continuamente, aunque procuraba
eludirlas para no caer otra vez en el sufrimiento de los celos. La primera explosión de celos no podía vol verse a producir, y ni
siquiera el descubrimiento de la infidelidad de su marido habría ya de despertar en ella el dolor de la primera vez.
Semejante descubrimiento sólo le habría impedido atender sus obligaciones familiares; pero prefería dejarse engañar,
despreciándole y despreciándose a sí misma por su debilidad. Además, las preocupaciones propias de una casa ha bitada por
una numerosa familia ocupaban todo su tiempo: ya se trataba de que la pequeña no podía lactar bien, ya que de que la niñera se
iba, ya, como en la presente ocasión, de que caía enfermo uno de los niños.
–¿Cómo estáis en tu casa? –preguntó la Princesa a Dolly.
–También nosotros tenemos muchas penas, mamá... Ahora está enferma Lilí, y temo que sea la escarlatina. Sólo he salido
para preguntar por Kitty. Por eso he venido en seguida, por que si es escarlatina –¡Dios nos libre!–, quién sabe cuándo podré
venir.
Después de marchar el médico, el Príncipe había salido de su despacho y, tras ofrecer la mejilla a Dolly para que se la
besase, se dirigió a su mujer:
–¿Qué habéis decidido? ¿Ir al extranjero? ¿Y qué pensáis hacer conmigo?
–Creo que debes quedarte, Alejandro –respondió su esposa.
–Como queráis.
–Mamá, ¿y por qué no ha de venir papá con nosotras? –preguntó Kitty–. Estaríamos todos mejor.
El Príncipe se levantó y acarició los cabellos de Kitty. Ella alzó el rostro y le miró esforzándose en aparecer sonriente.
Le parecía a Kitty que nadie de la familia la comprendía tan bien como su padre, a pesar de lo poco que hablaba con ella. Por
ser la menor de sus hijas, era ella la predilecta del Príncipe y Kitty pensaba que su mismo amor le hacía penetrar más en sus
sentimientos.
Cuando su mirada encontró los ojos azules y bondadosos del Príncipe, que la consideraba atentamente, le pareció que
aquella mirada la penetraba, descubriendo toda la tristeza que había en su interior.
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Kitty se irguió, ruborizándose, y se adelantó hacia su padre esperando que la besara. Pero él se limitó a acariciar sus cabellos
diciendo:
–¡Esos estúpidos postizos! Uno no puede ni acariciar a su propia hija. Hay que contentarse con pasar la mano por los ca -
bellos de alguna señora difunta... ¿Qué hace tu «triunfador», Dolliñka? –preguntó a su hija mayor.
–Nada, papa –contestó ella, comprendiendo que se refería a su marido. Y agregó, con sonrisa irónica–: Está siempre fuera de
casa. No le veo apenas.
–¿Todavía no ha ido a la finca a vender la madera?
–No... Siempre está preparándose para ir..
–Ya. ¡Preparándose para ir! ¡Habré yo también de hacer lo mismo! ¡Muy bien! –dijo dirigiéndose a su mujer, mien tras se
sentaba–. ¿Sabes lo que tienes que hacer, Kitty? –agregó, hablando a su hija menor–. Pues cualquier día en que luzca un buen
sol te levantas diciendo: «Me siento com pletamente sana y alegre y voy a salir de paseo con papa, tempranito de mañana y a
respirar el aire fresco». ¿Qué te parece?
Lo que había dicho su padre parecía muy sencillo, pero Kitty, al oírle, se turbó como un criminal cogido in fraganti.
«Sí: él lo sabe todo, lo comprende todo, y con esas palabras quiere decirme que, aunque lo pasado sea vergonzoso, hay que
sobrevivir a la vergüenza.»
Pero no tuvo fuerzas para contestar. Iba a decir algo y, de pronto, estalló en sollozos y salió corriendo de la habitación.
–¿Ves el resultado de tus bromas? –dijo la Princesa, enfadada–. Siempre serás el mismo... –añadió, y le espetó un discurso
lleno de reproches.
El Príncipe escuchó durante largo rato las acusaciones de su esposa y callaba, pero su rostro adquiría una expresión cada vez
más sombría.
–¡Se siente tan desgraciada la pobre, tan desgraciada! Y tú no comprendes que cualquier alusión a la causa de su sufri miento
la hace padecer. Parece imposible que pueda una equivocarse tanto con los hombres.
Por el cambio de tono de la Princesa, Dolly y el Príncipe adivinaron que se refería a Vronsky.
–No comprendo que no haya leyes que castiguen a las personas que obran de una manera tan innoble, tan bajamente.
–No quisiera ni oírte –dijo el Príncipe con seriedad, le vantándose y como si fuera a marcharse, pero deteniéndose en el
umbral–. Hay leyes, sí; las hay, mujer. Y si quieres sa ber quién es el culpable, te lo diré: tú y nadie m ás que tú, Siempre ha
habido leyes contra tales personajes y las hay aún. ¡Sí, señora! Si no hubieran ido las cosas como no debían, si no hubieseis
sido vosotras las primeras en introducirle en nuestra casa, yo, un viejo, habría sabido llevar a donde hicie ra falta a ese
lechuguino. Pero como las cosas fueron como fue ron, ahora hay que pensar en curar a Kitty y en enseñarla a to dos esos
charlatanes.
