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sábado, 26 de mayo de 2007
Ana Karenina
León Tolstoi


PRIMERA PARTE

I

Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgra -
ciada.
En casa de los Oblonsky andaba todo trastrocado. La es posa acababa de enterarse de que su marido mantenía relacio nes con
la institutriz francesa y se había apresurado a declararle que no podía seguir viviendo con él.
Semejante situación duraba ya tres días y era tan dolorosa para los esposos como para los demás miembros de la fa milia.
Todos, incluso los criados, sentían la íntima impresión de que aquella vida en común no tenía ya sentido y que, incluso en una
posada, se encuentran más unidos los huéspedes de lo que ahora se sentían ellos entre sí.
La mujer no salía de sus habitac iones; el marido no co mía en casa desde hacía tres días; los niños corrían libre mente de un
lado a otro sin que nadie les molestara. La ins titutriz inglesa había tenido una disputa con el ama de llaves y escribió a una
amiga suya pidiéndole que le buscase otra colocación; el cocinero se había ido dos días antes, precisamente a la hora de comer;
y el cochero y la ayudante de co cina manifestaron que no querían continuar prestando sus servicios allí y que sólo esperaban
que les saldasen sus haberes para irse.
El tercer día después de la escena tenida con su mujer, el príncipe Esteban Arkadievich Oblonsky –Stiva, como le llamaban
en sociedad–, al despertar a su hora de costumbre, es decir, a las ocho de la mañana, se halló, no en el dormitorio conyugal,
sino en su despacho, tendido sobre el diván de cuero.
Volvió su cuerpo, lleno y bien cuidado, sobre los flexibles muelles del diván, como si se dispusiera a dormir de nuevo, a la
vez que abrazando el almohadón apoyaba en él la mejilla.
De repente se incorporó, se sentó sobre el diván y abrió los ojos.
«¿Cómo era», pensó, recordando su sueño. «¡A ver, a ver! Alabin daba una comida en Darmstadt... Sonaba una música
americana... El caso es que Darmstadt estaba en América... ¡Eso es! Alabin daba un banquete, serv ido en mesas de cris tal... Y
las mesas cantaban: "Il mio tesoro"..: Y si do era eso, era algo más bonito todavía.
» Había también unos frascos, que luego resultaron ser mujeres...»
Los ojos de Esteban Arkadievich brillaron alegremente al recordar aquel sueño. Luego quedó pensativo y sonrió.
«¡Qué bien estaba todo!» Había aún muchas otras cosas magníficas que, una vez despierto, no sabía expresar ni con palabras
ni con pensamientos.
Observó que un hilo de luz se filtraba por las rendijas de la persiana, al argó los pies, alcanzó sus zapatillas de tafilete
bordado en oro, que su mujer le regalara el año anterior con ocasión de su cumpleaños, y, como desde hacía nueve años tenía
por costumbre, extendió la mano hacia el lugar donde, en el dormitorio conyugal, acostumbraba tener colocada la bata.
Sólo entonces se acordó de cómo y por qué se encontraba en su gabinete y no en la alcoba con su mujer; la sonrisa des -
apareció de su rostro y arrugó el entrecejo.
–¡Ay, ay, ay! –se lamentó, acordándose de lo que había sucedido.
Y de nuevo se presentaron a su imaginación los detalles de la escena terrible; pensó en la violenta situación en que se en -
contraba y pensó, sobre todo, en su propia culpa, que ahora se le aparecía con claridad.
–No, no me perdonará. ¡Y lo malo es que yo tengo la culpa de todo. La culpa es mía, y, sin embargo, no soy culpa ble. Eso es
lo terrible del caso! ¡Ay, ay, ay! –se repitió con desesperación, evocando de nuevo la escena en todos sus detalles.
Lo peor había sido aquel primer momento, cuando a l regreso del teatro, alegre y satisfecho con una manzana en las manos
para su mujer, no la había hallado en el salón; asus tado, la había buscado en su gabinete, para encontrarla al fin en su
dormitorio examinando aquella malhadada carta que lo había descubierto todo.
Dolly, aquella Dolly, eternamente ocupada, siempre llena de preocupaciones, tan poco inteligente, según opinaba él, se
hallaba sentada con el papel en la mano, mirándole con una expresión de horror, de desesperación y de ira.
–¿Qué es esto? ¿Qué me dices de esto? –preguntó, señalando la carta.
Y ahora, al recordarlo, lo que más contrariaba a Esteban Arkadievich en aquel asunto no era el hecho en sí, sino la ma nera
como había contestado entonces a su esposa.
Le había sucedido lo que a toda persona sorprendida en una situación demasiado vergonzosa: no supo adaptar su aspecto a la
situación en que se encontraba.
Así, en vez de ofenderse, negar, disculparse, pedir perdón o incluso permanecer indiferente ––cualquiera de aquellas acti -
tudes habría sido preferible –, hizo una cosa ajena a su volun tad («reflejos cerebrales» , juzgó Esteban Arkadievich, que se
interesaba mucho por la fisiología): sonreír, sonreír con su sonrisa habitual, benévola y en aquel caso necia.
Aquella necia sonrisa era imperd onable. Al verla, Dolly se había estremecido como bajo el efecto de un dolor físico, y,
según su costumbre, anonadó a Stiva bajo un torrente de pala bras duras y apenas hubo terminado, huyó a refugiarse en su
habitación.
Desde aquel momento, se había negado a ver a su marido.
«¡Todo por aquella necia sonrisa!», pensaba Esteban Arka dievich. Y se repetía, desesperado, sin hallar respuesta a su
pregunta: «¿Qué hacer, qué hacer?».


