Ana Karenina
León Tolstoi
PRIMERA PARTE
I
Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgra -
ciada.
En casa de los Oblonsky andaba todo trastrocado. La es posa acababa de enterarse de que su marido mantenía relacio nes con
la institutriz francesa y se había apresurado a declararle que no podía seguir viviendo con él.
Semej [...]
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León Tolstoi
PRIMERA PARTE
I
Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgra -
ciada.
En casa de los Oblonsky andaba todo trastrocado. La es posa acababa de enterarse de que su marido mantenía relacio nes con
la institutriz francesa y se había apresurado a declararle que no podía seguir viviendo con él.
Semej [...]
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Después de comer, Ana subió a su cuarto a vestirse y Dolly la siguió.
–Te encuentro extraña hoy.
–¿Tú crees? No, no estoy extraña. Lo que pasa es que me siento triste. Esto me sucede de vez en cuando... Tengo como
ganas de llorar. Es una tontería; ya pasará –dijo Ana rápidamente, y ocultó su rostro enrojecido de repente, inclinándose hacia
el otro lado para rebuscar en un saquito donde guardaba sus pañuelos y su gorro, de dormir. Sus ojos brillaban de lágrimas, que [...]
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–Te encuentro extraña hoy.
–¿Tú crees? No, no estoy extraña. Lo que pasa es que me siento triste. Esto me sucede de vez en cuando... Tengo como
ganas de llorar. Es una tontería; ya pasará –dijo Ana rápidamente, y ocultó su rostro enrojecido de repente, inclinándose hacia
el otro lado para rebuscar en un saquito donde guardaba sus pañuelos y su gorro, de dormir. Sus ojos brillaban de lágrimas, que [...]
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Esteban Arkadievich contó muchas noticias interesantes y, sobre todo, una interesantísima para Levin: que su hermano Ser -
gio Ivanovich se proponía pasar el verano con él, en el pueblo.
No dijo una palabra de Kitty ni de los Scherbazky, sólo se limitó a transmitirle recuerdos de su mujer.
Levin le agradeció mucho la delicadeza y se sintió feliz de su visita. Como siempre que vivía solo una temporada, había
recogido en aquel tiempo gran cantida d de sentimientos e idea [...]
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gio Ivanovich se proponía pasar el verano con él, en el pueblo.
No dijo una palabra de Kitty ni de los Scherbazky, sólo se limitó a transmitirle recuerdos de su mujer.
Levin le agradeció mucho la delicadeza y se sintió feliz de su visita. Como siempre que vivía solo una temporada, había
recogido en aquel tiempo gran cantida d de sentimientos e idea [...]
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Esteban Arkadievich contó muchas noticias interesantes y, sobre todo, una interesantísima para Levin: que su hermano Ser -
gio Ivanovich se proponía pasar el verano con él, en el pueblo.
No dijo una palabra de Kitty ni de los Scherbazky, sólo se limitó a transmitirle recuerdos de su mujer.
Levin le agradeció mucho la delicadeza y se sintió feliz de su visita. Como siempre que vivía solo una temporada, había
recogido en aquel tiempo gran cantida d de sentimientos e idea [...]
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gio Ivanovich se proponía pasar el verano con él, en el pueblo.
No dijo una palabra de Kitty ni de los Scherbazky, sólo se limitó a transmitirle recuerdos de su mujer.
Levin le agradeció mucho la delicadeza y se sintió feliz de su visita. Como siempre que vivía solo una temporada, había
recogido en aquel tiempo gran cantida d de sentimientos e idea [...]
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Esa vida se descubría gracias a la religión, pero una religión que no tenía nada de común con la que profesaba Kitty desde su
infancia, y que consistía en asistir a oficios y víspe ras en el «Asilo de Viudas Nobles», donde se encontraba gente conocid a, y
en aprender de memoria con los «padrecitos» ortodoxos los textos religiosos eslavos.
La nueva idea que ahora recibía de la religión era elevada, mística, unida a sentimientos y pensamientos hermosos. Así cabía
creer [...]
