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        <title>tolstoi</title>
        <description>tolstoi</description>
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        <lastBuildDate>Sat, 15 Sep 2007 01:05:56 +0100</lastBuildDate>
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            <title>Ana Karenina</title>
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            <description>Ana Karenina  &lt;br /&gt;  León Tolstoi  &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;PRIMERA PARTE  &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;I  &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgra - &lt;br /&gt;ciada.  &lt;br /&gt;En casa de los Oblonsky andaba todo trastrocado. La es posa acababa de enterarse de que su marido mantenía relacio nes con  &lt;br /&gt;la institutriz francesa y se había apresurado a declararle que no podía seguir viviendo con él.  &lt;br /&gt;Semejante situación duraba ya tres días y era tan dolorosa para los esposos como para los demás miembros de la fa milia.  &lt;br /&gt;Todos, incluso los criados, sentían la íntima impresión de que aquella vida en común no tenía ya sentido y que, incluso en una &lt;br /&gt;posada, se encuentran más unidos los huéspedes de lo que ahora se sentían ellos entre sí.  &lt;br /&gt;La mujer no salía de sus habitac iones; el marido no co mía en casa desde hacía tres días; los niños corrían libre mente de un  &lt;br /&gt;lado a otro sin que nadie les molestara. La ins titutriz inglesa había tenido una disputa con el ama de llaves y escribió a una   &lt;br /&gt;amiga suya pidiéndole que le buscase otra colocación; el cocinero se había ido dos días antes, precisamente a la hora de comer;  &lt;br /&gt;y el cochero y la ayudante de co cina manifestaron que no querían continuar prestando sus servicios allí y que sólo esperaban   &lt;br /&gt;que les saldasen sus haberes para irse.  &lt;br /&gt;El tercer día después de la escena tenida con su mujer, el príncipe Esteban Arkadievich Oblonsky  –Stiva, como le llamaban  &lt;br /&gt;en sociedad–, al despertar a su hora de costumbre, es decir, a las ocho de la mañana, se halló, no en el dormitorio conyugal,   &lt;br /&gt;sino en su despacho, tendido sobre el diván de cuero.  &lt;br /&gt;Volvió su cuerpo, lleno y bien cuidado, sobre los flexibles muelles del diván, como si se dispusiera a dormir de nuevo, a la  &lt;br /&gt;vez que abrazando el almohadón apoyaba en él la mejilla.  &lt;br /&gt;De repente se incorporó, se sentó sobre el diván y abrió los ojos.  &lt;br /&gt;«¿Cómo era», pensó, recordando su sueño. «¡A ver, a ver! Alabin daba una comida en Darmstadt... Sonaba una música   &lt;br /&gt;americana... El caso es que Darmstadt estaba en América... ¡Eso es! Alabin daba un banquete, serv ido en mesas de cris tal... Y  &lt;br /&gt;las mesas cantaban: &quot;Il mio tesoro&quot;..: Y si do era eso, era algo más bonito todavía.  &lt;br /&gt;» Había también unos frascos, que luego resultaron ser mujeres...»  &lt;br /&gt;Los ojos de Esteban Arkadievich brillaron alegremente al recordar aquel sueño. Luego quedó pensativo y sonrió.  &lt;br /&gt;«¡Qué bien estaba todo!» Había aún muchas otras cosas magníficas que, una vez despierto, no sabía expresar ni con palabras  &lt;br /&gt;ni con pensamientos.  &lt;br /&gt;Observó que un hilo de luz se filtraba por las rendijas de la persiana, al argó los pies, alcanzó sus zapatillas de tafilete   &lt;br /&gt;bordado en oro, que su mujer le regalara el año anterior con ocasión de su cumpleaños, y, como desde hacía nueve años tenía &lt;br /&gt;por costumbre, extendió la mano hacia el lugar donde, en el dormitorio conyugal, acostumbraba tener colocada la bata.  &lt;br /&gt;Sólo entonces se acordó de cómo y por qué se encontraba en su gabinete y no en la alcoba con su mujer; la sonrisa des - &lt;br /&gt;apareció de su rostro y arrugó el entrecejo.  &lt;br /&gt;–¡Ay, ay, ay! –se lamentó, acordándose de lo que había sucedido.  &lt;br /&gt;Y de nuevo se presentaron a su imaginación los detalles de la escena terrible; pensó en la violenta situación en que se en - &lt;br /&gt;contraba y pensó, sobre todo, en su propia culpa, que ahora se le aparecía con claridad.  &lt;br /&gt;–No, no me perdonará. ¡Y lo malo es que yo tengo la culpa de todo. La culpa es mía, y, sin embargo, no soy culpa ble. Eso es  &lt;br /&gt;lo terrible del caso! ¡Ay, ay, ay! –se repitió con desesperación, evocando de nuevo la escena en todos sus detalles.  &lt;br /&gt;Lo peor había sido aquel primer momento, cuando a l regreso del teatro, alegre y satisfecho con una manzana en las manos   &lt;br /&gt;para su mujer, no la había hallado en el salón; asus tado, la había buscado en su gabinete, para encontrarla al fin en su   &lt;br /&gt;dormitorio examinando aquella malhadada carta que lo había descubierto todo.  &lt;br /&gt;Dolly, aquella Dolly, eternamente ocupada, siempre llena de preocupaciones, tan poco inteligente, según opinaba él, se   &lt;br /&gt;hallaba sentada con el papel en la mano, mirándole con una expresión de horror, de desesperación y de ira.  &lt;br /&gt;–¿Qué es esto? ¿Qué me dices de esto? –preguntó, señalando la carta.  &lt;br /&gt;Y ahora, al recordarlo, lo que más contrariaba a Esteban Arkadievich en aquel asunto no era el hecho en sí, sino la ma nera  &lt;br /&gt;como había contestado entonces a su esposa.  &lt;br /&gt;Le había sucedido lo que a toda persona sorprendida en una situación demasiado vergonzosa: no supo adaptar su aspecto a la  &lt;br /&gt;situación en que se encontraba.  &lt;br /&gt;Así, en vez de ofenderse, negar, disculparse, pedir perdón o incluso permanecer indiferente  ––cualquiera de aquellas acti - &lt;br /&gt;tudes habría  sido preferible –, hizo una cosa ajena a su volun tad («reflejos cerebrales» , juzgó Esteban Arkadievich, que se   &lt;br /&gt;interesaba mucho por la fisiología): sonreír, sonreír con su sonrisa habitual, benévola y en aquel caso necia.  &lt;br /&gt;Aquella necia sonrisa era imperd onable. Al verla, Dolly se había estremecido como bajo el efecto de un dolor físico, y,   &lt;br /&gt;según su costumbre, anonadó a Stiva bajo un torrente de pala bras duras y apenas hubo terminado, huyó a refugiarse en su   &lt;br /&gt;habitación.  &lt;br /&gt;Desde aquel momento, se había negado a ver a su marido.  &lt;br /&gt;«¡Todo por aquella necia sonrisa!», pensaba Esteban Arka dievich. Y se repetía, desesperado, sin hallar respuesta a su   &lt;br /&gt;pregunta: «¿Qué hacer, qué hacer?».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 2&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich era leal consigo mismo. No podía, pues, engañarse asegurándose que estaba arrepentido de lo que había &lt;br /&gt;hecho. &lt;br /&gt;No, imposible arrepentirse de lo que hiciera un hombre como él, de treinta y cuatro años, apuesto y aficionado a las damas; &lt;br /&gt;ni de no estar ya enamorado de su mujer, madre de siete hijos, cinco de los cuales vivían, y que tenía sólo un año menos que él. &lt;br /&gt;De lo que se arrepentía era de no haber sabido ocultar me jor el caso a su esposa. Con todo, comprendía la gravedad de la &lt;br /&gt;situación y compadecía a Dolly, a los niños y a sí mismo. &lt;br /&gt;Tal vez habría tomado más  precauciones para ocultar el he cho mejor si hubiese imaginado que aquello tenía que causar a &lt;br /&gt;Dolly tanto efecto. &lt;br /&gt;Aunque no solía pensar seriamente en el caso, venía supo niendo desde tiempo atrás que su esposa sospechaba que no le era &lt;br /&gt;fiel, pero quitando importancia al asunto. Creía, además, que una mujer agotada, envejecida, ya nada hermosa, sin atractivo &lt;br /&gt;particular alguno, buena madre de familia y nada más, debía ser indulgente con él, hasta por equidad. &lt;br /&gt;¡Y he aquí que resultaba todo lo contrario! &lt;br /&gt;«¡Es terrible, terrible! », se repetía Esteban Arkadievich, sin hallar solución. «¡Con lo bien que iba todo, con lo a gusto que &lt;br /&gt;vivíamos! Ella era feliz rodeada de los niños, yo no la estorbaba en nada, la dejaba en entera libertad para que se ocupase de la &lt;br /&gt;casa y de los pequeños. Claro que no estaba bien que ella fuese precisamente la institutriz de la casa. ¡Verdadera mente, hay &lt;br /&gt;algo feo, vulgar, en hacer la corte a la institutriz de nuestros propios hijos!... ¡Pero, qué institutriz! (Oblonsky re cordó con &lt;br /&gt;deleite los negros y ardientes ojos de  mademoiselle Roland y su encantadora sonrisa.) ¡Pero mientras estuvo en casa no me &lt;br /&gt;tomé libertad alguna! Y lo peor del caso es que... ¡Todo eso parece hecho adrede! ¡Ay, ay! ¿Qué haré? ¿Qué haré?» &lt;br /&gt;Tal pregunta no tenía  otra respuesta que la que la vida da a todas las preguntas irresolubles: vivir al día y procurar olvidar. &lt;br /&gt;Pero hasta la noche siguiente Esteban Arkadievich no po dría refugiarse en el sueño, en las alegres visiones de los fras cos &lt;br /&gt;convertidos en mujeres. Era preciso, pues, buscar el olvido en el sueño de la vida. &lt;br /&gt;«Ya veremos», se dijo, mientras se ponía la bata gris con forro de seda azul celeste y se anudaba el cordón a la cintura. &lt;br /&gt;Luego aspiró el aire a pleno pulmón, llenando su amplio pe cho, y, con el  habitual paso decidido de sus piernas ligera mente &lt;br /&gt;torcidas sobre las que tan hábilmente se movía su cor pulenta figura, se acercó a la ventana, descorrió los visillos y tocó el &lt;br /&gt;timbre. &lt;br /&gt;El viejo Mateo, su ayuda de cámara y casi su amigo, apareció inmediatamente llevándole el traje, los zapatos y un telegrama. &lt;br /&gt;Detrás de Mateo entró el barbero, con los útiles de afeitar. &lt;br /&gt;–¿Han traído unos papeles de la oficina? –preguntó el Príncipe, tomando el telegrama y sentándose ante el espejo. &lt;br /&gt;–Están sobre la mesa –contestó Mateo, mirando con aire inquisitivo y lleno de simpatía a su señor. &lt;br /&gt;Y, tras un breve silencio, añadió, con astuta sonrisa: &lt;br /&gt;–Han venido de parte del dueño de la cochera... &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich, sin contestar, miró a Mateo en el es pejo. Sus miradas se  cruzaron en el cristal: se notaba que se &lt;br /&gt;comprendían. La mirada de Esteban parecía preguntar: «¿Por qué me lo dices? ¿No sabes a qué vienen?». &lt;br /&gt;Mateo metió las manos en los bolsillos, abrió las piernas, miró a su señor sonriendo de un modo casi imperceptib le y añadió &lt;br /&gt;con sinceridad: &lt;br /&gt;–Les he dicho que pasen el domingo, y que, hasta esa fecha, no molesten al señor ni se molesten. &lt;br /&gt;Era una frase que llevaba evidentemente preparada. &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich comprendió que el criado bromeaba y no quería sino que se l e prestase atención. Abrió el telegrama, lo &lt;br /&gt;leyó, procurando subsanar las habituales equivocaciones en las palabras, y su rostro se iluminó. &lt;br /&gt;–Mi hermana Ana Arkadievna llega mañana, Mateo  –dijo, deteniendo un instante la mano del barbero, que ya trazaba un  &lt;br /&gt;camino rosado entre las largas y rizadas patillas. &lt;br /&gt;–¡Loado sea Dios!  –exclamó Mateo, dando a entender con esta exclamación que, como a su dueño, no se le escapaba la &lt;br /&gt;importancia de aquella visita en el sentido de que Ana Ar kadievna, la hermana queridísim a, había de contribuir a la re -&lt;br /&gt;conciliación de los dos esposos. &lt;br /&gt;–¿La señora viene sola o con su marido? –preguntó Mateo. &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich no podía contestar, porque en aquel momento el barbero le afeitaba el labio superior; pero hizo un &lt;br /&gt;ademán significativo levantando un dedo. Mateo aprobó con un movimiento de cabeza ante el espejo. &lt;br /&gt;–Sola, ¿eh? ¿Preparo la habitación de arriba? &lt;br /&gt;–Consulta a Daria Alejandrovna y haz lo que te diga. &lt;br /&gt;–¿A Daria Alejandrovna? –preguntó, indeciso, el ayuda de cámara. &lt;br /&gt;–Sí. Y llévale el telegrama. Ya me dirás lo que te ordena. &lt;br /&gt;Mateo comprendió que Esteban quería hacer una prueba, y se limitó a decir: &lt;br /&gt;–Bien, señor &lt;br /&gt;Ya el barbero se había marchado y Esteban Arkadievich, afeitado, peinado y lavado, empezaba a vestirse, cuando, lento &lt;br /&gt;sobre sus botas crujientes y llevando el telegrams en la mano, penetró Mateo en la habitación. &lt;br /&gt;–Me ha ordenado deciros que se va. «Que haga lo que le parezca», me ha dicho.  –Y el buen criado miraba a su señor, riendo &lt;br /&gt;con los ojos, con las manos en los bolsillos y la cabeza ligeramente inclinada. &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich callaba. Después, una bondadosa y triste sonrisa iluminó su hermoso semblante. &lt;br /&gt;–Y bien, Mateo, ¿qué te parece? –dijo moviendo la cabeza. &lt;br /&gt;–Todo se arreglará, señor –opinó optimista el ayuda de cámara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 3&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Lo crees así? &lt;br /&gt;–Sí, señor. &lt;br /&gt;–¿Por qué te lo figuras? ¿Quién va? –agregó el Principe al sentir detrás de la puerta el roce de una falda. &lt;br /&gt;–Yo, señor –repuso una voz firme y agradable. &lt;br /&gt;Y en la puerta apareció el rostro picado de viruelas del aya, Matena Filimonovna. &lt;br /&gt;–¿Qué hay, Matrecha? –preguntó Esteban Arkadievich, saliendo a la puerta. &lt;br /&gt;Aunque pasase por muy culpable a los ojos de su mujer y a los suyos propios, casi todos los de la casa, incluso Matrecha, la &lt;br /&gt;más íntima de Daria Alejandrovna, estaban de su parte. &lt;br /&gt;–¿Qué hay? –repitió el Principe, con tristeza. &lt;br /&gt;–Vaya usted a verla, señor, pídale perdón otra vez... ¡Acaso Dios se apiade de nosotros! Ella sufre mucho y da lástima de &lt;br /&gt;mirar.. Y luego, toda la casa anda revuelta. Debe usted tener compasión de l os niños. Pídale perdón, señor.. ¡Qué quiere usted! &lt;br /&gt;Al fin y al cabo no haría mas que pagar sus culpas. Vaya a verla... &lt;br /&gt;–No me recibirá... &lt;br /&gt;–Pero usted habrá hecho lo que debe. ¡Dios es misericordioso! Ruegue a Dios, señor, ruegue a Dios... &lt;br /&gt;–En fin, iré...  –dijo Esteban Arkadievich, poniéndose en carnado. Y, quitándose la bata, indicó a Mateo –: Ayúdame a &lt;br /&gt;vestirme. &lt;br /&gt;Mateo, que tenía ya en sus manos la camisa de su señor, sopló en ella como limpiándola de un polvo invisible y la ajustó al &lt;br /&gt;cuerpo bien cuidado de Esteban Arkadievich con evidente satisfacción. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;III &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich, ya vestido, se perfumó con un pulve rizador, se ajustó los puños de la camisa y, con su ademán ha -&lt;br /&gt;bitual, guardó en los bolsillos los cigarros, la cartera, el reloj de doble cadena... &lt;br /&gt;Se sacudió ligeramente con el pañuelo y, sintiéndose limpio, perfumado, sano y materialmente alegre a pesar de su disgusto, &lt;br /&gt;salió con redo paso y se dirigió al comedor, donde le aguardaban el café y, al lado, las camas y los expedientes de la oficina. &lt;br /&gt;Leyó las cartas. Una era muy desagradable, porque proce día del comerciante que compraba la madera de las propiedades de &lt;br /&gt;su mujer y, como sin reconciliarse con ella no era posible realizar la operación, parecía que se mezclase un interés material con &lt;br /&gt;su deseo de restablecer la armonía en su casa. La posibilidad de que se pensase que el interés de aquella venta le inducía a &lt;br /&gt;buscar la reconciliación le disgustaba. &lt;br /&gt;Leído el correo, Esteban Arkadievich tomó los documentos de la oficina, hojeó con rapidez un p ar de expedientes, hizo unas &lt;br /&gt;observaciones en los márgenes con un enorme lápiz, y luego comenzó a tomarse el café, a la vez que leía el perió dico de la &lt;br /&gt;mañana, húmeda aún la tinta de imprenta. &lt;br /&gt;Recibía a diario un periódico liberal no extremista, sino part idario de las orientaciones de la mayoría. Aunque no le in -&lt;br /&gt;teresaban el arte, la política ni la ciencia, Esteban Arkadievich profesaba firmemente las opiniones sustentadas por la mayoría y &lt;br /&gt;por su periódico. Sólo cambiaba de ideas cuando éstos variaban o, dicho con más exactitud, no las cambiaba nunca, sino que se &lt;br /&gt;modiîicaban por sí solas en él sin que ni él mismo se diese cuenta. &lt;br /&gt;No escogía, pues, orientaciones ni modos de pensar, antes dejaba que las orientaciones y modos de pensar viniesen a su &lt;br /&gt;encuentro, del mismo modo que no elegía el corte de sus som breros o levitas, sino que se limitaba a aceptar la moda corriente. &lt;br /&gt;Como vivía en sociedad y se hallaba en esa edad en que ya se necesita tener opiniones, acogía las ajenas que le convenían. Si &lt;br /&gt;optó por el  liberalismo y no por el conservadu rismo, que también tenía muchos partidarios entre la gente, no fue por &lt;br /&gt;convicción íntima, sino porque el liberalismo cuadraba mejor con su género de vida. &lt;br /&gt;El partido liberal aseguraba que todo iba mal en Rusia y en efec to, Esteban Arkadievich tenía muchas deudas y sufría &lt;br /&gt;siempre de una grave penuria de dinero. Agregaban los libera les que el matrimonio era una institución caduca, necesitada de &lt;br /&gt;urgente reforma, y Esteban Arkadievich encontraba, en efecto, escaso interés e n la vida familiar, por lo que tenía que fingir &lt;br /&gt;contrariando fuertemente sus inclinaciones. &lt;br /&gt;Finalmente, el partido liberal sostenía o daba a entender que la religión no es más que un freno para la parte inculta de la &lt;br /&gt;población, y Esteban Arkadievich estaba de acuerdo, ya que no podía asistir al más breve oficio religioso sin que le dolieran las &lt;br /&gt;piernas1. Tampoco comprendía por qué se inquie taba a los fieles con tantas palabras terribles y solemnes rela tivas al otro &lt;br /&gt;mundo cuando en éste se podía vivir tan bien y tan a gusto. Añádase a esto que Esteban Arkadievich no desaprovechaba nunca &lt;br /&gt;la ocasión de una buena broma y se divertía con gusto escandalizando a las gentes tranquilas, sos teniendo que ya que querían &lt;br /&gt;envanecerse de su origen, era preciso no detenerse en Rurik2 y renegar del mono, que era el antepasado más antiguo. &lt;br /&gt;De este modo, el liberalismo se convirtió para Esteban Ar kadievich en una costumbre; y le gustaba el periódico, como el &lt;br /&gt;cigarro después de las comidas, por la ligera bruma con que envolvía su cerebro. &lt;br /&gt;Leyó el artículo de fondo, que afirmaba que es absurdo que en nuestros tiempos se levante el grito aseverando que el radi -&lt;br /&gt;calismo amenaza con devorar todo lo tradicional y que urge adoptar medidas para aplastar la hidra revolucionaria, ya  que, &lt;br /&gt;«muy al contrario, nuestra opinión es que el mal no está en esta supuesta hidra revolucionaria, sino en el terco tradiciona lismo &lt;br /&gt;que retarda el progreso...» . &lt;br /&gt;Luego repasó otro artículo, éste sobre finanzas, en el que se citaba a Bentham y a Mill, y  se atacaba de una manera velada al &lt;br /&gt;Ministerio. Gracias a la claridad de su juicio comprendía en seguida todas las alusiones, de dónde partían y contra quién iban &lt;br /&gt;dirigidas, y el comprobarlo le producía cierta satisfacción. &lt;br /&gt;Pero hoy estas satisfacciones es taban acibaradas por el re cuerdo de los consejos de Matrena Filimonovna y por la idea del &lt;br /&gt;desorden que reinaba en su casa.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentario: En Rusia no &lt;br /&gt;existen bancos en las iglesias y no &lt;br /&gt;hay más remedio que escuchar de &lt;br /&gt;pie los oficios religiosos. &lt;br /&gt;Comentario: Fundador de la &lt;br /&gt;primera dinastía rusa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 4&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Leyó después que, según se decía, el conde Beist había par tido para Wiesbaden, que no habría ya nunca más canas, que se &lt;br /&gt;vendía un cochecillo ligero y que una joven ofrecía sus servicios. &lt;br /&gt;Pero semejantes noticias no le causaban hoy la satisfacción tranquila y ligeramente irónica de otras veces. &lt;br /&gt;Terminado el periódico, la segunda taza de café y el kalach 3 con mantequilla, Esteban Arkadievich se levantó, se limpió las &lt;br /&gt;migas que le cayeran en el chaleco y, sacando mucho el pecho, sonrió jovialmente, no como reflejo de su estado de espíritu, &lt;br /&gt;sino con el optimismo de una buena digestión. &lt;br /&gt;Pero aquella sonrisa alegre le recordó de pronto su situación, y se puso serio y reflexionó. &lt;br /&gt;Tras la puerta se oyeron dos voces infantiles, en las que reconoció las de Gricha, su hijo menor, y la de Tania, su hija de más &lt;br /&gt;edad. Los niños acababan de dejar caer alguna cosa. &lt;br /&gt;–¡Ya te dije que los pasajeros no pueden ir en el techo! –gritaba la niña en inglés–. ¿Ves? Ahora tienes que levantarlos. &lt;br /&gt;«Todo anda revuelto –pensó Esteban Arkadievich–. Los niños juegan donde quieren, sin que nadie cuide de ellos.» &lt;br /&gt;Se acercó a la puerta y les llamó. Los chiquillos, dejando una caja con la que representaban un tren, entraron en el comedor. &lt;br /&gt;Tania, la predilecta del Príncipe, corrió atrevidamente hacia él y se colgó a su cuello, feliz de poder respirar el caracte rístico &lt;br /&gt;perfume de sus patillas. Después de haber besado e l rostro de su padre, que la ternura y la posición inclinada en que estaba &lt;br /&gt;habían enrojecido, Tania se disponía a salir. Pero él la retuvo. &lt;br /&gt;–¿Qué hace mamá?  –preguntó, acariciando el terso y suave cuello de su hija –. ¡Hola! –añadió, sonriendo, dirigiéndose al &lt;br /&gt;niño, que le había saludado. &lt;br /&gt;Reconocía que quería menos a su hijo y procuraba disimu larlo y mostrarse igualmente amable con los dos, pero el pe queño &lt;br /&gt;se daba cuenta y no correspondió con ninguna sonrisa a la sonrisa fría de su padre. &lt;br /&gt;–Mamá ya está levantada –contestó la niña. &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich suspiró. &lt;br /&gt;«Eso quiere decir que ha pasado la noche en vela», pensó. &lt;br /&gt;–¿Y está contenta? &lt;br /&gt;La pequeña sabía que entre sus padres había sucedido algo, que mamá no estaba contenta y que a papá debía constarle y no &lt;br /&gt;había de fingir ignorarlo preguntando con aquel tono indi ferente. Se ruborizó, pues, por la mentira de su padre. Él, a su vez, &lt;br /&gt;adivinó los sentimientos de Tania y se sonrojó también. &lt;br /&gt;–No sé –repuso la pequeña–: mamá nos dijo que no estudiásemos hoy, que fuésemos con miss Hull a ver a la abuelita. &lt;br /&gt;–Muy bien. Ve, pues, donde te ha dicho la mamá, Tania. Pero no; espera un momento  –dijo, reteniéndola y acariciando la &lt;br /&gt;manita suave y delicada de su hija. &lt;br /&gt;Tomó de la chimenea una caja de bombones que dejara allí e l día antes y ofreció dos a Tania, eligiendo uno de chocolate y &lt;br /&gt;otro de azúcar, que sabía que eran los que más le gustaban. &lt;br /&gt;–Uno es para Gricha, ¿no, papá? –preguntó la pequeña, señalando el de chocolate. &lt;br /&gt;–Sí, sí... &lt;br /&gt;Volvió a acariciarla en los hombros, le besó la nuca y la dejó marchar. &lt;br /&gt;–El coche está listo, señor –dijo Mateo–. Y le está esperando un visitante que quiere pedirle no sé qué... &lt;br /&gt;–¿Hace rato que está ahí? &lt;br /&gt;–Una media horita. &lt;br /&gt;–¿Cuántas veces te he dicho que anuncies las visitas en seguida? &lt;br /&gt;–¡Lo menos que puedo hacer es dejarle tomar tranquilo su café, señor  –replicó el criado con aquel tono entre amistoso y &lt;br /&gt;grosero que no admitía réplica. &lt;br /&gt;–Vaya, pues que entre –dijo Oblonsky, con un gesto de desagrado. &lt;br /&gt;La solicitante, la esposa del teniente Kalini n, pedía una cosa estúpida a imposible. Pero Esteban Arkadievich, según su &lt;br /&gt;costumbre, la hizo entrar, la escuchó con atención y, sin in terrumpirla, le dijo a quién debía dirigirse para obtener lo que &lt;br /&gt;deseaba y hasta escribió, con su letra grande, hermosa y clara, una carta de presentación para aquel personaje. &lt;br /&gt;Despachada la mujer del oficial, Oblonsky tomó el som brero y se detuvo un momento, haciendo memoria para recor dar si &lt;br /&gt;olvidaba algo. Pero nada había olvidado, sino lo que quería olvidar: su mujer. &lt;br /&gt;«Eso es. ¡Ah, sí!» , se dijo, y sus hermosas facciones se ensombrecieron. «¿Iré o no?» &lt;br /&gt;En su interior una voz le decía que no, que nada podía resultar sino fingimientos, ya que era imposible volver a convertir a su &lt;br /&gt;esposa en una mujer atractiva, capaz de enamorarle, como era imposible convertirle a él en un viejo incapaz de sentirse atraído &lt;br /&gt;por las mujeres hermosas. &lt;br /&gt;Nada, pues, podía resultar sino disimulo y mentira, dos cosas que repugnaban a su carácter. &lt;br /&gt;«No obstante, algo hay que hacer. No podemos seguir así», se dijo, tratando de animarse. &lt;br /&gt;Ensanchó el pecho, sacó un cigarrillo, lo encendió, le dio dos chupadas, lo tiró en el cenicero de nácar y luego, con paso &lt;br /&gt;rápido, se dirigió al salón y abrió la puerta que comunicaba con el dormitorio de su mujer. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;IV &lt;br /&gt;Daria Alejandrovna, vestida con una sencilla bata y rodeada de prendas y objetos esparcidos por todas partes, estaba de pie &lt;br /&gt;ante un armario abierto del que iba sacando algunas cosas. Se había anudado con prisas sus cabellos, ahora escasos, pero un día &lt;br /&gt;espesos y hermosos, sobre la nuca, y sus ojos, agrandados por la delgadez de su rostro, tenían una expresión asustada. &lt;br /&gt;Al oír los pasos de su marido, interrumpió lo que estaba haciendo y se volvió hacia la puerta, intentando en vano ocultar bajo &lt;br /&gt;una expresión severa y de desprecio, la turbación que le causaba aquella entrevista.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentario: Panecillo muy &lt;br /&gt;fino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 5&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo menos diez veces en aquellos tres días había comen zado la tarea de separar sus cosas y las de sus niños para lle varlas a &lt;br /&gt;casa de su madre, donde pensaba irse. Y nunca conseguía llevarlo a cabo. &lt;br /&gt;Como todos los días, se decía a sí misma que no era posi ble continuar así, que había que resolver algo, castigar a su marido, &lt;br /&gt;afrentarle, devolverle, aunque sólo fuese en parte, el dolor que él le había causado. Pero mientras se decía  que ha bía de &lt;br /&gt;marchar, reconocía en su interior que no era posible, porque no podía dejar de considerarle como su esposo, no po día, sobre &lt;br /&gt;todo, dejar de amarle. &lt;br /&gt;Comprendía, además, que si aquí, en su propia casa, no ha bía podido atender a sus cinco hijo s, peor lo habría de conseguir &lt;br /&gt;en otra. Ya el más pequeño había experimentado las con secuencias del desorden que reinaba en la casa y había enfer mado por &lt;br /&gt;tomar el día anterior un caldo mal condimentado, y poco faltó para que los otros se quedaran el día antes sin comer. &lt;br /&gt;Sabía, pues, que era imposible marcharse; pero se engañaba a sí misma fingiendo que preparaba las cosas para hacerlo. &lt;br /&gt;Al ver a su marido, hundió las manos en un cajón, como si buscara algo, y no se volvió para mirarle hasta que lo tuvo a s u &lt;br /&gt;lado. Su cara, que quería ofrecer un aspecto severo y resuelto, denotaba sólo sufrimiento a indecisión. &lt;br /&gt;–¡Dolly! –murmuró él, con voz tímida. &lt;br /&gt;Y bajó la cabeza, encogiéndose y procurando adoptar una actitud sumisa y dolorida, pero, a pesar de todo, se le  veía re-&lt;br /&gt;bosante de salud y lozanía. Ella le miró de cabeza a pies con una rápida mirada. &lt;br /&gt;«Es feliz y está contento  –se dijo–. ¡Y en cambio yo! ¡Ah, esa odiosa bondad suya que tanto le alaban todos! ¡Yo le &lt;br /&gt;aborrezco más por ella!» &lt;br /&gt;Contrajo los labios y un músculo de su mejilla derecha tembló ligeramente. &lt;br /&gt;–¿Qué quiere usted? –preguntó con voz rápida y profunda, que no era la suya. &lt;br /&gt;–Dolly –repitió él con voz insegura–. Ana llega hoy. &lt;br /&gt;–¿Y a mí qué me importa? No pienso recibirla –exclamó su mujer. &lt;br /&gt;–Es necesario que la recibas, Dolly. &lt;br /&gt;–¡Váyase de aquí, váyase! –le gritó ella, como si aquellas exclamaciones le fuesen arrancadas por un dolor físico. &lt;br /&gt;Oblonsky pudo haber estado tranquilo mientras pensaba en su mujer, imaginando que todo se arreglaría, según le dije ra &lt;br /&gt;Mateo, en tanto que leía el periódico y tomaba el café. Pero al contemplar el rostro de Dolly, cansado y dolorido, al oír su re -&lt;br /&gt;signado y desesperado acento, se le cortó la respiración, se le oprimió la garganta y las lágrimas afluyeron a sus ojos. &lt;br /&gt;–¡Oh, Dios mío, Dolly, qué he hecho! –murmuró. No pudo decir más, ahogada la voz por un sollozo. &lt;br /&gt;Ella cerró el armario y le miró. &lt;br /&gt;–¿Qué te puedo decir, Dolly? Sólo una cosa: que me per dones... ¿No crees que los nueve años que llevamos juntos merecen &lt;br /&gt;que olvidemos los momentos de... &lt;br /&gt;Dolly bajó la cabeza, y escuchó lo que él iba a decirle, como si ella misma le implorara que la convenciese. &lt;br /&gt;–¿... los momentos de ceguera? –siguió él. &lt;br /&gt;E iba a continuar, pero al oír aquella expresión, los labios de su mujer volvier on a contraerse, como bajo el efecto de un &lt;br /&gt;dolor físico, y de nuevo tembló el músculo de su mejilla. &lt;br /&gt;–¡Váyase, váyase de aquí –gritó con voz todavía más estridente– y no hable de sus cegueras ni de sus villanías! &lt;br /&gt;Y trató ella misma de salir, pero hubo de  apoyarse, desfalleciente, en el respaldo de una silla. El rostro de su marido parecía &lt;br /&gt;haberse dilatado; tenía los labios hinchados y los ojos llenos de lágrimas. &lt;br /&gt;–¡Dolly! –murmuraba, dando rienda suelta a su llanto –. Piensa en los niños... ¿Qué culpa tien en ellos? Yo sí soy culpable y &lt;br /&gt;estoy dispuesto a aceptar el castigo que merezca. No encuentro palabras con qué expresar lo mal que me he por tado. &lt;br /&gt;¡Perdóname, Dolly! &lt;br /&gt;Ella se sentó. Oblonsky oía su respiración, fatigosa y pe sada, y se sintió invadido, por  su mujer, de una infinita com pasión. &lt;br /&gt;Dolly quiso varias veces empezar a hablar; pero no pudo. Él esperaba. &lt;br /&gt;–Tú te acuerdas de los niños sólo para valerte de ellos, pero yo sé bien que ya están perdidos  –dijo ella, al fin, repitiendo una &lt;br /&gt;frase que, seguramente, se había dicho a sí misma más de una vez en aquellos tres días. &lt;br /&gt;Le había tratado de tú. Oblonsky la miró reconocido, y se adelantó para cogerle la mano, pero ella se apartó de su esposo con &lt;br /&gt;repugnancia. &lt;br /&gt;–Pienso en los niños, haría todo lo posible para salvarles, pero no sé cómo. ¿Quitándoles a su padre o dejándoles cerca de un &lt;br /&gt;padre depravado, sí, depravado? Ahora, después de lo pasado  –continuó, levantando la voz –, dígame: ¿cómo es posible que &lt;br /&gt;sigamos viviendo juntos? ¿Cómo puedo vivir con un homb re, el padre de mis hijos, que tiene relaciones amoro sas con la &lt;br /&gt;institutriz de sus hijos? &lt;br /&gt;–¿Y qué quieres que hagamos ahora? ¿Qué cabe hacer?  –repuso él, casi sin saber lo que decía, humillando cada vez más la &lt;br /&gt;cabeza. &lt;br /&gt;–Me da usted asco, me repugna usted  –gritó Dolly, cada vez más agitada –. ¡Sus lágrimas son agua pura! ¡Jamás me ha &lt;br /&gt;amado usted! ¡No sabe lo que es nobleza ni sentimiento!... Le veo a usted como a un extraño, sí, como a un extraño  –dijo, &lt;br /&gt;repitiendo con cólera aquella palabra para ella tan terrible: un extraño. &lt;br /&gt;Oblonsky la miró, asustado y asombrado de la ira que se retrataba en su rostro. No comprendía que lo que provocaba la ira &lt;br /&gt;de su mujer era la lástima que le manifestaba. Ella sólo veía en él compasión, pero no amor. &lt;br /&gt;«Me aborrece, me odia y no me perdonará», pensó Oblonsky. &lt;br /&gt;–¡Es terrible, terrible! –exclamó. &lt;br /&gt;Se oyó en aquel momento gritar a un niño, que se había, se guramente, caído en alguna de las habitaciones. Daria Alejan -&lt;br /&gt;drovna prestó oído y su rostro se dulcificó repentinamente. Perman eció un instante indecisa como si no supiera qué hacer y, al &lt;br /&gt;fin, se dirigió con rapidez hacia la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 6&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Quiere a mi hijo», pensó el Príncipe. «Basta ver cómo ha cambiado de expresión al oírle gritar. Y si quiere a mi hijo, ¿cómo &lt;br /&gt;no ha de quererme a mí?» &lt;br /&gt;–Espera, Dolly: una palabra más –dijo, siguiéndola. &lt;br /&gt;–Si me sigue, llamaré a la gente, a mis hijos, para que to dos sepan que es un villano. Yo me voy ahora mismo de casa. &lt;br /&gt;Continúe usted viviendo aquí con su amante. ¡Yo me voy ahora mismo de casa! &lt;br /&gt;Y salió, dando un portazo. &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich suspiró, se secó el rostro y lentamente se dirigió hacia la puerta. &lt;br /&gt;«Mateo dice que todo se arreglará» , reflexionaba, «pero no sé cómo. No veo la manera ¡Y qué modo de gritar! ¡Qué tér -&lt;br /&gt;minos! Villano, amante...  –se dijo, recordando las palabras de su mujer –. ¡Con tal que no la hayan oído las criadas! ¡Es &lt;br /&gt;terrible! » , se repitió. Permaneció en pie unos segundos, se en jugó las lágrimas, suspiró, y, levantando el pecho, salió de la &lt;br /&gt;habitación. &lt;br /&gt;Era viernes. En el comedo r, el relojero alemán estaba dando cuerda a los relojes. Esteban Arkadievich recordó su broma &lt;br /&gt;acostumbrada, cuando, hablando de aquel alemán calvo, tan puntual, decía que se le había dado cuerda a él para toda la vida a &lt;br /&gt;fin de que él pudiera darle a su vez  a los relojes, y sonrió. A Esteban Arkadievich le gustaban las bromas diver tidas. «Acaso», &lt;br /&gt;volvió a pensar, «se arregle todo! ¡Qué hermosa palabra arreglar!», se dijo. «Habrá que contar también ese chiste. » &lt;br /&gt;Llamó a Mateo: &lt;br /&gt;–Mateo, prepara la habitación para Ana Arkadievna. Di a María que te ayude. &lt;br /&gt;–Está bien, señor. &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich se puso la pelliza y se encaminó hacia la escalera. &lt;br /&gt;–¿No come el señor en casa? –preguntó Mateo, que iba a su lado. &lt;br /&gt;–No sé; veremos. Toma, para el gasto –dijo Oblonsky, sacando diez rublos de la cartera–. ¿Te bastará? &lt;br /&gt;–Baste o no, lo mismo nos tendremos que arreglar ––dijo Mateo, cerrando la portezuela del coche y subiendo la escalera. &lt;br /&gt;Entre tanto, calmado el niño y comprendiendo por el ruido del carruaje que su esposo se  iba, Daria Alejandrovna volvió a su &lt;br /&gt;dormitorio. Aquél era su único lugar de refugio contra las preocupaciones domésticas que la rodeaban apenas salía de allí. Ya &lt;br /&gt;en aquel breve momento que pasara en el cuarto de los niños, la inglesa y Matrena la habían preguntado acerca de varias cosas &lt;br /&gt;urgentes que había que hacer y a las que sólo ella podía contestar. «¿Qué tenían que ponerse los niños para ir de paseo?» «¿Les &lt;br /&gt;daban leche?» «¿Se buscaba otro cocinero o no?» &lt;br /&gt;–¡Déjenme en paz! –había contestado Dolly, y,  volviéndose a su dormitorio, se sentó en el mismo sitio donde antes había &lt;br /&gt;hablado con su marido, se retorció las manos cargadas de sortijas que se deslizaban de sus dedos huesudos, y co menzó a &lt;br /&gt;recordar la conversación tenida con él. &lt;br /&gt;«Ya se ha ido», pensaba. «¿Cómo acabará el asunto de la institutriz? ¿Seguirá viéndola? Debí habérselo preguntado. &lt;br /&gt;No, no es posible reconciliarse... Aun si seguimos viviendo en la misma casa, hemos de vivir como extraños el uno para el &lt;br /&gt;otro. ¡Extraños para siempre!», repitió, recalcando aquellas terribles palabras. «¡Y cómo le quería! ¡Cómo le quería, Dios mío! &lt;br /&gt;¡Cómo le he querido! Y ahora mismo: ¿no le quiero, y acaso más que antes? Lo horrible es que ...» &lt;br /&gt;No pudo concluir su pensamiento porque Matrena Filimonovna se presentó en la puerta. &lt;br /&gt;–Si me lo permite, mandaré a buscar a mi hermano, se ñora ––dijo–. Si no, tendré que preparar yo la comida, no sea que los &lt;br /&gt;niños se queden sin comer hasta las seis de la tarde, como ayer. &lt;br /&gt;–Ahora salgo y miraré lo que se haya de hacer. ¿Habéis enviado por leche fresca? &lt;br /&gt;Y Daria Alejandrovna, sumiéndose en las preocupaciones cotidianas, ahogó en ellas momentáneamente su dolor. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;V &lt;br /&gt;Aunque nada tonto, Esteban Arkadievich era perezoso y travieso, por lo que salió del colegio figurando entre los últimos. &lt;br /&gt;Con todo, pese a su vida de disipación, a su modesto grado y a su poca edad, ocupaba el cargo de presidente de un Tribu nal &lt;br /&gt;público de Moscú. Había obtenido aquel empleo gracias a la influencia del marido de su hermana Ana, Alexis Alejan drovich &lt;br /&gt;Karenin, que ocupaba un alto cargo en el Ministerio del que dependía su oficina. &lt;br /&gt;Pero aunque Karenin no le hubiera colocado en aquel puesto, Esteban Arkadievich, por mediación de un centenar de &lt;br /&gt;personas, hermanos o hermanas, primos o tíos, habría con seguido igualmente aquel cargo a otro parecido que le permi tiese &lt;br /&gt;ganar los seis mil rublos anuales que le eran precisos, dada la mala situación de sus negocios, aun contando con los bienes que &lt;br /&gt;poseía su mujer. &lt;br /&gt;La mitad de la gente de posición de Moscú y San Peter sburgo eran amigos o parientes de Esteban Arkadievich.  Nació en el &lt;br /&gt;ambiente de los poderosos de este mundo. Una tercera parte de los altos funcionarios, los antiguos, habían sido ami gos de su &lt;br /&gt;padre y le conocían a él desde la cuna. Con otra tercera parte se tuteaba, y la parte restante estaba compuesta de conocidos con &lt;br /&gt;los que mantenía cordiales relaciones. &lt;br /&gt;De modo que los distribuidores de los bienes terrenales –como cargos, arrendamientos, concesiones, etcétera– eran amigos o &lt;br /&gt;parientes y no habían de dejar en la indigencia a uno de los suyos. &lt;br /&gt;Así, para obtener un buen puesto, Oblonsky no necesitó esforzarse mucho. Le bastó no contradecir, no envidiar, no disputar, &lt;br /&gt;no enojarse, todo lo cual le era fácil gracias a la bon dad innata de su carácter. Le habr ía parecido increíble no en contrar un &lt;br /&gt;cargo con la retribución que necesitaba, sobre todo no ambicionando apenas nada: sólo lo que habían obtenido otros amigos de &lt;br /&gt;su edad y que estuviera al alcance de sus aptitudes. &lt;br /&gt;Los que le conocían, no sólo apreciaba n su carácter jovial y bondadoso y su indiscutible honradez, sino que se sentían &lt;br /&gt;inclinados hacia él incluso por su arrogante presencia, sus bri llantes ojos, sus negras cejas y su rostro blanco y sonrosado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 7&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando alguno le encontraba exteriorizaba en seguida su contento: «¡Aquí esta Stiva Oblonsky!», exclamaba al verle aparecer, &lt;br /&gt;casi siempre sonriendo con jovialidad. &lt;br /&gt;Y, si bien después de una conversación con él no se producía ninguna especial satisfacción, las gentes, un día y otro, cuando &lt;br /&gt;le veían, volvían a acogerle con idéntico regocijo. &lt;br /&gt;En los tres años que llevaba ejerciendo su cargo en Moscú, Esteban Arkadievich había conseguido, no sólo atraerse el afecto, &lt;br /&gt;sino el respeto de compañeros, subordinados, jefes y de cuantos le trataban. Las principal es cualidades que le ha cían ser &lt;br /&gt;respetado en su oficina eran, ante todo, su indulgencia con los demás –basada en el reconocimiento de sus propios defectos– y, &lt;br /&gt;después, su sincero liberalismo. No aquel liberalismo de que hablaban los periódicos, sino un  liberalismo que llevaba en la &lt;br /&gt;sangre, y que le hacía tratar siempre del mismo modo a todos, sin distinción de posiciones y jerarquías, y finalmente –y era ésta &lt;br /&gt;la cualidad principal– la perfecta indiferencia que le inspiraba su cargo, lo que le permitía  no entusiasmarse demasiado con él &lt;br /&gt;ni cometer errores. &lt;br /&gt;Entrando en su oficina, Oblonsky pasó a su pequeño gabi nete particular, seguido del respetuoso conserje, que le lle vaba la &lt;br /&gt;cartera. Se vistió allí el uniforme y entró en el despacho. &lt;br /&gt;Los escribientes y oficiales se pusieron en pie, saludándole con jovialidad y respeto. Como de costumbre, Esteban Arka -&lt;br /&gt;dievich estrechó las manos a los miembros del Tribunal y se sentó en su puesto. Bromeó y charló un rato, no más de lo &lt;br /&gt;conveniente, y comenzó a trabajar. &lt;br /&gt;Nadie mejor que él sabía deslindar los límites de la llaneza oportuna y la seriedad precisa para hacer agradable y eficaz el &lt;br /&gt;trabajo. &lt;br /&gt;El secretario se acercó con los documentos del día, y le ha bló con el tono de familiaridad que introdujera en la oficina  el &lt;br /&gt;propio Esteban Arkadievich. &lt;br /&gt;–Al fin hemos recibido los datos que necesitábamos de la administración provincial de Penza. Aquí están. Con su permiso... &lt;br /&gt;–¿Conque ya se recibieron?  –exclamó Esteban Arkadievich, poniendo la mano sobre ellos –. ¡Ea, señores! Y la ofi cina en &lt;br /&gt;pleno comenzó a trabajar. &lt;br /&gt;«¡Si ellos supieran», pensaba, mientras, con aire grave, es cuchaba el informe, « qué aspecto de chiquillo travieso cogido en &lt;br /&gt;falta tenía media hora antes su &quot;presidente de Tribunal&quot;!» &lt;br /&gt;Y sus ojos reían mientras escuchaba la lectura del expediente. &lt;br /&gt;El trabajo duraba hasta las dos, en que se abría una tregua para el almuerzo. &lt;br /&gt;Poco antes de aquella hora, las grandes puertas de la sala se abrieron de improviso y alguien penetró en ella. Los miem bros &lt;br /&gt;del tribunal, sentados bajo el retrato del Emperador y los colocados bajo el zérzalo 4, miraron hacia la puerta, satisfe chos de &lt;br /&gt;aquella diversión inesperada. Pero el ujier hizo salir en seguida al recién llegado y cerró trás él la puerta vidriera. &lt;br /&gt;Una vez examinado el expediente, Oblonsky se levantó, se desperezó y, rindiendo tributo al liberalismo de los tiempos que &lt;br /&gt;corrían, encendió un cigarrillo en plena sala del consejo y se dirigó a su despacho. &lt;br /&gt;Sus dos amigos, el veterano empleado Nikitin y el gentilhombre de cámara Grinevich, le siguieron. &lt;br /&gt;–Después de comer tendremos tiempo de terminar el asunto –dijo Esteban Arkadievich. &lt;br /&gt;–Naturalmente –afirmó Nikitin. &lt;br /&gt;–¡Ese Fomin debe de ser un pillo redomado!  –dijo Grinevich refiriéndose a uno de los que estaban complicados en  el &lt;br /&gt;expediente que tenían en estudio. &lt;br /&gt;Oblonsky hizo una mueca, como para dar a entender a Gri nevich que no era conveniente establecer juicios anticipados, y no &lt;br /&gt;contestó. &lt;br /&gt;–¿Quién era el que entró mientras trabajábamos? –preguntó al ujier. &lt;br /&gt;–Uno que lo hizo  sin permiso, Excelencia, aprovechando un descuido mío. Preguntó por usted. Le dije que hasta que no &lt;br /&gt;salieran los miembros del Tribunal... &lt;br /&gt;–¿Dónde está? &lt;br /&gt;–Debe de haberse ido a la antesala. No lo podía sacar de aquí. ¡Ah, es ése!  –dijo el ujier, señalando a un individuo de buena &lt;br /&gt;figura, ancho de espaldas, con la barba rizada, el cual, sin quitarse el gorro de piel de camero, subía a toda prisa la desgastada &lt;br /&gt;escalinata de piedra. &lt;br /&gt;Un funcionario enjuto, que descendía con una cartera bajo el brazo, miró con severidad las piernas de aquel hombre y dirigió &lt;br /&gt;a Oblonsky una inquisitiva mirada. &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich estaba en lo alto de la escalera. Su rostro, resplandeciente sobre el cuello bordado del uniforme, &lt;br /&gt;resplandeció más al reconocer al recién llegado. &lt;br /&gt;–Es él, me lo figuraba. Es Levin  –dijo con sonrisa amis tosa y algo burlona –. ¿Cómo te dignas venir a visitar me en esta &lt;br /&gt;«covachuela» ? –dijo abrazando a su amigo, no contento con estrechar su mano–––. ¿Hace mucho que llegaste? &lt;br /&gt;–Ahora mismo. Tenía muchos deseos de verte –contestó Levin con timidez y mirando a la vez en torno suyo con inquietud y &lt;br /&gt;disgusto. &lt;br /&gt;–Bien: vamos a mi gabinete –dijo Oblonsky, que conocía la timidez y el excesivo amor propio de su amigo. &lt;br /&gt;Y, sujetando su brazo, le arrastró tras de sí, como si le abriera camino a través de graves peligros. &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich tuteaba a casi todos sus conocidos: ancianos de sesenta años y muchachos de veinte, artistas y &lt;br /&gt;ministros, comerciantes y generales. De modo que muchos de los que tuteaba se hallaban en ext remos opuestos de la escala &lt;br /&gt;social y habrían quedado muy sorprendidos de saber que, a través de Oblonsky, tenían algo de común entre sí. &lt;br /&gt;Se tuteaba con todos con cuantos bebía champaña una vez, y como lo bebía con todo el mundo, cuando en presencia de sus &lt;br /&gt;subordinados se encontraba con uno de aquellos «tús», como solía llamar en broma a tales amigos, de los que tuviera que aver-&lt;br /&gt;gonzarse, sabía eludir, gracias a su tacto natural, lo que aquello pudiese tener de despreciable para sus subordinados.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentario: Espejo de la &lt;br /&gt;justicia. Es un prisma triangular de &lt;br /&gt;cristal sobre cuyas tres caras están &lt;br /&gt;escritos los preceptos de Pedro el &lt;br /&gt;Grande relativos a la justicia, de &lt;br /&gt;rigor en todos los centros oficiales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 8&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Levin no era un «tú» del que pudiera avergonzarse, pero Oblonsky comprendía que su amigo pensaba que él tendría tal vez &lt;br /&gt;recelos en demostrarle su intimidad en presencia de sus subalternos y por eso le arrastró a su despacho. &lt;br /&gt;Levin era de la misma edad que Oblonsky. S u tuteo no se debía sólo a haber bebido champaña juntos, sino a haber sido &lt;br /&gt;amigos y compañeros en su primera juventud. No obstante la diferencia de sus inclinaciones y caracteres, se querían como &lt;br /&gt;suelen quererse dos amigos de la adolescencia. Pero, como pasa a menudo entre personas que eligen diversas profesiones, cada &lt;br /&gt;uno, aprobando y comprendiendo la elección del otro, la despreciaba en el fondo de su alma. &lt;br /&gt;Le parecía a cada uno de los dos que la vida que él llevaba era la única real y la del amigo una fi cción. Por eso Oblonsky no &lt;br /&gt;había podido reprimir una sonrisa burlona al ver a Levin. Varias veces le había visto en Moscú, llegado del pueblo, donde se &lt;br /&gt;ocupaba en cosas que Esteban Arkadievich no alcanzaba nunca a comprender bien, y que, por otra parte, no le interesaban. &lt;br /&gt;Levin llegaba siempre a Moscú precipitadamente, agitado, cohibido a irritado contra sí mismo por su torpeza y expre sando &lt;br /&gt;generalmente puntos de vista desconcertantes a inesperados respecto a todo. &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich encontraba aquello  muy divertido. Levin, en el fondo, despreciaba también la vida ciudadana de &lt;br /&gt;Oblonsky y su trabajo, que le parecían sin valor. La diferencia estribaba en que Oblonsky, haciendo lo que todos los demás, al &lt;br /&gt;reírse de su amigo, lo hacía seguro de sí y con buen humor, mientras que Levin carecía de serenidad y a veces se irritaba. &lt;br /&gt;–Hace mucho que te esperaba ––dijo Oblonsky, entrando en el despacho y soltando el brazo de su amigo, como para in dicar &lt;br /&gt;que habían concluido los riesgos–. Estoy muy contento de verte –––continuó–––. ¿Cuándo has llegado? &lt;br /&gt;Levin callaba, mirando a los dos desconocidos amigos de Esteban Arkadievich y fijándose, sobre todo, en la blanca mano &lt;br /&gt;del elegante Grinevich, una mano de afilados y blancos dedos y de largas uñas curvadas en su extremid ad. Aquellas manos &lt;br /&gt;surgiendo de los puños de una camisa adornados de brillantes y enormes gemelos, atraían toda la atención de Le vin, coartaban &lt;br /&gt;la libertad de sus pensamientos. &lt;br /&gt;Oblonsky se dio cuenta y sonrió. &lt;br /&gt;–Permitidme presentaros ––dijo–. Aquí, mis am igos Felipe Ivanovich Nikitin y Mijail Stanislavovich Grinevich. Y aquí  –&lt;br /&gt;añadió volviéndose a Levin–: una personalidad de los estados provinciales, un miembro de los  zemstvos5, un gran deportista, &lt;br /&gt;que levanta con una sola mano cinco puds6; el rico ganadero, formidable cazador y amigo mío Constantino Dmitrievich Levin, &lt;br /&gt;hermano de Sergio Ivanovich Kosnichev. &lt;br /&gt;–Mucho gusto en conocerle –dijo el anciano. &lt;br /&gt;–Tengo el honor de conocer a su hermano Sergio Ivanovich –aseguró Grinevich, tendiéndole su fina mano de largas uñas. &lt;br /&gt;Levin arrugó el entrecejo, le estrechó la mano con frialdad y se volvió hacia Oblonsky. Aunque apreciaba mucho a su &lt;br /&gt;hermano de madre, célebre escritor, le resultaba intolerable que no le consideraran a él como Constantino Levin, sino como &lt;br /&gt;hermano del ilustre Koznichev. &lt;br /&gt;–Ya no pertenezco al zemstvo –dijo, dirigiéndose a Oblonsky–. Me peleé con todos. No asisto ya a sus reuniones. &lt;br /&gt;–¡Caramba, qué pronto te has cansado! ¿Como ha sido eso? –preguntó su amigo, sonriendo. &lt;br /&gt;–Es una historia larga. Otro día te la contaré –replicó Levin. &lt;br /&gt;Pero a continuación comenzó a relatarla: &lt;br /&gt;–En una palabra: tengo la certeza de que no se hace ni se podrá hacer nada de provecho con los  zemstvos –profirió como si &lt;br /&gt;contestase a una injuria–. Por un lado, se juega al parl amento, y yo no soy ni bastante viejo ni bastante joven para divertirme &lt;br /&gt;jugando. Por otra parte  –Levin hizo una pausa – ... es una manera que ha hallado la coterie 7 rural de sacar el jugo a las &lt;br /&gt;provincias. Antes había juicios y tutelas, y ahora  zemstvos, no en forma de gratificaciones, sino de suel dos inmerecidos  –&lt;br /&gt;concluyó con mucho calor, como si alguno de los presentes le hubiese rebatido las opiniones. &lt;br /&gt;–Por lo que veo, atraviesas una fase nueva, y esta vez conservadora –dijo Oblonsky–. Pero ya hablaremos de eso después. &lt;br /&gt;–Sí, después... Pero antes quería hablarte de cierto asunto... –repuso Levin mirando con aversión la mano de Grinevich. &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich sonrió levemente. &lt;br /&gt;–¿No me decías que no te pondrías jamás vestidos eu ropeos?  –preguntó a Levi n, mirando el traje que éste vestía, &lt;br /&gt;seguramente cortado por un sastre francés–. ¡Cuando digo que atraviesas una nueva fase! &lt;br /&gt;Levin se sonrojo, pero no como los adultos, que se ponen encarnados casi sin darse cuenta, sino como los niños, que al &lt;br /&gt;ruborizarse comprenden lo ridículo de su timidez, lo que excita más aún su rubor, casi hasta las lágrimas. &lt;br /&gt;Hacía un efecto tan extraño ver aquella expresión pueril en el rostro varonil a inteligente de su amigo que Oblonsky desvió la &lt;br /&gt;mirada. &lt;br /&gt;–¿Dónde nos podemos ver? –preguntó Levin–. Necesito hablarte. &lt;br /&gt;Oblonsky reflexionó. &lt;br /&gt;–Vamos a almorzar al restaurante Gurin –dijo– y allí hablaremos. Estoy libre hasta las tres. &lt;br /&gt;–No –dijo Levin, después de pensarlo un momento–. Antes tengo que ir a otro sitio. &lt;br /&gt;–Entonces cenaremos juntos por la noche. &lt;br /&gt;–Pero, ¿para qué cenar? Al fin y al cabo no tengo nada es pecial que decirte. Sólo preguntarte dos palabras, y después &lt;br /&gt;podremos hablar. &lt;br /&gt;–Pues dime las dos palabras ahora y hablemos por la noche. &lt;br /&gt;–Se trata –empezó Levin– ... De todos modos, no es nada de particular. &lt;br /&gt;En su rostro se retrató una viva irritación provocada por los esfuerzos que hacía para dominar su timidez. &lt;br /&gt;–¿Qué sabes de los Scherbazky? ¿Siguen sin novedad? –preguntó, por fin. &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich, a quien le constaba de ti empo atrás que Levin estaba enamorado de su cuñada Kitty, sonrió im -&lt;br /&gt;perceptiblemente y sus ojos brillaron de satisfacción. &lt;br /&gt;–Tú lo has dicho en dos palabras, pero yo en dos palabras no lo puedo contestar, porque... Perdóname un instante.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentario: Instituciones &lt;br /&gt;autónomas que, como resultado de &lt;br /&gt;las reformas introducidas bajo &lt;br /&gt;Alejandro II en la organización &lt;br /&gt;municipal, se crearon en Rusia en &lt;br /&gt;tiempo de aquel zar. &lt;br /&gt;Comentario: Un pud equivale a &lt;br /&gt;16 kilos. &lt;br /&gt;Comentario: Pandilla, &lt;br /&gt;camarilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 9&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El secretario –con respetuosa familiaridad y con la mo desta consciencia de la superioridad que todos los secretarios creen &lt;br /&gt;tener sobre sus jefes en el conocimiento de todos los asuntos – entró y se dirigió a Oblonsky llevando unos docu mentos y, en &lt;br /&gt;forma de pregunta, comenzó a explicarle una dificultad. Esteban Arkadievich, sin terminar de escucharle, puso la mano sobre &lt;br /&gt;la manga del secretario. &lt;br /&gt;–No, hágalo, de todos modos, como le he dicho –indicó, suavizando la orden con una sonrisa. Y tras explicarle la idea que él &lt;br /&gt;tenía sobre la solución del asunto, concluyó, separando los documentos–: Le ruego que lo haga así, Zajar Nikitich. &lt;br /&gt;El secretario salió un poco confundido. Levin, entre tanto, se había recobrado completamente de su turbación, y en aquel &lt;br /&gt;momento se hallaba con las manos apoyadas en el respaldo de una silla, escuchando con burlona atención. &lt;br /&gt;–No lo comprendo, no... –dijo. &lt;br /&gt;–¿El qué no comprendes? –repuso Oblonsky sonriendo y sacando un cigarrillo. &lt;br /&gt;Esperaba alguna extravagancia de parte de Levin. &lt;br /&gt;–Lo que hacéis aquí –repuso Levin, encogiéndose de hombros–. ¿Es posible que puedas tomarlo en serio? &lt;br /&gt;–¿Por qué no? &lt;br /&gt;–Porque aquí no hay nada que hacer. &lt;br /&gt;–Eso te figuras tú. Estamos abrumados de trabajo. &lt;br /&gt;–Sí: sobre el papel... Verdaderamente, tienes aptitudes para estas cosas –añadió Levin. &lt;br /&gt;–¿Qué quieres decir? &lt;br /&gt;–Nada –replicó Levin–. De todos modos, admiro tu grandeza y me siento orgulloso de tener un amigo tan im portante... Pero &lt;br /&gt;no has contestado aún a mi pregunta –terminó, mirando a Oblonsky a los ojos, con un esfuerzo desesperado. &lt;br /&gt;–Pues bien: espera un poco y también tú acabarás aquí, aunque poseas tres mil hectáreas de tierras en el distrito de &lt;br /&gt;Karasinsky, tengas tus músculos y la lozanía y agilidad de una muchacha de doce años. ¡A pesar de todo ello acabarás por &lt;br /&gt;pasarte a nuestras filas! Y respecto a lo que me has preguntado, no hay novedad. Pero es lástima que no hayas venido por aquí &lt;br /&gt;en tanto tiempo. &lt;br /&gt;–¿Pues qué pasa? –preguntó, con inquietud, Levin. &lt;br /&gt;–Nada, nada –dijo Oblonsky–. Ya charlaremos. Y en concreto, ¿qué es lo que te ha traído aquí? &lt;br /&gt;–De eso será mejor hablar también después –respondió Levin, sonrojándose hasta las orejas. &lt;br /&gt;–Bien; ya me hago cargo  –dijo Esteban Arkadievich –. Si quieres verlas, las encontrarás hoy en el Parque Zoológico, de &lt;br /&gt;cuatro a cinco. Kitty estará patinando. Ve a verlas. Yo me reuniré allí contigo y luego iremos a cualquier sitio. &lt;br /&gt;–Muy bien. Hasta luego entonces. &lt;br /&gt;–¡No te olvides de la cita! Te conozco bien: eres capaz de olvidarla o de marcharte al pueblo –exclamó, riendo, Oblonsky. &lt;br /&gt;–No, no... &lt;br /&gt;Y salió del despacho, sin acordarse de que no había saludado a los amigos de Oblonsky hasta que estuvo en la puerta. &lt;br /&gt;–Parece un hombre de carácter –dijo Grinevich cuando Levin hubo salido. &lt;br /&gt;–Sí, querido  –asintió Esteban Arkadievich, inclinando la cabeza –. ¡Es un mozo con suerte! ¡Tres mil hectáreas en Ka -&lt;br /&gt;rasinsky, joven y fuerte, y con un hermoso porvenir...! ¡No es como nosotros! &lt;br /&gt;–¿De qué se queja usted? &lt;br /&gt;–¡De que todo me va mal! –respondió Oblonsky, suspirando profundamente. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;VI &lt;br /&gt;Cuando Oblonsky preguntó  a Levin a qué había ido a Moscú, Levin se sonrojó y se indignó consigo mismo por ha berse &lt;br /&gt;sonrojado y por no haber sabido decirle: «He venido para pedir la mano de tu cuñada» , pues sólo por este motivo se &lt;br /&gt;encontraba en Moscú. &lt;br /&gt;Los Levin y los Scherbazky, antiguas familias nobles de Moscú, habían mantenido siempre entre sí cordiales relaciones, y su &lt;br /&gt;amistad se había afirmado más aún durante los años en que Levin fue estudiante. Éste se preparó a ingresó en la Universidad a &lt;br /&gt;la vez que el joven príncipe Scherbazky, el hermano de Dolly y Kitty. Levin frecuentaba entonces la casa de los Scherbazky y &lt;br /&gt;se encariñó con la familia. &lt;br /&gt;Por extraño que pueda parecer, con lo que Levin estaba encariñado era precisamente con la casa, con la familia y, sobre todo, &lt;br /&gt;con la parte femenina de la familia. &lt;br /&gt;Levin no recordaba a su madre; tenía sólo una hermana, y ésta mayor que él. Así, pues, en casa de los Scherbazky se en -&lt;br /&gt;contró por primera vez en aquel ambiente de hogar aristocrá tico a intelectual del que él no había podido goz ar nunca por la &lt;br /&gt;muerte de sus padres. &lt;br /&gt;Todo, en los Scherbazky, sobre todo en las mujeres, se presentaba ante él envuelto como en un velo misterioso, poético; y no &lt;br /&gt;sólo no veía en ellos defecto alguno, sino que suponía que bajo aquel velo poético que envol vía sus vidas se ocultaban los &lt;br /&gt;sentimientos más elevados y las más altas perfecciones. &lt;br /&gt;Que aquellas señoritas hubiesen de hablar un día en fran cés y otro en inglés; que tocasen por turno el piano, cuyas melodías &lt;br /&gt;se oían desde el cuarto de trabajo de su he rmano, donde los estudiantes preparaban sus lecciones; que tuvie sen profesores de &lt;br /&gt;literatura francesa, de música, de dibujo, de baile; que las tres, acompañadas de  mademoiselle Linon, fuesen por las tardes a &lt;br /&gt;horas fijas al boulevard Tverskoy, vestidas con sus abrigos invernales de satén –Dolly de largo, Natalia de medio largo y Kitty &lt;br /&gt;completamente de corto, de modo que se podían distinguir bajo el abriguito sus piernas cubiertas de tersas medias encarnadas–; &lt;br /&gt;que hubiesen de pasear por el boulevard Tverskoy acompañadas por un lacayo con una escarapela dorada en el sombrero; todo &lt;br /&gt;aquello y mucho más que se hacía en aquel mundo misterioso en el que ellos se movían, Levin no po día comprenderlo, pero&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 10&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;estaba seguro de que todo lo que se hacía allí era hermos o y perfecto, y precisamente por el misterio en que para él se &lt;br /&gt;desenvolvía, se sentía enamorado de ello. &lt;br /&gt;Durante su época de estudiante, casi se enamoró de la hija mayor, Dolly, pero ésta se casó poco después con Oblonsky. &lt;br /&gt;Entonces comenzó a enamorarse de la segunda, como si le fuera necesario estar enamorado de una a otra de las hermanas. Pero &lt;br /&gt;Natalia, apenas presentada en sociedad, se casó con el diplomático Lvov. Kitty era todavía una niña cuando Levin salió de la &lt;br /&gt;Universidad. El joven Scherbazky, que h abía ingresado en la Marina, pereció en el Báltico y desde entonces las relaciones de &lt;br /&gt;Levin con la familia, a pesar de su amistad con Oblonsky, se hicieron cada vez menos estrechas. Pero cuando aquel año, a &lt;br /&gt;principios de invierno, Levin volvió a Moscú desp ués de un año de au sencia y visitó a los Scherbazky, comprendió de quién &lt;br /&gt;estaba destinado en realidad a enamorarse. Al parecer, nada más sencillo  –conociendo a los Scherbazky, siendo de buena &lt;br /&gt;familia, más bien rico que pobre, y contando treinta y dos años de edad–, que pedir la mano de la princesita Kitty. Seguramente &lt;br /&gt;le habrían considerado un buen partido. Pero, como Levin estaba enamorado, Kitty le parecía tan perfecta, un ser tan por &lt;br /&gt;encima de todo lo de la tierra, y él se consideraba un hombre tan bajo y vulgar, que casi no podía imaginarse que ni Kitty ni los &lt;br /&gt;demás le encontraran digno de ella. &lt;br /&gt;Pasó dos meses en Moscú como en un sueño, coincidiendo casi a diario con Kitty en la alta sociedad, que comenzó a fre -&lt;br /&gt;cuentar para verla más a menudo; y, de re pente, le pareció que no tenía esperanza alguna de lograr a su amada y se marchó al &lt;br /&gt;pueblo. &lt;br /&gt;La opinión de Levin se basaba en que a los ojos de los pa dres de Kitty él no podía ser un buen partido, y que tampoco la &lt;br /&gt;deliciosa muchacha podía amarle. &lt;br /&gt;Ante sus padres no podía alegar una ocupación determinada, ninguna posición social, siendo así que a su misma edad, treinta &lt;br /&gt;y dos años, otros compañeros suyos eran: uno general ayudante, otro director de un banco y de una compa ñía ferroviaria, otro &lt;br /&gt;profesor, y el cuarto presidente de un tribunal de justicia, como Oblonsky... &lt;br /&gt;Él, en cambio, sabía bien cómo debían de juzgarle los de más: un propietario rural, un ganadero, un hombre sin capaci dad, &lt;br /&gt;que no hacía, a ojos de las gentes, sino lo que hacen los que no sir ven para nada: ocuparse del ganado, de cazar, de vi gilar sus &lt;br /&gt;campos y sus dependencias. &lt;br /&gt;La hermosa Kitty no podía, pues, amar a un ser tan feo como Levin se consideraba, y, sobre todo, tan inútil y tan vul gar. Por &lt;br /&gt;otra parte, debido a su amistad con el h ermano de ella ya difunto, sus relaciones con Kitty habían sido las de un hombre &lt;br /&gt;maduro con una niña, lo cual le parecía un obstácu lo más. Opinaba que a un joven feo y bondadoso, cual él creía ser, se le &lt;br /&gt;puede amar como a un amigo, pero no con la pasión que él profesaba a Kitty. Para eso había que ser un hombre gallardo y, más &lt;br /&gt;que nada, un hombre destacado. &lt;br /&gt;Es verdad que había oído decir que las mujeres aman a veces a hombres feos y vulgares, pero él no lo podía creer, y juz gaba &lt;br /&gt;a los demás por sí mismo, que sólo era capaz de amar a mujeres bonitas, misteriosas y originales. &lt;br /&gt;No obstante, después de haber pasado dos meses en la so ledad de su pueblo, comprendió que el sentimiento que le ab sorbía &lt;br /&gt;ahora no se parecía en nada a los entusiasmos de su primera juventud, pues no le dejaba momento de reposo, y vio claro que no &lt;br /&gt;podría vivir sin saber si Kitty podría o no lle gar a ser su mujer. Comprendió, además, que sus temores eran hijos de su &lt;br /&gt;imaginación y que no tenía ningún serio motivo para pensar que hubiera de ser rechazado. Y fue así como se decidió a volver a &lt;br /&gt;Moscú, resuelto a pedir la mano de Kitty y casarse con ella, si le aceptaban... Y si no... Pero no quiso ni pensar en lo que &lt;br /&gt;sucedería si era rechazada su proposición. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;VII &lt;br /&gt;Llegó a Moscú en el tren de la mañana y en seguida se diri gió a casa de Koznichev, su hermano mayor por parte de ma dre. &lt;br /&gt;Después de mudarse de ropa, entró en el despacho de su hermano dispuesto a exponerle los motivos de su viaje y pe dirle &lt;br /&gt;consejo. &lt;br /&gt;Pero Koznichev no se hallaba  solo. Le acompañaba un pro fesor de filosofía muy renombrado que había venido de Jar kov &lt;br /&gt;con el exclusivo objeto de discutir con él un tema filosófico sobre el que ambos mantenían diferentes puntos de vista. &lt;br /&gt;El profesor sostenía una ardiente polémica con  los materialistas, y Koznichev, que la seguía con interés, después de leer el &lt;br /&gt;último artículo del profesor, le escribió una carta exponién dole sus objeciones y censurándole las excesivas concesiones que &lt;br /&gt;hacía al materialismo. &lt;br /&gt;El polemista se puso en segu ida en camino para discutir la cuestión. El punto debatido estaba entonces muy en boga, y se &lt;br /&gt;reducía a aclarar si existía un límite de separación entre las facultades psíquicas y fisiológicas del hombre y dónde se ha llaba &lt;br /&gt;tal límite, de existir. &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich acogió a su hermano con la misma sonrisa fría con que acogía a todo el mundo, y después de presentarle al &lt;br /&gt;profesor, reanudó la charla. &lt;br /&gt;El profesor, un hombre bajito, con lentes, de frente estre cha, interrumpió un momento la conversación para sal udar y luego &lt;br /&gt;volvió a continuarla, sin ocuparse de Levin. &lt;br /&gt;Este se sentó, esperando que el filósofo se marchase, pero acabó interesándose por la discusión. &lt;br /&gt;Había visto en los periódicos los artículos de que se ha blaba y los había leído, tomando en ellos el  interés general que un &lt;br /&gt;antiguo alumno de la facultad de ciencias puede tomar en el desarrollo de las ciencias; pero, por su parte, jamás aso ciaba estas &lt;br /&gt;profundas cuestiones referentes a la procedencia del hombre como animal, a la acción refleja, la biolo gía, la sociología, y a &lt;br /&gt;aquella que, entre todas, le preocupaba cada vez más: la significación de la vida y la muerte. &lt;br /&gt;En cambio, su hermano y el profesor, en el curso de su dis cusión, mezclaban las cuestiones científicas con las referentes al &lt;br /&gt;alma, y cuando parecía que iban a tocar el tema principal, se desviaban en seguida, y se hundían de nuevo en la esfera de las&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 11&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;sutiles distinciones, las reservas, las citas, las alusiones, las referencias a opiniones autorizadas, con lo que Levin ape nas podía &lt;br /&gt;entender de lo que trataban. &lt;br /&gt;–No me es posible admitir  –dijo Sergio Ivanovich, con la claridad y precisión, con la pureza de dicción que le eran &lt;br /&gt;connaturales– la tesis sustentada por Keiss; es a saber: que toda concepción del mundo exterior nos es transmitida me diante &lt;br /&gt;sensaciones. La idea de que existimos la percibimos nosotros directamente, no a través de una sensación, puesto que no se &lt;br /&gt;conocen órganos especiales capaces de recibirla. &lt;br /&gt;–Pero Wurst, Knaust y Pripasov le contestarían que la idea de que existimos br ota del conjunto de todas las sensaciones y es &lt;br /&gt;consecuencia de ellas. Wurst afirma incluso que sin sensaciones no se experimenta la idea de existir. &lt;br /&gt;–Voy a demostrar lo contrario... –comenzó Sergio Ivanovich. &lt;br /&gt;Levin, advirtiendo que los interlocutores, tr as aproximarse al punto esencial del problema, iban a desviarse de nuevo de él, &lt;br /&gt;preguntó al profesor: &lt;br /&gt;–Entonces, cuando mis sensaciones se aniquilen y mi cuerpo muera, ¿no habrá ya para mí existencia posible? &lt;br /&gt;El profesor, contrariado como si aquella interr upción le produjese casi un dolor físico, miró al que le interrogaba y que más &lt;br /&gt;parecía un palurdo que un filósofo, y luego volvió los ojos a Sergio Ivanovich, como preguntándole: ¿Qué queréis que le diga? &lt;br /&gt;Pero Sergio Ivanovich hablaba con menos afectación  a intransigencia que el profesor, y comprendía tanto las objecio nes de &lt;br /&gt;éste como el natural y simple punto de vista que acababa de ser sometido a examen, sonrió y dijo: &lt;br /&gt;–Aún no estamos en condiciones de contestar adecuadamente a esa pregunta. &lt;br /&gt;–Cierto; no poseemos bastantes datos  –afirmó el profe sor. Y continuó exponiendo sus argumentos –. No  ––dijo–. Yo &lt;br /&gt;sostengo que si, corno afirma Pripasov, la sensación tiene su fundamento en la impresión, hemos de establecer entre es tas dos &lt;br /&gt;nociones una distinción rigurosa. &lt;br /&gt;Levin no quiso escuchar más y esperaba con impaciencia que el profesor se marchase. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;VIII &lt;br /&gt;Cuando el profesor se hubo ido, Sergio dijo a su hermano: –Celebro que hayas venido. ¿Por mucho tiempo? ¿Y cómo van las &lt;br /&gt;tierras? &lt;br /&gt;Levin sabía que a su herma no le interesaban poco las tierras, y si le preguntaba por ellas lo hacía por condescendencia. Le &lt;br /&gt;contestó, pues, limitándose a hablarle de la venta del trigo y del dinero cobrado. &lt;br /&gt;Habría querido hablar a su hermano de sus proyectos de matrimonio, pedirle  consejo. Pero, escuchando su conversación con &lt;br /&gt;el profesor y oyendo luego el tono de protección con que le preguntaba por las tierras (las propiedades de su madre las poseían &lt;br /&gt;los dos hermanos en común, aun que era Levin quien las administraba), tuvo la se nsación de que no habría ya de explicarse &lt;br /&gt;bien, de que no podía empezar a hablar a su hermano de su decisión, y de que éste no habría de ver seguramente las cosas &lt;br /&gt;como él deseaba que las viera. &lt;br /&gt;–Bueno, ¿y qué dices del zemstvo? –preguntó Sergio, que daba mucha importancia a aquella institución. &lt;br /&gt;–A decir verdad, no lo sé. &lt;br /&gt;–¿Cómo? ¿No perteneces a él? &lt;br /&gt;–No. He presentado la dimisión –contestó Levin– y no asisto a las reuniones. &lt;br /&gt;–¡Es lástima! ––dijo Sergio Ivanovich arrugando el entrecejo. &lt;br /&gt;Levin, para disculparse, comenzó a relatarle lo que sucedía en las reuniones. &lt;br /&gt;–Ya se sabe que siempre pasa así –le interrumpió su hermano–. Los rusos somos de ese modo. Tal vez la facultad de ver los &lt;br /&gt;defectos propios sea un hermoso rasgo de nuestro ca rácter. Pero los exageram</description>