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II
Esteban Arkadievich era leal consigo mismo. No podía, pues, engañarse asegurándose que estaba arrepentido de lo que había
hecho.
No, imposible arrepentirse de lo que hiciera un hombre como él, de treinta y cuatro años, apuesto y aficionado a las damas;
ni de no estar ya enamorado de su mujer, madre de siete hijos, cinco de los cuales vivían, y que tenía sólo un año menos que él.
De lo que se arrepentía era de no haber sabido ocultar me jor el caso a su esposa. Con todo, comprendía la gravedad de la
situación y compadecía a Dolly, a los niños y a sí mismo.
Tal vez habría tomado más precauciones para ocultar el he cho mejor si hubiese imaginado que aquello tenía que causar a
Dolly tanto efecto.
Aunque no solía pensar seriamente en el caso, venía supo niendo desde tiempo atrás que su esposa sospechaba que no le era
fiel, pero quitando importancia al asunto. Creía, además, que una mujer agotada, envejecida, ya nada hermosa, sin atractivo
particular alguno, buena madre de familia y nada más, debía ser indulgente con él, hasta por equidad.
¡Y he aquí que resultaba todo lo contrario!
«¡Es terrible, terrible! », se repetía Esteban Arkadievich, sin hallar solución. «¡Con lo bien que iba todo, con lo a gusto que
vivíamos! Ella era feliz rodeada de los niños, yo no la estorbaba en nada, la dejaba en entera libertad para que se ocupase de la
casa y de los pequeños. Claro que no estaba bien que ella fuese precisamente la institutriz de la casa. ¡Verdadera mente, hay
algo feo, vulgar, en hacer la corte a la institutriz de nuestros propios hijos!... ¡Pero, qué institutriz! (Oblonsky re cordó con
deleite los negros y ardientes ojos de mademoiselle Roland y su encantadora sonrisa.) ¡Pero mientras estuvo en casa no me
tomé libertad alguna! Y lo peor del caso es que... ¡Todo eso parece hecho adrede! ¡Ay, ay! ¿Qué haré? ¿Qué haré?»
Tal pregunta no tenía otra respuesta que la que la vida da a todas las preguntas irresolubles: vivir al día y procurar olvidar.
Pero hasta la noche siguiente Esteban Arkadievich no po dría refugiarse en el sueño, en las alegres visiones de los fras cos
convertidos en mujeres. Era preciso, pues, buscar el olvido en el sueño de la vida.
«Ya veremos», se dijo, mientras se ponía la bata gris con forro de seda azul celeste y se anudaba el cordón a la cintura.
Luego aspiró el aire a pleno pulmón, llenando su amplio pe cho, y, con el habitual paso decidido de sus piernas ligera mente
torcidas sobre las que tan hábilmente se movía su cor pulenta figura, se acercó a la ventana, descorrió los visillos y tocó el
timbre.
El viejo Mateo, su ayuda de cámara y casi su amigo, apareció inmediatamente llevándole el traje, los zapatos y un telegrama.
Detrás de Mateo entró el barbero, con los útiles de afeitar.
–¿Han traído unos papeles de la oficina? –preguntó el Príncipe, tomando el telegrama y sentándose ante el espejo.
–Están sobre la mesa –contestó Mateo, mirando con aire inquisitivo y lleno de simpatía a su señor.
Y, tras un breve silencio, añadió, con astuta sonrisa:
–Han venido de parte del dueño de la cochera...
Esteban Arkadievich, sin contestar, miró a Mateo en el es pejo. Sus miradas se cruzaron en el cristal: se notaba que se
comprendían. La mirada de Esteban parecía preguntar: «¿Por qué me lo dices? ¿No sabes a qué vienen?».
Mateo metió las manos en los bolsillos, abrió las piernas, miró a su señor sonriendo de un modo casi imperceptib le y añadió
con sinceridad:
–Les he dicho que pasen el domingo, y que, hasta esa fecha, no molesten al señor ni se molesten.
Era una frase que llevaba evidentemente preparada.
Esteban Arkadievich comprendió que el criado bromeaba y no quería sino que se l e prestase atención. Abrió el telegrama, lo
leyó, procurando subsanar las habituales equivocaciones en las palabras, y su rostro se iluminó.
–Mi hermana Ana Arkadievna llega mañana, Mateo –dijo, deteniendo un instante la mano del barbero, que ya trazaba un
camino rosado entre las largas y rizadas patillas.
–¡Loado sea Dios! –exclamó Mateo, dando a entender con esta exclamación que, como a su dueño, no se le escapaba la
importancia de aquella visita en el sentido de que Ana Ar kadievna, la hermana queridísim a, había de contribuir a la re -
conciliación de los dos esposos.
–¿La señora viene sola o con su marido? –preguntó Mateo.
Esteban Arkadievich no podía contestar, porque en aquel momento el barbero le afeitaba el labio superior; pero hizo un
ademán significativo levantando un dedo. Mateo aprobó con un movimiento de cabeza ante el espejo.
–Sola, ¿eh? ¿Preparo la habitación de arriba?
–Consulta a Daria Alejandrovna y haz lo que te diga.
–¿A Daria Alejandrovna? –preguntó, indeciso, el ayuda de cámara.
–Sí. Y llévale el telegrama. Ya me dirás lo que te ordena.
Mateo comprendió que Esteban quería hacer una prueba, y se limitó a decir:
–Bien, señor
Ya el barbero se había marchado y Esteban Arkadievich, afeitado, peinado y lavado, empezaba a vestirse, cuando, lento
sobre sus botas crujientes y llevando el telegrams en la mano, penetró Mateo en la habitación.
–Me ha ordenado deciros que se va. «Que haga lo que le parezca», me ha dicho. –Y el buen criado miraba a su señor, riendo
con los ojos, con las manos en los bolsillos y la cabeza ligeramente inclinada.
Esteban Arkadievich callaba. Después, una bondadosa y triste sonrisa iluminó su hermoso semblante.
–Y bien, Mateo, ¿qué te parece? –dijo moviendo la cabeza.
–Todo se arreglará, señor –opinó optimista el ayuda de cámara.


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–¿Lo crees así?
–Sí, señor.
–¿Por qué te lo figuras? ¿Quién va? –agregó el Principe al sentir detrás de la puerta el roce de una falda.
–Yo, señor –repuso una voz firme y agradable.
Y en la puerta apareció el rostro picado de viruelas del aya, Matena Filimonovna.
–¿Qué hay, Matrecha? –preguntó Esteban Arkadievich, saliendo a la puerta.
Aunque pasase por muy culpable a los ojos de su mujer y a los suyos propios, casi todos los de la casa, incluso Matrecha, la
más íntima de Daria Alejandrovna, estaban de su parte.
–¿Qué hay? –repitió el Principe, con tristeza.
–Vaya usted a verla, señor, pídale perdón otra vez... ¡Acaso Dios se apiade de nosotros! Ella sufre mucho y da lástima de
mirar.. Y luego, toda la casa anda revuelta. Debe usted tener compasión de l os niños. Pídale perdón, señor.. ¡Qué quiere usted!
Al fin y al cabo no haría mas que pagar sus culpas. Vaya a verla...
–No me recibirá...
–Pero usted habrá hecho lo que debe. ¡Dios es misericordioso! Ruegue a Dios, señor, ruegue a Dios...
–En fin, iré... –dijo Esteban Arkadievich, poniéndose en carnado. Y, quitándose la bata, indicó a Mateo –: Ayúdame a
vestirme.
Mateo, que tenía ya en sus manos la camisa de su señor, sopló en ella como limpiándola de un polvo invisible y la ajustó al
cuerpo bien cuidado de Esteban Arkadievich con evidente satisfacción.

III
Esteban Arkadievich, ya vestido, se perfumó con un pulve rizador, se ajustó los puños de la camisa y, con su ademán ha -
bitual, guardó en los bolsillos los cigarros, la cartera, el reloj de doble cadena...
Se sacudió ligeramente con el pañuelo y, sintiéndose limpio, perfumado, sano y materialmente alegre a pesar de su disgusto,
salió con redo paso y se dirigió al comedor, donde le aguardaban el café y, al lado, las camas y los expedientes de la oficina.
Leyó las cartas. Una era muy desagradable, porque proce día del comerciante que compraba la madera de las propiedades de
su mujer y, como sin reconciliarse con ella no era posible realizar la operación, parecía que se mezclase un interés material con
su deseo de restablecer la armonía en su casa. La posibilidad de que se pensase que el interés de aquella venta le inducía a
buscar la reconciliación le disgustaba.
Leído el correo, Esteban Arkadievich tomó los documentos de la oficina, hojeó con rapidez un p ar de expedientes, hizo unas
observaciones en los márgenes con un enorme lápiz, y luego comenzó a tomarse el café, a la vez que leía el perió dico de la
mañana, húmeda aún la tinta de imprenta.
Recibía a diario un periódico liberal no extremista, sino part idario de las orientaciones de la mayoría. Aunque no le in -
teresaban el arte, la política ni la ciencia, Esteban Arkadievich profesaba firmemente las opiniones sustentadas por la mayoría y
por su periódico. Sólo cambiaba de ideas cuando éstos variaban o, dicho con más exactitud, no las cambiaba nunca, sino que se
modiîicaban por sí solas en él sin que ni él mismo se diese cuenta.
No escogía, pues, orientaciones ni modos de pensar, antes dejaba que las orientaciones y modos de pensar viniesen a su
encuentro, del mismo modo que no elegía el corte de sus som breros o levitas, sino que se limitaba a aceptar la moda corriente.
Como vivía en sociedad y se hallaba en esa edad en que ya se necesita tener opiniones, acogía las ajenas que le convenían. Si
optó por el liberalismo y no por el conservadu rismo, que también tenía muchos partidarios entre la gente, no fue por
convicción íntima, sino porque el liberalismo cuadraba mejor con su género de vida.
El partido liberal aseguraba que todo iba mal en Rusia y en efec to, Esteban Arkadievich tenía muchas deudas y sufría
siempre de una grave penuria de dinero. Agregaban los libera les que el matrimonio era una institución caduca, necesitada de
urgente reforma, y Esteban Arkadievich encontraba, en efecto, escaso interés e n la vida familiar, por lo que tenía que fingir
contrariando fuertemente sus inclinaciones.
Finalmente, el partido liberal sostenía o daba a entender que la religión no es más que un freno para la parte inculta de la
población, y Esteban Arkadievich estaba de acuerdo, ya que no podía asistir al más breve oficio religioso sin que le dolieran las
piernas1. Tampoco comprendía por qué se inquie taba a los fieles con tantas palabras terribles y solemnes rela tivas al otro
mundo cuando en éste se podía vivir tan bien y tan a gusto. Añádase a esto que Esteban Arkadievich no desaprovechaba nunca
la ocasión de una buena broma y se divertía con gusto escandalizando a las gentes tranquilas, sos teniendo que ya que querían
envanecerse de su origen, era preciso no detenerse en Rurik2 y renegar del mono, que era el antepasado más antiguo.
De este modo, el liberalismo se convirtió para Esteban Ar kadievich en una costumbre; y le gustaba el periódico, como el
cigarro después de las comidas, por la ligera bruma con que envolvía su cerebro.
Leyó el artículo de fondo, que afirmaba que es absurdo que en nuestros tiempos se levante el grito aseverando que el radi -
calismo amenaza con devorar todo lo tradicional y que urge adoptar medidas para aplastar la hidra revolucionaria, ya que,
«muy al contrario, nuestra opinión es que el mal no está en esta supuesta hidra revolucionaria, sino en el terco tradiciona lismo
que retarda el progreso...» .
Luego repasó otro artículo, éste sobre finanzas, en el que se citaba a Bentham y a Mill, y se atacaba de una manera velada al
Ministerio. Gracias a la claridad de su juicio comprendía en seguida todas las alusiones, de dónde partían y contra quién iban
dirigidas, y el comprobarlo le producía cierta satisfacción.
Pero hoy estas satisfacciones es taban acibaradas por el re cuerdo de los consejos de Matrena Filimonovna y por la idea del
desorden que reinaba en su casa.