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infancia, y que consistía en asistir a oficios y víspe ras en el «Asilo de Viudas Nobles», donde se encontraba gente conocid a, y
en aprender de memoria con los «padrecitos» ortodoxos los textos religiosos eslavos.
La nueva idea que ahora recibía de la religión era elevada, mística, unida a sentimientos y pensamientos hermosos. Así cabía
creer [...]
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Esa vida se descubría gracias a la religión, pero una religión que no tenía nada de común con la que profesaba Kitty desde su
infancia, y que consistía en asistir a oficios y víspe ras en el «Asilo de Viudas Nobles», donde se encontraba gente conocid a, y
en aprender de memoria con los «padrecitos» ortodoxos los textos religiosos eslavos.
La nueva idea que ahora recibía de la religión era elevada, mística, unida a sentimientos y pensamientos hermosos. Así cabía
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infancia, y que consistía en asistir a oficios y víspe ras en el «Asilo de Viudas Nobles», donde se encontraba gente conocid a, y
en aprender de memoria con los «padrecitos» ortodoxos los textos religiosos eslavos.
La nueva idea que ahora recibía de la religión era elevada, mística, unida a sentimientos y pensamientos hermosos. Así cabía
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el mundo mujer tan desgraciada como yo?»
–¡Pero, basta: voy a romper con todo! –exclamó, levantándose de un salto y conteniendo las lágrimas.
Y se acercó a la mesa para escribirle otra carta. Pero pre sentía, en el fondo, que no tendría fuerzas ya para romper nada, que
no tendría fuerzas para salir de su situación anterior por falsa y deshonrosa que fuera.
Se sentó a la mesa, mas en vez de escribir apoyó los brazos en ella, ocultó la cabeza entre las manos y lloró, co [...]
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–¡Pero, basta: voy a romper con todo! –exclamó, levantándose de un salto y conteniendo las lágrimas.
Y se acercó a la mesa para escribirle otra carta. Pero pre sentía, en el fondo, que no tendría fuerzas ya para romper nada, que
no tendría fuerzas para salir de su situación anterior por falsa y deshonrosa que fuera.
Se sentó a la mesa, mas en vez de escribir apoyó los brazos en ella, ocultó la cabeza entre las manos y lloró, co [...]
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–¿Está aquí? –indagó Levin. Y habría querido preguntar por Kitty. Sabía que a principios de invierno ella había estado en
San Petersburgo, en casa de su otra hermana, la esposa del diplomático, y ahora ignoraba si estaba ya de vuelta.
Dudaba si preguntar o callarse. «Vaya o no, es igual», se dijo.
–¿Vendrás?
–Desde luego.
–Pues acude a las cinco, de levita.
Y Oblonsky, levantándose, se dirigió al cuart o de su nuevo jefe. El instinto no le engañaba. El n [...]
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San Petersburgo, en casa de su otra hermana, la esposa del diplomático, y ahora ignoraba si estaba ya de vuelta.
Dudaba si preguntar o callarse. «Vaya o no, es igual», se dijo.
–¿Vendrás?
–Desde luego.
–Pues acude a las cinco, de levita.
Y Oblonsky, levantándose, se dirigió al cuart o de su nuevo jefe. El instinto no le engañaba. El n [...]
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A1 fin una señora, mirando el reloj, dijo:
-Esto es muy extraño.
Todos los i nvitados, inquietos, empezaron a expresar en alta voz su descontento y sorpresa. Uno de los testigos salió a
enterarse de lo que pasaba.
Entre tanto, Kitty vestida con su traje blanco, su largo velo y su corona de flores de azahar, acompañada de la madrina de
boda y de su hermana Lvova, estaba en la sala de casa de los Scherbazky y miraba por la ventana aguardando en vano desde [...]
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-Esto es muy extraño.
Todos los i nvitados, inquietos, empezaron a expresar en alta voz su descontento y sorpresa. Uno de los testigos salió a
enterarse de lo que pasaba.
Entre tanto, Kitty vestida con su traje blanco, su largo velo y su corona de flores de azahar, acompañada de la madrina de
boda y de su hermana Lvova, estaba en la sala de casa de los Scherbazky y miraba por la ventana aguardando en vano desde [...]