El Príncipe parecía tener aún muchas cosas más por decir, pero apenas le oyó la Princesa hablar en aquel ton o, ella, como
hacía siempre tratándose de asuntos serios, se arrepintió y se humilló.
–Alejandro, Alejandro... –murmuró, acercándose a él, sollozante.
En cuanto ella comenzó a llorar, el Príncipe se calmó a su vez. Se aproximó también a su esposa.
–Basta, basta... Ya sé que sufres como yo. Pero ¿qué pode mos hacer? No se trata en resumidas cuentas de un grave mal.
Dios es misericordioso... démosle gracias... –continuó sin saber ya lo que decía y contestando al húmedo beso de la Princesa
que acababa de sentir en su mano. Luego salió de la habitación.
Cuando Kitty se fue llorando, Dolly comprendió que arre glar aquel asunto era propio de una mujer y se dispuso a entrar en
funciones. Se quitó el sombrero y, arremangándose moral mente, si vale la frase, se apre stó a obrar. Mientras su madre había
estado increpando a su padre, Dolly trató de contenerla tanto como el respeto se lo permitía. Durante el arrebato del Príncipe,
se conmovió después con su padre viendo la bondad demostrada por él en seguida al ver llorar a la Princesa.
Cuando su padre hubo salido, resolvió hacer lo que más urgía: ver a Kitty y tratar de calmarla.
–Mamá: hace tiempo que quería decirle que Levin, cuando estuvo aquí la última vez, se proponía declararse a Kitty. Se lo
dijo a Stiva.
–¿Y qué? No comprendo...
–Puede ser que Kitty le rechazara. ¿No te dijo nada ella?
–No, no me dijo nada de uno ni de otro. Es demasiado orgullosa, aunque me consta que todo es por culpa de aquél.
–Pero imagina que haya rechazado a Levin... Yo creo que no lo hab ría hecho de no haber pasado lo que yo sé. ¡Y luego el
otro la engañó tan terriblemente!
La Princesa, asustada al recordar cuán culpable era ella con respecto a Kitty, se irritó.
–No comprendo nada. Hoy día todas quieren vivir según sus propias ideas. No dicen nada a sus madres, y luego...
–Voy a verla, mamá.
–Ve. ¿Acaso te lo prohíbo? –repuso su madre.
III
Al entrar en el saloncito de Kitty, una habitación reducida, exquisita, con muñecas vieux saxe, tan juvenil, rosada y ale gre
como la propia Kitty sólo dos meses antes. Dolly recordó con cuánto cariño y alegría habían arreglado las dos el año anterior
aquel saloncito.
Vio a Kitty sentada en la silla baja más próxima a la puerta, con la mirada inmóvil fija en un punto del tapiz, y el corazón se
le oprimió.
Kitty miró a su hermana sin que se alterase la fría y casi severa expresión de su rostro.
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–Ahora me voy a casa y no saldré de ella en muchos días; tampoco tú podrás venir a verme –dijo Daria Alejandrovna,
sentándose a su lado–. Así que quisiera hablarte.
–¿De qué? –preguntó Kitty inmediatamente, algo alarmada y levantando la cabeza.
–¿De qué quieres que sea, sino del disgusto que pasas?
–No paso ningún disgusto.
–Basta Kitty. ¿Crees acaso que no lo sé? Lo sé todo. Y créeme que es poca cosa. Todas hemos pasado por eso.
Kitty callaba, conservando la severa expresión de su rostro
–¡No se merece lo que sufres por él! –continuó Daria Alejandrovna, yendo derecha al asunto.
–¡Me ha despreciado! –dijo Kitty con voz apagada–. No me hables de eso, te ruego que no me hables...
–¿Quién te lo ha dicho? No habrá nadie que lo diga. Estoy segura de que te quería y hasta de que te quiere ahora, pero...
–¡Lo que más me fastidia son estas compasiones! –exclamó Kitty de repente. Se agitó en la silla, se ruborizó y movió irritada
los dedos, oprimiendo la hebilla del cinturón que tenía entre las manos.
Dolly conocía aquella costumbre de su hermana de co ger la hebilla, ora con una, ora con otra mano, cuando es taba irritada.
Sabía que en aquellos momentos Kitty era muy capaz de perder la cabeza y decir cosas superfluas y hasta desagradables, y
habría querido calmarla, pero ya era tarde.
–¿Qué es, dime, qué es, lo que quieres hacerme compren der? –dijo Kitty rápidamente –. ¿Qué estuve enamorada de un
hombre a quien yo le tenía sin cuidado y que ahora me muero de amor por él? ¡Y eso me lo dice mi hermana pen sando
probarme de este modo su simpatía y su piedad! ¡Para nada necesito esa piedad ni esa simpatía!
–No eres justa, Kitty.
–¿Por