Comentario: En Rusia no
existen bancos en las iglesias y no
hay más remedio que escuchar de
pie los oficios religiosos.
Comentario: Fundador de la
primera dinastía rusa.


Page No 4

Leyó después que, según se decía, el conde Beist había par tido para Wiesbaden, que no habría ya nunca más canas, que se
vendía un cochecillo ligero y que una joven ofrecía sus servicios.
Pero semejantes noticias no le causaban hoy la satisfacción tranquila y ligeramente irónica de otras veces.
Terminado el periódico, la segunda taza de café y el kalach 3 con mantequilla, Esteban Arkadievich se levantó, se limpió las
migas que le cayeran en el chaleco y, sacando mucho el pecho, sonrió jovialmente, no como reflejo de su estado de espíritu,
sino con el optimismo de una buena digestión.
Pero aquella sonrisa alegre le recordó de pronto su situación, y se puso serio y reflexionó.
Tras la puerta se oyeron dos voces infantiles, en las que reconoció las de Gricha, su hijo menor, y la de Tania, su hija de más
edad. Los niños acababan de dejar caer alguna cosa.
–¡Ya te dije que los pasajeros no pueden ir en el techo! –gritaba la niña en inglés–. ¿Ves? Ahora tienes que levantarlos.
«Todo anda revuelto –pensó Esteban Arkadievich–. Los niños juegan donde quieren, sin que nadie cuide de ellos.»
Se acercó a la puerta y les llamó. Los chiquillos, dejando una caja con la que representaban un tren, entraron en el comedor.
Tania, la predilecta del Príncipe, corrió atrevidamente hacia él y se colgó a su cuello, feliz de poder respirar el caracte rístico
perfume de sus patillas. Después de haber besado e l rostro de su padre, que la ternura y la posición inclinada en que estaba
habían enrojecido, Tania se disponía a salir. Pero él la retuvo.
–¿Qué hace mamá? –preguntó, acariciando el terso y suave cuello de su hija –. ¡Hola! –añadió, sonriendo, dirigiéndose al
niño, que le había saludado.
Reconocía que quería menos a su hijo y procuraba disimu larlo y mostrarse igualmente amable con los dos, pero el pe queño
se daba cuenta y no correspondió con ninguna sonrisa a la sonrisa fría de su padre.
–Mamá ya está levantada –contestó la niña.
Esteban Arkadievich suspiró.
«Eso quiere decir que ha pasado la noche en vela», pensó.
–¿Y está contenta?
La pequeña sabía que entre sus padres había sucedido algo, que mamá no estaba contenta y que a papá debía constarle y no
había de fingir ignorarlo preguntando con aquel tono indi ferente. Se ruborizó, pues, por la mentira de su padre. Él, a su vez,
adivinó los sentimientos de Tania y se sonrojó también.
–No sé –repuso la pequeña–: mamá nos dijo que no estudiásemos hoy, que fuésemos con miss Hull a ver a la abuelita.
–Muy bien. Ve, pues, donde te ha dicho la mamá, Tania. Pero no; espera un momento –dijo, reteniéndola y acariciando la
manita suave y delicada de su hija.
Tomó de la chimenea una caja de bombones que dejara allí e l día antes y ofreció dos a Tania, eligiendo uno de chocolate y
otro de azúcar, que sabía que eran los que más le gustaban.
–Uno es para Gricha, ¿no, papá? –preguntó la pequeña, señalando el de chocolate.
–Sí, sí...
Volvió a acariciarla en los hombros, le besó la nuca y la dejó marchar.
–El coche está listo, señor –dijo Mateo–. Y le está esperando un visitante que quiere pedirle no sé qué...
–¿Hace rato que está ahí?
–Una media horita.
–¿Cuántas veces te he dicho que anuncies las visitas en seguida?
–¡Lo menos que puedo hacer es dejarle tomar tranquilo su café, señor –replicó el criado con aquel tono entre amistoso y
grosero que no admitía réplica.
–Vaya, pues que entre –dijo Oblonsky, con un gesto de desagrado.
La solicitante, la esposa del teniente Kalini n, pedía una cosa estúpida a imposible. Pero Esteban Arkadievich, según su
costumbre, la hizo entrar, la escuchó con atención y, sin in terrumpirla, le dijo a quién debía dirigirse para obtener lo que
deseaba y hasta escribió, con su letra grande, hermosa y clara, una carta de presentación para aquel personaje.
Despachada la mujer del oficial, Oblonsky tomó el som brero y se detuvo un momento, haciendo memoria para recor dar si
olvidaba algo. Pero nada había olvidado, sino lo que quería olvidar: su mujer.
«Eso es. ¡Ah, sí!» , se dijo, y sus hermosas facciones se ensombrecieron. «¿Iré o no?»
En su interior una voz le decía que no, que nada podía resultar sino fingimientos, ya que era imposible volver a convertir a su
esposa en una mujer atractiva, capaz de enamorarle, como era imposible convertirle a él en un viejo incapaz de sentirse atraído
por las mujeres hermosas.
Nada, pues, podía resultar sino disimulo y mentira, dos cosas que repugnaban a su carácter.
«No obstante, algo hay que hacer. No podemos seguir así», se dijo, tratando de animarse.
Ensanchó el pecho, sacó un cigarrillo, lo encendió, le dio dos chupadas, lo tiró en el cenicero de nácar y luego, con paso
rápido, se dirigió al salón y abrió la puerta que comunicaba con el dormitorio de su mujer.

IV
Daria Alejandrovna, vestida con una sencilla bata y rodeada de prendas y objetos esparcidos por todas partes, estaba de pie
ante un armario abierto del que iba sacando algunas cosas. Se había anudado con prisas sus cabellos, ahora escasos, pero un día
espesos y hermosos, sobre la nuca, y sus ojos, agrandados por la delgadez de su rostro, tenían una expresión asustada.
Al oír los pasos de su marido, interrumpió lo que estaba haciendo y se volvió hacia la puerta, intentando en vano ocultar bajo
una expresión severa y de desprecio, la turbación que le causaba aquella entrevista.

Comentario: Panecillo muy
fino.