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pieles.
Al hacerlo, la miró al rostro, la reconoció y, sin decirle nada, la saludó con respeto.
–Haga el favor de entrar, Excelencia –dijo después.
Ana quiso hablarle, pero la voz se le ahogó en la garganta. Y, mirando al viejo con aire culpable , subió la escalera con pasos
leves y rápidos.
Kapitonich, inclinándose hacia delante y tropezando con los chanclos en los escalones, la seguía corriendo, tratando de
alcanzarla.
–Está allí el preceptor. Q [...]
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Al hacerlo, la miró al rostro, la reconoció y, sin decirle nada, la saludó con respeto.
–Haga el favor de entrar, Excelencia –dijo después.
Ana quiso hablarle, pero la voz se le ahogó en la garganta. Y, mirando al viejo con aire culpable , subió la escalera con pasos
leves y rápidos.
Kapitonich, inclinándose hacia delante y tropezando con los chanclos en los escalones, la seguía corriendo, tratando de
alcanzarla.
–Está allí el preceptor. Q [...]
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muy crecida.
–Sí, es ya m uy mayor ––contestó Daria Alejandrovna cor tamente, con frialdad sin saber por qué, al extremo de que ella
misma se extrañaba de hablar así de sus hijos–. Vivimos muy bien en la casa de los Levin –siguió explicando.
–Pues si hubiera sabido –dijo Ana– que no me despreciabais... podíais haber venido todos aquí. Stiva es un buen y viejo
amigo de Alexey.
De repente, algo confusa, se ruborizó.
–Es la alegría de verte la que me hace [...]
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–Sí, es ya m uy mayor ––contestó Daria Alejandrovna cor tamente, con frialdad sin saber por qué, al extremo de que ella
misma se extrañaba de hablar así de sus hijos–. Vivimos muy bien en la casa de los Levin –siguió explicando.
–Pues si hubiera sabido –dijo Ana– que no me despreciabais... podíais haber venido todos aquí. Stiva es un buen y viejo
amigo de Alexey.
De repente, algo confusa, se ruborizó.
–Es la alegría de verte la que me hace [...]
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Cuando el lector hubo terminado, el Presiden te le dio las gracias y leyó, a su vez, unos versos que el poeta Ment había
escrito para aquel jubileo a quien dedicó algunas palabras de gratitud.
Luego, Katavasov, con su voz fuerte y aguda, leyó su memoria sobre las obras científicas del sabio.
Cuando Katavasov hubo terminado, Levin miró el reloj, vio que era ya la una dada, y pensó que no tendría tiempo de leer a
Metrov su obra antes del concierto, cosa que por otra par [...]
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escrito para aquel jubileo a quien dedicó algunas palabras de gratitud.
Luego, Katavasov, con su voz fuerte y aguda, leyó su memoria sobre las obras científicas del sabio.
Cuando Katavasov hubo terminado, Levin miró el reloj, vio que era ya la una dada, y pensó que no tendría tiempo de leer a
Metrov su obra antes del concierto, cosa que por otra par [...]
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Cuando el lector hubo terminado, el Presiden te le dio las gracias y leyó, a su vez, unos versos que el poeta Ment había
escrito para aquel jubileo a quien dedicó algunas palabras de gratitud.
Luego, Katavasov, con su voz fuerte y aguda, leyó su memoria sobre las obras científicas del sabio.
Cuando Katavasov hubo terminado, Levin miró el reloj, vio que era ya la una dada, y pensó que no tendría tiempo de leer a
Metrov su obra antes del concierto, cosa que por otra par [...]
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escrito para aquel jubileo a quien dedicó algunas palabras de gratitud.
Luego, Katavasov, con su voz fuerte y aguda, leyó su memoria sobre las obras científicas del sabio.
Cuando Katavasov hubo terminado, Levin miró el reloj, vio que era ya la una dada, y pensó que no tendría tiempo de leer a
Metrov su obra antes del concierto, cosa que por otra par [...]
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