            <pubDate>Sat, 26 May 2007 22:41:43 +0100</pubDate>
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            <link>http://tolstoi.blogcindario.com/2007/05/00013.html</link>
            <description>Después de comer, Ana subió a su cuarto a vestirse y Dolly la siguió. &lt;br /&gt;–Te encuentro extraña hoy. &lt;br /&gt;–¿Tú crees? No, no estoy extraña. Lo que pasa es que me siento triste. Esto me sucede de vez en cuando... Tengo como &lt;br /&gt;ganas de llorar. Es una tontería; ya pasará  –dijo Ana rápidamente, y ocultó su rostro enrojecido de repente, inclinándose hacia &lt;br /&gt;el otro lado para rebuscar en un saquito donde guardaba sus pañuelos y su gorro, de dormir. Sus ojos brillaban de lágrimas, que &lt;br /&gt;apenas conseguía retener–. Salí de San Petersburgo de mala gana y ahora, en cambio, me cuesta irme de aquí. &lt;br /&gt;–Hiciste bien en venir, porque has realizado una buena obra –repuso Dolly, mirándola con atención. &lt;br /&gt;Ana volvió hacia ella sus ojos llenos de lágrimas. &lt;br /&gt;–No digas eso, Dolly. Ni hice ni podía hacer nada. Hay  veces en que me pregunto el porqué de que todos se empeñen en &lt;br /&gt;mimarme tanto. ¿Qué he hecho y qué podía hacer? Has tenido bastante amor en tu corazón para perdonar, y eso fue todo. &lt;br /&gt;–¡Dios sabe lo que habría pasado de no venir tú! ¡Y es que eres tan feliz,  Ana...! ¡Hay en tu alma tanta claridad y tanta &lt;br /&gt;pureza! &lt;br /&gt;–Todos tenemos skeletons en el alma, como dicen los ingleses. &lt;br /&gt;–¿Qué skeletons puedes tener tú? ¡Todo es tan claro en tu alma! ––exclamó Dolly. &lt;br /&gt;–No obstante, los tengo –dijo Ana. Y una inesperada sonrisa maliciosa torció sus labios a través de sus lágrimas. &lt;br /&gt;–Tus skeletons se me figuran más divertidos que lúgubres ––opinó Dolly, sonriendo también. &lt;br /&gt;–Te equivocas. ¿Sabes por qué me voy hoy en vez de mañana? Es una confesión que me pesa, pero te la quiero  hacer ––dijo &lt;br /&gt;Ana, sentándose en la butaca y mirando a Dolly a los ojos. &lt;br /&gt;Y, con gran sorpresa de Dolly, su cuñada palideció hasta la raíz de sus cabellos rizados. &lt;br /&gt;–¿Sabes por qué no ha venido Kitty a comer?  –preguntó Ana–. Tiene celos de mí; he destruido su felicidad. Yo he tenido la &lt;br /&gt;culpa de que el baile de anoche, del que esperaba tanto, se convirtiese para ella en un tormento. Pero la verdad es que no soy &lt;br /&gt;culpable, o si lo soy, lo soy muy poco... ––dijo recalcando las últimas palabras. &lt;br /&gt;–Hablas lo mismo que Stiva –dijo Dolly, sonriendo. &lt;br /&gt;–¡Oh, no, no soy como él! Si te cuento esto, es porque no quiero dudar ni un minuto de mí misma. &lt;br /&gt;Mas al decirlo, Ana tuvo conciencia de su debilidad: no sólo no tenía confianza en sí misma, sino que el recuerdo de &lt;br /&gt;Vronsky le causaba tal emoción que decidía huir para no verle más. &lt;br /&gt;–Oui, Stiva, m'a raconté que has bailado toda la noche con Vronsky y que... &lt;br /&gt;–Es cosa que haría reír el extraño giro que tomaron las co sas. Me proponía favorecer el matrimonio de Kitty y en lugar d e &lt;br /&gt;ello... Acaso yo contra mi voluntad .... &lt;br /&gt;Ana se ruborizó y calló. &lt;br /&gt;–Los hombres notan esas cosas en seguida ––dijo Dolly.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentario: Esqueletos. &lt;br /&gt;Comentario: «Sí, Stiva, me han &lt;br /&gt;contado.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 41&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y yo siento que él lo tomara en serio. Pero estoy segura de que todo se olvidará en seguida y que Kitty me perdonará  –&lt;br /&gt;añadió Ana. &lt;br /&gt;–Si he de hablarte sinceramente, esa boda no me gusta demasiado para mi hermana. Ya ves que Vronsky es un hombre capaz &lt;br /&gt;de enamorarse de una mujer en un día. Siendo así, vale más que haya ocurrido lo que ocurrió. &lt;br /&gt;–¡Oh, Dios mío! ¡Sería tan absurdo eso!  –exclamó Ana. Pero un rubor que delataba su satisfacción encendió sus meji llas al &lt;br /&gt;oír expresado en voz alta su propio pensamiento. &lt;br /&gt;–Ahora me voy convertida en enemiga de Kitty, por la que sentía tanta simpatía. ¡Es tan gentil! Pero tú lo arreglarás, &lt;br /&gt;¿verdad, Dolly? &lt;br /&gt;Dolly apenas pudo contener una sonrisa. Estimaba a Ana, pero le complacía descubrir que también ella tenia debilidades. &lt;br /&gt;–¿Kitty enemiga tuya? ¡Es imposible! &lt;br /&gt;–Me gustaría irme sabiendo que me queréis todos tanto como yo os quiero a vosotros. Ahora os  quiero más que antes. ¡Ay, &lt;br /&gt;estoy hecha una tonta! –dijo Ana, con los ojos inundados de lágrimas. &lt;br /&gt;Luego se secó los ojos con el pañuelo y comenzó a arreglarse, &lt;br /&gt;Cuando se disponía ya a salir, se presentó Esteban Arkadievich, muy acalorado, oliendo a vino y a tabaco. &lt;br /&gt;Dolly, conmovida por el afecto que Ana le testimoniaba, murmuró a su oído, al abrazarla por última vez: &lt;br /&gt;–Nunca olvidaré lo que has hecho por mí. Te quiero y te querré siempre como a mi mejor amiga. Acuérdate de ello. &lt;br /&gt;–¿Por qué? –repuso Ana, conteniendo las lágrimas. &lt;br /&gt;–Me has comprendido y me comprendes. ¡Adiós, querida Ana! &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XXIX &lt;br /&gt;«¡Gracias a Dios que ha terminado todo esto! », pensó Ana al separarse de su hermano, quien hasta que resonó la cam pana &lt;br /&gt;permaneció obstruyendo con su figura la portezuela del vagón. &lt;br /&gt;Ana se acomodó en el asiento junto a Anuchka, su camarera. &lt;br /&gt;«¡Gracias a Dios que voy a ver mañana a mi pequeño Ser gio y a Alexis Alejandrovich! Al fin mi vida recobrará su ritmo &lt;br /&gt;habitual», pensó de nuevo. &lt;br /&gt;Presa aún de la agitación que la dominaba desde la mañana, empezó a ocuparse de ponerse cómoda. Sus manos, pequeñas y &lt;br /&gt;hábiles, extrajeron del saco rojo de viaje un almohadón que puso sobre sus rodillas; se envolvió bien los pies y se instaló con &lt;br /&gt;comodidad. &lt;br /&gt;Una viajera enferma se había tendido ya en el asiento para dormir. Otras dos dirigieron vanas preguntas a Ana, mientras una &lt;br /&gt;mas vieja y gruesa se envolvía las piernas con una manta mientras emitía algunas opiniones sobre la pésima calefacción. &lt;br /&gt;Ana contestó a las señoras, pero no hallando interés en su conversación, pidió a su doncella que le diese su farolillo de viaje, &lt;br /&gt;lo sujetó al respaldo de su asiento y sacó una plegadera y una novela inglesa. &lt;br /&gt;Era difícil abismarse en la lectura. El movimiento en torno suyo, el ruido del tren, la nieve  que golpeaba la ventanilla a su &lt;br /&gt;izquierda y se pegaba a los vidrios, el revisor que pasaba de vez en cuando muy arropado y cubierto de copos de nieve, las &lt;br /&gt;observaciones de sus compañeras de viaje a propósito de la tempestad, todo la distraía. &lt;br /&gt;Pero, por otra parte, todo era monótono: el mismo traque teo del vagón, la misma nieve en la ventana, los mismos cam bios &lt;br /&gt;bruscos de temperatura, del calor al frío y otra vez al calor; los mismos rostros entrevistos en la penumbra, las mismas voces, y &lt;br /&gt;Ana acabó logrando concentrarse en la lectura y enterándose de lo que leía. &lt;br /&gt;Anuchka dormitaba ya, sosteniendo sobre sus rodillas el saco rojo de viaje entre sus gruesas manos enguantadas, uno de &lt;br /&gt;cuyos guantes estaba roto. &lt;br /&gt;Ana Karenina leía y se enteraba de lo que leía, pero la lectura, es decir, el hecho de interesarse en la vida de los demás, le era &lt;br /&gt;intolerable, tenía demasiado deseo de vivir por sí misma. &lt;br /&gt;Si la heroína de su novela cuidaba a un enfermo, Ana ha bría deseado entrar ella misma con pasos suaves en la alcob a del &lt;br /&gt;paciente; si un miembro del Parlamento pronunciaba un discurso, Ana habría deseado pronunciarlo ella; si lady Mary galopaba &lt;br /&gt;tras su traílla, desesperando a su nuera y sorprendiendo a las gentes con su audacia, Ana habría deseado hallarse en su lugar. &lt;br /&gt;Pero era en vano. Debía contentarse con la lectura, mientras daba vueltas a la plegadera entre sus menudas manos. &lt;br /&gt;El héroe de su novela empezaba ya a alcanzar la plenitud de su británica felicidad: obtenía un título de baronet y unas &lt;br /&gt;propiedades, y Ana sentía deseo de irse con él a aquellas tierras. De pronto la Karenina experimentó la impresión de que su &lt;br /&gt;héroe debía de sentirse avergonzado y que ella participaba de su vergüenza. Pero ¿por qué? &lt;br /&gt;«¿De qué tengo que avergonzarme?», se preguntó con in dignación y sorpresa. Y dejando la lectura, se reclinó en su bu taca, &lt;br /&gt;oprimiendo la plegadera entre sus manos nerviosas. &lt;br /&gt;¿Qué había hecho? Recordó la sucedido en Moscú, donde todo había sido magnífico. Se acordó del baile, de Vronsky y de &lt;br /&gt;su rostro de enamorado enloquecido, de su conducta con respecto a él... Nada había que la pudiese avergonzar. Y, no obstante, &lt;br /&gt;al llegar a este punto de sus recuerdos, volvía a re nacer en ella el sentimiento de vergüenza. Parecía como si en el hecho de &lt;br /&gt;recordarle una voz inter ior le murmurase, a propósito de él: «Tú ardes, tú ardes. Esto es un fuego, es un fuego». Bueno, ¿y &lt;br /&gt;qué? &lt;br /&gt;«¿Qué significa todo eso?», se preguntó, moviéndose con inquietud en su butaca. «¿Temo mirar ese recuerdo cara a cara? &lt;br /&gt;¿Por ventura, entre ese joven oficial y yo existen otras relaciones que las que puede haber entre dos personas cualesquiera?» &lt;br /&gt;Sonrió con desdén y volvió a tomar el libro; pero ya no le fue posible comprender nada de su lectura. Pasó la plegadera por &lt;br /&gt;el cristal cubierto de escarcha, luego aplicó a su mejilla la superficie lisa y fría de la hoja, y poco faltó para que estallara a reír &lt;br /&gt;de la alegría que súbitamente se habla apoderado de ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 42&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Notaba sus nervios cada vez más tensos,  sus ojos cada vez más abiertos, sus manos y pies cada vez m ás crispados. Padecía &lt;br /&gt;una especie de sofocación y le parecía que en aquella pe numbra las imágenes y los sonidos la impresionaban con un &lt;br /&gt;extraordinario vigor. Se preguntaba sin cesar si el tren avan zaba, retrocedía o permanecía inmóvil. ¿Era Anuchka, su doncella, &lt;br /&gt;la que estaba a su lado o una extraña? &lt;br /&gt;«¿Qué es lo que cuelga del asiento: una piel o un animal? ¿Soy yo a otra mujer la que va sentada aquí?» &lt;br /&gt;Abandonarse a aquel estado de inconsciencia le causaba terror. Sentía, sin embargo, que aún podía opon er resistencia con la &lt;br /&gt;fuerza de su voluntad. Haciendo, pues, un esfuerzo para recobrarse se incorporó, dejó su manta de viaje y su capa y se sintió &lt;br /&gt;mejor durante un instante. &lt;br /&gt;Entró un hombre delgado, con un largo abrigo al que le fal taba un botón. Ana com prendió que era el encargado de la ca -&lt;br /&gt;lefacción. Le vio consultar el termómetro y observó que el viento y la nieve entraban en el vagón tras él. Luego, todo se volvía &lt;br /&gt;confuso de nuevo. El hombre alto garabateaba algo apoyándose en el tabique, la señora anc iana estiró las piernas y el &lt;br /&gt;departamento pareció envuelto en una nube negra. Ana escuchó un terrible ruido, como si algo se rasgase en la oscu ridad. Se &lt;br /&gt;diría que estaban torturando a alguien. Un rojo resplandor la hizo cerrar los ojos; luego todo quedó envuelto en tinieblas y Ana &lt;br /&gt;sintió la impresión de que se hundía en un precipicio. Aquellas sensaciones eran, no obstante, más diver tidas que &lt;br /&gt;desagradables. &lt;br /&gt;Un hombre enfundado en un abrigo cubierto de nieve le gritó algunas palabras al oído. &lt;br /&gt;Ana se recobró. Comprendió que llegaban a una estación y que aquel hombre era el revisor. &lt;br /&gt;Pidió a su doncella que le diese el chal y la pelerina y, poniéndoselos, se acercó a la portezuela. &lt;br /&gt;–¿Desea salir, señora? –preguntó Anuchka. &lt;br /&gt;–Sí: necesito moverme un poco. Aquí dentro me ahogo. &lt;br /&gt;Quiso abrir la portezuela, pero el viento y la lluvia se lan zaron contra ella, como si quisieran impedirle abrir, y tam bién esto &lt;br /&gt;le pareció divertido. Consiguió al fin abrir la puer ta. Parecía como si el viento la hubiese estado espera ndo afuera para &lt;br /&gt;llevársela entre alaridos de alegría. Se asió con fuerza con una mano en la barandilla del estribo y sostenién dose el vestido con &lt;br /&gt;la otra, Ana descendió al andén. E1 viento soplaba con fuerza, pero en el andén, al abrigo de los vagones, ha bía más calma. &lt;br /&gt;Ana respiró profundamente y con agrado el aire frío de aquella noche tempestuosa y contem pló el andén y la estación &lt;br /&gt;iluminada por las luces. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XXX &lt;br /&gt;Un remolino de nieve y viento corrió de una puerta a otra de la estación, silbó furiosamente  entre las ruedas del tren y lo &lt;br /&gt;anegó todo: personas y vagones, amenazando sepultarlos en nieve. La tempestad, se calmó por un breve instante, para &lt;br /&gt;desatarse de nuevo con tal ímpetu que parecía imposible de resistir. No obstante, la puerta de la estación se  abría y cerraba de &lt;br /&gt;vez en cuando, dando paso a gente que corría de un lado a otro, hablando alegremente, deteniéndose en el andén, cuyo &lt;br /&gt;pavimento de madera crujía bajo sus pies. &lt;br /&gt;La silueta de un hombre encorvado pareció surgir de la sie rra a los pies de  Ana. Se oyó el golpe de un martillo contra el &lt;br /&gt;hierro; después una voz ronca resonó entre las tinieblas. &lt;br /&gt;–Envíen un telegrama –decía la voz. &lt;br /&gt;Otras voces replicaron, como un eco: &lt;br /&gt;–Haga el favor, por aquí. En el número veintiocho  –y los empleados pasaron cor riendo como llevados por la nieve. Dos &lt;br /&gt;señores, con sus cigarrillos encendidos, pasaron ante Ana fumando tranquilamente. &lt;br /&gt;Respiró otra vez a pleno pulmón el aire frío de la noche, puso la mano en la barandilla del estribo para subir al va gón, &lt;br /&gt;cuando en aq uel momento, la figura de un hombre ves tido con capote militar, que estaba muy cerca de ella, le ocultó la &lt;br /&gt;vacilante luz del farol. Ana se volvió para mirarle y le reconoció. Era Vronsky. Él se llevó la mano a la visera de la gorra y le &lt;br /&gt;preguntó respetuosamente si podía servirla en algo. Ana le contempló en silencio durante unos instan tes. Aunque Vronsky &lt;br /&gt;estaba de espaldas a la luz, la Karenina creyó apreciar en su rostro y en sus  ojos la misma expresión de entusiasmo respetuoso &lt;br /&gt;que tanto la conmoviera  en el baile. Hasta entonces Ana se había repetido que Vronsky era uno de los muchos jóvenes, &lt;br /&gt;eternamente iguales, que se encuentran en todas partes, y se había prometido no pensar en él. Y he aquí que ahora se sentía &lt;br /&gt;poseída por un alegre sentimiento de orgullo. No hacía falta preguntar por qué Vronsky estaba allí. Era para hallarse más cerca &lt;br /&gt;de ella. Lo sabía con tanta certeza como si el propio Vronsky se lo hubiera dicho. &lt;br /&gt;–Ignoraba que usted pensase ir a San Petersburgo. ¿Tiene algún asunto en la capital ? –preguntó Ana, separando la mano de &lt;br /&gt;la barandilla. &lt;br /&gt;Y su semblante resplandecía. &lt;br /&gt;–¿Algún asunto? –repitió Vronsky, clavando su mirada en los  ojos de Ana Karenina–. Usted sabe muy bien que voy para &lt;br /&gt;estar a su lado. No puedo hacer otra cosa. &lt;br /&gt;En aquel momento, el viento, como venciendo un invisible obstáculo, se precipitó contra los vagones, esparció la nieve del &lt;br /&gt;techo y agitó triunfalmente una plancha que había logrado arrancar. &lt;br /&gt;Con un aullido lúgubre, la locomotora lanzó un silbido. &lt;br /&gt;La trágica belleza de la tempestad ahora le parecía a Ana más llena de magnificencia. Acababa de oír las palabras que temía &lt;br /&gt;su razón, pero que su corazón deseaba escuchar. Guardó silencio. Pero Vronsky, en el rostro de ella, leyó la lucha que sostenía &lt;br /&gt;en su interior. &lt;br /&gt;–Perdone si le he dicho algo molesto –murmuró humildemente. Hablaba con respeto, pero en un tono tan resuelto y decidido &lt;br /&gt;que Ana en el primer momento no supo qué contestar &lt;br /&gt;–Lo que usted dice no está bien –murmuró Ana, al fin– y, si es usted un caballero, lo olvidará todo, como yo hago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 43&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No lo olvidaré, ni podré olvidar nunca, ninguno de sus gestos, ninguna de sus palabras. &lt;br /&gt;–¡Basta, basta! –exclamó ella en vano, tratando inútilmente de dar a su rostro una expresión severa. &lt;br /&gt;Y, cogiéndose a la fría barandilla, subió los peldaños del estribo y entró rápidamente en el coche. &lt;br /&gt;Sintió la necesidad de calmarse y se detuvo un momento en la portezuela. No recordaba bien lo que habían hablado, pero &lt;br /&gt;comprendía que aquel momento de conversación les había aproximado el uno al otro de un modo terrible, lo que la horrorizaba &lt;br /&gt;y la hacía feliz a la vez. &lt;br /&gt;Tras breves instantes, Ana entró en el departamento y se sentó. Su tensión nerviosa aumentaba: parecía que sus nervios iban &lt;br /&gt;a estallar. &lt;br /&gt;No pudo dormir en toda la noche. Pero en aquella  exaltación, en los sueños que llenaban su mente, no había nada do loroso; &lt;br /&gt;al contrario, había algo gozoso, excitante y ardiente. &lt;br /&gt;Al amanecer se durmió en su butaca. Era ya de día cuando despertó. Se acercaban a San Petersburgo. Pensó en su hijo, en su &lt;br /&gt;marido, en sus ocupaciones domésticas, y aquellos pensamientos la dominaron por completo. &lt;br /&gt;La primera persona a quien vio al apearse del tren fue su marido. &lt;br /&gt;«¿Cómo le habrán crecido tanto las orejas en estos días, Dios mío?», pensó al ver aquella figura arrog ante, pero fría, con su &lt;br /&gt;sombrero redondo que parecía sostenerse en los salientes cartílagos de sus orejas. &lt;br /&gt;Su esposo se acercaba a ella, mirándola atentamente con sus grandes ojos cansados, con su eterna sonrisa irónica en los &lt;br /&gt;labios, y esta vez la mirada inquisitiva de Alexis Alejandrovich la hizo estremecer. &lt;br /&gt;¿Acaso esperaba encontrar a su marido distinto de como era en realidad? ¿O era que su conciencia le reprochaba toda la &lt;br /&gt;hipocresía, toda la falta de naturalidad que había en sus re laciones conyugales? Aquella impresión dormía hacía largo tiempo &lt;br /&gt;en el fondo de su alma, pero sólo ahora se le aparecía en toda su dolorosa claridad. &lt;br /&gt;–Como ves, tu enamorado esposo, tan enamorado como el primer día, anhelaba verte de nuevo  –dijo Karenin con su voz &lt;br /&gt;lenta y seca, empleando el mismo tono levemente burlón que siempre usaba al dirigirle la palabra, como para ridicu lizar aquel &lt;br /&gt;modo de expresarse. &lt;br /&gt;–¿Cómo está Sergio? –preguntó ella. &lt;br /&gt;–¡Caramba, qué recompensa a mi entusiasmo amoroso! Pues está bien, muy bien... &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XXXI &lt;br /&gt;Vronsky no trató siquiera de dormir. Permaneció sentado en su butaca con los ojos abiertos. Ora mirando fijamente ante él, &lt;br /&gt;ora contemplando a los que entraban y salían; y si antes impresionaba a los desconocidos con su inalterable tranquilidad, ahora &lt;br /&gt;parecía aún más seguro de sí mismo y más lleno de orgullo. Los seres no tenían para él en aquel mo mento mayor importancia &lt;br /&gt;que las cosas. Tal actitud le atrajo la enemistad de su vecino de asiento, un joven muy nervioso, empleado en el Ministerio de &lt;br /&gt;Justicia, que había hecho todo lo posible para que Vronsky reparara en que él pertenecía al mundo de los vivos. En vano le &lt;br /&gt;había pedido fuego, en vano le hablaba o le daba golpecitos en el codo. Vronsky no mani festó más interés por él que por el &lt;br /&gt;farolillo del vagón. Ofendido por su impasibilidad, su compañero de viaje reprimía su enojo a duras penas. &lt;br /&gt;Aquella olímpica indiferencia no significaba que Vronsky se sintiera feliz creyendo haber impresionado el corazón de Ana. &lt;br /&gt;Aun no se atrevía ni a imaginarlo, pero  el solo hecho de pensar en ello le inundaba de orgullo y de alegría. No sabía ni quería &lt;br /&gt;pensar en lo que podría resultar de todo aquello. &lt;br /&gt;Sólo presentía que sus fuerzas, desperdiciadas hasta enton ces, iban a unirse para empujarle hacia un único y esplénd ido &lt;br /&gt;destino. &lt;br /&gt;Verla, oírla, estar a su lado, éste era ahora el único objeto de su vida. Estaba tan poseído por aquel pensamiento que, apenas &lt;br /&gt;vio a Ana en la estación de Blagoe, donde él bajara a tomarse un vaso de soda, no pudo menos de manifestárselo. &lt;br /&gt;Estaba satisfecho de habérselo dicho, satisfecho porque ahora ella sabía ya que la amaba y no podría dejar de pensar en él. &lt;br /&gt;Ya en el vagón, Vronsky principió a recordar los más ni mios detalles de las veces que se habían encontrado: los ges tos, las &lt;br /&gt;palabras de Ana. Y su corazón palpitó ante las visiones que su imaginación le presentaba para lo porvenir. &lt;br /&gt;Se apeó en San Petersburgo tan fresco y descansado como si saliera de un baño frío, aunque había pasado la noche sin &lt;br /&gt;dormir. Se paró junto a un vagón para ver pasar a Ana. &lt;br /&gt;«La volveré a ver», se decía, sonriendo sin darse cuenta. «Acaso me dirija una palabra, un gesto, algo ...» &lt;br /&gt;Pero al primero que vio fue a Karenin, a quien el jefe de estación acompañaba con grandes muestras de respeto. &lt;br /&gt;«¡Ah, el marido!», dijo para sí. &lt;br /&gt;Y, al verle erguido ante él, con sus piernas rectas enfundadas en los pantalones negros, al verle tomar el brazo de Ana con la &lt;br /&gt;naturalidad de quien ejecuta un acto al que tiene derecho, Vronsky hubo de recordar que aquel ser cuya exis tencia apenas &lt;br /&gt;considerara hasta entonces existía, era de carne y hueso y estaba unido estrechamente a la mujer que él amaba. &lt;br /&gt;Aquel frío rostro de petersburgués, aquel aire indiferente y seguro, aquel sombrero redondo, aquella espalda ligeramente &lt;br /&gt;encorvada, aquel conjunto era una realidad y Vronsky había de reconocerlo, pero lo reconocía como un hombre que, mu riendo &lt;br /&gt;de sed, al encontrarse con una fuente de agua pura des cubriera que estaba ensuciada por un perro, un cerdo o una vaca que &lt;br /&gt;habían bebido en ella. &lt;br /&gt;Lo que sobre todo le desesperaba de Alexis Alejandrovich era su manera de andar, moviendo sus piernas de un modo rápido &lt;br /&gt;y balanceando algo el cuerpo. A Vronsky le parecía que sólo él tenía derecho a amar a aquella mujer. &lt;br /&gt;Afortunadamente, ella seguia siendo la misma, y al verla, su corazón se sintió conmovido. &lt;br /&gt;El criado de Ana, un alemán que había hecho el viaje en se gunda clase, fue a recibir órdenes. El marido le había entre gado &lt;br /&gt;los equipajes antes de dirigirse resueltamente hacia Ana. Vronsky asistió al encuen tro de los esposos y su sensibilidad de &lt;br /&gt;enamorado le permitió percibir el leve ademán de contrariedad que hiciera Ana al encontrar a Alexis Alejandrovich.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 44&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«No le ama, no puede amarle ...», pensó Vronsky. &lt;br /&gt;Se sintió feliz al notar que Ana, aunque de espalda s, adivinaba su proximidad. En efecto, ella se volvió, le miró y siguió &lt;br /&gt;hablando con su marido. &lt;br /&gt;–¿Ha pasado usted la noche bien, señora? –preguntó Vronsky, saludando a la vez a los dos, y dando así ocasión al esposo de &lt;br /&gt;que le reconociese si le placía. &lt;br /&gt;–Muy bien; gracias –repuso ella. &lt;br /&gt;En su fatigado rostro no se dibujaba la animación de otras veces, pero a Vronsky le bastó para sentirse feliz apreciar que los &lt;br /&gt;ojos de Ana, al verle, se iluminaban de alegría. &lt;br /&gt;Ella alzó la vista hacia su marido, tratando de descubrir si éste recordaba al Conde. Karenin contemplaba al joven con aire de &lt;br /&gt;disgusto y como si apenas le reconociera. &lt;br /&gt;Vronsky se sintió incomodado. Su calma y su seguridad de siempre chocaban ahora contra aquella actitud glacial. &lt;br /&gt;–El conde Vronsky –dijo Ana. &lt;br /&gt;–¡Ah, ya; me parece que nos conocemos! –se dignó decir Karenin, dando la mano al joven–. Por lo que veo, al ir has viajado &lt;br /&gt;con la madre y al volver con el hijo  –añadió arrastrando lentamente las palabras como si cada una le cos tara un rublo–. ¿Qué? &lt;br /&gt;¿Vuelve usted de su temporada de permiso? –y, sin aguardar la respuesta de Vronsky, dijo con ironía, dirigiéndose a su mujer–&lt;br /&gt;: ¿Han llorado mucho los de Moscú al separarse de ti? &lt;br /&gt;Creía terminar así la charla con el Conde. Y para completar su propósito, se  llevó la mano al sombrero. Pero Vronsky in -&lt;br /&gt;terrogó a Ana: &lt;br /&gt;–Confío en que podré tener el honor de visitarles. &lt;br /&gt;–Con mucho gusto. Recibimos los lunes –dijo Alexis Alejandrovich con frialdad. &lt;br /&gt;Y, sin hacerle más caso, prosiguió hablando a su mujer con el mismo tono irónico de antes: &lt;br /&gt;–¡Estoy encantado de disponer de media hora de libertad para testimoniarte mis sentimientos! &lt;br /&gt;–Parece como si me hablaras de ellos para realzar más su valor  –repuso Ana, escuchando, involuntariamente, los pa sos de &lt;br /&gt;Vronsky que caminaba tras ellos. &lt;br /&gt;«En realidad no me preocupan nada», pensó para sí. &lt;br /&gt;Y luego preguntó a su esposo cómo había pasado Sergio aquellos días. &lt;br /&gt;–Muy bien. Mariette me dijo que estaba de muy buen hu mor. Lamento decirte que no te echó nada de menos. No le sucedía &lt;br /&gt;lo mismo a tu amante esposo. Te agradezco que hayas vuelto un día antes de lo que esperaba. Nuestro querido samo var se &lt;br /&gt;alegrará mucho también. &lt;br /&gt;Karenin aplicaba el apelativo de «samovar» a la condesa Lidia Ivanovna, por su constante estado de vehemencia y agitación. &lt;br /&gt;Siguió diciendo: &lt;br /&gt;–Me preguntaba diariamente por ti. Te aconsejo que la visites hoy mismo. Ya sabes que su corazón sufre siempre por todo y &lt;br /&gt;por todos y ahora está particularmente inquieta con el asunto de la reconciliación de los Oblonsky. &lt;br /&gt;Lidia era una antigua amiga de su marido y el centro de aquel círculo social que, por las relaciones de su esposo, Ana se veía &lt;br /&gt;obligada a frecuentar. &lt;br /&gt;–Ya le he escrito. &lt;br /&gt;–Pero quiere saber todos los detalles. Ve, amiga mía, ve a verla, si no estás muy cansada. Ea, te dejo. Tengo que asistir a una &lt;br /&gt;sesión. Kondreti conducirá tu coche. ¡Gracias a Dios que al fin voy a comer contigo!  –y añadió con seriedad –: ¡no puedes &lt;br /&gt;figurarte lo que me cuesta acostumbrarme a hacerlo solo! &lt;br /&gt;Y estrechándole largamente la mano y sonriendo tan afectuosamente como pudo, Karenin la condujo a su coche. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XXXII &lt;br /&gt;El primer rostro que vio Ana al entrar en su casa fue el de su hijo, quien, sin atender a su institutriz, corrió escaleras abajo, &lt;br /&gt;gritando con alegría: &lt;br /&gt;–¡Mamá, mamá, mamá! &lt;br /&gt;Y se colgó de su cuello. &lt;br /&gt;–¡Ya decía yo que era mamá! ––dijo luego a la institutriz. &lt;br /&gt;Pero, como el padre, el hijo causó a Ana una desilusión. En la ausencia le imaginaba más apuesto de lo que era en realidad; y &lt;br /&gt;sin embargo era un niño encantador: un hermoso niño de  bucles rubios, ojos azules y piernas muy derechas, con los calcetines &lt;br /&gt;bien estirados. &lt;br /&gt;Ana sintió un placer casi físico en tenerle a su lado y reci bir sus caricias, y experimentó un consuelo moral escuchando sus &lt;br /&gt;inocentes preguntas y mirando sus ojos cándidos, confiados y dulces. &lt;br /&gt;Le ofreció los regalos que le enviaban los niños de Dolly y le contó que en Moscú, en casa de los tíos, había una niña lla -&lt;br /&gt;mada Tania que ya sabía escribir y enseñaba a los otros niños. &lt;br /&gt;–Entonces, ¿es que valgo menos que ella? –preguntó Sergio. &lt;br /&gt;–Para mí, vida mía, vales más que nadie. &lt;br /&gt;–Ya lo sabía –dijo Sergio, sonriendo. &lt;br /&gt;Antes de que Ana acabara de tomar el café, le anunciaron la visita de la condesa Lidia Ivanovna. Era una mujer alta y gruesa, &lt;br /&gt;de amarillento y enfermizo color y grandes y magníficos ojos negros, algo pensativos. &lt;br /&gt;Ana la quería mucho y, sin embargo, pareció apreciar sus defectos por primera vez. &lt;br /&gt;–¿Conque llevó a los Oblonsky el ramo de oliva, querida? –preguntó Lidia Ivanovna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 45&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Todo está arreglado  –repuso Ana–. Las  cosas no anda ban tan mal como nos figurábamos.  Ma belle soeur  toma sus &lt;br /&gt;decisiones con demasiada precipitación y... &lt;br /&gt;Pero la Condesa, que tenía la costumbre de interesarse por cuanto no le importaba, y solía, en cambio, no poner atención &lt;br /&gt;alguna en lo que debía interesarle más, interrumpió a su amiga: &lt;br /&gt;–Estoy abatida. ¡Cuánta maldad y cuánto dolor hay en el mundo! &lt;br /&gt;–¿Pues qué sucede? –interrogó Ana, dejando de sonreír. &lt;br /&gt;–Empiezo a cansarme de luchar en vano por la verdad, y a veces me siento completamente abatid a. Ya ve usted: la obra de &lt;br /&gt;los hermanitos (se trataba de una institución benéfico–patriótico–religiosa) iba por buen camino. ¡Pero no se puede ha cer nada &lt;br /&gt;con esos señores! –declaró la Condesa en tono de sarcástica resignación–. Aceptaron la idea para desvirtuarla y ahora la juzgan &lt;br /&gt;de un modo bajo a indigno. Sólo dos o tres personas, entre ellas su marido, comprendieron el verdadero alcance de esta &lt;br /&gt;empresa. Los demás no hacen más que desacreditarla... Ayer recibí carta de Pravdin. &lt;br /&gt;(Se refería al célebre p aneslavista Pravlin, que vivía en el extranjero.) La Condesa contó lo que decía en su carta y luego &lt;br /&gt;habló de los obstáculos que se oponían a la unión de las iglesias cristianas. &lt;br /&gt;Explicado aquello, la Condesa se fue precipitadamente, porque tenía que asist ir a dos reuniones, una de ellas la sesión de un &lt;br /&gt;Comité eslavista. &lt;br /&gt;«Todo esto no es nuevo para mí. ¿Por qué será que lo veo ahora de otro modo?», pensó Ana. «Hoy Lidia me ha parecido más &lt;br /&gt;nerviosa que otras veces. En el fondo, todo eso es un absurdo: dice ser cristiana y no hace más que enfadarse y censurar; todos &lt;br /&gt;son enemigos suyos, aunque estos enemigos se digan también cristianos y persigan los mismos fines que ella.» &lt;br /&gt;Después de la Condesa llegó la esposa de un alto funciona rio, que refirió a Ana todas las novedades del momento y se fue a &lt;br /&gt;las tres, prometiendo volver otro día a comer con ella. &lt;br /&gt;Alexis Alejandrovich estaba en el Ministerio. Ana asistió a la comida de su hijo (que siempre comía solo) y luego arregló sus &lt;br /&gt;cosas y despachó su correspondencia atrasada. &lt;br /&gt;Nada quedaba en ella de la vergüenza a inquietud que sin tiera durante el viaje. Ya en su ambiente acostumbrado se sin tió &lt;br /&gt;ajena a todo temor y por encima de todo reproche sin comprender su estado de ánimo del día anterior. &lt;br /&gt;«¿Qué sucedió, a fin de cuentas?», pensaba. «Vronsky me dijo una tontería y yo le contesté como debía. Es inútil hablar de &lt;br /&gt;ello a Alexis. Parecería que daba demasiada importancia al asunto.» &lt;br /&gt;Recordó una vez que un subordinado de su marido le hiciera una declaración amorosa. Creyó oportuno contárselo a Karenin &lt;br /&gt;y éste le dijo que toda mujer de mundo debía estar preparada a tales eventualidades, y que él confiaba en su tacto, sin dejarse &lt;br /&gt;arrastrar por celos que habrían sido humillantes para los dos. &lt;br /&gt;«De modo que vale más callar» , decidió ahora Ana como re mate de sus reflexiones. «Además, gracias a Dios, nada tengo &lt;br /&gt;que decirle.» &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XXXIII &lt;br /&gt;Alexis Alejandrovich llegó a su casa a las cuatro, pero como le ocurría a menudo, no tuvo tiempo de ver a su esposa y hubo &lt;br /&gt;de pasar al despacho para recibir las visitas y firmar los documentos que le llevó su secretario. &lt;br /&gt;Como de costumbre, había varios invitados a comer: una anciana prima de Karenin, uno de los los directores de su mi -&lt;br /&gt;nisterio, con su mujer, y un joven que le habían recomendado. &lt;br /&gt;Ana bajó al salón para recibirles. Apenas el gran reloj de bronce de estilo Pedro I dio las cinco, Alexis Alejandrovich &lt;br /&gt;apareció vestido de etiqueta, con corbata blanca y dos con decoraciones en la solapa, pues tenía que salir después de comer. &lt;br /&gt;Alexis Alejandrovich tenía los momentos contados y había de observar con estricta puntualidad sus diarias obligaciones. &lt;br /&gt;«Ni descansar, ni precipitarse», era su lema. &lt;br /&gt;Entró en la sala, saludó a todos y dijo a su mujer, sonriendo: &lt;br /&gt;–¡Al fin ha terminado mi soledad! No sabes lo « incómodo» –y subrayó la palabra– que es comer a solas. &lt;br /&gt;Durante la comida, Karenin pidió a su mujer noticias de Moscú, sonriendo burlonamente al mencionar a Esteban Ar -&lt;br /&gt;kadievich, pero la conversación, en todo momento de un carácter general, versó sobre el trabajo en el ministerio y la política. &lt;br /&gt;Concluida la comida, Karenin estuvo media hora con sus invitados y después, tras un nuevo apretón de manos y una sonrisa &lt;br /&gt;a su mujer, se fue para asistir a un consejo. &lt;br /&gt;Ana no quiso ir al teatro, donde tenía palco reservado aquella noche, ni a casa de la condesa Betsy Iverskaya, que, al saber su &lt;br /&gt;llegada, le había enviado recado de que la esperaba. Antes de ir a Moscú, Ana dio a su modista tres vestidos para que se los &lt;br /&gt;arreglase, porque la Karenina sabía vestir bien gastando poco. Y, al marcharse los invitados, Ana comprobó con irritación que &lt;br /&gt;de los tres vestidos que le prometiera la modista tener arreglados para su regreso, dos no estaban terminados aún y el tercero no &lt;br /&gt;había quedado a su gusto. &lt;br /&gt;La modista, llamada inmediatamente, pensaba que el ves tido le estaba mejor de aquella manera. Ana se enfureció de tal &lt;br /&gt;modo contra ella que en seguida se sintió avergonzada de sí misma. Para calmarse, entró en la alcoba de Sergio, le acostó, le &lt;br /&gt;arregló las sábanas, le persignó con una amplia señal de la cruz y dejó la habitación. &lt;br /&gt;Ahora se alegraba de no haber salido y sentía una gran calma ínfima. Evocó la escena de la estación y reconoció que aquel &lt;br /&gt;incidente, al que diera tanta importancia, no era sino un detalle trivial de la vida mundana del que no tenía por qué ruborizarse. &lt;br /&gt;Se acercó al lado de la chimenea para esperar el regreso de su esposo leyendo su novela inglesa. A las nueve y media en &lt;br /&gt;punto sonó en la puerta la autoritaria llamada de Alexis Alejandrovich y éste entró en la habitación un momento después. &lt;br /&gt;–Vaya, ya has vuelto –dijo ella, tendiéndole la mano, que él besó antes de sentarse a su lado. &lt;br /&gt;–¿De modo que todo ha ido bien en tu viaje? –inquirió Karenin. &lt;br /&gt;–Muy bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 46&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana le contó todos los detalles: la ag radable compañía de la condesa Vronsky, la llegada, el accidente en la estación, la &lt;br /&gt;compasión que sintiera primero hacia su hermano y luego hacia Dolly. &lt;br /&gt;–Aunque Esteban sea hermano tuyo, su falta es imperdonable –dijo enfáticamente Alexis Alejaridrovich. &lt;br /&gt;Ana sonrió. Su esposo trataba de hacer ver que los lazos de parentesco no influían para nada en sus juicios. Ana reconocía &lt;br /&gt;muy bien aquel rasgo del carácter de su marido y se lo sabía apreciar. &lt;br /&gt;–Me alegro –continuaba él– de que todo acabara bien y de que hayas regresado. ¿Qué se dice por allá del nuevo proyecto de &lt;br /&gt;ley que he hecho ratificar últimamente por el Gobierno? &lt;br /&gt;Ana se sintió turbada al recordar que nadie le había dicho cosa alguna sobre una cuestión que su esposo consideraba tan &lt;br /&gt;importante. &lt;br /&gt;–Pues aquí, al contrario, interesa mucho –dijo Karenin con sonrisa de satisfacción. &lt;br /&gt;Ana adivinó que su marido deseaba extenderse en porme nores que debían de ser satisfactorios para su amor propio y, &lt;br /&gt;mediante algunas preguntas hábiles, hizo que él le explicara,  con una sonrisa de contento, que la aceptación de aquel pro yecto &lt;br /&gt;había sido acompañada de una verdadera ovación en su honor. &lt;br /&gt;–Me alegré mucho, porque eso demuestra que empiezan a ver las cosas desde un punto de vista razonable. &lt;br /&gt;Después de tomar dos tazas de té con crema, Alexis Alexandrovich se dispuso a ir a su despacho. &lt;br /&gt;–¿No has ido a ningún sitio durante este tiempo? Has debido de aburrirte mucho –indicó. &lt;br /&gt;–¡Oh, no! –repuso ella, levantándose–. Y, ¿qué lees ahora? &lt;br /&gt;–La poésie des enfers, del duque de Lille. Es un libro muy interesante. &lt;br /&gt;Ana sonrió como se sonríe ante las debilidades de los seres amados y, pasando su brazo bajo el de su esposo, le acompañó &lt;br /&gt;hasta el despacho. Sabía que la costumbre de leer por la noche era una verdadera necesidad para su m arido. Pese a las obliga-&lt;br /&gt;ciones que monopolizaban su tiempo, le parecía un deber suyo estar al corriente de lo que aparecía en el campo intelectual, y &lt;br /&gt;Ana lo sabía. Sabía también que su marido, muy competente en materia de política, filosofía y religión, n o entendía nada de &lt;br /&gt;letras ni belles artes, lo cual no le impedía interesarse por ellas. Y, así como en política, filosofía y religión tenía dudes due &lt;br /&gt;procuraba disipar tratando con otros de eilas, en literature, poesía y, sobre todo, música, de todo lo cua l no entendía nada, &lt;br /&gt;sustentaba opiniones sobre las que no toleraba oposición ni discusión. Le agradaba hablar de Shakespeare, de Rafael y de &lt;br /&gt;Beethoven y poner límites a las modernas escuelas de música y poesía, clasificándolas en un orden lógico y riguroso. &lt;br /&gt;–Te dejo. Voy a escribir a Moscú  –dijo Ana en la puerta del despacho, en el cual, junto a la butaca de su marido, había &lt;br /&gt;preparadas una botella con ague y una pantalla pare la bujía. &lt;br /&gt;El, una vez más, le estrechó la mano y la besó. &lt;br /&gt;«Es un hombre bueno, lea l, honrado y, en su especie, un hombre excepcional», pensaba Ana, volviendo a su cuarto. Pero, &lt;br /&gt;mientras pensaba así, ¿no se oía en su alma una voz se creta que le decía que era imposible amar a aquel hombre? Y seguía &lt;br /&gt;pensando: «Pero no me explico cómo se le ven tanto las orejas. Debe de haberse cortado el cabello ...». &lt;br /&gt;A las doce en punto, mientras Ana, sentada ante su pupitre, escribía a Dolly, sonaron los pasos apagados de una persona &lt;br /&gt;andando en zapatillas, y Alexis Alejandrovich, lavado y peinado y con su rope de noche, apareció en el umbral. &lt;br /&gt;–Ya es hora de dormir –le dijo, con maliciosa sonrisa, antes de desaparecer en la alcoba. &lt;br /&gt;«¿Con qué derecho la había mirado &quot;él&quot; de aquel modo?», se preguntó Ana, recordando la mirada que Vronsky dirigiera a su &lt;br /&gt;marido en la estación. &lt;br /&gt;Y siguió a su esposo. Pero ¿qué había sido de aquella llama que en Moscú animaba su rostro haciendo brillar sus ojos y &lt;br /&gt;prestando luminosidad a su sonrisa? Ahora aquella llama parecía haberse apagado o, al menos, estaba escondida. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XXXIV &lt;br /&gt;Al irse de San Petersburgo, Vronsky había dejado a su amigo Petrizky su magnífico piso de la calle Morskaya. &lt;br /&gt;Petrizky, un joven de familia modesta, no poseía otra fortuna que sus deudas. Se emborrachaba todas las noches y sus &lt;br /&gt;aventuras, escandalosas o ri dículas, le costaban frecuentes arrestos. Pese a todo ello, todos los jefes y los compañeros le &lt;br /&gt;querían. &lt;br /&gt;Al llegar a su casa hacia las once, Vronsky vio a la puerta un coche que no le era desconocido del todo. Llamó a la puerta y &lt;br /&gt;oyó en la escalera risas masculinas, un gracioso acento de mujer y la voz de Petrizky exclamando: &lt;br /&gt;–¡Si es uno de esos miserables, no le dejéis entrar! &lt;br /&gt;Vronsky entró sin anunciarse, procurando no hacer ruido, y se acercó al salón. La baronesa Chilton, amiga de Petrizky, una &lt;br /&gt;rubia de carita sonrosada y acento parisiense, vestida a la sazón con un traje de satén lila, preparaba el café sobre una mesita. &lt;br /&gt;Petrizky, de páisano, y el capitán Kamerovsky, de uniforme, estaban a su lado. &lt;br /&gt;–¡Caramba, Vronsky, tú aquí!  –exclamó Petrizky, sal tando de su silla –. El señor dueño cae de improviso en su casa... &lt;br /&gt;Baronesa: prepárale el café en la cafetera nueva. ¡Qué agradable sorpresa! Y, ¿qué me dices de este nuevo adorno de tu salón? &lt;br /&gt;Confío en que te gustará ––dijo, señalando a la Baronesa–. Supongo que os conoceréis... &lt;br /&gt;–¡Vaya si nos conocemos! –dijo, sonriente, Vronsky, estrechando la mano de la mujer–. Somos antiguos amigos. &lt;br /&gt;–Me voy –dijo ella–. Vuelve usted de viaje y... Si le molesto, me marcho. &lt;br /&gt;–Está usted en su casa, amiga mía, en su casa... Hola, Kamerovsky –añadió Vronsky, estrechando con cierta frialdad la mano &lt;br /&gt;del capitán. &lt;br /&gt;–¿Ve usted qué amable? –dijo la Baronesa a Petrizky–. Usted no sería capaz de hablar con tanta gentileza. &lt;br /&gt;–Ya lo creo. Después de comer, sí. &lt;br /&gt;–Después de comer no tiene  gracia. Ea, voy a preparar el café mientras usted se arregla  –dijo la Baronesa, sentándose y &lt;br /&gt;manipulando cuidadosamente la cafetera nueva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 47&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Pedro: dame el café; voy a poner más –dijo a Petrizky. &lt;br /&gt;Le llamaba por su nombre propio, sin preocuparse de ocultar las relaciones que le unían con él. &lt;br /&gt;–Le mimas demasiado. ¡Mira que ponerle más café! &lt;br /&gt;–No, no le mimo... ¿Y su mujer?  –dijo de pronto la Ba ronesa, interrumpiendo la conversación de Vronsky con sus &lt;br /&gt;camaradas–. ¿No sabe que mientras estaba fuera le hemos casado? ¿No ha traído consigo a su esposa? &lt;br /&gt;–No, Baronesa. He nacido y moriré siendo un bohemio. &lt;br /&gt;–Hace bien. ¡Déme esa mano! &lt;br /&gt;Y la Baronesa, sin dejar de mirar a Vronsky, comenzó a explicarle, bromeando, su último plan de vida y le pidió consejos. &lt;br /&gt;–¿Qué haré si él no quiere consentir en el divorcio? («él» era su marido). Me propongo llevar el asunto a los Tribunales. &lt;br /&gt;¿Qué opina usted? Kamerovsky, eche una mirada al café; ¿ve?, ya se ha vertido... ¿No ve que estoy hablando de cosas serias? &lt;br /&gt;Necesito recobrar mis  bienes, porque ese señor  –dijo con acento despectivo –, con el pretexto de que le soy infiel, se ha &lt;br /&gt;quedado con mi fortuna. &lt;br /&gt;Vronsky se divertía mucho oyéndola, le daba la razón, la aconsejaba, medio en serio y medio en broma, como solía ha cer &lt;br /&gt;con aquella clase de mujeres. &lt;br /&gt;La gente del ambiente en que Vronsky se movía suele divi dir a las personas en dos clases: la primera está compuesta por &lt;br /&gt;necios, imbéciles y ridículos, que imaginan que los esposos deben ser fieles a sus esposas, las jóvenes puras, las ca sadas &lt;br /&gt;honorables, los hombres decididos, firmes y dueños de sí. Es tos estúpidos opinan que hay que educar a los hijos, ganarse la &lt;br /&gt;vida, pagar las deudas y cometer otras tonterías por el es tilo. La segunda clase, a la que los tipos del mundo de Vronsky se  &lt;br /&gt;envanecen de pertenecer, sólo da valor a la elegancia, la generosidad, la audacia y el buen humor, entregándose sin recato a sus &lt;br /&gt;pasiones y burlándose de todo lo demás. &lt;br /&gt;Sin embargo, influido ahora por el ambiente de Moscú, tan distinto, Vronsky, de momen to, estaba en aquel ambiente, fuera &lt;br /&gt;de su centro, y lo encontraba demasiado frívolo y superficialmente alegre. Pero pronto entró en su vida habitual, tan fácilmente &lt;br /&gt;como si metiese los pies en sus zapatillas usadas. &lt;br /&gt;El café no llegó nunca a beberse. Se salió de la cafetera, se vertió en la alfombra, ensució el vestido de la Baronesa y sal picó &lt;br /&gt;a todos, pero realizó su fin: provocar el regocijo y la risa general. &lt;br /&gt;–¡Bueno, bueno, adiós! Me voy, porque si no tendré sobre mi conciencia la culpa de que usted co meta el más abominable &lt;br /&gt;delito que puede cometer un hombre correcto: no lavarse. ¿Así que me aconseja que coja a ese hombre por el cuello y...? &lt;br /&gt;–Exacto; pero procurando que sus manitas se encuentren cerca de sus labios. Así, él las besará y las cosas conclu irán a gusto &lt;br /&gt;de todos –contestó Vronsky. &lt;br /&gt;–Bien, hasta la noche. En el teatro Francés, ¿verdad? &lt;br /&gt;Kamerovsky se levantó también. Y Vronsky, sin esperar a que saliese, le dio la mano y se fue al cuarto de aseo. &lt;br /&gt;Mientras se arreglaba, Petrizky comenzó a explica rle su situación. No tenía dinero, su padre se negaba a darle más y no &lt;br /&gt;quería pagar sus deudas; el sastre se negaba a hacerle ropa y otro sastre había adoptado igual actitud. Para colmo, el Coronel &lt;br /&gt;estaba dispuesto a expulsarle del regimiento si continua ba dando aquellos escándalos, y la Baronesa se ponía pesada como el &lt;br /&gt;plomo con sus ofrecimientos de dinero... Tenía en perspectiva la conquista de otra belleza, un tipo completamente oriental... &lt;br /&gt;–Una especie de Rebeca, querido. Ya te la enseñaré... &lt;br /&gt;Luego, había una querella con Berkchev, que se proponía mandarle los padrinos, aunque podía asegurarse que no haría nada. &lt;br /&gt;En resumen, todo iba muy bien y era divertidísimo. &lt;br /&gt;Antes de que su amigo pudiera reflexionar en aquellas cosas, Petrizky pasó a contarle las noticias del dia. &lt;br /&gt;Al escucharle, al sentirse en aquel ambiente tan familiar, en su propio piso, donde residía hacía tres años, Vronsky notó que &lt;br /&gt;se sumergía de nuevo en la vida despreocupada y alegre de San Petersburgo, y lo notó con satisfacción. &lt;br /&gt;–¿Es posible? –preguntó, aflojando el grifo del lavabo, que dejó caer un chorro de agua sobre su cuello vigoroso y ro jizo–. &lt;br /&gt;¿Es posible –repitió con acento de incredulidad que Laura haya dejado a Fertingov por Mileev? Y él, ¿qué hace? ¿Sigue tan &lt;br /&gt;idiota y tan satisfecho de sí mismo como siempre? Oye, a propósito, ¿qué hay de Buzulkov? &lt;br /&gt;–¿Buzulkov? ¡Si supieras lo que le pasa! Ya conoces su afición al baile. No pierde uno de los de la Corte. ¿Sabes que ahora &lt;br /&gt;se llevan unos cascos más ligeros...? ¡Mucho más! Pues bien: él estaba allí con su uniforme de gala... ¿Me oyes? &lt;br /&gt;–Te oigo, te oigo –afirmó Vronsky, secándose con la toalla de felpa. &lt;br /&gt;–Una gran duquesa pasaba del brazo de un diplomático extranjero y la conversación recayó, por desgracia, en los cas cos &lt;br /&gt;nuevos. La gran duquesa quiso enseñar uno al diplomá tico y viendo a un buen mozo con el casco en la cabeza  –y Petrizky &lt;br /&gt;procuró remedar la actitud y los ademanes de Buzul kov– le pidió que le hiciese el favor de dejárselo. Y él, sin moverse ¿Qué &lt;br /&gt;significaba aquella act itud? Empiezan a ha cerle signos, indicaciones, le guiñan el ojo... ¡Y él continúa inmóvil como un &lt;br /&gt;muerto! ¿Comprendes la situación? Enton ces uno...  –no sé como se llama, no me acuerdo nunca – va a quitarle el casco. &lt;br /&gt;Buzulkov se defiende. Y al fin otro se  lo arranca a viva fuerza y lo ofrece a la gran duquesa. « Éste es el último modelo de &lt;br /&gt;cascos» , dice, volviéndolo. Y de pronto ven que del casco sale... ¿Sabes qué? ¡Una pera, chico, una pera! ¡Y bombones, dos &lt;br /&gt;libras de bombones! ¡El grandísimo animal iba bien aprovisionado! &lt;br /&gt;Vronsky reía hasta saltarle las lágrimas. Durante largo rato, cada vez que recordaba la historia del casco, rompía en francas &lt;br /&gt;risas juveniles, mostrando al hacerlo sus hermosos dientes. &lt;br /&gt;Una vez informado de las noticias del momento, Vronsky se puso el uniforme con ayuda de su criado y fue a presen tarse en &lt;br /&gt;la Comandancia militar. Luego se proponía ver a su hermano, pasar por casa de Betsy y hacer otra serie de visitas que le &lt;br /&gt;reincorporasen a la vida de sociedad y le diesen la posi bilidad de encontrar a Ana Karenina. Salió, pues, pensando volver muy &lt;br /&gt;entrada la tarde, como es costumbre en San Petersburgo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 48&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SEGUNDA PARTE &lt;br /&gt;I &lt;br /&gt;A últimos de invierno, los Scherbazky tuvieron en su casa consulta de médicos, ya que la salud de Kitty inspiraba tem ores. &lt;br /&gt;Se sentía débil y con la proximidad de la primavera su salud no hizo más que empeorar. El médico de la familia le recetó aceite &lt;br /&gt;de hígado de bacalao, hierro más adelante y, al fin, nitrato de plata. Pero como ninguno de aquellos remedios dio buen &lt;br /&gt;resultado, el médico terminó aconsejando un viaje al extranjero. &lt;br /&gt;En vista de ello, la familia resolvió llamar a un médico muy reputado. Éste, hombre joven aún y de buena presencia, exi gió &lt;br /&gt;el examen detallado de la enferma. Insistió con una com placencia especial en que el pudor de las doncellas era una re -&lt;br /&gt;miniscencia bárbara, y que no había nada más natural que el que un hombre aunque fuera joven auscultara a una mucha cha a &lt;br /&gt;medio vestir. &lt;br /&gt;Él estaba acostumbrado a hacerlo cada día y como no ex perimentaba, por tanto, emoción alguna, consideraba el pudor &lt;br /&gt;femenil no sólo como un resto de barbarie, sino también como una ofensa personal. &lt;br /&gt;Fue preciso someterse, porque, aunque todos los médicos hubiesen seguido igual número de cursos, estudiado los mis mos &lt;br /&gt;libros y hubiesen, por consiguiente, practicado la misma ciencia, no se sabe por qué razones, y a pesar de que algunos &lt;br /&gt;calificaron a aquel doctor de persona no muy recomendable, se resolvió que sólo él podía salvar a Kitty. &lt;br /&gt;Después de un atento examen de la enfe rma, confusa y aturdida, el célebre médico se lavó escrupulosamente las ma nos y &lt;br /&gt;salió al salón, donde le esperaba el Príncipe, quien le escuchó tosiendo y con aire grave. El Príncipe, como hombre ya de edad, &lt;br /&gt;que no era necio y no había estado nunca enfermo, no creía en la medicina y se sentía irritado ante aquella comedia, ya que era &lt;br /&gt;quizá el único que adivinaba la causa de la enfermedad de Kitty. &lt;br /&gt;«Este admirable charlatán sería capaz hasta de espantar la caza» , pensaba, expresando con aquellos término s de viejo &lt;br /&gt;cazador su opinión sobre el diagnóstico del médico. &lt;br /&gt;Por su parte, el doctor disimulaba con dificultad su desdén hacia el viejo aristócrata. Siendo la Princesa la verdadera dueña &lt;br /&gt;de la casa, apenas se dignaba dirigirle a él la palabra, y sólo ante ella se proponía derramar las perlas de sus conocimientos. &lt;br /&gt;La Princesa compareció en breve, seguida por el médico de la familia, y el Príncipe se alejó para no exteriorizar lo que &lt;br /&gt;pensaba de toda aquella farsa. &lt;br /&gt;La Princesa, desconcertada, sintiéndose ahora culpable con respecto a Kitty, no sabía qué hacer. &lt;br /&gt;–Bueno, doctor, decida nuestra suerte: digánoslo todo. &lt;br /&gt;Iba a añadir «¿Hay esperanzas?» , pero sus labios temblaron y no llegó a formular la pregunta. Limitóse a decir: &lt;br /&gt;–¿Así, doctor, que...? &lt;br /&gt;–Primero, Princesa, voy a hablar con mi colega y luego tendré el honor de manifestarle mi opinión. &lt;br /&gt;–¿Debo entonces dejarles solos? &lt;br /&gt;–Como usted guste... &lt;br /&gt;La Princesa salió, exhalando un suspiro. &lt;br /&gt;Al quedar solos los dos profesionales, el médico de familia comenzó tími damente a exponer su criterio de que se trataba de &lt;br /&gt;un proceso de tuberculosis incipiente, pero que... &lt;br /&gt;El médico célebre le escuchaba y en medio de su peroración consultó su voluminoso reloj de oro. &lt;br /&gt;–Bien –dijo–. Pero... &lt;br /&gt;El médico de familia calló respetuosamente en la mitad de su discurso. &lt;br /&gt;–Como usted sabe –dijo la eminencia–, no podemos precisar cuándo comienza un proceso tuberculoso. Hasta que no existen &lt;br /&gt;cavernas no sabemos nada en concreto. Sólo caben suposiciones. Aquí existen síntomas: mala nutrición,  nerviosismo, etc. La &lt;br /&gt;cuestión es ésta: admitido el proceso tuberculoso, ¿qué hacer para ayudar a la nutrición? &lt;br /&gt;–Pero usted no ignora que en esto se suelen mezclar siem pre causas de orden moral  –se permitió observar el otro mé dico, &lt;br /&gt;con una sutil sonrisa. &lt;br /&gt;–Ya, ya  –contestó la celebridad médica, mirando otra vez su reloj –. Perdone: ¿sabe usted si el puente de Yausa está ya &lt;br /&gt;terminado o si hay que dar la vuelta todavía? ¿Está concluido ya? Entonces podré llegar en veinte minutos... Pues, como hemos &lt;br /&gt;dicho, se trata de mejorar la alimentación y cal mar los nervios... Una cosa va ligada con la otra, y es preciso obrar en las dos &lt;br /&gt;direcciones de este círculo. &lt;br /&gt;–¿Y un viaje al extranjero? –preguntó el médico de la casa. &lt;br /&gt;–Soy enemigo de los viajes al extranjero. Si  el proceso tu berculoso existe, lo que no podemos saber, el viaje nada re -&lt;br /&gt;mediaría. Hemos de emplear un remedio que aumente la nutrición sin perjudicar al organismo. &lt;br /&gt;Y el médico afamado expuso un plan curativo a base de las aguas de Soden, plan cuyo méri to principal, a sus ojos, era &lt;br /&gt;evidentemente que las tales aguas no podían en modo alguno hacer ningún daño a la enferma. &lt;br /&gt;–Yo alegaría en pro del viaje al extranjero el cambio de ambiente, el alejamiento de las condiciones que despiertan re -&lt;br /&gt;cuerdos... Además, su madre lo desea... &lt;br /&gt;–En ese caso pueden ir. Esos charlatanes alemanes no le harán más que daño. Sería mejor que no les escuchara. Pero ya que &lt;br /&gt;lo quieren así, que vayan. &lt;br /&gt;Volvió a mirar el reloj. &lt;br /&gt;–Tengo que irme ya –dijo, dirigiéndose a la puerta. &lt;br /&gt;El médico famoso, en atención a las conveniencias profe sionales, dijo a la Princesa que había de examinar a Kitty una vez &lt;br /&gt;más. &lt;br /&gt;–¡Examinarla otra vez! –exclamó la madre, consternada. &lt;br /&gt;–Sólo unos detalles, Princesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 49&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Bien; haga el favor de pasar.. &lt;br /&gt;Y la madre, acompañada por el médico, entró en el saloncito de Kitty. &lt;br /&gt;Kitty, muy delgada, con las mejillas encendidas y un brillo peculiar en los ojos a causa de la vergüenza que había pasado &lt;br /&gt;momentos antes, estaba de pie en medio de la habitación. &lt;br /&gt;Al entrar el médico se ruborizó todavía más y sus ojos se llenaron de lágrimas. Su enfermedad y la curación se le figu raban &lt;br /&gt;una cosa estúpida y hasta ridícula. La cura le parecía tan absurda como querer reconstruir un jarro roto reuniendo los trozos &lt;br /&gt;quebrados. Su corazón estaba desgarrado. ¿Cómo componerlo con píldoras y drogas? &lt;br /&gt;Pero no se atrevía a contrariar a su madre, que se sentía, por otra parte, culpable con respecto a ella. &lt;br /&gt;–Haga el favor de sentarse, Princesa –dijo el médico famoso. &lt;br /&gt;Se sentó ante Kitty, sonriendo, y de nuevo, mientras le tomaba el pulso, comenzó a preguntarle las cosas más enojosas. &lt;br /&gt;Kitty, al principio, le contestaba, pero, impaciente al fin, se levantó y le contestó irritada: &lt;br /&gt;–Perdone, doctor, mas todo esto no conduce a nada. Ésta es la tercera vez que me pregunta usted la misma cosa. &lt;br /&gt;El médico célebre no se ofendió. &lt;br /&gt;–Excitación nerviosa ––dijo a la madre de Kitty cuando ésta hubo salido–. De todos modos, ya había terminado. &lt;br /&gt;Y el médico comenzó a explicar a la Princesa, como si se tratase de una mujer  de inteligencia excepcional, el estado de su &lt;br /&gt;hija desde el punto de vista científico, y terminó insistiendo en que hiciese aquella cura de aguas, que, a su juicio, de nada &lt;br /&gt;había de servir. &lt;br /&gt;Al preguntarle la Princesa si procedía ir al extranjero, el médico  se sumió en profundas reflexiones, como meditando sobre &lt;br /&gt;un problema muy difícil, y después de pensarlo mucho termino aconsejando que se hiciera el viaje. Puso, no obstante, por &lt;br /&gt;condición que no se hiciese caso de los charlatanes de allí y que se le consultara a él para todo. &lt;br /&gt;Cuando el médico se hubo ido se sintieron todos aliviados, como si hubiese sucedido allí algún feliz acontecimiento. La &lt;br /&gt;madre volvió a la habitación de Kitty radiante de alegría y Kitty fingió estar contenta también. Ahora se veía con  frecuencia &lt;br /&gt;obligada a disimular sus verdaderos sentimientos. &lt;br /&gt;–Es verdad, mamá, estoy muy bien. Pero si usted cree conveniente que vayamos al extranjero, podemos ir  –le dijo, y, para &lt;br /&gt;demostrar el interés que despertaba en ella aquel viaje, comenzó a hablar de los preparativos. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;II &lt;br /&gt;Después de marchar el médico, llegó Dolly. &lt;br /&gt;Sabía que se celebraba aquel día consulta de médicos y, a pesar de que hacía poco que se había levantado de la cama después &lt;br /&gt;de su último parto (a finales de invierno había dado a luz a  una niña), dejando a la recién nacida y a otra de sus hijas que se &lt;br /&gt;hallaba enferma, acudió a interesarse por la salud de Kitty. &lt;br /&gt;–Os veo muy alegres a todos ––dijo al entrar en el salón, sin quitarse el sombrero–. ¿Es que está mejor? &lt;br /&gt;Trataron de referirle lo que dijera el médico, pero resultó que, aunque éste había hablado muy bien durante largo rato, eran &lt;br /&gt;incapaces de explicar con claridad lo que había dicho. Lo único interesante era que se había resuelto ir al extranjero. &lt;br /&gt;Dolly no pudo reprimir un suspiro. Su mejor amiga, su hermana, se marchaba. Y su propia vida no era nada alegre. Des pués &lt;br /&gt;de la reconciliación, sus relaciones con su marido se ha bían convertido en humillantes para ella. La soldadura hecha por Ana &lt;br /&gt;resultó de escasa consistencia y la felicidad conyugal volvió a romperse por el mismo sitio. &lt;br /&gt;No había nada en concreto, pero Esteban Arkadievich no estaba casi nunca en casa, faltaba siempre el dinero para las &lt;br /&gt;atenciones del hogar y las sospechas de las infidelidades de su marido atormentaban a D olly continuamente, aunque procuraba &lt;br /&gt;eludirlas para no caer otra vez en el sufrimiento de los celos. La primera explosión de celos no podía vol verse a producir, y ni &lt;br /&gt;siquiera el descubrimiento de la infidelidad de su marido habría ya de despertar en ella el dolor de la primera vez. &lt;br /&gt;Semejante descubrimiento sólo le habría impedido atender sus obligaciones familiares; pero prefería dejarse engañar, &lt;br /&gt;despreciándole y despreciándose a sí misma por su debilidad. Además, las preocupaciones propias de una casa ha bitada por &lt;br /&gt;una numerosa familia ocupaban todo su tiempo: ya se trataba de que la pequeña no podía lactar bien, ya que de que la niñera se &lt;br /&gt;iba, ya, como en la presente ocasión, de que caía enfermo uno de los niños. &lt;br /&gt;–¿Cómo estáis en tu casa? –preguntó la Princesa a Dolly. &lt;br /&gt;–También nosotros tenemos muchas penas, mamá... Ahora está enferma Lilí, y temo que sea la escarlatina. Sólo he salido &lt;br /&gt;para preguntar por Kitty. Por eso he venido en seguida, por que si es escarlatina  –¡Dios nos libre!–, quién sabe cuándo  podré &lt;br /&gt;venir. &lt;br /&gt;Después de marchar el médico, el Príncipe había salido de su despacho y, tras ofrecer la mejilla a Dolly para que se la &lt;br /&gt;besase, se dirigió a su mujer: &lt;br /&gt;–¿Qué habéis decidido? ¿Ir al extranjero? ¿Y qué pensáis hacer conmigo? &lt;br /&gt;–Creo que debes quedarte, Alejandro –respondió su esposa. &lt;br /&gt;–Como queráis. &lt;br /&gt;–Mamá, ¿y por qué no ha de venir papá con nosotras? –preguntó Kitty–. Estaríamos todos mejor. &lt;br /&gt;El Príncipe se levantó y acarició los cabellos de Kitty. Ella alzó el rostro y le miró esforzándose en aparecer sonriente. &lt;br /&gt;Le parecía a Kitty que nadie de la familia la comprendía tan bien como su padre, a pesar de lo poco que hablaba con ella. Por &lt;br /&gt;ser la menor de sus hijas, era ella la predilecta del Príncipe y Kitty pensaba que su mismo amor le hacía penetrar  más en sus &lt;br /&gt;sentimientos. &lt;br /&gt;Cuando su mirada encontró los ojos azules y bondadosos del Príncipe, que la consideraba atentamente, le pareció que &lt;br /&gt;aquella mirada la penetraba, descubriendo toda la tristeza que había en su interior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 50&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Kitty se irguió, ruborizándose, y se adelantó hacia su padre esperando que la besara. Pero él se limitó a acariciar sus cabellos &lt;br /&gt;diciendo: &lt;br /&gt;–¡Esos estúpidos postizos! Uno no puede ni acariciar a su propia hija. Hay que contentarse con pasar la mano por los ca -&lt;br /&gt;bellos de alguna señora difunta... ¿Qué hace tu «triunfador», Dolliñka? –preguntó a su hija mayor. &lt;br /&gt;–Nada, papa –contestó ella, comprendiendo que se refería a su marido. Y agregó, con sonrisa irónica–: Está siempre fuera de &lt;br /&gt;casa. No le veo apenas. &lt;br /&gt;–¿Todavía no ha ido a la finca a vender la madera? &lt;br /&gt;–No... Siempre está preparándose para ir.. &lt;br /&gt;–Ya. ¡Preparándose para ir! ¡Habré yo también de hacer lo mismo! ¡Muy bien!  –dijo dirigiéndose a su mujer, mien tras se &lt;br /&gt;sentaba–. ¿Sabes lo que tienes que hacer, Kitty?  –agregó, hablando a su hija menor–. Pues cualquier día en que luzca un buen &lt;br /&gt;sol te levantas diciendo: «Me siento com pletamente sana y alegre y voy a salir de paseo con papa, tempranito de mañana y a &lt;br /&gt;respirar el aire fresco». ¿Qué te parece? &lt;br /&gt;Lo que había dicho su padre parecía muy sencillo, pero Kitty, al oírle, se turbó como un criminal cogido in fraganti. &lt;br /&gt;«Sí: él lo sabe todo, lo comprende todo, y con esas palabras quiere decirme que, aunque lo pasado sea vergonzoso, hay que &lt;br /&gt;sobrevivir a la vergüenza.» &lt;br /&gt;Pero no tuvo fuerzas para contestar. Iba a decir algo y, de pronto, estalló en sollozos y salió corriendo de la habitación. &lt;br /&gt;–¿Ves el resultado de tus bromas?  –dijo la Princesa, enfadada–. Siempre serás el mismo...  –añadió, y le espetó un discurso &lt;br /&gt;lleno de reproches. &lt;br /&gt;El Príncipe escuchó durante largo rato las acusaciones de su esposa y callaba, pero su rostro adquiría una expresión cada vez &lt;br /&gt;más sombría. &lt;br /&gt;–¡Se siente tan desgraciada la pobre, tan desgraciada! Y tú no comprendes que cualquier alusión a la causa de su sufri miento &lt;br /&gt;la hace padecer. Parece imposible que pueda una equivocarse tanto con los hombres. &lt;br /&gt;Por el cambio de tono de la Princesa, Dolly y el Príncipe adivinaron que se refería a Vronsky. &lt;br /&gt;–No comprendo que no haya leyes que castiguen a las personas que obran de una manera tan innoble, tan bajamente. &lt;br /&gt;–No quisiera ni oírte  –dijo el Príncipe con seriedad, le vantándose y como si fuera a marcharse, pero deteniéndose en el &lt;br /&gt;umbral–. Hay leyes, sí; las hay, mujer. Y si quieres sa ber quién es el culpable, te lo diré: tú y nadie m ás que tú, Siempre ha &lt;br /&gt;habido leyes contra tales personajes y las hay aún. ¡Sí, señora! Si no hubieran ido las cosas como no debían, si no hubieseis &lt;br /&gt;sido vosotras las primeras en introducirle en nuestra casa, yo, un viejo, habría sabido llevar a donde hicie ra falta a ese &lt;br /&gt;lechuguino. Pero como las cosas fueron como fue ron, ahora hay que pensar en curar a Kitty y en enseñarla a to dos esos &lt;br /&gt;charlatanes. &lt;br /&gt;El Príncipe parecía tener aún muchas cosas más por decir, pero apenas le oyó la Princesa hablar en aquel ton o, ella, como &lt;br /&gt;hacía siempre tratándose de asuntos serios, se arrepintió y se humilló. &lt;br /&gt;–Alejandro, Alejandro... –murmuró, acercándose a él, sollozante. &lt;br /&gt;En cuanto ella comenzó a llorar, el Príncipe se calmó a su vez. Se aproximó también a su esposa. &lt;br /&gt;–Basta, basta... Ya sé que sufres como yo. Pero ¿qué pode mos hacer? No se trata en resumidas cuentas de un grave mal. &lt;br /&gt;Dios es misericordioso... démosle gracias...  –continuó sin saber ya lo que decía y contestando al húmedo beso de la Princesa &lt;br /&gt;que acababa de sentir en su mano. Luego salió de la habitación. &lt;br /&gt;Cuando Kitty se fue llorando, Dolly comprendió que arre glar aquel asunto era propio de una mujer y se dispuso a entrar en &lt;br /&gt;funciones. Se quitó el sombrero y, arremangándose moral mente, si vale la frase, se apre stó a obrar. Mientras su madre había &lt;br /&gt;estado increpando a su padre, Dolly trató de contenerla tanto como el respeto se lo permitía. Durante el arrebato del Príncipe, &lt;br /&gt;se conmovió después con su padre viendo la bondad demostrada por él en seguida al ver llorar a la Princesa. &lt;br /&gt;Cuando su padre hubo salido, resolvió hacer lo que más urgía: ver a Kitty y tratar de calmarla. &lt;br /&gt;–Mamá: hace tiempo que quería decirle que Levin, cuando estuvo aquí la última vez, se proponía declararse a Kitty. Se lo &lt;br /&gt;dijo a Stiva. &lt;br /&gt;–¿Y qué? No comprendo... &lt;br /&gt;–Puede ser que Kitty le rechazara. ¿No te dijo nada ella?  &lt;br /&gt;–No, no me dijo nada de uno ni de otro. Es demasiado orgullosa, aunque me consta que todo es por culpa de aquél. &lt;br /&gt;–Pero imagina que haya rechazado a Levin... Yo creo que no lo hab ría hecho de no haber pasado lo que yo sé. ¡Y luego el &lt;br /&gt;otro la engañó tan terriblemente! &lt;br /&gt;La Princesa, asustada al recordar cuán culpable era ella con respecto a Kitty, se irritó. &lt;br /&gt;–No comprendo nada. Hoy día todas quieren vivir según sus propias ideas. No dicen nada a sus madres, y luego... &lt;br /&gt;–Voy a verla, mamá. &lt;br /&gt;–Ve. ¿Acaso te lo prohíbo? –repuso su madre. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;III &lt;br /&gt;Al entrar en el saloncito de Kitty, una habitación reducida, exquisita, con muñecas  vieux saxe, tan juvenil, rosada y ale gre &lt;br /&gt;como la propia Kitty sólo dos meses antes. Dolly recordó con cuánto cariño y alegría habían arreglado las dos el año anterior &lt;br /&gt;aquel saloncito. &lt;br /&gt;Vio a Kitty sentada en la silla baja más próxima a la puerta, con la mirada inmóvil fija en un punto del tapiz, y el corazón se &lt;br /&gt;le oprimió. &lt;br /&gt;Kitty miró a su hermana sin que se alterase la fría y casi severa expresión de su rostro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 51&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Ahora me voy a casa y no saldré de ella en muchos días; tampoco tú podrás venir a verme  –dijo Daria Alejandrovna, &lt;br /&gt;sentándose a su lado–. Así que quisiera hablarte. &lt;br /&gt;–¿De qué? –preguntó Kitty inmediatamente, algo alarmada y levantando la cabeza. &lt;br /&gt;–¿De qué quieres que sea, sino del disgusto que pasas? &lt;br /&gt;–No paso ningún disgusto. &lt;br /&gt;–Basta Kitty. ¿Crees acaso que no lo sé? Lo sé todo. Y créeme que es poca cosa. Todas hemos pasado por eso. &lt;br /&gt;Kitty callaba, conservando la severa expresión de su rostro &lt;br /&gt;–¡No se merece lo que sufres por él! –continuó Daria Alejandrovna, yendo derecha al asunto. &lt;br /&gt;–¡Me ha despreciado! –dijo Kitty con voz apagada–. No me hables de eso, te ruego que no me hables... &lt;br /&gt;–¿Quién te lo ha dicho? No habrá nadie que lo diga. Estoy segura de que te quería y hasta de que te quiere ahora, pero... &lt;br /&gt;–¡Lo que más me fastidia son estas compasiones! –exclamó Kitty de repente. Se agitó en la silla, se ruborizó y movió irritada &lt;br /&gt;los dedos, oprimiendo la hebilla del cinturón que tenía entre las manos. &lt;br /&gt;Dolly conocía aquella costumbre de su hermana de co ger la hebilla, ora con una, ora con otra mano, cuando es taba irritada. &lt;br /&gt;Sabía que en aquellos momentos Kitty era muy capaz  de perder la cabeza y decir cosas superfluas y hasta desagradables, y &lt;br /&gt;habría querido calmarla, pero ya era tarde. &lt;br /&gt;–¿Qué es, dime, qué es, lo que quieres hacerme compren der? –dijo Kitty rápidamente –. ¿Qué estuve enamorada de un &lt;br /&gt;hombre a quien yo le tenía  sin cuidado y que ahora me muero de amor por él? ¡Y eso me lo dice mi hermana pen sando &lt;br /&gt;probarme de este modo su simpatía y su piedad! ¡Para nada necesito esa piedad ni esa simpatía! &lt;br /&gt;–No eres justa, Kitty. &lt;br /&gt;–¿Por</description>
            <pubDate>Sat, 26 May 2007 22:40:13 +0100</pubDate>
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            <link>http://tolstoi.blogcindario.com/2007/05/00012.html</link>
            <description>Esteban Arkadievich contó muchas noticias interesantes y, sobre todo, una interesantísima para Levin: que su hermano Ser -&lt;br /&gt;gio Ivanovich se proponía pasar el verano con él, en el pueblo. &lt;br /&gt;No dijo una palabra de Kitty ni de los Scherbazky, sólo se limitó a transmitirle recuerdos de su mujer. &lt;br /&gt;Levin le agradeció mucho la delicadeza y se sintió feliz de su visita. Como siempre que vivía solo una temporada, había &lt;br /&gt;recogido en aquel tiempo gran cantida d de sentimientos e ideas que no podía compartir con los que le rodeaban, y ahora &lt;br /&gt;hablaba a su amigo de la alegría que le causaba la primavera, de sus planes futuros con respecto a la propiedad, de sus fracasos, &lt;br /&gt;de sus pensamientos; hacía comentarios sobre los libros que había leído y le habló, sobre todo, de la idea de su obra, la base de &lt;br /&gt;la cual consistía, aunque él no lo advirtiese, en una crítica de todas las obras antiguas que se habían escrito sobre el mismo &lt;br /&gt;tema. Esteban Arkadievich, que era siempr e amable y que todo lo comprendía con una palabra, estaba aquel día más amable &lt;br /&gt;que nunca, y Levin notó, además, en su amigo una especie de respeto y ternura hacia él que le encantaban. &lt;br /&gt;Las preocupaciones de Agafia Mijailovna y el cocinero respecto a la co mida tuvieron por resultado que los dos ami gos, que &lt;br /&gt;tenían gran apetito, acometieran los entremeses, comiendo mucho pan con mantequilla, caza ahumada y se tas saladas. Para &lt;br /&gt;colmo, Levin ordenó servir la sopa sin las empanadillas con las que el cocinero quería deslumbrar al invitado. &lt;br /&gt;Aunque acostumbrado a otras comidas, Esteban Arkadie vich lo encontraba todo excelente: el vodka de hierbas, el pan con &lt;br /&gt;manteca, la caza ahumada, el vino blanco de Crimea. Sí, todo era espléndido y exquisito. &lt;br /&gt;–¡Admirable admirable! –dijo, encendiendo un grueso cigarro después del asado –––. Se dijera que después de viajar en un &lt;br /&gt;vapor, entre ruidos y tambaleos, he arribado a una costa tranquila... ¿De modo que, según tú, el factor obrero debe ser &lt;br /&gt;estudiado a inspirar el modo de or ganizar la economía agraria? Aunque profano en estas materias, me parece que esa teo ría y &lt;br /&gt;su aplicación van a influir sobre el obrero también. &lt;br /&gt;–Sí; pero no olvides que no hablo de economía política, sino de la ciencia de la explotación de la tierra. Esta  última debe, &lt;br /&gt;como todas las ciencias naturales, estudiar los fenómenos, así como al obrero en los aspectos económico, etnográfico... &lt;br /&gt;Agafia Mijailovna entró con la confitura. &lt;br /&gt;–Agafia Mijailovna –dijo el invitado, haciendo ademán de chuparse los dedos –, ¡qué caza y qué licores tan bien pre parados &lt;br /&gt;tiene usted! ¿Qué, Kostia? ¿Es hora ya? &lt;br /&gt;Levin miró por la ventana el sol que se ponía entre las desnudas copas de los árboles del bosque. &lt;br /&gt;–Sí lo es. Kusmá, prepara el charabán –dijo Levin. &lt;br /&gt;Y descendieron. &lt;br /&gt;Ya abajo, Esteban Arkadievich quitó él mismo la funda de una caja de laca y, una vez abierta, comenzó a armar su esco peta, &lt;br /&gt;un arma cara, último modelo. &lt;br /&gt;Kusmá, presintiendo una buena propina para vodka, no se separaba de Esteban Arkadievich. Le ponía las medias  y las botas &lt;br /&gt;y él le dejaba hacer de buen grado. &lt;br /&gt;–Kostia, si llega el comerciante Riabinin, a quien he mandado llamar, ordena que le reciban y que espere. &lt;br /&gt;–¿Vendes el bosque a Riabinin? &lt;br /&gt;–Sí. ¿Le conoces? &lt;br /&gt;–Le conozco. Tuve con él asuntos que terminaron «positivamente y definitivamente». &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich rió. Aquellas últimas palabras eran las preferidas del comerciante. &lt;br /&gt;–Sí; habla de un modo muy divertido. ¡Veo que has comprendido a dónde va tu amo!  –añadió, acariciando a «Laska», que &lt;br /&gt;ladraba suavemente dando vueltas en torno a Levin y lamiéndole, ya las manos, ya las botas, ya la escopeta. &lt;br /&gt;Cuando salieron, el charabán estaba al pie de la escalera. &lt;br /&gt;–He mandado preparar el charabán, pero no está lejos... ¿Quieres que vayamos a pie? &lt;br /&gt;–No, será mejor que vayamos montados –dijo Esteban Arkadievich, acercándose al coche. &lt;br /&gt;Sentóse, se envolvió las piernas en una manta de viaje que imitaba una piel de tigre y encendió un cigarro, &lt;br /&gt;–No puedo comprender cómo no fumas. Un cigarro no es sólo un placer, sino el mejor d e los placeres. ¡Esto es vida! ¡Qué &lt;br /&gt;bien va aquí todo! ¡Así me gustaría vivir! &lt;br /&gt;–¿Quién te prohíbe hacerlo? –dijo, sonriendo, Levin. &lt;br /&gt;–¡Eres un hombre feliz! Tienes cuanto quieres: si quieres caballos, los tienes; si quieres perros, los tienes; si quieres ca za, la &lt;br /&gt;tienes; siquieres fincas, las tienes. &lt;br /&gt;–Acaso soy feliz porque me contento con lo que tengo y no me aflijo por lo que me falta –dijo Levin pensando en Kitty. &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich le comprendió. Miró a su amigo y no dijo nada. &lt;br /&gt;Levin agradecía a Oblonsk y que no le hubiese hablado de los Scherbazky, comprendiendo que no deseaba que lo hiciese. &lt;br /&gt;Pero al presente Levin sentía ya impaciencia por saber lo que tanto le atormentaba, aunque no se atrevía a hablar de ello. &lt;br /&gt;–¿Y qué, cómo van tus asuntos? –prejuntó Levin, comprendiendo que estaba mal por su parte hablar sólo de sí. &lt;br /&gt;Los ojos de su amigo brillaron de alegría. &lt;br /&gt;–Ya sé que tú no admites que se busquen panecillos cuando se tiene ya una ración de pan corriente y que lo consi deras un &lt;br /&gt;delito; pero yo no com prendo la vida sin amor  –respondió, interpretando a su modo la pregunta de Levin –. ¡Qué le vamos a &lt;br /&gt;hacer! Soy así. Esto perjudica poco a los demás y en cambio a mí me proporciona tanto placer... &lt;br /&gt;–¿Hay algo nuevo sobre eso? –preguntó Levin. &lt;br /&gt;–Hay, hay... ¿Conoces ese tipo de mujer de los cuadros de Osián? Esos tipos que se ven en sueños... Pues mujeres así existen &lt;br /&gt;en la vida. Y son terribles. La mujer, amigo mío, es un ser que por más que lo estudies te resulta siempre nuevo. &lt;br /&gt;–Entonces vale más no estudiarlo. &lt;br /&gt;–¡No! Un matemático ha dicho que el placer no está en descubrir la verdad, sino en el esfuerzo de buscarla. &lt;br /&gt;Levin escuchaba en silencio, y a pesar de todos sus esfuerzos, no podía comprender el espíritu de su amigo. Le era imposible &lt;br /&gt;entender sus sentimientos y el placer que experimentaba estudiando a aquella especie de mujeres. ,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 68&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XV &lt;br /&gt;El lugar indicado para la caza estaba algo más arriba del arroyo, no lejos de allí, en el bosquecillo de pequeños olmos. &lt;br /&gt;Al llegar, dejaron el coche y Levin condujo a Oblonsky a la extremidad de un claro pantanoso, cubierto de musgo, donde ya &lt;br /&gt;no había nieve. Él se instaló en otro extremo del claro, junto a un álamo blanco igual al de Oblonsky; apoyó la esco peta en una &lt;br /&gt;rama seca baja, se quitó el caftán, se ajustó el cinturón y comprobó que podía mover los brazos libremente. &lt;br /&gt;La vieja «Laska», que seguía todos sus pasos, se sentó frente a él con precaución y aguzó el oído. El sol se ponía tras el &lt;br /&gt;bosque grande. A la luz crepuscular, los álamos blancos di seminados entre los olmos se destacaban, nítidos, con sus bo tones &lt;br /&gt;prontos a florecer. &lt;br /&gt;En la espesura, donde aún había nieve, corría el agua con leve rumor formando caprichosos arroyuelos. Los pájaros &lt;br /&gt;gorjeaban saltando de vez en cuando de un árbol a otro. En los intervalos  de silencio absoluto se sentía el ligero crujir de las &lt;br /&gt;hojas secas del año pasado, removidas por el deshielo y el crecer de las hierbas. &lt;br /&gt;–¡Qué hermoso es esto! Se siente y hasta se ve crecer la hierba  –exclamó Levin, viendo una hoja de color pizarra mo verse &lt;br /&gt;sobre la hierba nueva. &lt;br /&gt;Escuchaba y miraba ora la tierra mojada cubierta de mus gos húmedos, ora a «Laska», atenta a todo rumor, ora el mar de &lt;br /&gt;copas de árboles desnudos que tenía delante, ora el cielo que, velado por las blancas vedijas de las nubecillas , se oscurecía &lt;br /&gt;lentamente. &lt;br /&gt;Un buitre batiendo las alas muy despacio volaba altísimo sobre el bosque lejano; otro buitre volaba en la misma direc ción y &lt;br /&gt;desapareció. La algarabía de los pájaros en la espesura era cada vez más fuerte. Se oyó el grito de un  búho. «Laska», &lt;br /&gt;avanzando con cautela con la cabeza ladeada, comenzó a es cuchar con atención. Al otro lado del arroyo se sintió el cantar de &lt;br /&gt;un cuclillo. El canto se repitió dos veces, luego se apresuró y se hizo más confuso. &lt;br /&gt;–¡Ya tenemos ahí un cuclillo! –dijo Esteban Arkadievich saliendo de entre los arbustos. &lt;br /&gt;–Ya lo oigo –repuso Levin, enojado al sentir interrumpido el silencio y con una voz que a él mismo le sonó desa gradable–. &lt;br /&gt;Ahora, pronto... &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich desapareció de nuevo en la maleza y L evin no vio más que la llamita de un fósforo y la pequeña brasa &lt;br /&gt;de un cigarro con una voluta de humo azul. &lt;br /&gt;Chic–chic, sonaron los gatillos de la escopeta que Esteban Arkadievich levantaba en aquel momento. &lt;br /&gt;–¿Qué es eso? ¿Quién grita? –preguntó Oblonsky, llamando la atención a Levin sobre un ruido sordo y prolongado como el &lt;br /&gt;piafar de un potro. &lt;br /&gt;–¿No lo sabes? Es el macho de la liebre. Pero basta de hablar. ¿No oyes? ¡Se oye ya volar! –exclamó Levin alzando a su vez &lt;br /&gt;los gatillos. &lt;br /&gt;Se sintió un silbido agudo y  lejano y en dos segundos, el espacio de tiempo familiar a los cazadores, sonaron otros dos &lt;br /&gt;silbidos y luego el característico cloqueo. &lt;br /&gt;Levin miró a derecha a izquierda, y ante sí, en el cielo azul seminublado, sobre las suaves copas de los arbolillos, div isó un &lt;br /&gt;pájaro. &lt;br /&gt;Volaba hacia él directamente. Su cloqueo, tan semejante al rasgar de un tejido recio, se sintió casi en el mismo oído de &lt;br /&gt;Levin, quien veía ya su largo pico y su cuello. &lt;br /&gt;En el momento en que se echaba la escopeta a la cara, tras el arbusto qu e ocultaba a Oblensky brilló un relámpago rojo. El &lt;br /&gt;pájaro bajó, como una flecha, y volvió a remontarse. Surgió un segundo relámpago y se oyó una detonación. &lt;br /&gt;El ave, moviendo las alas como para sostenerse, se detuvo un momento en el aire y luego cayó pesadamente a tierra. &lt;br /&gt;–¿No le he dado? ¿No he hecho blanco? –preguntó Esteban Arkadievich, que no podía ver a través del humo. &lt;br /&gt;–Aquí está –dijo Levin, señalando a «Laska» que, levantando una oreja y agitando la cola, traía a su dueño el pájaro muerto, &lt;br /&gt;lentamente, como si quisiera prolongar el placer, se diría que sonriendo... &lt;br /&gt;–¡Me alegro de que hayas acertado!  –dijo Levin, sin tiendo a la vez cierta envidia de no haber sido él quien matara a la &lt;br /&gt;chocha. &lt;br /&gt;–¡Pero erré el tiro del cañón derecho, caramba! –contestó Esteban Arkadievich cargando el arma–. ¡Chist! Ya vuelven. &lt;br /&gt;Se oyeron, en efecto, silbidos penetrantes y seguidos. Dos chochas, jugueteando, tratando de alcanzarse, silbando sin emitir &lt;br /&gt;el cloqueo habitual, volaron sobre las mismas cabezas de los cazadores. &lt;br /&gt;Se oyeron cuatro disparos. Las chochas dieron una vuelta, rápidas como golondrinas, y desaparecieron. &lt;br /&gt;La caza resultaba espléndida. Esteban Arkadievich mató dos piezas más y Levin otras dos, una de las cuales no pudo &lt;br /&gt;encontrarse. Oscurecía. Venus, clara,  como de plata, brillaba muy baja, con suave luz, en el cielo de poniente, mientras, en &lt;br /&gt;levante, fulgían las rojizas luces del severo Arturo. &lt;br /&gt;Levin buscaba y perdía de vista sobre su cabeza la conste lación de la Osa Mayor. Ya no volaban las chochas. Pero  Levin &lt;br /&gt;resolvió esperar hasta que Venus, visible para él bajo una rama seca, brillase encima de ella y hasta que se divisasen en el cielo &lt;br /&gt;todas las estrellas del Carro. &lt;br /&gt;Venus remontó la rama, fulgía ya en el cielo azul toda la constelación de la Osa, con s u carro y su lanza, y Levin continuaba &lt;br /&gt;esperando. &lt;br /&gt;–¿Volvemos? –preguntó Esteban Arkadievich. &lt;br /&gt;En el bosque reinaba un silencio absoluto y no se movía ni un pájaro. &lt;br /&gt;–Quedémonos un poco más –dijo Levin. &lt;br /&gt;–Como quieras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 69&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora estaban a unos quince pasos uno de otro. &lt;br /&gt;–Stiva ––dijo de pronto Levin–, ¿por qué no me dices si tu cuñada se casa o se ha casado ya?  –y al decir esto, se sentía tan &lt;br /&gt;firme y sereno que creía que ninguna contestación había de conmoverle. &lt;br /&gt;Pero no esperaba la respuesta de Oblonsky. &lt;br /&gt;–No pensaba ni piensa casarse. Está muy enferma y los médicos la han enviado al extranjero. Hasta se teme por su vida. &lt;br /&gt;–¿Qué dices? ––exclamó Levin–. ¿Muy enferma? ¿Qué tiene? ¿Cómo es que ...? &lt;br /&gt;Mientras hablaba, «Laska», aguzando los oídos, miraba al cielo y contemplaba a los dos con reproche. &lt;br /&gt;«Ya han encontrado ocasión de hablar», pensaba la perra. «Y mientras tanto el pájaro está aquí, volando. Y no van a verlo. » &lt;br /&gt;Pero en aquel momento los dos cazadores oyeron a la vez un silbido penetrante que parecía golpearles las orejas. &lt;br /&gt;Ambos empujaron sus armas, brillaron dos relámpagos y dos detonaciones se confundieron en una. &lt;br /&gt;Una chocha que volaba muy alta plegó las alas instantánea mente y cayó en la espesura, doblando al desplomarse las ra mas &lt;br /&gt;nuevas. &lt;br /&gt;–¡Magnífico! ¡Es de los dos! –exclamó Levin y corrió con «Laska» en dirección al bosque para buscar la chocha. &lt;br /&gt;«¿No me han dicho ahora algo desagradable?», se preguntó. «¡Ah, sí; que Kitty está enferma! En fin, ¿qué le vamos a hacer? &lt;br /&gt;Pero me apena mucho», pensaba. &lt;br /&gt;–¿Ya la has encontrado? ¡Eres un as! ––dijo tomando de boca de «Laska» el pájaro palpitante aún y metiéndolo en el morral &lt;br /&gt;casi lleno. &lt;br /&gt;Y gritó: &lt;br /&gt;–¡Ya la ha encontrado, Stiva! &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XVI &lt;br /&gt;De vuelta a casa, Levin preguntó detalles sobre la dolencia de Kitty y sobre los plan es de los Scherbazky, y aunque le &lt;br /&gt;avergonzaba confesarlo, hablar de ello le producía satisfacción. &lt;br /&gt;Le satisfacía porque en aquel tema sentía renacer en su alma la esperanza, y también por la secreta satisfacción que le &lt;br /&gt;proporcionaba el saber que también sufría la que tanto le había hecho sufrir a él. Pero cuando su amigo quiso informarle de las &lt;br /&gt;causas de la enfermedad de Kitty y nombró a Vronsky, Levin le interrumpió: &lt;br /&gt;–No tengo derecho alguno y tampoco, a decir verdad, interés en entrar en detalles familiares. &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich sonrió imperceptiblemente al obser var el rápido  –y tan conocido para él – cambio de expresión del &lt;br /&gt;semblante de Levin, tan triste ahora como alegre un momento antes. &lt;br /&gt;–¿Has ultimado con Riabinin lo de la venta del bosque? –preguntó Levin. &lt;br /&gt;–Sí, todo ultimado. El precio es excelente: treinta y ocho mil rublos. Ocho mil al contado y los demás pagaderos en seis &lt;br /&gt;años. He esperado mucho tiempo antes de decidirme, pero nadie me daba más. &lt;br /&gt;–Veo que lo das regalado. &lt;br /&gt;–¿Regalado? –dijo Esteban Arkadievich con benévola sonrisa, sabiendo que Levin ahora lo encontraría todo mal. &lt;br /&gt;–Un bosque vale por lo menos quinientos rublos por deciatina –aseveró Levin. &lt;br /&gt;–¡Cómo sois los propietarios rurales!  –bromeó Esteban Arkadievich –. ¡Qué tono de desprecio h acia nosotros, los de la &lt;br /&gt;ciudad! Pero luego, cuando se trata de arreglar algún asunto, resulta que nosotros lo hacemos mejor. Lo he calcu lado todo, &lt;br /&gt;créeme, Y he vendido el bosque tan bien que sólo temo que Riabinin se vuelva atrás. Ese bosque no es made rable –continuó, &lt;br /&gt;tratando de convencer a Levin, diciendo que no era « maderable» , de lo equivocado que estaba –. No sirve más que para leña. &lt;br /&gt;No se obtienen más de treinta sajeñs por deciatina y Riabinin me da doscientos rublos por deciatina. &lt;br /&gt;Levin sonrió despreciativamente. &lt;br /&gt;«Conozco el modo de tratar asuntos que tienen los habitan tes de la ciudad. Vienen al pueblo dos veces en diez años, re -&lt;br /&gt;cuerdan dos o tres expresiones populares y las dicen luego sin ton ni son, imaginando que ya han hallado el secreto  de todo. &lt;br /&gt;¡«Maderable» ! ¡«Levantar treinta sajeñs»! Pronuncia palabras que no entiende», pensó Levin. &lt;br /&gt;–Yo no trato de ir a enseñarte lo que tienes que hacer en tu despacho, y en caso necesario voy a consultarte  ––dijo en alta &lt;br /&gt;voz–. En cambio, tú estás con vencido de que entiendes algo de bosques. ¡Y entender de eso es muy difícil! ¿Has contado los &lt;br /&gt;árboles? &lt;br /&gt;–¡Contar los árboles!  ––contestó riendo Esteban Arkadie vich, que deseaba que su amigo perdiese su triste disposición de &lt;br /&gt;ánimo–. «¡Oh! Contar granos de arena y rayos de estrellas, ¿qué genio lo podría hacer?» ––declamó sonriente. &lt;br /&gt;–––Cierto; pero el genio de Riabinin es muy capaz de eso. Y ningún comprador compraría sin contar, excepto en el caso &lt;br /&gt;concreto de que le regalaran un bosque, como ahora. Yo co nozco bien tu bosque. Todos los años voy a cazar allí. Tu bos que &lt;br /&gt;vale quinientos rublos por deciatina al contado y Riabinin te paga doscientos a plazos. Eso significa que le has regalado treinta &lt;br /&gt;mil rublos. &lt;br /&gt;–Veo que quieres exagerar ––contestó Esteban Arkadievich–. ¿Cómo es que nadie me los daba? &lt;br /&gt;–Porque Riabinin se ha puesto de acuerdo con los demás posibles compradores, pagándoles para que se retiren de la &lt;br /&gt;competencia. No son compradores, sino revendedores. Riabi nin no realiza negocios para ganar el qui nce o veinte por ciento, &lt;br /&gt;sino que compra un rublo por veinte copecks. &lt;br /&gt;–Vamos, vamos; estás de mal humor y... &lt;br /&gt;–No lo creas –––dijo Levin con gravedad. &lt;br /&gt;Llegaban ya a casa.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentario: Medida que &lt;br /&gt;equivale a 2.134 metros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 70&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Junto a la escalera se veía un charabán tapizado de piel y con armadura de hierro y uncido a él un caballo robusto, sujeto con &lt;br /&gt;sólidas correas. En el carruaje estaba el encargado de Riabinin, que servía a la vez de cochero. Era un hombre san guíneo, rojo &lt;br /&gt;de cara, y llevaba un cinturón muy ceñido. &lt;br /&gt;Riabinin estaba ya en casa; y los dos amigos le hallaron en el recibidor. Era alto, delgado, de mediana edad, con bigote y con &lt;br /&gt;la pronllnente barbilla afeitada con esmero. Tenía los ojos sal tones y turbios. Vestía una larga levita azul, con botones muy &lt;br /&gt;bajos en los faldones, y calzaba botas altas, arrugadas en los tobillos y rectas en las piernas, protegidas por grandes chanclos. &lt;br /&gt;Con gesto enérgico se secó el rostro y se arregló is levita, aunque no lo necesitaba. Luego saludó sonriendo a los recién &lt;br /&gt;llegados, tendiendo una mano a Esteban Arkadievich como si desease atraparle al vuelo. &lt;br /&gt;–¿Conque ya ha llegado usted? –dijo Esteban Arkadievich–. ¡Muy bien! &lt;br /&gt;–Aunque el camino es muy malo, no osé desobedecer las órdenes de Vuestra Señoría. Tuve que apresurarme mucho, pero &lt;br /&gt;llegé a la hora. Tengo el gusto de saludarle, Constantino Dmitrievich. &lt;br /&gt;Y se dirigió a Levin, tratando también de estrechar su mano. Pero Levin, con las cejas fruncidas, fingió no ver su gesto y &lt;br /&gt;comenzó a sacar las chochas del morral. &lt;br /&gt;–¿Cómo se llama ese pájaro? –preguntó Riabinin, mirando las chochas con desprecio–. Debe de tener cierto regusto de... &lt;br /&gt;Y movió la cabeza en un gesto de desaprobación, como pensando que las ganancias de la caza no debían de cubrir los gastos. &lt;br /&gt;–¿Quieres pasar a mi despacho?  –preguntó Levin a Oblonsky en franc és, arrugando aún más el entrecejo –. Sí; pasad al &lt;br /&gt;despacho y allí podréis hablar más cómodamente y sin testigos. &lt;br /&gt;–Bien, como usted quiera –dijo Riabinin. &lt;br /&gt;Hablaba con desdeñosa suficiencia, como deseando hacer comprender que, si hay quien halla dificultades sobre la manera en &lt;br /&gt;hay que terminar un negocio, él no las conocía nunca. &lt;br /&gt;Al entrar en el despacho, Riabinin miró buscando la santa imagen que se acostumbra colgar en las habitaciones, pero, al no &lt;br /&gt;verla, no se persignó. Después miró las estanterías y arma rios de libros con la expresión de duda que tuviera ante las chochas, &lt;br /&gt;sonrió con desprecio y movió la cabeza, seguro ahora de que aquellos gastos no se cubrían con las ganancias. &lt;br /&gt;–¿Qué?, ¿ha traído el dinero? –preguntó Oblonsky–. Siéntese... &lt;br /&gt;–Sobre el dinero no habrá dificultad. Venía a verle, a hablarle... &lt;br /&gt;–¿Hablar de qué? Siéntese, hombre. &lt;br /&gt;–Bueno; nos sentaremos –dijo Riabinin, haciéndolo y apoyándose en el respaldo de la butaca del modo que le resul taba más &lt;br /&gt;molesto–. Es preciso que rebaje el precio, P ríncipe. No se puede dar tanto. Yo traigo el dinero preparado, hasta el último &lt;br /&gt;copeck. Respecto al dinero no habrá dificultades... &lt;br /&gt;Levin, después de haber puesto la escopeta en el armario, se disponía a salir de la habitación, pero al oír las palabras del &lt;br /&gt;comprador, se detuvo. &lt;br /&gt;–Sin eso se lleva ya usted el bosque regalado. Mi amigo me ha hablado demasiado tarde, si no habría fijado el precio yo  –––&lt;br /&gt;dijo Levin. &lt;br /&gt;Riabinin se levantó y, sonriendo en silencio, miró a Levin de pies a cabeza. &lt;br /&gt;–Constantino Dmitrievich es muy avaro –––dijo, dirigiéndose a Oblonsky y sin dejar de sonreír –––. En definitiva, no se le &lt;br /&gt;puede comprar nada. Yo le hubiese adquirido el trigo pagándoselo a buen precio, pero... &lt;br /&gt;–¿Querría acaso que se lo regalara? –repuso Levin–. No me lo encontré en la tierra ni lo robé. &lt;br /&gt;–¡No diga usted eso! En nuestros tiempos es decididamente imposible robar. Hoy, al fin y al cabo, todo se hace a través del &lt;br /&gt;juzgado y de los notarios; todo honesta y lealmente... ¿Cómo sería posible robar? Nuestros tratos han sido llevados con honora-&lt;br /&gt;bilidad. El señor pide demasiado por el bosque, y no podría cubrir los gastos. Por eso le pido que me rebaje algo. &lt;br /&gt;–¿Pero el trato está cerrado o no? Si lo está, sobra todo regateo. Si no lo está, compro yo el bosque ––dijo Levin. &lt;br /&gt;La sonrisa desaparecio de súbito del rostro de Riabinin y se sustituyó por una expresión dura, de ave de rapiña, de buitre... &lt;br /&gt;Con dedos ágiles y decididos, desabrochó su levita, mos trando debajo una amplia camisa, desabrochó los botones de cobre de &lt;br /&gt;su chaleco, separó la cadena del reloj y sacó rápidamente una vieja y abultada cartera. &lt;br /&gt;–El bosque es mío, con perdón –dijo, santiguándose a toda prisa, y adelantando la mano–. Tome el dinero, el bosque es mío. &lt;br /&gt;Riabinin hace así sus negocios, no se entretiene en menudencias. &lt;br /&gt;–En tu lugar yo no me apresuraría a cogerle el dinero ––dijo Levin. &lt;br /&gt;–¿Qué quieres que haga? –repuso Oblonsky con extrañeza–. He dado mi palabra. &lt;br /&gt;Levin salió de la habitación dando un portazo. Riabinin movió la cabeza y miró hacia la puerta sonriente. &lt;br /&gt;–¡Cosas de jóvenes, niñerías! Si lo compro, crea en mi lealtad, lo hago sólo porque se diga que fue Riabinin quien compró el &lt;br /&gt;bosque y no otro. ¡Dios sabe cómo me resultará! Puede usted creerme. Y ahora haga el favor: fírmeme usted el contrato. &lt;br /&gt;Una hora después, Riabinin, abrochando su gabán cuidadosamente y cerrando todos los botones de su levita, en cuyo bolsillo &lt;br /&gt;llevaba el contrato de venta, se sentaba en el pescante del charabán para volver a su casa. &lt;br /&gt;–¡Oh, lo que son estos señores! –dijo a su encargado–. Siempre los mismos. &lt;br /&gt;–Claro –repuso el empleado entregándole las riendas y ajustando la delantera de cuero del vehículo –. ¿Puedo felicitarle por &lt;br /&gt;la compra, Mijail Ignatich? &lt;br /&gt;–¡Arte, arte! –gritó el comprador animando a los caballos. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XVII &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich subió al piso alto con el bolsillo hen chido del papel moneda que el comerciante le había pagado con &lt;br /&gt;tres meses de anticipación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 71&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El asunto del bosque estaba terminado, la caza había sido abundante y Esteban Arkadievich, hallándose muy o ptimista, &lt;br /&gt;deseaba disipar el mal humor de Levin. Quería terminar el día como lo había empezado, y cenar tan agradablemente como &lt;br /&gt;había comido. &lt;br /&gt;Levin, en efecto, estaba de mal humor y, pese a su deseo de mostrarse amable y cariñoso con su caro amigo, no logr aba &lt;br /&gt;dominarse. La embriaguez que le produjo la noticia de que Kitty no se había casado se había ido desvaneciendo en él poco a &lt;br /&gt;poco. &lt;br /&gt;Kitty no estaba casada y se hallaba enferma, enferma de amor por un hombre que la despreciaba. Parecíale que en lo &lt;br /&gt;sucedido había también como una vaga ofensa para él. Vronsky había desdeñado a quien desdeñara a Levin... Vronsky, pues, &lt;br /&gt;tenía derecho a despreciar a Levin. En consecuencia, era enemigo suyo. &lt;br /&gt;Pero Levin no quería razonar sobre ello. Sentía que había algo ofensivo  para él y se irritaba no contra la causa, sino con tra &lt;br /&gt;cuanto tenía delante. La necia venta del bosque, el engaño en que Oblonsky cayera y que se había consumado en su casa, le &lt;br /&gt;irritaba. &lt;br /&gt;–¿Terminaste ya? –preguntó a Esteban Arkadievich al encontrarle arriba–. ¿Quieres cenar? &lt;br /&gt;–No me niego. Se me ha despertado en este pueblo un apetito fenomenal. ¿Por qué no has invitado a Riabinin? &lt;br /&gt;–¡Que se vaya al diablo! &lt;br /&gt;–¡Le tratas de un modo! –dijo Oblonsky–. Ni le has dado la mano. ¿Por qué haces eso? &lt;br /&gt;–Porque no doy la mano a mis criados y, sin embargo, valen cien veces más que él. &lt;br /&gt;–Eres, decididamente, un retrógrado. ¿Y la confraternidad de clases? –preguntó Oblonsky. &lt;br /&gt;–Quien desee confraternizar, que lo haga cuanto quiera. A mí lo que me asquea, me asquea. &lt;br /&gt;–Eres un reaccionario cerril. &lt;br /&gt;–Te aseguro que no he pensado nunca en lo que soy. Soy Constantino Levin y nada más. &lt;br /&gt;–Y un Constantino Levin malhumorado –comentó, riendo, Esteban Arkadievich. &lt;br /&gt;–¡Sí: estoy de mal humor! ¿Y sabes por qué? Permíteme que te lo diga: por esa estúpida venta que has hecho. &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich arrugó las cejas con benevolencia, como hombre a quien acusan y ofenden injustamente. &lt;br /&gt;–Basta –dijo–. Cuando uno vende algo sin decirlo, to dos le aseguran después que lo que vende valía mucho más. Pero &lt;br /&gt;cuando uno ofrece algo en venta, nadie le da nada. Veo que tienes ojeriza a ese Riabinin. &lt;br /&gt;–Es posible... ¿Y sabes por qué? Vas a decir de nuevo que soy un reaccionario o alguna cosa peor... Pero no puedo me nos de &lt;br /&gt;afligirme viendo a la nobleza, esta nobleza a  la cual, a pesar de esta monserga de la confraternidad de clases, me honro en &lt;br /&gt;pertenecer, va arruinándose de día en día... Y lo malo es que esa ruina no es una consecuencia del lujo. Eso no sería ningún &lt;br /&gt;mal, porque vivir de un modo señorial corresponde a  la nobleza y sólo la nobleza lo sabe hacer. Que los aldeanos compren &lt;br /&gt;tierras al lado de las nuestras no me ofende. El señor no hace nada; el campesino trabaja, justo es que despoje al ocioso. Esto &lt;br /&gt;está en el orden natural de las cosas, y a mí me parece muy  bien; me satisface incluso. Pero me indigna que la nobleza se &lt;br /&gt;arruine por candidez. Hace poco un arrendatario polaco compró una espléndida propiedad por la mitad de su valor a una &lt;br /&gt;anciana señora que vive en Niza. Otros arriendan a los comerciantes, a rublo por deciatina, la tierra que vale diez rublos. Ahora &lt;br /&gt;tú, sin motivo alguno, has regalado a ese ladrón treinta mil rublos. &lt;br /&gt;–¿Qué querías que hiciera? ¿Contar los árboles? &lt;br /&gt;–¡Claro! Tú no los has contado y Riabinin sí; y después los hijos de Riabinin tendrá n dinero para que les eduquen, y acaso a &lt;br /&gt;los tuyos les falte. &lt;br /&gt;–Perdona; pero encuentro algo mezquino en eso de contar los árboles. Nosotros tenemos nuestro trabajo, ellos tienen el suyo &lt;br /&gt;y es justo que ganen algo. ¡En fin: el asunto está termi nado y basta! Ahí veo huevos al plato de la manera que más me gustan. &lt;br /&gt;Y Agafia Mijailovna nos traerá sin duda aquel milagroso néctar de vodka con hierbas. &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich, sentándose a la mesa, comenzó a bro mear con Agafia Mijailovna, asegurándole que hacía tiemp o que &lt;br /&gt;no había comido y cenado tan bien como aquel día. &lt;br /&gt;–Usted dice algo, siquiera –repuso ella–; pero Constantino Dmitrievich nunca dice nada. Si se le diera una corteza de pan por &lt;br /&gt;toda comida, tampoco diría ni una palabra. &lt;br /&gt;Aunque Levin se esforzaba en vencer su mal humor, permaneció todo el tiempo triste y taciturno. &lt;br /&gt;Deseaba preguntar algo a su amigo, pero no halló ocasión ni manera de hacerlo. &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich había bajado ya a su cuarto, se había desnudado, lavado, se había puesto el pijama y acost ado y, sin &lt;br /&gt;embargo, Levin no se resolvía a dejarle, hablando de cosas in significantes y sin encontrar la fuerza para preguntarle lo que &lt;br /&gt;quería. &lt;br /&gt;–¡Qué admirablemente preparan ahora los jabones! dijo Levin, desenvolviendo el trozo de jabón perfumado que Aga fia &lt;br /&gt;Mijailovna había dejado allí para el huésped y que éste no había tocado– Míralo: es una obra de arte. &lt;br /&gt;–Sí, ahora todo es muy perfecto  ––dijo Oblonsky, bostezando con la boca totalmente abierta –. Por ejemplo, los teatros y &lt;br /&gt;demás espectáculos están alumbrados con luz eléctrica. ¡Ah, ah, ah! –y bostezaba más aún–. En todas partes hay electricidad, &lt;br /&gt;en todas partes... &lt;br /&gt;–Sí, la electricidad... –respondió Levin–. Sí... ¿Oye?, ¿dónde está Vronsky ahora? –preguntó dejando el jabón. &lt;br /&gt;–¿Vronsky? ––dijo Esteban Arkadievich, concluyendo un nuevo bostezo –. Está en San Petersburgo. Marchó poco des pués &lt;br /&gt;que tú y no ha vuelto a Moscú ni una vez. Voy a decirte la verdad, Kostia –continuó Oblonsky, apoyando el brazo en la mesilla &lt;br /&gt;de noche junto a su lecho y poniendo el rostro hermoso y rubicundo sobre la mano, mientras a sus ojos bondadosos y cargados &lt;br /&gt;de sueños parecían asomar los destellos de miríadas de estrellas. Tú tuviste la culpa, te asustaste ante tu rival. Y yo, como te &lt;br /&gt;dije en aquel momento, aún no sé quién de los dos tenía más probabilidades de triunfar. ¿Por qué no fuiste derechamente hacia &lt;br /&gt;el objetivo? Ya te dije entonces que... &lt;br /&gt;Y Esteban Arkadievich bostezó sólo con un movimiento de mandíbulas, sin abrir la boca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 72&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«¿Sabrá o no sabrá que pedí la mano de Kitty?»,  pensó Levin mirándole. « Sí: se nota una expresión muy astuta, muy di -&lt;br /&gt;plomática, en su semblante.» &lt;br /&gt;Y, advirtiendo que se ruborizaba, Levin miró a Esteban Arkadievich a los ojos. &lt;br /&gt;–Cierto que entonces Kitty se sentía algo atraída hacia Vronsky  –continuaba Oblonsky–. ¡Claro: su porte distin guido y su &lt;br /&gt;futura situación en la alta sociedad influyeron mucho, no sobre Kitty, sino sobre su madre! &lt;br /&gt;Levin frunció las cejas. La ofensa de la negativa que se le había dado le abrasaba el corazón como una herida recien te, pero &lt;br /&gt;ahora estaba en su casa, y sentirse entre los muros propios es cosa que siempre da valor. &lt;br /&gt;–Espera –interrumpió a Oblonsky–. Permíteme que te pregunte: ¿en qué consiste ese porte distinguido de que has hablado, &lt;br /&gt;ya sea en Vronsky o en quien sea? Tú consideras que Vronsky es un aristócrata y yo no. El hombre cuyo padre salió de la nada &lt;br /&gt;y llegó a la cumbre por saber arrastrarse, el hombre cuya madre ha tenido no se sabe cuántos amantes... Perdona; pero yo me &lt;br /&gt;considero aristócrata y considero tales a l os que se me parecen por tener tras ellos dos o tres generaciones de fa milias &lt;br /&gt;honorables que alcanzaron el grado máximo de educa ción (sin hablar de capacidades y de inteligencia, que es otra cosa), que &lt;br /&gt;jamás cometieron canalladas con nadie, que no ne cesitaron de nadie, como mis padres y mis abuelos. Conozco muchos así. A &lt;br /&gt;ti te parece mezquino contar los árboles en el bosque, y tú, en cambio, regalas treinta mil rublos a Riabinin; pero tú, claro, &lt;br /&gt;recibes un sueldo y no sé cuántas cosas más, mientras yo no  recibo nada, y por eso cuido los bienes fami liares y los &lt;br /&gt;conseguidos con mi trabajo... Nosotros somos aris tócratas y no los que subsisten sólo con las migajas que les echan los &lt;br /&gt;poderosos y a los que puede comprarse por veinte copecks. &lt;br /&gt;–¿Por qué me dices todo eso? Estoy de acuerdo contigo  –dijo Esteban Arkadievich sincera y jovialmente, aunque sa bía que &lt;br /&gt;Levin le incluía entre los que se pueden comprar por veinte copecks. Pero la animación de Levin le complacía de verdad –. &lt;br /&gt;¿Contra quién hablas? Aunque te  equivocas bastante en lo que dices de Vronsky, no me refiero a eso. Te di go sinceramente &lt;br /&gt;que yo en tu lugar habría permanecido en Moscú y... &lt;br /&gt;–No. No sé si lo sabes o no, pero me es igual y voy a de círtelo. Me declaré a Kitty y ella me rechazó. Y ahora C atalina &lt;br /&gt;Alejandrovna no es para mí sino un recuerdo humillante y doloroso. &lt;br /&gt;–¿Por qué? ¡Qué tontería! &lt;br /&gt;–No hablemos más. Perdóname si me he mostrado un poco rudo contigo –dijo Levin. &lt;br /&gt;Y ahora que lo había dicho todo, volvía ya a sentirse como por la mañana. &lt;br /&gt;–No te enfades conmigo, Stiva. Te lo ruego; no me guardes rencor –terminó Levin. &lt;br /&gt;Y cogió, sonriendo, la mano de su amigo. &lt;br /&gt;–Nada de eso, Kostia. No tengo por qué enfadarme. Me alegro de esta explicación. Y ahora a otra cosa: a veces por las &lt;br /&gt;mañanas hay buena caza. ¿Iremos? Podría prescindir de dormir a ir directamente del cazadero a la estación.  &lt;br /&gt;–Muy bien. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XVIII &lt;br /&gt;Aunque la vida interior de Vronsky estaba absorbida por su pasión, su vida externa no había cambiado y se deslizaba rau -&lt;br /&gt;damente por los raíles acostumbrados de las relaciones mundanas, de los intereses sociales, del regimiento. &lt;br /&gt;Los asuntos del regimiento ocupaban importante lugar en la vida de Vronsky, más aún que por el mucho cariño que te nía al &lt;br /&gt;cuerpo, por el cariño que en el cuerpo se le te nía. No sólo le querían, sino que le respetaban y se enorgullecían de él, se &lt;br /&gt;enorgullecían de que aquel hombre inmensamente rico, instruido a inteligente, con el camino abierto hacia éxitos, ho nores y &lt;br /&gt;pompas de todas clases, despreciara todo aquello, y qu e de todos los intereses de su vida no diera a ninguno más lugar en su &lt;br /&gt;corazón que a los referentes a sus camaradas y a su regimiento. &lt;br /&gt;Vronsky tenía conciencia de la opinion en que le tenían sus compañeros y, aparte de que amaba aquella vida, se conside raba &lt;br /&gt;obligado a mantenerles en la opinión que de él se habían formado. &lt;br /&gt;Como es de suponer, no hablaba de su amor con ninguno de sus compañeros, no dejando escapar ni una palabra ni aun en los &lt;br /&gt;momentos de más alegre embriaguez (aunque desde luego rara vez se  emborrachaba hasta el punto de perder el dominio de sí &lt;br /&gt;mismo). Por esto podía, pues, cerrar la boca a cualquiera de sus camaradas que intentase hacerle la menor alusión a aquellas &lt;br /&gt;relaciones. &lt;br /&gt;No obstante, su amor era conocido en toda la ciudad, Más o menos , todos sospechaban algo de sus relaciones con la Ka -&lt;br /&gt;renina. La mayoría de los jóvenes le envidiaban precisamente por lo que hacía más peligroso su amor: el alto cargo de Kare nin &lt;br /&gt;que contribuía a hacer más escandalosas sus relaciones. &lt;br /&gt;La mayoría de las se ñoras jóvenes que envidiaban a Ana y estaban hartas de oírla calificar de irreprochable, se sentían &lt;br /&gt;satisfechas y sólo esperaban la sanción de la opinión pública para dejar caer sobre ella todo el peso de su desprecio. Preparaban &lt;br /&gt;ya los puñados de barro q ue lanzarían sobre Ana cuando fuese llegado el momento. Sin embargo, la mayoría de la gente de &lt;br /&gt;edad madura y de posición elevada estaba descontenta del escándalo que se preparaba. &lt;br /&gt;La madre de Vronsky, al enterarse de las relaciones de su hijo, se sintió, en principio, contenta, ya que, según sus ideas, nada &lt;br /&gt;podía acabar mejor la formación de un joven como un amor con una dama del gran mundo. Por otra parte, compro baba, no sin &lt;br /&gt;placer, que aquella Karenina, que tanto le había gustado, que le había hablado t anto de su hijo, era al fin y al cabo como todas &lt;br /&gt;las mujeres bonitas y honradas, según las consideraba la princesa Vronskaya. &lt;br /&gt;Pero últimamente se informó de que su hijo había rechazado un alto puesto a fin de continuar en el regimiento y poder seguir &lt;br /&gt;viendo a la Karenina, y supo que había personajes muy conspicuos que estaban descontentos de la negativa de Vronsky. &lt;br /&gt;Esto la hizo cambiar de opinión tanto como los informes que tuvo de que aquellas relaciones no eran brillantes y agra dables, &lt;br /&gt;a estilo del gran mundo y tal como ella las aprobaba, sino una pasión a lo Werther, una pasión loca, según le conta ban, y que &lt;br /&gt;podía conducir a las mayores imprudencias.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentario: Kitty.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 73&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No había visto a Vronsky desde la inesperada marcha de éste de Moscú y envió a su hijo mayor para deci rle que fuese a &lt;br /&gt;verla. &lt;br /&gt;Tampoco el hermano mayor estaba contento. No le impor taba qué clase de amor era aquel de su hermano, grande o no, con &lt;br /&gt;pasión o sin ella, casto o vicioso (él mismo, aun con hijos, entretenía a una bailarina y por ello miraba el caso  con indulgencia, &lt;br /&gt;pero sí observaba que las relaciones de su hermano disgustaban a quienes no se puede disgustar, y éste era el mo tivo de que no &lt;br /&gt;aprobase su conducta). &lt;br /&gt;Aparte del servicio y del gran mundo, Vronsky se dedicaba a otra cosa: los caballos, que constituían su pasión. &lt;br /&gt;Aquel año se habían organizado carreras de obstáculos para oficiales y Vronsky se inscribió entre los participantes, des pués &lt;br /&gt;de lo cual compro una yegua inglesa de pura sangre. Es taba muy enamorado, pero ello no le impedía apasio narse por las &lt;br /&gt;próximas carreras. &lt;br /&gt;Las dos pasiones no se estorbaban la una a la otra. Al contrario: le convenían ocupaciones y diversiones independientes de su &lt;br /&gt;amor que le calmasen a hiciesen descansar de aquellas impresiones que le agitaban con exceso. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XIX &lt;br /&gt;El día de las carreras en Krasnoie Selo, Vronsky entró en el comedor del regimiento más temprano que de costumbre, a fin &lt;br /&gt;de comer un bistec. &lt;br /&gt;No tenía que preocuparse mucho de no aumentar el peso, porque pesaba precisamente los cuatro  puds y medio requeridos. &lt;br /&gt;Pero de todos modos evitaba comer dulces y harinas para no engordar. &lt;br /&gt;Sentado, con el uniforme desabrochado bajo el que se veía el chaleco blanco, con los brazos sobre la mesa en espera del &lt;br /&gt;bistec encargado, miraba una novela francesa que había puesto, abierta, ante el plato con el único objeto de no tener que hablar &lt;br /&gt;con los oficiales que entraban y salían. Vronsky reflexionaba. &lt;br /&gt;Pensaba en que Ana le había prometido una entrevista para hoy, después de las carreras. No la había visto desde hacía tres  &lt;br /&gt;días y, como su marido acababa de regresar del extran jero, él ignoraba si la entrevista sería posible o no, y no se le ocurría &lt;br /&gt;cómo podría saberlo. &lt;br /&gt;Había visto a Ana la última vez en la casa de veraneo de su prima Betsy. Vronsky evitaba frecuentar la res idencia veraniega &lt;br /&gt;de los Karenin, pero ahora necesitaba ir y meditaba la manera de hacerlo. &lt;br /&gt;«Bien; puedo decir que Betsy me envía a preguntar a Ana si irá a las carreras o no. Sí, claro que puedo ir», decidió al zando &lt;br /&gt;la cabeza del libro. &lt;br /&gt;Y su imaginación le pintó tan vivamente la felicidad de aquella entrevista que su rostro resplandeció de alegría. &lt;br /&gt;–Manda a decir a casa que enganchen en seguida la carre tela con tres caballos –ordenó al criado que le servía el bistec en la &lt;br /&gt;caliente fuente de plata. &lt;br /&gt;Y acercando la bandeja, empezó a comer. &lt;br /&gt;En la contigua sala de billar se oían golpes de tacos, char las y risas. Por la puerta entraron dos oficiales: uno un mucha cho &lt;br /&gt;joven, de rostro dulce y enfermizo, recién salido del Cuerpo de Cadetes, y otro un oficial v eterano, grueso, con una pulsera en &lt;br /&gt;la muñeca, con los ojos pequeños, casi invisibles, en su rostro lleno. &lt;br /&gt;Al verlos, Vronsky arrugó el entrecejo y, fingiendo no reparar en ellos, hizo como que leía, mientras tomaba el bistec. &lt;br /&gt;–¿Te fortaleces para el trabajo? –dijo el oficial grueso sentándose a su lado. &lt;br /&gt;–Ya lo ves ––contestó Vronsky, serio, limpiándose los labios y sin mirarle. &lt;br /&gt;–¿No temes engordar? –insistió aquél, volviendo su silla hacia el oficial joven. &lt;br /&gt;–¿Cómo? –preguntó Vronsky con cierta irritación  haciendo una mueca con la que exhibió la doble fila de sus dien tes &lt;br /&gt;apretados. &lt;br /&gt;–¿Si no temes engordar? &lt;br /&gt;–¡Mozo! ¡Jerez! –ordenó Vronsky al criado sin contestar. &lt;br /&gt;Y poniendo el libro al otro lado del plato, continuó leyendo. &lt;br /&gt;El oficial grueso tomó la carta de vinos y se dirigió al joven. &lt;br /&gt;–Escoge tú mismo lo que hayamos de beber –dijo, dándole la carta y mirándole. &lt;br /&gt;–Acaso vino del Rin...  –indicó el oficial joven, mirando con timidez a Vronsky y tratando de atusarse los bigotillos in -&lt;br /&gt;cipientes. &lt;br /&gt;Viendo que Vronsky no le dirigía la mirada, el oficial joven se levantó. &lt;br /&gt;–Vayamos a la sala de billar ––dijo. &lt;br /&gt;El oficial veterano se levantó, obedeciéndole, y ambos se dirigieron hacia la puerta. &lt;br /&gt;En aquel instante entró en la habitación el capitán de caballería Yachvin, hombre alto y de buen porte. Se acercó a Vronsky y &lt;br /&gt;saludó despectivamente, con un simple ademán, a los otros dos oficiales. &lt;br /&gt;–¡Ya le tenemos aquí! –gritó, descargándole en la hombrera un fuerte golpe de su manaza. &lt;br /&gt;Vronsky, irritado, volvió la cabeza. Pero en seguida su rostro recuperó su habitual expresión suave, tranquila y firme. &lt;br /&gt;–Haces bien en comer, Alocha –dijo el capitán con su sonora voz de barítono–. Come, come y toma unas copitas. &lt;br /&gt;–Te advierto que no tengo ganas. &lt;br /&gt;–¡Los inseparables! ––exclamó Yachvin, mirando burlonamente a los dos oficiales, que en aquel momento entraban en la &lt;br /&gt;otra sala. &lt;br /&gt;Y se sentó junto a Vronsky, doblando en ángulo agudo sus piernas, enfundadas en pantalones de montar muy estrechos, y &lt;br /&gt;que resultaban demasiado largas para la altura de las sillas. &lt;br /&gt;–¿Por qué no fuiste al teatro Krasninsky? No estuvo mal la Numerova. ¿Dónde estabas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 74&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Pasé mucho tiempo en casa de los Tversky. &lt;br /&gt;–¡Ah! &lt;br /&gt;Yachvin, jugador y libertino, de quien no podía decirse que fuera un hombre sin principios, porque p rofesaba principios &lt;br /&gt;francamente inmorales, era el mejor amigo que Vronsky tenía en el regimiento. &lt;br /&gt;Vronsky le apreciaba por su extraordinario vigor físico, que demostraba generalmente bebiendo como una cuba, pa sando &lt;br /&gt;noches sin dormir y permaneciendo inalte rable a pesar de todo. Pero también le estimaba Vronsky por su fuerza mo ral, que &lt;br /&gt;demostraba en el trato con jefes y camaradas, a quie nes inspiraba respeto y temor. Demostraba también aquella energía en el &lt;br /&gt;juego, en el que tallaba por miles y miles, ju gando siempre, a pesar de las enormes cantidades de vino bebidas, con tanta &lt;br /&gt;destreza y dominio de sí que pasaba por el mejor jugador del Club Inglés. En fin, Vronsky estimaba y quería a Yachvin porque &lt;br /&gt;sabía que éste correspondía a su aprecio y afecto, no por su nombre o riquezas, sino por sí mismo. &lt;br /&gt;De todos los conocidos, era Yachvin el único a quien Vronsky habría deseado hablar de su amor. Aunque Yachvin &lt;br /&gt;despreciaba todos los sentimientos, Vronsky adivinaba que sólo él sería capaz de comprender aquella pasi ón que ahora llenaba &lt;br /&gt;su vida. Estaba seguro de que Yachvin no encontraría placer en chismorrear sobre aquello, ya que no le agradaban la &lt;br /&gt;murmuración ni el escándalo. Seguramente habría com prendido su sentimiento en su justo valor, es decir, enten diendo que el &lt;br /&gt;amor no es una broma ni una diversión, sino algo serio a importante. &lt;br /&gt;Vronsky, aunque nunca le hablara de su amor, sabía que Yachvin estaba al corriente de todo y que tenía el concepto que &lt;br /&gt;debía tener. y le áustaba leerlo en los ojos de su amigo. &lt;br /&gt;–¡Ah! –exclamó Yachvin cuando Vronsky le hubo dicho que había estado en casa de los Tversky. &lt;br /&gt;Brillaron sus ojos negros. se cogió el extremo izquierdo de su bigote y se lo metió en la boca, según la mala costumbre que &lt;br /&gt;tenía. &lt;br /&gt;–Y tú, ¿qué hiciste ayer? ¿Ganaste? –preguntó Vronsky. &lt;br /&gt;–Ocho mil. Pero con tres mil no puedo contar. No van a pagármelos. &lt;br /&gt;–Entonces no importa que pierdas apostando por mí  –dijo Vronsky, riendo, pues sabía que su amigo había apostado una &lt;br /&gt;fuerte suma a su favor en aquellas carreras. &lt;br /&gt;–No perderé. Tu único enemigo de cuidado es Majotin. &lt;br /&gt;Y la conversación pasó a las carreras, único tema que aquel día podía interesar a Vronsky. &lt;br /&gt;–Bien, ya he terminado –dijo éste. &lt;br /&gt;Y, levantándose, se dirigió a la puerta. &lt;br /&gt;Yachvin se levantó también, estirando sus largas piernas y su ancha espalda. &lt;br /&gt;–Aún es temprano para comer; pero me apetece beber. Es pérame, ahora voy. ¡Eh! ¡Venga vino!  –gritó con voz sonora que &lt;br /&gt;hacía retemblar los cristales, voz célebre por el estruendo con que daba órdenes –. ¡Pero no, no quiero!  –gritó otra vez–. Si &lt;br /&gt;vuelves a tu casa, voy contigo. &lt;br /&gt;Y salieron juntos. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XX &lt;br /&gt;Vronsky ocupaba en el campamento una  isba finesa, muy limpia y dividida en dos departamentos. En el campamento, &lt;br /&gt;Petrizky vivía también con él. Cuando Vronsky y Yachvin entraron, Petrizky dormía aún. &lt;br /&gt;–Levántate; ya has dormido bastante  –dijo Yachvin pa sando al otro lado del tabique y sacudiendo por los hombros al &lt;br /&gt;desgreñado Petrizky, que dormía con la cabeza hundida en la almohada. &lt;br /&gt;Petrizky se incorporó bruscamente sobre las rodillas y miró a su alrededor. &lt;br /&gt;–Ha estado aquí tu hermano –dijo a Vronsky–. Me despertó. ¡El diablo le lleve! Ha dicho que volvería. &lt;br /&gt;Y atrayendo otra vez la manta hacia sí, apoyó la cabeza en la almohada. &lt;br /&gt;–Déjame en paz, Yachvin –dijo a éste, que insistía en tirar de la manta–. Déjame... –dio media vuelta y abrió los ojos–. Y si &lt;br /&gt;no, vale más que digas esto: ¿qué me convendría beber ahora? Tengo en la boca un sabor tan malo que... &lt;br /&gt;–Lo mejor será beber vodka  –contestó Yachvin con su voz de bajo –. ¡Tereschenko, trae vodka y pepinos salados para el &lt;br /&gt;señor!. –gritó al ordenanza. &lt;br /&gt;–¿Crees que lo mejor será vodka? –preguntó Petrizky, haciendo muecas–. ¿Bebes tú? Si bebemos los dos, de acuerdo. Y tú, &lt;br /&gt;Vronsky, ¿bebes? –concluyó Petrizky levantándose y envolviéndose hasta el pecho en la manta de rayas. &lt;br /&gt;Salió por la puerta del tabique, levantó los brazos y cantó en francés: &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;Había en Tule un rey... &lt;br /&gt;–¿Beberás, Vronsky? –insistió. &lt;br /&gt;–Déjame en paz –repuso Vronsky, poniéndose el uniforme que le ofrecía el ordenanza. &lt;br /&gt;–¿Adónde vas? –preguntó Yachvin–. Allí tienes la troika –añadió, viendo acercarse el coche. &lt;br /&gt;–Alas cuadras. Además, tengo que ver antes a Briansky para hablarle de los caballos –repuso Vronsky. &lt;br /&gt;Vronsky, en efecto, había prometido visitar a Briansky, que vivía a diez  verstas de San Petersburgo, para llevarle el di nero &lt;br /&gt;de los caballos. Quería aprovechar el tiempo para realizar de paso aquella visita. &lt;br /&gt;Pero sus compañeros comprendieron en seguida que no iba sólo allí. &lt;br /&gt;Petrizky, mientras continuaba cantando, guiñó el oj o y sacó los labios, como diciendo: «Ya sabemos quién es el Briansky &lt;br /&gt;que tienes que visitar». &lt;br /&gt;–Procura no volver tarde –dijo únicamente Yachvin.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentario: Casa de &lt;br /&gt;campesinos. &lt;br /&gt;Comentario: Medida &lt;br /&gt;equivalente a algo más de un &lt;br /&gt;kilómetro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 75&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y, cambiando de conversación, preguntó mirando a la ven tana y refiriéndose al caballo de varas de la troika qu e él le había &lt;br /&gt;vendido: &lt;br /&gt;–¿Y qué? ¿Cómo te va mi bayo? &lt;br /&gt;–Espera –gritó Petrizky, viendo que Vronsky salía ya –. Tu hermano ha dejado para ti una carta y una nota. Pero ¿dónde &lt;br /&gt;están? &lt;br /&gt;Vronsky se paró. &lt;br /&gt;–¿Dónde están? &lt;br /&gt;–Claro, ¿dónde están? Ésa es precisamente la cuestión ––dijo con solemnidad Petrizky, pasándose el dedo índice por encima &lt;br /&gt;de la nariz. &lt;br /&gt;–¡Vamos, contesta! Es una estupidez lo que estás haciendo –dijo, sonriendo, Vronsky. &lt;br /&gt;–No he encendido el fuego con ella. Deben de estar en alguna parte. &lt;br /&gt;–Déjate de mentiras. ¿Dónde está la carta? &lt;br /&gt;–De veras que lo he olvidado. O ¿lo habré soñado quizá? Espera, espera... ¿Por qué te enfadas? Si hubieras bebido, como yo &lt;br /&gt;ayer, cuatro botellas (cuatro por persona), habrías ol vidado también dónde tenías la carta y estarías  ahora descan sando... &lt;br /&gt;Espera; voy a acordarme ahora mismo. &lt;br /&gt;Petrizky pasó tras el tabique y se acostó. &lt;br /&gt;–¿Ves? Yo estaba así cuando entró tu hermano... Sí, sí, sí... ¡Ahi tienes la carta! &lt;br /&gt;Y la sacó de debajo del colchón, que era donde la había guardado. &lt;br /&gt;Vronsky cogió la carta y la nota de su hermano. &lt;br /&gt;Era lo que esperaba. Su madre le escribía reprochándole que no fuese a verla. La nota de su hermano decía que necesi taba &lt;br /&gt;hablarle. &lt;br /&gt;Vronsky sabía que ambas cosas hacían referencia a lo mismo. &lt;br /&gt;«¿Qué tienen que ver ellos con todo esto?», se preguntaba &lt;br /&gt;Estrujó las cartas y las guardó entre dos botones del uniforme para leerlas más detenidamente por el camino. &lt;br /&gt;A la entrada de su casa halló dos oficiales, uno de los cuales pertenecía a su regimiento. &lt;br /&gt;–¿Adónde vas? –le preguntaron. &lt;br /&gt;–Tengo que ir a Peterhof. &lt;br /&gt;–¿Ha llegado el caballo de Tsarkoie Selo? .  &lt;br /&gt;–Sí, pero no le he visto. &lt;br /&gt;–Dicen que el « Gladiador» de Majotin cojea. &lt;br /&gt;–No es cierto. ¡Pero no sé cómo vais a saltar con el barro que hay! ––dijo el otro oficial. &lt;br /&gt;–¡Aquí están mis salvadores! –exclamó Petrizky al ver a los oficiales. &lt;br /&gt;El ordenanza estaba ante él trayendo el vodka y los pepinos salados. &lt;br /&gt;–Yachvin me ordena que beba para refrescarme  –añadió. –¡Qué noche nos disteis!  –dijo uno de los oficiales –. No me &lt;br /&gt;dejasteis dormir ni un momento. &lt;br /&gt;–¡Si supierais cómo terminamos! –refería Petrizky–. Volkov se subió al tejado y decía que estaba triste. Y yo dije entonces: &lt;br /&gt;« ¡Música! ¡La marcha fúnebre! ». Y Volkov se durmió en el tejado al arrullo de la marcha fúnebre... &lt;br /&gt;–Bebe primero vodka y luego agua de Seltz con mucho limón –dijo Yachvin, que permanecía ante Petrizkv como una madre &lt;br /&gt;que obliga a un niño a tomar una medicina–. Luego puedes tomar ya una botellita de champaña. Pero una sola, ¿eh? &lt;br /&gt;–¡Eso es definitivo! Espera, Vronsky: vamos a beber. &lt;br /&gt;–No. Adiós, señores. Hoy no bebo. &lt;br /&gt;–¿Temes ganar peso? Entonces beberemos solos. Tráeme agua de Seltz y limón –dijo Petrizky al ordenanza. &lt;br /&gt;–¡Vronsky! ––dijo uno de ellos al joven cuando salía. &lt;br /&gt;–¿Qué? &lt;br /&gt;–Deberías cortarte el cabello. Pesa demasiado. Sobre todo el de la calva. &lt;br /&gt;Realmente Vronsky se estaba quedando calvo antes de tiempo. Él rió jovialmente, enseñando sus dientes apretados, y, &lt;br /&gt;cubriéndose la calva con la gorra, salió y se sentó en el coche. &lt;br /&gt;–¡A la cuadra! –ordenó. &lt;br /&gt;Y sacó las cartas para leerlas, pero cambió de opinión a fin de no distraerse antes de ver el caballo. &lt;br /&gt;«Las leeré después», pensó. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XXI &lt;br /&gt;La cuadra provisional donde habían llevado su yegua el día anterior era una construcción de madera al lado mismo del hi -&lt;br /&gt;pódromo. &lt;br /&gt;Vronsky no la había visto aún. Durante los últimos días no la sacaba a pasear él mismo, sino su entrenador, así que igno raba &lt;br /&gt;en qué estado podía hallarse la cabalgadura. &lt;br /&gt;Apenas descendió del cabriolé, el palafrenero, que había reconocido el coche desde lejos, llamó al entrenador. &lt;br /&gt;Éste apareció. Era un inglés seco, que calzaba botas altas y vestía chaqueta corta, con un mechón de pelo en la barbilla. &lt;br /&gt;Andaba con el paso algo torpe de los jockeys, muy separados los codos, y le salió al encuentro balanceándose. &lt;br /&gt;–¿Cómo va «Fru–Fru» ? –preguntó Vronsky en inglés. &lt;br /&gt;All rigth, sir  –contestó el inglés con voz gutural y pro funda–. Será mejor que no pase a verla  –añadió, quitándose el &lt;br /&gt;sombrero–. Le he puesto el bocado y está agitada. Es preferible no inquietarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 76&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Voy, voy. Quiero verla. &lt;br /&gt;–Vayamos, pues –pronunció el inglés, casi sin abrir la boca. &lt;br /&gt;Y, moviendo los codos, penetró en la cuadra con desgarbado andar. &lt;br /&gt;Penetraron en un pequeño patio que precedía al establo. El mozo de servicio, hombre de buena estatura, vesti do con un &lt;br /&gt;guardapolvo limpio y empujando una escoba, les siguió. &lt;br /&gt;En la cuadra había cinco caballos en sus respectivos luga res. Vronsky sabía que también estaba allí su competidor más &lt;br /&gt;temible, «Gladiador», el caballo rojo de Majotin. &lt;br /&gt;Más que su caballo, interesaba a Vronsky examinar a «Gladiador», al que nunca había visto hasta entonces. Pero la eti queta &lt;br /&gt;vigente entre los aficionados a caballos prohibía no sólo ver los del antagonista, sino ni siquiera preguntar por ellos. &lt;br /&gt;Mientras avanzaba por el pasillo, el mozo abrió la puerta del segundo departamento a la izquierda y Vronsky vio un enorme &lt;br /&gt;caballo rojo, de remos blancos. &lt;br /&gt;Sabía que aquél era «Gladiador», pero Vronsky volvió la cabeza con el sentimiento de un hombre educado que vuelve el &lt;br /&gt;rostro para no leer la carta abierta de un tercero, aunque su contenido le intrigue. &lt;br /&gt;Luego se acercó al departamento de «Fru–Fru». &lt;br /&gt;–Ahí está el caballo de Mah... Mak... ¡No consigo pro nunciar ese nombre! –dijo el inglés, indicando con su pulgar de sucia &lt;br /&gt;uña el departamento de «Gladiador». &lt;br /&gt;–¿De Majotin? Sí; es mi competidor más temible –afirmó Vronsky. &lt;br /&gt;–Si usted lo montara, yo apostaría por usted ––dijo el inglés. &lt;br /&gt;–«Fru–Fru» es más nerviosa y «Gladiador» más fuerte –repuso Vronsky, correspondiendo con una sonrisa a aquel cumplido &lt;br /&gt;que se hacía a su pericia de jinete. &lt;br /&gt;–En las cameras de obstáculos es cuestión de saber mon tar bien y de  pluck –dijo el inglés. Y con esta palabra que ría &lt;br /&gt;significar osadía y arrojo. Vronsky no sólo creía tener el suficiente, sino que estaba persuadido de que nadie en el mundo podía &lt;br /&gt;tener más pluck que él. &lt;br /&gt;–¿Cree usted que es precisa mayor sudoración? &lt;br /&gt;–No es necesario. Pero, no hable tan alto, por favor  –contestó el inglés–. El caballo se inquieta  –añadió señalando con la &lt;br /&gt;mano el departamento cerrado ante el cual se hallaban y del que salía un ruido de cascos golpeando la pala. &lt;br /&gt;Abrió la puerta y Vronskv entró en el establo, débilmente iluminado por una ventanita. En el establo, agitando las patas &lt;br /&gt;sobre la paja fresca, estaba la yegua, baya oscura, con el freno puesto. &lt;br /&gt;Ya acostumbrado a la media luz del establo, Vronsky pudo apreciar una vez más, de una ojeada, las características de su &lt;br /&gt;animal preferido. &lt;br /&gt;«Fru–Fru» tenía regular alzada y, al parecer, no carecía de defectos. Sus huesos eran demasiado  frágiles y, aunque de tó rax &lt;br /&gt;saliente, resultaba estrecha de pecho. Tenía la grupa algo hundida y en los remos delanteros, y más aún en los traseros, se &lt;br /&gt;notaba una evidente tosquedad. Los músculos de las patas no eran fuertes y en cambio el vientre result aba muy ancho, lo que &lt;br /&gt;sorprendía considerando la dieta y también las enjutas an cas del animal. Los huesos de las patas no parecían, bajo las corvas, &lt;br /&gt;más anchos que un dedo si se los miraba de frente, pero resultaban muy sólidos si se examinaban de lado. &lt;br /&gt;La yegua, en conjunto, salvo si se la miraba de flanco, resul taba apretada de lados y prolongada hacia abajo. Pero poseía en &lt;br /&gt;grado sumo una cualidad que hacía olvidar sus defectos: la «sangre» , como se dice con arreglo a la expresión inglesa. En tre la &lt;br /&gt;red de sus nervios, sus prominentes músculos, dibuján dose a través de la piel fina, flexible y suave como el raso, pare cían tan &lt;br /&gt;fuertes como los huesos. La cabeza, flaca, de ojos salientes, alegres y brillantes, se ensanchaba hacia la boca, mos trando en las &lt;br /&gt;fosas nasales la membrana rica de sangre. &lt;br /&gt;Toda su figura, y sobre todo su cabeza, tenía una expresión rotunda, enérgica y suave a la vez. Era uno de esos animales que &lt;br /&gt;parece que si no hablan es sólo porque la estructura de su boca no lo permite. &lt;br /&gt;Al menos a Vronsky se le figuró que la yegua comprendía todas las impresiones que él experimentaba mirándola. &lt;br /&gt;Al entrar Vronsky, el animal aspiró profundamente y tor ciendo sus ojos hasta que las órbitas se le enrojecieron de san gre, &lt;br /&gt;miró a los que entraban por el lado opuesto dando sacudidas al freno y moviendo ágilmente los pies. &lt;br /&gt;–¡Vea usted que nerviosa está! –dijo el inglés. &lt;br /&gt;–¡Quieta, querida, quieta...! –murmuró Vronsky, acercándose a la yegua y hablándole. &lt;br /&gt;Cuanto más se acercaba Vronsky, más se inquietaba el animal. Al fin, cuando él estuvo a su lado, « Fru–Fru» se calmó y sus &lt;br /&gt;músculos temblaron bajo la piel suave y fina. &lt;br /&gt;Vronsky acarició su cuello robusto, arregló un mechón de crines que le caían al lado opuesto y acercó el rostro a las na rices &lt;br /&gt;del animal, finas y tensas como alas de murciélago. &lt;br /&gt;La yegua hizo una ruidosa aspiración, dejó escapar el aire por las narices trémulas, bajó una oreja y alargó hacia Vronsky el &lt;br /&gt;belfo negro y fuerte, como si quisiera coger la manga de su amo. Mas, recordando que l levaba el bocado, comenzó a cambiar &lt;br /&gt;de posición sus finos remos. &lt;br /&gt;–Cálmate, querida, cálmate –dijo él, acariciándole la grupa. &lt;br /&gt;Y salió del establo satisfecho de hallar al animal en tan buena disposición. &lt;br /&gt;La excitación de la yegua se había comunicado a Vronsky, el cual sentía que la sangre le afluía al corazón y que, igual que al &lt;br /&gt;animal, le agitaba un deseo de moverse, de morder. Era una sensación que infundía temor y alegría a la vez. &lt;br /&gt;–Confío en usted –dijo al inglés–. A las seis y media, en el lugar señalado. &lt;br /&gt;–Todo marchará bien  –repuso el inglés –. ¿Adónde va usted ahora, milord?  –preguntó de pronto, dando a Vronsky un &lt;br /&gt;tratamiento no empleado casi nunca por él hasta entonces. &lt;br /&gt;Vronsky, extrañado, levantó la cabeza y miró, como solía, no a los ojos, sino a la  frente del inglés, asombrado de la au dacia &lt;br /&gt;de su pregunta.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentario: Valor, resolución.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 77&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, comprendiendo que al hablar así el entrenador le consideraba no como su señor, sino como un jinete, contestó: &lt;br /&gt;–Voy a ver a Briansky y dentro de una hora estaré en casa. &lt;br /&gt;«Hoy no hacen más que preguntarme todos lo mismo» , pensó sonrojándose, lo que le sucedía en raras ocasiones. &lt;br /&gt;El inglés le miró atentamente y, como si adivinase a dónde iba, añadió: &lt;br /&gt;–Es muy esencial estar tranquilo antes de la carrera. No se enoje ni disguste por nada. &lt;br /&gt;All rigth –repuso Vronsky sonriendo. &lt;br /&gt;Y, saltando a la carretela, ordenó al cochero que le llevase a Peterhorf. &lt;br /&gt;Apenas habían andado algunos pasos, el nublado que desde la mañana amenazaba descargar se resolvió en un aguacero. &lt;br /&gt;«Malo», pensó Vronsky, bajando la c apota del carruaje. «Si ya sin esto había barro, ahora el campo será un verdadero ce -&lt;br /&gt;nagal.» &lt;br /&gt;Sentado a solas en la carretela cubierta, sacó la carta de su madre y la nota de su hermano y las leyó. &lt;br /&gt;¡Siempre lo mismo! Todos, incluso su madre y su hermano, en contraban necesario mezclarse en los asuntos de su cora zón. &lt;br /&gt;Aquella intromisión despertaba en él ira, que era un sentimiento que experimentaba raras veces. &lt;br /&gt;«¿Qué tienen que ver con esto? ¿Por qué consideran todos como un deber preocuparse por mí? Seguram ente porque ad -&lt;br /&gt;vierten que se trata de algo incomprensible para ellos. ¡Cuánto me abruman con sus consejos! Si se tratara de relaciones &lt;br /&gt;corrientes y triviales, como las habituales en sociedad, me de jarían tranquilo; pero advierten que esto es diferente, q ue no se &lt;br /&gt;trata de una broma y que quiero a esa mujer más que a mi vida. Y, como no comprenden tal sentimiento, se irritan. Pase lo que &lt;br /&gt;pase, nosotros nos hemos creado nuestra suerte y no nos que jamos de ella», pensaba, refiriéndose con aquel « nosotros» a Ana &lt;br /&gt;y a sí mismo. «Y los demás se empeñan en enseñarnos a vivir, No tienen idea de lo que es la felicidad; ignoran que fuera de &lt;br /&gt;este amor no existe ni ventura ni desventura, porque no existe ni siquiera vida», concluyó Vronsky. &lt;br /&gt;Se enojaba tanto contra la  intromisión ajena, cuanto, en el fondo, reconocía que todos tenían razón. Sentía que su amor por &lt;br /&gt;Ana no era una pasión momentánea, que se disiparía como se disipan las relaciones mundanas, sin dejar en la vida de am bos &lt;br /&gt;otras huellas que recuerdos agradables o desagradables. &lt;br /&gt;Reconocía lo terrible de la situación de ambos, la dificultad de ocultar su amor, de mentir y engañar al respecto, hallán dose &lt;br /&gt;ambos tan a la vista de todos; sí, de mentir y engañar, y estar alerta, pensando siempre en los demás, cuando  la pasión que les &lt;br /&gt;unía era tan avasalladora que les hacia olvidarse de cuanto no fuera su amor. &lt;br /&gt;Recordaba con claridad la frecuencia con que tenían que hacerlo violentando así su naturaleza, y recordó, sobre todo, con &lt;br /&gt;nitidez especial la vergüenza que experimentaba Ana al verse forzada a fingir. &lt;br /&gt;Desde que tenía relaciones con Ana sentía a menudo un ex traño sentimiento de repulsión que llegaba a dominarle por &lt;br /&gt;completo. Repulsión hacia Alexey Alejandrovich, hacia sí mismo, hacia todo el mundo. Le habría costado poder precisar aquel &lt;br /&gt;sentimiento, pero lo rechazaba siempre lejos de él. &lt;br /&gt;Movió la cabeza y prosiguió pensando: &lt;br /&gt;«Antes ella era desgraciada, pero se sentía orgullosa y tran quila. Ahora, en cambio, no puede tener orgullo ni tranqui lidad, &lt;br /&gt;aunque lo aparente. Hay que terminar con esto», resolvió. &lt;br /&gt;Por primera vez, pues, experimentaba la necesidad de concluir con aquella farsa, y cuanto antes mejor. &lt;br /&gt;«Es preciso abandonarlo todo y ocultarnos los dos en algún sitio, a solas con nuestro amor», se dijo. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XXII &lt;br /&gt;El aguacero fue de corta duración, y cuando Vronsky lle gaba a su destino al trote largo del caballo de varas, que for zaba a &lt;br /&gt;correr los laterales sin necesidad de acicate, el sol lucía de nuevo y los tejados de las casas veraniegas y los añosos ti los de los &lt;br /&gt;jardines que flanqueaban la calle principal despe dían una claridad húmeda, y el agua goteaba de las ramas y se deslizaba por &lt;br /&gt;los tejados con alegre rumor. &lt;br /&gt;Vronsky no pensaba ya en que el chaparrón pudiera enlo dazar la pista, sino que se regocijab a pensando en que, gracias a la &lt;br /&gt;lluvia, encontraría en casa a Ana. &lt;br /&gt;Sabía que su marido, recién llegado de una cura de aguas en el extranjero, no estaba en la casa de verano. &lt;br /&gt;Esperando encontrarla sola, Vronsky, como hacía siempre para atraer menos la atenc ión, dejó el carruaje antes de llegar al &lt;br /&gt;puentecillo, avanzó a pie y en vez de entrar por la puerta principal que daba a la calle, entró por la del patio. &lt;br /&gt;–¿Ha llegado el señor? –preguntó al jardinero. &lt;br /&gt;–No, señon La señora, sí, está en casa. ¡Pero entre po r la puerta principal! Allí hay criados y podrán abrirle  –repuso el &lt;br /&gt;hombre. &lt;br /&gt;–No, pasaré por el jardín. &lt;br /&gt;Y, seguro ya de que Ana estaba sola, y deseando sorpren derla, ya que no le había anunciado su visita para hoy y no de bía &lt;br /&gt;esperar verle antes de las carreras, se dirigió, suspendiendo el sable y pisando con precaución la arena del sendero bordeado de &lt;br /&gt;flores, a la terraza que daba al jardín. &lt;br /&gt;Había olvidado cuanto pensara por el camino sobre las di ficultades y disgustos de su situación. Sólo sabía que iba  a verla y &lt;br /&gt;no imaginariamente, sino viva, tal como era. &lt;br /&gt;Ya subía, pisando siempre con cautela, para no hacer ruido, los lisos peldaños de la escalinata, cuando de pronto recordó lo &lt;br /&gt;que olvidaba siempre, lo que más penosas hacía sus rela ciones con ella: el hijo de Ana, siempre con su mirada interro gativa &lt;br /&gt;que tan desagradable le resultaba. &lt;br /&gt;El niño perturbaba sus citas más que nadie. Cuando estaba con ellos, ni Ana ni Vronsky osaban decir nada que no pu diera &lt;br /&gt;repetirse ante terceros, ni empleaban alusiones que el niño no pudiera entenden &lt;br /&gt;No lo habían convenido así: la cosa surgió por sí misma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 78&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En su presencia hablaban sólo como si fuesen simples conocidos. Pero, pese a sus precauciones, Vronsky sorpren día a &lt;br /&gt;menudo fija en él una mirada atenta y extraña, y co mprobaba cierta timidez, cierta desigualdad  –ya excesivo afecto, ya &lt;br /&gt;despego– en el trato que le dispensaba el niño. Se diría que el pequeño adivinaba que entre aquel hombre y su madre existía &lt;br /&gt;una relación profunda, incomprensible para él. &lt;br /&gt;En realidad, el  niño no comprendía aquellas relaciones y se esforzaba en concretar los sentimientos que debía inspirarle &lt;br /&gt;Vronsky. Su sensibilidad infantil le permitía notar claramente que su padre, su institutriz, el aya, to</description>
            <pubDate>Sat, 26 May 2007 22:09:36 +0100</pubDate>
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            <link>http://tolstoi.blogcindario.com/2007/05/00011.html</link>
            <description>Esteban Arkadievich contó muchas noticias interesantes y, sobre todo, una interesantísima para Levin: que su hermano Ser -&lt;br /&gt;gio Ivanovich se proponía pasar el verano con él, en el pueblo. &lt;br /&gt;No dijo una palabra de Kitty ni de los Scherbazky, sólo se limitó a transmitirle recuerdos de su mujer. &lt;br /&gt;Levin le agradeció mucho la delicadeza y se sintió feliz de su visita. Como siempre que vivía solo una temporada, había &lt;br /&gt;recogido en aquel tiempo gran cantida d de sentimientos e ideas que no podía compartir con los que le rodeaban, y ahora &lt;br /&gt;hablaba a su amigo de la alegría que le causaba la primavera, de sus planes futuros con respecto a la propiedad, de sus fracasos, &lt;br /&gt;de sus pensamientos; hacía comentarios sobre los libros que había leído y le habló, sobre todo, de la idea de su obra, la base de &lt;br /&gt;la cual consistía, aunque él no lo advirtiese, en una crítica de todas las obras antiguas que se habían escrito sobre el mismo &lt;br /&gt;tema. Esteban Arkadievich, que era siempr e amable y que todo lo comprendía con una palabra, estaba aquel día más amable &lt;br /&gt;que nunca, y Levin notó, además, en su amigo una especie de respeto y ternura hacia él que le encantaban. &lt;br /&gt;Las preocupaciones de Agafia Mijailovna y el cocinero respecto a la co mida tuvieron por resultado que los dos ami gos, que &lt;br /&gt;tenían gran apetito, acometieran los entremeses, comiendo mucho pan con mantequilla, caza ahumada y se tas saladas. Para &lt;br /&gt;colmo, Levin ordenó servir la sopa sin las empanadillas con las que el cocinero quería deslumbrar al invitado. &lt;br /&gt;Aunque acostumbrado a otras comidas, Esteban Arkadie vich lo encontraba todo excelente: el vodka de hierbas, el pan con &lt;br /&gt;manteca, la caza ahumada, el vino blanco de Crimea. Sí, todo era espléndido y exquisito. &lt;br /&gt;–¡Admirable admirable! –dijo, encendiendo un grueso cigarro después del asado –––. Se dijera que después de viajar en un &lt;br /&gt;vapor, entre ruidos y tambaleos, he arribado a una costa tranquila... ¿De modo que, según tú, el factor obrero debe ser &lt;br /&gt;estudiado a inspirar el modo de or ganizar la economía agraria? Aunque profano en estas materias, me parece que esa teo ría y &lt;br /&gt;su aplicación van a influir sobre el obrero también. &lt;br /&gt;–Sí; pero no olvides que no hablo de economía política, sino de la ciencia de la explotación de la tierra. Esta  última debe, &lt;br /&gt;como todas las ciencias naturales, estudiar los fenómenos, así como al obrero en los aspectos económico, etnográfico... &lt;br /&gt;Agafia Mijailovna entró con la confitura. &lt;br /&gt;–Agafia Mijailovna –dijo el invitado, haciendo ademán de chuparse los dedos –, ¡qué caza y qué licores tan bien pre parados &lt;br /&gt;tiene usted! ¿Qué, Kostia? ¿Es hora ya? &lt;br /&gt;Levin miró por la ventana el sol que se ponía entre las desnudas copas de los árboles del bosque. &lt;br /&gt;–Sí lo es. Kusmá, prepara el charabán –dijo Levin. &lt;br /&gt;Y descendieron. &lt;br /&gt;Ya abajo, Esteban Arkadievich quitó él mismo la funda de una caja de laca y, una vez abierta, comenzó a armar su esco peta, &lt;br /&gt;un arma cara, último modelo. &lt;br /&gt;Kusmá, presintiendo una buena propina para vodka, no se separaba de Esteban Arkadievich. Le ponía las medias  y las botas &lt;br /&gt;y él le dejaba hacer de buen grado. &lt;br /&gt;–Kostia, si llega el comerciante Riabinin, a quien he mandado llamar, ordena que le reciban y que espere. &lt;br /&gt;–¿Vendes el bosque a Riabinin? &lt;br /&gt;–Sí. ¿Le conoces? &lt;br /&gt;–Le conozco. Tuve con él asuntos que terminaron «positivamente y definitivamente». &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich rió. Aquellas últimas palabras eran las preferidas del comerciante. &lt;br /&gt;–Sí; habla de un modo muy divertido. ¡Veo que has comprendido a dónde va tu amo!  –añadió, acariciando a «Laska», que &lt;br /&gt;ladraba suavemente dando vueltas en torno a Levin y lamiéndole, ya las manos, ya las botas, ya la escopeta. &lt;br /&gt;Cuando salieron, el charabán estaba al pie de la escalera. &lt;br /&gt;–He mandado preparar el charabán, pero no está lejos... ¿Quieres que vayamos a pie? &lt;br /&gt;–No, será mejor que vayamos montados –dijo Esteban Arkadievich, acercándose al coche. &lt;br /&gt;Sentóse, se envolvió las piernas en una manta de viaje que imitaba una piel de tigre y encendió un cigarro, &lt;br /&gt;–No puedo comprender cómo no fumas. Un cigarro no es sólo un placer, sino el mejor d e los placeres. ¡Esto es vida! ¡Qué &lt;br /&gt;bien va aquí todo! ¡Así me gustaría vivir! &lt;br /&gt;–¿Quién te prohíbe hacerlo? –dijo, sonriendo, Levin. &lt;br /&gt;–¡Eres un hombre feliz! Tienes cuanto quieres: si quieres caballos, los tienes; si quieres perros, los tienes; si quieres ca za, la &lt;br /&gt;tienes; siquieres fincas, las tienes. &lt;br /&gt;–Acaso soy feliz porque me contento con lo que tengo y no me aflijo por lo que me falta –dijo Levin pensando en Kitty. &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich le comprendió. Miró a su amigo y no dijo nada. &lt;br /&gt;Levin agradecía a Oblonsk y que no le hubiese hablado de los Scherbazky, comprendiendo que no deseaba que lo hiciese. &lt;br /&gt;Pero al presente Levin sentía ya impaciencia por saber lo que tanto le atormentaba, aunque no se atrevía a hablar de ello. &lt;br /&gt;–¿Y qué, cómo van tus asuntos? –prejuntó Levin, comprendiendo que estaba mal por su parte hablar sólo de sí. &lt;br /&gt;Los ojos de su amigo brillaron de alegría. &lt;br /&gt;–Ya sé que tú no admites que se busquen panecillos cuando se tiene ya una ración de pan corriente y que lo consi deras un &lt;br /&gt;delito; pero yo no com prendo la vida sin amor  –respondió, interpretando a su modo la pregunta de Levin –. ¡Qué le vamos a &lt;br /&gt;hacer! Soy así. Esto perjudica poco a los demás y en cambio a mí me proporciona tanto placer... &lt;br /&gt;–¿Hay algo nuevo sobre eso? –preguntó Levin. &lt;br /&gt;–Hay, hay... ¿Conoces ese tipo de mujer de los cuadros de Osián? Esos tipos que se ven en sueños... Pues mujeres así existen &lt;br /&gt;en la vida. Y son terribles. La mujer, amigo mío, es un ser que por más que lo estudies te resulta siempre nuevo. &lt;br /&gt;–Entonces vale más no estudiarlo. &lt;br /&gt;–¡No! Un matemático ha dicho que el placer no está en descubrir la verdad, sino en el esfuerzo de buscarla. &lt;br /&gt;Levin escuchaba en silencio, y a pesar de todos sus esfuerzos, no podía comprender el espíritu de su amigo. Le era imposible &lt;br /&gt;entender sus sentimientos y el placer que experimentaba estudiando a aquella especie de mujeres. ,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 68&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XV &lt;br /&gt;El lugar indicado para la caza estaba algo más arriba del arroyo, no lejos de allí, en el bosquecillo de pequeños olmos. &lt;br /&gt;Al llegar, dejaron el coche y Levin condujo a Oblonsky a la extremidad de un claro pantanoso, cubierto de musgo, donde ya &lt;br /&gt;no había nieve. Él se instaló en otro extremo del claro, junto a un álamo blanco igual al de Oblonsky; apoyó la esco peta en una &lt;br /&gt;rama seca baja, se quitó el caftán, se ajustó el cinturón y comprobó que podía mover los brazos libremente. &lt;br /&gt;La vieja «Laska», que seguía todos sus pasos, se sentó frente a él con precaución y aguzó el oído. El sol se ponía tras el &lt;br /&gt;bosque grande. A la luz crepuscular, los álamos blancos di seminados entre los olmos se destacaban, nítidos, con sus bo tones &lt;br /&gt;prontos a florecer. &lt;br /&gt;En la espesura, donde aún había nieve, corría el agua con leve rumor formando caprichosos arroyuelos. Los pájaros &lt;br /&gt;gorjeaban saltando de vez en cuando de un árbol a otro. En los intervalos  de silencio absoluto se sentía el ligero crujir de las &lt;br /&gt;hojas secas del año pasado, removidas por el deshielo y el crecer de las hierbas. &lt;br /&gt;–¡Qué hermoso es esto! Se siente y hasta se ve crecer la hierba  –exclamó Levin, viendo una hoja de color pizarra mo verse &lt;br /&gt;sobre la hierba nueva. &lt;br /&gt;Escuchaba y miraba ora la tierra mojada cubierta de mus gos húmedos, ora a «Laska», atenta a todo rumor, ora el mar de &lt;br /&gt;copas de árboles desnudos que tenía delante, ora el cielo que, velado por las blancas vedijas de las nubecillas , se oscurecía &lt;br /&gt;lentamente. &lt;br /&gt;Un buitre batiendo las alas muy despacio volaba altísimo sobre el bosque lejano; otro buitre volaba en la misma direc ción y &lt;br /&gt;desapareció. La algarabía de los pájaros en la espesura era cada vez más fuerte. Se oyó el grito de un  búho. «Laska», &lt;br /&gt;avanzando con cautela con la cabeza ladeada, comenzó a es cuchar con atención. Al otro lado del arroyo se sintió el cantar de &lt;br /&gt;un cuclillo. El canto se repitió dos veces, luego se apresuró y se hizo más confuso. &lt;br /&gt;–¡Ya tenemos ahí un cuclillo! –dijo Esteban Arkadievich saliendo de entre los arbustos. &lt;br /&gt;–Ya lo oigo –repuso Levin, enojado al sentir interrumpido el silencio y con una voz que a él mismo le sonó desa gradable–. &lt;br /&gt;Ahora, pronto... &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich desapareció de nuevo en la maleza y L evin no vio más que la llamita de un fósforo y la pequeña brasa &lt;br /&gt;de un cigarro con una voluta de humo azul. &lt;br /&gt;Chic–chic, sonaron los gatillos de la escopeta que Esteban Arkadievich levantaba en aquel momento. &lt;br /&gt;–¿Qué es eso? ¿Quién grita? –preguntó Oblonsky, llamando la atención a Levin sobre un ruido sordo y prolongado como el &lt;br /&gt;piafar de un potro. &lt;br /&gt;–¿No lo sabes? Es el macho de la liebre. Pero basta de hablar. ¿No oyes? ¡Se oye ya volar! –exclamó Levin alzando a su vez &lt;br /&gt;los gatillos. &lt;br /&gt;Se sintió un silbido agudo y  lejano y en dos segundos, el espacio de tiempo familiar a los cazadores, sonaron otros dos &lt;br /&gt;silbidos y luego el característico cloqueo. &lt;br /&gt;Levin miró a derecha a izquierda, y ante sí, en el cielo azul seminublado, sobre las suaves copas de los arbolillos, div isó un &lt;br /&gt;pájaro. &lt;br /&gt;Volaba hacia él directamente. Su cloqueo, tan semejante al rasgar de un tejido recio, se sintió casi en el mismo oído de &lt;br /&gt;Levin, quien veía ya su largo pico y su cuello. &lt;br /&gt;En el momento en que se echaba la escopeta a la cara, tras el arbusto qu e ocultaba a Oblensky brilló un relámpago rojo. El &lt;br /&gt;pájaro bajó, como una flecha, y volvió a remontarse. Surgió un segundo relámpago y se oyó una detonación. &lt;br /&gt;El ave, moviendo las alas como para sostenerse, se detuvo un momento en el aire y luego cayó pesadamente a tierra. &lt;br /&gt;–¿No le he dado? ¿No he hecho blanco? –preguntó Esteban Arkadievich, que no podía ver a través del humo. &lt;br /&gt;–Aquí está –dijo Levin, señalando a «Laska» que, levantando una oreja y agitando la cola, traía a su dueño el pájaro muerto, &lt;br /&gt;lentamente, como si quisiera prolongar el placer, se diría que sonriendo... &lt;br /&gt;–¡Me alegro de que hayas acertado!  –dijo Levin, sin tiendo a la vez cierta envidia de no haber sido él quien matara a la &lt;br /&gt;chocha. &lt;br /&gt;–¡Pero erré el tiro del cañón derecho, caramba! –contestó Esteban Arkadievich cargando el arma–. ¡Chist! Ya vuelven. &lt;br /&gt;Se oyeron, en efecto, silbidos penetrantes y seguidos. Dos chochas, jugueteando, tratando de alcanzarse, silbando sin emitir &lt;br /&gt;el cloqueo habitual, volaron sobre las mismas cabezas de los cazadores. &lt;br /&gt;Se oyeron cuatro disparos. Las chochas dieron una vuelta, rápidas como golondrinas, y desaparecieron. &lt;br /&gt;La caza resultaba espléndida. Esteban Arkadievich mató dos piezas más y Levin otras dos, una de las cuales no pudo &lt;br /&gt;encontrarse. Oscurecía. Venus, clara,  como de plata, brillaba muy baja, con suave luz, en el cielo de poniente, mientras, en &lt;br /&gt;levante, fulgían las rojizas luces del severo Arturo. &lt;br /&gt;Levin buscaba y perdía de vista sobre su cabeza la conste lación de la Osa Mayor. Ya no volaban las chochas. Pero  Levin &lt;br /&gt;resolvió esperar hasta que Venus, visible para él bajo una rama seca, brillase encima de ella y hasta que se divisasen en el cielo &lt;br /&gt;todas las estrellas del Carro. &lt;br /&gt;Venus remontó la rama, fulgía ya en el cielo azul toda la constelación de la Osa, con s u carro y su lanza, y Levin continuaba &lt;br /&gt;esperando. &lt;br /&gt;–¿Volvemos? –preguntó Esteban Arkadievich. &lt;br /&gt;En el bosque reinaba un silencio absoluto y no se movía ni un pájaro. &lt;br /&gt;–Quedémonos un poco más –dijo Levin. &lt;br /&gt;–Como quieras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 69&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora estaban a unos quince pasos uno de otro. &lt;br /&gt;–Stiva ––dijo de pronto Levin–, ¿por qué no me dices si tu cuñada se casa o se ha casado ya?  –y al decir esto, se sentía tan &lt;br /&gt;firme y sereno que creía que ninguna contestación había de conmoverle. &lt;br /&gt;Pero no esperaba la respuesta de Oblonsky. &lt;br /&gt;–No pensaba ni piensa casarse. Está muy enferma y los médicos la han enviado al extranjero. Hasta se teme por su vida. &lt;br /&gt;–¿Qué dices? ––exclamó Levin–. ¿Muy enferma? ¿Qué tiene? ¿Cómo es que ...? &lt;br /&gt;Mientras hablaba, «Laska», aguzando los oídos, miraba al cielo y contemplaba a los dos con reproche. &lt;br /&gt;«Ya han encontrado ocasión de hablar», pensaba la perra. «Y mientras tanto el pájaro está aquí, volando. Y no van a verlo. » &lt;br /&gt;Pero en aquel momento los dos cazadores oyeron a la vez un silbido penetrante que parecía golpearles las orejas. &lt;br /&gt;Ambos empujaron sus armas, brillaron dos relámpagos y dos detonaciones se confundieron en una. &lt;br /&gt;Una chocha que volaba muy alta plegó las alas instantánea mente y cayó en la espesura, doblando al desplomarse las ra mas &lt;br /&gt;nuevas. &lt;br /&gt;–¡Magnífico! ¡Es de los dos! –exclamó Levin y corrió con «Laska» en dirección al bosque para buscar la chocha. &lt;br /&gt;«¿No me han dicho ahora algo desagradable?», se preguntó. «¡Ah, sí; que Kitty está enferma! En fin, ¿qué le vamos a hacer? &lt;br /&gt;Pero me apena mucho», pensaba. &lt;br /&gt;–¿Ya la has encontrado? ¡Eres un as! ––dijo tomando de boca de «Laska» el pájaro palpitante aún y metiéndolo en el morral &lt;br /&gt;casi lleno. &lt;br /&gt;Y gritó: &lt;br /&gt;–¡Ya la ha encontrado, Stiva! &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XVI &lt;br /&gt;De vuelta a casa, Levin preguntó detalles sobre la dolencia de Kitty y sobre los plan es de los Scherbazky, y aunque le &lt;br /&gt;avergonzaba confesarlo, hablar de ello le producía satisfacción. &lt;br /&gt;Le satisfacía porque en aquel tema sentía renacer en su alma la esperanza, y también por la secreta satisfacción que le &lt;br /&gt;proporcionaba el saber que también sufría la que tanto le había hecho sufrir a él. Pero cuando su amigo quiso informarle de las &lt;br /&gt;causas de la enfermedad de Kitty y nombró a Vronsky, Levin le interrumpió: &lt;br /&gt;–No tengo derecho alguno y tampoco, a decir verdad, interés en entrar en detalles familiares. &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich sonrió imperceptiblemente al obser var el rápido  –y tan conocido para él – cambio de expresión del &lt;br /&gt;semblante de Levin, tan triste ahora como alegre un momento antes. &lt;br /&gt;–¿Has ultimado con Riabinin lo de la venta del bosque? –preguntó Levin. &lt;br /&gt;–Sí, todo ultimado. El precio es excelente: treinta y ocho mil rublos. Ocho mil al contado y los demás pagaderos en seis &lt;br /&gt;años. He esperado mucho tiempo antes de decidirme, pero nadie me daba más. &lt;br /&gt;–Veo que lo das regalado. &lt;br /&gt;–¿Regalado? –dijo Esteban Arkadievich con benévola sonrisa, sabiendo que Levin ahora lo encontraría todo mal. &lt;br /&gt;–Un bosque vale por lo menos quinientos rublos por deciatina –aseveró Levin. &lt;br /&gt;–¡Cómo sois los propietarios rurales!  –bromeó Esteban Arkadievich –. ¡Qué tono de desprecio h acia nosotros, los de la &lt;br /&gt;ciudad! Pero luego, cuando se trata de arreglar algún asunto, resulta que nosotros lo hacemos mejor. Lo he calcu lado todo, &lt;br /&gt;créeme, Y he vendido el bosque tan bien que sólo temo que Riabinin se vuelva atrás. Ese bosque no es made rable –continuó, &lt;br /&gt;tratando de convencer a Levin, diciendo que no era « maderable» , de lo equivocado que estaba –. No sirve más que para leña. &lt;br /&gt;No se obtienen más de treinta sajeñs por deciatina y Riabinin me da doscientos rublos por deciatina. &lt;br /&gt;Levin sonrió despreciativamente. &lt;br /&gt;«Conozco el modo de tratar asuntos que tienen los habitan tes de la ciudad. Vienen al pueblo dos veces en diez años, re -&lt;br /&gt;cuerdan dos o tres expresiones populares y las dicen luego sin ton ni son, imaginando que ya han hallado el secreto  de todo. &lt;br /&gt;¡«Maderable» ! ¡«Levantar treinta sajeñs»! Pronuncia palabras que no entiende», pensó Levin. &lt;br /&gt;–Yo no trato de ir a enseñarte lo que tienes que hacer en tu despacho, y en caso necesario voy a consultarte  ––dijo en alta &lt;br /&gt;voz–. En cambio, tú estás con vencido de que entiendes algo de bosques. ¡Y entender de eso es muy difícil! ¿Has contado los &lt;br /&gt;árboles? &lt;br /&gt;–¡Contar los árboles!  ––contestó riendo Esteban Arkadie vich, que deseaba que su amigo perdiese su triste disposición de &lt;br /&gt;ánimo–. «¡Oh! Contar granos de arena y rayos de estrellas, ¿qué genio lo podría hacer?» ––declamó sonriente. &lt;br /&gt;–––Cierto; pero el genio de Riabinin es muy capaz de eso. Y ningún comprador compraría sin contar, excepto en el caso &lt;br /&gt;concreto de que le regalaran un bosque, como ahora. Yo co nozco bien tu bosque. Todos los años voy a cazar allí. Tu bos que &lt;br /&gt;vale quinientos rublos por deciatina al contado y Riabinin te paga doscientos a plazos. Eso significa que le has regalado treinta &lt;br /&gt;mil rublos. &lt;br /&gt;–Veo que quieres exagerar ––contestó Esteban Arkadievich–. ¿Cómo es que nadie me los daba? &lt;br /&gt;–Porque Riabinin se ha puesto de acuerdo con los demás posibles compradores, pagándoles para que se retiren de la &lt;br /&gt;competencia. No son compradores, sino revendedores. Riabi nin no realiza negocios para ganar el qui nce o veinte por ciento, &lt;br /&gt;sino que compra un rublo por veinte copecks. &lt;br /&gt;–Vamos, vamos; estás de mal humor y... &lt;br /&gt;–No lo creas –––dijo Levin con gravedad. &lt;br /&gt;Llegaban ya a casa.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentario: Medida que &lt;br /&gt;equivale a 2.134 metros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 70&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Junto a la escalera se veía un charabán tapizado de piel y con armadura de hierro y uncido a él un caballo robusto, sujeto con &lt;br /&gt;sólidas correas. En el carruaje estaba el encargado de Riabinin, que servía a la vez de cochero. Era un hombre san guíneo, rojo &lt;br /&gt;de cara, y llevaba un cinturón muy ceñido. &lt;br /&gt;Riabinin estaba ya en casa; y los dos amigos le hallaron en el recibidor. Era alto, delgado, de mediana edad, con bigote y con &lt;br /&gt;la pronllnente barbilla afeitada con esmero. Tenía los ojos sal tones y turbios. Vestía una larga levita azul, con botones muy &lt;br /&gt;bajos en los faldones, y calzaba botas altas, arrugadas en los tobillos y rectas en las piernas, protegidas por grandes chanclos. &lt;br /&gt;Con gesto enérgico se secó el rostro y se arregló is levita, aunque no lo necesitaba. Luego saludó sonriendo a los recién &lt;br /&gt;llegados, tendiendo una mano a Esteban Arkadievich como si desease atraparle al vuelo. &lt;br /&gt;–¿Conque ya ha llegado usted? –dijo Esteban Arkadievich–. ¡Muy bien! &lt;br /&gt;–Aunque el camino es muy malo, no osé desobedecer las órdenes de Vuestra Señoría. Tuve que apresurarme mucho, pero &lt;br /&gt;llegé a la hora. Tengo el gusto de saludarle, Constantino Dmitrievich. &lt;br /&gt;Y se dirigió a Levin, tratando también de estrechar su mano. Pero Levin, con las cejas fruncidas, fingió no ver su gesto y &lt;br /&gt;comenzó a sacar las chochas del morral. &lt;br /&gt;–¿Cómo se llama ese pájaro? –preguntó Riabinin, mirando las chochas con desprecio–. Debe de tener cierto regusto de... &lt;br /&gt;Y movió la cabeza en un gesto de desaprobación, como pensando que las ganancias de la caza no debían de cubrir los gastos. &lt;br /&gt;–¿Quieres pasar a mi despacho?  –preguntó Levin a Oblonsky en franc és, arrugando aún más el entrecejo –. Sí; pasad al &lt;br /&gt;despacho y allí podréis hablar más cómodamente y sin testigos. &lt;br /&gt;–Bien, como usted quiera –dijo Riabinin. &lt;br /&gt;Hablaba con desdeñosa suficiencia, como deseando hacer comprender que, si hay quien halla dificultades sobre la manera en &lt;br /&gt;hay que terminar un negocio, él no las conocía nunca. &lt;br /&gt;Al entrar en el despacho, Riabinin miró buscando la santa imagen que se acostumbra colgar en las habitaciones, pero, al no &lt;br /&gt;verla, no se persignó. Después miró las estanterías y arma rios de libros con la expresión de duda que tuviera ante las chochas, &lt;br /&gt;sonrió con desprecio y movió la cabeza, seguro ahora de que aquellos gastos no se cubrían con las ganancias. &lt;br /&gt;–¿Qué?, ¿ha traído el dinero? –preguntó Oblonsky–. Siéntese... &lt;br /&gt;–Sobre el dinero no habrá dificultad. Venía a verle, a hablarle... &lt;br /&gt;–¿Hablar de qué? Siéntese, hombre. &lt;br /&gt;–Bueno; nos sentaremos –dijo Riabinin, haciéndolo y apoyándose en el respaldo de la butaca del modo que le resul taba más &lt;br /&gt;molesto–. Es preciso que rebaje el precio, P ríncipe. No se puede dar tanto. Yo traigo el dinero preparado, hasta el último &lt;br /&gt;copeck. Respecto al dinero no habrá dificultades... &lt;br /&gt;Levin, después de haber puesto la escopeta en el armario, se disponía a salir de la habitación, pero al oír las palabras del &lt;br /&gt;comprador, se detuvo. &lt;br /&gt;–Sin eso se lleva ya usted el bosque regalado. Mi amigo me ha hablado demasiado tarde, si no habría fijado el precio yo  –––&lt;br /&gt;dijo Levin. &lt;br /&gt;Riabinin se levantó y, sonriendo en silencio, miró a Levin de pies a cabeza. &lt;br /&gt;–Constantino Dmitrievich es muy avaro –––dijo, dirigiéndose a Oblonsky y sin dejar de sonreír –––. En definitiva, no se le &lt;br /&gt;puede comprar nada. Yo le hubiese adquirido el trigo pagándoselo a buen precio, pero... &lt;br /&gt;–¿Querría acaso que se lo regalara? –repuso Levin–. No me lo encontré en la tierra ni lo robé. &lt;br /&gt;–¡No diga usted eso! En nuestros tiempos es decididamente imposible robar. Hoy, al fin y al cabo, todo se hace a través del &lt;br /&gt;juzgado y de los notarios; todo honesta y lealmente... ¿Cómo sería posible robar? Nuestros tratos han sido llevados con honora-&lt;br /&gt;bilidad. El señor pide demasiado por el bosque, y no podría cubrir los gastos. Por eso le pido que me rebaje algo. &lt;br /&gt;–¿Pero el trato está cerrado o no? Si lo está, sobra todo regateo. Si no lo está, compro yo el bosque ––dijo Levin. &lt;br /&gt;La sonrisa desaparecio de súbito del rostro de Riabinin y se sustituyó por una expresión dura, de ave de rapiña, de buitre... &lt;br /&gt;Con dedos ágiles y decididos, desabrochó su levita, mos trando debajo una amplia camisa, desabrochó los botones de cobre de &lt;br /&gt;su chaleco, separó la cadena del reloj y sacó rápidamente una vieja y abultada cartera. &lt;br /&gt;–El bosque es mío, con perdón –dijo, santiguándose a toda prisa, y adelantando la mano–. Tome el dinero, el bosque es mío. &lt;br /&gt;Riabinin hace así sus negocios, no se entretiene en menudencias. &lt;br /&gt;–En tu lugar yo no me apresuraría a cogerle el dinero ––dijo Levin. &lt;br /&gt;–¿Qué quieres que haga? –repuso Oblonsky con extrañeza–. He dado mi palabra. &lt;br /&gt;Levin salió de la habitación dando un portazo. Riabinin movió la cabeza y miró hacia la puerta sonriente. &lt;br /&gt;–¡Cosas de jóvenes, niñerías! Si lo compro, crea en mi lealtad, lo hago sólo porque se diga que fue Riabinin quien compró el &lt;br /&gt;bosque y no otro. ¡Dios sabe cómo me resultará! Puede usted creerme. Y ahora haga el favor: fírmeme usted el contrato. &lt;br /&gt;Una hora después, Riabinin, abrochando su gabán cuidadosamente y cerrando todos los botones de su levita, en cuyo bolsillo &lt;br /&gt;llevaba el contrato de venta, se sentaba en el pescante del charabán para volver a su casa. &lt;br /&gt;–¡Oh, lo que son estos señores! –dijo a su encargado–. Siempre los mismos. &lt;br /&gt;–Claro –repuso el empleado entregándole las riendas y ajustando la delantera de cuero del vehículo –. ¿Puedo felicitarle por &lt;br /&gt;la compra, Mijail Ignatich? &lt;br /&gt;–¡Arte, arte! –gritó el comprador animando a los caballos. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XVII &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich subió al piso alto con el bolsillo hen chido del papel moneda que el comerciante le había pagado con &lt;br /&gt;tres meses de anticipación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 71&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El asunto del bosque estaba terminado, la caza había sido abundante y Esteban Arkadievich, hallándose muy o ptimista, &lt;br /&gt;deseaba disipar el mal humor de Levin. Quería terminar el día como lo había empezado, y cenar tan agradablemente como &lt;br /&gt;había comido. &lt;br /&gt;Levin, en efecto, estaba de mal humor y, pese a su deseo de mostrarse amable y cariñoso con su caro amigo, no logr aba &lt;br /&gt;dominarse. La embriaguez que le produjo la noticia de que Kitty no se había casado se había ido desvaneciendo en él poco a &lt;br /&gt;poco. &lt;br /&gt;Kitty no estaba casada y se hallaba enferma, enferma de amor por un hombre que la despreciaba. Parecíale que en lo &lt;br /&gt;sucedido había también como una vaga ofensa para él. Vronsky había desdeñado a quien desdeñara a Levin... Vronsky, pues, &lt;br /&gt;tenía derecho a despreciar a Levin. En consecuencia, era enemigo suyo. &lt;br /&gt;Pero Levin no quería razonar sobre ello. Sentía que había algo ofensivo  para él y se irritaba no contra la causa, sino con tra &lt;br /&gt;cuanto tenía delante. La necia venta del bosque, el engaño en que Oblonsky cayera y que se había consumado en su casa, le &lt;br /&gt;irritaba. &lt;br /&gt;–¿Terminaste ya? –preguntó a Esteban Arkadievich al encontrarle arriba–. ¿Quieres cenar? &lt;br /&gt;–No me niego. Se me ha despertado en este pueblo un apetito fenomenal. ¿Por qué no has invitado a Riabinin? &lt;br /&gt;–¡Que se vaya al diablo! &lt;br /&gt;–¡Le tratas de un modo! –dijo Oblonsky–. Ni le has dado la mano. ¿Por qué haces eso? &lt;br /&gt;–Porque no doy la mano a mis criados y, sin embargo, valen cien veces más que él. &lt;br /&gt;–Eres, decididamente, un retrógrado. ¿Y la confraternidad de clases? –preguntó Oblonsky. &lt;br /&gt;–Quien desee confraternizar, que lo haga cuanto quiera. A mí lo que me asquea, me asquea. &lt;br /&gt;–Eres un reaccionario cerril. &lt;br /&gt;–Te aseguro que no he pensado nunca en lo que soy. Soy Constantino Levin y nada más. &lt;br /&gt;–Y un Constantino Levin malhumorado –comentó, riendo, Esteban Arkadievich. &lt;br /&gt;–¡Sí: estoy de mal humor! ¿Y sabes por qué? Permíteme que te lo diga: por esa estúpida venta que has hecho. &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich arrugó las cejas con benevolencia, como hombre a quien acusan y ofenden injustamente. &lt;br /&gt;–Basta –dijo–. Cuando uno vende algo sin decirlo, to dos le aseguran después que lo que vende valía mucho más. Pero &lt;br /&gt;cuando uno ofrece algo en venta, nadie le da nada. Veo que tienes ojeriza a ese Riabinin. &lt;br /&gt;–Es posible... ¿Y sabes por qué? Vas a decir de nuevo que soy un reaccionario o alguna cosa peor... Pero no puedo me nos de &lt;br /&gt;afligirme viendo a la nobleza, esta nobleza a  la cual, a pesar de esta monserga de la confraternidad de clases, me honro en &lt;br /&gt;pertenecer, va arruinándose de día en día... Y lo malo es que esa ruina no es una consecuencia del lujo. Eso no sería ningún &lt;br /&gt;mal, porque vivir de un modo señorial corresponde a  la nobleza y sólo la nobleza lo sabe hacer. Que los aldeanos compren &lt;br /&gt;tierras al lado de las nuestras no me ofende. El señor no hace nada; el campesino trabaja, justo es que despoje al ocioso. Esto &lt;br /&gt;está en el orden natural de las cosas, y a mí me parece muy  bien; me satisface incluso. Pero me indigna que la nobleza se &lt;br /&gt;arruine por candidez. Hace poco un arrendatario polaco compró una espléndida propiedad por la mitad de su valor a una &lt;br /&gt;anciana señora que vive en Niza. Otros arriendan a los comerciantes, a rublo por deciatina, la tierra que vale diez rublos. Ahora &lt;br /&gt;tú, sin motivo alguno, has regalado a ese ladrón treinta mil rublos. &lt;br /&gt;–¿Qué querías que hiciera? ¿Contar los árboles? &lt;br /&gt;–¡Claro! Tú no los has contado y Riabinin sí; y después los hijos de Riabinin tendrá n dinero para que les eduquen, y acaso a &lt;br /&gt;los tuyos les falte. &lt;br /&gt;–Perdona; pero encuentro algo mezquino en eso de contar los árboles. Nosotros tenemos nuestro trabajo, ellos tienen el suyo &lt;br /&gt;y es justo que ganen algo. ¡En fin: el asunto está termi nado y basta! Ahí veo huevos al plato de la manera que más me gustan. &lt;br /&gt;Y Agafia Mijailovna nos traerá sin duda aquel milagroso néctar de vodka con hierbas. &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich, sentándose a la mesa, comenzó a bro mear con Agafia Mijailovna, asegurándole que hacía tiemp o que &lt;br /&gt;no había comido y cenado tan bien como aquel día. &lt;br /&gt;–Usted dice algo, siquiera –repuso ella–; pero Constantino Dmitrievich nunca dice nada. Si se le diera una corteza de pan por &lt;br /&gt;toda comida, tampoco diría ni una palabra. &lt;br /&gt;Aunque Levin se esforzaba en vencer su mal humor, permaneció todo el tiempo triste y taciturno. &lt;br /&gt;Deseaba preguntar algo a su amigo, pero no halló ocasión ni manera de hacerlo. &lt;br /&gt;Esteban Arkadievich había bajado ya a su cuarto, se había desnudado, lavado, se había puesto el pijama y acost ado y, sin &lt;br /&gt;embargo, Levin no se resolvía a dejarle, hablando de cosas in significantes y sin encontrar la fuerza para preguntarle lo que &lt;br /&gt;quería. &lt;br /&gt;–¡Qué admirablemente preparan ahora los jabones! dijo Levin, desenvolviendo el trozo de jabón perfumado que Aga fia &lt;br /&gt;Mijailovna había dejado allí para el huésped y que éste no había tocado– Míralo: es una obra de arte. &lt;br /&gt;–Sí, ahora todo es muy perfecto  ––dijo Oblonsky, bostezando con la boca totalmente abierta –. Por ejemplo, los teatros y &lt;br /&gt;demás espectáculos están alumbrados con luz eléctrica. ¡Ah, ah, ah! –y bostezaba más aún–. En todas partes hay electricidad, &lt;br /&gt;en todas partes... &lt;br /&gt;–Sí, la electricidad... –respondió Levin–. Sí... ¿Oye?, ¿dónde está Vronsky ahora? –preguntó dejando el jabón. &lt;br /&gt;–¿Vronsky? ––dijo Esteban Arkadievich, concluyendo un nuevo bostezo –. Está en San Petersburgo. Marchó poco des pués &lt;br /&gt;que tú y no ha vuelto a Moscú ni una vez. Voy a decirte la verdad, Kostia –continuó Oblonsky, apoyando el brazo en la mesilla &lt;br /&gt;de noche junto a su lecho y poniendo el rostro hermoso y rubicundo sobre la mano, mientras a sus ojos bondadosos y cargados &lt;br /&gt;de sueños parecían asomar los destellos de miríadas de estrellas. Tú tuviste la culpa, te asustaste ante tu rival. Y yo, como te &lt;br /&gt;dije en aquel momento, aún no sé quién de los dos tenía más probabilidades de triunfar. ¿Por qué no fuiste derechamente hacia &lt;br /&gt;el objetivo? Ya te dije entonces que... &lt;br /&gt;Y Esteban Arkadievich bostezó sólo con un movimiento de mandíbulas, sin abrir la boca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 72&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«¿Sabrá o no sabrá que pedí la mano de Kitty?»,  pensó Levin mirándole. « Sí: se nota una expresión muy astuta, muy di -&lt;br /&gt;plomática, en su semblante.» &lt;br /&gt;Y, advirtiendo que se ruborizaba, Levin miró a Esteban Arkadievich a los ojos. &lt;br /&gt;–Cierto que entonces Kitty se sentía algo atraída hacia Vronsky  –continuaba Oblonsky–. ¡Claro: su porte distin guido y su &lt;br /&gt;futura situación en la alta sociedad influyeron mucho, no sobre Kitty, sino sobre su madre! &lt;br /&gt;Levin frunció las cejas. La ofensa de la negativa que se le había dado le abrasaba el corazón como una herida recien te, pero &lt;br /&gt;ahora estaba en su casa, y sentirse entre los muros propios es cosa que siempre da valor. &lt;br /&gt;–Espera –interrumpió a Oblonsky–. Permíteme que te pregunte: ¿en qué consiste ese porte distinguido de que has hablado, &lt;br /&gt;ya sea en Vronsky o en quien sea? Tú consideras que Vronsky es un aristócrata y yo no. El hombre cuyo padre salió de la nada &lt;br /&gt;y llegó a la cumbre por saber arrastrarse, el hombre cuya madre ha tenido no se sabe cuántos amantes... Perdona; pero yo me &lt;br /&gt;considero aristócrata y considero tales a l os que se me parecen por tener tras ellos dos o tres generaciones de fa milias &lt;br /&gt;honorables que alcanzaron el grado máximo de educa ción (sin hablar de capacidades y de inteligencia, que es otra cosa), que &lt;br /&gt;jamás cometieron canalladas con nadie, que no ne cesitaron de nadie, como mis padres y mis abuelos. Conozco muchos así. A &lt;br /&gt;ti te parece mezquino contar los árboles en el bosque, y tú, en cambio, regalas treinta mil rublos a Riabinin; pero tú, claro, &lt;br /&gt;recibes un sueldo y no sé cuántas cosas más, mientras yo no  recibo nada, y por eso cuido los bienes fami liares y los &lt;br /&gt;conseguidos con mi trabajo... Nosotros somos aris tócratas y no los que subsisten sólo con las migajas que les echan los &lt;br /&gt;poderosos y a los que puede comprarse por veinte copecks. &lt;br /&gt;–¿Por qué me dices todo eso? Estoy de acuerdo contigo  –dijo Esteban Arkadievich sincera y jovialmente, aunque sa bía que &lt;br /&gt;Levin le incluía entre los que se pueden comprar por veinte copecks. Pero la animación de Levin le complacía de verdad –. &lt;br /&gt;¿Contra quién hablas? Aunque te  equivocas bastante en lo que dices de Vronsky, no me refiero a eso. Te di go sinceramente &lt;br /&gt;que yo en tu lugar habría permanecido en Moscú y... &lt;br /&gt;–No. No sé si lo sabes o no, pero me es igual y voy a de círtelo. Me declaré a Kitty y ella me rechazó. Y ahora C atalina &lt;br /&gt;Alejandrovna no es para mí sino un recuerdo humillante y doloroso. &lt;br /&gt;–¿Por qué? ¡Qué tontería! &lt;br /&gt;–No hablemos más. Perdóname si me he mostrado un poco rudo contigo –dijo Levin. &lt;br /&gt;Y ahora que lo había dicho todo, volvía ya a sentirse como por la mañana. &lt;br /&gt;–No te enfades conmigo, Stiva. Te lo ruego; no me guardes rencor –terminó Levin. &lt;br /&gt;Y cogió, sonriendo, la mano de su amigo. &lt;br /&gt;–Nada de eso, Kostia. No tengo por qué enfadarme. Me alegro de esta explicación. Y ahora a otra cosa: a veces por las &lt;br /&gt;mañanas hay buena caza. ¿Iremos? Podría prescindir de dormir a ir directamente del cazadero a la estación.  &lt;br /&gt;–Muy bien. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XVIII &lt;br /&gt;Aunque la vida interior de Vronsky estaba absorbida por su pasión, su vida externa no había cambiado y se deslizaba rau -&lt;br /&gt;damente por los raíles acostumbrados de las relaciones mundanas, de los intereses sociales, del regimiento. &lt;br /&gt;Los asuntos del regimiento ocupaban importante lugar en la vida de Vronsky, más aún que por el mucho cariño que te nía al &lt;br /&gt;cuerpo, por el cariño que en el cuerpo se le te nía. No sólo le querían, sino que le respetaban y se enorgullecían de él, se &lt;br /&gt;enorgullecían de que aquel hombre inmensamente rico, instruido a inteligente, con el camino abierto hacia éxitos, ho nores y &lt;br /&gt;pompas de todas clases, despreciara todo aquello, y qu e de todos los intereses de su vida no diera a ninguno más lugar en su &lt;br /&gt;corazón que a los referentes a sus camaradas y a su regimiento. &lt;br /&gt;Vronsky tenía conciencia de la opinion en que le tenían sus compañeros y, aparte de que amaba aquella vida, se conside raba &lt;br /&gt;obligado a mantenerles en la opinión que de él se habían formado. &lt;br /&gt;Como es de suponer, no hablaba de su amor con ninguno de sus compañeros, no dejando escapar ni una palabra ni aun en los &lt;br /&gt;momentos de más alegre embriaguez (aunque desde luego rara vez se  emborrachaba hasta el punto de perder el dominio de sí &lt;br /&gt;mismo). Por esto podía, pues, cerrar la boca a cualquiera de sus camaradas que intentase hacerle la menor alusión a aquellas &lt;br /&gt;relaciones. &lt;br /&gt;No obstante, su amor era conocido en toda la ciudad, Más o menos , todos sospechaban algo de sus relaciones con la Ka -&lt;br /&gt;renina. La mayoría de los jóvenes le envidiaban precisamente por lo que hacía más peligroso su amor: el alto cargo de Kare nin &lt;br /&gt;que contribuía a hacer más escandalosas sus relaciones. &lt;br /&gt;La mayoría de las se ñoras jóvenes que envidiaban a Ana y estaban hartas de oírla calificar de irreprochable, se sentían &lt;br /&gt;satisfechas y sólo esperaban la sanción de la opinión pública para dejar caer sobre ella todo el peso de su desprecio. Preparaban &lt;br /&gt;ya los puñados de barro q ue lanzarían sobre Ana cuando fuese llegado el momento. Sin embargo, la mayoría de la gente de &lt;br /&gt;edad madura y de posición elevada estaba descontenta del escándalo que se preparaba. &lt;br /&gt;La madre de Vronsky, al enterarse de las relaciones de su hijo, se sintió, en principio, contenta, ya que, según sus ideas, nada &lt;br /&gt;podía acabar mejor la formación de un joven como un amor con una dama del gran mundo. Por otra parte, compro baba, no sin &lt;br /&gt;placer, que aquella Karenina, que tanto le había gustado, que le había hablado t anto de su hijo, era al fin y al cabo como todas &lt;br /&gt;las mujeres bonitas y honradas, según las consideraba la princesa Vronskaya. &lt;br /&gt;Pero últimamente se informó de que su hijo había rechazado un alto puesto a fin de continuar en el regimiento y poder seguir &lt;br /&gt;viendo a la Karenina, y supo que había personajes muy conspicuos que estaban descontentos de la negativa de Vronsky. &lt;br /&gt;Esto la hizo cambiar de opinión tanto como los informes que tuvo de que aquellas relaciones no eran brillantes y agra dables, &lt;br /&gt;a estilo del gran mundo y tal como ella las aprobaba, sino una pasión a lo Werther, una pasión loca, según le conta ban, y que &lt;br /&gt;podía conducir a las mayores imprudencias.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentario: Kitty.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 73&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No había visto a Vronsky desde la inesperada marcha de éste de Moscú y envió a su hijo mayor para deci rle que fuese a &lt;br /&gt;verla. &lt;br /&gt;Tampoco el hermano mayor estaba contento. No le impor taba qué clase de amor era aquel de su hermano, grande o no, con &lt;br /&gt;pasión o sin ella, casto o vicioso (él mismo, aun con hijos, entretenía a una bailarina y por ello miraba el caso  con indulgencia, &lt;br /&gt;pero sí observaba que las relaciones de su hermano disgustaban a quienes no se puede disgustar, y éste era el mo tivo de que no &lt;br /&gt;aprobase su conducta). &lt;br /&gt;Aparte del servicio y del gran mundo, Vronsky se dedicaba a otra cosa: los caballos, que constituían su pasión. &lt;br /&gt;Aquel año se habían organizado carreras de obstáculos para oficiales y Vronsky se inscribió entre los participantes, des pués &lt;br /&gt;de lo cual compro una yegua inglesa de pura sangre. Es taba muy enamorado, pero ello no le impedía apasio narse por las &lt;br /&gt;próximas carreras. &lt;br /&gt;Las dos pasiones no se estorbaban la una a la otra. Al contrario: le convenían ocupaciones y diversiones independientes de su &lt;br /&gt;amor que le calmasen a hiciesen descansar de aquellas impresiones que le agitaban con exceso. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XIX &lt;br /&gt;El día de las carreras en Krasnoie Selo, Vronsky entró en el comedor del regimiento más temprano que de costumbre, a fin &lt;br /&gt;de comer un bistec. &lt;br /&gt;No tenía que preocuparse mucho de no aumentar el peso, porque pesaba precisamente los cuatro  puds y medio requeridos. &lt;br /&gt;Pero de todos modos evitaba comer dulces y harinas para no engordar. &lt;br /&gt;Sentado, con el uniforme desabrochado bajo el que se veía el chaleco blanco, con los brazos sobre la mesa en espera del &lt;br /&gt;bistec encargado, miraba una novela francesa que había puesto, abierta, ante el plato con el único objeto de no tener que hablar &lt;br /&gt;con los oficiales que entraban y salían. Vronsky reflexionaba. &lt;br /&gt;Pensaba en que Ana le había prometido una entrevista para hoy, después de las carreras. No la había visto desde hacía tres  &lt;br /&gt;días y, como su marido acababa de regresar del extran jero, él ignoraba si la entrevista sería posible o no, y no se le ocurría &lt;br /&gt;cómo podría saberlo. &lt;br /&gt;Había visto a Ana la última vez en la casa de veraneo de su prima Betsy. Vronsky evitaba frecuentar la res idencia veraniega &lt;br /&gt;de los Karenin, pero ahora necesitaba ir y meditaba la manera de hacerlo. &lt;br /&gt;«Bien; puedo decir que Betsy me envía a preguntar a Ana si irá a las carreras o no. Sí, claro que puedo ir», decidió al zando &lt;br /&gt;la cabeza del libro. &lt;br /&gt;Y su imaginación le pintó tan vivamente la felicidad de aquella entrevista que su rostro resplandeció de alegría. &lt;br /&gt;–Manda a decir a casa que enganchen en seguida la carre tela con tres caballos –ordenó al criado que le servía el bistec en la &lt;br /&gt;caliente fuente de plata. &lt;br /&gt;Y acercando la bandeja, empezó a comer. &lt;br /&gt;En la contigua sala de billar se oían golpes de tacos, char las y risas. Por la puerta entraron dos oficiales: uno un mucha cho &lt;br /&gt;joven, de rostro dulce y enfermizo, recién salido del Cuerpo de Cadetes, y otro un oficial v eterano, grueso, con una pulsera en &lt;br /&gt;la muñeca, con los ojos pequeños, casi invisibles, en su rostro lleno. &lt;br /&gt;Al verlos, Vronsky arrugó el entrecejo y, fingiendo no reparar en ellos, hizo como que leía, mientras tomaba el bistec. &lt;br /&gt;–¿Te fortaleces para el trabajo? –dijo el oficial grueso sentándose a su lado. &lt;br /&gt;–Ya lo ves ––contestó Vronsky, serio, limpiándose los labios y sin mirarle. &lt;br /&gt;–¿No temes engordar? –insistió aquél, volviendo su silla hacia el oficial joven. &lt;br /&gt;–¿Cómo? –preguntó Vronsky con cierta irritación  haciendo una mueca con la que exhibió la doble fila de sus dien tes &lt;br /&gt;apretados. &lt;br /&gt;–¿Si no temes engordar? &lt;br /&gt;–¡Mozo! ¡Jerez! –ordenó Vronsky al criado sin contestar. &lt;br /&gt;Y poniendo el libro al otro lado del plato, continuó leyendo. &lt;br /&gt;El oficial grueso tomó la carta de vinos y se dirigió al joven. &lt;br /&gt;–Escoge tú mismo lo que hayamos de beber –dijo, dándole la carta y mirándole. &lt;br /&gt;–Acaso vino del Rin...  –indicó el oficial joven, mirando con timidez a Vronsky y tratando de atusarse los bigotillos in -&lt;br /&gt;cipientes. &lt;br /&gt;Viendo que Vronsky no le dirigía la mirada, el oficial joven se levantó. &lt;br /&gt;–Vayamos a la sala de billar ––dijo. &lt;br /&gt;El oficial veterano se levantó, obedeciéndole, y ambos se dirigieron hacia la puerta. &lt;br /&gt;En aquel instante entró en la habitación el capitán de caballería Yachvin, hombre alto y de buen porte. Se acercó a Vronsky y &lt;br /&gt;saludó despectivamente, con un simple ademán, a los otros dos oficiales. &lt;br /&gt;–¡Ya le tenemos aquí! –gritó, descargándole en la hombrera un fuerte golpe de su manaza. &lt;br /&gt;Vronsky, irritado, volvió la cabeza. Pero en seguida su rostro recuperó su habitual expresión suave, tranquila y firme. &lt;br /&gt;–Haces bien en comer, Alocha –dijo el capitán con su sonora voz de barítono–. Come, come y toma unas copitas. &lt;br /&gt;–Te advierto que no tengo ganas. &lt;br /&gt;–¡Los inseparables! ––exclamó Yachvin, mirando burlonamente a los dos oficiales, que en aquel momento entraban en la &lt;br /&gt;otra sala. &lt;br /&gt;Y se sentó junto a Vronsky, doblando en ángulo agudo sus piernas, enfundadas en pantalones de montar muy estrechos, y &lt;br /&gt;que resultaban demasiado largas para la altura de las sillas. &lt;br /&gt;–¿Por qué no fuiste al teatro Krasninsky? No estuvo mal la Numerova. ¿Dónde estabas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 74&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Pasé mucho tiempo en casa de los Tversky. &lt;br /&gt;–¡Ah! &lt;br /&gt;Yachvin, jugador y libertino, de quien no podía decirse que fuera un hombre sin principios, porque p rofesaba principios &lt;br /&gt;francamente inmorales, era el mejor amigo que Vronsky tenía en el regimiento. &lt;br /&gt;Vronsky le apreciaba por su extraordinario vigor físico, que demostraba generalmente bebiendo como una cuba, pa sando &lt;br /&gt;noches sin dormir y permaneciendo inalte rable a pesar de todo. Pero también le estimaba Vronsky por su fuerza mo ral, que &lt;br /&gt;demostraba en el trato con jefes y camaradas, a quie nes inspiraba respeto y temor. Demostraba también aquella energía en el &lt;br /&gt;juego, en el que tallaba por miles y miles, ju gando siempre, a pesar de las enormes cantidades de vino bebidas, con tanta &lt;br /&gt;destreza y dominio de sí que pasaba por el mejor jugador del Club Inglés. En fin, Vronsky estimaba y quería a Yachvin porque &lt;br /&gt;sabía que éste correspondía a su aprecio y afecto, no por su nombre o riquezas, sino por sí mismo. &lt;br /&gt;De todos los conocidos, era Yachvin el único a quien Vronsky habría deseado hablar de su amor. Aunque Yachvin &lt;br /&gt;despreciaba todos los sentimientos, Vronsky adivinaba que sólo él sería capaz de comprender aquella pasi ón que ahora llenaba &lt;br /&gt;su vida. Estaba seguro de que Yachvin no encontraría placer en chismorrear sobre aquello, ya que no le agradaban la &lt;br /&gt;murmuración ni el escándalo. Seguramente habría com prendido su sentimiento en su justo valor, es decir, enten diendo que el &lt;br /&gt;amor no es una broma ni una diversión, sino algo serio a importante. &lt;br /&gt;Vronsky, aunque nunca le hablara de su amor, sabía que Yachvin estaba al corriente de todo y que tenía el concepto que &lt;br /&gt;debía tener. y le áustaba leerlo en los ojos de su amigo. &lt;br /&gt;–¡Ah! –exclamó Yachvin cuando Vronsky le hubo dicho que había estado en casa de los Tversky. &lt;br /&gt;Brillaron sus ojos negros. se cogió el extremo izquierdo de su bigote y se lo metió en la boca, según la mala costumbre que &lt;br /&gt;tenía. &lt;br /&gt;–Y tú, ¿qué hiciste ayer? ¿Ganaste? –preguntó Vronsky. &lt;br /&gt;–Ocho mil. Pero con tres mil no puedo contar. No van a pagármelos. &lt;br /&gt;–Entonces no importa que pierdas apostando por mí  –dijo Vronsky, riendo, pues sabía que su amigo había apostado una &lt;br /&gt;fuerte suma a su favor en aquellas carreras. &lt;br /&gt;–No perderé. Tu único enemigo de cuidado es Majotin. &lt;br /&gt;Y la conversación pasó a las carreras, único tema que aquel día podía interesar a Vronsky. &lt;br /&gt;–Bien, ya he terminado –dijo éste. &lt;br /&gt;Y, levantándose, se dirigió a la puerta. &lt;br /&gt;Yachvin se levantó también, estirando sus largas piernas y su ancha espalda. &lt;br /&gt;–Aún es temprano para comer; pero me apetece beber. Es pérame, ahora voy. ¡Eh! ¡Venga vino!  –gritó con voz sonora que &lt;br /&gt;hacía retemblar los cristales, voz célebre por el estruendo con que daba órdenes –. ¡Pero no, no quiero!  –gritó otra vez–. Si &lt;br /&gt;vuelves a tu casa, voy contigo. &lt;br /&gt;Y salieron juntos. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XX &lt;br /&gt;Vronsky ocupaba en el campamento una  isba finesa, muy limpia y dividida en dos departamentos. En el campamento, &lt;br /&gt;Petrizky vivía también con él. Cuando Vronsky y Yachvin entraron, Petrizky dormía aún. &lt;br /&gt;–Levántate; ya has dormido bastante  –dijo Yachvin pa sando al otro lado del tabique y sacudiendo por los hombros al &lt;br /&gt;desgreñado Petrizky, que dormía con la cabeza hundida en la almohada. &lt;br /&gt;Petrizky se incorporó bruscamente sobre las rodillas y miró a su alrededor. &lt;br /&gt;–Ha estado aquí tu hermano –dijo a Vronsky–. Me despertó. ¡El diablo le lleve! Ha dicho que volvería. &lt;br /&gt;Y atrayendo otra vez la manta hacia sí, apoyó la cabeza en la almohada. &lt;br /&gt;–Déjame en paz, Yachvin –dijo a éste, que insistía en tirar de la manta–. Déjame... –dio media vuelta y abrió los ojos–. Y si &lt;br /&gt;no, vale más que digas esto: ¿qué me convendría beber ahora? Tengo en la boca un sabor tan malo que... &lt;br /&gt;–Lo mejor será beber vodka  –contestó Yachvin con su voz de bajo –. ¡Tereschenko, trae vodka y pepinos salados para el &lt;br /&gt;señor!. –gritó al ordenanza. &lt;br /&gt;–¿Crees que lo mejor será vodka? –preguntó Petrizky, haciendo muecas–. ¿Bebes tú? Si bebemos los dos, de acuerdo. Y tú, &lt;br /&gt;Vronsky, ¿bebes? –concluyó Petrizky levantándose y envolviéndose hasta el pecho en la manta de rayas. &lt;br /&gt;Salió por la puerta del tabique, levantó los brazos y cantó en francés: &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;Había en Tule un rey... &lt;br /&gt;–¿Beberás, Vronsky? –insistió. &lt;br /&gt;–Déjame en paz –repuso Vronsky, poniéndose el uniforme que le ofrecía el ordenanza. &lt;br /&gt;–¿Adónde vas? –preguntó Yachvin–. Allí tienes la troika –añadió, viendo acercarse el coche. &lt;br /&gt;–Alas cuadras. Además, tengo que ver antes a Briansky para hablarle de los caballos –repuso Vronsky. &lt;br /&gt;Vronsky, en efecto, había prometido visitar a Briansky, que vivía a diez  verstas de San Petersburgo, para llevarle el di nero &lt;br /&gt;de los caballos. Quería aprovechar el tiempo para realizar de paso aquella visita. &lt;br /&gt;Pero sus compañeros comprendieron en seguida que no iba sólo allí. &lt;br /&gt;Petrizky, mientras continuaba cantando, guiñó el oj o y sacó los labios, como diciendo: «Ya sabemos quién es el Briansky &lt;br /&gt;que tienes que visitar». &lt;br /&gt;–Procura no volver tarde –dijo únicamente Yachvin.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentario: Casa de &lt;br /&gt;campesinos. &lt;br /&gt;Comentario: Medida &lt;br /&gt;equivalente a algo más de un &lt;br /&gt;kilómetro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 75&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y, cambiando de conversación, preguntó mirando a la ven tana y refiriéndose al caballo de varas de la troika qu e él le había &lt;br /&gt;vendido: &lt;br /&gt;–¿Y qué? ¿Cómo te va mi bayo? &lt;br /&gt;–Espera –gritó Petrizky, viendo que Vronsky salía ya –. Tu hermano ha dejado para ti una carta y una nota. Pero ¿dónde &lt;br /&gt;están? &lt;br /&gt;Vronsky se paró. &lt;br /&gt;–¿Dónde están? &lt;br /&gt;–Claro, ¿dónde están? Ésa es precisamente la cuestión ––dijo con solemnidad Petrizky, pasándose el dedo índice por encima &lt;br /&gt;de la nariz. &lt;br /&gt;–¡Vamos, contesta! Es una estupidez lo que estás haciendo –dijo, sonriendo, Vronsky. &lt;br /&gt;–No he encendido el fuego con ella. Deben de estar en alguna parte. &lt;br /&gt;–Déjate de mentiras. ¿Dónde está la carta? &lt;br /&gt;–De veras que lo he olvidado. O ¿lo habré soñado quizá? Espera, espera... ¿Por qué te enfadas? Si hubieras bebido, como yo &lt;br /&gt;ayer, cuatro botellas (cuatro por persona), habrías ol vidado también dónde tenías la carta y estarías  ahora descan sando... &lt;br /&gt;Espera; voy a acordarme ahora mismo. &lt;br /&gt;Petrizky pasó tras el tabique y se acostó. &lt;br /&gt;–¿Ves? Yo estaba así cuando entró tu hermano... Sí, sí, sí... ¡Ahi tienes la carta! &lt;br /&gt;Y la sacó de debajo del colchón, que era donde la había guardado. &lt;br /&gt;Vronsky cogió la carta y la nota de su hermano. &lt;br /&gt;Era lo que esperaba. Su madre le escribía reprochándole que no fuese a verla. La nota de su hermano decía que necesi taba &lt;br /&gt;hablarle. &lt;br /&gt;Vronsky sabía que ambas cosas hacían referencia a lo mismo. &lt;br /&gt;«¿Qué tienen que ver ellos con todo esto?», se preguntaba &lt;br /&gt;Estrujó las cartas y las guardó entre dos botones del uniforme para leerlas más detenidamente por el camino. &lt;br /&gt;A la entrada de su casa halló dos oficiales, uno de los cuales pertenecía a su regimiento. &lt;br /&gt;–¿Adónde vas? –le preguntaron. &lt;br /&gt;–Tengo que ir a Peterhof. &lt;br /&gt;–¿Ha llegado el caballo de Tsarkoie Selo? .  &lt;br /&gt;–Sí, pero no le he visto. &lt;br /&gt;–Dicen que el « Gladiador» de Majotin cojea. &lt;br /&gt;–No es cierto. ¡Pero no sé cómo vais a saltar con el barro que hay! ––dijo el otro oficial. &lt;br /&gt;–¡Aquí están mis salvadores! –exclamó Petrizky al ver a los oficiales. &lt;br /&gt;El ordenanza estaba ante él trayendo el vodka y los pepinos salados. &lt;br /&gt;–Yachvin me ordena que beba para refrescarme  –añadió. –¡Qué noche nos disteis!  –dijo uno de los oficiales –. No me &lt;br /&gt;dejasteis dormir ni un momento. &lt;br /&gt;–¡Si supierais cómo terminamos! –refería Petrizky–. Volkov se subió al tejado y decía que estaba triste. Y yo dije entonces: &lt;br /&gt;« ¡Música! ¡La marcha fúnebre! ». Y Volkov se durmió en el tejado al arrullo de la marcha fúnebre... &lt;br /&gt;–Bebe primero vodka y luego agua de Seltz con mucho limón –dijo Yachvin, que permanecía ante Petrizkv como una madre &lt;br /&gt;que obliga a un niño a tomar una medicina–. Luego puedes tomar ya una botellita de champaña. Pero una sola, ¿eh? &lt;br /&gt;–¡Eso es definitivo! Espera, Vronsky: vamos a beber. &lt;br /&gt;–No. Adiós, señores. Hoy no bebo. &lt;br /&gt;–¿Temes ganar peso? Entonces beberemos solos. Tráeme agua de Seltz y limón –dijo Petrizky al ordenanza. &lt;br /&gt;–¡Vronsky! ––dijo uno de ellos al joven cuando salía. &lt;br /&gt;–¿Qué? &lt;br /&gt;–Deberías cortarte el cabello. Pesa demasiado. Sobre todo el de la calva. &lt;br /&gt;Realmente Vronsky se estaba quedando calvo antes de tiempo. Él rió jovialmente, enseñando sus dientes apretados, y, &lt;br /&gt;cubriéndose la calva con la gorra, salió y se sentó en el coche. &lt;br /&gt;–¡A la cuadra! –ordenó. &lt;br /&gt;Y sacó las cartas para leerlas, pero cambió de opinión a fin de no distraerse antes de ver el caballo. &lt;br /&gt;«Las leeré después», pensó. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XXI &lt;br /&gt;La cuadra provisional donde habían llevado su yegua el día anterior era una construcción de madera al lado mismo del hi -&lt;br /&gt;pódromo. &lt;br /&gt;Vronsky no la había visto aún. Durante los últimos días no la sacaba a pasear él mismo, sino su entrenador, así que igno raba &lt;br /&gt;en qué estado podía hallarse la cabalgadura. &lt;br /&gt;Apenas descendió del cabriolé, el palafrenero, que había reconocido el coche desde lejos, llamó al entrenador. &lt;br /&gt;Éste apareció. Era un inglés seco, que calzaba botas altas y vestía chaqueta corta, con un mechón de pelo en la barbilla. &lt;br /&gt;Andaba con el paso algo torpe de los jockeys, muy separados los codos, y le salió al encuentro balanceándose. &lt;br /&gt;–¿Cómo va «Fru–Fru» ? –preguntó Vronsky en inglés. &lt;br /&gt;All rigth, sir  –contestó el inglés con voz gutural y pro funda–. Será mejor que no pase a verla  –añadió, quitándose el &lt;br /&gt;sombrero–. Le he puesto el bocado y está agitada. Es preferible no inquietarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 76&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Voy, voy. Quiero verla. &lt;br /&gt;–Vayamos, pues –pronunció el inglés, casi sin abrir la boca. &lt;br /&gt;Y, moviendo los codos, penetró en la cuadra con desgarbado andar. &lt;br /&gt;Penetraron en un pequeño patio que precedía al establo. El mozo de servicio, hombre de buena estatura, vesti do con un &lt;br /&gt;guardapolvo limpio y empujando una escoba, les siguió. &lt;br /&gt;En la cuadra había cinco caballos en sus respectivos luga res. Vronsky sabía que también estaba allí su competidor más &lt;br /&gt;temible, «Gladiador», el caballo rojo de Majotin. &lt;br /&gt;Más que su caballo, interesaba a Vronsky examinar a «Gladiador», al que nunca había visto hasta entonces. Pero la eti queta &lt;br /&gt;vigente entre los aficionados a caballos prohibía no sólo ver los del antagonista, sino ni siquiera preguntar por ellos. &lt;br /&gt;Mientras avanzaba por el pasillo, el mozo abrió la puerta del segundo departamento a la izquierda y Vronsky vio un enorme &lt;br /&gt;caballo rojo, de remos blancos. &lt;br /&gt;Sabía que aquél era «Gladiador», pero Vronsky volvió la cabeza con el sentimiento de un hombre educado que vuelve el &lt;br /&gt;rostro para no leer la carta abierta de un tercero, aunque su contenido le intrigue. &lt;br /&gt;Luego se acercó al departamento de «Fru–Fru». &lt;br /&gt;–Ahí está el caballo de Mah... Mak... ¡No consigo pro nunciar ese nombre! –dijo el inglés, indicando con su pulgar de sucia &lt;br /&gt;uña el departamento de «Gladiador». &lt;br /&gt;–¿De Majotin? Sí; es mi competidor más temible –afirmó Vronsky. &lt;br /&gt;–Si usted lo montara, yo apostaría por usted ––dijo el inglés. &lt;br /&gt;–«Fru–Fru» es más nerviosa y «Gladiador» más fuerte –repuso Vronsky, correspondiendo con una sonrisa a aquel cumplido &lt;br /&gt;que se hacía a su pericia de jinete. &lt;br /&gt;–En las cameras de obstáculos es cuestión de saber mon tar bien y de  pluck –dijo el inglés. Y con esta palabra que ría &lt;br /&gt;significar osadía y arrojo. Vronsky no sólo creía tener el suficiente, sino que estaba persuadido de que nadie en el mundo podía &lt;br /&gt;tener más pluck que él. &lt;br /&gt;–¿Cree usted que es precisa mayor sudoración? &lt;br /&gt;–No es necesario. Pero, no hable tan alto, por favor  –contestó el inglés–. El caballo se inquieta  –añadió señalando con la &lt;br /&gt;mano el departamento cerrado ante el cual se hallaban y del que salía un ruido de cascos golpeando la pala. &lt;br /&gt;Abrió la puerta y Vronskv entró en el establo, débilmente iluminado por una ventanita. En el establo, agitando las patas &lt;br /&gt;sobre la paja fresca, estaba la yegua, baya oscura, con el freno puesto. &lt;br /&gt;Ya acostumbrado a la media luz del establo, Vronsky pudo apreciar una vez más, de una ojeada, las características de su &lt;br /&gt;animal preferido. &lt;br /&gt;«Fru–Fru» tenía regular alzada y, al parecer, no carecía de defectos. Sus huesos eran demasiado  frágiles y, aunque de tó rax &lt;br /&gt;saliente, resultaba estrecha de pecho. Tenía la grupa algo hundida y en los remos delanteros, y más aún en los traseros, se &lt;br /&gt;notaba una evidente tosquedad. Los músculos de las patas no eran fuertes y en cambio el vientre result aba muy ancho, lo que &lt;br /&gt;sorprendía considerando la dieta y también las enjutas an cas del animal. Los huesos de las patas no parecían, bajo las corvas, &lt;br /&gt;más anchos que un dedo si se los miraba de frente, pero resultaban muy sólidos si se examinaban de lado. &lt;br /&gt;La yegua, en conjunto, salvo si se la miraba de flanco, resul taba apretada de lados y prolongada hacia abajo. Pero poseía en &lt;br /&gt;grado sumo una cualidad que hacía olvidar sus defectos: la «sangre» , como se dice con arreglo a la expresión inglesa. En tre la &lt;br /&gt;red de sus nervios, sus prominentes músculos, dibuján dose a través de la piel fina, flexible y suave como el raso, pare cían tan &lt;br /&gt;fuertes como los huesos. La cabeza, flaca, de ojos salientes, alegres y brillantes, se ensanchaba hacia la boca, mos trando en las &lt;br /&gt;fosas nasales la membrana rica de sangre. &lt;br /&gt;Toda su figura, y sobre todo su cabeza, tenía una expresión rotunda, enérgica y suave a la vez. Era uno de esos animales que &lt;br /&gt;parece que si no hablan es sólo porque la estructura de su boca no lo permite. &lt;br /&gt;Al menos a Vronsky se le figuró que la yegua comprendía todas las impresiones que él experimentaba mirándola. &lt;br /&gt;Al entrar Vronsky, el animal aspiró profundamente y tor ciendo sus ojos hasta que las órbitas se le enrojecieron de san gre, &lt;br /&gt;miró a los que entraban por el lado opuesto dando sacudidas al freno y moviendo ágilmente los pies. &lt;br /&gt;–¡Vea usted que nerviosa está! –dijo el inglés. &lt;br /&gt;–¡Quieta, querida, quieta...! –murmuró Vronsky, acercándose a la yegua y hablándole. &lt;br /&gt;Cuanto más se acercaba Vronsky, más se inquietaba el animal. Al fin, cuando él estuvo a su lado, « Fru–Fru» se calmó y sus &lt;br /&gt;músculos temblaron bajo la piel suave y fina. &lt;br /&gt;Vronsky acarició su cuello robusto, arregló un mechón de crines que le caían al lado opuesto y acercó el rostro a las na rices &lt;br /&gt;del animal, finas y tensas como alas de murciélago. &lt;br /&gt;La yegua hizo una ruidosa aspiración, dejó escapar el aire por las narices trémulas, bajó una oreja y alargó hacia Vronsky el &lt;br /&gt;belfo negro y fuerte, como si quisiera coger la manga de su amo. Mas, recordando que l levaba el bocado, comenzó a cambiar &lt;br /&gt;de posición sus finos remos. &lt;br /&gt;–Cálmate, querida, cálmate –dijo él, acariciándole la grupa. &lt;br /&gt;Y salió del establo satisfecho de hallar al animal en tan buena disposición. &lt;br /&gt;La excitación de la yegua se había comunicado a Vronsky, el cual sentía que la sangre le afluía al corazón y que, igual que al &lt;br /&gt;animal, le agitaba un deseo de moverse, de morder. Era una sensación que infundía temor y alegría a la vez. &lt;br /&gt;–Confío en usted –dijo al inglés–. A las seis y media, en el lugar señalado. &lt;br /&gt;–Todo marchará bien  –repuso el inglés –. ¿Adónde va usted ahora, milord?  –preguntó de pronto, dando a Vronsky un &lt;br /&gt;tratamiento no empleado casi nunca por él hasta entonces. &lt;br /&gt;Vronsky, extrañado, levantó la cabeza y miró, como solía, no a los ojos, sino a la  frente del inglés, asombrado de la au dacia &lt;br /&gt;de su pregunta.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentario: Valor, resolución.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 77&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, comprendiendo que al hablar así el entrenador le consideraba no como su señor, sino como un jinete, contestó: &lt;br /&gt;–Voy a ver a Briansky y dentro de una hora estaré en casa. &lt;br /&gt;«Hoy no hacen más que preguntarme todos lo mismo» , pensó sonrojándose, lo que le sucedía en raras ocasiones. &lt;br /&gt;El inglés le miró atentamente y, como si adivinase a dónde iba, añadió: &lt;br /&gt;–Es muy esencial estar tranquilo antes de la carrera. No se enoje ni disguste por nada. &lt;br /&gt;All rigth –repuso Vronsky sonriendo. &lt;br /&gt;Y, saltando a la carretela, ordenó al cochero que le llevase a Peterhorf. &lt;br /&gt;Apenas habían andado algunos pasos, el nublado que desde la mañana amenazaba descargar se resolvió en un aguacero. &lt;br /&gt;«Malo», pensó Vronsky, bajando la c apota del carruaje. «Si ya sin esto había barro, ahora el campo será un verdadero ce -&lt;br /&gt;nagal.» &lt;br /&gt;Sentado a solas en la carretela cubierta, sacó la carta de su madre y la nota de su hermano y las leyó. &lt;br /&gt;¡Siempre lo mismo! Todos, incluso su madre y su hermano, en contraban necesario mezclarse en los asuntos de su cora zón. &lt;br /&gt;Aquella intromisión despertaba en él ira, que era un sentimiento que experimentaba raras veces. &lt;br /&gt;«¿Qué tienen que ver con esto? ¿Por qué consideran todos como un deber preocuparse por mí? Seguram ente porque ad -&lt;br /&gt;vierten que se trata de algo incomprensible para ellos. ¡Cuánto me abruman con sus consejos! Si se tratara de relaciones &lt;br /&gt;corrientes y triviales, como las habituales en sociedad, me de jarían tranquilo; pero advierten que esto es diferente, q ue no se &lt;br /&gt;trata de una broma y que quiero a esa mujer más que a mi vida. Y, como no comprenden tal sentimiento, se irritan. Pase lo que &lt;br /&gt;pase, nosotros nos hemos creado nuestra suerte y no nos que jamos de ella», pensaba, refiriéndose con aquel « nosotros» a Ana &lt;br /&gt;y a sí mismo. «Y los demás se empeñan en enseñarnos a vivir, No tienen idea de lo que es la felicidad; ignoran que fuera de &lt;br /&gt;este amor no existe ni ventura ni desventura, porque no existe ni siquiera vida», concluyó Vronsky. &lt;br /&gt;Se enojaba tanto contra la  intromisión ajena, cuanto, en el fondo, reconocía que todos tenían razón. Sentía que su amor por &lt;br /&gt;Ana no era una pasión momentánea, que se disiparía como se disipan las relaciones mundanas, sin dejar en la vida de am bos &lt;br /&gt;otras huellas que recuerdos agradables o desagradables. &lt;br /&gt;Reconocía lo terrible de la situación de ambos, la dificultad de ocultar su amor, de mentir y engañar al respecto, hallán dose &lt;br /&gt;ambos tan a la vista de todos; sí, de mentir y engañar, y estar alerta, pensando siempre en los demás, cuando  la pasión que les &lt;br /&gt;unía era tan avasalladora que les hacia olvidarse de cuanto no fuera su amor. &lt;br /&gt;Recordaba con claridad la frecuencia con que tenían que hacerlo violentando así su naturaleza, y recordó, sobre todo, con &lt;br /&gt;nitidez especial la vergüenza que experimentaba Ana al verse forzada a fingir. &lt;br /&gt;Desde que tenía relaciones con Ana sentía a menudo un ex traño sentimiento de repulsión que llegaba a dominarle por &lt;br /&gt;completo. Repulsión hacia Alexey Alejandrovich, hacia sí mismo, hacia todo el mundo. Le habría costado poder precisar aquel &lt;br /&gt;sentimiento, pero lo rechazaba siempre lejos de él. &lt;br /&gt;Movió la cabeza y prosiguió pensando: &lt;br /&gt;«Antes ella era desgraciada, pero se sentía orgullosa y tran quila. Ahora, en cambio, no puede tener orgullo ni tranqui lidad, &lt;br /&gt;aunque lo aparente. Hay que terminar con esto», resolvió. &lt;br /&gt;Por primera vez, pues, experimentaba la necesidad de concluir con aquella farsa, y cuanto antes mejor. &lt;br /&gt;«Es preciso abandonarlo todo y ocultarnos los dos en algún sitio, a solas con nuestro amor», se dijo. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XXII &lt;br /&gt;El aguacero fue de corta duración, y cuando Vronsky lle gaba a su destino al trote largo del caballo de varas, que for zaba a &lt;br /&gt;correr los laterales sin necesidad de acicate, el sol lucía de nuevo y los tejados de las casas veraniegas y los añosos ti los de los &lt;br /&gt;jardines que flanqueaban la calle principal despe dían una claridad húmeda, y el agua goteaba de las ramas y se deslizaba por &lt;br /&gt;los tejados con alegre rumor. &lt;br /&gt;Vronsky no pensaba ya en que el chaparrón pudiera enlo dazar la pista, sino que se regocijab a pensando en que, gracias a la &lt;br /&gt;lluvia, encontraría en casa a Ana. &lt;br /&gt;Sabía que su marido, recién llegado de una cura de aguas en el extranjero, no estaba en la casa de verano. &lt;br /&gt;Esperando encontrarla sola, Vronsky, como hacía siempre para atraer menos la atenc ión, dejó el carruaje antes de llegar al &lt;br /&gt;puentecillo, avanzó a pie y en vez de entrar por la puerta principal que daba a la calle, entró por la del patio. &lt;br /&gt;–¿Ha llegado el señor? –preguntó al jardinero. &lt;br /&gt;–No, señon La señora, sí, está en casa. ¡Pero entre po r la puerta principal! Allí hay criados y podrán abrirle  –repuso el &lt;br /&gt;hombre. &lt;br /&gt;–No, pasaré por el jardín. &lt;br /&gt;Y, seguro ya de que Ana estaba sola, y deseando sorpren derla, ya que no le había anunciado su visita para hoy y no de bía &lt;br /&gt;esperar verle antes de las carreras, se dirigió, suspendiendo el sable y pisando con precaución la arena del sendero bordeado de &lt;br /&gt;flores, a la terraza que daba al jardín. &lt;br /&gt;Había olvidado cuanto pensara por el camino sobre las di ficultades y disgustos de su situación. Sólo sabía que iba  a verla y &lt;br /&gt;no imaginariamente, sino viva, tal como era. &lt;br /&gt;Ya subía, pisando siempre con cautela, para no hacer ruido, los lisos peldaños de la escalinata, cuando de pronto recordó lo &lt;br /&gt;que olvidaba siempre, lo que más penosas hacía sus rela ciones con ella: el hijo de Ana, siempre con su mirada interro gativa &lt;br /&gt;que tan desagradable le resultaba. &lt;br /&gt;El niño perturbaba sus citas más que nadie. Cuando estaba con ellos, ni Ana ni Vronsky osaban decir nada que no pu diera &lt;br /&gt;repetirse ante terceros, ni empleaban alusiones que el niño no pudiera entenden &lt;br /&gt;No lo habían convenido así: la cosa surgió por sí misma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 78&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En su presencia hablaban sólo como si fuesen simples conocidos. Pero, pese a sus precauciones, Vronsky sorpren día a &lt;br /&gt;menudo fija en él una mirada atenta y extraña, y co mprobaba cierta timidez, cierta desigualdad  –ya excesivo afecto, ya &lt;br /&gt;despego– en el trato que le dispensaba el niño. Se diría que el pequeño adivinaba que entre aquel hombre y su madre existía &lt;br /&gt;una relación profunda, incomprensible para él. &lt;br /&gt;En realidad, el  niño no comprendía aquellas relaciones y se esforzaba en concretar los sentimientos que debía inspirarle &lt;br /&gt;Vronsky. Su sensibilidad infantil le permitía notar claramente que su padre, su institutriz, el aya, to</description>
            <pubDate>Sat, 26 May 2007 22:07:55 +0100</pubDate>
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            <link>http://tolstoi.blogcindario.com/2007/05/00010.html</link>
            <description>Esa vida se descubría gracias a la religión, pero una religión que no tenía nada de común con la que profesaba Kitty desde su &lt;br /&gt;infancia, y que consistía en asistir a oficios y víspe ras en el «Asilo de Viudas Nobles», donde se encontraba gente conocid a, y &lt;br /&gt;en aprender de memoria con los «padrecitos» ortodoxos los textos religiosos eslavos. &lt;br /&gt;La nueva idea que ahora recibía de la religión era elevada, mística, unida a sentimientos y pensamientos hermosos. Así cabía &lt;br /&gt;creer en la religión no porque estuviera ordenado, sino porque la creencia resultaba digna de ser amada. &lt;br /&gt;Kitty no llegó a tal conclusión porque se lo dijeran.  Madame Stal hablaba con Kitty como con una niña simpática, &lt;br /&gt;admirándola, hallando en ella los recuerdos de su propia juventud. Sólo una vez le dijo que en todas las penas humanas no hay &lt;br /&gt;consuelo sino en el amor de Dios y la fe, y que Cristo, en su infinita compasión por nosotros, no encuentra penas tan pequeñas &lt;br /&gt;que no merezcan su consuelo. Y poco después, madame Stal cambió de conversación. &lt;br /&gt;Pero en cada uno de sus movimientos, de sus palabras, de sus miradas celestiales, como calificaba Kitty las miradas de &lt;br /&gt;madame Stal, y sobre todo en la historia de su vida, que Kitty conoció por Vareñka, aprendió la joven «lo más importante», &lt;br /&gt;hasta entonces ignorado por ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 95&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así, notó que, al preguntarle por sus padres, la Stal sonreía con desdén, lo que era contrario a la caridad cristiana. Tam bién &lt;br /&gt;advirtió que, una vez que Kitty halló allí a un cura cató lico, madame Stal procuraba mantener su rostro  fuera de la luz de la &lt;br /&gt;lámpara mientras sonreía de un modo peculiar. &lt;br /&gt;Por insignificantes que fueran estas observaciones, pertur baban a Kitty, despertando dudas en ella sobre  madame Stal. &lt;br /&gt;Vareñka, en cambio, sola en el mundo, sin parientes ni ami gos, con s u triste desengaño, no esperando nada de la vida ni &lt;br /&gt;sufriendo ya por nada, era el tipo de la perfección con que la Princesita soñaba. &lt;br /&gt;Kitty llegó a comprender que a Vareñka le bastaba olvidarse de sí misma y amar a los demás para sentirse serena, buena y &lt;br /&gt;feliz. Así habría deseado ser ella. Comprendiendo ya con claridad qué era «lo más importante», Kitty no se limitó a admirarlo, &lt;br /&gt;sino que se entregó en seguida con toda su alma a aquella vida nueva que se abría ante ella. Por las referencias de Vareñka &lt;br /&gt;respecto a cómo procedían madame Stal y otras personas que le nombraba, Kitty trazó el plan de su vida para el futuro. Como &lt;br /&gt;la sobrina de madame Stal, Alina, de la que Vareñka le hablaba mucho, Kitty se propuso, doquiera que estuviese, buscar a los &lt;br /&gt;desgraciados, auxiliarles en la medida de sus fuerzas, regalarles evangelios y leerlos a los enfermos, criminales y moribundos. &lt;br /&gt;La idea de leer el Evangelio a los criminales, como hacía Alma, era lo que más seducía a Kitty. Pero la joven guardaba en &lt;br /&gt;secreto estas ilusiones sin comunicarlas ni a Vareñka ni a su madre. &lt;br /&gt;En espera del momento en que pudiera realizar sus planes con más amplitud, Kitty encontró en el balneario, donde había &lt;br /&gt;tantos enfermos y desgraciados, la posibilidad de practicar las nuevas reglas de vida que se imponía, a imitación de Vareñka. &lt;br /&gt;La Princesa, al principio, no observó sino que su hija es taba muy influida por su  engouement, como ella decía, hacia &lt;br /&gt;madame Stal y sobre todo hacia Vareñka. Notaba que no sólo Kitty imitaba a la muchacha en su activ idad, sino que la imitaba, &lt;br /&gt;sin darse cuenta, en su modo de andar, de hablar, hasta de mover las pestañas. Pero después la Princesa reparó en que se &lt;br /&gt;operaba en Kitty, aparte de su admiración por Vareñka, un importante cambio espiritual. &lt;br /&gt;Veía a su hija leer por las noches el Evangelio francés que le regalara madame Stal, cosa que antes no hacía nunca; reparaba &lt;br /&gt;en que rehuía las amistades del gran mundo y en que trataba mucho a los enfermos protegidos de Vareñka y, en especial, a una &lt;br /&gt;familia pobre: la del pintor Petrov, que estaba muy enfermo. &lt;br /&gt;Kitty se mostraba orgullosa de desempeñar el papel de enfermera en aquella familia. &lt;br /&gt;Todo ello estaba bien y la Princesa no tenía nada que obje tar contra aquella actividad de su hija, tanto más cuanto que la &lt;br /&gt;mujer de Petrov era una persona distinguida, y que la princesa alemana, al enterarse de lo que hacía Kitty, la había elogiado, &lt;br /&gt;llamándola un ángel consolador. &lt;br /&gt;Sí, todo habría estado muy bien de no ser exagerado. Pero la Princesa advertía que su hija tendía a exagerar  y hubo de &lt;br /&gt;advertirla. &lt;br /&gt;–Il ne faut jamais rien outrer. &lt;br /&gt;Kitty, no obstante, nada contestaba, sino que se limitaba a pensar que no puede haber exageración en hacer obras carita tivas. &lt;br /&gt;¿Acaso es exagerado seguir el precepto de presentar la me jilla izquierda al que nos abofetea la derecha o el de dar la camisa a &lt;br /&gt;quien le quita a uno el traje? &lt;br /&gt;Pero a la Princesa le desagradaban tales extremos, y más aún el comprender que su hija ahora no le abría completamente el &lt;br /&gt;corazón. En realidad, Kitty ocultaba a la Princesa sus nuevas impresiones y sentimientos no porque no quisiera o no respetara a &lt;br /&gt;su madre, sino precisamente por ser madre suya. &lt;br /&gt;Mejor habría abierto su corazón ante cualquiera que ante ella. &lt;br /&gt;–Hace mucho tiempo que Ana Pavlovna no viene a casa –dijo una vez la Princesa, refiriéndose a la Petrova–. La he invitado &lt;br /&gt;a venir, pero me ha parecido que estaba algo disgustada conmigo... &lt;br /&gt;–No lo he notado ––dijo Kitty ruborizándose. &lt;br /&gt;–¿Hace mucho que no les has visto? &lt;br /&gt;–Mañana tenemos que ir a dar un paseo hasta las montañas –repuso Kitty. &lt;br /&gt;–Bien; id –dijo la Princesa, contemplando el rostro turbado de su hija y esforzándose en adivinar las causas de su confusión. &lt;br /&gt;Aquel mismo día Vareñka comió con ellos y anunció que la Petrova desistía del paseo a la montaña. La Princ esa notó que &lt;br /&gt;Kitty volvía a ruborizarse. &lt;br /&gt;–¿Te ha sucedido algo desagradable con los Petrov, Kitty? –preguntó la Princesa cuando quedaron a solas, ¿Por qué no envía &lt;br /&gt;aquí a los niños ni viene nunca? &lt;br /&gt;Kitty contestó que no había pasado nada y que no comprendía que Ana Pavlovna pudiera estar disgustada con ella. &lt;br /&gt;Y decía verdad. No conocía en concreto el motivo de que la Petrova hubiera cambiado de actitud hacia ella, pero lo adi -&lt;br /&gt;vinaba. Adivinaba algo que no podía decir a su madre, una de esas cosas que uno sab e pero que no puede ni confesarse a sí &lt;br /&gt;mismo por lo vergonzoso y terrible que sería cometer un error. &lt;br /&gt;Recordaba sus relaciones con la familia Petrov. Evocaba la ingenua alegría que se pintaba en el bondadoso rostro redondo de &lt;br /&gt;Ana Pavlovna cuando se encontr aban, recordaba sus con versaciones secretas respecto al enfermo, sus invenciones para &lt;br /&gt;impedirle trabajar, lo que le habían prohibido los médi cos, y para sacarle de paseo. Se acordaba del afecto que le te nía el niño &lt;br /&gt;pequeño, que la llamaba «Kitty mía» y no quería acostarse si ella no estaba a su lado para hacerle dormir. &lt;br /&gt;¡Qué agradables eran aquellos recuerdos! Luego evocó la fi gura delgada de Petrov, su cuello largo, su levita de color &lt;br /&gt;castaño, sus cabellos ralos y rizados, sus interrogativos ojos azule s que al principio asustaban a Kitty, y recordó también los &lt;br /&gt;esfuerzos que hacía para aparentar fuerza y animación ante ella. &lt;br /&gt;Además se acordaba de la repugnancia que él le inspiraba al principio  –como se la inspiraban todos los tuberculosos  y el &lt;br /&gt;cuidado con que escogía las palabras que le tenía que de cir. Volvía a ver la mirada tímida y conmovida que le dirigía Petrov y &lt;br /&gt;experimentaba de nuevo el extraño sentimiento de compasión y humildad, unido a la consciencia de obrar bien, que la &lt;br /&gt;embargaba en aquellos instantes.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentario: «No hay que &lt;br /&gt;exagerar nunca.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 96&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí: todo ello se había deslizado perfectamente en los pri meros días. Ahora, desde hacía poco, todo había cambiado. Ana &lt;br /&gt;Pavlovna recibía a Kitty con amabilidad fingida y vigilaba sin cesar a su marido y a la joven. &lt;br /&gt;¿Era posible que la conmove dora alegría que experimen taba Petrov al llegar ella fuera la causa de la frialdad de Ana &lt;br /&gt;Pavlovna? &lt;br /&gt;« Sí», pensaba Kitty; había algo poco natural en Ana Pav lovna, algo que no era propio de su bondad en el acento con que &lt;br /&gt;dos días antes le dijera enojada: &lt;br /&gt;–Mi marido la esperaba; no quería tomar el café hasta que usted llegase, aunque sentía debilidad... &lt;br /&gt;«Sí; quizá la Petrova se disgustó conmigo por haberle dado la manta a su marido. El hecho en sí carece de importancia... &lt;br /&gt;Pero él la cogió turbándose y me di o tantas veces las gracias que quedé confundida... Y luego ese retrato mío que ha pin tado &lt;br /&gt;tan admirable... Y lo peor es su mirada, tan dulce, tan tí mida... Sí, sí; eso es», se repetía Kitty, horrorizada. « Pero no debe, no &lt;br /&gt;puede ser. ¡El pobre me inspira tanta compasión ...!» &lt;br /&gt;Aquella duda envenenaba, ahora, el encanto de su nueva vida. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XXXIV &lt;br /&gt;Poco antes de concluir el período de cura de aguas, el prín cipe Scherbazky vino a reunirse con su familia, que desde &lt;br /&gt;Carlsbad había ido a Baden y a Kessingen para visitar a unos amigos rusos, para respirar aire ruso, como él decía. &lt;br /&gt;Las opiniones del Príncipe y de su esposa respecto a la vida en el extranjero eran diametralmente opuestas. &lt;br /&gt;La Princesa lo encontraba todo admirable y, pese a su buena posición en la soci edad rusa, en el extranjero procuraba parecer &lt;br /&gt;una dama europea, lo que conseguía con dificultad, ya que, tratándose en realidad de una dama rusa, tenía que fingir y ello la &lt;br /&gt;cohibía bastante. &lt;br /&gt;El Príncipe, por el contrario, encontraba malo todo lo extranjero, le aburría la vida europea, conservaba sus costumbres rusas &lt;br /&gt;y fuera de su patria procuraba mostrarse adrede menos europeo de lo que lo era en realidad. &lt;br /&gt;El Príncipe volvió más delgado, con la piel de las mejillas colgándole, pero en excelente disposici ón de ánimo, que aún &lt;br /&gt;mejoró al ver que Kitty había curado por completo. &lt;br /&gt;Las referencias de la amistad de su hija con  madame Stal y Vareñka y las observaciones de la Princesa sobre el cambio &lt;br /&gt;operado en Kitty impresionaron al Príncipe, despertando en él su h abitual sentimiento de celos hacia todo cuanto atraía a su &lt;br /&gt;hija fuera del círculo de sus afectos. Le asustaba que Kitty pu diera substrarse a su influencia, alejándose hasta parajes inac -&lt;br /&gt;cesibles para él. &lt;br /&gt;Pero tales noticias desagradables se hundieron en el mar de alegría y bondad que le animaba siempre y que había aumentado &lt;br /&gt;después de tomar las aguas de Carlsbad. &lt;br /&gt;Al día siguiente de su regreso, el Príncipe, vestido con un largo gabán, con sus fofas mejillas sostenidas por el cuello al -&lt;br /&gt;midonado, se dirigió al manantial con su hija en muy buen estado de espíritu. &lt;br /&gt;La mañana era espléndida; brillaba un sol radiante. Las ca sas limpias y alegres, con sus jardincitos, el aspecto de las sir -&lt;br /&gt;vientas alemanas, joviales en su trabajo, de manos rojas, de rostros col orados por la cerveza; todo ello llenaba de gozo el &lt;br /&gt;corazón. &lt;br /&gt;Pero al aproximarse al manantial encontraban enfermos de aspecto mucho más deplorable aún por contraste con las con -&lt;br /&gt;diciones normales de la bien organizada vida alemana. &lt;br /&gt;A Kitty ya no le sorprend ía tal contraste. El sol brillante, el vivo verdor, el son de la música, le resultaban el marco natural &lt;br /&gt;de toda aquella gente tan familiar para ella, con sus alter nativas de peor o mejor salud, de buen o mal humor a que es taban &lt;br /&gt;sujetos. &lt;br /&gt;Pero al Príncipe la luz y el esplendor de la mañana de ju nio, el sonar de la orquesta que tocaba un alegre vals de moda y, &lt;br /&gt;sobre todo, el aspecto de las rozagantes sirvientas le pare cían ilógicos y grotescos en contraste con aquellos muertos vivientes, &lt;br /&gt;llegados de toda Europa, que se movían con fatiga y tristeza. &lt;br /&gt;No obstante el sentimiento de orgullo que le inspiraba el llevar del brazo a su hija, lo que le daba la impresión de vol ver a la &lt;br /&gt;juventud, se sentía cohibido y molesto de su andar se guro, de sus miembros sólido s, de su cuerpo de robusta com plexión. &lt;br /&gt;Experimentaba lo que un hombre desnudo sentiría encontrándose en una reunión de personas vestidas. &lt;br /&gt;–Preséntame a tus nuevas amistades  ––dijo a su hija opri miéndole el brazo con el codo –. Hoy siento simpatía hasta po r la &lt;br /&gt;asquerosa agua bicarbonatada que te ha repuesto de ese modo. ¡Pero es tan triste ver esto! Oye, ¿quién es ése? &lt;br /&gt;Kitty iba nombrándole las personas conocidas y desconocidas que encontraban en el curso de su paseo. &lt;br /&gt;En la misma entrada del jardín hallaro n a madame Berta, la ciega, y el Príncipe se sintió contento ante la expresión que &lt;br /&gt;animó el rostro de la anciana francesa al oír la voz de Kitty.  Madame Berta habló al Príncipe con su exagerada amabilidad &lt;br /&gt;francesa, alabándole aquella hija tan bondadosa,  ensalzándola hasta las nubes y calificándola de tesoro, perla y ángel de &lt;br /&gt;consuelo. &lt;br /&gt;–En ese caso es el ángel número dos  –dijo el Príncipe sonriendo –, porque, según ella, el ángel número uno es la se ñorita &lt;br /&gt;Vareñka. &lt;br /&gt;–¡Oh, la señorita Vareñka es también un verdadero ángel! –afirmó madame Berta. &lt;br /&gt;En la galería encontraron a la propia Vareñka, que se diri gió precipitadamente a su encuentro. Llevaba un espléndido bolso &lt;br /&gt;de costura. &lt;br /&gt;–Ha venido papá –––dijo Kitty. &lt;br /&gt;Vareñka hizo un ademán entre saludo y reverencia, con la sencillez y naturalidad que usaba siempre en todas sus cosas. &lt;br /&gt;Luego empezó a hablar con el Príncipe como con los demás, naturalmente, sin sentirse cohibida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 97&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Ya la conozco, y bien  –dijo el Príncipe con una sonrisa de la que Kitty dedujo, con alegría,  que su padre encontraba &lt;br /&gt;simpática a Vareñka–. ¿Adónde va usted tan de prisa? &lt;br /&gt;–Es que mamá está aquí  ––dijo la muchacha dirigiéndose a Kitty –. No ha dormido en toda la noche y el doctor le ha &lt;br /&gt;aconsejado que saliera. Le llevo su labor. &lt;br /&gt;–¿Así que éste es el ángel número uno? –dijo el Príncipe después de que Vareñka se hubo marchado. &lt;br /&gt;Kitty notaba que su padre habría querido burlarse de su amiga, pero que no se atrevía a hacerlo porque también él la había &lt;br /&gt;encontrado simpática y agradable. &lt;br /&gt;–Vamos a ver a todas tus amigas –añadió él–; vamos incluso a saludar a madame Stal, si es que se digna acordarse de mí... &lt;br /&gt;–¿La conoces, papá? –preguntó Kitty con cierto temor, reparando en el fulgor irónico que iluminó los ojos del Prín cipe al &lt;br /&gt;mencionar a la Stal. &lt;br /&gt;–La conocí, así como a su marido, cuando ella no se había inscrito aún entre los pietistas. &lt;br /&gt;–¿Qué significa pietista, papá?  –preguntó la joven, desa sosegada al saber que lo que ella apreciaba tanto en  madame Stal &lt;br /&gt;tenía semejante nombre. &lt;br /&gt;–No lo sé bien, francamente... Sólo sé que ella da gracias a Dios por todas las desventuras que sufre... Por eso cuando murió &lt;br /&gt;su marido dio también gracias a Dios... Pero la cosa re sulta algo cómica, porque ambos se llevaban muy mal. ¿Quién es ése? &lt;br /&gt;¡Qué cara! ¡Da pena verle!  –exclamó el Príncipe reparando en un hombre bajito, sentado en un banco, que vestía un abrigo &lt;br /&gt;castaño y pantalones –blancos que formaban extraños pliegues sobre los descarnados huesos de sus piernas. &lt;br /&gt;Aquel señor se quitó el sombrero, descubriendo sus cabellos rizados y ralos y su ancha frente, de enfermizo matiz, levemente &lt;br /&gt;colorada ahora por la presión del sombrero. &lt;br /&gt;–Es el pintor Petrov –respondió Kitty ruborizándose–. Y ésa es su mujer –añadió indicando a Ana Pavlovna. &lt;br /&gt;La Petrova, como a propósito, al aproximarse ellos, se dirigió a uno de sus niños que jugaba al borde del paseo. &lt;br /&gt;–¡Qué pena inspira ese hombre y qué rostro tan simpático tiene! ¿Por qué no te has acercado a él? Parecía querer hablarte. &lt;br /&gt;–Entonces, vamos –dijo Kitty, volviéndose resueltamente–. ¿Cómo se encuentra hoy? –preguntó a Petrov. &lt;br /&gt;Petrov se levantó, apoyándose en su bastón, y miró con timidez al Príncipe. &lt;br /&gt;–Kitty es hija mía –dijo Scherbazky–. Celebro conocerle. &lt;br /&gt;El pintor saludó, mostrando al sonreír su blanca dentadura que brillaba extraordinariamente. &lt;br /&gt;–Ayer la esperábamos, Princesa  –dijo a Kitty. Y al hablar se tambaleó, y repitió el movimiento para fingir que lo hacía &lt;br /&gt;voluntariamente. &lt;br /&gt;–Yo iba a ir, pero Vareñka me avisó de que ustedes no salían de paseo. &lt;br /&gt;–¿Cómo que no? –dijo Petrov, sonrojándose. Luego tosió y buscó a su mujer con los ojos–: ¡Anita, Anita! –gritó. &lt;br /&gt;Y en su delgado cuello se hincharon sus venas, gruesas como cuerdas. &lt;br /&gt;Ana Pavlovna se acercó. &lt;br /&gt;–¿Cómo mandaste dar recado a la Princesa de que no íbamos de paseo? –preguntó Petrov irritado. &lt;br /&gt;La emoción ahogaba su voz. &lt;br /&gt;–Buenos días, Princesa  –saludó Ana Pavlovna con fin gida sonrisa, en tono harto distinto al que había empleado siempre &lt;br /&gt;cuando hablaba con ella–. Mucho gusto en conocerle –dijo al Príncipe–. Hace tiempo que le esperaban... &lt;br /&gt;–¿Por qué has mandado decir a la Princesa que no iríamos de paseo? –repitió su marido en voz baja y ronca, más irritado aún &lt;br /&gt;al notar que le faltaba la voz y no podía hablar en el tono que quería. &lt;br /&gt;–¡Dios mío! Creí que no iríamos –repuso su mujer enojada. &lt;br /&gt;–¡Cómo que no! Sí, iremos porque... –y Petrov tosió otra vez y agitó la mano. &lt;br /&gt;El Príncipe se quitó el sombrero y se apartó. &lt;br /&gt;–¡Desgraciados! –murmuró afligido. &lt;br /&gt;–Sí, papá –contestó Kitty–. Has de saber que tienen tres niños, que carecen de criados y qu e apenas poseen recursos. La &lt;br /&gt;Academia le envía algo –seguía diciendo, con animación, para calmar el mal efecto que le produjera la actitud de la Petrova –. &lt;br /&gt;Allí está madame Stal –concluyó mostrando un cochecillo en el cual, entre almohadones, envuelta en ro pas grises y azul ce -&lt;br /&gt;leste, bajo una sombrilla, se veía una figura humana. &lt;br /&gt;Era madame Stal. Tras ella estaba un robusto y taciturno mozo alemán que empujaba el coche. A su lado iba un conde sueco, &lt;br /&gt;un hombre muy rubio a quien Kitty conocía de nombre, Varios enfermos rodeaban el cochecillo, contemplando a madame Stal &lt;br /&gt;con veneración, como a algo extraordinario. &lt;br /&gt;El Príncipe se acercó y en sus ojos vio Kitty de nuevo el irónico fulgor que tanto la intimidaba. &lt;br /&gt;Al llegar junto a madame Stal, el Príncipe le habló en excelente francés, como muy pocos lo hablan hoy, manifestándose con &lt;br /&gt;respeto y cortesanía. &lt;br /&gt;–No sé si usted me recuerda; pero en todo caso me per mito hacerme recordar para agradecerle sus bondades con mi hija  –&lt;br /&gt;dijo Scherbazky quitándose el sombrero y conservándolo en la mano. &lt;br /&gt;–Encantada, príncipe Alejandro Scherbazky –dijo la Stal, alzando hacia él sus ojos celestiales en los que Kitty observó cierto &lt;br /&gt;disgusto–. Quiero mucho a su hija. &lt;br /&gt;–¿Sigue mal su salud? &lt;br /&gt;–Sí, pero ya estoy acostumbrada –contestó madame Stal. &lt;br /&gt;Y presentó al Príncipe el conde sueco. &lt;br /&gt;–Ha cambiado usted un poco ––dijo Scherbazky– desde los diez a once años que no he tenido el honor de verla. &lt;br /&gt;–Sí. Dios, que da la cruz, da también energías para sopor tarla. A menudo hace que uno piense: ¿par a qué durará tanto esta &lt;br /&gt;vida? ¡Así no; de otro modo!  –ordenó con irritación a Vareñka, que le envolvía los pies en la manta de una forma di ferente a &lt;br /&gt;como ella quería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 98&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Seguramente dura para permitirle hacer el bien –––dijo el Príncipe riéndose con los ojos. &lt;br /&gt;–Nosotros no somos quiénes para juzgarlo  –repuso madame Stal, observando la expresión del rostro del Prín cipe–. ¿Me &lt;br /&gt;enviará usted ese libro, querido Conde? Se lo agradeceré mucho –dijo, de repente, dirigiéndose ahora al conde sueco. &lt;br /&gt;–¡Ah! –exclamó el Príncipe, divisando al coronel, que no estaba lejos de allí. &lt;br /&gt;Y, saludando con la cabeza a la señora Stal, se alejó con su hija y con el coronel, que se reunió con ellas. &lt;br /&gt;–He aquí nuestra aristocracia, ¿verdad, Príncipe?  –dijo en tono irónico el coronel, qu e se sentía molesto con la señora Stal &lt;br /&gt;porque no se relacionaba con él. &lt;br /&gt;–Está igual que siempre –comentó el Príncipe. &lt;br /&gt;–¿La conocía usted antes de enfermar? Me refiero a antes de que tuviera que guardar cama. &lt;br /&gt;–Sí; la conocí precisamente cuando enfermó y hubo de guardar cama. &lt;br /&gt;–Dicen que no se levanta desde hace diez años. &lt;br /&gt;–No se levanta porque tiene las piernas muy cortas. Es contrahecha. &lt;br /&gt;–¡Imposible, papá! –exclamó Kitty. &lt;br /&gt;–Eso dicen las malas lenguas, querida. ¡Y qué mal trata a Vareñka! ¡Oh, estas señoras enfermas! –añadió. &lt;br /&gt;–No, papá –replicó Kitty con calor–. Vareñka la adora. ¡Y madame Stal hace mucho bien! Pregunta a quien quieras. A ella y &lt;br /&gt;a Alina Stal todos los conocen. &lt;br /&gt;–Puede ser  –dijo el Príncipe, apretándole el brazo con el codo –. Pero yo encuentro m ejor hacer el bien sin que nadie se &lt;br /&gt;entere. &lt;br /&gt;Kitty calló no porque no supiera qué decir, sino porque no quería confiar a su padre sus pensamientos secretos. Por ex traño &lt;br /&gt;que fuese, aunque no quería someterse a la opinión de su padre ni abrirle el camino de  su santuario íntimo, notó que aquella &lt;br /&gt;imagen divina de  madame Stal que durante un mes entero llevara dentro de su alma desaparecía definitivamente, como la &lt;br /&gt;figura que forma un vestido colgado desaparece defi nitivamente cuando se repara que no se trata sin o de eso: de un vestido &lt;br /&gt;colgado. &lt;br /&gt;Ahora en su cerebro no persistía sino la visión de una mujer corta de piernas que permanecía acostada porque era deforme y &lt;br /&gt;que martirizaba a la pobre Vareñka porque no le arreglaba bien la manta en tomo a los pies. Y ningún  esfuerzo de su imagina-&lt;br /&gt;ción pudo reconstruir la anterior imagen de madame Stal. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XXXV &lt;br /&gt;El buen estado de ánimo del Príncipe se contagió a su fa milia, a sus amigos y hasta al alemán dueño de la casa en que &lt;br /&gt;habitaban los Scherbazky. &lt;br /&gt;Al volver del manantial, habiendo invitado al coronel, a María Evgenievna y a Vareñka a tomar café, el Príncipe or denó que &lt;br /&gt;sacasen la mesa al jardín, bajo un castaño, y que sirviesen allí el desayuno. &lt;br /&gt;Al influjo de la alegría de su amo, los criados, que cono cían la munificencia del Príncipe, se animaron también. Du rante &lt;br /&gt;media hora un médico de Hamburgo, enfermo, que vivía en el piso alto, contempló con envidia aquel alegre grupo de rusos, &lt;br /&gt;todos sanos, reunidos bajo el añoso árbol. &lt;br /&gt;A la sombra movediza de las ramas, ante la me sa cubierta con el blanco mantel, con cafeteras, pan, mantequilla, queso y &lt;br /&gt;caza fambre, estaba sentada la Princesa, tocada con su cofia de cintas lila, llenando las tazas y distribuyendo los bocadillos. &lt;br /&gt;Al otro extremo de la mesa se sentaba el Príncipe, co miendo con apetito y hablando animadamente en voz alta. A su &lt;br /&gt;alrededor se veían las compras que había hecho: cajitas de madera labrada, juguetitos, plegaderas de todas clases. Había &lt;br /&gt;comprado un montón de aquellas cosas y las regalaba a todos, incluso a Li sgen, la criada, y al casero, con el que bromeaba en &lt;br /&gt;su cómico alemán chapurreado, asegurando que no eran las aguas las que habían curado a Kitty, sino la buena cocina del dueño &lt;br /&gt;de la casa y sobre todo su compota de ciruelas secas. &lt;br /&gt;La Princesa se burlaba  de su marido por sus costumbres ru sas, pero se sentía más animada y alegre de lo que había es tado &lt;br /&gt;hasta entonces durante su permanencia en las aguas. &lt;br /&gt;El coronel celebraba también las bromas del Principe, pero cuando se trataba de Europa, que él imaginaba  haber estudiado a &lt;br /&gt;fondo, estaba de parte de la Princesa. &lt;br /&gt;La bondadosa María Evgenievna reía de todo corazón con las ocurrencias de Scherbazky y Vareñka reía de un modo suave &lt;br /&gt;pero comunicativo, cosa que Kitty no le había visto nunca hasta entonces, ante las alegres chanzas del Principe. &lt;br /&gt;Todo ello animaba a Kitty, pero, no obstante, se sentía pre ocupada. No sabía cómo resolver el problema que su padre le &lt;br /&gt;habla planteado involuntariamente con su modo de considerar a sus amigas y aquel género de vida que ella amaba últimamente &lt;br /&gt;con toda su alma. &lt;br /&gt;A este problema se unía el de sus relaciones con los Petrov, hoy puestas en claro de un modo harto desagradable. &lt;br /&gt;Viendo la alegría de los demás, Kitty sentía crecer su agita ción; y experimentaba un sentimiento análogo al que sufría en su &lt;br /&gt;infancia cuando la castigaban encerrándola en su cuarto desde el que oía a sus hermanos reír alegremente. &lt;br /&gt;–¿Por qué has comprado tantas chucherías? –preguntó la Princesa a su marido, sirviéndole una taza de café. &lt;br /&gt;–Porque, al salir de  paseo y acercarme a las tiendas, me rogaban que comprase diciendo:  «Erlaucht, Exzellenz, Durch -&lt;br /&gt;laucht». Al oír decir Durjlancht, me sentía incapaz de resistir y se me iban diez táleros como por arte de magia. &lt;br /&gt;–No es verdad. Lo comprabas porque te aburrías –dijo la Princesa. &lt;br /&gt;–¡Claro que porque me aburría! Aquí todo es tan aburrido que no sabe uno dónde meterse. &lt;br /&gt;–¿Es posible que se aburra, Príncipe, con el número de cosas interesantes que hay ahora en Alemania?  –dijo María &lt;br /&gt;Evgenievna.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentario: «Augusto, &lt;br /&gt;excelencia, alteza.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 99&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Conozco todo lo inter esante: la compota de ciruelas, la conozco; el salchichón con guisantes, lo conozco. ¡Lo co nozco &lt;br /&gt;todo! &lt;br /&gt;–Diga usted lo que quiera, Príncipe, las instituciones alemanas son muy interesantes –observó el coronel. &lt;br /&gt;–¿Qué hay de interesante? Los alemanes palmot ean y gri tan como niños, de contento, porque acaban de vencer a sus &lt;br /&gt;enemigos; pero ¿por qué he de estar contento yo? Yo no he vencido a nadie y, en cambio, tengo que quitarme yo mismo las &lt;br /&gt;botas y, además, dejarlas junto a la puerta. Por las mañanas he de levantarme, vestirme a ir al salón para tomar un mal té. ¡Qué &lt;br /&gt;distinto es en casa! Se despierta uno sin prisas, y si está enfadado o irritado, tiene tiempo de calmarse, de meditar bien las &lt;br /&gt;cosas, sin precipitaciones... &lt;br /&gt;–Olvida usted que el tiempo es oro –dijo el coronel. &lt;br /&gt;–¡Según el tiempo que sea! Hay tiempo que puede ven derse a razón de un copeck por mes, y en otras ocasiones no se daría &lt;br /&gt;media hora por nada del mundo... ¿No es verdad, Kateñka? Pero ¿qué te pasa? ¿Estás triste? &lt;br /&gt;–No, no estoy triste. &lt;br /&gt;–¿Se va ya? Quédese un poco –dijo el Principe a Vareñka. &lt;br /&gt;–Tengo que volver a casa –repuso ella, levantándose y riendo aún gozosamente. &lt;br /&gt;Cuando le pasó el acceso de risa, se despidió y entró en la casa para ponerse el sombrero. &lt;br /&gt;Kitty la siguió. Hasta la propia  Vareñka se le presentaba ahora bajo un aspecto distinto. No es que le pareciera peor, sino &lt;br /&gt;diferente de como ella la imaginara antes. &lt;br /&gt;–¡Hace tiempo que no había reído como hoy! –dijo Vareñka, cogiendo la sombrilla y el bolso–. ¡Qué simpático es su papá! &lt;br /&gt;Kitty callaba. &lt;br /&gt;–¿Cuándo nos veremos? –preguntó Vareñka. &lt;br /&gt;–Mamá quería visitar a los Petrov. ¿Estará usted allí? –preguntó Kitty mirando a su amiga. &lt;br /&gt;–Estaré –contestó Vareñka–. Están preparándose para marchar y les prometí acudir para ayudarles a hacer el equipaje. &lt;br /&gt;–Entonces iré yo también. &lt;br /&gt;–No. ¿Por qué va a ir usted? &lt;br /&gt;–¿Por qué? ¿Por qué? –repuso Kitty abriendo desmesuradamente los ojos y asiendo la sombrilla de Vareñka para no dejarla &lt;br /&gt;marchar–. ¿Por qué no? &lt;br /&gt;–¡Como ha venido su papá! Y además ellos se sienten cohibidos ante usted. &lt;br /&gt;–No es eso. Dígame por qué no quiere que visite a los Petrov a menudo. ¡No, no quiere usted! Dígame el motivo. &lt;br /&gt;–Yo no he dicho esto –replicó Vareñka, sin alterarse. &lt;br /&gt;–Le ruego que me lo diga. &lt;br /&gt;–¿Quiere de verdad que se lo diga todo? –preguntó la muchacha. &lt;br /&gt;–¡Todo, todo! –aseguró Kitty. &lt;br /&gt;–Pues no hay nada de particular, salvo que Mijail Alexie vich –aquél era el nombre del pintor – antes quería marchar sin &lt;br /&gt;demora y ahora no se resuelve a partir. &lt;br /&gt;–¿Y qué más? –apremió Kitty mirándola gravemente–. Pues que Ana Pavlovna dijo que su marido no quiere irse porque está &lt;br /&gt;usted aquí. Ello lo dijo sin razón alguna, pero por ese motivo, por usted, hubo una disputa muy violenta entre los esposos. Ya &lt;br /&gt;sabe lo irritables que son los enfermos... &lt;br /&gt;Kitty, más taciturna cada vez, guardaba silencio. Vareñka seguía monologando tratando de calmarla y suavizar la expli -&lt;br /&gt;cación, porque veía que Kitty estaba a punto de romper a llorar. &lt;br /&gt;–Ya ve que es mejor que no vaya. Usted se hará cargo; no se ofenda, pero... &lt;br /&gt;–¡Me lo merezco! ¡Me lo merezco! –dijo Kitty rápidamente, arrancando la sombrilla de manos de su amiga sin osar mirarla a &lt;br /&gt;los ojos. &lt;br /&gt;Vareñka sentía impulsos de sonreír ante la infantil cólera de su amiga, pero se contuvo por no ofenderla. &lt;br /&gt;–¿Por qué se lo merece? No comprendo –dijo. &lt;br /&gt;–Lo merezco porque todo esto que he estado haciendo era falso, fingido y no me salía del corazón. ¿Qué tengo yo que ver &lt;br /&gt;con ese hombre ajeno a mí? ¡Y resulta que provoco una disputa por meterme a hacer lo que nadie me pedía! Es la consecuencia &lt;br /&gt;de fingir. &lt;br /&gt;–¿Qué necesidad había de fingir? –preguntó, en voz baja, Vareñka. &lt;br /&gt;–¡Qué estúpido y qué vil ha sido lo que he hecho! ¡No, no había necesidad de fingir nada!  –insistía Kitty, abriendo y &lt;br /&gt;cerrando nerviosamente la sombrilla. &lt;br /&gt;–Pero ¿con qué fin fingía? &lt;br /&gt;–Para parecer más buena ante la gente, ante mí, ante Dios. ¡Para engañar a todos! No volveré a caer en ello. Es preferible ser &lt;br /&gt;mala que mentir y engañar. &lt;br /&gt;–¿Por qué dice usted engañar? –dijo, con reproche, Vareñka–. Lo dice usted como si... &lt;br /&gt;Pero Kitty, presa de un arrebato de excitación, no la dejó terminar. &lt;br /&gt;–No lo digo por usted; no se trata de usted. ¡Usted es per fecta, lo sé! Sí, sé que todas ustedes son perfectas. Pero ¿qué puedo &lt;br /&gt;hacer yo si soy mala? Si yo no fuese mala, todo eso no habr ía sucedido. Seré la que soy, pero sin fingir. ¿Qué me im porta Ana &lt;br /&gt;Pavlovna? Que ellos vivan como quieran y yo vi viré también como me plazca. No puedo ser sino como soy. No es eso lo que &lt;br /&gt;quiero, no, no es eso... &lt;br /&gt;–¿Qué es lo que no quiere? ¿A qué se refiere usted? –preguntó Vareñka, sorprendida. &lt;br /&gt;–No, no es eso... No puedo vivir más que obedeciendo a mi corazón, mientras que ustedes viven según ciertas reglas... Yo &lt;br /&gt;las he querido a ustedes con el alma y ustedes sólo me han querido a mí para salvarme, para enseñarme... &lt;br /&gt;–No es usted justa –observó Vareñka.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 100&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No digo nada de los demás; hablo de mí. &lt;br /&gt;–¡Kitty! –gritó la voz de su madre–. Ven a enseñar tu collar a papá. &lt;br /&gt;Kitty, altanera, sin hacer las paces con su amiga, tomó de encima de la mesa la cajita con el co llar y fue a reunirse con su &lt;br /&gt;madre. &lt;br /&gt;–¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan encarnada? –le dijeron, a la vez, su padre y su madre. &lt;br /&gt;–No es nada –contestó Kitty–. En seguida vuelvo. &lt;br /&gt;Y se precipitó de nuevo en la habitación. &lt;br /&gt;«Aún está aquí», pensó. «¡Dios mío¡ ¿Qu é he hecho, qué he dicho? ¿Por qué la he ofendido? ¿Y qué hará ahora? ¿Qué le &lt;br /&gt;diré?» , y se detuvo junto a la puerta. &lt;br /&gt;Vareñka, ya con el sombrero puesto, examinaba, sentada a la mesa, el muelle de la sombrilla que Kitty había roto en su &lt;br /&gt;arrebato. Al entrar ésta, alzó la cabeza. &lt;br /&gt;–¡Perdóneme, Vareñka, perdóneme! –murmuró Kitty, acercándose–. No sé ni lo que le he dicho... Yo... &lt;br /&gt;–Por mi parte le aseguro que no quise disgustarla... –dijo la muchacha, sonriendo. &lt;br /&gt;Hicieron las paces. &lt;br /&gt;Pero con la llegada de su padr e había cambiado por com pleto todo el ambiente en que Kitty vivía. No renegaba de lo que &lt;br /&gt;había aprendido, pero comprendió que se engañaba a sí misma pensando que podría ser lo que deseaba. Le parecía haber &lt;br /&gt;despertado de un sueño. Reconocía ahora la dificultad de poder mantenerse a la altura de los hechos sin fingir ni enorgullecerse &lt;br /&gt;de su actitud. Sentía, además, el dolor de aquel mundo de penas, de enfermedades, aquel mundo de moribundos en el que vivía. &lt;br /&gt;Los esfuerzos que hacía sobre sí misma para amar l o que la rodeaba le parecieron una tortura y deseó volver pronto al aire &lt;br /&gt;puro, a Rusia, a Erguchovo, donde, según la habían informado, había ido a vivir con sus hijos su hermana Dolly. &lt;br /&gt;Pero su cariño a Vareñka no disminuyó. Al despedirse, Kitty le rogó que fuera a visitarla y a pasar una temporada con ella. &lt;br /&gt;–Iré cuando usted se case –dijo la muchacha. &lt;br /&gt;–No me casaré nunca. &lt;br /&gt;–Entonces nunca iré. &lt;br /&gt;–En ese caso lo haré aunque sólo sea para que venga. ¡Pero recuerde usted su promesa! –dijo Kitty. &lt;br /&gt;Los augurios del doctor se realizaron: Kitty volvió curada a su casa, en Rusia. &lt;br /&gt;No era tan despreocupada y alegre como antes, pero estaba tranquila. El dolor que sufriera en Moscú no era ya para ella más &lt;br /&gt;que un recuerdo. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;TERCERA PARTE &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;I &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich Kosnichev quiso  descansar de su trabajo intelectual y, en vez de marchar al extranjero, según acostum -&lt;br /&gt;braba, se fue a finales de mayo al campo para disfrutar de una temporada al lado de su hermano. &lt;br /&gt;Constantino Levin se sintió muy satisfecho recibiéndolo, tanto más cuanto que en aquel verano ya no contaba que llegase su &lt;br /&gt;hermano Nicolás. &lt;br /&gt;A pesar del respeto y cariño que sentía hacia Sergio Ivno vich, Constantino Levin experimentaba al lado de su hermano un &lt;br /&gt;cierto malestar. La manera que tenía éste de considerar al pueblo l e molestaba y le hacían desagradables la mayoría de las &lt;br /&gt;horas pasadas allí en su compañía. &lt;br /&gt;Para Constantino Levin el pueblo era el lugar donde se vive, es decir donde se goza, se sufre y se trabaja. &lt;br /&gt;En cambio, para su hermano, era, de una parte, el lugar d e descanso de su labor intelectual, y de otra, como un antídoto &lt;br /&gt;contra la corrupción de la ciudad, antídoto que él tomaba con placer comprendiendo su utilidad. &lt;br /&gt;Para Constantino Levin el pueblo era bueno porque consti tuía un campo de nobles actividades: al go indiscutiblemente útil. &lt;br /&gt;Para Sergio Ivanovich era bueno porque allí era posible y hasta recomendable no hacer nada. &lt;br /&gt;Además, Constantino estaba disgustado con su hermano por el modo que tenía éste de considerar a la gente humilde. Sergio &lt;br /&gt;Ivanovich decía que él la conocía mucho y la estimaba; a menudo hablaba con los campesinos, lo que sabía hacer muy bien, sin &lt;br /&gt;fingir ni adoptar actitudes estudiadas, y en todas sus conversaciones descubría rasgos de carácter que honraban al pueblo y que &lt;br /&gt;después se complacía él en generalizar. &lt;br /&gt;Este modo de opinar sobre la gente humilde no placía a Levin, para el cual el pueblo no era más que el principal colaborador &lt;br /&gt;en el trabajo común. Era grande su aprecio hacia los campesinos y el entrañable amor que por ellos sentía  –amor que sin duda &lt;br /&gt;mamó con la leche de su nodriza aldeana, como solía decir él –, y considerábase él mismo como un copartí cipe del trabajo &lt;br /&gt;común; y a veces se entusiasmaba con la ener gía, la dulzura y el espíritu de justicia de aquella gente; pero en otras  ocasiones, &lt;br /&gt;cuando el trabajo requería cualidades distintas, se irritaba contra el pueblo, considerándolo sucio, ebrio y embustero. &lt;br /&gt;Si hubieran preguntado a Constantino Levin si quería al pueblo, no habría sabido qué contestar. Al pueblo en particu lar, &lt;br /&gt;como a la gente en general, la amaba y no la amaba a la vez. Cierto que, por su bondad natural, más tendía a querer que a no &lt;br /&gt;querer a los hombres, incluyendo a los de clase humilde. &lt;br /&gt;Pero amar o no a éstos como a algo particular no le era po sible, porque no sólo vivía con el pueblo, no sólo sus intereses le &lt;br /&gt;eran comunes, sino que se consideraba a sí mismo como una parte del pueblo y ni en sí mismo ni en ellos veía defectos o &lt;br /&gt;cualidades particulares, y no podía oponerse al pueblo. &lt;br /&gt;Además, vivía con gran frecuencia en íntima relación con el campesino, como señor y como intermediario y principal mente &lt;br /&gt;como consejero, ya que los aldeanos confiaban en él y a veces recorrían cuarenta verstas para pedirle consejos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 101&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no tenía sobre el pueblo opinión definida. Si  le hubiesen preguntado si conocía al pueblo o no, habríase visto en la &lt;br /&gt;misma perplejidad que al contestar si le amaba o no le amaba. Decir si conocía al pueblo era para él como decir si conocía o no &lt;br /&gt;a los hombres en general. &lt;br /&gt;En principio estudiaba y sabí a conocer a los hombres de to das clases y entre ellos a los campesinos, a los que conside raba &lt;br /&gt;buenos a interesantes. A menudo, observándolos, descubría en ellos nuevos rasgos de carácter que le llevaban a mo dificar su &lt;br /&gt;opinión anterior y a formarse nuevas y distintas opiniones. &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich hacía lo contrario. Del mismo modo que alababa y amaba la vida del pueblo por contraste con la otra que &lt;br /&gt;no amaba, así amaba también a la gente humilde por contraste con otra clase de gente, y de una manera absolutamente idéntica &lt;br /&gt;conocía a esta gente como algo distinto y opuesto a los hombres en general. &lt;br /&gt;En su metódico cerebro se habían creado formas definidas de la vida popular, deducidas parcialmente de esta misma vida, &lt;br /&gt;pero deducidas también, y en mayor parte, por oposición a la contraria. &lt;br /&gt;Jamás, pues, variaba su opinión sobre el pueblo ni la com pasión que le inspiraba. En las discusiones que los hermanos &lt;br /&gt;mantenían sobre aquel tema siempre vencía Sergio Ivanovich, por poseer una opinión definida sobre los aldea nos sobre sus &lt;br /&gt;caracteres, cualidades a inclinaciones, mientras que Constan tino Levin no tenía ideas fijas y firmes sobre la gente del pue blo, &lt;br /&gt;por lo que siempre se le cogía en contradicción. &lt;br /&gt;Para Sergio Ivanovich, su hermano menor era un buen mu chacho, con «el corazón en su sitio» (lo que solía expresar en &lt;br /&gt;francés), de cerebro bastante ágil, pero esclavo de las impre siones del momento y lleno, por ello, de contradicciones. Con la &lt;br /&gt;condescendencia de un hermano mayor, Sergio Ivanovich le explicaba a veces  la significación de las cosas, pero no ex -&lt;br /&gt;perimentaba interés en discutir con él porque le vencía demasiado fácilmente. &lt;br /&gt;Constantino Levin tenía a su hermano por un hombre de inteligencia y cultura, noble en el más elevado sentido de la palabra &lt;br /&gt;y dotado de grandes facultades de acción en pro de la sociedad. Pero en el fondo de su alma y a medida que aumentaba en años &lt;br /&gt;y conocía mejor a su hermano, tanto más a menudo pensaba que aquella facultad de servir a la sociedad, de la cual Constantino &lt;br /&gt;Levin se reconocía privado, quizá, al fin y al cabo, no fuera una cualidad, sino más bien un defecto. No un defecto de algo, no &lt;br /&gt;una falta de buenos, nobles y honrados deseos a inclinaciones, sino una carencia de poder de vida efectiva, de ese impulso que &lt;br /&gt;obliga al hombre a escoger y desear una determinada línea de vida entre todas las innumerables que se abren ante él. &lt;br /&gt;Cuanto más conocía a su hermano, más observaba que Sergio Ivanovich, como muchos otros hombres que servían al bien &lt;br /&gt;común, no se sentían inclinados a el lo de corazón, sino porque habían reflexionado y llegado a la conclusión de que aquello &lt;br /&gt;estaba bien, y sólo por tal razón se ocupaban de ello. &lt;br /&gt;La suposición de Constantino Levin se confirmaba por la observación de que su hermano no tomaba más a pecho las &lt;br /&gt;cuestiones del bien colectivo y de la inmortalidad del alma que las de las combinaciones de ajedrez o la construcción in geniosa &lt;br /&gt;de alguna nueva máquina. &lt;br /&gt;Además, Constantino Levin se sentía a disgusto en el pue blo cuando estaba su hermano allí, sobre todo  durante el verano, &lt;br /&gt;pues en esta época estaba siempre ocupado en los traba jos de su propiedad y aun en todo el largo día estival le faltaba tiempo &lt;br /&gt;para sí mismo, para poder atender a todo, mientras Sergio Ivanovich descansaba. Sin embargo, aunque descan sase ahora, es &lt;br /&gt;decir no escribiera obra alguna, estaba tan he cho a la actividad cerebral que le gustaba explicar en forma breve y elegante los &lt;br /&gt;pensamientos que acudían a su mente, y le gustaba tener a alguien que le escuchase. &lt;br /&gt;El oyente más continuo era, n aturalmente, su hermano. Por este motivo, a pesar de la sencillez amistosa de sus relaciones, &lt;br /&gt;Constantino Levin no sabía cómo arreglárselas cuando tenía que dejar solo a Sergio Ivanovich. &lt;br /&gt;A éste le gustaba tenderse en la hierba bajo el sol y permanecer así, charlando perezosamente. &lt;br /&gt;–No sabes qué placer experimento sumergiéndome en esta pereza ucraniana. Tengo la cabeza completamente vacía de &lt;br /&gt;pensamientos. Podría hacerse rodar por ella una pelota. &lt;br /&gt;Pero Constantino Levin se aburría de estar sentado escu chando a su hermano, sobre todo porque sabía que, mientras ellos &lt;br /&gt;hablaban, los campesinos debían de estar lavando el es tercolero o trabajando en el campo no preparado aún, y que si él no &lt;br /&gt;estaba allí iban a hacerlo de cualquier manera. Pensaba también que segu ramente no atornillarían suficientemente las rejas de &lt;br /&gt;los arados ingleses y luego las apartarían afirmando que aquellos arados eran invenciones de tontos y que sólo el arado &lt;br /&gt;corriente, etcétera. &lt;br /&gt;–¿No has andado ya bastante con este calor? –le decía Sergio Ivanovich. &lt;br /&gt;–No... Tengo que pasar un momento por el despacho... –contestaba Levin. &lt;br /&gt;Y se iba al campo corriendo. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;II &lt;br /&gt;A primeros de junio, el aya y ama de llaves Agafia Mijai lovna, un día que bajaba al sótano con un tarro de setas recién &lt;br /&gt;saladas en las manos, resbaló, cayó y se lastimó la muñeca. &lt;br /&gt;Llegó el joven médico rural, recién salido de la Facultad y muy hablador. Miró la mano, dijo que no estaba dislocada y se &lt;br /&gt;apresuró a entablar conversación con el célebre Sergio Ivanovich. &lt;br /&gt;Para mostrarle sus ideas  avanzadas, le contó todas las co madrerías de la provincia, quejándose de la mala organiza ción del &lt;br /&gt;zemstvo. &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich le escuchaba con atención, le pregun taba... Animado por el nuevo auditor, habló y expuso algunas &lt;br /&gt;observaciones justas y concretas  –que fueron respetuosa mente apreciadas por el joven médico –, animándose mucho, como &lt;br /&gt;siempre le ocurría después de una conversación agradable y brillante. &lt;br /&gt;Cuando el médico se hubo ido, Sergio Ivanovich quiso ir a pescar con caña; le gustaba la pesca y se  mostraba casi orgulloso &lt;br /&gt;de que una ocupación tan estúpida pudiera gustarle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 102&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Constantino Levin, que tenía que echar un vistazo a los hombres que estaban arando y también a los prados, ofreció a su &lt;br /&gt;hermano llevarle hasta el río en su carretela. &lt;br /&gt;Era la época del año en que el grano llega ya a su madurez, cuando hay que prepararse ya para la siembra de la próxima &lt;br /&gt;cosecha; se acerca la siega y el centeno, crecido ya, con su ligero tallo verdegrís y su espiga no acabada aún de llenar, on dea &lt;br /&gt;bajo el viento; la  época en que las verdes avenas, con las matas de hierba amarillentas que brotan, aisladas entre ellas, se &lt;br /&gt;extienden irregularmente en los sembrados tardíos; cuando se abre el alforfón y sus granos cubren la tierra; cuando la bar -&lt;br /&gt;bechera, pisoteada por los animales y endurecida como la piedra, con la que no puede la raspa, se ve ya con sus surcos trazados &lt;br /&gt;hasta la mitad; cuando los secos montones de estiércol llevados a los campos al nacer y al ponerse el sol mezclan su olor al &lt;br /&gt;perfume de las hierbas, y cu ando en las tierras bajas, esperando la guadaña, se extienden como un mar inmenso los prados &lt;br /&gt;ribereños con los negreantes montones de tallos de acederas arrancados. &lt;br /&gt;Era, pues, la época en que se produce un corto descanso en los trabajos del campo antes de  la recolección anual que reúne &lt;br /&gt;todos los esfuerzos del pueblo. &lt;br /&gt;La cosecha era espléndida; los días, claros y calurosos; las noches, cortas y húmedas de rocío. &lt;br /&gt;Los hermanos tenían que pasar por el bosque para llegar a los prados, Sergio Ivanovich iba admira ndo la belleza del bosque, &lt;br /&gt;magnífico de hojas y verdor. Llamaba la atención de su hermano, ora sobre un viejo tilo, oscuro en su parte de som bra, pero &lt;br /&gt;rico de colorido con sus amarillos brotes prontos a florecer, ora sobre los tallos nuevos de otros árbo les que brillaban como &lt;br /&gt;esmeraldas. &lt;br /&gt;A Constantino Levin no le agradaba hablar ni que le habla sen de las bellezas de la naturaleza. Las palabras despojaban de &lt;br /&gt;belleza al paisaje. &lt;br /&gt;Respondía, pues, a su hermano con distraídos monosílabos, mientras, contra su voluntad, iba pensando en otras cosas. &lt;br /&gt;Al salir del bosque atrajo su atención el campo en barbecho de una colina: aquí ya cubierto de amarilla hierba, allí labrado en &lt;br /&gt;cuadros, más allá salpicado de montones de estiércol y en otros puntos arado. &lt;br /&gt;Pasaba por el campo una fila de carros. Levin los contó y se alegró al ver que llevaban todo lo necesario. Contemplando los &lt;br /&gt;prados sus pensamientos pasaron a la siega. Este momento le producía siempre una intensa emoción. &lt;br /&gt;Al llegar al prado, Levin detuvo el caballo. &lt;br /&gt;El rocío matinal humedecía aún la parte inferior de las hier bas, por lo cual, para no mojarse los pies, Sergio Ivanovich pidió &lt;br /&gt;a su hermano que le llevase con la carretela hasta el sauce que se alzaba en el lugar señalado para pescar. Constan tino Levin, a &lt;br /&gt;pesar del disgusto que le producía aplastar la hierba de su prado, dirigió el coche a través de él. &lt;br /&gt;Las altas hierbas se abatían suavemente bajo las ruedas y las patas del caballo, y en los cubos y radios de las ruedas se &lt;br /&gt;desgranaban las semillas. &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich se sentó bajo el sauce, arreglando sus útiles de pesca. Levin ató el caballo no lejos de allí y se internó en el &lt;br /&gt;enorme mar verde oscuro del prado, inmóvil, no agitado por el menor soplo de viento. La hierba, suave como seda, en el lugar &lt;br /&gt;adonde alcanzaba, en primavera, el agua del río al salirse de madre, le llegaba hasta la cintura. &lt;br /&gt;A través del prado, Constantino Levin saltó al camino y en contró a un viejo, con un ojo muy hinchado, que llevaba una &lt;br /&gt;colmena con abejas. &lt;br /&gt;–¿Las has cogido, Tomich? –preguntó Levin. &lt;br /&gt;–¡Quia, Constantino Dmitrievich! ¡Gracias si consigo guar dar las mías! Ya se me han marchado por segunda vez. Menos &lt;br /&gt;mal que sus muchachos las alcanzaron. Los que están trabajando el campo... Desengancharon un caballo y las cogieron. &lt;br /&gt;–Y qué, Tomich: ¿qué te parece? ¿Conviene segar ya o esperar más? &lt;br /&gt;–A mi parecer, habrá que esperar hasta el día de San Pe dro. Ésta es la costumbre. Claro que usted siega siempre an tes. Si &lt;br /&gt;Dios quiere, todo irá bien. La hierba está muy crecida. Los animales quedarán contentos. &lt;br /&gt;–¿Y qué te parece el tiempo? &lt;br /&gt;–Eso ya depende de Dios. Quizá haga buen tiempo. &lt;br /&gt;Levin se acercó otra vez a su hermano, que, con aire distraído, estaba con la caña en las manos. &lt;br /&gt;La pesca era mala, pero Sergio Ivanovich no se aburría y parecía hallarse de excelente buen humor. &lt;br /&gt;Levin notaba que, animado por la charla con el médico, su hermano tenía deseos de hablar más. Pero él quería volver a casa &lt;br /&gt;lo antes posible para dar órdenes de que los segadores fueran al campo al día siguiente y r esolver las dudas relativas a la siega, &lt;br /&gt;que constituían en aquel momento su mayor preocupación. &lt;br /&gt;–Vámonos ––dijo. &lt;br /&gt;–¿Para qué apresurarnos? Estemos aquí un rato más. Oye: estás muy mojado. En este sitio no se pesca nada, pero se en -&lt;br /&gt;cuentra uno muy bien. El encanto de estas ocupaciones consiste en que ponen a uno en contacto con la naturaleza. ¡Qué bella &lt;br /&gt;es esta agua! ¡Parece de acero!  ––continuó–. Estas ori llas de los ríos cubiertas de hierba me recuerdan siempre aquella &lt;br /&gt;adivinanza... ¿Recuerdas?, que dice: «la hierba dice al agua: vamos a forcejear, a forcejear»... &lt;br /&gt;–No conozco esa adivinanza–respondió Constantino Levin con voz opaca. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;III &lt;br /&gt;–He estado pensando en ti  –dijo Sergio Ivanovich–. ¡Hay que ver lo que sucede en tu provincia! Por lo que me contó el &lt;br /&gt;médico veo que... Por cierto que ese muchacho no parece nada tonto... Ya te he dicho, y te lo repito, que no está bien que no &lt;br /&gt;asistas a las juntas rurales de la provincia y que te hayas alejado de las actividades del  zemstvo. Si la gente de nuestra clase s e &lt;br /&gt;aparta, claro es que las cosas habrán de ir de cualquier modo... Nosotros pagamos el dinero que ha de destinarse a sueldos, pero &lt;br /&gt;no hay escuelas, ni médicos auxiliares, ni comadronas, ni farmacias, ni nada... &lt;br /&gt;–Ya he probado –repuso Levin en voz baja y desganada– y no puedo. ¿Qué quieres que haga?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 103&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Por qué no puedes? Confieso que no lo comprendo. No admito que sea por indiferencia o ineptitud. ¿Será por pereza? &lt;br /&gt;–Ninguna de las tres cosas. Es que he probado y visto que no puedo hacer nada –replicó Levin. &lt;br /&gt;Apenas pensaba en lo que le decía su hermano. Tenía la mirada fija en la tierra labrada de la otra orilla, donde distin guía un &lt;br /&gt;bulto negro que no podía precisar si era un caballo solo o el caballo de su encargado montado por aquél. &lt;br /&gt;–¿Por qué no puedes? P robaste y no resultó como querías. ¡Y por eso te consideraste vencido! ¿Es que no tienes amor &lt;br /&gt;propio? &lt;br /&gt;–No comprendo a qué amor propio te refieres  ––contestó Levin, picado por las palabras de su hermano –. Si en la Uni -&lt;br /&gt;versidad me hubieran dicho que los demá s comprendían el cálculo integral y yo no, eso sí que habría sido un caso de amor &lt;br /&gt;propio. Pero en este caso tienes que empezar por con vencerte de que no careces de facultades para esos asuntos y además, y &lt;br /&gt;eso es lo principal, tienes que tener la convicción de que son importantes. &lt;br /&gt;–¿Acaso no lo son?  –preguntó Sergio Ivanovich, ofen dido de que su hermano no diera importancia a lo que tanto le &lt;br /&gt;preocupaba a él y ofendido, también, de que Levin casi no le escuchara. &lt;br /&gt;–No me parecen importantes y no me interesan . ¿Qué quieres?  –repuso Levin, advirtiendo ya que la figura que se &lt;br /&gt;acercaba.era el encargado y que seguramente éste habría hecho retirar a los obreros del campo labrado, ya que éstos regresaban &lt;br /&gt;con sus instrumentos de trabajo. «Es posible que hayan terminado ya de arar», pensó. &lt;br /&gt;–Escúchame ––dijo su hermano mayor, arrugando las cejas de su rostro hermoso a inteligente–. Todo tiene sus límites. Está &lt;br /&gt;muy bien ser un hombre excepcional, un hombre sincero, no soportar falsedades... Ya sé que todo eso está mu y bien. Pero lo &lt;br /&gt;que tú dices, o no tiene sentido, o lo tiene muy profundo. ¿Cómo puedes no dar importancia a que el pueblo, al que tú amas, &lt;br /&gt;según aseguras... &lt;br /&gt;«Jamás lo he asegurado», pensó Levin. &lt;br /&gt;–... muera abandonado? Las comadronas ineptas ahogan a los niños, y el pueblo en general se ahoga en la ignorancia y está a &lt;br /&gt;merced del primer funcionario que encuentra. Entre tanto, tú tienes a tu alcance el medio de ayudarles y no lo ha ces por &lt;br /&gt;encontrarlo innecesario. &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich le ponía en un dilema: o Lev in era tan poco inteligente que no comprendía cuanto le era dable hacer o no &lt;br /&gt;quería sacrificar su tranquilidad, vanidad o lo que fuera para hacerlo. &lt;br /&gt;Levin reconocía que no le quedaba más remedio que someterse o reconocer su falta de interés por el bien común. Aquello le &lt;br /&gt;disgustó y le ofendió. &lt;br /&gt;–Ni una cosa ni otra –contestó rotundamente Levin–. No veo la posibilidad de... &lt;br /&gt;–¿Cómo? ¿No es posible, empleando bien el dinero, organizar la asistencia médica al pueblo? &lt;br /&gt;–No me parece posible. En las cuatro mil ve rstas cuadradas de nuestra circunscripción, con los muchos lugares del río que &lt;br /&gt;no se hielan en invierno, con las tempestades, con las épocas de trabajo en el campo, no veo modo de llevar a todas partes la &lt;br /&gt;asistencia médica. Además, por principio, no creo en la medicina. &lt;br /&gt;–Permíteme que te diga que eso no es razonable. Te pondría miles de ejemplos. Y luego, las escuelas... &lt;br /&gt;–¿Para qué sirven? &lt;br /&gt;–¿Qué dices? ¿Qué duda puede caber sobre la utilidad de la instrucción? Si es conveniente para ti, es conveniente para todos. &lt;br /&gt;Constantino Levin se sentía moralmente acorralado. Se irritó, pues, más aún a involuntariamente explicó el motivo esencial &lt;br /&gt;de su indiferencia por el interés común. &lt;br /&gt;–Bien: todo eso podrá ser muy acertado, pero no sé por qué voy a preocuparme de la  instalación de centros sanitarios, cuyos &lt;br /&gt;servicios no necesito nunca, y de procurar la instala ción de escuelas a las que no voy a mandar a mis hijos jamás. Aparte de &lt;br /&gt;que no estoy muy seguro de que convenga enviar a los niños a la escuela –dijo. &lt;br /&gt;Por un momento, Sergio Ivanovich quedó sorprendido ante aquella inesperada objeción, pero en seguida formó un nuevo &lt;br /&gt;plan de ataque. &lt;br /&gt;Calló unos intantes, sacó la caña del agua, la cambió de posición y se dirigió, sonriendo, a su hermano. &lt;br /&gt;–Dispensa que te diga: primero, que el auxilio médico lo has necesitado ya. Acabas de enviar a buscar al médico rural para &lt;br /&gt;Agafia Mijailovna. &lt;br /&gt;–Pues creo que ésta se quedará con la mano torcida. &lt;br /&gt;–Eso no se sabe aún. Por otra parte, supongo que un campesino no analfabeto, un operario que sepa leer y escribir, te es más &lt;br /&gt;útil que los que no saben. &lt;br /&gt;–No. Pregúntaselo a quien quieras  –respondió Constantino Levin–. El campesino culto es mucho peor como opera rio. No &lt;br /&gt;saben ni arreglar los caminos... y en cuanto arreglan los puentes los roban... &lt;br /&gt;–De todos modos... –insistió Sergio Ivanovich. &lt;br /&gt;Y frunció las cejas. No le gustaban las contradicciones, y menos las que saltaban de un tema a otro, presentando nuevas &lt;br /&gt;demostraciones inconexas, no sabiendo nunca a cual contestar. &lt;br /&gt;–De todos modos, no se trata de eso. Permíteme... ¿Reconoces que la instrucción es beneficiosa para el pueblo? &lt;br /&gt;–Lo reconozco –dijo Levin impremeditadamente. &lt;br /&gt;Y en seguida comprendió que había dicho una cosa que no pensaba. Reconoció que, admitido aquel postulado, podía re -&lt;br /&gt;plicársele que entonces decía necedades, cosas sin sentido. Cómo se le pudiera demostrar no lo sabía, pero estaba seguro de &lt;br /&gt;que iba a demostrársele lógicamente y se dispuso a esperar tal demostración. &lt;br /&gt;Ésta fue mucho más sencilla de lo que aguardaba. &lt;br /&gt;–Si reconoces que es un bien  –dijo Sergio Ivanovich–, entonces, como hombre honrado, no puedes dejar de simpati zar con &lt;br /&gt;esa obra y no puedes negarte a trabajar para ella, &lt;br /&gt;–No reconozco esa obra como buena –repuso Constantino Levin sonrojándose. &lt;br /&gt;–¿Cómo? ¡Si has dicho que sí ahora mismo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 104&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Quiero decir que no me parece que sea conveniente ni posible. &lt;br /&gt;–No puedes saberlo, puesto que no has aplicado tus esfuerzos a ello. &lt;br /&gt;–Supongamos –repuso Levin–, aunque yo no lo su pongo, supongamos que todo sea como tú dices. Ni aun así  veo por qué &lt;br /&gt;habría de ocuparme yo de tal cosa. &lt;br /&gt;–¿Cómo que no? &lt;br /&gt;–Acuérdate de que ya una vez hablamos de esto y ya entonces te dije mi opinión. Pero ya que hemos llegado otra vez a esto, &lt;br /&gt;explícamelo desde el punto de vista filosófico –dijo Levin. &lt;br /&gt;–No veo qué tiene que ver con esto la filosofía –repuso Sergio Ivanovich. &lt;br /&gt;Y su tono irritó a Levin, porque parecía dar a comprender que él no tenía autoridad para ocuparse de filosofía. &lt;br /&gt;–Ahora te lo diré yo –repuso ya acalorado–. Supongo que el móvil de todos nuest ros actos es, en resumen, nuestra felicidad &lt;br /&gt;personal. Y en la institución del zemstvo, yo, como noble, no veo nada que pueda favorecer mi bienestar. Por ello los caminos &lt;br /&gt;no son mejores ni pueden mejorarse. Además, mis caballos me llevan muy bien por los caminos mal arreglados. No necesito al &lt;br /&gt;médico ni al puesto sanitario. Tampoco necesito al juez del distrito, a quien nunca me he dirigido ni dirigiré. No sólo no &lt;br /&gt;necesito escuelas, sino que me perjudican, según lo he demostrado. Para mí, el  zemstvo se reduce a tener que pagar dieciocho &lt;br /&gt;copecks por deciatina de tierra, a la obligación de ir a la ciudad a pasar una noche en cuartos con insectos y luego a tener que &lt;br /&gt;oír necedades y disparates. Mi interés personal no me aconseja soportar eso. &lt;br /&gt;–Permíteme –interrumpió Sergio Ivanovich, sonriendo–. El interés personal no nos aconsejaba procurar la liberación de los &lt;br /&gt;siervos y, sin embargo, lo hemos procurado. &lt;br /&gt;–¡No! –interrumpió Constantino Levin, animándose –. La liberación de los siervos era otra cosa. Allí había un  interés &lt;br /&gt;personal. Queríamos quitar un yugo que nos oprimía a toda la gente buena. Pero ser vocal de un consejo para deliberar sobre &lt;br /&gt;cuántos deshollinadores son necesarios y sobre la necesidad de instalar tuberías en la ciudad en la que no vivo; tener, com o &lt;br /&gt;vocal, que juzgar a un aldeano que robó un jamón, escu chando durante seis horas las tonterías que sueltan defensores y &lt;br /&gt;fiscales, mientras el presidente pregunta, por ejemplo, a mi viejo Alecha el tonto: «¿Reconoce usted, señor acusado, el hecho &lt;br /&gt;de haber robado el jamón?», y Alecha el tonto contesta: «¿Qué...?». &lt;br /&gt;Constantino Levin, ya lanzado por este camino, comenzó a imitar al presidente y a Alecha el tonto, como si todo ello tu viera &lt;br /&gt;alguna relación con lo que decían. &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich se encogió de hombros. &lt;br /&gt;–¿Qué quieres decir? &lt;br /&gt;–Quiero decir que los derechos que mi... que son... que tratan de mis intereses, los defenderé con todas mis fuerzas. Cuando &lt;br /&gt;los gendarmes registraban nuestras habitaciones de estudiantes y leían nuestros periódicos, estaba, como estoy ahora, dispuesto &lt;br /&gt;a defender mis derechos a la libertad y la cul tura. Me intereso por el servicio militar obligatorio, que afecta a mis hijos, a mis &lt;br /&gt;hermanos, a mí mismo, y estoy dispuesto a discutir sobre él cuanto haga falta, pero no puedo juzgar s obre cómo han de &lt;br /&gt;distribuirse los fondos del zemstvo ni sentenciar a Alecha el tonto. No comprendo todo eso y no puedo hacerlo. &lt;br /&gt;Parecía haberse roto el dique de la elocuencia de Levin. Sergio Ivanovich sonrió. &lt;br /&gt;–Entonces, si mañana tienes un proceso, preferirás que lo juzguen por la antigua audiencia de lo criminal. &lt;br /&gt;–No tendré proceso alguno. No cortaré el cuello a nadie y no necesito juzgados. El zemstvo –continuaba Levin, saltando a un &lt;br /&gt;asunto que no tenía relación alguna con el tema – se parece a esas ramitas de abedul que poníamos en casa por todas partes el &lt;br /&gt;día de la Santísima Trinidad para que imitasen la primitiva selva virgen de Europa. Me es imposible creer que, si riego esas &lt;br /&gt;ramas de abedul, van a crecen &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich se encogió de hombros, expre sando en este gesto su sorpresa porque salieran a relucir en su discu sión &lt;br /&gt;aquellas ramas de abedul, aunque comprendió en seguida lo que su hermano quería dar a entender. &lt;br /&gt;–Perdóname, pero de este modo no se puede hablar ––observó. &lt;br /&gt;Pero Constantino Levin quería disculparse de aquel defecto de su indiferencia hacia el bien común y continuó: &lt;br /&gt;–Creo que ninguna actividad puede ser práctica si no tiene por base el interés personal. Esta verdad es filosófica  ––dijo con &lt;br /&gt;energía, repitiendo la palabra «filosófica» como subrayando que también él, como todos, tenía derecho a hablar de filosofía. &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich sonrió otra vez. &lt;br /&gt;«También él tiene una filosofía propia: la de servir sus inclinaciones», pensó. &lt;br /&gt;–Deja la filosofía ––dijo en voz alta–. El fin principal de la filosofía de todas las épocas consiste precisamente en en contrar &lt;br /&gt;la relación necesaria que debe existir entre el interés personal y el común. Pero no se trata de eso; debo corregir tu &lt;br /&gt;comparación. Los abedules que decías no estaban plantados en tierra  y éstos sí, aunque, como no están crecidos aún, hay que &lt;br /&gt;cuidarlos. Sólo tienen porvenir, sólo pueden figurar en la historia, los pueblos que tienen consciencia de lo que hay de &lt;br /&gt;necesario a importante en sus instituciones y las aprecian. &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich l levó así el tema a un terreno histórico –filosófico inaccesible para su hermano, demostrándole todo lo &lt;br /&gt;injusto de su punto de vista. &lt;br /&gt;–Se trata de que a ti esto no te gusta y ello es, y perdóname, característico de nuestra pereza rusa, de nuestra clase. Mas estoy &lt;br /&gt;seguro de que es un error pasajero que no durará. &lt;br /&gt;Levin callaba. Se reconocía batido en toda la línea, pero a la vez comprendía que su hermano no había sabido interpretar su &lt;br /&gt;pensamiento. No veía si no había sido comprendido por no saber explicarse  mejor y con más claridad o porque el otro no &lt;br /&gt;quería comprenderle. Mas no profundizó en aquellos pensa mientos y, sin replicar a su hermano, permaneció pensativo, en -&lt;br /&gt;simismado en el asunto personal que entonces le preocupaba. &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich volteó una vez más el sedal en tomo a la caña. Luego desataron el caballo y regresaron a casa. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;IV&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 105&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El asunto personal que preocupaba a Levin durante su con versación con su hermano era el siguiente: cuando el año pa sado, &lt;br /&gt;habiendo ido Levin a la siega, se enfadó con su  encargado, empleó su medio habitual de calmarse: coger una guadaña de &lt;br /&gt;manos de un campesino y ponerse a segar. &lt;br /&gt;El trabajo le gustó tanto que algunas veces se puso espontáneamente a guadañar; segó todo el prado de frente de casa, y este &lt;br /&gt;año, ya desde la primavera, se había formado el plan de pasar días enteros guadañando con los campesinos. &lt;br /&gt;Desde que había llegado su hermano, Constantino Levin no hacía más que pensar si debía hacer lo proyectado o no. No le &lt;br /&gt;parecía bien dejar solo a su hermano durante días enteros y además temía que Sergio Ivanovich se burlara de él. &lt;br /&gt;Pero mientras pasaba por el prado, al recordar el placer que le producía manejar la guadaña, resolvió hacerlo. Y tras la &lt;br /&gt;disputa con su hermano volvió a recordar su decisión. &lt;br /&gt;«Necesito ejercicio físico», pensó. «De lo contrario, se me agria el carácter.» &lt;br /&gt;Resolvió, pues; tomar parte en la siega, aunque pareciera incorrecto con respecto a su hermano, y miráralo la gente como lo &lt;br /&gt;mirara. &lt;br /&gt;Por la tarde se fue al despacho, dio órdenes para el trabajo y envió a buscar segadores en los pueblos cercanos, a fin de segar &lt;br /&gt;al día siguiente el prado de Vibumo, que era el mayor y el mejor de todos. &lt;br /&gt;–Hagan también el favor de enviar mi guadaña a Tit, para que la afile y me la tenga lista para mañana. Quizá traba je yo &lt;br /&gt;también –dijo, tratando de disimular su turbación. &lt;br /&gt;El encargado, sonriendo, repuso: &lt;br /&gt;–Bien, señor. &lt;br /&gt;Por la noche, durante el té, Levin dijo a su hermano: &lt;br /&gt;–Como el tiempo parece bueno, mañana empiezo a segar. &lt;br /&gt;–Es muy interesante ese trabajo –dijo Sergio Ivanovich. &lt;br /&gt;–A mí me encanta. A veces he segado yo con los aldeanos. Mañana me propongo hacerlo todo el día. &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich, levantando la cabeza, miró a su hermano con atención. &lt;br /&gt;–¿Cómo? ¿Con los campesinos? ¿Igual que ellos? ¿Todo el día? &lt;br /&gt;–Sí; es muy agradable –contestó Levin. &lt;br /&gt;–Como ejercicio físico es excelente, pero no sé si podrás resistirlo –dijo Sergio Ivanovich sin ironía alguna. &lt;br /&gt;–Lo he probado. Al principio parece difícil, pero luego se acostumbra uno. Espero no quedarme rezagado. &lt;br /&gt;–¡Vaya, vaya! Pero dime: ¿qué opinan de eso los aldeanos? Seguramente se burlarán de las manías de su señor. &lt;br /&gt;–No lo creo. Ese trabajo es tan atrayente y a la vez tan difícil que no queda tiempo para pensar. &lt;br /&gt;–¿Y cómo vas a comer con ellos? Porque seguramente no irán a llevarte allí el vino Laffite y el pavo asado. &lt;br /&gt;–No. Vendré a casa mientras ellos descansan. &lt;br /&gt;A la mañana siguiente, Levin se levantó más temprano que nunca, pero las órdenes que tuvo que dar le entretuvieron y, &lt;br /&gt;cuando llegó al prado, los segadores empezaban ya la segunda hilera. &lt;br /&gt;Desde lo alto de la colina se descubría la parte segada del prado, con los bultos negros de los caftanes que se habían qui tado &lt;br /&gt;l</description>
            <pubDate>Sat, 26 May 2007 22:04:40 +0100</pubDate>
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            <link>http://tolstoi.blogcindario.com/2007/05/00009.html</link>
            <description>Esa vida se descubría gracias a la religión, pero una religión que no tenía nada de común con la que profesaba Kitty desde su &lt;br /&gt;infancia, y que consistía en asistir a oficios y víspe ras en el «Asilo de Viudas Nobles», donde se encontraba gente conocid a, y &lt;br /&gt;en aprender de memoria con los «padrecitos» ortodoxos los textos religiosos eslavos. &lt;br /&gt;La nueva idea que ahora recibía de la religión era elevada, mística, unida a sentimientos y pensamientos hermosos. Así cabía &lt;br /&gt;creer en la religión no porque estuviera ordenado, sino porque la creencia resultaba digna de ser amada. &lt;br /&gt;Kitty no llegó a tal conclusión porque se lo dijeran.  Madame Stal hablaba con Kitty como con una niña simpática, &lt;br /&gt;admirándola, hallando en ella los recuerdos de su propia juventud. Sólo una vez le dijo que en todas las penas humanas no hay &lt;br /&gt;consuelo sino en el amor de Dios y la fe, y que Cristo, en su infinita compasión por nosotros, no encuentra penas tan pequeñas &lt;br /&gt;que no merezcan su consuelo. Y poco después, madame Stal cambió de conversación. &lt;br /&gt;Pero en cada uno de sus movimientos, de sus palabras, de sus miradas celestiales, como calificaba Kitty las miradas de &lt;br /&gt;madame Stal, y sobre todo en la historia de su vida, que Kitty conoció por Vareñka, aprendió la joven «lo más importante», &lt;br /&gt;hasta entonces ignorado por ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 95&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así, notó que, al preguntarle por sus padres, la Stal sonreía con desdén, lo que era contrario a la caridad cristiana. Tam bién &lt;br /&gt;advirtió que, una vez que Kitty halló allí a un cura cató lico, madame Stal procuraba mantener su rostro  fuera de la luz de la &lt;br /&gt;lámpara mientras sonreía de un modo peculiar. &lt;br /&gt;Por insignificantes que fueran estas observaciones, pertur baban a Kitty, despertando dudas en ella sobre  madame Stal. &lt;br /&gt;Vareñka, en cambio, sola en el mundo, sin parientes ni ami gos, con s u triste desengaño, no esperando nada de la vida ni &lt;br /&gt;sufriendo ya por nada, era el tipo de la perfección con que la Princesita soñaba. &lt;br /&gt;Kitty llegó a comprender que a Vareñka le bastaba olvidarse de sí misma y amar a los demás para sentirse serena, buena y &lt;br /&gt;feliz. Así habría deseado ser ella. Comprendiendo ya con claridad qué era «lo más importante», Kitty no se limitó a admirarlo, &lt;br /&gt;sino que se entregó en seguida con toda su alma a aquella vida nueva que se abría ante ella. Por las referencias de Vareñka &lt;br /&gt;respecto a cómo procedían madame Stal y otras personas que le nombraba, Kitty trazó el plan de su vida para el futuro. Como &lt;br /&gt;la sobrina de madame Stal, Alina, de la que Vareñka le hablaba mucho, Kitty se propuso, doquiera que estuviese, buscar a los &lt;br /&gt;desgraciados, auxiliarles en la medida de sus fuerzas, regalarles evangelios y leerlos a los enfermos, criminales y moribundos. &lt;br /&gt;La idea de leer el Evangelio a los criminales, como hacía Alma, era lo que más seducía a Kitty. Pero la joven guardaba en &lt;br /&gt;secreto estas ilusiones sin comunicarlas ni a Vareñka ni a su madre. &lt;br /&gt;En espera del momento en que pudiera realizar sus planes con más amplitud, Kitty encontró en el balneario, donde había &lt;br /&gt;tantos enfermos y desgraciados, la posibilidad de practicar las nuevas reglas de vida que se imponía, a imitación de Vareñka. &lt;br /&gt;La Princesa, al principio, no observó sino que su hija es taba muy influida por su  engouement, como ella decía, hacia &lt;br /&gt;madame Stal y sobre todo hacia Vareñka. Notaba que no sólo Kitty imitaba a la muchacha en su activ idad, sino que la imitaba, &lt;br /&gt;sin darse cuenta, en su modo de andar, de hablar, hasta de mover las pestañas. Pero después la Princesa reparó en que se &lt;br /&gt;operaba en Kitty, aparte de su admiración por Vareñka, un importante cambio espiritual. &lt;br /&gt;Veía a su hija leer por las noches el Evangelio francés que le regalara madame Stal, cosa que antes no hacía nunca; reparaba &lt;br /&gt;en que rehuía las amistades del gran mundo y en que trataba mucho a los enfermos protegidos de Vareñka y, en especial, a una &lt;br /&gt;familia pobre: la del pintor Petrov, que estaba muy enfermo. &lt;br /&gt;Kitty se mostraba orgullosa de desempeñar el papel de enfermera en aquella familia. &lt;br /&gt;Todo ello estaba bien y la Princesa no tenía nada que obje tar contra aquella actividad de su hija, tanto más cuanto que la &lt;br /&gt;mujer de Petrov era una persona distinguida, y que la princesa alemana, al enterarse de lo que hacía Kitty, la había elogiado, &lt;br /&gt;llamándola un ángel consolador. &lt;br /&gt;Sí, todo habría estado muy bien de no ser exagerado. Pero la Princesa advertía que su hija tendía a exagerar  y hubo de &lt;br /&gt;advertirla. &lt;br /&gt;–Il ne faut jamais rien outrer. &lt;br /&gt;Kitty, no obstante, nada contestaba, sino que se limitaba a pensar que no puede haber exageración en hacer obras carita tivas. &lt;br /&gt;¿Acaso es exagerado seguir el precepto de presentar la me jilla izquierda al que nos abofetea la derecha o el de dar la camisa a &lt;br /&gt;quien le quita a uno el traje? &lt;br /&gt;Pero a la Princesa le desagradaban tales extremos, y más aún el comprender que su hija ahora no le abría completamente el &lt;br /&gt;corazón. En realidad, Kitty ocultaba a la Princesa sus nuevas impresiones y sentimientos no porque no quisiera o no respetara a &lt;br /&gt;su madre, sino precisamente por ser madre suya. &lt;br /&gt;Mejor habría abierto su corazón ante cualquiera que ante ella. &lt;br /&gt;–Hace mucho tiempo que Ana Pavlovna no viene a casa –dijo una vez la Princesa, refiriéndose a la Petrova–. La he invitado &lt;br /&gt;a venir, pero me ha parecido que estaba algo disgustada conmigo... &lt;br /&gt;–No lo he notado ––dijo Kitty ruborizándose. &lt;br /&gt;–¿Hace mucho que no les has visto? &lt;br /&gt;–Mañana tenemos que ir a dar un paseo hasta las montañas –repuso Kitty. &lt;br /&gt;–Bien; id –dijo la Princesa, contemplando el rostro turbado de su hija y esforzándose en adivinar las causas de su confusión. &lt;br /&gt;Aquel mismo día Vareñka comió con ellos y anunció que la Petrova desistía del paseo a la montaña. La Princ esa notó que &lt;br /&gt;Kitty volvía a ruborizarse. &lt;br /&gt;–¿Te ha sucedido algo desagradable con los Petrov, Kitty? –preguntó la Princesa cuando quedaron a solas, ¿Por qué no envía &lt;br /&gt;aquí a los niños ni viene nunca? &lt;br /&gt;Kitty contestó que no había pasado nada y que no comprendía que Ana Pavlovna pudiera estar disgustada con ella. &lt;br /&gt;Y decía verdad. No conocía en concreto el motivo de que la Petrova hubiera cambiado de actitud hacia ella, pero lo adi -&lt;br /&gt;vinaba. Adivinaba algo que no podía decir a su madre, una de esas cosas que uno sab e pero que no puede ni confesarse a sí &lt;br /&gt;mismo por lo vergonzoso y terrible que sería cometer un error. &lt;br /&gt;Recordaba sus relaciones con la familia Petrov. Evocaba la ingenua alegría que se pintaba en el bondadoso rostro redondo de &lt;br /&gt;Ana Pavlovna cuando se encontr aban, recordaba sus con versaciones secretas respecto al enfermo, sus invenciones para &lt;br /&gt;impedirle trabajar, lo que le habían prohibido los médi cos, y para sacarle de paseo. Se acordaba del afecto que le te nía el niño &lt;br /&gt;pequeño, que la llamaba «Kitty mía» y no quería acostarse si ella no estaba a su lado para hacerle dormir. &lt;br /&gt;¡Qué agradables eran aquellos recuerdos! Luego evocó la fi gura delgada de Petrov, su cuello largo, su levita de color &lt;br /&gt;castaño, sus cabellos ralos y rizados, sus interrogativos ojos azule s que al principio asustaban a Kitty, y recordó también los &lt;br /&gt;esfuerzos que hacía para aparentar fuerza y animación ante ella. &lt;br /&gt;Además se acordaba de la repugnancia que él le inspiraba al principio  –como se la inspiraban todos los tuberculosos  y el &lt;br /&gt;cuidado con que escogía las palabras que le tenía que de cir. Volvía a ver la mirada tímida y conmovida que le dirigía Petrov y &lt;br /&gt;experimentaba de nuevo el extraño sentimiento de compasión y humildad, unido a la consciencia de obrar bien, que la &lt;br /&gt;embargaba en aquellos instantes.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentario: «No hay que &lt;br /&gt;exagerar nunca.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 96&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí: todo ello se había deslizado perfectamente en los pri meros días. Ahora, desde hacía poco, todo había cambiado. Ana &lt;br /&gt;Pavlovna recibía a Kitty con amabilidad fingida y vigilaba sin cesar a su marido y a la joven. &lt;br /&gt;¿Era posible que la conmove dora alegría que experimen taba Petrov al llegar ella fuera la causa de la frialdad de Ana &lt;br /&gt;Pavlovna? &lt;br /&gt;« Sí», pensaba Kitty; había algo poco natural en Ana Pav lovna, algo que no era propio de su bondad en el acento con que &lt;br /&gt;dos días antes le dijera enojada: &lt;br /&gt;–Mi marido la esperaba; no quería tomar el café hasta que usted llegase, aunque sentía debilidad... &lt;br /&gt;«Sí; quizá la Petrova se disgustó conmigo por haberle dado la manta a su marido. El hecho en sí carece de importancia... &lt;br /&gt;Pero él la cogió turbándose y me di o tantas veces las gracias que quedé confundida... Y luego ese retrato mío que ha pin tado &lt;br /&gt;tan admirable... Y lo peor es su mirada, tan dulce, tan tí mida... Sí, sí; eso es», se repetía Kitty, horrorizada. « Pero no debe, no &lt;br /&gt;puede ser. ¡El pobre me inspira tanta compasión ...!» &lt;br /&gt;Aquella duda envenenaba, ahora, el encanto de su nueva vida. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XXXIV &lt;br /&gt;Poco antes de concluir el período de cura de aguas, el prín cipe Scherbazky vino a reunirse con su familia, que desde &lt;br /&gt;Carlsbad había ido a Baden y a Kessingen para visitar a unos amigos rusos, para respirar aire ruso, como él decía. &lt;br /&gt;Las opiniones del Príncipe y de su esposa respecto a la vida en el extranjero eran diametralmente opuestas. &lt;br /&gt;La Princesa lo encontraba todo admirable y, pese a su buena posición en la soci edad rusa, en el extranjero procuraba parecer &lt;br /&gt;una dama europea, lo que conseguía con dificultad, ya que, tratándose en realidad de una dama rusa, tenía que fingir y ello la &lt;br /&gt;cohibía bastante. &lt;br /&gt;El Príncipe, por el contrario, encontraba malo todo lo extranjero, le aburría la vida europea, conservaba sus costumbres rusas &lt;br /&gt;y fuera de su patria procuraba mostrarse adrede menos europeo de lo que lo era en realidad. &lt;br /&gt;El Príncipe volvió más delgado, con la piel de las mejillas colgándole, pero en excelente disposici ón de ánimo, que aún &lt;br /&gt;mejoró al ver que Kitty había curado por completo. &lt;br /&gt;Las referencias de la amistad de su hija con  madame Stal y Vareñka y las observaciones de la Princesa sobre el cambio &lt;br /&gt;operado en Kitty impresionaron al Príncipe, despertando en él su h abitual sentimiento de celos hacia todo cuanto atraía a su &lt;br /&gt;hija fuera del círculo de sus afectos. Le asustaba que Kitty pu diera substrarse a su influencia, alejándose hasta parajes inac -&lt;br /&gt;cesibles para él. &lt;br /&gt;Pero tales noticias desagradables se hundieron en el mar de alegría y bondad que le animaba siempre y que había aumentado &lt;br /&gt;después de tomar las aguas de Carlsbad. &lt;br /&gt;Al día siguiente de su regreso, el Príncipe, vestido con un largo gabán, con sus fofas mejillas sostenidas por el cuello al -&lt;br /&gt;midonado, se dirigió al manantial con su hija en muy buen estado de espíritu. &lt;br /&gt;La mañana era espléndida; brillaba un sol radiante. Las ca sas limpias y alegres, con sus jardincitos, el aspecto de las sir -&lt;br /&gt;vientas alemanas, joviales en su trabajo, de manos rojas, de rostros col orados por la cerveza; todo ello llenaba de gozo el &lt;br /&gt;corazón. &lt;br /&gt;Pero al aproximarse al manantial encontraban enfermos de aspecto mucho más deplorable aún por contraste con las con -&lt;br /&gt;diciones normales de la bien organizada vida alemana. &lt;br /&gt;A Kitty ya no le sorprend ía tal contraste. El sol brillante, el vivo verdor, el son de la música, le resultaban el marco natural &lt;br /&gt;de toda aquella gente tan familiar para ella, con sus alter nativas de peor o mejor salud, de buen o mal humor a que es taban &lt;br /&gt;sujetos. &lt;br /&gt;Pero al Príncipe la luz y el esplendor de la mañana de ju nio, el sonar de la orquesta que tocaba un alegre vals de moda y, &lt;br /&gt;sobre todo, el aspecto de las rozagantes sirvientas le pare cían ilógicos y grotescos en contraste con aquellos muertos vivientes, &lt;br /&gt;llegados de toda Europa, que se movían con fatiga y tristeza. &lt;br /&gt;No obstante el sentimiento de orgullo que le inspiraba el llevar del brazo a su hija, lo que le daba la impresión de vol ver a la &lt;br /&gt;juventud, se sentía cohibido y molesto de su andar se guro, de sus miembros sólido s, de su cuerpo de robusta com plexión. &lt;br /&gt;Experimentaba lo que un hombre desnudo sentiría encontrándose en una reunión de personas vestidas. &lt;br /&gt;–Preséntame a tus nuevas amistades  ––dijo a su hija opri miéndole el brazo con el codo –. Hoy siento simpatía hasta po r la &lt;br /&gt;asquerosa agua bicarbonatada que te ha repuesto de ese modo. ¡Pero es tan triste ver esto! Oye, ¿quién es ése? &lt;br /&gt;Kitty iba nombrándole las personas conocidas y desconocidas que encontraban en el curso de su paseo. &lt;br /&gt;En la misma entrada del jardín hallaro n a madame Berta, la ciega, y el Príncipe se sintió contento ante la expresión que &lt;br /&gt;animó el rostro de la anciana francesa al oír la voz de Kitty.  Madame Berta habló al Príncipe con su exagerada amabilidad &lt;br /&gt;francesa, alabándole aquella hija tan bondadosa,  ensalzándola hasta las nubes y calificándola de tesoro, perla y ángel de &lt;br /&gt;consuelo. &lt;br /&gt;–En ese caso es el ángel número dos  –dijo el Príncipe sonriendo –, porque, según ella, el ángel número uno es la se ñorita &lt;br /&gt;Vareñka. &lt;br /&gt;–¡Oh, la señorita Vareñka es también un verdadero ángel! –afirmó madame Berta. &lt;br /&gt;En la galería encontraron a la propia Vareñka, que se diri gió precipitadamente a su encuentro. Llevaba un espléndido bolso &lt;br /&gt;de costura. &lt;br /&gt;–Ha venido papá –––dijo Kitty. &lt;br /&gt;Vareñka hizo un ademán entre saludo y reverencia, con la sencillez y naturalidad que usaba siempre en todas sus cosas. &lt;br /&gt;Luego empezó a hablar con el Príncipe como con los demás, naturalmente, sin sentirse cohibida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 97&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Ya la conozco, y bien  –dijo el Príncipe con una sonrisa de la que Kitty dedujo, con alegría,  que su padre encontraba &lt;br /&gt;simpática a Vareñka–. ¿Adónde va usted tan de prisa? &lt;br /&gt;–Es que mamá está aquí  ––dijo la muchacha dirigiéndose a Kitty –. No ha dormido en toda la noche y el doctor le ha &lt;br /&gt;aconsejado que saliera. Le llevo su labor. &lt;br /&gt;–¿Así que éste es el ángel número uno? –dijo el Príncipe después de que Vareñka se hubo marchado. &lt;br /&gt;Kitty notaba que su padre habría querido burlarse de su amiga, pero que no se atrevía a hacerlo porque también él la había &lt;br /&gt;encontrado simpática y agradable. &lt;br /&gt;–Vamos a ver a todas tus amigas –añadió él–; vamos incluso a saludar a madame Stal, si es que se digna acordarse de mí... &lt;br /&gt;–¿La conoces, papá? –preguntó Kitty con cierto temor, reparando en el fulgor irónico que iluminó los ojos del Prín cipe al &lt;br /&gt;mencionar a la Stal. &lt;br /&gt;–La conocí, así como a su marido, cuando ella no se había inscrito aún entre los pietistas. &lt;br /&gt;–¿Qué significa pietista, papá?  –preguntó la joven, desa sosegada al saber que lo que ella apreciaba tanto en  madame Stal &lt;br /&gt;tenía semejante nombre. &lt;br /&gt;–No lo sé bien, francamente... Sólo sé que ella da gracias a Dios por todas las desventuras que sufre... Por eso cuando murió &lt;br /&gt;su marido dio también gracias a Dios... Pero la cosa re sulta algo cómica, porque ambos se llevaban muy mal. ¿Quién es ése? &lt;br /&gt;¡Qué cara! ¡Da pena verle!  –exclamó el Príncipe reparando en un hombre bajito, sentado en un banco, que vestía un abrigo &lt;br /&gt;castaño y pantalones –blancos que formaban extraños pliegues sobre los descarnados huesos de sus piernas. &lt;br /&gt;Aquel señor se quitó el sombrero, descubriendo sus cabellos rizados y ralos y su ancha frente, de enfermizo matiz, levemente &lt;br /&gt;colorada ahora por la presión del sombrero. &lt;br /&gt;–Es el pintor Petrov –respondió Kitty ruborizándose–. Y ésa es su mujer –añadió indicando a Ana Pavlovna. &lt;br /&gt;La Petrova, como a propósito, al aproximarse ellos, se dirigió a uno de sus niños que jugaba al borde del paseo. &lt;br /&gt;–¡Qué pena inspira ese hombre y qué rostro tan simpático tiene! ¿Por qué no te has acercado a él? Parecía querer hablarte. &lt;br /&gt;–Entonces, vamos –dijo Kitty, volviéndose resueltamente–. ¿Cómo se encuentra hoy? –preguntó a Petrov. &lt;br /&gt;Petrov se levantó, apoyándose en su bastón, y miró con timidez al Príncipe. &lt;br /&gt;–Kitty es hija mía –dijo Scherbazky–. Celebro conocerle. &lt;br /&gt;El pintor saludó, mostrando al sonreír su blanca dentadura que brillaba extraordinariamente. &lt;br /&gt;–Ayer la esperábamos, Princesa  –dijo a Kitty. Y al hablar se tambaleó, y repitió el movimiento para fingir que lo hacía &lt;br /&gt;voluntariamente. &lt;br /&gt;–Yo iba a ir, pero Vareñka me avisó de que ustedes no salían de paseo. &lt;br /&gt;–¿Cómo que no? –dijo Petrov, sonrojándose. Luego tosió y buscó a su mujer con los ojos–: ¡Anita, Anita! –gritó. &lt;br /&gt;Y en su delgado cuello se hincharon sus venas, gruesas como cuerdas. &lt;br /&gt;Ana Pavlovna se acercó. &lt;br /&gt;–¿Cómo mandaste dar recado a la Princesa de que no íbamos de paseo? –preguntó Petrov irritado. &lt;br /&gt;La emoción ahogaba su voz. &lt;br /&gt;–Buenos días, Princesa  –saludó Ana Pavlovna con fin gida sonrisa, en tono harto distinto al que había empleado siempre &lt;br /&gt;cuando hablaba con ella–. Mucho gusto en conocerle –dijo al Príncipe–. Hace tiempo que le esperaban... &lt;br /&gt;–¿Por qué has mandado decir a la Princesa que no iríamos de paseo? –repitió su marido en voz baja y ronca, más irritado aún &lt;br /&gt;al notar que le faltaba la voz y no podía hablar en el tono que quería. &lt;br /&gt;–¡Dios mío! Creí que no iríamos –repuso su mujer enojada. &lt;br /&gt;–¡Cómo que no! Sí, iremos porque... –y Petrov tosió otra vez y agitó la mano. &lt;br /&gt;El Príncipe se quitó el sombrero y se apartó. &lt;br /&gt;–¡Desgraciados! –murmuró afligido. &lt;br /&gt;–Sí, papá –contestó Kitty–. Has de saber que tienen tres niños, que carecen de criados y qu e apenas poseen recursos. La &lt;br /&gt;Academia le envía algo –seguía diciendo, con animación, para calmar el mal efecto que le produjera la actitud de la Petrova –. &lt;br /&gt;Allí está madame Stal –concluyó mostrando un cochecillo en el cual, entre almohadones, envuelta en ro pas grises y azul ce -&lt;br /&gt;leste, bajo una sombrilla, se veía una figura humana. &lt;br /&gt;Era madame Stal. Tras ella estaba un robusto y taciturno mozo alemán que empujaba el coche. A su lado iba un conde sueco, &lt;br /&gt;un hombre muy rubio a quien Kitty conocía de nombre, Varios enfermos rodeaban el cochecillo, contemplando a madame Stal &lt;br /&gt;con veneración, como a algo extraordinario. &lt;br /&gt;El Príncipe se acercó y en sus ojos vio Kitty de nuevo el irónico fulgor que tanto la intimidaba. &lt;br /&gt;Al llegar junto a madame Stal, el Príncipe le habló en excelente francés, como muy pocos lo hablan hoy, manifestándose con &lt;br /&gt;respeto y cortesanía. &lt;br /&gt;–No sé si usted me recuerda; pero en todo caso me per mito hacerme recordar para agradecerle sus bondades con mi hija  –&lt;br /&gt;dijo Scherbazky quitándose el sombrero y conservándolo en la mano. &lt;br /&gt;–Encantada, príncipe Alejandro Scherbazky –dijo la Stal, alzando hacia él sus ojos celestiales en los que Kitty observó cierto &lt;br /&gt;disgusto–. Quiero mucho a su hija. &lt;br /&gt;–¿Sigue mal su salud? &lt;br /&gt;–Sí, pero ya estoy acostumbrada –contestó madame Stal. &lt;br /&gt;Y presentó al Príncipe el conde sueco. &lt;br /&gt;–Ha cambiado usted un poco ––dijo Scherbazky– desde los diez a once años que no he tenido el honor de verla. &lt;br /&gt;–Sí. Dios, que da la cruz, da también energías para sopor tarla. A menudo hace que uno piense: ¿par a qué durará tanto esta &lt;br /&gt;vida? ¡Así no; de otro modo!  –ordenó con irritación a Vareñka, que le envolvía los pies en la manta de una forma di ferente a &lt;br /&gt;como ella quería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 98&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Seguramente dura para permitirle hacer el bien –––dijo el Príncipe riéndose con los ojos. &lt;br /&gt;–Nosotros no somos quiénes para juzgarlo  –repuso madame Stal, observando la expresión del rostro del Prín cipe–. ¿Me &lt;br /&gt;enviará usted ese libro, querido Conde? Se lo agradeceré mucho –dijo, de repente, dirigiéndose ahora al conde sueco. &lt;br /&gt;–¡Ah! –exclamó el Príncipe, divisando al coronel, que no estaba lejos de allí. &lt;br /&gt;Y, saludando con la cabeza a la señora Stal, se alejó con su hija y con el coronel, que se reunió con ellas. &lt;br /&gt;–He aquí nuestra aristocracia, ¿verdad, Príncipe?  –dijo en tono irónico el coronel, qu e se sentía molesto con la señora Stal &lt;br /&gt;porque no se relacionaba con él. &lt;br /&gt;–Está igual que siempre –comentó el Príncipe. &lt;br /&gt;–¿La conocía usted antes de enfermar? Me refiero a antes de que tuviera que guardar cama. &lt;br /&gt;–Sí; la conocí precisamente cuando enfermó y hubo de guardar cama. &lt;br /&gt;–Dicen que no se levanta desde hace diez años. &lt;br /&gt;–No se levanta porque tiene las piernas muy cortas. Es contrahecha. &lt;br /&gt;–¡Imposible, papá! –exclamó Kitty. &lt;br /&gt;–Eso dicen las malas lenguas, querida. ¡Y qué mal trata a Vareñka! ¡Oh, estas señoras enfermas! –añadió. &lt;br /&gt;–No, papá –replicó Kitty con calor–. Vareñka la adora. ¡Y madame Stal hace mucho bien! Pregunta a quien quieras. A ella y &lt;br /&gt;a Alina Stal todos los conocen. &lt;br /&gt;–Puede ser  –dijo el Príncipe, apretándole el brazo con el codo –. Pero yo encuentro m ejor hacer el bien sin que nadie se &lt;br /&gt;entere. &lt;br /&gt;Kitty calló no porque no supiera qué decir, sino porque no quería confiar a su padre sus pensamientos secretos. Por ex traño &lt;br /&gt;que fuese, aunque no quería someterse a la opinión de su padre ni abrirle el camino de  su santuario íntimo, notó que aquella &lt;br /&gt;imagen divina de  madame Stal que durante un mes entero llevara dentro de su alma desaparecía definitivamente, como la &lt;br /&gt;figura que forma un vestido colgado desaparece defi nitivamente cuando se repara que no se trata sin o de eso: de un vestido &lt;br /&gt;colgado. &lt;br /&gt;Ahora en su cerebro no persistía sino la visión de una mujer corta de piernas que permanecía acostada porque era deforme y &lt;br /&gt;que martirizaba a la pobre Vareñka porque no le arreglaba bien la manta en tomo a los pies. Y ningún  esfuerzo de su imagina-&lt;br /&gt;ción pudo reconstruir la anterior imagen de madame Stal. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XXXV &lt;br /&gt;El buen estado de ánimo del Príncipe se contagió a su fa milia, a sus amigos y hasta al alemán dueño de la casa en que &lt;br /&gt;habitaban los Scherbazky. &lt;br /&gt;Al volver del manantial, habiendo invitado al coronel, a María Evgenievna y a Vareñka a tomar café, el Príncipe or denó que &lt;br /&gt;sacasen la mesa al jardín, bajo un castaño, y que sirviesen allí el desayuno. &lt;br /&gt;Al influjo de la alegría de su amo, los criados, que cono cían la munificencia del Príncipe, se animaron también. Du rante &lt;br /&gt;media hora un médico de Hamburgo, enfermo, que vivía en el piso alto, contempló con envidia aquel alegre grupo de rusos, &lt;br /&gt;todos sanos, reunidos bajo el añoso árbol. &lt;br /&gt;A la sombra movediza de las ramas, ante la me sa cubierta con el blanco mantel, con cafeteras, pan, mantequilla, queso y &lt;br /&gt;caza fambre, estaba sentada la Princesa, tocada con su cofia de cintas lila, llenando las tazas y distribuyendo los bocadillos. &lt;br /&gt;Al otro extremo de la mesa se sentaba el Príncipe, co miendo con apetito y hablando animadamente en voz alta. A su &lt;br /&gt;alrededor se veían las compras que había hecho: cajitas de madera labrada, juguetitos, plegaderas de todas clases. Había &lt;br /&gt;comprado un montón de aquellas cosas y las regalaba a todos, incluso a Li sgen, la criada, y al casero, con el que bromeaba en &lt;br /&gt;su cómico alemán chapurreado, asegurando que no eran las aguas las que habían curado a Kitty, sino la buena cocina del dueño &lt;br /&gt;de la casa y sobre todo su compota de ciruelas secas. &lt;br /&gt;La Princesa se burlaba  de su marido por sus costumbres ru sas, pero se sentía más animada y alegre de lo que había es tado &lt;br /&gt;hasta entonces durante su permanencia en las aguas. &lt;br /&gt;El coronel celebraba también las bromas del Principe, pero cuando se trataba de Europa, que él imaginaba  haber estudiado a &lt;br /&gt;fondo, estaba de parte de la Princesa. &lt;br /&gt;La bondadosa María Evgenievna reía de todo corazón con las ocurrencias de Scherbazky y Vareñka reía de un modo suave &lt;br /&gt;pero comunicativo, cosa que Kitty no le había visto nunca hasta entonces, ante las alegres chanzas del Principe. &lt;br /&gt;Todo ello animaba a Kitty, pero, no obstante, se sentía pre ocupada. No sabía cómo resolver el problema que su padre le &lt;br /&gt;habla planteado involuntariamente con su modo de considerar a sus amigas y aquel género de vida que ella amaba últimamente &lt;br /&gt;con toda su alma. &lt;br /&gt;A este problema se unía el de sus relaciones con los Petrov, hoy puestas en claro de un modo harto desagradable. &lt;br /&gt;Viendo la alegría de los demás, Kitty sentía crecer su agita ción; y experimentaba un sentimiento análogo al que sufría en su &lt;br /&gt;infancia cuando la castigaban encerrándola en su cuarto desde el que oía a sus hermanos reír alegremente. &lt;br /&gt;–¿Por qué has comprado tantas chucherías? –preguntó la Princesa a su marido, sirviéndole una taza de café. &lt;br /&gt;–Porque, al salir de  paseo y acercarme a las tiendas, me rogaban que comprase diciendo:  «Erlaucht, Exzellenz, Durch -&lt;br /&gt;laucht». Al oír decir Durjlancht, me sentía incapaz de resistir y se me iban diez táleros como por arte de magia. &lt;br /&gt;–No es verdad. Lo comprabas porque te aburrías –dijo la Princesa. &lt;br /&gt;–¡Claro que porque me aburría! Aquí todo es tan aburrido que no sabe uno dónde meterse. &lt;br /&gt;–¿Es posible que se aburra, Príncipe, con el número de cosas interesantes que hay ahora en Alemania?  –dijo María &lt;br /&gt;Evgenievna.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentario: «Augusto, &lt;br /&gt;excelencia, alteza.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 99&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Conozco todo lo inter esante: la compota de ciruelas, la conozco; el salchichón con guisantes, lo conozco. ¡Lo co nozco &lt;br /&gt;todo! &lt;br /&gt;–Diga usted lo que quiera, Príncipe, las instituciones alemanas son muy interesantes –observó el coronel. &lt;br /&gt;–¿Qué hay de interesante? Los alemanes palmot ean y gri tan como niños, de contento, porque acaban de vencer a sus &lt;br /&gt;enemigos; pero ¿por qué he de estar contento yo? Yo no he vencido a nadie y, en cambio, tengo que quitarme yo mismo las &lt;br /&gt;botas y, además, dejarlas junto a la puerta. Por las mañanas he de levantarme, vestirme a ir al salón para tomar un mal té. ¡Qué &lt;br /&gt;distinto es en casa! Se despierta uno sin prisas, y si está enfadado o irritado, tiene tiempo de calmarse, de meditar bien las &lt;br /&gt;cosas, sin precipitaciones... &lt;br /&gt;–Olvida usted que el tiempo es oro –dijo el coronel. &lt;br /&gt;–¡Según el tiempo que sea! Hay tiempo que puede ven derse a razón de un copeck por mes, y en otras ocasiones no se daría &lt;br /&gt;media hora por nada del mundo... ¿No es verdad, Kateñka? Pero ¿qué te pasa? ¿Estás triste? &lt;br /&gt;–No, no estoy triste. &lt;br /&gt;–¿Se va ya? Quédese un poco –dijo el Principe a Vareñka. &lt;br /&gt;–Tengo que volver a casa –repuso ella, levantándose y riendo aún gozosamente. &lt;br /&gt;Cuando le pasó el acceso de risa, se despidió y entró en la casa para ponerse el sombrero. &lt;br /&gt;Kitty la siguió. Hasta la propia  Vareñka se le presentaba ahora bajo un aspecto distinto. No es que le pareciera peor, sino &lt;br /&gt;diferente de como ella la imaginara antes. &lt;br /&gt;–¡Hace tiempo que no había reído como hoy! –dijo Vareñka, cogiendo la sombrilla y el bolso–. ¡Qué simpático es su papá! &lt;br /&gt;Kitty callaba. &lt;br /&gt;–¿Cuándo nos veremos? –preguntó Vareñka. &lt;br /&gt;–Mamá quería visitar a los Petrov. ¿Estará usted allí? –preguntó Kitty mirando a su amiga. &lt;br /&gt;–Estaré –contestó Vareñka–. Están preparándose para marchar y les prometí acudir para ayudarles a hacer el equipaje. &lt;br /&gt;–Entonces iré yo también. &lt;br /&gt;–No. ¿Por qué va a ir usted? &lt;br /&gt;–¿Por qué? ¿Por qué? –repuso Kitty abriendo desmesuradamente los ojos y asiendo la sombrilla de Vareñka para no dejarla &lt;br /&gt;marchar–. ¿Por qué no? &lt;br /&gt;–¡Como ha venido su papá! Y además ellos se sienten cohibidos ante usted. &lt;br /&gt;–No es eso. Dígame por qué no quiere que visite a los Petrov a menudo. ¡No, no quiere usted! Dígame el motivo. &lt;br /&gt;–Yo no he dicho esto –replicó Vareñka, sin alterarse. &lt;br /&gt;–Le ruego que me lo diga. &lt;br /&gt;–¿Quiere de verdad que se lo diga todo? –preguntó la muchacha. &lt;br /&gt;–¡Todo, todo! –aseguró Kitty. &lt;br /&gt;–Pues no hay nada de particular, salvo que Mijail Alexie vich –aquél era el nombre del pintor – antes quería marchar sin &lt;br /&gt;demora y ahora no se resuelve a partir. &lt;br /&gt;–¿Y qué más? –apremió Kitty mirándola gravemente–. Pues que Ana Pavlovna dijo que su marido no quiere irse porque está &lt;br /&gt;usted aquí. Ello lo dijo sin razón alguna, pero por ese motivo, por usted, hubo una disputa muy violenta entre los esposos. Ya &lt;br /&gt;sabe lo irritables que son los enfermos... &lt;br /&gt;Kitty, más taciturna cada vez, guardaba silencio. Vareñka seguía monologando tratando de calmarla y suavizar la expli -&lt;br /&gt;cación, porque veía que Kitty estaba a punto de romper a llorar. &lt;br /&gt;–Ya ve que es mejor que no vaya. Usted se hará cargo; no se ofenda, pero... &lt;br /&gt;–¡Me lo merezco! ¡Me lo merezco! –dijo Kitty rápidamente, arrancando la sombrilla de manos de su amiga sin osar mirarla a &lt;br /&gt;los ojos. &lt;br /&gt;Vareñka sentía impulsos de sonreír ante la infantil cólera de su amiga, pero se contuvo por no ofenderla. &lt;br /&gt;–¿Por qué se lo merece? No comprendo –dijo. &lt;br /&gt;–Lo merezco porque todo esto que he estado haciendo era falso, fingido y no me salía del corazón. ¿Qué tengo yo que ver &lt;br /&gt;con ese hombre ajeno a mí? ¡Y resulta que provoco una disputa por meterme a hacer lo que nadie me pedía! Es la consecuencia &lt;br /&gt;de fingir. &lt;br /&gt;–¿Qué necesidad había de fingir? –preguntó, en voz baja, Vareñka. &lt;br /&gt;–¡Qué estúpido y qué vil ha sido lo que he hecho! ¡No, no había necesidad de fingir nada!  –insistía Kitty, abriendo y &lt;br /&gt;cerrando nerviosamente la sombrilla. &lt;br /&gt;–Pero ¿con qué fin fingía? &lt;br /&gt;–Para parecer más buena ante la gente, ante mí, ante Dios. ¡Para engañar a todos! No volveré a caer en ello. Es preferible ser &lt;br /&gt;mala que mentir y engañar. &lt;br /&gt;–¿Por qué dice usted engañar? –dijo, con reproche, Vareñka–. Lo dice usted como si... &lt;br /&gt;Pero Kitty, presa de un arrebato de excitación, no la dejó terminar. &lt;br /&gt;–No lo digo por usted; no se trata de usted. ¡Usted es per fecta, lo sé! Sí, sé que todas ustedes son perfectas. Pero ¿qué puedo &lt;br /&gt;hacer yo si soy mala? Si yo no fuese mala, todo eso no habr ía sucedido. Seré la que soy, pero sin fingir. ¿Qué me im porta Ana &lt;br /&gt;Pavlovna? Que ellos vivan como quieran y yo vi viré también como me plazca. No puedo ser sino como soy. No es eso lo que &lt;br /&gt;quiero, no, no es eso... &lt;br /&gt;–¿Qué es lo que no quiere? ¿A qué se refiere usted? –preguntó Vareñka, sorprendida. &lt;br /&gt;–No, no es eso... No puedo vivir más que obedeciendo a mi corazón, mientras que ustedes viven según ciertas reglas... Yo &lt;br /&gt;las he querido a ustedes con el alma y ustedes sólo me han querido a mí para salvarme, para enseñarme... &lt;br /&gt;–No es usted justa –observó Vareñka.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 100&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No digo nada de los demás; hablo de mí. &lt;br /&gt;–¡Kitty! –gritó la voz de su madre–. Ven a enseñar tu collar a papá. &lt;br /&gt;Kitty, altanera, sin hacer las paces con su amiga, tomó de encima de la mesa la cajita con el co llar y fue a reunirse con su &lt;br /&gt;madre. &lt;br /&gt;–¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan encarnada? –le dijeron, a la vez, su padre y su madre. &lt;br /&gt;–No es nada –contestó Kitty–. En seguida vuelvo. &lt;br /&gt;Y se precipitó de nuevo en la habitación. &lt;br /&gt;«Aún está aquí», pensó. «¡Dios mío¡ ¿Qu é he hecho, qué he dicho? ¿Por qué la he ofendido? ¿Y qué hará ahora? ¿Qué le &lt;br /&gt;diré?» , y se detuvo junto a la puerta. &lt;br /&gt;Vareñka, ya con el sombrero puesto, examinaba, sentada a la mesa, el muelle de la sombrilla que Kitty había roto en su &lt;br /&gt;arrebato. Al entrar ésta, alzó la cabeza. &lt;br /&gt;–¡Perdóneme, Vareñka, perdóneme! –murmuró Kitty, acercándose–. No sé ni lo que le he dicho... Yo... &lt;br /&gt;–Por mi parte le aseguro que no quise disgustarla... –dijo la muchacha, sonriendo. &lt;br /&gt;Hicieron las paces. &lt;br /&gt;Pero con la llegada de su padr e había cambiado por com pleto todo el ambiente en que Kitty vivía. No renegaba de lo que &lt;br /&gt;había aprendido, pero comprendió que se engañaba a sí misma pensando que podría ser lo que deseaba. Le parecía haber &lt;br /&gt;despertado de un sueño. Reconocía ahora la dificultad de poder mantenerse a la altura de los hechos sin fingir ni enorgullecerse &lt;br /&gt;de su actitud. Sentía, además, el dolor de aquel mundo de penas, de enfermedades, aquel mundo de moribundos en el que vivía. &lt;br /&gt;Los esfuerzos que hacía sobre sí misma para amar l o que la rodeaba le parecieron una tortura y deseó volver pronto al aire &lt;br /&gt;puro, a Rusia, a Erguchovo, donde, según la habían informado, había ido a vivir con sus hijos su hermana Dolly. &lt;br /&gt;Pero su cariño a Vareñka no disminuyó. Al despedirse, Kitty le rogó que fuera a visitarla y a pasar una temporada con ella. &lt;br /&gt;–Iré cuando usted se case –dijo la muchacha. &lt;br /&gt;–No me casaré nunca. &lt;br /&gt;–Entonces nunca iré. &lt;br /&gt;–En ese caso lo haré aunque sólo sea para que venga. ¡Pero recuerde usted su promesa! –dijo Kitty. &lt;br /&gt;Los augurios del doctor se realizaron: Kitty volvió curada a su casa, en Rusia. &lt;br /&gt;No era tan despreocupada y alegre como antes, pero estaba tranquila. El dolor que sufriera en Moscú no era ya para ella más &lt;br /&gt;que un recuerdo. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;TERCERA PARTE &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;I &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich Kosnichev quiso  descansar de su trabajo intelectual y, en vez de marchar al extranjero, según acostum -&lt;br /&gt;braba, se fue a finales de mayo al campo para disfrutar de una temporada al lado de su hermano. &lt;br /&gt;Constantino Levin se sintió muy satisfecho recibiéndolo, tanto más cuanto que en aquel verano ya no contaba que llegase su &lt;br /&gt;hermano Nicolás. &lt;br /&gt;A pesar del respeto y cariño que sentía hacia Sergio Ivno vich, Constantino Levin experimentaba al lado de su hermano un &lt;br /&gt;cierto malestar. La manera que tenía éste de considerar al pueblo l e molestaba y le hacían desagradables la mayoría de las &lt;br /&gt;horas pasadas allí en su compañía. &lt;br /&gt;Para Constantino Levin el pueblo era el lugar donde se vive, es decir donde se goza, se sufre y se trabaja. &lt;br /&gt;En cambio, para su hermano, era, de una parte, el lugar d e descanso de su labor intelectual, y de otra, como un antídoto &lt;br /&gt;contra la corrupción de la ciudad, antídoto que él tomaba con placer comprendiendo su utilidad. &lt;br /&gt;Para Constantino Levin el pueblo era bueno porque consti tuía un campo de nobles actividades: al go indiscutiblemente útil. &lt;br /&gt;Para Sergio Ivanovich era bueno porque allí era posible y hasta recomendable no hacer nada. &lt;br /&gt;Además, Constantino estaba disgustado con su hermano por el modo que tenía éste de considerar a la gente humilde. Sergio &lt;br /&gt;Ivanovich decía que él la conocía mucho y la estimaba; a menudo hablaba con los campesinos, lo que sabía hacer muy bien, sin &lt;br /&gt;fingir ni adoptar actitudes estudiadas, y en todas sus conversaciones descubría rasgos de carácter que honraban al pueblo y que &lt;br /&gt;después se complacía él en generalizar. &lt;br /&gt;Este modo de opinar sobre la gente humilde no placía a Levin, para el cual el pueblo no era más que el principal colaborador &lt;br /&gt;en el trabajo común. Era grande su aprecio hacia los campesinos y el entrañable amor que por ellos sentía  –amor que sin duda &lt;br /&gt;mamó con la leche de su nodriza aldeana, como solía decir él –, y considerábase él mismo como un copartí cipe del trabajo &lt;br /&gt;común; y a veces se entusiasmaba con la ener gía, la dulzura y el espíritu de justicia de aquella gente; pero en otras  ocasiones, &lt;br /&gt;cuando el trabajo requería cualidades distintas, se irritaba contra el pueblo, considerándolo sucio, ebrio y embustero. &lt;br /&gt;Si hubieran preguntado a Constantino Levin si quería al pueblo, no habría sabido qué contestar. Al pueblo en particu lar, &lt;br /&gt;como a la gente en general, la amaba y no la amaba a la vez. Cierto que, por su bondad natural, más tendía a querer que a no &lt;br /&gt;querer a los hombres, incluyendo a los de clase humilde. &lt;br /&gt;Pero amar o no a éstos como a algo particular no le era po sible, porque no sólo vivía con el pueblo, no sólo sus intereses le &lt;br /&gt;eran comunes, sino que se consideraba a sí mismo como una parte del pueblo y ni en sí mismo ni en ellos veía defectos o &lt;br /&gt;cualidades particulares, y no podía oponerse al pueblo. &lt;br /&gt;Además, vivía con gran frecuencia en íntima relación con el campesino, como señor y como intermediario y principal mente &lt;br /&gt;como consejero, ya que los aldeanos confiaban en él y a veces recorrían cuarenta verstas para pedirle consejos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 101&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no tenía sobre el pueblo opinión definida. Si  le hubiesen preguntado si conocía al pueblo o no, habríase visto en la &lt;br /&gt;misma perplejidad que al contestar si le amaba o no le amaba. Decir si conocía al pueblo era para él como decir si conocía o no &lt;br /&gt;a los hombres en general. &lt;br /&gt;En principio estudiaba y sabí a conocer a los hombres de to das clases y entre ellos a los campesinos, a los que conside raba &lt;br /&gt;buenos a interesantes. A menudo, observándolos, descubría en ellos nuevos rasgos de carácter que le llevaban a mo dificar su &lt;br /&gt;opinión anterior y a formarse nuevas y distintas opiniones. &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich hacía lo contrario. Del mismo modo que alababa y amaba la vida del pueblo por contraste con la otra que &lt;br /&gt;no amaba, así amaba también a la gente humilde por contraste con otra clase de gente, y de una manera absolutamente idéntica &lt;br /&gt;conocía a esta gente como algo distinto y opuesto a los hombres en general. &lt;br /&gt;En su metódico cerebro se habían creado formas definidas de la vida popular, deducidas parcialmente de esta misma vida, &lt;br /&gt;pero deducidas también, y en mayor parte, por oposición a la contraria. &lt;br /&gt;Jamás, pues, variaba su opinión sobre el pueblo ni la com pasión que le inspiraba. En las discusiones que los hermanos &lt;br /&gt;mantenían sobre aquel tema siempre vencía Sergio Ivanovich, por poseer una opinión definida sobre los aldea nos sobre sus &lt;br /&gt;caracteres, cualidades a inclinaciones, mientras que Constan tino Levin no tenía ideas fijas y firmes sobre la gente del pue blo, &lt;br /&gt;por lo que siempre se le cogía en contradicción. &lt;br /&gt;Para Sergio Ivanovich, su hermano menor era un buen mu chacho, con «el corazón en su sitio» (lo que solía expresar en &lt;br /&gt;francés), de cerebro bastante ágil, pero esclavo de las impre siones del momento y lleno, por ello, de contradicciones. Con la &lt;br /&gt;condescendencia de un hermano mayor, Sergio Ivanovich le explicaba a veces  la significación de las cosas, pero no ex -&lt;br /&gt;perimentaba interés en discutir con él porque le vencía demasiado fácilmente. &lt;br /&gt;Constantino Levin tenía a su hermano por un hombre de inteligencia y cultura, noble en el más elevado sentido de la palabra &lt;br /&gt;y dotado de grandes facultades de acción en pro de la sociedad. Pero en el fondo de su alma y a medida que aumentaba en años &lt;br /&gt;y conocía mejor a su hermano, tanto más a menudo pensaba que aquella facultad de servir a la sociedad, de la cual Constantino &lt;br /&gt;Levin se reconocía privado, quizá, al fin y al cabo, no fuera una cualidad, sino más bien un defecto. No un defecto de algo, no &lt;br /&gt;una falta de buenos, nobles y honrados deseos a inclinaciones, sino una carencia de poder de vida efectiva, de ese impulso que &lt;br /&gt;obliga al hombre a escoger y desear una determinada línea de vida entre todas las innumerables que se abren ante él. &lt;br /&gt;Cuanto más conocía a su hermano, más observaba que Sergio Ivanovich, como muchos otros hombres que servían al bien &lt;br /&gt;común, no se sentían inclinados a el lo de corazón, sino porque habían reflexionado y llegado a la conclusión de que aquello &lt;br /&gt;estaba bien, y sólo por tal razón se ocupaban de ello. &lt;br /&gt;La suposición de Constantino Levin se confirmaba por la observación de que su hermano no tomaba más a pecho las &lt;br /&gt;cuestiones del bien colectivo y de la inmortalidad del alma que las de las combinaciones de ajedrez o la construcción in geniosa &lt;br /&gt;de alguna nueva máquina. &lt;br /&gt;Además, Constantino Levin se sentía a disgusto en el pue blo cuando estaba su hermano allí, sobre todo  durante el verano, &lt;br /&gt;pues en esta época estaba siempre ocupado en los traba jos de su propiedad y aun en todo el largo día estival le faltaba tiempo &lt;br /&gt;para sí mismo, para poder atender a todo, mientras Sergio Ivanovich descansaba. Sin embargo, aunque descan sase ahora, es &lt;br /&gt;decir no escribiera obra alguna, estaba tan he cho a la actividad cerebral que le gustaba explicar en forma breve y elegante los &lt;br /&gt;pensamientos que acudían a su mente, y le gustaba tener a alguien que le escuchase. &lt;br /&gt;El oyente más continuo era, n aturalmente, su hermano. Por este motivo, a pesar de la sencillez amistosa de sus relaciones, &lt;br /&gt;Constantino Levin no sabía cómo arreglárselas cuando tenía que dejar solo a Sergio Ivanovich. &lt;br /&gt;A éste le gustaba tenderse en la hierba bajo el sol y permanecer así, charlando perezosamente. &lt;br /&gt;–No sabes qué placer experimento sumergiéndome en esta pereza ucraniana. Tengo la cabeza completamente vacía de &lt;br /&gt;pensamientos. Podría hacerse rodar por ella una pelota. &lt;br /&gt;Pero Constantino Levin se aburría de estar sentado escu chando a su hermano, sobre todo porque sabía que, mientras ellos &lt;br /&gt;hablaban, los campesinos debían de estar lavando el es tercolero o trabajando en el campo no preparado aún, y que si él no &lt;br /&gt;estaba allí iban a hacerlo de cualquier manera. Pensaba también que segu ramente no atornillarían suficientemente las rejas de &lt;br /&gt;los arados ingleses y luego las apartarían afirmando que aquellos arados eran invenciones de tontos y que sólo el arado &lt;br /&gt;corriente, etcétera. &lt;br /&gt;–¿No has andado ya bastante con este calor? –le decía Sergio Ivanovich. &lt;br /&gt;–No... Tengo que pasar un momento por el despacho... –contestaba Levin. &lt;br /&gt;Y se iba al campo corriendo. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;II &lt;br /&gt;A primeros de junio, el aya y ama de llaves Agafia Mijai lovna, un día que bajaba al sótano con un tarro de setas recién &lt;br /&gt;saladas en las manos, resbaló, cayó y se lastimó la muñeca. &lt;br /&gt;Llegó el joven médico rural, recién salido de la Facultad y muy hablador. Miró la mano, dijo que no estaba dislocada y se &lt;br /&gt;apresuró a entablar conversación con el célebre Sergio Ivanovich. &lt;br /&gt;Para mostrarle sus ideas  avanzadas, le contó todas las co madrerías de la provincia, quejándose de la mala organiza ción del &lt;br /&gt;zemstvo. &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich le escuchaba con atención, le pregun taba... Animado por el nuevo auditor, habló y expuso algunas &lt;br /&gt;observaciones justas y concretas  –que fueron respetuosa mente apreciadas por el joven médico –, animándose mucho, como &lt;br /&gt;siempre le ocurría después de una conversación agradable y brillante. &lt;br /&gt;Cuando el médico se hubo ido, Sergio Ivanovich quiso ir a pescar con caña; le gustaba la pesca y se  mostraba casi orgulloso &lt;br /&gt;de que una ocupación tan estúpida pudiera gustarle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 102&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Constantino Levin, que tenía que echar un vistazo a los hombres que estaban arando y también a los prados, ofreció a su &lt;br /&gt;hermano llevarle hasta el río en su carretela. &lt;br /&gt;Era la época del año en que el grano llega ya a su madurez, cuando hay que prepararse ya para la siembra de la próxima &lt;br /&gt;cosecha; se acerca la siega y el centeno, crecido ya, con su ligero tallo verdegrís y su espiga no acabada aún de llenar, on dea &lt;br /&gt;bajo el viento; la  época en que las verdes avenas, con las matas de hierba amarillentas que brotan, aisladas entre ellas, se &lt;br /&gt;extienden irregularmente en los sembrados tardíos; cuando se abre el alforfón y sus granos cubren la tierra; cuando la bar -&lt;br /&gt;bechera, pisoteada por los animales y endurecida como la piedra, con la que no puede la raspa, se ve ya con sus surcos trazados &lt;br /&gt;hasta la mitad; cuando los secos montones de estiércol llevados a los campos al nacer y al ponerse el sol mezclan su olor al &lt;br /&gt;perfume de las hierbas, y cu ando en las tierras bajas, esperando la guadaña, se extienden como un mar inmenso los prados &lt;br /&gt;ribereños con los negreantes montones de tallos de acederas arrancados. &lt;br /&gt;Era, pues, la época en que se produce un corto descanso en los trabajos del campo antes de  la recolección anual que reúne &lt;br /&gt;todos los esfuerzos del pueblo. &lt;br /&gt;La cosecha era espléndida; los días, claros y calurosos; las noches, cortas y húmedas de rocío. &lt;br /&gt;Los hermanos tenían que pasar por el bosque para llegar a los prados, Sergio Ivanovich iba admira ndo la belleza del bosque, &lt;br /&gt;magnífico de hojas y verdor. Llamaba la atención de su hermano, ora sobre un viejo tilo, oscuro en su parte de som bra, pero &lt;br /&gt;rico de colorido con sus amarillos brotes prontos a florecer, ora sobre los tallos nuevos de otros árbo les que brillaban como &lt;br /&gt;esmeraldas. &lt;br /&gt;A Constantino Levin no le agradaba hablar ni que le habla sen de las bellezas de la naturaleza. Las palabras despojaban de &lt;br /&gt;belleza al paisaje. &lt;br /&gt;Respondía, pues, a su hermano con distraídos monosílabos, mientras, contra su voluntad, iba pensando en otras cosas. &lt;br /&gt;Al salir del bosque atrajo su atención el campo en barbecho de una colina: aquí ya cubierto de amarilla hierba, allí labrado en &lt;br /&gt;cuadros, más allá salpicado de montones de estiércol y en otros puntos arado. &lt;br /&gt;Pasaba por el campo una fila de carros. Levin los contó y se alegró al ver que llevaban todo lo necesario. Contemplando los &lt;br /&gt;prados sus pensamientos pasaron a la siega. Este momento le producía siempre una intensa emoción. &lt;br /&gt;Al llegar al prado, Levin detuvo el caballo. &lt;br /&gt;El rocío matinal humedecía aún la parte inferior de las hier bas, por lo cual, para no mojarse los pies, Sergio Ivanovich pidió &lt;br /&gt;a su hermano que le llevase con la carretela hasta el sauce que se alzaba en el lugar señalado para pescar. Constan tino Levin, a &lt;br /&gt;pesar del disgusto que le producía aplastar la hierba de su prado, dirigió el coche a través de él. &lt;br /&gt;Las altas hierbas se abatían suavemente bajo las ruedas y las patas del caballo, y en los cubos y radios de las ruedas se &lt;br /&gt;desgranaban las semillas. &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich se sentó bajo el sauce, arreglando sus útiles de pesca. Levin ató el caballo no lejos de allí y se internó en el &lt;br /&gt;enorme mar verde oscuro del prado, inmóvil, no agitado por el menor soplo de viento. La hierba, suave como seda, en el lugar &lt;br /&gt;adonde alcanzaba, en primavera, el agua del río al salirse de madre, le llegaba hasta la cintura. &lt;br /&gt;A través del prado, Constantino Levin saltó al camino y en contró a un viejo, con un ojo muy hinchado, que llevaba una &lt;br /&gt;colmena con abejas. &lt;br /&gt;–¿Las has cogido, Tomich? –preguntó Levin. &lt;br /&gt;–¡Quia, Constantino Dmitrievich! ¡Gracias si consigo guar dar las mías! Ya se me han marchado por segunda vez. Menos &lt;br /&gt;mal que sus muchachos las alcanzaron. Los que están trabajando el campo... Desengancharon un caballo y las cogieron. &lt;br /&gt;–Y qué, Tomich: ¿qué te parece? ¿Conviene segar ya o esperar más? &lt;br /&gt;–A mi parecer, habrá que esperar hasta el día de San Pe dro. Ésta es la costumbre. Claro que usted siega siempre an tes. Si &lt;br /&gt;Dios quiere, todo irá bien. La hierba está muy crecida. Los animales quedarán contentos. &lt;br /&gt;–¿Y qué te parece el tiempo? &lt;br /&gt;–Eso ya depende de Dios. Quizá haga buen tiempo. &lt;br /&gt;Levin se acercó otra vez a su hermano, que, con aire distraído, estaba con la caña en las manos. &lt;br /&gt;La pesca era mala, pero Sergio Ivanovich no se aburría y parecía hallarse de excelente buen humor. &lt;br /&gt;Levin notaba que, animado por la charla con el médico, su hermano tenía deseos de hablar más. Pero él quería volver a casa &lt;br /&gt;lo antes posible para dar órdenes de que los segadores fueran al campo al día siguiente y r esolver las dudas relativas a la siega, &lt;br /&gt;que constituían en aquel momento su mayor preocupación. &lt;br /&gt;–Vámonos ––dijo. &lt;br /&gt;–¿Para qué apresurarnos? Estemos aquí un rato más. Oye: estás muy mojado. En este sitio no se pesca nada, pero se en -&lt;br /&gt;cuentra uno muy bien. El encanto de estas ocupaciones consiste en que ponen a uno en contacto con la naturaleza. ¡Qué bella &lt;br /&gt;es esta agua! ¡Parece de acero!  ––continuó–. Estas ori llas de los ríos cubiertas de hierba me recuerdan siempre aquella &lt;br /&gt;adivinanza... ¿Recuerdas?, que dice: «la hierba dice al agua: vamos a forcejear, a forcejear»... &lt;br /&gt;–No conozco esa adivinanza–respondió Constantino Levin con voz opaca. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;III &lt;br /&gt;–He estado pensando en ti  –dijo Sergio Ivanovich–. ¡Hay que ver lo que sucede en tu provincia! Por lo que me contó el &lt;br /&gt;médico veo que... Por cierto que ese muchacho no parece nada tonto... Ya te he dicho, y te lo repito, que no está bien que no &lt;br /&gt;asistas a las juntas rurales de la provincia y que te hayas alejado de las actividades del  zemstvo. Si la gente de nuestra clase s e &lt;br /&gt;aparta, claro es que las cosas habrán de ir de cualquier modo... Nosotros pagamos el dinero que ha de destinarse a sueldos, pero &lt;br /&gt;no hay escuelas, ni médicos auxiliares, ni comadronas, ni farmacias, ni nada... &lt;br /&gt;–Ya he probado –repuso Levin en voz baja y desganada– y no puedo. ¿Qué quieres que haga?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 103&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Por qué no puedes? Confieso que no lo comprendo. No admito que sea por indiferencia o ineptitud. ¿Será por pereza? &lt;br /&gt;–Ninguna de las tres cosas. Es que he probado y visto que no puedo hacer nada –replicó Levin. &lt;br /&gt;Apenas pensaba en lo que le decía su hermano. Tenía la mirada fija en la tierra labrada de la otra orilla, donde distin guía un &lt;br /&gt;bulto negro que no podía precisar si era un caballo solo o el caballo de su encargado montado por aquél. &lt;br /&gt;–¿Por qué no puedes? P robaste y no resultó como querías. ¡Y por eso te consideraste vencido! ¿Es que no tienes amor &lt;br /&gt;propio? &lt;br /&gt;–No comprendo a qué amor propio te refieres  ––contestó Levin, picado por las palabras de su hermano –. Si en la Uni -&lt;br /&gt;versidad me hubieran dicho que los demá s comprendían el cálculo integral y yo no, eso sí que habría sido un caso de amor &lt;br /&gt;propio. Pero en este caso tienes que empezar por con vencerte de que no careces de facultades para esos asuntos y además, y &lt;br /&gt;eso es lo principal, tienes que tener la convicción de que son importantes. &lt;br /&gt;–¿Acaso no lo son?  –preguntó Sergio Ivanovich, ofen dido de que su hermano no diera importancia a lo que tanto le &lt;br /&gt;preocupaba a él y ofendido, también, de que Levin casi no le escuchara. &lt;br /&gt;–No me parecen importantes y no me interesan . ¿Qué quieres?  –repuso Levin, advirtiendo ya que la figura que se &lt;br /&gt;acercaba.era el encargado y que seguramente éste habría hecho retirar a los obreros del campo labrado, ya que éstos regresaban &lt;br /&gt;con sus instrumentos de trabajo. «Es posible que hayan terminado ya de arar», pensó. &lt;br /&gt;–Escúchame ––dijo su hermano mayor, arrugando las cejas de su rostro hermoso a inteligente–. Todo tiene sus límites. Está &lt;br /&gt;muy bien ser un hombre excepcional, un hombre sincero, no soportar falsedades... Ya sé que todo eso está mu y bien. Pero lo &lt;br /&gt;que tú dices, o no tiene sentido, o lo tiene muy profundo. ¿Cómo puedes no dar importancia a que el pueblo, al que tú amas, &lt;br /&gt;según aseguras... &lt;br /&gt;«Jamás lo he asegurado», pensó Levin. &lt;br /&gt;–... muera abandonado? Las comadronas ineptas ahogan a los niños, y el pueblo en general se ahoga en la ignorancia y está a &lt;br /&gt;merced del primer funcionario que encuentra. Entre tanto, tú tienes a tu alcance el medio de ayudarles y no lo ha ces por &lt;br /&gt;encontrarlo innecesario. &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich le ponía en un dilema: o Lev in era tan poco inteligente que no comprendía cuanto le era dable hacer o no &lt;br /&gt;quería sacrificar su tranquilidad, vanidad o lo que fuera para hacerlo. &lt;br /&gt;Levin reconocía que no le quedaba más remedio que someterse o reconocer su falta de interés por el bien común. Aquello le &lt;br /&gt;disgustó y le ofendió. &lt;br /&gt;–Ni una cosa ni otra –contestó rotundamente Levin–. No veo la posibilidad de... &lt;br /&gt;–¿Cómo? ¿No es posible, empleando bien el dinero, organizar la asistencia médica al pueblo? &lt;br /&gt;–No me parece posible. En las cuatro mil ve rstas cuadradas de nuestra circunscripción, con los muchos lugares del río que &lt;br /&gt;no se hielan en invierno, con las tempestades, con las épocas de trabajo en el campo, no veo modo de llevar a todas partes la &lt;br /&gt;asistencia médica. Además, por principio, no creo en la medicina. &lt;br /&gt;–Permíteme que te diga que eso no es razonable. Te pondría miles de ejemplos. Y luego, las escuelas... &lt;br /&gt;–¿Para qué sirven? &lt;br /&gt;–¿Qué dices? ¿Qué duda puede caber sobre la utilidad de la instrucción? Si es conveniente para ti, es conveniente para todos. &lt;br /&gt;Constantino Levin se sentía moralmente acorralado. Se irritó, pues, más aún a involuntariamente explicó el motivo esencial &lt;br /&gt;de su indiferencia por el interés común. &lt;br /&gt;–Bien: todo eso podrá ser muy acertado, pero no sé por qué voy a preocuparme de la  instalación de centros sanitarios, cuyos &lt;br /&gt;servicios no necesito nunca, y de procurar la instala ción de escuelas a las que no voy a mandar a mis hijos jamás. Aparte de &lt;br /&gt;que no estoy muy seguro de que convenga enviar a los niños a la escuela –dijo. &lt;br /&gt;Por un momento, Sergio Ivanovich quedó sorprendido ante aquella inesperada objeción, pero en seguida formó un nuevo &lt;br /&gt;plan de ataque. &lt;br /&gt;Calló unos intantes, sacó la caña del agua, la cambió de posición y se dirigió, sonriendo, a su hermano. &lt;br /&gt;–Dispensa que te diga: primero, que el auxilio médico lo has necesitado ya. Acabas de enviar a buscar al médico rural para &lt;br /&gt;Agafia Mijailovna. &lt;br /&gt;–Pues creo que ésta se quedará con la mano torcida. &lt;br /&gt;–Eso no se sabe aún. Por otra parte, supongo que un campesino no analfabeto, un operario que sepa leer y escribir, te es más &lt;br /&gt;útil que los que no saben. &lt;br /&gt;–No. Pregúntaselo a quien quieras  –respondió Constantino Levin–. El campesino culto es mucho peor como opera rio. No &lt;br /&gt;saben ni arreglar los caminos... y en cuanto arreglan los puentes los roban... &lt;br /&gt;–De todos modos... –insistió Sergio Ivanovich. &lt;br /&gt;Y frunció las cejas. No le gustaban las contradicciones, y menos las que saltaban de un tema a otro, presentando nuevas &lt;br /&gt;demostraciones inconexas, no sabiendo nunca a cual contestar. &lt;br /&gt;–De todos modos, no se trata de eso. Permíteme... ¿Reconoces que la instrucción es beneficiosa para el pueblo? &lt;br /&gt;–Lo reconozco –dijo Levin impremeditadamente. &lt;br /&gt;Y en seguida comprendió que había dicho una cosa que no pensaba. Reconoció que, admitido aquel postulado, podía re -&lt;br /&gt;plicársele que entonces decía necedades, cosas sin sentido. Cómo se le pudiera demostrar no lo sabía, pero estaba seguro de &lt;br /&gt;que iba a demostrársele lógicamente y se dispuso a esperar tal demostración. &lt;br /&gt;Ésta fue mucho más sencilla de lo que aguardaba. &lt;br /&gt;–Si reconoces que es un bien  –dijo Sergio Ivanovich–, entonces, como hombre honrado, no puedes dejar de simpati zar con &lt;br /&gt;esa obra y no puedes negarte a trabajar para ella, &lt;br /&gt;–No reconozco esa obra como buena –repuso Constantino Levin sonrojándose. &lt;br /&gt;–¿Cómo? ¡Si has dicho que sí ahora mismo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 104&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Quiero decir que no me parece que sea conveniente ni posible. &lt;br /&gt;–No puedes saberlo, puesto que no has aplicado tus esfuerzos a ello. &lt;br /&gt;–Supongamos –repuso Levin–, aunque yo no lo su pongo, supongamos que todo sea como tú dices. Ni aun así  veo por qué &lt;br /&gt;habría de ocuparme yo de tal cosa. &lt;br /&gt;–¿Cómo que no? &lt;br /&gt;–Acuérdate de que ya una vez hablamos de esto y ya entonces te dije mi opinión. Pero ya que hemos llegado otra vez a esto, &lt;br /&gt;explícamelo desde el punto de vista filosófico –dijo Levin. &lt;br /&gt;–No veo qué tiene que ver con esto la filosofía –repuso Sergio Ivanovich. &lt;br /&gt;Y su tono irritó a Levin, porque parecía dar a comprender que él no tenía autoridad para ocuparse de filosofía. &lt;br /&gt;–Ahora te lo diré yo –repuso ya acalorado–. Supongo que el móvil de todos nuest ros actos es, en resumen, nuestra felicidad &lt;br /&gt;personal. Y en la institución del zemstvo, yo, como noble, no veo nada que pueda favorecer mi bienestar. Por ello los caminos &lt;br /&gt;no son mejores ni pueden mejorarse. Además, mis caballos me llevan muy bien por los caminos mal arreglados. No necesito al &lt;br /&gt;médico ni al puesto sanitario. Tampoco necesito al juez del distrito, a quien nunca me he dirigido ni dirigiré. No sólo no &lt;br /&gt;necesito escuelas, sino que me perjudican, según lo he demostrado. Para mí, el  zemstvo se reduce a tener que pagar dieciocho &lt;br /&gt;copecks por deciatina de tierra, a la obligación de ir a la ciudad a pasar una noche en cuartos con insectos y luego a tener que &lt;br /&gt;oír necedades y disparates. Mi interés personal no me aconseja soportar eso. &lt;br /&gt;–Permíteme –interrumpió Sergio Ivanovich, sonriendo–. El interés personal no nos aconsejaba procurar la liberación de los &lt;br /&gt;siervos y, sin embargo, lo hemos procurado. &lt;br /&gt;–¡No! –interrumpió Constantino Levin, animándose –. La liberación de los siervos era otra cosa. Allí había un  interés &lt;br /&gt;personal. Queríamos quitar un yugo que nos oprimía a toda la gente buena. Pero ser vocal de un consejo para deliberar sobre &lt;br /&gt;cuántos deshollinadores son necesarios y sobre la necesidad de instalar tuberías en la ciudad en la que no vivo; tener, com o &lt;br /&gt;vocal, que juzgar a un aldeano que robó un jamón, escu chando durante seis horas las tonterías que sueltan defensores y &lt;br /&gt;fiscales, mientras el presidente pregunta, por ejemplo, a mi viejo Alecha el tonto: «¿Reconoce usted, señor acusado, el hecho &lt;br /&gt;de haber robado el jamón?», y Alecha el tonto contesta: «¿Qué...?». &lt;br /&gt;Constantino Levin, ya lanzado por este camino, comenzó a imitar al presidente y a Alecha el tonto, como si todo ello tu viera &lt;br /&gt;alguna relación con lo que decían. &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich se encogió de hombros. &lt;br /&gt;–¿Qué quieres decir? &lt;br /&gt;–Quiero decir que los derechos que mi... que son... que tratan de mis intereses, los defenderé con todas mis fuerzas. Cuando &lt;br /&gt;los gendarmes registraban nuestras habitaciones de estudiantes y leían nuestros periódicos, estaba, como estoy ahora, dispuesto &lt;br /&gt;a defender mis derechos a la libertad y la cul tura. Me intereso por el servicio militar obligatorio, que afecta a mis hijos, a mis &lt;br /&gt;hermanos, a mí mismo, y estoy dispuesto a discutir sobre él cuanto haga falta, pero no puedo juzgar s obre cómo han de &lt;br /&gt;distribuirse los fondos del zemstvo ni sentenciar a Alecha el tonto. No comprendo todo eso y no puedo hacerlo. &lt;br /&gt;Parecía haberse roto el dique de la elocuencia de Levin. Sergio Ivanovich sonrió. &lt;br /&gt;–Entonces, si mañana tienes un proceso, preferirás que lo juzguen por la antigua audiencia de lo criminal. &lt;br /&gt;–No tendré proceso alguno. No cortaré el cuello a nadie y no necesito juzgados. El zemstvo –continuaba Levin, saltando a un &lt;br /&gt;asunto que no tenía relación alguna con el tema – se parece a esas ramitas de abedul que poníamos en casa por todas partes el &lt;br /&gt;día de la Santísima Trinidad para que imitasen la primitiva selva virgen de Europa. Me es imposible creer que, si riego esas &lt;br /&gt;ramas de abedul, van a crecen &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich se encogió de hombros, expre sando en este gesto su sorpresa porque salieran a relucir en su discu sión &lt;br /&gt;aquellas ramas de abedul, aunque comprendió en seguida lo que su hermano quería dar a entender. &lt;br /&gt;–Perdóname, pero de este modo no se puede hablar ––observó. &lt;br /&gt;Pero Constantino Levin quería disculparse de aquel defecto de su indiferencia hacia el bien común y continuó: &lt;br /&gt;–Creo que ninguna actividad puede ser práctica si no tiene por base el interés personal. Esta verdad es filosófica  ––dijo con &lt;br /&gt;energía, repitiendo la palabra «filosófica» como subrayando que también él, como todos, tenía derecho a hablar de filosofía. &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich sonrió otra vez. &lt;br /&gt;«También él tiene una filosofía propia: la de servir sus inclinaciones», pensó. &lt;br /&gt;–Deja la filosofía ––dijo en voz alta–. El fin principal de la filosofía de todas las épocas consiste precisamente en en contrar &lt;br /&gt;la relación necesaria que debe existir entre el interés personal y el común. Pero no se trata de eso; debo corregir tu &lt;br /&gt;comparación. Los abedules que decías no estaban plantados en tierra  y éstos sí, aunque, como no están crecidos aún, hay que &lt;br /&gt;cuidarlos. Sólo tienen porvenir, sólo pueden figurar en la historia, los pueblos que tienen consciencia de lo que hay de &lt;br /&gt;necesario a importante en sus instituciones y las aprecian. &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich l levó así el tema a un terreno histórico –filosófico inaccesible para su hermano, demostrándole todo lo &lt;br /&gt;injusto de su punto de vista. &lt;br /&gt;–Se trata de que a ti esto no te gusta y ello es, y perdóname, característico de nuestra pereza rusa, de nuestra clase. Mas estoy &lt;br /&gt;seguro de que es un error pasajero que no durará. &lt;br /&gt;Levin callaba. Se reconocía batido en toda la línea, pero a la vez comprendía que su hermano no había sabido interpretar su &lt;br /&gt;pensamiento. No veía si no había sido comprendido por no saber explicarse  mejor y con más claridad o porque el otro no &lt;br /&gt;quería comprenderle. Mas no profundizó en aquellos pensa mientos y, sin replicar a su hermano, permaneció pensativo, en -&lt;br /&gt;simismado en el asunto personal que entonces le preocupaba. &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich volteó una vez más el sedal en tomo a la caña. Luego desataron el caballo y regresaron a casa. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;IV&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 105&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El asunto personal que preocupaba a Levin durante su con versación con su hermano era el siguiente: cuando el año pa sado, &lt;br /&gt;habiendo ido Levin a la siega, se enfadó con su  encargado, empleó su medio habitual de calmarse: coger una guadaña de &lt;br /&gt;manos de un campesino y ponerse a segar. &lt;br /&gt;El trabajo le gustó tanto que algunas veces se puso espontáneamente a guadañar; segó todo el prado de frente de casa, y este &lt;br /&gt;año, ya desde la primavera, se había formado el plan de pasar días enteros guadañando con los campesinos. &lt;br /&gt;Desde que había llegado su hermano, Constantino Levin no hacía más que pensar si debía hacer lo proyectado o no. No le &lt;br /&gt;parecía bien dejar solo a su hermano durante días enteros y además temía que Sergio Ivanovich se burlara de él. &lt;br /&gt;Pero mientras pasaba por el prado, al recordar el placer que le producía manejar la guadaña, resolvió hacerlo. Y tras la &lt;br /&gt;disputa con su hermano volvió a recordar su decisión. &lt;br /&gt;«Necesito ejercicio físico», pensó. «De lo contrario, se me agria el carácter.» &lt;br /&gt;Resolvió, pues; tomar parte en la siega, aunque pareciera incorrecto con respecto a su hermano, y miráralo la gente como lo &lt;br /&gt;mirara. &lt;br /&gt;Por la tarde se fue al despacho, dio órdenes para el trabajo y envió a buscar segadores en los pueblos cercanos, a fin de segar &lt;br /&gt;al día siguiente el prado de Vibumo, que era el mayor y el mejor de todos. &lt;br /&gt;–Hagan también el favor de enviar mi guadaña a Tit, para que la afile y me la tenga lista para mañana. Quizá traba je yo &lt;br /&gt;también –dijo, tratando de disimular su turbación. &lt;br /&gt;El encargado, sonriendo, repuso: &lt;br /&gt;–Bien, señor. &lt;br /&gt;Por la noche, durante el té, Levin dijo a su hermano: &lt;br /&gt;–Como el tiempo parece bueno, mañana empiezo a segar. &lt;br /&gt;–Es muy interesante ese trabajo –dijo Sergio Ivanovich. &lt;br /&gt;–A mí me encanta. A veces he segado yo con los aldeanos. Mañana me propongo hacerlo todo el día. &lt;br /&gt;Sergio Ivanovich, levantando la cabeza, miró a su hermano con atención. &lt;br /&gt;–¿Cómo? ¿Con los campesinos? ¿Igual que ellos? ¿Todo el día? &lt;br /&gt;–Sí; es muy agradable –contestó Levin. &lt;br /&gt;–Como ejercicio físico es excelente, pero no sé si podrás resistirlo –dijo Sergio Ivanovich sin ironía alguna. &lt;br /&gt;–Lo he probado. Al principio parece difícil, pero luego se acostumbra uno. Espero no quedarme rezagado. &lt;br /&gt;–¡Vaya, vaya! Pero dime: ¿qué opinan de eso los aldeanos? Seguramente se burlarán de las manías de su señor. &lt;br /&gt;–No lo creo. Ese trabajo es tan atrayente y a la vez tan difícil que no queda tiempo para pensar. &lt;br /&gt;–¿Y cómo vas a comer con ellos? Porque seguramente no irán a llevarte allí el vino Laffite y el pavo asado. &lt;br /&gt;–No. Vendré a casa mientras ellos descansan. &lt;br /&gt;A la mañana siguiente, Levin se levantó más temprano que nunca, pero las órdenes que tuvo que dar le entretuvieron y, &lt;br /&gt;cuando llegó al prado, los segadores empezaban ya la segunda hilera. &lt;br /&gt;Desde lo alto de la colina se descubría la parte segada del prado, con los bultos negros de los caftanes que se habían qui tado &lt;br /&gt;l</description>
            <pubDate>Sat, 26 May 2007 22:01:11 +0100</pubDate>
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            <link>http://tolstoi.blogcindario.com/2007/05/00008.html</link>