Page No 5

Lo menos diez veces en aquellos tres días había comen zado la tarea de separar sus cosas y las de sus niños para lle varlas a
casa de su madre, donde pensaba irse. Y nunca conseguía llevarlo a cabo.
Como todos los días, se decía a sí misma que no era posi ble continuar así, que había que resolver algo, castigar a su marido,
afrentarle, devolverle, aunque sólo fuese en parte, el dolor que él le había causado. Pero mientras se decía que ha bía de
marchar, reconocía en su interior que no era posible, porque no podía dejar de considerarle como su esposo, no po día, sobre
todo, dejar de amarle.
Comprendía, además, que si aquí, en su propia casa, no ha bía podido atender a sus cinco hijo s, peor lo habría de conseguir
en otra. Ya el más pequeño había experimentado las con secuencias del desorden que reinaba en la casa y había enfer mado por
tomar el día anterior un caldo mal condimentado, y poco faltó para que los otros se quedaran el día antes sin comer.
Sabía, pues, que era imposible marcharse; pero se engañaba a sí misma fingiendo que preparaba las cosas para hacerlo.
Al ver a su marido, hundió las manos en un cajón, como si buscara algo, y no se volvió para mirarle hasta que lo tuvo a s u
lado. Su cara, que quería ofrecer un aspecto severo y resuelto, denotaba sólo sufrimiento a indecisión.
–¡Dolly! –murmuró él, con voz tímida.
Y bajó la cabeza, encogiéndose y procurando adoptar una actitud sumisa y dolorida, pero, a pesar de todo, se le veía re-
bosante de salud y lozanía. Ella le miró de cabeza a pies con una rápida mirada.
«Es feliz y está contento –se dijo–. ¡Y en cambio yo! ¡Ah, esa odiosa bondad suya que tanto le alaban todos! ¡Yo le
aborrezco más por ella!»
Contrajo los labios y un músculo de su mejilla derecha tembló ligeramente.
–¿Qué quiere usted? –preguntó con voz rápida y profunda, que no era la suya.
–Dolly –repitió él con voz insegura–. Ana llega hoy.
–¿Y a mí qué me importa? No pienso recibirla –exclamó su mujer.
–Es necesario que la recibas, Dolly.
–¡Váyase de aquí, váyase! –le gritó ella, como si aquellas exclamaciones le fuesen arrancadas por un dolor físico.
Oblonsky pudo haber estado tranquilo mientras pensaba en su mujer, imaginando que todo se arreglaría, según le dije ra
Mateo, en tanto que leía el periódico y tomaba el café. Pero al contemplar el rostro de Dolly, cansado y dolorido, al oír su re -
signado y desesperado acento, se le cortó la respiración, se le oprimió la garganta y las lágrimas afluyeron a sus ojos.
–¡Oh, Dios mío, Dolly, qué he hecho! –murmuró. No pudo decir más, ahogada la voz por un sollozo.
Ella cerró el armario y le miró.
–¿Qué te puedo decir, Dolly? Sólo una cosa: que me per dones... ¿No crees que los nueve años que llevamos juntos merecen
que olvidemos los momentos de...
Dolly bajó la cabeza, y escuchó lo que él iba a decirle, como si ella misma le implorara que la convenciese.
–¿... los momentos de ceguera? –siguió él.
E iba a continuar, pero al oír aquella expresión, los labios de su mujer volvier on a contraerse, como bajo el efecto de un
dolor físico, y de nuevo tembló el músculo de su mejilla.
–¡Váyase, váyase de aquí –gritó con voz todavía más estridente– y no hable de sus cegueras ni de sus villanías!
Y trató ella misma de salir, pero hubo de apoyarse, desfalleciente, en el respaldo de una silla. El rostro de su marido parecía
haberse dilatado; tenía los labios hinchados y los ojos llenos de lágrimas.
–¡Dolly! –murmuraba, dando rienda suelta a su llanto –. Piensa en los niños... ¿Qué culpa tien en ellos? Yo sí soy culpable y
estoy dispuesto a aceptar el castigo que merezca. No encuentro palabras con qué expresar lo mal que me he por tado.
¡Perdóname, Dolly!
Ella se sentó. Oblonsky oía su respiración, fatigosa y pe sada, y se sintió invadido, por su mujer, de una infinita com pasión.
Dolly quiso varias veces empezar a hablar; pero no pudo. Él esperaba.
–Tú te acuerdas de los niños sólo para valerte de ellos, pero yo sé bien que ya están perdidos –dijo ella, al fin, repitiendo una
frase que, seguramente, se había dicho a sí misma más de una vez en aquellos tres días.
Le había tratado de tú. Oblonsky la miró reconocido, y se adelantó para cogerle la mano, pero ella se apartó de su esposo con
repugnancia.
–Pienso en los niños, haría todo lo posible para salvarles, pero no sé cómo. ¿Quitándoles a su padre o dejándoles cerca de un
padre depravado, sí, depravado? Ahora, después de lo pasado –continuó, levantando la voz –, dígame: ¿cómo es posible que
sigamos viviendo juntos? ¿Cómo puedo vivir con un homb re, el padre de mis hijos, que tiene relaciones amoro sas con la
institutriz de sus hijos?
–¿Y qué quieres que hagamos ahora? ¿Qué cabe hacer? –repuso él, casi sin saber lo que decía, humillando cada vez más la
cabeza.
–Me da usted asco, me repugna usted –gritó Dolly, cada vez más agitada –. ¡Sus lágrimas son agua pura! ¡Jamás me ha
amado usted! ¡No sabe lo que es nobleza ni sentimiento!... Le veo a usted como a un extraño, sí, como a un extraño –dijo,
repitiendo con cólera aquella palabra para ella tan terrible: un extraño.
Oblonsky la miró, asustado y asombrado de la ira que se retrataba en su rostro. No comprendía que lo que provocaba la ira
de su mujer era la lástima que le manifestaba. Ella sólo veía en él compasión, pero no amor.
«Me aborrece, me odia y no me perdonará», pensó Oblonsky.
–¡Es terrible, terrible! –exclamó.
Se oyó en aquel momento gritar a un niño, que se había, se guramente, caído en alguna de las habitaciones. Daria Alejan -
drovna prestó oído y su rostro se dulcificó repentinamente. Perman eció un instante indecisa como si no supiera qué hacer y, al
fin, se dirigió con rapidez hacia la puerta.


Page No 6

«Quiere a mi hijo», pensó el Príncipe. «Basta ver cómo ha cambiado de expresión al oírle gritar. Y si quiere a mi hijo, ¿cómo
no ha de quererme a mí?»
–Espera, Dolly: una palabra más –dijo, siguiéndola.
–Si me sigue, llamaré a la gente, a mis hijos, para que to dos sepan que es un villano. Yo me voy ahora mismo de casa.
Continúe usted viviendo aquí con su amante. ¡Yo me voy ahora mismo de casa!
Y salió, dando un portazo.
Esteban Arkadievich suspiró, se secó el rostro y lentamente se dirigió hacia la puerta.
«Mateo dice que todo se arreglará» , reflexionaba, «pero no sé cómo. No veo la manera ¡Y qué modo de gritar! ¡Qué tér -
minos! Villano, amante... –se dijo, recordando las palabras de su mujer –. ¡Con tal que no la hayan oído las criadas! ¡Es
terrible! » , se repitió. Permaneció en pie unos segundos, se en jugó las lágrimas, suspiró, y, levantando el pecho, salió de la
habitación.
Era viernes. En el comedo r, el relojero alemán estaba dando cuerda a los relojes. Esteban Arkadievich recordó su broma
acostumbrada, cuando, hablando de aquel alemán calvo, tan puntual, decía que se le había dado cuerda a él para toda la vida a
fin de que él pudiera darle a su vez a los relojes, y sonrió. A Esteban Arkadievich le gustaban las bromas diver tidas. «Acaso»,
volvió a pensar, «se arregle todo! ¡Qué hermosa palabra arreglar!», se dijo. «Habrá que contar también ese chiste. »
Llamó a Mateo:
–Mateo, prepara la habitación para Ana Arkadievna. Di a María que te ayude.
–Está bien, señor.
Esteban Arkadievich se puso la pelliza y se encaminó hacia la escalera.
–¿No come el señor en casa? –preguntó Mateo, que iba a su lado.
–No sé; veremos. Toma, para el gasto –dijo Oblonsky, sacando diez rublos de la cartera–. ¿Te bastará?
–Baste o no, lo mismo nos tendremos que arreglar ––dijo Mateo, cerrando la portezuela del coche y subiendo la escalera.
Entre tanto, calmado el niño y comprendiendo por el ruido del carruaje que su esposo se iba, Daria Alejandrovna volvió a su
dormitorio. Aquél era su único lugar de refugio contra las preocupaciones domésticas que la rodeaban apenas salía de allí. Ya
en aquel breve momento que pasara en el cuarto de los niños, la inglesa y Matrena la habían preguntado acerca de varias cosas
urgentes que había que hacer y a las que sólo ella podía contestar. «¿Qué tenían que ponerse los niños para ir de paseo?» «¿Les
daban leche?» «¿Se buscaba otro cocinero o no?»
–¡Déjenme en paz! –había contestado Dolly, y, volviéndose a su dormitorio, se sentó en el mismo sitio donde antes había
hablado con su marido, se retorció las manos cargadas de sortijas que se deslizaban de sus dedos huesudos, y co menzó a
recordar la conversación tenida con él.
«Ya se ha ido», pensaba. «¿Cómo acabará el asunto de la institutriz? ¿Seguirá viéndola? Debí habérselo preguntado.
No, no es posible reconciliarse... Aun si seguimos viviendo en la misma casa, hemos de vivir como extraños el uno para el
otro. ¡Extraños para siempre!», repitió, recalcando aquellas terribles palabras. «¡Y cómo le quería! ¡Cómo le quería, Dios mío!
¡Cómo le he querido! Y ahora mismo: ¿no le quiero, y acaso más que antes? Lo horrible es que ...»
No pudo concluir su pensamiento porque Matrena Filimonovna se presentó en la puerta.
–Si me lo permite, mandaré a buscar a mi hermano, se ñora ––dijo–. Si no, tendré que preparar yo la comida, no sea que los
niños se queden sin comer hasta las seis de la tarde, como ayer.
–Ahora salgo y miraré lo que se haya de hacer. ¿Habéis enviado por leche fresca?
Y Daria Alejandrovna, sumiéndose en las preocupaciones cotidianas, ahogó en ellas momentáneamente su dolor.

V
Aunque nada tonto, Esteban Arkadievich era perezoso y travieso, por lo que salió del colegio figurando entre los últimos.
Con todo, pese a su vida de disipación, a su modesto grado y a su poca edad, ocupaba el cargo de presidente de un Tribu nal
público de Moscú. Había obtenido aquel empleo gracias a la influencia del marido de su hermana Ana, Alexis Alejan drovich
Karenin, que ocupaba un alto cargo en el Ministerio del que dependía su oficina.
Pero aunque Karenin no le hubiera colocado en aquel puesto, Esteban Arkadievich, por mediación de un centenar de
personas, hermanos o hermanas, primos o tíos, habría con seguido igualmente aquel cargo a otro parecido que le permi tiese
ganar los seis mil rublos anuales que le eran precisos, dada la mala situación de sus negocios, aun contando con los bienes que
poseía su mujer.
La mitad de la gente de posición de Moscú y San Peter sburgo eran amigos o parientes de Esteban Arkadievich. Nació en el
ambiente de los poderosos de este mundo. Una tercera parte de los altos funcionarios, los antiguos, habían sido ami gos de su
padre y le conocían a él desde la cuna. Con otra tercera parte se tuteaba, y la parte restante estaba compuesta de conocidos con
los que mantenía cordiales relaciones.
De modo que los distribuidores de los bienes terrenales –como cargos, arrendamientos, concesiones, etcétera– eran amigos o
parientes y no habían de dejar en la indigencia a uno de los suyos.
Así, para obtener un buen puesto, Oblonsky no necesitó esforzarse mucho. Le bastó no contradecir, no envidiar, no disputar,
no enojarse, todo lo cual le era fácil gracias a la bon dad innata de su carácter. Le habr ía parecido increíble no en contrar un
cargo con la retribución que necesitaba, sobre todo no ambicionando apenas nada: sólo lo que habían obtenido otros amigos de
su edad y que estuviera al alcance de sus aptitudes.
Los que le conocían, no sólo apreciaba n su carácter jovial y bondadoso y su indiscutible honradez, sino que se sentían
inclinados hacia él incluso por su arrogante presencia, sus bri llantes ojos, sus negras cejas y su rostro blanco y sonrosado.


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Cuando alguno le encontraba exteriorizaba en seguida su contento: «¡Aquí esta Stiva Oblonsky!», exclamaba al verle aparecer,
casi siempre sonriendo con jovialidad.
Y, si bien después de una conversación con él no se producía ninguna especial satisfacción, las gentes, un día y otro, cuando
le veían, volvían a acogerle con idéntico regocijo.
En los tres años que llevaba ejerciendo su cargo en Moscú, Esteban Arkadievich había conseguido, no sólo atraerse el afecto,
sino el respeto de compañeros, subordinados, jefes y de cuantos le trataban. Las principal es cualidades que le ha cían ser
respetado en su oficina eran, ante todo, su indulgencia con los demás –basada en el reconocimiento de sus propios defectos– y,
después, su sincero liberalismo. No aquel liberalismo de que hablaban los periódicos, sino un liberalismo que llevaba en la
sangre, y que le hacía tratar siempre del mismo modo a todos, sin distinción de posiciones y jerarquías, y finalmente –y era ésta
la cualidad principal– la perfecta indiferencia que le inspiraba su cargo, lo que le permitía no entusiasmarse demasiado con él
ni cometer errores.
Entrando en su oficina, Oblonsky pasó a su pequeño gabi nete particular, seguido del respetuoso conserje, que le lle vaba la
cartera. Se vistió allí el uniforme y entró en el despacho.
Los escribientes y oficiales se pusieron en pie, saludándole con jovialidad y respeto. Como de costumbre, Esteban Arka -
dievich estrechó las manos a los miembros del Tribunal y se sentó en su puesto. Bromeó y charló un rato, no más de lo
conveniente, y comenzó a trabajar.
Nadie mejor que él sabía deslindar los límites de la llaneza oportuna y la seriedad precisa para hacer agradable y eficaz el
trabajo.
El secretario se acercó con los documentos del día, y le ha bló con el tono de familiaridad que introdujera en la oficina el
propio Esteban Arkadievich.
–Al fin hemos recibido los datos que necesitábamos de la administración provincial de Penza. Aquí están. Con su permiso...
–¿Conque ya se recibieron? –exclamó Esteban Arkadievich, poniendo la mano sobre ellos –. ¡Ea, señores! Y la ofi cina en
pleno comenzó a trabajar.
«¡Si ellos supieran», pensaba, mientras, con aire grave, es cuchaba el informe, « qué aspecto de chiquillo travieso cogido en
falta tenía media hora antes su "presidente de Tribunal"!»
Y sus ojos reían mientras escuchaba la lectura del expediente.
El trabajo duraba hasta las dos, en que se abría una tregua para el almuerzo.
Poco antes de aquella hora, las grandes puertas de la sala se abrieron de improviso y alguien penetró en ella. Los miem bros
del tribunal, sentados bajo el retrato del Emperador y los colocados bajo el zérzalo 4, miraron hacia la puerta, satisfe chos de
aquella diversión inesperada. Pero el ujier hizo salir en seguida al recién llegado y cerró trás él la puerta vidriera.
Una vez examinado el expediente, Oblonsky se levantó, se desperezó y, rindiendo tributo al liberalismo de los tiempos que
corrían, encendió un cigarrillo en plena sala del consejo y se dirigó a su despacho.
Sus dos amigos, el veterano empleado Nikitin y el gentilhombre de cámara Grinevich, le siguieron.
–Después de comer tendremos tiempo de terminar el asunto –dijo Esteban Arkadievich.
–Naturalmente –afirmó Nikitin.
–¡Ese Fomin debe de ser un pillo redomado! –dijo Grinevich refiriéndose a uno de los que estaban complicados en el
expediente que tenían en estudio.
Oblonsky hizo una mueca, como para dar a entender a Gri nevich que no era conveniente establecer juicios anticipados, y no
contestó.
–¿Quién era el que entró mientras trabajábamos? –preguntó al ujier.
–Uno que lo hizo sin permiso, Excelencia, aprovechando un descuido mío. Preguntó por usted. Le dije que hasta que no
salieran los miembros del Tribunal...
–¿Dónde está?
–Debe de haberse ido a la antesala. No lo podía sacar de aquí. ¡Ah, es ése! –dijo el ujier, señalando a un individuo de buena
figura, ancho de espaldas, con la barba rizada, el cual, sin quitarse el gorro de piel de camero, subía a toda prisa la desgastada
escalinata de piedra.
Un funcionario enjuto, que descendía con una cartera bajo el brazo, miró con severidad las piernas de aquel hombre y dirigió
a Oblonsky una inquisitiva mirada.
Esteban Arkadievich estaba en lo alto de la escalera. Su rostro, resplandeciente sobre el cuello bordado del uniforme,
resplandeció más al reconocer al recién llegado.
–Es él, me lo figuraba. Es Levin –dijo con sonrisa amis tosa y algo burlona –. ¿Cómo te dignas venir a visitar me en esta
«covachuela» ? –dijo abrazando a su amigo, no contento con estrechar su mano–––. ¿Hace mucho que llegaste?
–Ahora mismo. Tenía muchos deseos de verte –contestó Levin con timidez y mirando a la vez en torno suyo con inquietud y
disgusto.
–Bien: vamos a mi gabinete –dijo Oblonsky, que conocía la timidez y el excesivo amor propio de su amigo.
Y, sujetando su brazo, le arrastró tras de sí, como si le abriera camino a través de graves peligros.
Esteban Arkadievich tuteaba a casi todos sus conocidos: ancianos de sesenta años y muchachos de veinte, artistas y
ministros, comerciantes y generales. De modo que muchos de los que tuteaba se hallaban en ext remos opuestos de la escala
social y habrían quedado muy sorprendidos de saber que, a través de Oblonsky, tenían algo de común entre sí.
Se tuteaba con todos con cuantos bebía champaña una vez, y como lo bebía con todo el mundo, cuando en presencia de sus
subordinados se encontraba con uno de aquellos «tús», como solía llamar en broma a tales amigos, de los que tuviera que aver-
gonzarse, sabía eludir, gracias a su tacto natural, lo que aquello pudiese tener de despreciable para sus subordinados.