            <description>el mundo mujer tan desgraciada como yo?» &lt;br /&gt;–¡Pero, basta: voy a romper con todo! –exclamó, levantándose de un salto y conteniendo las lágrimas. &lt;br /&gt;Y se acercó a la mesa para escribirle otra carta. Pero pre sentía, en el fondo, que no tendría fuerzas ya para romper nada, que &lt;br /&gt;no tendría fuerzas para salir de su situación anterior por falsa y deshonrosa que fuera. &lt;br /&gt;Se sentó a la mesa, mas en vez de escribir apoyó los brazos en ella, ocultó la cabeza entre las manos y lloró, con sollozos y &lt;br /&gt;temblores que agitaban todo su pecho, como lloran los niños. Lloraba al pensar que su ilusión de que las cosas habían quedado &lt;br /&gt;aclaradas estaba destruida para siempre. Sabía de antemano que todo continuaría como antes o peor. Compren día que la &lt;br /&gt;posición que ocupaba en el mundo aristocrático, y que por la mañana le parecía tan despreciable, le era muy p reciosa, y que no &lt;br /&gt;tendría fuerzas para cambiarla por la despreciable de una mujer que ha abandonado a su hijo y a su esposo para unirse a su &lt;br /&gt;amante. Y comprendía también que, por más que quisiera, no podría ser más fuerte de lo que era en realidad. &lt;br /&gt;Jamás tendría libertad para amar y viviría eternamente como una mujer culpable, bajo la amenaza de ser descubierta a cada &lt;br /&gt;momento, una mujer que engaña a su marido a fin de continuar sus relaciones deshonrosas con un extraño, un hom bre libre, &lt;br /&gt;cuya vida no podía  ella compartir. Sabía que todo marcharía así, pero le parecía terrible y no imaginaba de qué modo podría &lt;br /&gt;terminar. Y Ana lloraba, sin contenerse, como llora un niño al que se castiga. &lt;br /&gt;Oyó los pasos del lacayo y se recobró y, ocultando el rostro, fingió que escribía. &lt;br /&gt;–El ordenanza pide la contestación –anunció el lacayo, &lt;br /&gt;–¿La contestación? ––dijo Ana–. ¡Ah, sí! Que espere. Ya avisaré. &lt;br /&gt;«¿Qué escribiré?», pensaba. «¿Qué puedo decidir por mí misma? ¿Sé yo acaso lo que quiero ni lo que deseo?»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 125&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otra vez le pareció que su alma se desdoblaba. Asustada de aquel sentimiento, se aferró al primer pretexto de actividad que &lt;br /&gt;se le ofrecía para no pensar en si misma. &lt;br /&gt;«Debo ver a Alexey», se dijo mentalmente, refiriéndose a Vronsky, al que siempre llamaba así», «él podrá de cirme lo que &lt;br /&gt;conviene hacer. Iré a casa de Betsy. Quizá le vea allí». &lt;br /&gt;Olvidaba en absoluto que el día antes había dicho a Vronsky que no iría a casa de la princesa Tverskaya y que él había &lt;br /&gt;contestado que en tal caso no iría tampoco. &lt;br /&gt;Se acercó a la mesa y escribió a su marido. &lt;br /&gt;«He recibido su carta–. A.» &lt;br /&gt;Y llamando al lacayo, le dio la carta. &lt;br /&gt;–Ya no nos vamos ––dijo a Anuchka cuando ésta entró. &lt;br /&gt;–¿Definitivamente? &lt;br /&gt;–No; no deshagan los paquetes hasta mañana, y que me reserven el coche ahora. Voy a casa de la Princesa. &lt;br /&gt;–¿Qué vestido debo preparar? &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XVII &lt;br /&gt;La reunión que iba a jugar la partida de cricket a la que la princesa Tverskaya había invitado a Ana consistía en dos se ñoras &lt;br /&gt;con sus admiradores. &lt;br /&gt;Aquellas dos señoras representaban un nuevo y muy se lecto círculo que se autodenominaba, a imitación de no se sa bía de &lt;br /&gt;qué, Les sept merveilles du monde. A decir verdad, tales señoras pertenecían a una capa muy elevada de la sociedad, pero muy &lt;br /&gt;diferente a la que frecuentaba Ana. Además, el viejo Stremov, admirador  de Lisa Merkalova y uno de los hombres más &lt;br /&gt;influyentes de San Petersburgo, era, ministerialmente, enemigo de Karenin. Por todas esas consideraciones, Ana no deseaba ir, &lt;br /&gt;y a esas consideraciones aludían las indirectas de la carta de la Princesa. Pero ahora  se resolvió a acudir con la esperanza de &lt;br /&gt;encontrar a Vronsky. &lt;br /&gt;Llegó a casa de la Tverskaya antes que los otros invitados. &lt;br /&gt;En el momento en que entraba lo hacía también el lacayo de Vronsky, que, con sus patillas muy bien peinadas, casi pa recía &lt;br /&gt;un caballero. &lt;br /&gt;El criado se detuvo junto a la puerta y, quitándose su gorra de visera, le cedió el paso. Ana le reconoció y sólo entonces &lt;br /&gt;recordó que Vronsky le había dicho que no iría. Probablemente enviaba aviso de ello. &lt;br /&gt;Mientras se quitaba el abrigo en el recibid or, Ana oyó que el lacayo decía, pronunciando las en es a la manera de las per -&lt;br /&gt;sonas distinguidas: &lt;br /&gt;–Para la señora Princesa, de parte del señor. &lt;br /&gt;Ella habría querido preguntarle dónde estaba ahora su se ñor; habría querido volverse y darle una carta pidiend o a Vronsky &lt;br /&gt;que fuese a su casa o bien ir Ana misma a casa de él. Pero nada de lo que pensaba podía hacerse, porque ya sonaba la &lt;br /&gt;campanilla anunciando su llegada y ya el criado de la Princesa se colocaba, de pie, junto a la puerta abierta, esperando que Ana &lt;br /&gt;entrase en las habitaciones interiores. &lt;br /&gt;–La Princesa está en el jardín. Ahora mismo la avisan. ¿Acaso la señora desea pasar al jardín?  ––dijo otro lacayo en la &lt;br /&gt;siguiente estancia. &lt;br /&gt;Sentía la misma impresión de inseguridad y vaguedad que sintiera en su cas a. Era imposible ver a Vronsky; había que &lt;br /&gt;continuar aquí, en esta sociedad tan ajena y distante de su estado de ánimo. &lt;br /&gt;Ana llevaba el vestido que sabía que le sentaba mejor; no estaba sola; la rodeaba ese ambiente de ociosidad suntuosa que le &lt;br /&gt;era habitual, y en ella se sentía más a gusto que en su casa, pues aquí no tenía que discurrir sobre lo que había de hacer. Aquí &lt;br /&gt;todo se hacía solo. &lt;br /&gt;Cuando Betsy salió a recibirla, vestida de blanco y con una elegancia que la sorprendió, Ana le sonrió como siempre. A l a &lt;br /&gt;princesa Tverskaya la acompañaban Tuchkevich y una seño rita pariente suya que, con gran satisfacción de sus provincia nos &lt;br /&gt;padres, pasaba el verano en casa de la célebre princesa. &lt;br /&gt;Ana debía de tener un aspecto especial, porque Betsy manifestó notarlo en seguida. &lt;br /&gt;–He dormido mal –repuso Ana, mientras miraba al la cayo que se les acercaba y que, como ella supusiera, traía la carta de &lt;br /&gt;Vronsky. &lt;br /&gt;–¡Cuánto me alegro de que haya venido usted!  –dijo Betsy–. Me siento fatigada. Quiero tomarme una taza de té mientr as &lt;br /&gt;llegan los demás. Usted  –––dijo a Tuchkevich – podría ir con Macha a ver cómo está el campo de cricket, ahí, donde han &lt;br /&gt;cortado la hierba. Entre tanto, nosotras podremos hacernos confidencias durante el té. We'll have a cosy chat, ¿verdad? –sonrió &lt;br /&gt;a Ana, mientras le apretaba la mano con que ésta sujetaba la sombrilla. &lt;br /&gt;–Pero no puedo quedarme mucho rato. Tengo que visitar a la vieja Vrede. Hace un siglo que se lo tengo prometido. &lt;br /&gt;La mentira, tan ajena a su carácter, le resultaba ahora tan sencilla y natur al en sociedad que hasta le daba placer. No ha bría &lt;br /&gt;podido explicarse por qué lo había dicho, ya que un se gundo antes ni siquiera pensaba en ello. En realidad, sólo la movía el &lt;br /&gt;pensamiento de que, como Vronsky no estaba allí, debía asegurarse su libertad  para poder verle. Pero decir por qué &lt;br /&gt;precisamente había nombrado a la vieja dama de honor, a la que no tenía más motivo de visitar que a mochas otras, era &lt;br /&gt;imposible para Ana. Sin embargo, resultó después que, por muchos medios que hubiese imaginado para ve r a Vronsky, no &lt;br /&gt;habría podido dar con ninguno mejor. &lt;br /&gt;–De ningún modo le dejaré marchar –repuso Betsy, escrutando el rostro de Ana–. Le aseguro que me molestaría con usted si &lt;br /&gt;no fuera por lo que la quiero. Parece que teme usted que el trato conmigo pueda comprometerla. Hagan el favor de servirnos el &lt;br /&gt;té en el saloncito –ordenó, entornando los ojos, como hacía siempre que hablaba a los criados.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentario: «Las siete &lt;br /&gt;maravillas del mundo.» &lt;br /&gt;Comentario: «Charlaremos de &lt;br /&gt;nuestras cosas.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 126&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y tomando la carta la leyó. &lt;br /&gt;–Alexey nor ha jugado una mala partida –dijo en francés–. Me escribe que no puede venir –añadió con un acento tan natural &lt;br /&gt;como si no pensara ni remotamente en que el cricket pudiera tener para Vronsky otro significado que el de ver a Ana. &lt;br /&gt;Ana sabía que Betsy estaba enterada de todo, pero al oírla hablar así de Vronsky en presencia suya qu iso persuadirse por un &lt;br /&gt;momento de que Betsy no sabía nada. &lt;br /&gt;–¡Oh! –dijo Ana, con indiferencia, sonriendo y como si ello le interesara poco– ¿Cómo puede su trato comprometer a nadie? &lt;br /&gt;Aquel juego de palabras, aquel ocultamiento de secretos, tenía para Ana, como para todas las mujeres, muchos atractivos. No &lt;br /&gt;era la necesidad de ocultar ni el fin para que se fingía, sino el proceso del fingimiento en sí lo que le agradaba. &lt;br /&gt;–Yo no puedo ser más papista que el Papa –agregó–. Lisa Merkalova y Stremov son la crema de la sociedad. Además, a ellos &lt;br /&gt;los reciben en todas partes, y yo –y subrayó el yo– nunca he sido intolerante y severa. No me ha quedado tiempo para ello. &lt;br /&gt;–¿Acaso no quiere usted encontrarse con Stremov? Dé jele que rompa lanzas con su marido en la comisió n. A nosotras no &lt;br /&gt;nos importa eso. Como hombre de mundo, es el más amable que conozco y un apasionado jugador de cricket, ya lo  verá. Y a &lt;br /&gt;pesar de su ridícula situación de viejo galanteador de Lisa, hay que ver lo bien que afronta la situación. ¡Es un homb re &lt;br /&gt;simpatiquísimo! ¿No conoce usted a Safo Stolz? Es de un estilo nuevo, nuevo completamente. &lt;br /&gt;Mientras Betsy hablaba así, Ana comprendía, por su mi rada alegre e inteligente, que su amiga adivinaba en parte su &lt;br /&gt;situación y estaba tratando de inventar algo para ayudarla. Ahora se hallaban en el saloncito. &lt;br /&gt;–Entre tanto escribiré a Alexey ––dijo Betsy. &lt;br /&gt;Se sentó ante una mesa, escribió unas líneas en un papel y lo puso en un sobre. &lt;br /&gt;–Le digo que venga a comer, si no, una de las señoras se quedará sin caballero. E spere, verá usted cómo le convenzo. &lt;br /&gt;Perdone que la deje sola un instante. Le suplico que me cierre la carta  –dijo desde la puerta –. Yo tengo que dar algunas &lt;br /&gt;órdenes... &lt;br /&gt;Ana, sin un instante de vacilación, se sentó a la mesa y escribió al pie de la carta de Betsy, sin leerla: &lt;br /&gt;Necesito verle. Espéreme al lado del jardín de Vrede. Estaré allí a las seis. &lt;br /&gt;Cerró la carta y Betsy, al volver, la entregó en presencia suya para que la llevasen. &lt;br /&gt;Efectivamente, durante el té que sirvieron en una mesa ban deja en el saloncito, muy fresco entonces, entre las dos muje res &lt;br /&gt;medió a cosy chat que había prometido la Tverskaya antes de que llegaran los invitados. Comenzaron a pasar revista a los que &lt;br /&gt;esperaban y la conversación se detuvo en Lisa Merkalova. &lt;br /&gt;–Es muy agradable; siempre he simpatizado con ella –decía Ana. &lt;br /&gt;–Hace usted bien en apreciarla, Lisa también la quiere mucho a usted. Ayer se me acercó después de las carreras, &lt;br /&gt;desesperada porque no la pudo ver. Dice que es usted una ver dadera heroína de novela y que si e lla fuera hombre habría &lt;br /&gt;cometido por usted mil locuras. Stremov le contesta siempre que ya las comete sin necesidad de serlo. &lt;br /&gt;–Dígame, se lo ruego, porque no lo he comprendido nunca...  –insinuó Ana, tras un corto silencio, con acento que indicaba &lt;br /&gt;claramente que lo que preguntaba era más impor tante para ella de lo que parecía –. Dígame, se lo ruego: ¿qué clase de &lt;br /&gt;relaciones hay entre Lisa y el príncipe Kaluchsky? Ese a quien llaman Michka... ¡Apenas les he visto nunca jun tos! ¿Qué hay &lt;br /&gt;entre ellos? &lt;br /&gt;Betsy, sonriendo con los ojos, miró atentamente a Ana. &lt;br /&gt;–Es un nuevo estilo  –dijo–. Todas lo han adoptado... Se han liado la manta a la cabeza. Ahora, que hay muchos modos de &lt;br /&gt;liársela... &lt;br /&gt;–Sí, ya; pero ¿qué relaciones mantiene con el príncipe Kaluchsky`? &lt;br /&gt;Betsy, súbitamente, rompió a reír con jovialidad y sin contenerse, lo que le acontecía muy contadas veces. &lt;br /&gt;–Invade usted los dominios de la princesa Miágkaya. ¡Vaya una pregunta de niño travieso!  –y Betsy, a pesar de sus &lt;br /&gt;esfuerzos, no pudo contenerse y estalló al fin en una risa contagiosa propia de la gente que ríe poco. &lt;br /&gt;–¡Habría que preguntárselo a ellos! –añadió a través de las lágrimas que la risa arrancaba a sus ojos. &lt;br /&gt;–Usted ríe  –dijo Ana, contagiada contra su voluntad por aquella risa –––, pero yo no he podido c omprenderlo nunca. No &lt;br /&gt;comprendo el papel del marido... &lt;br /&gt;–¿El marido? El marido de Lisa Merkalova lleva a su es posa la manta de viaje y se desvive por atenderla. En cuanto a lo &lt;br /&gt;demás, nadie quiere darse por enterado. ¿Usted sabe? En la sociedad selecta no s e habla, ni se piensa siquiera, en ciertos &lt;br /&gt;detalles de tocador.. En esto sucede lo mismo... &lt;br /&gt;–¿Asistirá usted a la fiesta de Rolandaky? –preguntó Ana para cambiar de conversación. &lt;br /&gt;–Creo que no –repuso Betsy sin mirar a su amiga. &lt;br /&gt;Y comenzó a llenar de té aro mático las pequeñas tazas transparentes. Luego acercó una taza a Ana, sacó un cigarrillo y, &lt;br /&gt;ajustándolo a una boquilla de plata, empezó a fumar. &lt;br /&gt;–¿Ve usted? Yo soy feliz –dijo, sin reír ya, sosteniendo su taza en la mano–. La comprendo a usted y comprendo a Lisa. Lisa &lt;br /&gt;es una de esas naturalezas ingenuas que no distinguen el bien del mal. Al menos, no lo comprenden mientras son jóvenes. &lt;br /&gt;Además, ahora sabe que esa ignorancia le conviene y tal vez ponga en ello alguna intención... –agregó Betsy, con fina sonrisa–. &lt;br /&gt;Sea lo que sea, le interesa no comprenderlo. Vera usted: una misma cosa se puede mirar desde un punto de vista trágico, &lt;br /&gt;convirtiéndola en un tormento, como cabe mirarla con sencillez y hasta con alegría. Acaso usted se incline a con siderar las &lt;br /&gt;cosas demasiado trágicamente... &lt;br /&gt;–Quisiera conocer a los demás como a mí misma  –dijo Ana, seria y reconcentrada–. ¿Seré peor o mejor que las de más? Yo &lt;br /&gt;creo que peor... &lt;br /&gt;–¡Es usted una niña! ¡Una verdadera niña! –exclamó Betsy–. ¡Mire: ya vienen!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 127&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XVIII &lt;br /&gt;Se oyeron pasos, una voz de hombre, luego otra femenina y risas, y a continuación entraron los invitados que se espera ban: &lt;br /&gt;Safo Stolz y un joven llamado Vaska, radiante, rebosando salud, y en quien se advertía que le aprovechaba la nutrición de &lt;br /&gt;carne cruda, trufas y vino de Borgoña. &lt;br /&gt;Vaska saludó a las señoras y las miró, pero sólo por un mo mento. Entró en el salón siguiendo a Safo y ya en él la siguió &lt;br /&gt;constantemente, sin apartar de ella sus brillantes ojos, como si quisiera comérsela. &lt;br /&gt;Safo Stolz era una rubia de o jos negros. Entró andando a pasos rápidos y menudos sobre sus pies calzados con zapati tos de &lt;br /&gt;altos tacones y estrechó fuertemente, como un hombre, las manos de las señoras. &lt;br /&gt;Ana no había visto nunca hasta entonces a esta nueva celebridad y le sorprendían tanto su belleza como la exageración de su &lt;br /&gt;vestido y el atrevimiento de sus modales. Con sus cabe llos propios y los postizos, de un color suavemente dorado, se había &lt;br /&gt;levantado un monumento tal de peinados sobre su ca beza que ésta había adquirido un volum en casi mayor que el del busto, &lt;br /&gt;bien modelado y firme y bastante escotado por de lante. Sus movimientos, al caminar, eran tan impetuosos que a cada uno de &lt;br /&gt;ellos se dibujaban bajo su vestido las formas de sus rodillas y de la parte superior de sus piernas.  Involuntariamente, el que la &lt;br /&gt;veía se preguntaba dónde, en aquella mole ar tificial, empezaba y terminaba su lindo cuerpo, menudo y bien formado, de &lt;br /&gt;movimientos vivos, tan descubierto por delante y tan disimulado y envuelto por debajo y por detrás. &lt;br /&gt;Betsy se apresuró a presentarlas. &lt;br /&gt;–¿No sabe? Casi hemos aplastado a dos soldados –empezó Safo a contar en seguida, haciendo guiños con los ojos, sonriendo &lt;br /&gt;y echando hacia atrás la cola de su vestido, que había quedado algo torcida–. He venido con Vaska... ¡Ah, sí!, es verdad que no &lt;br /&gt;se conocen. Se me olvidaba. &lt;br /&gt;Y, después de nombrar a la familia del joven, le presentó Ruborizándose de su indiscreción al llamarle Vaska ante una &lt;br /&gt;señora desconocida, rió sonoramente. &lt;br /&gt;Vaska saludó a Ana una vez más, pero ella, sin decirle nada, se dirigió a Safo: &lt;br /&gt;–Ha perdido usted la apuesta. Hemos llegado antes. Págueme –dijo, sonriendo. &lt;br /&gt;Safo rió con más júbilo aún. &lt;br /&gt;–Supongo que no pretenderá que lo haga ahora –dijo. &lt;br /&gt;–Es igual... Lo recibiré luego... &lt;br /&gt;–Bueno, bueno... ¡Ah! –dijo Safo, dirigiéndose a Betsy–. Se me olvidaba decirle que le he traído un invitado: mírelo. &lt;br /&gt;El inesperado y joven invitado al que Safo había traído y olvidara presentar, era, sin embargo, un huésped tan impor tante &lt;br /&gt;que, a pesar de su juventud, ambas señoras se levantaron para saludarle. &lt;br /&gt;Era el nuevo admirador de Safo y, como Vaska, la cortejaba también. &lt;br /&gt;Llegaron luego el príncipe Kaluchsky y Lisa Merkalova con Stremov. Lisa era una morena delgada, de tipo y rostro &lt;br /&gt;orientales, indolente, de hermosos ojos enigmático s, según todos decían. Su oscuro vestido armonizaba con su belleza, como &lt;br /&gt;Ana notó con agrado en seguida. Todo lo que Safo tenía de brusca y viva, lo tenía Lisa de suave y negligente. Pero para el &lt;br /&gt;gusto de Ana, Lisa resultaba mucho más atractiva. &lt;br /&gt;Betsy aseguraba a Ana que Lisa era como un niño igno rante, pero Ana al verla comprendió que Betsy no decía ver dad. Lisa &lt;br /&gt;era en efecto una mujer viciosa a ignorante, pero suave y resignada. Su estilo, eso sí, era el de Safo: como a Safo, la seguían, &lt;br /&gt;cual cosidos a ella, dos admiradores devorándola con los ojos, uno joven y otro viejo; pero había en Lisa algo superior a lo que &lt;br /&gt;la rodeaba; algo que era como el resplandor brillante de aguas puras entre un montón de vidrios vulgares. &lt;br /&gt;Aquel resplandor brotaba de sus hermosos ojos, verdaderamente enigmáticos. La mirada cansada y al mismo tiempo llena de &lt;br /&gt;pasión de aquellos ojos rodeados de un círculo os curo sorprendía por su absoluta sinceridad. Mirando  sus ojos, sentíase la &lt;br /&gt;impresión de conocerla toda y, una vez conocida, parecía imposible no amarla. &lt;br /&gt;Al ver a Ana, su rostro se iluminó con una clara sonrisa. &lt;br /&gt;–Celebro mucho conocerla –dijo, acercándose a ella–. Ayer, en las carreras, intenté acercarme hasta usted, pero ya se había &lt;br /&gt;ido. Tenía mucho interés en verla, y pre cisamente ayer. ¿Verdad que fue una cosa terrible?  –dijo mirando a Ana con una &lt;br /&gt;expresión que parecía descubrir toda su alma. &lt;br /&gt;–Sí. Nunca me imaginé que una cosa así pudiera ser tan emocionante –contestó Ana ruborizándose. &lt;br /&gt;Los invitados se levantaron en aquel momento para salir al jardín. &lt;br /&gt;–Yo no voy –dijo Lisa, sonriendo y sentándose al lado de Ana–. ¿Usted no va tampoco? ¡Mire que gustarles jugar al cricket! &lt;br /&gt;–A mí me gusta –aseguró Ana. &lt;br /&gt;–¿Cómo se arregla para no aburrirse? Sólo con mirarla a usted, ya se siente uno alegre. Usted vive y yo me aburro. &lt;br /&gt;–¿Se aburre usted, que pertenece a la sociedad más animada de la capital? –preguntó Ana. &lt;br /&gt;–Acaso los que no son de nuestro círculo se aburran aún más, pero nosotros, y desde luego yo, nos aburrimos... Me aburro &lt;br /&gt;horriblemente... &lt;br /&gt;Safo encendió un cigarrillo y salió al jardín con dos de los jóvenes. Betsy y Stremov quedaron ante las tazas de té. &lt;br /&gt;–Sí: ¡qué aburrido es todo! –dijo Betsy–. Pero Safo dice que ayer se divirtieron mucho en su casa. &lt;br /&gt;–¡Pero si fue aburridísimo! –afirmó Lisa Merkalova–. Fuimos todos a mi casa después de las carreras. ¡Y siempre la misma &lt;br /&gt;gente, la misma, y siempre lo mismo!... Pasamos el tiempo tendidos en los divanes. ¿Hay alguna diversión en eso? No. ¿Qué &lt;br /&gt;hace usted para no aburrirse?  –siguió, dirigiéndose a Ana de nuevo –. Basta mirarla para compren der que es usted una mujer &lt;br /&gt;que puede ser feliz o desgraciada, pero que no se aburre. Dígame, ¿cómo se arregla para ello? &lt;br /&gt;–No hago nada –contestó Ana ruborizándose ante preguntas tan llenas de equívoco. &lt;br /&gt;–Es el mejor modo de no aburrirse –intervino Stremov.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 128&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Stremov era un hombre de unos cincuenta años, entrecano, lozano aún, muy feo, pero de rostro inteligente y de fuerte &lt;br /&gt;personalidad. &lt;br /&gt;Lisa Merkalova era sobrina de su mujer y él pasaba con ella todas sus horas libres. &lt;br /&gt;Ahora, al hallar a Ana Karenina, la esposa de su enemigo ministerial Alexey Alejandrovich, procuró, como hombre de &lt;br /&gt;mundo a inteligente, mostrarse especialmente amable con la mujer de su adversario. &lt;br /&gt;–No hacer nada es el mejor remedio par a no aburrirse –continuó sonriendo cortésmente–. Hace tiempo que le digo  –añadió &lt;br /&gt;dirigiéndose a Lisa Merkalova– que para no sentir el aburrimiento lo mejor es no pensar que va a aburrirse. Es como cuando &lt;br /&gt;uno teme sufrir de insomnio: lo mejor es no pensar e n que no va a dormir. Es esto precisamente lo que ha dicho Ana &lt;br /&gt;Arkadievna... &lt;br /&gt;–Me habría gustado decirlo, porque no sólo es muy ingenioso, sino también la pura verdad –repuso Ana, sonriendo. &lt;br /&gt;–Le ruego que me diga cómo ha de hacerse para dormir cuando se tiene sueño y para no aburrirse constantemente. &lt;br /&gt;–Para dormir, lo mejor es haber trabajado y para no aburrirse, también. &lt;br /&gt;–¿Y para qué voy a trabajar si nadie necesita mi trabajo? Por eso finjo, a propósito, que no sé ni quiero trabajar. &lt;br /&gt;–¡Es usted incorregible! –dijo Stremov, sin mirarla, volviéndose hacia Ana de nuevo. &lt;br /&gt;Como veía pocas veces a Ana Karenina, no podía decirle más que vulgaridades, y ahora se las decía a propósito de su vuelta &lt;br /&gt;a San Petersburgo, preguntándole cuándo sería y ha blándole del aprecio en que la tenía la condesa Lidia Iva novna; pero se lo &lt;br /&gt;decía de un modo que demostraba el interés que tenía en hacérsele agradable y más aún en mostrarle su respeto. &lt;br /&gt;Entró Tuchkevich anunciando que la reunión aguardaba a los jugadores para el cricket. &lt;br /&gt;–¡No se vaya, por favor! –dijo Lisa, al enterarse de que Ana se iba. &lt;br /&gt;Stremov unió su súplica a la de Lisa. &lt;br /&gt;–Es un contraste demasiado vivo  –dijo– pasar de esta reunión a casa de la vieja Vrede. Además, usted allí no será sino un &lt;br /&gt;motivo de murmuración, mient ras que aquí inspira us ted sentimientos mucho mejores. Es decir, completamente opuestos  –&lt;br /&gt;concluyó Stremov. &lt;br /&gt;Ana, indecisa, reflexionó un momento. &lt;br /&gt;Las palabras lisonjeras de aquel hombre tan inteligente, la simpatía ingenua a infantil que le mostraba Lisa M erkalova, todo &lt;br /&gt;este ambiente habitual del gran mundo resultaba tan agradable en comparación con las terribles dificultades que la esperaban &lt;br /&gt;que por un momento vaciló. ¿No sería mejor quedarse, alejando más, así, el espinoso instante de las explicaciones? &lt;br /&gt;Pero recordando lo que la aguardaba luego, a solas en su casa, si no adoptaba una decisión; recordando aquel gesto, terrible &lt;br /&gt;para ella, con que se había asido los cabellos con las manos, se despidió y se fue. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XIX &lt;br /&gt;Vronsky, a pesar de su vida en el gran m undo, aparentemente superficial, era un hombre que odiaba el desorden. En su &lt;br /&gt;primera juventud, estando todavía en el Cuerpo de Pajes, experimentó la humillación de una negativa cuando, habién dose &lt;br /&gt;endeudado, pidió prestado dinero. Desde entonces procuró no colocarse nunca en una situación como aquella. &lt;br /&gt;Para ello, con cierta frecuencia, variable según las circuns tancias, aunque generalmente unas cinco veces al año, se apartaba &lt;br /&gt;de la sociedad y ponía orden en todas sus cosas. &lt;br /&gt;A esto lo llamaba hacer cuentas o faire la lessive. &lt;br /&gt;Al día siguiente de la cita se despertó tarde. Sin afeitarse ni bañarse, se vistió la guerrera blanca del uniforme de verano, puso &lt;br /&gt;sobre la mesa dinero, cartas y cuentas, y comenzó a ocuparse en ello. &lt;br /&gt;Petrizky, que sabía que mientra s efectuaba tal operación su amigo solía estar irritado, viéndole al despertar ocupado en el &lt;br /&gt;escritorio se vistió sin hacer ruido y se fue para no estorbarle. &lt;br /&gt;Todo hombre sabe con detalle las complicaciones que le rodean y supone, sin querer, que esas comp licadas condiciones y su &lt;br /&gt;aclaración son una particularidad personal suya, sin sospechar que los demás viven también entre condiciones per sonales tan &lt;br /&gt;complicadas como las propias. &lt;br /&gt;Así le sucedía a Vronsky. Y, no sin orgullo íntimo y tampoco sin motivo, pensaba que cualquier otro, de haberse encontrado &lt;br /&gt;con tantas y tan grandes dificultades, se habría visto perdido y obligado a obrar del peor modo. &lt;br /&gt;Vronsky, en cambio, comprendía que precisamente ahora debía estudiar el estado de sus asuntos y su situación  para no &lt;br /&gt;complicar las cosas. Primero, y como más fácil, estudió los asuntos de dinero. &lt;br /&gt;Con su letra menuda apuntó lo que debía sobre un pliego de papel de escribir. Sumó y halló que sus deudas alcanzaban &lt;br /&gt;diecisiete mil rublos y algunos centenares, de los que prescindió para más claridad. Luego contó su dinero y examinó las notas &lt;br /&gt;del banco, y halló que sólo poseía mil ochocientos rublos y que no tendría ingreso alguno hasta año nuevo. &lt;br /&gt;Volvió a leer la lista de deudas y la copió, dividiéndola en tres catego rías. A la primera categoría pertenecían las que ha bía &lt;br /&gt;de pagar en seguida o para las cuales, por lo menos, había de tener el dinero preparado por no permitir su pago ni un mi nuto de &lt;br /&gt;dilación. &lt;br /&gt;Estas deudas ascendían a unos cuatro mil rubios. Mil qui nientos por el caballo y dos mil quinientos de una fianza por su &lt;br /&gt;joven compañero Venevsky, que en presencia suya los ha bía perdido jugando con un tramposo. Vronsky había querido pagar &lt;br /&gt;el dinero en el momento, puesto que lo llevaba encima, pero Venevsky y Jach vin insistieron en que pagarían ellos y no &lt;br /&gt;Vronsky, que no jugaba. &lt;br /&gt;Todo ello estaba muy bien, pero Vronsky sabía que con motivo de aquel sucio negocio, y a pesar de no haber tenido en él &lt;br /&gt;otra participación que el responder de palabra por Ve nevsky, tenía q ue tener preparados dos mil quinientos ru blos para &lt;br /&gt;echárselos al rostro al fullero y no discutir más con él.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentario: Hacer la colada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 129&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De modo que para esta primera y principal clase de deudas necesitaba disponer de cuatro mil rubios. Otro grupo, de ocho &lt;br /&gt;mil, comprendía deudas también importantes, en su mayoría relativas a su cuadra de carreras: el proveedor de heno y avena, el &lt;br /&gt;inglés, el guarnicionero, etc. De éstas, necesitaba pagar al menos dos mil rubios si quería quedar tranquilo. Y quedaba la última &lt;br /&gt;clase de débitos –tiendas, hoteles, sastre, etcétera – de las que no tenía que preocuparse. &lt;br /&gt;Necesitaba, de todos modos, un mínimo de seis mil ru bios para los gastos corrientes y sólo poseía mil ochocien tos. Para un &lt;br /&gt;hombre con cien mil de renta, como todos le atribuían, parecía qu e no había de tener importancia. Pero en realidad no poseía &lt;br /&gt;los cien mil rubios. Los inmensos bienes de su padre, que representaban por sí solos doscientos mil, eran propiedad indivisa de &lt;br /&gt;los dos hermanos. Cuando su hermano mayor, cargado de deudas, se ca só con la prin cesa Varia Chirkova, hija de un &lt;br /&gt;decembrista, sin dinero alguno, Alexey le cedió todas las rentas de la propiedad de su padre, reservándose únicamente &lt;br /&gt;veinticinco mil rubios al año. Vronsky dijo entonces a su hermano que le bastaría con este  dinero mientras no se casara, lo que &lt;br /&gt;probablemente no haría nunca. Y su hermano, comandante, por aquellos días de uno de los regimientos de lanceros mas caros &lt;br /&gt;para un aristócrata y recién casado, no pudo rechazar aquel regalo. &lt;br /&gt;Su madre, que poseía un capi tal propio, daba a Alexey anualmente veinte mil rubios más, que, añadidos a aquellos &lt;br /&gt;veinticinco mil, no bastaban aún para sus gastos. Ultima mente, habiendo su madre discutido con él por su marcha de Moscú y &lt;br /&gt;sus relaciones con Ana, dejó de enviarle dinero. Como consecuencia, estando Vronsky acostumbrado a gastar cuarenta y cinco &lt;br /&gt;mil rubios anuales y no habiendo recibido este año más que veinticinco mil, se encontraba en una situa ción algo apurada. No &lt;br /&gt;había que pensar en recurrir a su ma dre. La última car ta de ella, recibida el día antes, le irritó aún más, porque contenía la &lt;br /&gt;insinuación de que estaba dispuesta a ayudarle para que obtuviera éxitos en el mundo y en su ca rrera, pero no para que llevase &lt;br /&gt;aquella vida que escandalizaba a toda la buena sociedad. &lt;br /&gt;Aquella tentativa de su madre para comprarle le ofendió hasta lo más profundo de su alma y enfrió todavía más el poco &lt;br /&gt;afecto que sentía por ella. &lt;br /&gt;No podía, sin embargo, desdecirse de su generosidad hacia su hermano, a pesar de presentir ahora vagamente,  previendo &lt;br /&gt;alguna posibilidad de nuevos gastos en sus relaciones con la Karenina, que aquella generosidad había sido concedida de -&lt;br /&gt;masiado irreflexivamente; y que él, aun soltero, podía tener muy bien necesidad de los cien mil rubios de renta. &lt;br /&gt;Era imposible, sin embargo, retirar la palabra dada. Le bas taba recordar a la mujer de su hermano, la dulce y simpática &lt;br /&gt;Varia, que le hacía presente siempre que venía al caso cuánto estimaba su generosidad y cuánto le apreciaba, para que Vronsky &lt;br /&gt;se sintiera en la imposibilidad de dar el menor paso en aquel sentido. Hacerlo le parecía entonces tan imposible como pegar a &lt;br /&gt;una mujer, robar o mentir. &lt;br /&gt;Lo que sí podía y debía hacer, y así lo decidió Vronsky in mediatamente, sin ninguna vacilación, era pedir diez mil ru bios a &lt;br /&gt;un usurero, cosa que encontraría sin dificultad, dismi nuir sus gastos generales y vender su cuadra de carreras. Esto resuelto, &lt;br /&gt;envió en seguida una carta a Rolandaky, que le había ofrecido más de una vez comprarle los caballos, mandó buscar al inglés y &lt;br /&gt;a un usurero a hizo cuentas sobre el dinero que tenía. Terminados todos estos asuntos escribió a su madre dándole una &lt;br /&gt;respuesta áspera y fría. Sacó al fin de la cartera tres notas de Ana, las quemó y quedó pensativo al recordar la conversación &lt;br /&gt;sostenida el día anterior con ella. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XX &lt;br /&gt;La vida de Vronsky era tanto más feliz cuanto que poseía un código particular de reglas que definían lo que debía y no debía &lt;br /&gt;hacer. &lt;br /&gt;Este código contenía las reglas en un número muy limi tado, y Vronsky, dentro de ese círculo, no  vacilaba un momento en &lt;br /&gt;hacer lo que debía. &lt;br /&gt;Sus reglas definían claramente que debía pagar a los fulle ros y no al sastre; que no debía mentir a los hombres, aunque sí &lt;br /&gt;podia mentir a las mujeres; que no era lícito engañar a na die, mas sí a los maridos; q ue era imposible perdonar las ofen sas y &lt;br /&gt;que estaba permitido ofender, etc. Tales reglas podían ser ilógicas y malas, Pero eran concretas, y Vronsky, cum pliéndolas, se &lt;br /&gt;sentía tranquilo y con derecho a llevar la cabeza muy alta. &lt;br /&gt;Pero últimamente, a causa d e sus relaciones con Ana, Vronsky empezaba a notar que el código de sus reglas de vida no &lt;br /&gt;preveía todas las posibilidades y que se le presentaban en el futuro complicaciones y dudas, y que para vencerlas no ha llaba el &lt;br /&gt;halo conductor que le guiara. &lt;br /&gt;Sus relaciones del momento con Ana y su marido se le apa recían sencillas y claras, y el código que le servía de norma las &lt;br /&gt;definía con precisición. &lt;br /&gt;Ella era una mujer honrada que le había hecho presente de su amor y que, por tanto, puesto que él, además, la amaba , &lt;br /&gt;merecía su máximo respeto: tanto, si no más, como habría merecido su mujer legal. Antes se habría dejado cortar una mano &lt;br /&gt;que permitirse, ni siquiera a sí mismo, ni aun con una palabra, no sólo ofenderla, sino no guardarle todo el respeto que puede &lt;br /&gt;exigir una mujer. &lt;br /&gt;Sus relaciones con la sociedad también eran claras. Todos podían sospechar y saberlo, pero nadie debía atreverse a decírselo. &lt;br /&gt;De lo contrario, estaba dispuesto a hacer callar a los que hablasen y a obligarles a respetar el inexistente honor de  la mujer a &lt;br /&gt;quien amaba. &lt;br /&gt;Sus relaciones con el marido eran más claras aún. Puesto que Ana quería a Vronsky, él consideraba su derecho a ella como &lt;br /&gt;indiscutible. El marido no era más que un personaje en gomoso que estaba de sobra. Cierto que se hallaba en una  situación &lt;br /&gt;lamentable, pero ¿qué podia hacerse? A lo único que el marido tenía derecho era a exigirle una satisfacción con las arenas, a lo &lt;br /&gt;que Vronsky se había sentido siempre dispuesto. &lt;br /&gt;Últimamente habían surgido, sin embargo, entre él y Ana relaciones nuevas que le asustaban por su aspecto indefinido.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentario: Así se llamaba a &lt;br /&gt;los que tomaron parte en la &lt;br /&gt;insurrección de diciembre de &lt;br /&gt;1825,organizada en San &lt;br /&gt;Petersburgo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 130&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta ayer, ella no le había dicho que estaba embarazada. Y Vronsky comprendió que esta noticia, y lo que Ana espe rase de &lt;br /&gt;él, exigían algo que no estaba previsto en el código que regulaba su vida. La noti cia, en efecto, le había cogido desprevenido. &lt;br /&gt;Al principio de anunciarle ella su estado, el co razón de Vronsky le dictó que Ana debía abandonar a su ma rido, y así se lo &lt;br /&gt;había manifestado. Pero ahora, al reflexionar, comprendió que era preferable no hacer lo sin dejar de temer obrar mal al &lt;br /&gt;pensarlo. &lt;br /&gt;«Si le he dicho que deje a su marido, ello significa que ha de unirse a mí. ¿Y estoy en condiciones de hacerlo? ¿Cómo puedo &lt;br /&gt;mantenerla si no tengo dinero? Pero supongamos que arreglo esa cuestión material. ¿Cómo  llevármela si tengo que ocuparme &lt;br /&gt;de mi carrera? Para decide eso tenía que haber estado preparado antes: es decir tener dinero y pedir el retiro.» &lt;br /&gt;Quedó pensativo. La cuestión de si debía o no pedir el retiro le hizo meditar en otro interés secreto de su vida, sólo conocido &lt;br /&gt;para él, pero que era el principal estímulo que le guiaba: la ambición, ilusión acariciada desde su infancia y su juventud. Y su &lt;br /&gt;ambición, que ni a sí mismo se confesaba, era tan fuerte que aun ahora mismo luchaba con su amor. Sus pri meros pasos en el &lt;br /&gt;mundo y en su carrera habían sido afortu nados; pero dos años antes había cometido un gran error: que riendo demostrar su &lt;br /&gt;independencia y ascender más, renunció a un cargo que le ofrecían, esperando que la negativa le daría más valor aún. &lt;br /&gt;Pero resultó que había sido demasiado audaz y le dejaron de lado; y como quiera que, a pesar suyo, se había creado con ello &lt;br /&gt;la posición de un hombre independiente, la soportaba lo mejor que podía, con inteligencia y sagacidad, procediendo como si no &lt;br /&gt;se sintiera ofendido por nadie y no deseara otra cosa que vivir tranquilo su alegre existencia. &lt;br /&gt;Pero la verdad era que desde que el año pasado había vuelto de Moscú ya no se sentía alegre. Notaba que aquella posición &lt;br /&gt;independiente de hombre que lo ha podido tener todo y no quiere nada perdía mérito y que muchos empezaban ya a pensar que &lt;br /&gt;nunca habría conseguido otra cosa que ser un joven bueno y honorable. &lt;br /&gt;Sus relaciones con la Karenina, que habían provocado tan tos comentarios, atrajeron sobre él la atención ge neral y le dieron &lt;br /&gt;un nuevo brillo, en que se calmó por algún tiempo el gusano de la ambición que le roía. &lt;br /&gt;Mas, desde hacía una semana, aquel gusano despertaba con nuevo brío. Un amigo de la infancia, hombre de su misma so -&lt;br /&gt;ciedad y círculo, camarada suyo en el cuerpo de cadetes, y ofi cial de la misma promoción, Serpujovskoy, con el que Vronsky &lt;br /&gt;rivalizara en las clases, en el gimnasio, en las diabluras y en las ilusiones ambiciosas, aquel amigo había vuelto en aquellos &lt;br /&gt;días del Asia central, habiendo logrado  allí dos ascensos seguidos, distinción pocas veces obtenida por los militares tan &lt;br /&gt;jóvenes. &lt;br /&gt;En cuanto Serpujovskoy llegó a San Petersburgo, empezó a hablarse de él como de una estrella de primera magnitud en &lt;br /&gt;curso ascendente. &lt;br /&gt;De la misma edad de Vronsky y  perteneciente a la misma promoción, Serpujovskoy era ya general y esperaba un nom -&lt;br /&gt;bramiento que le diese autoridad en los asuntos públicos, mientras Vronsky, aunque independiente, brillante y amado por una &lt;br /&gt;admirable mujer, no era más que un simple capitán de caballería al que se le dejaba ser tan libre como quisiera. &lt;br /&gt;«Por supuesto, no envidio ni puedo envidiar a Serpujovskoy», pensó, «pero su elevación me demuestra que hay que moverse &lt;br /&gt;y que entonces la carrera de un hombre como yo puede ser muy rápida. Hac e años, él estaba en mi misma situación. Si pido el &lt;br /&gt;retiro, quemo mis naves. Quedándome en el servicio, no pierdo nada. Ana misma me ha dicho que no quiere alterar mi &lt;br /&gt;situación. Y yo, poseyendo su amor, no tengo nada que envidiar a Serpujovskoy». &lt;br /&gt;Atusándose lentamente los bigotes, se levantó y comenzó a pasear por la habitación. Sus ojos brillaban vivamente. Se sentía &lt;br /&gt;en aquel estado de ánimo fuerte, tranquilo y alegre que tenía siempre después de aclarar su situación. Todo estaba tan neto y &lt;br /&gt;despejado como sus deudas después de haberlas revisado. Vronsky se afeitó, tomó un baño frío, se vistió y se fue. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XXI &lt;br /&gt;–Vengo a buscarte. Tu aseo ha durado hoy mucho ––dijo Petrizky–. ¿Qué? ¿Has terminado? &lt;br /&gt;–Sí –respondió Vronsky, sonriendo sólo con los ojos y atusándo se las puntas del bigote con tanto esmero como si, después &lt;br /&gt;del orden en que había dejado sus asuntos, cualquier movimiento brusco pudiese destruirlo. &lt;br /&gt;–Tras esa ocupación quedas siempre como después de un buen baño –siguió Petrizky–.Vengo de ver a Crisko –llamaba así al &lt;br /&gt;coronel del regimiento–, que lo está esperando. &lt;br /&gt;Vronsky miraba a su compañero sin contestarle, pensando en otra cosa. &lt;br /&gt;–¡Ah! ¿Viene de su casa esta música?  –preguntó, sintiendo las notas del trombón, en valses y polkas, que llegagan a sus &lt;br /&gt;oídos–. ¿Dan alguna fiesta? &lt;br /&gt;–Es que ha llegado Serpujovskoy. &lt;br /&gt;–¡Ah, no lo sabía! –dijo Vronsky. &lt;br /&gt;Una vez decidido que era feliz con su amor, sacrificando a él su ambición, Vronsky no podía sentir ni envidia de Serpujovs -&lt;br /&gt;koy ni enojo al pensar que, al llegar al cuartel, su camarada no hubiera ido a visitarle antes que a ninguno. Serpujovskoy era un &lt;br /&gt;buen amigo y Vronsky se alegraba de su triunfo. &lt;br /&gt;–Me satisface mucho... &lt;br /&gt;Denin, el coronel del regimiento, ocupaba una gran casa perteneciente a unos propietarios rurales. Los reunidos estaban en el &lt;br /&gt;amplio mirador del piso bajo. &lt;br /&gt;Lo primero que atrajo la atención de Vronsky al entrar en el patio fueron los cantores militares vistiendo sus uniformes &lt;br /&gt;blancos de verano, todos de pie junto a un pequeño barril de aguardiente,  y, con ellos, la figura sana y alegre del coronel del &lt;br /&gt;regimiento rodeado de los oficiales. Saliendo al primer peldaño, el coronel, en voz alta que dominaba el son de la orquesta, que &lt;br /&gt;tocaba entonces un rigodón de Offenbach, daba órdenes y hacía señales c on el brazo a unos soldados que esta ban algo &lt;br /&gt;separados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 131&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El grupo de soldados, un sargento de caballería y algunos oficiales, se acercaron al balcón a la vez que Vronsky. El co ronel, &lt;br /&gt;que había vuelto a la mesa, reapareció de nuevo con una copa en la mano y pronunció un brindis: &lt;br /&gt;–A la salud de nuestro ex compañero, el bravo general Serpujovskoy. ¡Hurra! &lt;br /&gt;Tras el coronel, y también con la copa en la mano, salió Serpujovskoy a la escalera. &lt;br /&gt;–Estás cada vez más joven, Bondarenko  ––dijo, dirigiéndose al sargento de caballería que estaba ante él, hombre de buena &lt;br /&gt;presencia y coloradas mejillas que prestaba servicio como reenganchado. &lt;br /&gt;Vronsky, que no había visto a Serpujovskoy desde hacía tres años, ahora le notaba un aspecto más varonil. Se había dejado &lt;br /&gt;crecer las patillas; se había hecho más hombre, pero conservaba su esbeltez de siempre a impresionaba tanto por su belleza &lt;br /&gt;como por la dulzura y nobleza de su rostro y as pecto. El único cambio que Vronsky observó en él fue el bri llo radiante, &lt;br /&gt;tranquilo y persistente, aquel brillo que Vronsky conocía bien y que había observado en seguida en su amigo, que adquieren &lt;br /&gt;los rostros de los que triunfan y están convencidos además de que los demás no ignoran su éxito. &lt;br /&gt;Serpujovskoy, al bajar la escalera, vio a Vronsky y una s onrisa alegre iluminó su rostro. Alzó la cabeza y levantó el vaso, &lt;br /&gt;saludándole y mostrando con este gesto que no podía dejar de acercarse primero al sargento de caballería, que ya se estiraba &lt;br /&gt;conmovido y plegaba los labios para besar al General. &lt;br /&gt;–¡Ya está aquí! –gritó el coronel–. Jachvin me ha dicho que estás de mal humor. &lt;br /&gt;Serpujovskoy besó los labios frescos y húmedos del ga llardo sargento y, secándose la boca con el pañuelo, se acercó a &lt;br /&gt;Vronsky. &lt;br /&gt;–¡Cuánto me alegro de verte! –dijo, estrechándole la mano y llevándole aparte. &lt;br /&gt;–¡Ocúpese de él! –gritó el coronel a Jachvin, mostrándole a Vronsky. &lt;br /&gt;Y se dirigió a los soldados. &lt;br /&gt;–¿Cómo es que no se te vio ayer en las carreras? Pensaba haberte visto allí –dijo Vronsky, mirando a su amigo. &lt;br /&gt;–Estuve, pero llegué tarde, perdona –añadió, volviéndose hacia el ayudante para decirle –: Haga el favor de orde nar que se &lt;br /&gt;distribuya esto de mi parte, a lo que toquen cada uno, entre la tropa. &lt;br /&gt;Y, sonrojándose, sacó precipitadamente de su cartera tres billetes de cien rublos. &lt;br /&gt;–Vronsky. ¿Quieres tomar algo? –preguntó Jachvin–. ¡Hola: traed algo de comer para el Conde! ¡Y bébete esto! &lt;br /&gt;La orgía en casa del coronel continuó largo rato. Mantea ron a Serpujovskoy y al coronel. Luego, ante los cantores, bailaron &lt;br /&gt;el coronel y Petrizky. F inalmente, aquél, algo can sado ya, se sentó en el banco del patio y empezó a demostrar a Jachvin la &lt;br /&gt;superioridad de Rusia sobre Prusia, sobre todo en las cargas de caballería. El bullicio se calmó por un momento. Serpujovskoy &lt;br /&gt;pasó un instante al tocador d e la casa para la varse las manos y halló allí a Vronsky, que, habiéndose qui tado la guerrera y &lt;br /&gt;poniendo su cuello, sobre el que caían abundantes cabellos, bajo el grifo del lavabo, se frotaba con las manos cuello y cabeza. &lt;br /&gt;Una vez que Vronsky hubo termi nado de lavarse, sentóse junto a Serpujovskoy y, acomodados los dos allí mismo en un &lt;br /&gt;pequeño diván, empezaron una charla muy interesante para ambos. &lt;br /&gt;–Estaba informado de todos tus asuntos por mi mujer –dijo Serpujovskoy–. Me alegro de que la hayas visitado a menudo. &lt;br /&gt;–Es muy amiga de Varia. Son las únicas mujeres de San Petersburgo a las que me agrada tratar  –contestó Vronsky, &lt;br /&gt;sonriendo, al prever el tema que iba a tocar la conversación y que le era en extremo agradable. &lt;br /&gt;–¿Las únicas? –dijo Serpujovskoy sonriendo igualmente. &lt;br /&gt;–También yo sabía de ti por tu mujer –repuso Vrosnky, con el rostro serio, cortando así la alusión–. Me alegro mucho de tus &lt;br /&gt;éxitos, pero no me han sorprendido. Esperaba tanto o más de ti. &lt;br /&gt;Serpujovskoy sonrió de nuevo. Era evidente que le halagaba que se tuviese de él tal opinión y no creía necesario ocultarlo. &lt;br /&gt;–Yo, al contrario: confieso que esperaba menos. Pero estoy muy satisfecho. Mi debilidad es ser ambicioso, lo confieso. &lt;br /&gt;–Acaso no te confesaras de no haber triunfado –––dijo Vronsky. &lt;br /&gt;–No lo creo –contestó Serpujovskoy sonriendo otra vez–. No diré que no valiera la pena vivir sin esto, pero sí que sería muy &lt;br /&gt;aburrido. Claro que, aunque puede que me equivoque, creo tener algunas facultades para el campo de ac tividad que he &lt;br /&gt;escogido y que el mando en mis manos estará sin duda mejor que en las de otros muchos que conozco  ––dijo Serpujovskoy, &lt;br /&gt;con radiante conciencia de su éxito–. Y por ello, cuanto más me acerco a eso, más satisfecho estoy. &lt;br /&gt;–Quizá te pase a ti así, pero no a todos. Ant es también pensaba yo lo mismo; mas ahora encuentro que no vale la pena vivir &lt;br /&gt;sólo por eso ––dijo Vronsky. &lt;br /&gt;–¡Claro, claro! –––exclamó Serpujovskoy, riendo–. Ya he oído hablar de tu negativa a aceptar un cargo. Te aprobé, natu -&lt;br /&gt;ralmente que sí; pero hay modos de hacer las cosas... Creo que está bien lo que hiciste, aunque no del modo que... &lt;br /&gt;–Lo hecho, hecho. Ya sabes que no me arrepiento jamás. Y, por otra parte, me encuentro admirablemente bien así. &lt;br /&gt;–Sí, por algún tiempo. Pero no te pasará siempre lo mismo.  No hablo de lo que renunciaste en favor de tu her mano. Es un &lt;br /&gt;buen chico, como este «huésped nuestro». ¿Oyes?  –añadió escuchando los hurras–. También él está alegre. Mas a ti esto sólo &lt;br /&gt;no te satisface. &lt;br /&gt;–No digo que me satisfaga. &lt;br /&gt;–Además, no es eso únicamente. Hombres como tú son necesarios... &lt;br /&gt;–¿A quién? &lt;br /&gt;–¡A quién! A la sociedad a Rusia. Rusia necesita gente, necesita un partido. Si no, todo se irá al diablo. &lt;br /&gt;–¿Así que crees que es necesario un partido como el de Bertenev contra los comunistas rusos? &lt;br /&gt;–No –contestó Serpujovskoy, rechazando, con una mueca, que le atribuyesen tal necedad –. Tout ça est une bla gue. Lo ha &lt;br /&gt;sido y lo será siempre. No hay tales comunistas. Pero los intrigantes necesitan inventar partidos peligrosos, da ñinos. Es un &lt;br /&gt;truco viejo. No, no: lo necesario es un partido de la gente independiente, como tu y yo. &lt;br /&gt;–¿Mas, para qué? –y Vronsky nombró a algunos que ejercían autoridad–. ¿Acaso esos no son independientes?  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentario: «Todo eso es una &lt;br /&gt;farsa.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 132&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No lo son porque, desde su nacimiento, no tienen ni han tenido una situación independiente. No nacieron en esa proximidad &lt;br /&gt;a las alturas en que hemos nacido tú y yo. A ellos se les puede comprar con dinero o con halagos. Y, para poder soste nerse, &lt;br /&gt;tienen que inventar la necesidad de una doctrina, de sarrollar un programa o un pensam iento en el que no creen y que es &lt;br /&gt;pernicioso. Pero para ellos sus doctrinas son el modo de gozar de un sueldo y de una residencia oficial.  Cela n'est pas plus &lt;br /&gt;malin que ça, cuando ves su juego. Quizá yo sea más tonto y peor que ellos, aunque no veo por qu é lo voy a ser. Pero tú y yo &lt;br /&gt;tenemos una ventaja muy importante: que a nosotros es más difícil compramos. Y gente así es más necesaria que nunca. &lt;br /&gt;Vronsky escuchaba con atención, menos atento al sentido de las palabras que al modo que tenía Serpujovskoy de exponerlas, &lt;br /&gt;a su pensamiento de luchar ya contra el poder y a la manifestación de sus simpatías y antipatías en este punto. Mientras el otro &lt;br /&gt;poseía ideas al respecto, Vronsky no ponía interés más que en los asuntos de su escuadrón. &lt;br /&gt;Vronsky reconocía que  Serpujovskoy podía ser fuerte por su facultad de pensar, de ver las cosas claras, Por aquella inte -&lt;br /&gt;ligencia y don de palabra tan raros en el ambiente en que vivía. Y, por vergüenza que le causara, Vronsky en este sentido &lt;br /&gt;envidiaba a su camarada. &lt;br /&gt;–En todo caso, para ello me haría falta una cosa esencial  –contestó Vronsky–: el deseo del poder. Lo he sentido an tes, pero &lt;br /&gt;ahora se me ha disipado. &lt;br /&gt;–Dispensa, pero no es verdad –dijo Serpujovskoy, sonriendo. &lt;br /&gt;–Es verdad, es verdad... por ahora al menos; te lo digo con sinceridad –añadió Vronsky. &lt;br /&gt;,–Ese «por ahora» ya es otra cosa. Y no durara siempre. &lt;br /&gt;–Puede ser –repuso Vronsky. &lt;br /&gt;–Dices «puedes ser»  –continuó Serpujovskoy, como adi vinando sus pensamientos – y yo te digo que es seguro. Por eso &lt;br /&gt;quería verte. Tú has obr ado como debías. Pero no debes «perseverar». Sólo te ruego que me des carte blanche... No trato de &lt;br /&gt;protegerte, aunque, ¿por qué no había de hacerlo? ¿Cuántas veces no me has protegido tú? Pero nuestra amistad está sobre todo &lt;br /&gt;eso. Sí  ––dijo con una dulzura  femenina, sonriéndole–. Dame carte blanche,  deja el regimiento y te si tuaré sin que se den &lt;br /&gt;cuenta... &lt;br /&gt;–Pero ¡si no necesito nada! Con que las cosas sigan como hasta ahora... –dijo Vronsky. &lt;br /&gt;Serpujovskoy, incorporándose, se plantó ante él. &lt;br /&gt;–Dices que con que las cosas sigan como hasta ahora te basta. Te comprendo. Pero escúchame: ambos somos de la misma &lt;br /&gt;edad y quizá tú hayas conocido más mujeres que yo  –la sonrisa y los ademanes de Serpujovskoy indicaban que Vronsky no &lt;br /&gt;debía temer nada, ya que él iba a tocar con suavidad y prudencia el punto neurálgico–. Pero soy casado y créeme que (como ha &lt;br /&gt;escrito no sé quién), conociendo sólo a una mujer a la que ames, sabes más que si hubieras conocido millares de mujeres. &lt;br /&gt;–Ahora vamos –dijo Vronsky al oficial que se presentó en la habitación para decirles que el Coronel les llamaba. &lt;br /&gt;Vronsky deseba ahora escuchar hasta el final lo que Serpujovskoy iba a decirle. &lt;br /&gt;–Mi opinión es ésta: la mujer es la piedra de toque esencial en la actividad del hombre. Es difícil amar a una mujer y hacer a &lt;br /&gt;la vez algo útil. Para ello hay un remedio: desviar el amor por ellas casándose. ¿Cómo te diría ...?  –agregó Serpujovskoy, al &lt;br /&gt;que le gustaba hacer comparaciones–. Espera, espera... Llevar un paquete en la mano y hacer algo a la vez no e s posible, pero &lt;br /&gt;sí lo es si te lo echas a la espalda. El matrimo -nio es así. Lo he visto cuando me he casado. Me sentí de pronto con las manos &lt;br /&gt;libres. Pero sin estar casado, y llevando ese fardo contigo, estás con las manos tan ocupadas que no puedes hacer  nada de &lt;br /&gt;provecho. Fíjate en Masankov y en Krupov, que han estropeado sus carreras por las mujeres... &lt;br /&gt;–¡Vaya unas mujeres!  –dijo Vronsky, recordando a la francesa y a la artista con las que tenían relaciones los dos &lt;br /&gt;mencionados. &lt;br /&gt;–Tanto peor cuanto más alta es la posición de la mujer en la sociedad, porque entonces no se tratará ya de llevar el pa quete, &lt;br /&gt;sino de quitárselo a otro. &lt;br /&gt;–Tú no has amado jamás –le dijo Vronsky suavemente, mirando ante sí y pensando en Ana. &lt;br /&gt;–Puede ser. Pero acuérdate de lo que te h e dicho. Y, ade más, piensa que todas las mujeres son más materialistas que los &lt;br /&gt;hombres. Nosotros miramos el amor como algo inmenso y ellas lo consideran siempre  terre–à–terre... ¡Ahora, ahora! –––dijo &lt;br /&gt;al lacayo, que se acercaba. &lt;br /&gt;Pero el lacayo no iba a llamarles, como Serpujovskoy había imaginado, sino que llevaba una carta para Vronsky. &lt;br /&gt;–La trajo el criado de la princesa Tverskaya. &lt;br /&gt;Vronsky abrió la carta y se ruborizó. &lt;br /&gt;–Me duele la cabeza; me voy a casa ––dijo a Serpujovskoy. &lt;br /&gt;–Entonces, adiós. ¿Me das carte blanche? &lt;br /&gt;–Ya hablaremos después. Nos veremos en San Petersburgo. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XXII &lt;br /&gt;Eran más de las cinco y, para llegar a tiempo y no ir con sus caballos, conocidos por todos, Vronsky tomó el coche de &lt;br /&gt;alquiler que llevara a Jachvin y le ordenó ir lo más deprisa posible. &lt;br /&gt;El viejo coche de alquiler, de cuatro asientos, era muy es pacioso. Vronsky se sentó en un ángulo, extendió las piernas sobre &lt;br /&gt;el asiento delantero y quedó pensativo. &lt;br /&gt;La vaga conciencia de la claridad con que había planteado sus asuntos, el confuso  recuerdo de la amistad y alabanzas de &lt;br /&gt;Serpujovskoy, que le consideraba como un hombre necesario, y principalmente la espera de la próxima entrevista, todo se unió &lt;br /&gt;para infundirle una viva impresión general de la alegría de vivir. &lt;br /&gt;Y aquella impresión era tan fuerte que Vronsky, sin querer, sonreía.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comentario: «Eso no es tan &lt;br /&gt;difícil como parece.» &lt;br /&gt;Comentario: Vulgarmente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 133&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bajó las piernas, pasó una sobre otra y con la mano se palpó la fuerte pantorrilla que se había lastimado el día antes al caer. &lt;br /&gt;Después, reclinándose en el respaldo, respiró varias veces a pleno pulmón. &lt;br /&gt;« Bien, muy bien...» , se dijo. &lt;br /&gt;Antes de ahora había experimentado también con frecuencia la alegre consciencia de su cuerpo, pero nunca se había querido &lt;br /&gt;a sí mismo, a su cuerpo, como hoy. Le era agradable sentir aquel ligero dolor en su vigorosa pierna, le era ag radable la &lt;br /&gt;sensación del movimiento de los músculos de su pecho al respirar. &lt;br /&gt;El mismo día, claro y frío, de agosto, que tanta desespera ción infundía en Ana, a él le excitaba y le refrescaba el rostro y el &lt;br /&gt;cuello, ardiente aún por el lavado reciente. &lt;br /&gt;En aquel aire fresco, el perfume del cosmético que se apli cara en el bigote resultábale particularmente agradable. Todo lo &lt;br /&gt;que veía por la ventanilla, en el ambiente frío y puro, a la pálida luz del ocaso, era lozano, alegre y fuerte como él mismo. &lt;br /&gt;Los tejados de los edificios, brillantes a los rayos del sol poniente, las líneas destacadas de muros y esquinas las figu ras de &lt;br /&gt;los transeúntes y los coches que encontraban de vez en cuando, el inmóvil verdor de árboles y hierbas, los campos de patatas, &lt;br /&gt;con sus surcos regulares, y las sombras oblicuas que árboles, arbustos y casas proyectaban sobre aquellos mismos surcos, todo &lt;br /&gt;era hermoso, como un lienzo de paisaje recién terminado y acabado de barnizar. &lt;br /&gt;–¡Deprisa, más deprisa! –dijo al cochero, sacando la cabeza por la ventanilla y dándole un billete de tres rublos. La mano del &lt;br /&gt;cochero hurgó un instante en el farol asegurando el cierre, chasqueó el látigo y el coche se deslizó veloz por el liso camino &lt;br /&gt;empedrado. &lt;br /&gt;«No necesito nada, nada, excepto esta felicidad –pensaba Vronsky, mirando el tirador de hueso de la campanilla, que pendía &lt;br /&gt;entre ambas portezuelas a imaginando a Ana tal como la viera por última vez–. Y cuanto más pasa el tiempo, más la amo. Aquí &lt;br /&gt;está el jardín de la casa veraniega oficial en que vive Vrede . ¿Dónde estará Ana? ¿Qué habrá sucedido? ¿Por qué me habrá &lt;br /&gt;citado aquí escribiendo en la carta de Betsy?», se dijo Vronsky al llegar. Pero ya no que daba tiempo para pensar en ello. &lt;br /&gt;Mandó parar antes de llegar a la avenida que conducía a la casa, abrió la portezuela y saltó a tierra. &lt;br /&gt;En la avenida no había nadie, pero al volver el rostro a la derecha la descubrió. Tenía el semblante cubierto con un velo, pero &lt;br /&gt;por su manera de andar, inconfundible, por la inclinación de su espalda, por el modo de levantar  la cabeza, la reconoció, y le &lt;br /&gt;pareció en el acto que una sacudida eléctrica estremecía todo su cuerpo. Se sintió de nuevo ser él mismo con una fuerza &lt;br /&gt;renovada, desde los movimientos elásticos de las pier nas hasta el de sus pulmones al respirar, y una sens ación especial de &lt;br /&gt;cosquilleo en los labios. Acercóse a Ana y le estrechó fuertemente la mano. &lt;br /&gt;–¿No te ha molestado que te llame? Necesitaba verte –dijo ella. &lt;br /&gt;Y el modo grave y severo con que plegó los labios, y que Vronsky percibió bajo el velo, hizo cambiar en el acto su estado de &lt;br /&gt;ánimo. &lt;br /&gt;–¿Molestarme dices? Pero ¿por qué has venido aquí? &lt;br /&gt;–Eso nada importa –dijo Ana, poniendo su brazo sobre el de él–. Vamos. Necesito hablarte. &lt;br /&gt;Vronsky comprendió que pasaba algo y que la entrevista no sería alegre. En pres encia de ella carecía de voluntad pro pia; &lt;br /&gt;desconocía la causa de la inquietud de Ana, pero notaba ya que, a su pesar, se le comunicaba. &lt;br /&gt;–¿Qué pasa, pues? –preguntaba, apretando el brazo de ella con el codo y procurando leerle en el rostro los pensamientos. &lt;br /&gt;Ana dio algunos pasos en silencio, cobrando ánimo, y de pronto se detuvo. &lt;br /&gt;–Ayer no te dije –empezó, respirando precipitada y dificultosamente– que, al volver a casa con mi marido, se lo conté todo. &lt;br /&gt;Le dije que no podía ser su mujer y que... Se lo dije todo... &lt;br /&gt;Vronsky la escuchaba, inclinando el cuerpo hacia ella sin darse cuenta, como deseando así suavizarle las dificultades de su &lt;br /&gt;situación. &lt;br /&gt;–Vale más, mil veces más –dijo–, pero comprendo lo penoso que te habrá sido. &lt;br /&gt;Ana no escuchaba sus palabras; le miraba sólo al rostro, tratando de leer en él sus pensamientos. No adivinaba que lo que el &lt;br /&gt;rostro de Vronsky reflejaba era el primer pensamiento que se le había ocurrido: la inminencia del duelo. Ana no pensaba nunca &lt;br /&gt;en semejante cosa y por ello dio una explicación diferente a aquella expresión de momentánea gravedad. &lt;br /&gt;Al recibir la carta de su marido comprendió en el fondo que todo iba a seguir como antes, que le faltarían fuerzas para re -&lt;br /&gt;nunciar a su posición en el gran mundo, abandonar a su hijo y unirse  a su amante. La mañana pasada en casa de Betsy le &lt;br /&gt;afirmó más aún en esta convicción. No obstante, la entrevista con Vronsky tenía para ella una importancia excepcional, pues &lt;br /&gt;confiaba en que después de ella variaría su situación y ella se sentiría salvada. &lt;br /&gt;Si al recibir la noticia Vronsky, sin vacilar un momento, decidido y apasionado, hubiese contestado: «déjalo todo y huyamos &lt;br /&gt;juntos», ella habría abandonado a su hijo y se habría ido con él. &lt;br /&gt;Pero la noticia no produjo en Vronsky la impresión que esperaba Ana; él parecía sólo sentirse ofendido por algo. &lt;br /&gt;–No me fue nada penoso. Todo sucedió del modo más natural –dijo Ana con irritación–. Y mira... ––dijo sacando del guante &lt;br /&gt;la carta de su marido. &lt;br /&gt;–Comprendo, comprendo –interrumpió Vronsky, tomando la carta, pero sin leerla y esforzándose en calmar a Ana–. Yo sólo &lt;br /&gt;deseaba una cosa y te la he pedido: terminar con esta situación para poder consagrar mi vida a tu felicidad. &lt;br /&gt;–¿Por qué me lo dices? –repuso ella–. ¿Cómo puedo dudarlo? Si lo dudara... &lt;br /&gt;–¡Allí viene a lguien! –exclamó Vronsky de pronto, mos trando a dos señoras que avanzaban hacia ellos –. Acaso nos &lt;br /&gt;conozcan. &lt;br /&gt;Y precipitadamente se dirigió a un paseo lateral arrastrando a Ana. &lt;br /&gt;–Me es igual –dijo ésta, y sus labios temblaban. A Vronsky le pareció que sus ojos le examinaban con extraña irritación bajo &lt;br /&gt;el velo–. Te digo que no se trata de eso, ni lo dudo, pero lee lo que me escribe. Léelo. &lt;br /&gt;Y Ana volvió a detenerse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 134&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De nuevo, como en el primer momento de recibir la noticia de que Ana había roto con su marido, Vronsky, leyendo la carta, &lt;br /&gt;se entregó involuntariamente a la impresión espon tánea que sintiera respecto al esposo ultrajado. Ahora, mientras tenía en las &lt;br /&gt;manos la carta, imaginaba involunta riamente aquel desafío que irían a proponerle hoy o mañana en su  casa, se figuraba el &lt;br /&gt;mismo duelo, en el cual, con la misma expresión fría y orgullosa que ahora mostraba su rostro, dispararía al aire, esperando la &lt;br /&gt;bala del ofendido. Y en seguida pasó por su cerebro el recuerdo de lo que aca bara de decirle Serpujovskoy por la mañana: más &lt;br /&gt;valía no estar ligado. Pero sabía bien que no podía comunicar a Ana tal pensamiento. &lt;br /&gt;Después de leer la carta, Vronsky alzó la vista. En sus ojos no había firmeza. Ana comprendió en seguida que Vronsky había &lt;br /&gt;pensado antes en aquella posibilidad. Ella sabía que, por mucho que Vronsky pudiera decirle, nunca le diría lo que pensaba. Y &lt;br /&gt;comprendió también que su última esperanza estaba perdida. No era esto lo que esperaba. &lt;br /&gt;–¿Ya ves de qué clase de hombre se trata? ––dijo, con voz temblorosa–. Ya lo ves... &lt;br /&gt;–Perdona, pero yo me alegro de ello  –repuso Vronsky–. Déjame explicarme, por Dios...  –añadió, rogándole con la mirada &lt;br /&gt;que le diese tiempo de aclarar sus palabras–. Me alegro porque las cosas en ningún modo pueden quedar como él supone. &lt;br /&gt;–¿Por qué no? –dijo Ana, conteniendo las lágrimas y evi denciando que no daba ya ninguna importancia a lo que él pu diera &lt;br /&gt;decirle. &lt;br /&gt;Adivinaba que su suerte estaba ya decidida. &lt;br /&gt;Vronsky quería decir que después del duelo, inminente a su juicio, aquello no podría seguir así, pero dijo otra cosa. &lt;br /&gt;–No puede seguir así. Supongo que ahora le abandona rás... –y Vronsky se sonrojó–, supongo que ahora me dejarás arreglar &lt;br /&gt;nuestra vida, pensar en ella... Mañana... ––dijo. &lt;br /&gt;Pero Ana no le dio tiempo a terminar: &lt;br /&gt;–¿Y mi hijo? –exclamó–. ¿No ves lo que me escribe? Tendría que abandonar a mi hijo, y esto no quiero ni puedo hacerlo. &lt;br /&gt;–¡Por Dios! ¿Qué vale más? ¿Dejar a tu hijo o continuar esta situación humillante? &lt;br /&gt;–¿Humillante para quién? &lt;br /&gt;–Para todos, y en especial para ti. &lt;br /&gt;–No digas que es humillante... no me lo digas. Esas pala bras para mí carecen de sentido  ––dijo Ana, con voz temblo rosa, &lt;br /&gt;deseando ahora que Vronsky hablase con sinceridad, ya que sólo le quedaba su amor y deseaba seguir amándole –. Comprende &lt;br /&gt;que desde el día en que lo acepté todo ha cambiado para mí. Sólo tengo una cosa: tu amor. Siendo mío tu cariño, me siento tan &lt;br /&gt;elevada y tan firme que nada puede humillarme. Estoy orgullosa de mi situación porque... porque... orgullosa por... por... –y no &lt;br /&gt;supo decir por qué s e sentía or gullosa. Lágrimas de vergüenza y desesperación ahogaron su voz; se detuvo y estalló en &lt;br /&gt;sollozos. &lt;br /&gt;Vronsky sintió también la sensación de algo que subía a su garganta, le cosquilleaba la nariz y le hacía sentirse, por pri mera &lt;br /&gt;vez en su vida, a p unto de llorar. No podía decir qué era concretamente lo que le había conmovido. Sentía lástima de Ana, &lt;br /&gt;sabía que no podía ayudarla y a la vez reconocía que él era la causa de su desgracia y que había procedido mal. &lt;br /&gt;–¿Acaso no es posible el divorcio? –preguntó con voz &lt;br /&gt;Ana movió la cabeza en silencio. &lt;br /&gt;–¿No es posible llevarte a tu hijo y dejar a tu marido? &lt;br /&gt;–Sí, pero todo eso depende de él. Por ahora debo vivir en su casa –dijo Ana secamente. &lt;br /&gt;No la habían engañado sus presentimientos. Las cosas quedaban como antes. &lt;br /&gt;–El martes iré yo a San Petersburgo y se decidirá todo –indicó Vronsky. &lt;br /&gt;–Sí –repuso Ana–. Pero no hablemos más de esto. &lt;br /&gt;El coche de Ana, que ella había despedido con orden de ir a buscarla junto a la verja del jardin de Vrede, llegaba en aquel &lt;br /&gt;momento. &lt;br /&gt;Ana se despidió de Vronsky y se fue a casa. &lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;XXIII &lt;br /&gt;El lunes celebraba sesión extraordinaria la Comisión del 2 de junio. &lt;br /&gt;Alexey Alejandrovich entró en la sala de reunión, saludó a los miembros y al presidente, como de costumbre, y ocupo su &lt;br /&gt;puesto, poniendo las manos sobre los documentos que había preparados ante él. &lt;br /&gt;Entre ellos estaban los informes que necesitaba, el resumen de la declaración que se proponía formular. &lt;br /&gt;En realidad le sobraban los informes. Lo recordaba todo y no creía necesario repetir e n su memoria lo que había de de cir. &lt;br /&gt;Sabía que, llegado el momento y viendo ante sí el rostro del adversario, que en vano trataba de aparentar una expre sión &lt;br /&gt;indiferente, el discurso saldría por sí solo mejor que todo lo que pudiera preparar. &lt;br /&gt;Pensaba que el fondo de su discurso sería grandioso y que cada palabra tendría suma importancia. Y, sin embargo, mien tras &lt;br /&gt;escuchaba el informe oficial, el aspecto de Karenin no podía ser más inocente y más inofensivo. Nadie pensaba, mi rando sus &lt;br /&gt;manos blancas, de hinc hadas venas, que tan suave mente acariciaban con sus largos dedos las hojas de papel blanco puestas &lt;br /&gt;ante él, y viendo su cabeza, inclinada de lado, con expresión de cansancio, que iban a brotar inmediatamente de su boca &lt;br /&gt;palabras que producirían una tempest ad, obligando a gritar a los miembros, a interrumpirse unos a otros y al pre sidente a &lt;br /&gt;reclamar orden. &lt;br /&gt;Cuando la declaración concluyó, Karenin anunció, con su voz suave y fina, que tenía que manifestar algo relativo al asunto &lt;br /&gt;de los autóctonos. &lt;br /&gt;La atención se concentró en él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Page No 135&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alexey Alejandrovich tosió y, sin mirar a su adversario, es cogiendo, como hacía siempre al pronunciar sus discursos, la &lt;br /&gt;primera persona sentada ante él  –un viejecito tranquilo y me nudo que nunca exponía en la Comisión opiniones propi as–, &lt;br /&gt;comenzó él a explicar con voz firme y muy clara sus ideas. &lt;br /&gt;Cuando aludió a la ley básica y orgánica, su adversario se levantó de un salto y empezó a formular objeciones. Stremov, &lt;br /&gt;miembro también de la Comisión, herido en lo vivo, empezó igualmente a j ustificarse. La sesión se hizo tempestuosa. Pero &lt;br /&gt;Karenin triunfaba y su proposición fue aceptada; quedaron nombradas nuevas comisiones y al día siguiente, en determi nados &lt;br /&gt;círculos de San Petersburgo, no se hablaba más que de aquella sesión. El éxito de Alexey Alejandrovich fue mayor de lo que él &lt;br /&gt;mismo esperaba. &lt;br /&gt;A la mañana siguiente, martes, Karenin, al despertar, re cordó con placer su victoria del día antes; y a pesar de querer &lt;br /&gt;mostrarse indiferente, no pudo menos de sonreír cuando el jefe de su despacho , queriendo halagarle, le habló de los ru mores &lt;br /&gt;que corrían referentes a su triunfo en la Comisión. &lt;br /&gt;Ocupado en su trabajo cotidian</description>
            <pubDate>Sat, 26 May 2007 21:56:05 +0100</pubDate>
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