Comentario: Espejo de la
justicia. Es un prisma triangular de
cristal sobre cuyas tres caras están
escritos los preceptos de Pedro el
Grande relativos a la justicia, de
rigor en todos los centros oficiales.


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Levin no era un «tú» del que pudiera avergonzarse, pero Oblonsky comprendía que su amigo pensaba que él tendría tal vez
recelos en demostrarle su intimidad en presencia de sus subalternos y por eso le arrastró a su despacho.
Levin era de la misma edad que Oblonsky. S u tuteo no se debía sólo a haber bebido champaña juntos, sino a haber sido
amigos y compañeros en su primera juventud. No obstante la diferencia de sus inclinaciones y caracteres, se querían como
suelen quererse dos amigos de la adolescencia. Pero, como pasa a menudo entre personas que eligen diversas profesiones, cada
uno, aprobando y comprendiendo la elección del otro, la despreciaba en el fondo de su alma.
Le parecía a cada uno de los dos que la vida que él llevaba era la única real y la del amigo una fi cción. Por eso Oblonsky no
había podido reprimir una sonrisa burlona al ver a Levin. Varias veces le había visto en Moscú, llegado del pueblo, donde se
ocupaba en cosas que Esteban Arkadievich no alcanzaba nunca a comprender bien, y que, por otra parte, no le interesaban.
Levin llegaba siempre a Moscú precipitadamente, agitado, cohibido a irritado contra sí mismo por su torpeza y expre sando
generalmente puntos de vista desconcertantes a inesperados respecto a todo.
Esteban Arkadievich encontraba aquello muy divertido. Levin, en el fondo, despreciaba también la vida ciudadana de
Oblonsky y su trabajo, que le parecían sin valor. La diferencia estribaba en que Oblonsky, haciendo lo que todos los demás, al
reírse de su amigo, lo hacía seguro de sí y con buen humor, mientras que Levin carecía de serenidad y a veces se irritaba.
–Hace mucho que te esperaba ––dijo Oblonsky, entrando en el despacho y soltando el brazo de su amigo, como para in dicar
que habían concluido los riesgos–. Estoy muy contento de verte –––continuó–––. ¿Cuándo has llegado?
Levin callaba, mirando a los dos desconocidos amigos de Esteban Arkadievich y fijándose, sobre todo, en la blanca mano
del elegante Grinevich, una mano de afilados y blancos dedos y de largas uñas curvadas en su extremid ad. Aquellas manos
surgiendo de los puños de una camisa adornados de brillantes y enormes gemelos, atraían toda la atención de Le vin, coartaban
la libertad de sus pensamientos.
Oblonsky se dio cuenta y sonrió.
–Permitidme presentaros ––dijo–. Aquí, mis am igos Felipe Ivanovich Nikitin y Mijail Stanislavovich Grinevich. Y aquí –
añadió volviéndose a Levin–: una personalidad de los estados provinciales, un miembro de los zemstvos5, un gran deportista,
que levanta con una sola mano cinco puds6; el rico ganadero, formidable cazador y amigo mío Constantino Dmitrievich Levin,
hermano de Sergio Ivanovich Kosnichev.
–Mucho gusto en conocerle –dijo el anciano.
–Tengo el honor de conocer a su hermano Sergio Ivanovich –aseguró Grinevich, tendiéndole su fina mano de largas uñas.
Levin arrugó el entrecejo, le estrechó la mano con frialdad y se volvió hacia Oblonsky. Aunque apreciaba mucho a su
hermano de madre, célebre escritor, le resultaba intolerable que no le consideraran a él como Constantino Levin, sino como
hermano del ilustre Koznichev.
–Ya no pertenezco al zemstvo –dijo, dirigiéndose a Oblonsky–. Me peleé con todos. No asisto ya a sus reuniones.
–¡Caramba, qué pronto te has cansado! ¿Como ha sido eso? –preguntó su amigo, sonriendo.
–Es una historia larga. Otro día te la contaré –replicó Levin.
Pero a continuación comenzó a relatarla:
–En una palabra: tengo la certeza de que no se hace ni se podrá hacer nada de provecho con los zemstvos –profirió como si
contestase a una injuria–. Por un lado, se juega al parl amento, y yo no soy ni bastante viejo ni bastante joven para divertirme
jugando. Por otra parte –Levin hizo una pausa – ... es una manera que ha hallado la coterie 7 rural de sacar el jugo a las
provincias. Antes había juicios y tutelas, y ahora zemstvos, no en forma de gratificaciones, sino de suel dos inmerecidos –
concluyó con mucho calor, como si alguno de los presentes le hubiese rebatido las opiniones.
–Por lo que veo, atraviesas una fase nueva, y esta vez conservadora –dijo Oblonsky–. Pero ya hablaremos de eso después.
–Sí, después... Pero antes quería hablarte de cierto asunto... –repuso Levin mirando con aversión la mano de Grinevich.
Esteban Arkadievich sonrió levemente.
–¿No me decías que no te pondrías jamás vestidos eu ropeos? –preguntó a Levi n, mirando el traje que éste vestía,
seguramente cortado por un sastre francés–. ¡Cuando digo que atraviesas una nueva fase!
Levin se sonrojo, pero no como los adultos, que se ponen encarnados casi sin darse cuenta, sino como los niños, que al
ruborizarse comprenden lo ridículo de su timidez, lo que excita más aún su rubor, casi hasta las lágrimas.
Hacía un efecto tan extraño ver aquella expresión pueril en el rostro varonil a inteligente de su amigo que Oblonsky desvió la
mirada.
–¿Dónde nos podemos ver? –preguntó Levin–. Necesito hablarte.
Oblonsky reflexionó.
–Vamos a almorzar al restaurante Gurin –dijo– y allí hablaremos. Estoy libre hasta las tres.
–No –dijo Levin, después de pensarlo un momento–. Antes tengo que ir a otro sitio.
–Entonces cenaremos juntos por la noche.
–Pero, ¿para qué cenar? Al fin y al cabo no tengo nada es pecial que decirte. Sólo preguntarte dos palabras, y después
podremos hablar.
–Pues dime las dos palabras ahora y hablemos por la noche.
–Se trata –empezó Levin– ... De todos modos, no es nada de particular.
En su rostro se retrató una viva irritación provocada por los esfuerzos que hacía para dominar su timidez.
–¿Qué sabes de los Scherbazky? ¿Siguen sin novedad? –preguntó, por fin.
Esteban Arkadievich, a quien le constaba de ti empo atrás que Levin estaba enamorado de su cuñada Kitty, sonrió im -
perceptiblemente y sus ojos brillaron de satisfacción.
–Tú lo has dicho en dos palabras, pero yo en dos palabras no lo puedo contestar, porque... Perdóname un instante.

Comentario: Instituciones
autónomas que, como resultado de
las reformas introducidas bajo
Alejandro II en la organización
municipal, se crearon en Rusia en
tiempo de aquel zar.
Comentario: Un pud equivale a
16 kilos.
Comentario: Pandilla,
camarilla.


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El secretario –con respetuosa familiaridad y con la mo desta consciencia de la superioridad que todos los secretarios creen
tener sobre sus jefes en el conocimiento de todos los asuntos – entró y se dirigió a Oblonsky llevando unos docu mentos y, en
forma de pregunta, comenzó a explicarle una dificultad. Esteban Arkadievich, sin terminar de escucharle, puso la mano sobre
la manga del secretario.
–No, hágalo, de todos modos, como le he dicho –indicó, suavizando la orden con una sonrisa. Y tras explicarle la idea que él
tenía sobre la solución del asunto, concluyó, separando los documentos–: Le ruego que lo haga así, Zajar Nikitich.
El secretario salió un poco confundido. Levin, entre tanto, se había recobrado completamente de su turbación, y en aquel
momento se hallaba con las manos apoyadas en el respaldo de una silla, escuchando con burlona atención.
–No lo comprendo, no... –dijo.
–¿El qué no comprendes? –repuso Oblonsky sonriendo y sacando un cigarrillo.
Esperaba alguna extravagancia de parte de Levin.
–Lo que hacéis aquí –repuso Levin, encogiéndose de hombros–. ¿Es posible que puedas tomarlo en serio?
–¿Por qué no?
–Porque aquí no hay nada que hacer.
–Eso te figuras tú. Estamos abrumados de trabajo.
–Sí: sobre el papel... Verdaderamente, tienes aptitudes para estas cosas –añadió Levin.
–¿Qué quieres decir?
–Nada –replicó Levin–. De todos modos, admiro tu grandeza y me siento orgulloso de tener un amigo tan im portante... Pero
no has contestado aún a mi pregunta –terminó, mirando a Oblonsky a los ojos, con un esfuerzo desesperado.
–Pues bien: espera un poco y también tú acabarás aquí, aunque poseas tres mil hectáreas de tierras en el distrito de
Karasinsky, tengas tus músculos y la lozanía y agilidad de una muchacha de doce años. ¡A pesar de todo ello acabarás por
pasarte a nuestras filas! Y respecto a lo que me has preguntado, no hay novedad. Pero es lástima que no hayas venido por aquí
en tanto tiempo.
–¿Pues qué pasa? –preguntó, con inquietud, Levin.
–Nada, nada –dijo Oblonsky–. Ya charlaremos. Y en concreto, ¿qué es lo que te ha traído aquí?
–De eso será mejor hablar también después –respondió Levin, sonrojándose hasta las orejas.
–Bien; ya me hago cargo –dijo Esteban Arkadievich –. Si quieres verlas, las encontrarás hoy en el Parque Zoológico, de
cuatro a cinco. Kitty estará patinando. Ve a verlas. Yo me reuniré allí contigo y luego iremos a cualquier sitio.
–Muy bien. Hasta luego entonces.
–¡No te olvides de la cita! Te conozco bien: eres capaz de olvidarla o de marcharte al pueblo –exclamó, riendo, Oblonsky.
–No, no...
Y salió del despacho, sin acordarse de que no había saludado a los amigos de Oblonsky hasta que estuvo en la puerta.
–Parece un hombre de carácter –dijo Grinevich cuando Levin hubo salido.
–Sí, querido –asintió Esteban Arkadievich, inclinando la cabeza –. ¡Es un mozo con suerte! ¡Tres mil hectáreas en Ka -
rasinsky, joven y fuerte, y con un hermoso porvenir...! ¡No es como nosotros!
–¿De qué se queja usted?
–¡De que todo me va mal! –respondió Oblonsky, suspirando profundamente.

VI
Cuando Oblonsky preguntó a Levin a qué había ido a Moscú, Levin se sonrojó y se indignó consigo mismo por ha berse
sonrojado y por no haber sabido decirle: «He venido para pedir la mano de tu cuñada» , pues sólo por este motivo se
encontraba en Moscú.
Los Levin y los Scherbazky, antiguas familias nobles de Moscú, habían mantenido siempre entre sí cordiales relaciones, y su
amistad se había afirmado más aún durante los años en que Levin fue estudiante. Éste se preparó a ingresó en la Universidad a
la vez que el joven príncipe Scherbazky, el hermano de Dolly y Kitty. Levin frecuentaba entonces la casa de los Scherbazky y
se encariñó con la familia.
Por extraño que pueda parecer, con lo que Levin estaba encariñado era precisamente con la casa, con la familia y, sobre todo,
con la parte femenina de la familia.
Levin no recordaba a su madre; tenía sólo una hermana, y ésta mayor que él. Así, pues, en casa de los Scherbazky se en -
contró por primera vez en aquel ambiente de hogar aristocrá tico a intelectual del que él no había podido goz ar nunca por la
muerte de sus padres.
Todo, en los Scherbazky, sobre todo en las mujeres, se presentaba ante él envuelto como en un velo misterioso, poético; y no
sólo no veía en ellos defecto alguno, sino que suponía que bajo aquel velo poético que envol vía sus vidas se ocultaban los
sentimientos más elevados y las más altas perfecciones.
Que aquellas señoritas hubiesen de hablar un día en fran cés y otro en inglés; que tocasen por turno el piano, cuyas melodías
se oían desde el cuarto de trabajo de su he rmano, donde los estudiantes preparaban sus lecciones; que tuvie sen profesores de
literatura francesa, de música, de dibujo, de baile; que las tres, acompañadas de mademoiselle Linon, fuesen por las tardes a
horas fijas al boulevard Tverskoy, vestidas con sus abrigos invernales de satén –Dolly de largo, Natalia de medio largo y Kitty
completamente de corto, de modo que se podían distinguir bajo el abriguito sus piernas cubiertas de tersas medias encarnadas–;
que hubiesen de pasear por el boulevard Tverskoy acompañadas por un lacayo con una escarapela dorada en el sombrero; todo
aquello y mucho más que se hacía en aquel mundo misterioso en el que ellos se movían, Levin no po día comprenderlo, pero


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estaba seguro de que todo lo que se hacía allí era hermos o y perfecto, y precisamente por el misterio en que para él se
desenvolvía, se sentía enamorado de ello.
Durante su época de estudiante, casi se enamoró de la hija mayor, Dolly, pero ésta se casó poco después con Oblonsky.
Entonces comenzó a enamorarse de la segunda, como si le fuera necesario estar enamorado de una a otra de las hermanas. Pero
Natalia, apenas presentada en sociedad, se casó con el diplomático Lvov. Kitty era todavía una niña cuando Levin salió de la
Universidad. El joven Scherbazky, que h abía ingresado en la Marina, pereció en el Báltico y desde entonces las relaciones de
Levin con la familia, a pesar de su amistad con Oblonsky, se hicieron cada vez menos estrechas. Pero cuando aquel año, a
principios de invierno, Levin volvió a Moscú desp ués de un año de au sencia y visitó a los Scherbazky, comprendió de quién
estaba destinado en realidad a enamorarse. Al parecer, nada más sencillo –conociendo a los Scherbazky, siendo de buena
familia, más bien rico que pobre, y contando treinta y dos años de edad–, que pedir la mano de la princesita Kitty. Seguramente
le habrían considerado un buen partido. Pero, como Levin estaba enamorado, Kitty le parecía tan perfecta, un ser tan por
encima de todo lo de la tierra, y él se consideraba un hombre tan bajo y vulgar, que casi no podía imaginarse que ni Kitty ni los
demás le encontraran digno de ella.
Pasó dos meses en Moscú como en un sueño, coincidiendo casi a diario con Kitty en la alta sociedad, que comenzó a fre -
cuentar para verla más a menudo; y, de re pente, le pareció que no tenía esperanza alguna de lograr a su amada y se marchó al
pueblo.
La opinión de Levin se basaba en que a los ojos de los pa dres de Kitty él no podía ser un buen partido, y que tampoco la
deliciosa muchacha podía amarle.
Ante sus padres no podía alegar una ocupación determinada, ninguna posición social, siendo así que a su misma edad, treinta
y dos años, otros compañeros suyos eran: uno general ayudante, otro director de un banco y de una compa ñía ferroviaria, otro
profesor, y el cuarto presidente de un tribunal de justicia, como Oblonsky...
Él, en cambio, sabía bien cómo debían de juzgarle los de más: un propietario rural, un ganadero, un hombre sin capaci dad,
que no hacía, a ojos de las gentes, sino lo que hacen los que no sir ven para nada: ocuparse del ganado, de cazar, de vi gilar sus
campos y sus dependencias.
La hermosa Kitty no podía, pues, amar a un ser tan feo como Levin se consideraba, y, sobre todo, tan inútil y tan vul gar. Por
otra parte, debido a su amistad con el h ermano de ella ya difunto, sus relaciones con Kitty habían sido las de un hombre
maduro con una niña, lo cual le parecía un obstácu lo más. Opinaba que a un joven feo y bondadoso, cual él creía ser, se le
puede amar como a un amigo, pero no con la pasión que él profesaba a Kitty. Para eso había que ser un hombre gallardo y, más
que nada, un hombre destacado.
Es verdad que había oído decir que las mujeres aman a veces a hombres feos y vulgares, pero él no lo podía creer, y juz gaba
a los demás por sí mismo, que sólo era capaz de amar a mujeres bonitas, misteriosas y originales.
No obstante, después de haber pasado dos meses en la so ledad de su pueblo, comprendió que el sentimiento que le ab sorbía
ahora no se parecía en nada a los entusiasmos de su primera juventud, pues no le dejaba momento de reposo, y vio claro que no
podría vivir sin saber si Kitty podría o no lle gar a ser su mujer. Comprendió, además, que sus temores eran hijos de su
imaginación y que no tenía ningún serio motivo para pensar que hubiera de ser rechazado. Y fue así como se decidió a volver a
Moscú, resuelto a pedir la mano de Kitty y casarse con ella, si le aceptaban... Y si no... Pero no quiso ni pensar en lo que
sucedería si era rechazada su proposición.

VII
Llegó a Moscú en el tren de la mañana y en seguida se diri gió a casa de Koznichev, su hermano mayor por parte de ma dre.
Después de mudarse de ropa, entró en el despacho de su hermano dispuesto a exponerle los motivos de su viaje y pe dirle
consejo.
Pero Koznichev no se hallaba solo. Le acompañaba un pro fesor de filosofía muy renombrado que había venido de Jar kov
con el exclusivo objeto de discutir con él un tema filosófico sobre el que ambos mantenían diferentes puntos de vista.
El profesor sostenía una ardiente polémica con los materialistas, y Koznichev, que la seguía con interés, después de leer el
último artículo del profesor, le escribió una carta exponién dole sus objeciones y censurándole las excesivas concesiones que
hacía al materialismo.
El polemista se puso en segu ida en camino para discutir la cuestión. El punto debatido estaba entonces muy en boga, y se
reducía a aclarar si existía un límite de separación entre las facultades psíquicas y fisiológicas del hombre y dónde se ha llaba
tal límite, de existir.
Sergio Ivanovich acogió a su hermano con la misma sonrisa fría con que acogía a todo el mundo, y después de presentarle al
profesor, reanudó la charla.
El profesor, un hombre bajito, con lentes, de frente estre cha, interrumpió un momento la conversación para sal udar y luego
volvió a continuarla, sin ocuparse de Levin.
Este se sentó, esperando que el filósofo se marchase, pero acabó interesándose por la discusión.
Había visto en los periódicos los artículos de que se ha blaba y los había leído, tomando en ellos el interés general que un
antiguo alumno de la facultad de ciencias puede tomar en el desarrollo de las ciencias; pero, por su parte, jamás aso ciaba estas
profundas cuestiones referentes a la procedencia del hombre como animal, a la acción refleja, la biolo gía, la sociología, y a
aquella que, entre todas, le preocupaba cada vez más: la significación de la vida y la muerte.
En cambio, su hermano y el profesor, en el curso de su dis cusión, mezclaban las cuestiones científicas con las referentes al
alma, y cuando parecía que iban a tocar el tema principal, se desviaban en seguida, y se hundían de nuevo en la esfera de las


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sutiles distinciones, las reservas, las citas, las alusiones, las referencias a opiniones autorizadas, con lo que Levin ape nas podía
entender de lo que trataban.
–No me es posible admitir –dijo Sergio Ivanovich, con la claridad y precisión, con la pureza de dicción que le eran
connaturales– la tesis sustentada por Keiss; es a saber: que toda concepción del mundo exterior nos es transmitida me diante
sensaciones. La idea de que existimos la percibimos nosotros directamente, no a través de una sensación, puesto que no se
conocen órganos especiales capaces de recibirla.
–Pero Wurst, Knaust y Pripasov le contestarían que la idea de que existimos br ota del conjunto de todas las sensaciones y es
consecuencia de ellas. Wurst afirma incluso que sin sensaciones no se experimenta la idea de existir.
–Voy a demostrar lo contrario... –comenzó Sergio Ivanovich.
Levin, advirtiendo que los interlocutores, tr as aproximarse al punto esencial del problema, iban a desviarse de nuevo de él,
preguntó al profesor:
–Entonces, cuando mis sensaciones se aniquilen y mi cuerpo muera, ¿no habrá ya para mí existencia posible?
El profesor, contrariado como si aquella interr upción le produjese casi un dolor físico, miró al que le interrogaba y que más
parecía un palurdo que un filósofo, y luego volvió los ojos a Sergio Ivanovich, como preguntándole: ¿Qué queréis que le diga?
Pero Sergio Ivanovich hablaba con menos afectación a intransigencia que el profesor, y comprendía tanto las objecio nes de
éste como el natural y simple punto de vista que acababa de ser sometido a examen, sonrió y dijo:
–Aún no estamos en condiciones de contestar adecuadamente a esa pregunta.
–Cierto; no poseemos bastantes datos –afirmó el profe sor. Y continuó exponiendo sus argumentos –. No ––dijo–. Yo
sostengo que si, corno afirma Pripasov, la sensación tiene su fundamento en la impresión, hemos de establecer entre es tas dos
nociones una distinción rigurosa.
Levin no quiso escuchar más y esperaba con impaciencia que el profesor se marchase.

VIII
Cuando el profesor se hubo ido, Sergio dijo a su hermano: –Celebro que hayas venido. ¿Por mucho tiempo? ¿Y cómo van las
tierras?
Levin sabía que a su herma no le interesaban poco las tierras, y si le preguntaba por ellas lo hacía por condescendencia. Le
contestó, pues, limitándose a hablarle de la venta del trigo y del dinero cobrado.
Habría querido hablar a su hermano de sus proyectos de matrimonio, pedirle consejo. Pero, escuchando su conversación con
el profesor y oyendo luego el tono de protección con que le preguntaba por las tierras (las propiedades de su madre las poseían
los dos hermanos en común, aun que era Levin quien las administraba), tuvo la se nsación de que no habría ya de explicarse
bien, de que no podía empezar a hablar a su hermano de su decisión, y de que éste no habría de ver seguramente las cosas
como él deseaba que las viera.
–Bueno, ¿y qué dices del zemstvo? –preguntó Sergio, que daba mucha importancia a aquella institución.
–A decir verdad, no lo sé.
–¿Cómo? ¿No perteneces a él?
–No. He presentado la dimisión –contestó Levin– y no asisto a las reuniones.
–¡Es lástima! ––dijo Sergio Ivanovich arrugando el entrecejo.
Levin, para disculparse, comenzó a relatarle lo que sucedía en las reuniones.
–Ya se sabe que siempre pasa así –le interrumpió su hermano–. Los rusos somos de ese modo. Tal vez la facultad de ver los
defectos propios sea un hermoso rasgo de nuestro ca rácter. Pero los exageram

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